El castigo esquivado

Existe en el país de Lunigiana, no muy distante del nuestro, un monasterio, cuyos religiosos fueron un tiempo modelo de. devoción y santidad. En la época en que comenzaron a degenerar, vivía entre ellos un joven monje, en el cual vigilias y abstinencias no lograban suprimir el aguijón de la carne. Habiendo salido un día a la meridiana, es decir, mientras los otros monjes dormían la siesta, y paseándose solo alrededor de la iglesia, situada en solitario sitio, la casualidad le deparó encontrarse con la hija de cierto campesino de la comarca, ocupada en recoger hierbas en el campo. El encuentro de aquella joven, que era bastante linda y esbelta, produjo en el religioso vivísima impresión. Se encara con ella y entabla conversación; cuéntale cosas agradables y se conduce de tal modo en su plática, que muy pronto los dos están acordes. Llévala al convento, y la introduce en su celda, sin que nadie lo vea. Fatalmente comprenderá el lector las delicias que gozarían entrambos. Sólo se permite apuntar que tan ardientes y poco mesurados eran sus transportes, que el padre superior, que había concluido su siesta y se paseaba tranquilamente por el dormitorio, notó el ruido, al pasar por delante de la celda del monje. Se acerca en silencio a la puerta, aplica el oído a la cerradura y oye, con claridad, una voz de mujer. Llamar fue su primer impulso; mas luego mudó de parecer, comprendiendo que era mucho mejor, en cualquier caso, que se retirase a su celda sin chistar, aguardando que el joven monje saliese.
Aunque se hallase éste muy ocupado y le hubiese puesto el placer casi fuera de sí, en un momento de reposo creyó oír pasos en el dormitorio. Se dirige en el acto, de puntillas, a un agujero que había en la pared de su celda, y ve al abad, que escuchaba. Desde entonces no le cupo duda que todo lo había oído, y se creyó perdido. La sola idea de las reconversiones y el castigo a que se había hecho merecedor, le hacía temblar; empero, sin dejar notar a su querida su temerosa turbación, busca en su mente un expediente para salir airoso de tan cruel aventura, por lo menos en lo posible. Tras de momentos de reflexión, halló uno bastante hábil, si bien muy malicioso, que le sale a pedir de boca. Fingiendo no poder conservar por más tiempo a su lado a la campesina, la dice:
—Me voy, para ocuparme en hacerte salir de aquí, sin que haya alma viviente que te vea; no hagas ruido, ni temas nada; pronto volveré.
Sale el monje, cierra la puerta, va derecho a la celda del abad y le entrega la llave, según costumbre de todo religioso cuando sale del convento, diciéndole con la mayor serenidad:
—No habiendo podido traer, esta mañana, toda la leña que se ha cortado, voy a ocuparme ahora de transportar lo que queda, si me lo permitís, reverendo padre.
Probó esto al abad que el monje estaba a cien leguas de sospechar que había sido descubierto. Encantado de su error, pues le proporcionaba el medio de convencerse, con mayor videncia, de la verdad, aparentó ignorar lo que ocurría; tomó la llave y le dio permiso para ir al bosque. Cuando le hubo perdido de vista, trituró su imaginación por saber qué partido debía adoptar. La primera idea que le vino a la cabeza fue abrir la celda del culpable, en presencia de toda la comunidad, para que no sorprendiese luego el duro castigo que le reservaba; mas, pensando que la joven podía ser de honrada familia, y tal vez mujer casada, cuyo marido mereciese atenciones, creyó, ante todo, de su deber ir en persona a hablarla, a fin de tomar una determinación. Se dirigió, pues, al encuentro de la linda prisionera y, con gran precaución, abrió la celda, entró y cerró la puerta tras de sí.
