El confesor complaciente sin saberlo

En nuestra plácida ciudad de Florencia, donde, como bien sabéis, la galantería ocupa más elevado lugar que el amor y la fidelidad, vivía, hace ya algunos años, una dama, que la naturaleza había dotado con los más envidiables dones. Ingenio, gracia, hermosura, juventud; cuanto hacer puede adorable a una mujer como la que lo tenía. No quiero deciros su nombre, ni tampoco el de las personas que en la presente anécdota figuran, pues sus deudos, que todavía viven y ocupan una posición elevada en Florencia, no gustarían de mi indiscreción. Me contentaré con aseguraros que dicha señora descendía de personas de calidad, mas tan poco favorecidas de la fortuna, que se vieron precisadas a darla por marido un comerciante de paños. Estaba ella tan pagada de su cuna, que consideró como una humillación este enlace; por lo tanto, jamás pudo vencer la repugnancia que la inspiraba su esposo. Por otra parte, aquel hombre nada tenía de amable, reduciéndose todo su mérito a ser inmensamente rico y estar muy versado en el comercio. El desprecio o la indiferencia de su mujer para con él llegó a tal extremo, que resolvió no acordarle sus favores sino cuando no pudiese dejar de hacerlo sin querellarse, proponiéndose, para resarcirse de aquella existencia, buscarse otro galán más digno de su cariño, no tardando en encontrar la persona que le hacía falta.
Un día, en la iglesia, vio a un joven gentilhombre de la ciudad, cuya fisonomía le dejó tan prendada, que al momento sintió arder en su pecho el fuego del amor. Su pasión hizo tan rápidos progresos, que de noche no reposaba, cuando no había logrado verlo. En cuanto al galán, estaba muy tranquilo, pues que ignoraba los sentimientos que había hecho nacer en el corazón de la señora, y ésta era demasiado prudente para atreverse a descubrir su amor por medio de cartas o por tercera persona, temiendo, y con razón, los resultados de aquel paso. Mas, como por naturaleza era muy astuta, encontró el medio de comunicarle sus ansias sin comprometerse.
Había notado la dama que el caballero tenía frecuentes entrevistas con un fraile, que, aunque gordo y bien rollizo, llevaba una vida bastante arreglada y pasaba por un santo hombre. Por lo tanto, creyó que aquel fraile podría servir de mediador para sus amores y procurarla la ocasión de hablar con el joven. Después de haber reflexionado sobre la manera de cómo debía obrar, se encaminó al convento, y, habiendo mandado llamar al religioso, le manifestó que tenía grandes deseos de que la confesara. El buen padre, que desde que la vio no se equivocó sobre su calidad, accedió a su ruego. Después de haberle declarado sus pecados, la dama le dijo que tenía que confiarle un asunto y pedirle una gracia.
—Necesito, reverendo padre, de vuestros consejos y de vuestra ayuda para lo que voy a comunicaros. Ya sabéis quiénes son mis deudos; también os he dicho el nombre de mi marido; pero no os he confiado, y lo hago ahora, que él me ama mucho más que a sí propio. Todos mis deseos los cumple en el acto; es sumamente rico, y su fortuna la tiene a mi disposición para satisfacer el menor de mis caprichos y hacerme dichosa. Podéis creer que, por mi parte, pago su ternura cual se merece, ya que mi amor iguala, cuando menos, el suyo. Me consideraría la más ingrata y despreciable de las mujeres si pasara siquiera por mi mente nada que pudiese mancillar su honra o herir en lo más mínimo su delicadeza. Sabréis, pues, mi reverendo, que un joven, cuya condición y nombre ignoro, y que sin duda me toma por otra persona de la que soy, me tiene sitiada, de tal suerte, que siempre me sale al paso. No puedo salir al dintel de mi puerta, a la ventana, ni a la calle, que no se presente a mi vista. Hasta me sorprende que no me haya seguido a esta santa casa. Tan grande es su persecución. Es alto, bien proporcionado, de rostro bastante agraciado, y por lo regular viste de negro; parece una buena persona y muy distinguido, y, si no me equivoco, creo haberle visto, con frecuencia en vuestra compañía. Como tales asuntos suelen exponer a una mujer honesta a no pocas murmuraciones, aunque ella sea inocente, primeramente tuve ganas de rogar a mis hermanos que le hablasen; pero reflexioné, después, que los jóvenes no pueden nunca desempeñar esta clase de comisiones a sangre fría: por lo general, se expresan con aspereza, se les contesta lo mismo, se llega a las injurias y de las injurias se pasa a las vías de hecho. Así, pues, he preferido, para evitar el escándalo y prevenir todo lance desagradable, dirigirme a vos, tanto porque el caballero en cuestión parece gozar de vuestra amistad, cuanto porque vuestro carácter os da derecho de amonestar y reprender, no sólo a vuestros amigos, sino a todo el mundo. Os ruego, pues, le hagáis los reproches que su conducta merece y le amonestéis para que me deje tranquila. Que se dirija a otras mujeres, si es aficionado al galanteo; bastante hay, a Dios gracias, que tendrán gran satisfacción en otorgarle sus favores. En cuanto a mí, su conducta es insoportable; gracias a Dios, la infidelidad no es mi lado flaco. Estoy muy al tanto de lo que debo a mi marido, a la par que a mí misma.
