El estadio

I.

Había uno en mi curso, en Princeton, que nunca iba al fútbol. Pasaba las tardes de los sábados investigando minucias sobre los deportes en Grecia y los combates frecuentemente amañados entre cristianos y fieras salvajes bajo el imperio de los Antoninos. Recientemente —años después de la universidad— ha descubierto a los futbolistas, de quienes hace aguafuertes a la manera del George Bellows de la última época. Pero hubo un tiempo en que era insensible a todo espectáculo, por grande que fuera, que pasara ante su puerta, y dudo de la originalidad de sus juicios sobre lo que es bello, singular y divertido.
A mí me encantaba el fútbol, como espectador, especialista en estadísticas por afición y jugador frustrado. Jugué en el colegio, y la revista del colegio publicó una vez un titular que decía: «Deering y Mullins destacan en durísimo partido contra Taft». Cuando entré en el comedor después de la contienda, todo el colegio se levantó y me aplaudió, y el entrenador del equipo visitante me estrechó la mano y me profetizó —erróneamente— que se oiría hablar mucho de mí. Guardo el episodio entre lo más agradable de mi pasado: lavanda que lo perfuma. Aquel año me puse muy alto y muy delgado, y, cuando en Princeton, al otoño siguiente, lleno de ansiedad, les eché un vistazo a los estudiantes de primer curso candidatos a jugadores y capté la educada indiferencia con que me devolvían la mirada, comprendí que aquel ambicioso sueño había terminado. Keene dijo que él podía convertirme en un aceptable saltador de pértiga —y lo hizo—, pero aquello era un pobre sucedáneo; y la terrible desilusión de no poder convertirme en un gran futbolista fue probablemente la base de mi amistad con Dolly Harlan. Quisiera empezar este relato sobre Dolly con un breve refrito de la final contra Yale, en New Haven, cuando estudiábamos segundo curso.
Dolly había empezado a jugar de medio o corredor; aquél era su primer gran partido. Compartíamos habitación, y yo había percibido algo extraño en su estado de ánimo, así que no le quité ojo de encima durante el primer tiempo. Podía ver con los prismáticos la expresión de su cara: era la misma expresión de incredulidad y tensión que había tenido el día de la muerte de su padre, y no cambió, aunque había habido tiempo de sobra para dominar los nervios. Pensé que se sentía mal y me preguntaba cómo Keene no se daba cuenta y lo sustituía; y hasta mucho después no descubrí cuál era el problema.
Era el estadio de Yale. El tamaño o la forma cerrada o la altura de los graderíos había empezado a poner nervioso a Dolly desde la víspera, en los entrenamientos del equipo. Durante el entrenamiento falló un par de ensayos, casi por primera vez en su vida, y empezó a pensar que el estadio tenía la culpa.
Hay una nueva enfermedad llamada agorafobia —miedo a las multitudes— y otra llamada siderodromofobia —miedo a los viajes en tren—, y mi amigo el doctor Glock, afamado psicoanalista, seguramente podría describir sin ninguna dificultad el estado de ánimo de Dolly. Pero he aquí lo que Dolly me contó más tarde:
—El equipo de Yale golpeó el balón y miré hacia arriba. Mientras miraba hacia arriba, las gradas de aquella maldita olla parecieron salir disparadas también. Luego, cuando la pelota comenzó a caer, las gradas se inclinaron y se me echaron encima hasta que pude ver a la gente de las localidades más altas gritándome y amenazándome con los puños. Al final no veía la pelota, sino sólo el estadio. Todas la veces que conseguí hacerme con la pelota, fue cuestión de suerte: yo estaba debajo.
Volvamos al partido. Yo estaba entre los hinchas, y tenía una buena localidad a la altura de la línea de cuarenta yardas: buena hasta que un antiguo alumno absolutamente despistado, que había perdido a sus amigos y el sombrero, empezó a levantarse de vez en cuando para gritar: «¡Hurra Ted Coy!», como si creyera que estábamos viendo un partido de hacía una docena de años. Cuando se dio cuenta por fin de que resultaba gracioso, empezó a actuar para la galería, y provocó un coro de silbidos y pateos hasta que, contra su voluntad, acabó bajo la tribuna. Fue un buen partido: lo que en las revistas de la universidad se conoce como un partido histórico. Hay colgada en todas las barberías de Princeton una fotografía del equipo que jugó aquel partido, con Gottlieb, el capitán, en el centro, vistiendo el jersey blanco, signo de haber ganado un campeonato. Yale llevaba una temporada mediocre, pero dominó durante el primer cuarto, que acabó con una ventaja de tres a cero a su favor.
En los descansos yo observaba a Dolly. Se paseaba, jadeando y bebiendo agua de una botella, siempre con aquella expresión tensa, de aturdimiento. Más tarde me diría que no paraba de repetirse: «Tengo que decírselo a Roper. Se lo diré en cuanto termine la primera mitad. Le diré que ya no puedo más». Ya había sentido varias veces el impulso casi irresistible de encogerse de hombros y salir del terreno de juego, pues no se trataba únicamente del miedo inesperado que le infundía el estadio: la verdad era que Dolly detestaba el fútbol con todas sus fuerzas, amargamente.
