El Cristo del convite

Había una vez dos hermanas viudas, una con dos hijos y otra con cuatro,
todos pequeñitos.
La que tenía menos hijos era muy rica; la que tenía más hijos era pobre y
tenía que trabajar para mantenerse ella y sus hijitos.
Algunas veces iba la hermana pobre a casa de la hermana rica a lavar,
planchar y remendar la ropa, y recibía por sus servicios algunas cosas de
comer.
Y sucedió que un día, estando en casa de la hermana rica de limpieza
general, encontraron en un cuarto oscuro un Crucifijo, muy sucio de
polvo, muy viejo.
Y dijo la hermana rica:
– Llévate este Santo Cristo a tu casa, que aquí no hace más que estorbar, y
yo tengo ya uno más bonito, más grande y más nuevo.
Así la hermana pobre, terminado su trabajo, se llevó a su casa algunos
comestibles y el Santo Cristo.
Llegada a su casa, hizo unas sopas de ajo, llamó a sus hijitos para cenar y
les dijo:
– Mirad qué Santo Cristo más bonito me ha dado mi hermana. Mañana lo
colgaremos en la pared, pero esta noche lo dejaremos aquí en la mesa,
para que nos ayude y proteja.
Al ir a ponerse a cenar, preguntó la mujer:
– Santo Cristo, ¿quieres cenar con nosotros?
El Santo Cristo no contestó, y se pusieron a cenar.
En este momento llamaron a la puerta, salió a abrir la mujer y vio que era
un pobre que pedía limosna.
La mujer fue a la mesa, cogió el pan para dárselo al pobre y dijo a sus
hijos:
– Nosotros, con el pan de las sopas tenemos bastante.
A la mañana siguiente clavaron una escarpia en la pared, colgaron el
Santo Cristo, y, cuando llegó la hora de comer, invitó la mujer antes de
empezar:
– Santo Cristo, ¿quieres comer con nosotros?
El Santo Cristo no contestó, y en este momento llaman a la puerta.
Salió la mujer y era un pobre que pedía limosna.
Fue la mujer, cogió el pan que había en la mesa, se lo dio al pobre y dijo a
sus hijitos:
– Nosotros tenemos bastante con las patatas, que alimentan mucho.
Por la noche, al ir a ponerse a cenar, hizo la mujer la misma invitación:
– Santo Cristo, ¿quieres cenar con nosotros?
Y el Santo Cristo no contestó. En éstas llamaron a la puerta. Salió a abrir
la mujer, y era otro pobre que pedía limosna.
La mujer le dijo:
– No tengo nada que darle, pero entre usted y cenará con nosotros.
El pobre entró, cenó con ellos, y se marchó muy agradecido.
Al día siguiente la mujer cobró un dinero que no pensaba cobrar y preparó
una comida mejor que la de ordinario, y al ir a empezar a comer convidó:
– Santo Cristo, ¿quieres comer con nosotros?
El Santo Cristo habló y le dijo:
– Tres veces te he pedido de comer y las tres me has socorrido. En premio
a tus obras de caridad, descuélgame, sacúdeme y verás la recompensa.
Quédatela para ti y para tus hijitos.
La mujer descolgó el Santo Cristo, lo sacudió encima de la mesa y de
dentro de la Cruz, que estaba hueca, empezaron a caer monedas de oro.
La pobre mujer, que de pobre, en premio a sus obras de caridad, se había
convertido en rica, no quiso hacer alarde de su dinero.
Pero contó a su hermana, la rica, el milagro que había hecho el Santo
Cristo.
La rica pensó que su Santo Cristo era todo de plata, muy reluciente, más
bonito y de más valor, y que sí le convidaba le daría más dinero que a su
hermana.
Así, a la hora de comer, dijo la rica al ir a empezar:
– Santo Cristo, ¿quieres comer con nosotros?
Y el Santo Cristo no contestó.
En ese momento llaman a la puerta, sale a abrir la criada y viene ésta a
decir: – Señora, en la puerta hay un pobre.
Y contestó la rica:
– Dile que Dios le ampare.
Por la noche, al empezar a cenar, dijo también:
– Santo Cristo, ¿quieres cenar con nosotros?
Y el Santo Cristo no contestó.
En éstas llaman a la puerta, sale la criada y entra diciendo que era un
pobre.
Y dijo la rica:
– Dile que no son horas de venir a molestar.
Al día siguiente, cuando se pusieron a comer, volvió a invitar:
– Santo Cristo, ¿quieres comer con nosotros?
Y el Santo Cristo no contestó.
Llamaron a la puerta y se levantó la misma rica y fue a la puerta y vio que
era un pobre.
Y le dijo:
– No hay nada; vaya usted a otra puerta.
Llegó la noche, se pusieron a cenar y dijo la hermana rica:
– Santo Cristo, ¿quieres cenar con nosotros?
Y el Santo Cristo contestó:
– Tres veces te he dicho que sí, porque convidar a los pobres hubiera sido
convidarme a mí, y las tres veces me lo has negado;, por lo tanto, espera
pronto tu castigo.
Y aquella misma noche se le quemó la casa entera y perdió todo lo que
tenía.
Y se fue a casa de su hermana, y la hermana pobre y caritativa se
compadeció y le dio la mitad de todo lo que le había dado el Santo Cristo.