Terminando este discurso, bajó la cabeza, como si se dispusiera a llorar. El religioso comprendió al momento, por el retrato que le hiciera del personaje, que se trataba de su amigo. Elogió mucho los sentimientos virtuosos de su penitente, que creía sincera, prometiéndola hacer cuanto deseaba. Luego, como sabía que era rica, sermoneóla sobre la caridad, terminando la plática, según costumbre, con la exposición de sus necesidades y de las del convento.
—En nombre del Altísimo—repuso la dama—, no olvidéis lo que acabo de deciros; si lo niega, podéis noticiarle que yo misma os he confiado el secreto y me he quejado de ello, para que sepa cuánto me ofende su conducta.
Acabada la confesión, y habiendo sido absuelta, la penitente no olvidó la exhortación del confesor sobre la limosna. Al efecto sacó de su bolsa una buena cantidad de dinero, que le entregó, rogándole, para dar cierto viso oportuno a su liberalidad, que dijera misas por el descanso eterno del alma de sus parientes; hecho lo cual abandonó el confesionario y regresó a su casa.
Algunos días después, el joven causa de las ansias de la dama fue a ver, según costumbre, al buen religioso, quien, después de ocuparse con él de cosas indiferentes, le llevo a solas para reprocharle dulcemente sus pretendidas persecuciones y asiduidades para con la linda devota. El gentilhombre, que ni siquiera de vista la conocía y que, además, había pasado muy pocas veces por delante de su casa, contestó al fraile, como era natural, que no sabía de lo que le hablaba. Empezó el crédulo confesor, sin darle tiempo de repetir nuevas excusas:
—De nada os sirve, señor, que os hagáis el sorprendido y el ignorante; sé muy bien lo que me digo, e inútil es que neguéis. No estoy informado por ningún desconocido, ni tampoco por los vecinos; la dama misma, que está desesperada, me ha hecho partícipe del secreto. Además de que esas locuras no sientan bien, os advierto que nada lograréis con semejante conducta: esa mujer es la virtud y la prudencia en persona; así, pues, os ruego la dejéis tranquila, por vuestro honor y el suyo.
El joven quiso defenderse nuevamente, diciendo que sin duda lo había tomado por otro.
—Dígoos que es inútil cuanto aleguéis; os ha descrito harto bien para que no seáis vos de quien se trata.
El joven gentilhombre, más avispado que el buen reverendo, comprendió que se encerraba algún misterio en aquellos reproches, de que no era merecedor. Así, pues, hizo como si se ruborizaba, prometiendo no dar, en lo sucesivo, ningún motivo de queja. Apenas ha abandonado al religioso, pasa por delante de la casa de la mujer del fabricante, la cual estaba asomada a la ventana, aguardando lo que sucedió. Al verlo venir, no duda por un momento que había comprendido el sentido de cuanto ella dijera al fraile y, por lo tanto, en su rostro se vio pintada en seguida la más dulce satisfacción. El gentilhombre que al pasar fijó la vista en la joven, viendo retratados en su semblante el amor y la alegría, quedó plenamente convencido de la verdad de sus conjeturas. Desde aquel día, pasaba y volvía a pasar por la calle donde moraba su bella, con gran contento de ésta, que con sus miradas y gestos le confirmó más y más en su primera opinión.
La Dulcinea no tardó tampoco en comprender que había flechado a su Adonis; empero para inflamar más su pasión y darle una nueva prueba de la ternura que su pecho sentía por él, volvió a confesarse con el mismo religioso, comenzando su confesión por medio de abundantes lágrimas. Enternecido el bueno del fraile, la preguntó si le había sobrevenido algún otro disgusto.