Detestaba el largo y aburrido periodo de entrenamiento, lo que el fútbol tiene de enfrentamiento personal, cómo le robaba el tiempo, la monotonía, la rutina y la angustiosa sensación de desastre cuando el partido estaba a punto de acabar. A veces imaginaba que todos aborrecían el fútbol tanto como él, y, como él, reprimían su aversión, y la llevaban dentro como un cáncer que temieran reconocer. A veces imaginaba que un buen día alguien se arrancaba la máscara y decía: «Dolly, ¿tú odias tanto como yo este juego asqueroso?».
Aquella sensación se remontaba al colegio de Saint Regis, y Dolly había llegado a Princeton con la idea de que el fútbol se había terminado para siempre. Pero los alumnos mayores que procedían de Saint Regis lo paraban en la universidad para preguntarle cuánto pesaba, y en nuestro curso fue elegido vicedelegado de la clase por su extraordinaria fama como atleta: era otoño, y se olía ya el triunfo en el aire. Una tarde llegó casi por casualidad hasta donde se entrenaban los estudiantes de primero, sintiéndose extrañamente perdido e insatisfecho, y olió el césped y olió la pasión del campeonato. Y media hora después se estaba atando un par de botas prestadas, y dos semanas más tarde era el capitán del equipo de primero.
Y, cuando ya se había comprometido, se dio cuenta de que había cometido un error; incluso pensó en dejar la universidad. Porque, con la decisión de jugar, Dolly asumía una responsabilidad moral, personal. Perder o defraudar a alguien, o ser defraudado, simplemente le resultaba intolerable. Ofendía su sentido del despilfarro, muy escocés. ¿De qué valía sudar sangre durante una hora si al final te derrotaban?
Quizá lo peor de todo era que ni siquiera llegaba a ser un fuera de serie. Ningún equipo del país lo hubiera desechado, pero era incapaz de hacer nada superlativamente bien, nada espectacular, ni corriendo, ni pasando, ni pateando. Medía un metro y ochenta centímetros y pesaba poco más de setenta y dos kilos; buen corredor y defensa, seguro a la hora de interceptar pases, placaba y pateaba bien. Nunca perdía la pelota ni cometía fallos; su sangre fría, su constante y segura agresividad, producía un efecto decisivo sobre los otros jugadores. Era el líder moral de todos los equipos en los que jugaba y por eso Roper había dedicado tanto tiempo durante toda la temporada a mejorar la potencia de su patada: lo necesitaba en el equipo.
En el segundo cuarto Yale empezó a venirse abajo. Era un equipo mediocre, prepotente, mal conjuntado por el sistema de insultos y amenazas de cambio al que recurrían sus entrenadores. El quarterback, Josh Logan, había sido un fenómeno en Exeter —puedo atestiguarlo—, donde la furia y la confianza en sí mismo de un solo hombre pueden decidir un partido. Pero el altísimo nivel de organización de los equipos universitarios descarta tales ingenuidades infantiles y hace que se recuperen con menor facilidad de pérdidas de pelota y errores estratégicos detrás de la línea.
Así, sin escatimar energías, con mucho esfuerzo, apretando los dientes, Princeton empezó a adueñarse del campo. Las cosas se precipitaron en la línea de veinte yardas de Yale. Interceptaron un pase de Princeton, y el jugador de Yale, nervioso por su propio acierto, perdió la pelota, que lenta y sorprendentemente tomó el camino de la línea de gol de Yale. Jack Devlin y Dolly Harlan, de Princeton, y un jugador —no recuerdo quién era— de Yale, estaban más o menos a la misma distancia de la pelota. Lo que Dolly hizo en el segundo que duró la disputa sólo obedeció al instinto: no tenía ningún problema. Era un atleta por naturaleza, y en situaciones críticas su sistema nervioso decidía por él. Podría haber echado a correr para adelantar a los otros dos en la disputa por el balón; pero, en lugar de eso, bloqueó con violenta precisión al jugador de Yale mientras Devlin robaba el balón, corría diez yardas y lograba un touchdown.
En aquel tiempo los comentaristas deportivos aún veían los partidos con los ojos de Ralph Henry Barbour. Las cabinas de prensa estaban exactamente detrás de mí, y cuando Princeton se disponía a pasar el balón entre los dos postes oí que el comentarista radiofónico preguntaba:
—¿Quién es el número veintidós?
—Harlan.
—Harlan va a patear la pelota. Devlin, autor del touchdown, procede del colegio de Lawrenceville. Tiene veinte años. ¡El balón ha pasado limpiamente entre los palos de la portería!
En el descanso, cuando Dolly se sentó en el vestuario temblando de fatiga, Little, uno de los ayudantes del entrenador, se sentó a su lado y dijo:
—Cuando se te echen encima los alas agarra bien el balón. Ese grandullón, Havemeyer, puede arrancártelo de las manos.
Era la ocasión de decirle: «Me gustaría que le dijeras a Bill que…»; pero las palabras se deformaron hasta convertirse en una pregunta trivial acerca del viento. Necesitaba explicar lo que sentía, y no había tiempo. Lo que él pudiera sentir no importaba mucho en aquel vestuario saturado por la respiración jadeante de cansancio, el esfuerzo definitivo, la extenuación de sus diez compañeros. Sintió vergüenza cuando estalló una violenta discusión entre un ala y un tackle; le molestó la presencia de antiguos jugadores en el vestuario, especialmente la del capitán de hacía dos temporadas, que estaba un poco borracho y protestaba con vehemencia excesiva contra el favoritismo del arbitro. Parecía inadmisible añadir una pizca más de tensión e irritación. Pero hubiera acabado con aquello de todas formas si Little no le hubiera dicho en voz baja: «¡Qué bloqueo, Dolly! ¡Espléndido!», y si la mano de Little no se hubiera quedado allí, apoyada en su hombro.