Cuando la joven, que observaba el silencio recomendado, le vio entrar, quedó confusa y avergonzada, y, temiendo una afrenta, se echó a llorar. El abad, que la miraba de reojo, sorprendido de hallarla tan bella, se apiadó de sus lágrimas y, cambiando en compasión la ira, no tuvo fuerzas para dirigirla el más leve reproche. Como el demonio va siempre en pos de los monjes, aprovecha este momento de debilidad para tentar al abad, tratando de reanimar en él el aguijón de la carne. Preséntale la imagen de los placeres que su joven cofrade ha saboreado, y muy pronto, a pesar de las arrugas de los años, el padre abad experimenta el deseo de gustar otros análogos, y dice en su interior: “¿Por qué privarme de un bien que a las manos se me viene? Bastantes privaciones sufro, para que sea preciso añadir otra. Esta joven es verdaderamente deliciosa. ¿Por qué no tratar de inducirla a los fines que deseo? ¿Quién lo sabrá? ¿Acaso puede divulgarse este lance? Pecado secreto, es medio absuelto. Aprovechemos, pues, una fortuna que tal vez no volverá a presentárseme jamás, y no despreciemos un placer que nos envía el cielo”. Se acerca a la hermosa afligida, animado de tales propósitos, y, tomando muy distinto aire del que al penetrar en la celda tenía, trata de tranquilizarla, suplicándola con dulzura que no se desazone.
—Cese vuestro llanto, hija mía; comprendo que habéis sido seducida; por lo tanto, no temáis que ningún daño os haga, pues preferiría, al contrario, hacérmelo a mí mismo.
Ensalza luego su talle, su rostro, sus lindos ojos, y se expresa de tal modo y tono, que deja entrever su pasión.
Se comprenderá que la joven, que no era de hierro ni de diamante, no opuso gran resistencia. El abad se aprovechó de su facilidad para hacerle mil caricias y darla mil besos sucesivos y progresivamente apasionados. Luego la arrastró al lecho, y, para inspirarla valor, subió él primero. La ruega, la solicita que siga su ejemplo; lo que hace ella, después de algunos melindres. Pero ¿se creerá que el viejo libertino, pretextando no fatigarla con el peso de su reverencia, que, en verdad, no era flojo, la hizo tomar una postura que habría debido adoptar él y que, por cierto, no habría desdeñado otro cualquiera?
Entretanto, el joven monje no se había encaminado al bosque, sino que simuló hacerlo, escondiéndose en un sitio, poco frecuentado, del dormitorio monacal. Apenas vio entrar en su celda al reverendo padre abad, cuando desechó todo temor, comprendiendo, desde luego, que la maliciosa jugarreta que imaginara surtiría el apetecido efecto. Para convencerse de ello, se acercó, con cautela, a la puerta y observó, por un agujero que él sólo conocía, cuanto pasaba entre la niña y el reverendísimo padre.
Cuando quedó éste satisfecho del todo y convino con la joven lo que hacer se proponía, la abandonó, cerró la puerta con llave y se retiró a su cuarto.
Al cabo de un rato, sabiendo que el monje se hallaba en el convento y creyendo de veras que regresaba del bosque, le llama al momento, con intento de reprenderle vivamente y enviarlo al calabozo, a fin de deshacerse de un rival y poder disfrutar exclusivamente de su conquista. Desde que le vio entrar, tomó un aire severo. Cuando le hubo soltado una brillante resplandina y le hubo anunciado el castigo que le reservaba, el monje, que no se había desconcertado, le respondió al momento:
—Reverendo padre: no soy bastante docto en la Orden de San Benito para conocer todas sus reglas. Me habéis enseñado los ayunos y vigilias, pero no me habéis dicho aún que los hijos de San Benito debiesen dar la preeminencia a las mujeres y humillarse debajo de ellas; ahora, que vuestra reverencia me ha dado el ejemplo, os prometo no faltar a ello, si me perdonáis el error.
El abad, que no era tonto, comprendió que el monje sabía más que él y debía haber visto cuanto con la muchacha hiciera. Así es que, avergonzado de su propia falta, no le hizo sufrir un castigo que habría debido aplicarse a sí mismo. Le perdonó, pues, y le impuso silencio de cuanto había pasado. Los dos tomaron, juntos, las medidas necesarias para hacer salir a la joven del monasterio, y, sin duda alguna, para hacerla entrar de nuevo varias veces.

Acerca del autor.
Giovanni Boccaccio (1313 – 21 de diciembre de 1375), fue un escritor y humanista italiano. Es uno de los padres, junto con Dante y Petrarca, de la literatura en italiano.