—¡Ay!, mi reverendo: tengo nuevas quejas que daros de vuestro amigo, de ese hombre, maldito de Dios, de que os entretuve el otro día. Creo, a la verdad, que ha nacido para atormentarme; no cesa de perseguirme, queriendo obligarme a actos que me arrancarían para siempre la paz del corazón y la confianza de venir a postrarme otra vez a vuestras plantas.
—¡Cómo! ¿Todavía sigue rondando vuestra casa?
—Ahora más que nunca—repuso la buena devota—; diríase que quiere vengarse de las exhortaciones que le habéis hecho por su conducta, puesto que pasa bajo mis balcones hasta siete veces en un solo día, mientras que antes se contentaba con una sola. ¡Pluguiera al cielo que se redujera a rondar la calle y atisbarme !. No, señor, sino que ha tenido el descaro de enviarme, por medio de una mujer, una bolsa y un cinturón, como si a mí no me sobraran esas cosas. Quedé tan ultrajada por su imprudencia, que si el temor a Dios y las consideraciones que os debo no me hubiesen detenido, no sé lo que hiciera. Me he moderado únicamente por respeto a vos, que sois su amigo; no he querido hablar a nadie de ello hasta habéroslo comunicado. En el primer momento, rechacé la bolsa y el cinturón, suplicando a la mediadora se los devolviese; mas, reflexionando que esta clase de mujeres procuran siempre para sí, y que aquélla hubiera podido muy bien guardarse el presente, haciendo creer a vuestro amigo que yo lo había aceptado, creí deber tomar dichas alhajas para traéroslas a vos. Helas aquí. Os ruego se las devolváis, diciéndole, al mismo tiempo, que nada me importan sus dádivas ni su persona, y que si no cesa en sus persecuciones, daré parte de ello a mi marido y a mis hermanos, suceda lo que suceda; prefiero que él reciba una fuerte injuria, o tal vez algo peor, a que tenga que censurarme lo más mínimo, por su causa. ¿No obraré bien así, reverendo padre, si la cosa continúa? ¿No me asiste razón de estar ofendida?
—Vuestra cólera no me sorprende, señora —contestó el religioso, tomando la bolsa y el cinturón, que eran prendas de gran valor—; es muy justa y digna de una mujer honrada y virtuosa. El otro día le eché en cara su conducta, y me prometió no perseguiros; pero ya que, a pesar de mi reprimenda, sigue rondando incesantemente vuestro domicilio, y que tiene la audacia de enviaros regalos, os prometo vapulearle, de tal suerte, que no tendréis, en lo sucesivo, motivo para traerme nuevas quejas de él. Si queréis seguir mi consejo, no digáis nada a vuestros allegados; podrían cometer algún exceso y tendríais que reprocharos ser causa de ello. Nada temáis por vuestra honra; como quiera que el asunto se presente, tendréis en mí un paladín de vuestra virtud ante Dios y ante los hombres.
La señora pareció quedar consolada con semejantes palabras, y luego cambió de conversación. Conociendo la avaricia del fraile y la de sus compañeros, a fin de tener algún pretexto para darle algún dinero:
—Hace pocas noches —le dijo—, algunos de mis parientes se me han aparecido, en sueños, entre ellos mi buena madre. Viendo la tristeza y aflicción que demostraban sus rostros, juzgué que sufrían alguna pena y todavía no gozaban de la presencia de Dios. Por lo mismo, deseo hacer rogar por el descanso de su alma; me daríais, pues, una gran alegría si dijerais las cuarenta misas de San Gregorio, a su intención, para que el Señor los libre de las llamadas del Purgatorio.
Y mientras hablaba de esta suerte, deslizó en las manos del fraile un puñado de monedas, que éste recibió sin hacerse rogar. Para afirmarla en sus buenas obras, el reverendo le hizo una corta exhortación y luego la despidió, no sin haberle dado su bendición.
Apenas había salido la dama del convento, cuando el religioso, poco astuto para conocer que era víctima de un engaño, mandó llamar a su amigo. El joven comprendió, al aire enfadado del fraile, que iba a darle noticias de su enamorada. Escuchóle, sin interrumpirle, hasta tanto que se hubo bien explicado para ponerle perfectamente al corriente de las intenciones de la señora. No hubo reproche que no le hiciera el tonto del religioso, y al tenerlo a solas en su celda hasta llegó a injuriarlo.