II.

En el tercer cuarto Joe Dougherty pateó desde la línea de veinte yardas, logró con facilidad pasar la pelota entre los dos palos de la portería y nos sentimos seguros, hasta que, cuando ya anochecía, gracias a una serie de ataques desesperados, Yale acortó distancias en el marcador. Pero Josh Logan había dilapidado sus recursos en pura bravuconería y la defensa había conseguido anularlo. Cuando los suplentes saltaron al campo, Princeton volvió a adueñarse del terreno de juego. Entonces, de pronto, el partido acabó y la multitud saltó al campo, y Gottlieb, abrazado a la pelota, fue lanzado al aire. Por un momento todo fue confusión, locura y alegría; vi cómo algunos estudiantes de primero intentaban coger a hombros a Dolly, pero les faltó decisión y Dolly se escabulló.
Todos sentíamos una gran euforia. Hacía tres años que no derrotábamos a Yale: ahora las cosas volvían a estar en su sitio. Aquello significaba un buen invierno en la universidad, algo agradable y ligero que recordar en los días fríos y húmedos después de las navidades, cuando una sensación desoladora de futilidad se apodera de la ciudad universitaria. En el terreno de juego un equipo improvisado y escandaloso jugaba al fútbol con un sombrero hongo, hasta que una serpiente humana, saltando y bailando, los envolvió y los hizo desaparecer. Fuera del estadio vi a dos alumnos de Yale, terriblemente abatidos y disgustados, meterse en un taxi y decirle al taxista con un tono de fatal resignación: «A Nueva York». No encontrabas a nadie de Yale: como suelen hacer los derrotados, se habían esfumado silenciosamente.
Empiezo la historia de Dolly con mis recuerdos de aquel partido porque aquella tarde apareció la chica. Era amiga de Josephine Pickman: íbamos a ir los cuatro a Nueva York, al Midnight Frolic. Cuando le insinué a Dolly que quizá se encontrara demasiado cansado se echó a reír: aquella noche iría a cualquier parte para quitarse de la cabeza la angustia y la tensión del fútbol. Entró en el recibidor de la casa de Josephine a la seis y media, y parecía haber pasado el día en la peluquería, si no fuera por un pequeño y atractivo esparadrapo en una ceja. Era uno de los hombres más guapos que he visto nunca; la ropa de calle resaltaba su altura y delgadez, tenía el pelo oscuro, y los ojos marrones, grandes y penetrantes, y la nariz aguileña le daban, como el resto de sus facciones, cierto aire romántico. Entonces no podía ocurrírseme, pero supongo que era bastante vanidoso —no engreído, sino vanidoso—, pues siempre vestía de marrón o gris perla, con corbatas negras, y la gente no elige la ropa con tanto cuidado, tan a tono, por casualidad.
Sonreía ligeramente, satisfecho de sí mismo, cuando entró. Me estrechó la mano con entusiasmo y bromeó:
—Vaya, qué sorpresa encontrarlo aquí, señor Deering. Entonces descubrió a las dos chicas al fondo del recibidor, una morena radiante, como él, y otra con el pelo dorado, burbujeante y espumoso a la luz de la chimenea, y dijo con la voz más alegre que le había oído nunca:
—¿Cuál es la mía?
—Me figuro que la que tú quieras.
—En serio, ¿quién es Pickman?
—La rubia.
—Entonces la mía es la otra. ¿No era ése el plan?
—Creo que será mejor que las prevenga de cómo te encuentras.
La señorita Thorne, pequeña, ruborizada y encantadora, estaba de pie junto a la chimenea. Dolly se dirigió directamente a ella.
—Eres mía —dijo—, me perteneces.
Ella lo miró sin alterarse, examinándolo; de pronto, le gustó y sonrió. Pero Dolly no estaba satisfecho: quería hacer algo increíblemente tonto o sorprendente para expresar el júbilo fabuloso de ser libre.
—Te quiero —dijo. Le cogió la mano; sus ojos de terciopelo marrón la miraban con ternura, deslumhrados, convincentes—. Te quiero.
Por un momento se curvaron las comisuras de los labios de la chica, como si le pesara haber encontrado a alguien más fuerte, más seguro de sí mismo, más desafiante que ella. Entonces Dolly, mientras la señorita Thorne se retraía visiblemente, le soltó la mano: había acabado la escena en la que había liberado la tensión de la tarde.
Era una noche fría y clara de noviembre, y las ráfagas de aire contra el descapotable nos producían una vaga excitación, la sensación de que nos dirigíamos a toda velocidad hacia un destino extraordinario. Las carreteras estaban llenas de coches que confluían en largos e inexplicables atascos mientras los policías, cegados por los faros, iban y venían entre la hilera de vehículos impartiendo confusas órdenes. No llevábamos una hora de viaje cuando Nueva York empezó a perfilarse contra el cielo: un distante resplandor brumoso.
Josephine me dijo que la señorita Thorne era de Washington, y, después de pasar unos días en Boston, acababa de llegar.
—¿Para el partido?
—No. No ha ido al partido.
—Es una pena. Si me lo hubieras dicho, le hubiera conseguido una entrada.
—No hubiera ido. Vienna nunca va al fútbol —me acordé entonces de que ni siquiera le había dado la enhorabuena convencional a Dolly—. Detesta el fútbol. A su hermano lo mataron el año pasado en un partido del campeonato preuniversitario. No pensaba traerla esta noche, pero cuando volvimos a casa después del partido me di cuenta de que había pasado la tarde con un libro abierto siempre por la misma página. Ya te puedes figurar: era un chico maravilloso, y su familia estaba en el partido, y es natural que no hayan podido sobreponerse.
—¿Le molesta estar con Dolly?
—Claro que no. No le hace el menor caso al fútbol. Si alguien lo menciona, ella cambia de tema.
Me alegré de que fuera Dolly y no Jack Devlin, por ejemplo, quien la acompañara en el asiento trasero. Y lo sentí un poco por Dolly. Por sólidos que fueran sus sentimientos sobre el fútbol, habría esperado algún reconocimiento a su innegable esfuerzo.
Quizá consideraba aquel silencio una sutil muestra de respeto, pero, mientras las imágenes de la tarde relampagueaban en su memoria, hubiera recibido con agrado algún elogio al que responder: «¡Tonterías!». Desdeñadas por completo, las imágenes amenazaban volverse insistentes y molestas.
Miré hacia el asiento trasero y me sobresaltó un poco encontrar a la señorita Thorne en los brazos de Dolly. Rápidamente volví la cara y decidí dejar que se preocuparan de sí mismos.
Mientras esperábamos en un semáforo de Broadway vi los titulares de un periódico con el resultado del partido. Aquella página era más real que la propia tarde: sucinta, condensada y clara:

PRINCETON DERROTA A YALE 10-3
LOS TIGRES ESQUILAN A LOS BULLDOGS ANTE SETENTA
MIL ESPECTADORES
DEVLIN APROVECHA UN ERROR DE YALE

Si la tarde había sido desordenada, confusa, fragmentaria e inconexa, ahora los hechos se ordenaban apaciblemente en el molde del pasado:

PRINCETON, 10; YALE, 3

Pensé lo curioso que era el éxito. Y Dolly era en gran medida responsable de que se me ocurriera aquello. Me preguntaba si todo lo que vociferaban los titulares respondía exclusivamente a una elección caprichosa. Como si la gente preguntara:
—¿A qué se parece esto?
—A un gato.
—Pues entonces lo llamaremos gato.
Mi imaginación, avivada por las luces callejeras y el alegre tumulto, admitió de repente que cualquier éxito era cuestión de énfasis: meter en un molde, darle forma a la confusión de la vida.
Josephine se detuvo frente al Teatro New Amsterdam, donde nos esperaba su chófer para recoger el coche. Llegábamos demasiado pronto, pero se produjo un pequeño brote de entusiasmo entre los estudiantes que aguardaban en el vestíbulo —«Es Dolly Harlan»—, y cuando nos dirigíamos al ascensor algunos conocidos se acercaron a estrecharle la mano. Aparentemente ajena a tales ceremonias, la señorita Thorne me sorprendió mirándola y sonrió. Yo la miraba con curiosidad. Josephine nos había facilitado la información, más bien asombrosa, de que sólo tenía dieciséis años. Me figuro que la sonrisa que le devolví era un poco protectora, pero inmediatamente me di cuenta de que una sonrisa así no venía a cuento. A pesar de que su rostro transparentaba delicadeza y afecto, a pesar de su tipo, que me recordaba a una bailarina exquisita y romántica, tenía cierta cualidad, cierta dureza de acero. Se había educado en Roma, Viena y Madrid, con estancias relámpago en Washington; su padre era uno de esos embajadores norteamericanos llenos de encanto, que, con admirable obstinación, intentan recrear el Viejo Mundo en sus hijos, procurando que su educación sea más regia que la de un príncipe. La señorita Thorne era sofisticada. A pesar del desparpajo y libertad de la juventud norteamericana, la sofisticación sigue siendo un monopolio del viejo continente.
Entramos en la sala durante un número en el que coristas vestidas de naranja y negro cabalgaban a lomos de caballos de madera contra coristas vestidas con el color azul de Yale. Cuando se encendieron las luces, Dolly fue reconocido y algunos estudiantes de Princeton organizaron en su honor un escándalo con los martillos de madera que les habían dado para mostrar su aprobación; Dolly desplazó discretamente la silla hacia la sombra.
Casi inmediatamente apareció ante nuestra mesa un joven con la cara encarnada, muy abatido. En mejor forma habría resultado extremadamente atractivo; le dedicó a Dolly una sonrisa instantánea, deslumbrante y simpática, como si le pidiera permiso para hablar con la señorita Thorne, y dijo:
—Creía que no ibas a venir a Nueva York esta noche.
—Hola, Carl —lo miraba con frialdad.
—Hola, Vienna. Como debe ser: «Hola, Viena; hola, Cari». Bueno, dime, creía que no ibas a venir a Nueva York esta noche.
La señorita Thorne no hizo ademán de presentarnos al recién llegado, que, como todos podíamos apreciar, iba elevando la voz.
—Creía que me habías prometido que no ibas a venir.
—No pensaba venir, hijo. He salido de Boston esta mañana.
—¿Con quién has estado en Boston? ¿Con el fascinante Tunti?
—No he estado con nadie, hijo.
—Ah, claro que sí. Estuviste con el fascinante Tunti, y hablasteis de vivir en la Riviera —la señorita Thorne no respondió—. ¿Por qué eres tan falsa, Vienna? ¿Por qué me dijiste por teléfono que…
—Nadie me va a dar lecciones —dijo ella, y su voz había cambiado de repente—. Te dije que si te tomabas otra copa habíamos terminado. Soy persona de palabra y me alegraría mucho si te fueras.
—¡Vienna! —exclamó el joven, con la voz quebrada.
En aquel momento me levanté para bailar con Josephine. Cuando volvimos había gente en la mesa: los conocidos con los que pensábamos dejar a Josephine y la señorita Thorne, pues yo había previsto que Dolly se sentiría cansado, y algunos más. Uno de ellos era Al Ratoni, el compositor, que al parecer había estado invitado en la embajada de Madrid. Dolly Harlan había apartado su silla y miraba a las parejas que bailaban. Y, cuando las luces se apagaron para un nuevo número, un hombre salió de la oscuridad, se inclinó sobre la señorita Thorne y le murmuró algo al oído. Ella se sobresaltó e hizo ademán de levantarse, pero el hombre le puso la mano en el hombro y la obligó a sentarse. Empezaron a hablar entre ellos en voz baja y nerviosa.
Estaban muy juntas las mesas en el viejo Frolic. Un hombre se había reunido con los de la mesa de al lado y no pude evitar oír lo que decía:
—Un tipo ha intentado matarse en el lavabo. Se ha pegado un tiro en el hombro, pero le han quitado la pistola…
Y volví a oírlo hablar:
—Dicen que se llama Carl Sanderson.
Cuando el número terminó, miré alrededor. Vienna Thorne no apartaba la vista de Lillian Lorraine, a quien elevaban hacia el techo como una muñeca gigante. El hombre que había hablado con ella se había ido, y era evidente que nadie sabía lo que acababa de suceder. Le sugerí a Dolly que sería mejor que nos fuéramos, y, tras echarle a Vienna una ojeada en la que se mezclaban desgana, cansancio y resignación, Dolly aceptó. Camino del hotel, le conté lo que había sucedido.
—Sólo es un borracho —señaló tras unos segundos de fatigada reflexión—. Seguramente lo único que quería era dar un poco de pena. Me figuro que una chica verdaderamente atractiva está harta de aguantar cosas así.
No era ésa mi opinión. Podía imaginarme la pechera de la camisa blanca, estropeada, empapada de sangre jovencísima, pero no discutí. Y un momento después Dolly dijo:
—Quizá sea brutal lo que voy a decir, pero ¿no te parece una debilidad, una blandenguería? A lo mejor es mi estado de ánimo esta noche.
Cuando Dolly se desnudó, vi que estaba lleno de contusiones y cardenales, pero me aseguró que ninguno le quitaría el sueño. Entonces le conté por qué la señorita Thorne no había hablado del partido, y Dolly se incorporó en la cama: le había vuelto a los ojos el brillo de siempre.
—Ah, era eso. Ahora me lo explico. Creía que a lo mejor le habías dicho que no me hablara de fútbol.
Más tarde, cuando la luz llevaba apagada media hora, dijo de pronto en voz alta y clara.
—Ahora lo entiendo.
No sé si estaba despierto o dormido.

III.

He transcrito en estas páginas, lo mejor que he podido, cuanto recuerdo del día en que se conocieron Dolly y la señorita Vienna Thorne. Al releerlas, todo parece fortuito e insignificante, pero fortuito e insignificante parece todo lo que ocurrió aquella noche, para siempre a la sombra del partido. Vienna volvió a Europa casi inmediatamente, y durante quince meses desapareció de la vida de Dolly.
Fue un buen año: y así perdura todavía en mi memoria. El segundo curso es el más dramático en Princeton, como el primer año lo es en Yale. No sólo tienen lugar las elecciones para los clubes de estudiantes de los cursos superiores, sino que empieza a labrarse el destino de cada uno. Puedes decir perfectamente quiénes saldrán adelante, no sólo por sus éxitos inmediatos, sino por la manera en que sobreviven a los fracasos. No faltaba nada en mi vida. Me comportaba como un típico alumno de Princeton, un incendio destruyó en Dayton la casa de mi familia, me peleé estúpidamente a puñetazos en el gimnasio con un tipo que más tarde se convertiría en uno de mis mejores amigos, y en marzo Dolly y yo ingresamos en el club de estudiantes al que siempre habíamos querido pertenecer. También me enamoré, pero sería una impertinencia hablar de eso ahora.
Llegó abril y el auténtico clima de Princeton, las tardes perezosas, verdes y doradas, y las noches vivas y apasionantes, hechizadas por las canciones de los alumnos de los últimos cursos. Yo era feliz, y Dolly hubiera sido feliz si no fuera porque se acercaba la nueva temporada de fútbol. Jugaba al béisbol, lo que lo libraba de los entrenamientos de primavera, pero las bandas de música empezaban a oírse débilmente a lo lejos. En el verano alcanzaron el nivel de concierto, y Dolly tenía que contestar veinte veces al día la misma pregunta: «¿Volverás pronto al fútbol?». A mediados de septiembre ya se arrastraba por el polvo y el calor del final del verano de Princeton, andaba a cuatro patas por el césped, trotaba al ritmo de la rutina de siempre para convertirse en esa clase de espécimen que yo soñaba ser: hubiera dado diez años de mi vida por serlo.
Dolly odiaba todo aquello, de principio a fin, incansablemente. Jugó contra Yale en otoño, cuando sólo pesaba menos de setenta y cinco kilos, aunque en el acta del partido constara otro peso, y Joe McDonald y él fueron los únicos que jugaron completo aquel desastroso partido. Hubiera sido capitán del equipo con sólo mover un dedo, pero en ese asunto hay cuestiones que conozco confidencialmente y no puedo revelar: le daba pánico la posibilidad de que, por alguna casualidad, tuviera que aceptar la capitanía del equipo. ¡Dos temporadas! Ni siquiera hablaba de aquello. Se iba de la habitación o del club cuando la conversación se desviaba hacia el fútbol. Dejó de comentarme que no iba a aguantar el fútbol mucho tiempo. Y hasta Navidad no se le fue la tristeza de la mirada.
Y entonces la señorita Vienna Thorne volvió de Madrid para Año Nuevo, y en febrero un tal Case la invitó a la fiesta de los alumnos de último curso.

IV.

Incluso era más preciosa que antes, más suave, al menos por fuera, y tuvo un éxito extraordinario. La gente que pasaba a su lado en la calle volvía la cabeza para mirarla. Y la miraban con miedo, como si se dieran cuenta de que casi habían perdido algo. Me dijo que por el momento estaba cansada de los europeos, dándome a entender que había existido alguna especie de desdichado asunto amoroso. Se vestiría de largo el próximo otoño, en Washington.
Vienna y Dolly. Desaparecieron juntos durante dos horas la noche de la fiesta, y Harold Case estaba desesperado. Cuando volvieron a medianoche, pensé que formaban la pareja más atractiva que había visto nunca. Brillaban con esa luminosidad especial que envuelve algunas veces a quienes son morenos. Harold Case los miró de arriba abajo y arrogantemente se fue a casa.
Vienna volvió una semana después, sólo para ver a Dolly. Aquella noche tuve que ir al club, que estaba vacío, a recoger un libro, y me llamaron desde la tenaza., abierta al estadio fantasmal y a la noche desolada. Era la hora del deshielo, y el aire cálido traía ecos de primavera y, donde había luz suficiente, podías ver gotas que relucían y caían. Podías sentir cómo el frío se derretía y goteaba de las estrellas y los árboles desnudos y los arbustos y fluía hacia Stony Brook, brillando en la oscuridad.
Vienna y Dolly estaban sentados en un banco de mimbre, ebrios de sí mismos, románticos y felices.
—Teníamos que contárselo a alguien —dijeron.
—¿Me puedo ir ya?
—No, Jeff—insistieron—. Quédate aquí y envídianos. Estamos en un momento en que necesitamos que nos envidien. ¿Crees que hacemos una buena pareja?
¿Qué podía decirles?
—Dolly termina los estudios el año que viene —continuó Vienna—, pero lo haremos público el próximo otoño, en Washington, cuando acabe la temporada.
Me sentí más tranquilo cuando me enteré de que iba a ser un largo noviazgo.
—Me caes bien, Jeff—dijo Vienna—. Me gustaría que Dolly tuviera más amigos como tú. Tú lo animas: tienes ideas propias. Le he dicho a Dolly que seguro que encuentra otros como tú si busca en su curso.
Dolly y yo nos sentimos ligeramente violentos.
—Vienna no quiere que me convierta en un Babbitt —dijo Dolly alegremente.
—Dolly es perfecto —afirmó Vienna—. Es lo más precioso que ha existido nunca, y ya te darás cuenta, Jeff, de que soy lo mejor para él. Ya le he ayudado a tomar una decisión importante —me imaginé lo que iba a decirme—. Lo van a oír como el próximo otoño empiecen a darle la lata con el fútbol. ¿Verdad, hijo?
—Nadie me va a dar la lata —dijo Dolly, incómodo—. Tampoco es eso.
—Bueno, tratarán de presionarte moralmente. —No, no —respondió—. No se trata de eso. Es mejor que hablemos de otra cosa, Vienna. ¡Hace una noche tan espléndida!
¡Una noche tan espléndida! Cuando pienso en mis propios episodios amorosos en Princeton, siempre recuerdo aquella noche de Dolly, como si hubiera sido yo quien estaba allí, con la juventud, la esperanza y la belleza entre los brazos.
La madre de Dolly alquiló una casa en Ram’s Point, en Long Island, para el verano, y a finales de agosto fui al Este a pasar unos días con él. Vienna había llegado una semana antes, y mis impresiones fueron éstas: primera, Dolly estaba muy enamorado; y, segunda, aquélla era la fiesta de Vienna. Curiosos de todas las especies solían presentarse inesperadamente para verla. Ahora que soy más sofisticado no me extraña, pero entonces me parecían un fastidio: nos estropeaban el verano. Todos eran un poco famosos por una u otra cosa, y era cosa tuya descubrir por qué. Se hablaba mucho, y sobre todo se discutía mucho, sobre la personalidad de Vienna. Siempre que me quedaba a solas con otro invitado hablábamos de la vivísima personalidad de Vienna. Todos me consideraban un aburrimiento, y la mayoría consideraba a Dolly un aburrimiento. Dolly era, a su estilo, mejor que cualquiera de ellos en el suyo, pero el estilo de Dolly era la única variedad de la que jamás se hablaba. Yo tenía, sin embargo, la vaga sensación de que me estaba refinando, y al año siguiente me jactaba de conocer a todas aquellas personalidades y me molestaba que la gente ni siquiera hubiera oído sus nombres.
El día antes de mi partida Dolly se torció el tobillo jugando al tenis, lo que más tarde le permitiría hacerme, con humor negro, algún comentario jocoso.
—Una fractura me hubiera facilitado las cosas. Si me lo hubiera torcido medio centímetro más, se hubiera roto algún hueso. A propósito, mira.
Me lanzó una carta. Era una convocatoria por la que debía presentarse en Princeton el quince de septiembre para los entrenamientos y en la que se le recordaba que debía mantenerse en buena forma física.
—¿No vas a jugar este otoño?
Negó con la cabeza.
—No. Ya no soy un niño. He jugado dos temporadas y este año quiero tenerlo libre. Aguantar otro año sería un caso de cobardía moral.
—No te lo discuto, pero… ¿hubieras adoptado la misma actitud si no estuviera Vienna?
—Por supuesto. Si permitiera que me presionaran otra vez, sería incapaz de volver a mirarme a la cara.
Dos semanas más tarde recibí la siguiente carta:

«Querido Jeff:
»Cuando leas esta carta quizá te lleves una sorpresa. Ahora sí que me he roto de verdad el tobillo jugando al tenis. Ni siquiera puedo andar con muletas. Lo tengo en una silla, frente a mí, hinchado y vendado, grande como una casa, mientras te escribo. Nadie, ni siquiera Vienna, conoce nuestra conversación del verano sobre el mismo asunto, así que olvidémosla por completo. Una cosa: es condenadamente difícil romperse un tobillo, aunque yo no lo he sabido hasta hace poco.
»Hace años que no me sentía tan feliz: nada de entrenamientos de pretemporada, nada de sudor ni sufrimiento, un poco de incomodidad y molestias a cambio de ser libre. Me parece que he sido más listo que muchos, pero eso sólo le interesa a tu
«maquiavélico (sic) amigo,
»DOLLY
»P S. Te ruego que rompas esta carta.»