—¡Me habíais prometido solemnemente que dejaríais de perseguir a esa mujer, y habéis tenido el descaro de enviarla regalos! Ella los rechaza con indignación.
—¿Yo la he mandado regalos? —contestó entonces el gentil hombre, que quería obtener todos los detalles posibles del fraile.
—Sí, y es inútil que lo neguéis, puesto que la misma dama me los ha confiado para que os los devuelva, monstruo del averno. Helos aquí; ¿los reconocéis ahora?
—No sé qué contestaros —dijo el caballero, fingiendo quedar confundido y humillado—; reconozco mis yerros, y ya que esa señora es tan agreste, tan inflexible, os prometo esta vez, bajo palabra de honor, dejarla tranquila para siempre.
Entonces el imbécil del fraile le entregó la bolsa y el cinturón, exhortándole a mantener su promesa con más buena fe que la vez pasada. El joven le repitió su juramento y se retiró harto contento de haber recibido pruebas infalibles del amor de su bella. Aquel presente le dio tanto más gusto, cuanto que en el cinturón pudo leer la siguiente divisa: ‘Amadme como yo os amo”. Al instante fue a apostarse en sitio que pudiese indicar a la dama que había recibido su valioso presente. En cuanto a la dulcinea, la complació en gran manera saber que se las había con un enamorado inteligente, dándole no poco gusto el que su aventura llevase tan buen camino y suspirando por el ansiado momento en que, ausente su marido, pudiera colmar sus deseos.
La ocasión no tardó en presentarse. Algunos días después, el fabricante de paños tuvo necesidad de dirigirse a Génova, para asuntos mercantiles. Apenas hubo partido, cuando su mujer fue en busca del padre confesor y le dijo, después de exhalar no pocas quejas:
—Vuelvo a su presencia, mi reverendo padre, para deciros que no puedo soportar ya mis pesares. Será preciso que me revista de firmeza y dé un escándalo, a pesar de lo que os prometí. Sabed que vuestro amigo es un verdadero demonio. No imaginaríais nunca lo que ha hecho esta misma mañana, antes de que despuntara el día. Supo, no sé por quién, que mi marido había partido ayer para Génova, y ¿no ha tenido la insolencia de penetrar en mi jardín, encaramarse a un árbol, que está frente por frente de la ventana de mi dormitorio, y abrirla? Iba a penetrar en mi habitación, cuando, despierta por el ruido que hizo, me levanté para ver lo que aquello significaba. Me prometía gritar: ««¡Al ladrón!», cuando el desdichado me ha confesado su nombre, conjurándome, por el amor de Dios y por consideración hacia vos, que no moviera un escándalo y le permitiera retirarse. Teniendo en cuenta vuestras advertencias, me contenté, pues, con cerrar mis ventanas, y probablemente huyó al momento, puesto que después nada más he oído. Os pregunto ahora, reverendo padre, si debo sufrir ultrajes de esta naturaleza. Pasaré por todo, os aseguro, pero la cosa no quedará así. He tenido harta paciencia hasta ahora, por condescendencia hacia vos, que sois su amigo, lo cual, indudablemente, le ha dado atrevimiento para propagarse a tal punto conmigo. Si me hubierais dejado seguir mi primer impulso, sin duda la cosa no habría ido tan lejos.
—Pero, señora —contestó, todo corrido, el bueno del padre—, ¿estáis bien segura que fuese él? ¿No le habéis confundido con otro?
—Bendito seáis, padre mío; demasiado lo conozco, para equivocarme, si no se hubiese descubierto él mismo.
—Convengo con vos en que su atrevimiento es de los criminales. Habéis hecho muy bien en darle con la ventana en las narices y no haber querido secundar su censurable proyecto. No encuentro palabras para elogiar vuestra virtud; empero, puesto que Dios ha salvado vuestra honra del naufragio, y que, por dos veces consecutivas, habéis atendido mis consejos, me envanezco de que querréis llevar hasta lo último vuestra sumisión, siguiendo, por tercera vez, el que voy a daros. Permitid que le hable todavía, antes de participar a vuestros deudos su imprudencia; tal vez tenga la suerte de obtener que llegue a vencer su brutal pasión. Si no logro hacerle desistir de sus propósitos, entonces seréis dueña de hacer lo que mejor os plazca.