No parecía una carta de Dolly.

V.

Cuando llegué a Princeton le pregunté a Franz Kane —que tiene una tienda de artículos deportivos en la calle Nassau y puede decirte sin pensarlo dos veces el nombre del quaterback suplente en 1901— cuál era el problema del equipo que capitaneaba Bob Tatnall.
—Lesiones y mala suerte —dijo—. Y no sudaban la camiseta en los partidos difíciles. Fíjate en Joe McDonald, por ejemplo, el mejor tackle de Estados Unidos en la temporada pasada; era lento y estaba acabado, pero lo sabía y no le importaba. Es un milagro que Bill consiguiera que el equipo terminara la temporada.
Iba con Dolly a los partidos, y vimos cómo el equipo ganaba a Lehigh por tres a cero y empataba con Bucknell por chiripa. A la semana siguiente Notre Dame nos machacó por catorce a cero. El día del partido con Notre Dame, Dolly estaba en Washington con Vienna, pero cuando volvió al día siguiente mostró una terrible curiosidad por aquella derrota. Había reunido las páginas deportivas de todos los periódicos, y, mientras las leía, negaba con la cabeza. De repente las tiró todas juntas a la papelera.
—El fútbol es una locura en esta universidad —proclamó—. ¿Sabes que los equipos ingleses ni siquiera se entrenan?
No me lo pasaba demasiado bien con Dolly en aquel tiempo. No estaba acostumbrado a verlo desocupado. Por primera vez en su vida pasaba el día dando vueltas sin rumbo fijo —por la habitación, por el club, con el primer grupo de gente que encontrara—, él, que siempre, con dinámica indolencia, iba camino de algún sitio. Entonces, a su paso, se creaban grupos, grupos de compañeros de curso que querían estar con él, o de alumnos de los cursos superiores que lo seguían con la mirada como se sigue a una imagen sagrada. Ahora se había vuelto democrático, se mezclaba con todos, pero algo fallaba. Explicaba que quería conocer mejor a los compañeros de su curso.
Pero la gente desea que sus ídolos estén un poco por encima de ellos, y Dolly había sido una especie de ídolo íntimo, especial. Empezó a detestar la soledad, y yo, desde luego, lo noté. Si yo iba a salir y él no le estaba escribiendo a Vienna, me preguntaba, angustiado, adonde iba, e inventaba una excusa para pegarse a mí como una lapa.
—¿Te alegras de lo que hiciste, Dolly? —le pregunté un día de improviso.
Me miró con ojos desafiantes que ocultaban algo de reproche.
—Claro que me alegro.
—De todas formas, me gustaría verte otra vez en el campo de fútbol.
—¿Para qué? La temporada se decidirá en el estadio de Yale. Me echarían a patadas con toda seguridad.
La semana del partido con la Marina volvió de repente a los entrenamientos. Estaba preocupado. Aquel terrible sentido de la responsabilidad no lo dejaba en paz. Si una vez había odiado oír hablar de fútbol, ahora no pensaba ni hablaba de otra cosa. La noche anterior al partido con la Marina me levanté varias veces y siempre encontré encendida la luz de su habitación.
Perdimos siete a tres por un balón de la Marina que, en el último minuto, pasó sobre la cabeza de Devlin. Al final del segundo tiempo Dolly bajó de la tribuna y se sentó con los jugadores en el campo. Cuando más tarde volvió a reunirse conmigo, tenía la cara manchada, sucia, como si hubiera estado llorando.
El partido con la Marina se disputó aquel año en Baltimore. Dolly y yo íbamos a pasar la noche en Washington con Vienna, que había organizado una fiesta. Emprendimos el viaje en un clima de malhumor sombrío y fue todo lo que pude hacer para evitar que Dolly se lanzara contra dos oficiales de la Marina que estaban colgándonos del coche una jubilosa esquela mortuoria.
A su baile Vienna lo llamaba su segunda presentación en sociedad. Sólo invitaría esta vez a las personas que le caían simpáticas. Resultaron ser de importación en su mayor parte, concretamente de Nueva York: no podían faltar los músicos, los dramaturgos, los comparsas del mundo artístico que entraban y salían en la casa de Dolly en Ram’s Point. Pero Dolly, liberado de sus obligaciones como anfitrión, aquella noche no se empeñó torpemente en hablar su lengua. Apoyado en la pared, de mal humor, había recuperado algo del antiguo aire de superioridad que me había dado ganas de conocerlo. Más tarde, camino de la cama, pasé ante el cuarto de Vienna, que me pidió que entrara. Dolly y ella, un poco pálidos, estaban sentados en rincones opuestos de la habitación, y la atmósfera estaba cargada de tensión.
—Siéntate, Jeff —dijo Vienna, cansada—. Quiero que seas testigo de un derrumbamiento: de cómo un hombre se convierte en un colegial —me senté de mala gana—. Dolly ha cambiado de idea —continuó—. El fútbol le interesa más que yo.
—No es eso —dijo Dolly, imperturbable.
—No entiendo de qué habláis —respondí—. Dolly no puede jugar al fútbol.
—Él cree que puede. Jeff, por si piensas que soy una cabezona, quiero contarte algo. Hace tres años, la primera vez que volvimos a Estados Unidos, mi padre matriculó a mi hermano en un colegio. Una tarde fuimos todos a verlo jugar al fútbol. Nada más empezar el partido se lesionó, pero mi padre dijo: «No os preocupéis, se levantará en un minuto. Cosas así pasan en todos los partidos». Pero, Jeff, no se levantó. Estaba allí, sobre el césped, y por fin lo sacaron del campo en brazos y le echaron una manta encima. Cuando bajamos de la tribuna estaba muerto.
Nos miró a los dos y empezó a sollozar convulsivamente. Dolly se le acercó, frunciendo el entrecejo, y le echó el brazo por encima del hombro.
—Ay, Dolly —exclamó Vienna—, ¿no puedes hacerlo por mí? ¿No puedes hacer por mí algo tan insignificante?
Dolly negó con la cabeza, hundido.
—Lo he intentado, pero no puedo —dijo—. Es lo mío, lo que mejor sé hacer. ¿No lo entiendes, Vienna? La gente debería dedicarse a lo que mejor sabe hacer.
Vienna se había puesto de pie y ante un espejo se empolvaba la cara para disimular las lágrimas. Se volvió como un rayo, furiosa.
—Así que me equivocaba cuando daba por supuesto que teníamos los mismos sentimientos.
—Ya está bien. Estoy cansado de hablar, Vienna; me cansa mi propia voz. Creo que toda la gente que conozco lo único que hace es hablar y hablar.