—Concedo lo que pedís, padre mío, puesto que así lo deseáis; pero os aseguro que será la última vez que vengo a quejarme a vos sobre el particular.
Y dichas estas palabras, se retiró bruscamente, cual si estuviese muy enojada.
Apenas hubo salido del convento, cuando penetró en él el amante, para informarse de si había alguna novedad. El fraile le tomó aparte, diciéndole mil pestes sobre su falta de honor y de palabra. El joven, acostumbrado a los reproches del celoso confesor, e inquietándole muy poco, escuchó su filípica cual si oyera llover, aguardando con impaciencia más claras explicaciones. Haciéndose el sorprendido, y fingiendo curiosidad, trató de ponerle en el caso de hablar el primero; mas, viendo que no lo lograba:
—¿Qué he hecho —le dijo—, padre mío, para excitar de tal suerte vuestra indignación? ¿No se diría, al oíros, que he sido yo quien crucificó a Jesucristo?
—Sí, desdichado; le habéis crucificado por medio de vuestros deseos impúdicos… Mas, ¡qué sangre fría conserva este tunante! Diríase, al verle, que es blanco como el armiño, o que ha perdido el recuerdo de sus crímenes, cual si hubiese largos años que los cometiera. ¿Acaso habéis olvidado, monstruo infernal, la atroz injuria que habéis hecho a la mujer más honesta de la tierra? ¿Dónde estabais esta madrugada? Responded.
—En mi cama.
—¡En vuestra cama! No ha sido por falta de deseos, hombre impúdico, que no hayáis violado la de otra persona.
—Ya veo —repuso entonces el joven— que se han apresurado a informaros de todo.
—Es verdad; pero ¿os imaginasteis, acaso, que, estando el marido ausente, la mujer iba a recibiros con los brazos abiertos? ¡Dios Todopoderoso! ¿Es posible que mi amigo, antes tan honrado, se haya vuelto, en tan poco tiempo, un corredor nocturno, que penetre en los jardines y se encarame a los árboles, buscando introducirse en el domicilio de las virtuosas mujeres? ¿Os habéis vuelto loco para creer que tan santa persona pueda ser vencida por vuestras impertinencias? Sabed, pues, que sois para ella objeto de aversión y de menosprecio. Sí; estoy seguro que es a vos a quien aborrece más en el mundo, ¿y queréis compelerla a que os ame? Y aunque ella no os hubiera dado a entender la repugnancia que le inspiráis, ¿no habrían debido deteneros las amonestaciones y la palabra que me distéis? La he impedido hasta ahora, que os descubra a sus deudos, que, indudablemente, os hubieran hecho pasar un mal rato; empero, si continuáis vuestras hostilidades, le he permitido, y hasta aconsejado que rompa por todo. Así, pues, quedáis advertido. Estoy harto de defenderos, y sería el primero en elogiarla que se quejara de vos, a sus hermanos, si sois bastante ciego para intentar alguna otra cosa contra ella.
El enamorado mancebo comprendió a maravilla las intenciones de la dama; por lo tanto, calmó al religioso lo mejor que pudo.
—Confieso —le dijo— que he obrado como loco; mas os juro no reincidir y que aquella señora no tendrá nuevos motivos para quejarse de mí. Desde este momento rindo homenaje a su virtud, y os doy las gracias por haberla impedido que comunicara sus quejas a sus allegados. Aprovecharé vuestras advertencias; podéis estar seguro de ello.
Y, en efecto, las aprovechó, pues viendo claramente que su querida no había tenido otra intención que procurarle los medios de verla, no dejó, al llegar la noche, de poner en planta el plan trazado por aquélla. La bella, que no dormía, como es fácil comprender, sino que ardía de impaciencia por verle a su lado, le recibió en sus brazos.
Después de demostrarse mutuamente su ternura, se rieron mucho de la simpleza de la religión, que, sin ni aun sospecharlo, había servido sus amores a las mil maravillas. Bromearon, también, respecto del marido, tomando, antes de separarse, medidas acertadas para seguir viéndose sin que terciara el confesor, y supieron llevar su intriga con tanta prudencia, que tuvieron el gusto de visitarse a menudo y el placer de acostarse juntos varias veces, sin ser descubiertos.

Acerca del autor.
Giovanni Boccaccio (1313 – 21 de diciembre de 1375), fue un escritor y humanista italiano. Es uno de los padres, junto con Dante y Petrarca, de la literatura en italiano.