—Gracias. Me figuro que te refieres a mí.
—Me parece que tus amigos hablan muchísimo. Jamás había oído tanta palabrería como esta noche. ¿Te repugna la idea de que alguien se dedique de verdad a algo, Vienna?
—Depende de si vale la pena a lo que se dedique. —Bueno, para mí esto vale la pena.
—Sé cuál es tu problema, Dolly —dijo con amargura—. Eres débil y necesitas que te admiren. Este curso no has tenido a un montón de niñatos revoloteando a tu alrededor como si fueras Jack Dempsey, y eso ha estado a punto de partirte el corazón. Te gusta exhibirte, montar tu número, oír los aplausos.
A Dolly se le escapó una carcajada.
—Si ésa es la idea que tienes de lo que siente un futbolista…
—¿Tienes decidido jugar? —lo interrumpió Vienna.
—Si puedo serle útil al equipo, sí.
—Entonces creo que los dos estamos perdiendo el tiempo.
Sus palabras no admitían réplica, pero Dolly se negó a aceptar que Vienna hablara en serio. Cuando salí de la habitación todavía intentaba «que fuera razonable», y al día siguiente, en el tren, me dijo que Vienna «se había puesto un poco nerviosa». Estaba profundamente enamorado de ella y era incapaz de imaginarse que pudiera perderla; todavía estaba bajo el dominio de la emoción repentina que le producía su decisión de volver a jugar, y la confusión y el agotamiento nervioso le hacían creer vanidosamente que nada había cambiado. Pero yo había visto la misma expresión en la cara de Vienna la noche que habló con el señor Carl Sanderson en el Frolic, hacía dos años.
Dolly no se bajó del tren en la parada de Princeton, sino que siguió hasta Nueva York. Visitó a dos especialistas en ortopedia y uno de ellos le preparó un vendaje con una férula que debía llevar noche y día. Con toda probabilidad el vendaje se caería al primer choque fuerte, pero le permitiría correr y usar ese pie como punto de apoyo cuando pateara la pelota. Al día siguiente se presentó en el campo de fútbol de la universidad, equipado para el entrenamiento.
Su aparición causó sensación. Yo estaba en la tribuna viendo el entrenamiento con Harold Case y la joven Daisy Cary. Daisy empezaba entonces a ser famosa, y no sé quién provocaba mayor expectación, si ella o Dolly. En aquel tiempo todavía era un atrevimiento ir con una actriz de cine; si aquella misma damisela visitara hoy Princeton seguramente la recibirían en la estación con una banda de música.
Dolly dio un par de vueltas cojeando y todos dijeron: «¡Cojea!». Pateó el balón, y todos dijeron: «¡No está mal!». El primer equipo descansaba después del duro partido con la Marina y los espectadores estuvieron pendientes de Dolly toda la tarde. Lo llamé cuando acabó el entrenamiento, y se acercó y nos estrechamos la mano. Daisy le preguntó si le gustaría participar en una película sobre fútbol que iba a rodar. Sólo era hablar por hablar, pero Dolly me miró con una lacónica sonrisa.
Cuando llegó a la habitación tenía el tobillo hinchado, grueso como el tubo-chimenea de una estufa, y al día siguiente Keene y él arreglaron el vendaje para que pudiera aflojarse y apretarse, amoldándose a los distintos tamaños del tobillo. Lo llamábamos el globo. El hueso estaba prácticamente soldado, pero, en cuanto los forzaba, los tendones dañados volvían a resentirse. Vio el partido con Swarthmore desde el banquillo, y al lunes siguiente peleaba en el segundo equipo titular contra los suplentes.
Algunas tardes le escribía a Vienna. Mantenía la teoría de que aún eran novios, pero intentaba no preocuparse por el asunto, y creo, incluso, que le ayudaba el dolor, tan intenso que no lo dejaba dormir. Cuando terminara la temporada iría a verla.
Jugamos contra Harvard y perdimos por siete a tres. Jack Devlin se rompió la clavícula y, lesionado para el resto de la temporada, hizo casi inevitable que Dolly volviera al primer equipo. Entre los rumores y temores de mediados de noviembre la noticia provocó una chispa de esperanza en la comunidad estudiantil, por lo demás pesimista: esperanza que no guardaba proporción con la forma física de Dolly. Volvió al dormitorio el jueves anterior al partido con cara de cansancio, ojeroso.
—Me van a incluir en el equipo, y quieren que juegue de punter… Si supieran…
—¿Por qué no hablas con Bill?
Negó con la cabeza, y entonces sospeché que se estaba castigando a sí mismo por el «accidente» que había sufrido en agosto. Se echó en el sofá, en silencio, mientras yo le preparaba la maleta para el viaje con el equipo.
El día del partido era —siempre lo ha sido— como un sueño: irreal, extraordinario, con una multitud de amigos y parientes y la pompa superflua de un gigantesco espectáculo. Los once hombres que, empequeñecidos, saltaron por fin al terreno de juego parecían figuras hechizadas de otro mundo, un mundo extraño e infinitamente romántico, figuras diluidas en una nube vibrante de gente y ruido. Sufrimos intolerablemente cuando ellos sufren, temblamos cuando se enardecen, pero ellos no mantienen ningún trato con nosotros, más allá de cualquier ayuda, gloriosos e inalcanzables, vagamente sagrados.
El césped está en perfecto estado, terminan los prolegómenos del partido y los equipos ocupan sus posiciones. Los jugadores se ponen los cascos, dan palmadas, cada uno ensimismado en una breve danza solitaria. El público sigue hablando a tu alrededor, buscando sus localidades, pero tú guardas silencio, y tu mirada va de jugador en jugador. Ahí están: Jack Whitehead, alumno del último curso, ala; Joe McDonald, voluminoso y tranquilizador, tackle; Toole, de segundo, guardia derecho; Red Hopman, central; el guardia izquierdo es alguien a quien no puedes identificar, probablemente Bunker; ahora se vuelve y ves su número: Bunker; Bean Gile, que parece anormalmente solemne e importante, es el otro tackle; Poore, otro de segundo curso, ala; detrás de ellos está Wash Sampson, quarter. ¡Imagínate como se siente! Pero va de un lado a otro, a paso ligero, hablando con éste y con aquél, intentado transmitirles su ímpetu y su espíritu de victoria. Dolly Harlan no se mueve, con las manos en las caderas, observando cómo el pateador de Yale coloca el balón para el saque; a su lado está el capitán, Bob Tatnall.
¡Suena el silbato! La línea del equipo de Yale se agita pesadamente y una décima de segundo después oímos el golpe en el balón. El terreno de juego es un flujo de rápidas figuras en movimiento y todo el estadio se tensa como sacudido por la corriente de una silla eléctrica.
Creo que peleamos el primer balón con todas las de la ley.
Tatnall recoge el balón, retrocede diez yardas, es rodeado, desaparece. Spears avanza tres yardas por el centro. Sampson consigue pasar en corto a Tatnall, pero no ganamos terreno. Harlan pasa con el pie hacia Devereaux, que es cazado en plena carrera en la línea de cuarenta yardas de Yale.
Y ahora veamos lo que ellos hicieron.
Inmediatamente se demostró que tenían un gran conjunto. Gracias a un efectivo cruce y a un pase en corto al centro ganaron cuarenta y cuatro yardas y llevaron el balón hasta la línea de seis yardas de Princeton, donde lo perdieron, para que lo recuperara Red Hopman. Después de un intercambio de pases con el pie, Yale inició otro ataque, esta vez hasta la línea de quince yardas, donde, tras cuatro espeluznantes pases adelantados, dos de ellos cortados por Dolly, el balón terminó tras nuestra línea de gol. Pero Yale aún tenía fuerzas, y con un tercera embestida la línea más débil de Princeton comenzó a ceder terreno. Inmediatamente después del comienzo del segundo cuarto, Devereaux no culminó un touchdmvn y la primera mitad acabó con el balón en posesión de Yale, a la altura de nuestra línea de diez yardas. El resultado era: Yale, 7; Princeton, 0.
No teníamos la menor posibilidad. El equipo se estaba superando, estaba jugando el mejor partido de la temporada, pero no bastaba. Si no fuera el partido de Yale —en el que cualquier cosa puede suceder—, ya hubiera sucedido todo, y hubiera sido más densa la atmósfera de pesimismo, que entre los hinchas se podía cortar con un cuchillo.
En los primeros minutos del encuentro Dolly Harlan no había atrapado un balón pateado por Devereaux, pero pudo recuperarlo sin ganar terreno; hacia el final de la primera mitad otro balón enviado con el pie se le había escapado entre los dedos, pero lo había recogido rápidamente y, a pesar de que tenía cerca al ala, retrocedió doce yardas. En el descanso le dijo a Roper que era incapaz de controlar la pelota, pero lo mantuvieron en su puesto. Estaba pateando bien y era esencial en el único esquema de ataque en el que confiaban para marcar.
Cojeaba ligeramente desde la primera jugada del partido, y, para disimularlo, se movía lo menos posible. Pero yo sabía de fútbol lo suficiente para darme cuenta de que participaba en todas las jugadas: arrancaba con su peculiar paso más bien lento y terminaba con una rápida embestida lateral que casi siempre lo libraba de su marcador. Ningún ataque de Yale había terminado en su zona, pero hacia el final del tercer cuarto se le escapó de las manos otro balón, retrocedió entre un confuso grupo de jugadores, y lo recuperó en la línea de cinco yardas, justo a tiempo para evitar un nuevo touchdmvn. Era ya la tercera vez, y vio que Ed Kimball comenzaba a calentar en la banda.
Entonces nuestra suerte empezó a cambiar. Con el equipo en posición, Dolly pateó la pelota desde detrás de nuestra portería y Howard Bement, que había sustituido a Wash Sampson en el puesto de quarter, recogió el balón en el centro, burló a la segunda línea defensiva y avanzó veintiséis yardas antes de ser derribado. Tasker, el capitán de Yale, se había retirado con una lesión en la rodilla, y Princeton empezó a cargar el juego sobre su sustituto, entre Bean Gile y Hopman, con George Spears y a veces Bob Tatnall avanzando con el balón. Llegamos hasta la línea de cuarenta yardas de Yale, perdimos el balón en una melé y lo recuperamos en otra en el momento en que acababa el tercer cuarto. Una oleada de entusiasmo recorrió las filas de los seguidores de Princeton. Por primera vez habíamos llevado el balón a su terreno, con posibilidades de conseguir un touchdown y acortar distancias en el marcador. Podías oír crecer la tensión a tu alrededor, a la espera de que continuara el juego; la tensión se reflejaba en los movimientos nerviosos de los cabecillas de la hinchada y en el incontrolable murmullo, como una marea, que surgía de la multitud, al que se iban agregando voces y voces, hasta convertirse poco a poco en en un rugido indisciplinado.
Vi cómo Kimball saltaba precipitadamente al terreno de juego y le decía algo al arbitro, y pensé que por fin Dolly iba a ser sustituido, y me alegré, pero el sustituido fue Bob Tatnall, que sollozaba mientras lo aclamaba la hinchada de Princeton.
Con la primera jugada el pandemónium se desencadenó y continuó hasta el final del partido. De vez en cuando el clamor se desvanecía hasta convertirse en un zumbido quejoso; e inmediatamente alcanzaba la intensidad del viento, la lluvia y el trueno, y vibraba en el atardecer, de un extremo a otro del estadio, como una queja de almas en pena que se filtrara por algún hueco del espacio.
Los jugadores ocuparon sus puestos en la línea de cuarenta yardas de Yale, y Spears ganó seis yardas antes de ser placado por un contrario. Spears recuperó la pelota —era un sureño bravo y aborrecible con algún momento de inspiración— y aprovechó la brecha que había abierto para avanzar cinco yardas más. Dolly ganó dos más, esquivando a sus marcadores, y Spears apareció por el centro. Era el tercer intento, la última oportunidad: el balón estaba en la línea de veintinueve yardas de Yale, a ocho de la línea de gol.
Algo pasaba a mis espaldas; hubo empujones, gritos: un espectador se había puesto enfermo o se había desmayado. Nunca me enteré de quién fue. Entonces todo el mundo se puso de pie y durante un instante me impidió ver, y luego todo fue una locura. Los suplentes saltaban alrededor del campo, ondeando sus toallas; el aire se llenó de sombreros, almohadillas, abrigos, y un rugido ensordecedor. Dolly Harlan, que pocas veces había avanzado con el balón en toda su carrera en Princeton, había recogido en el aire un pase largo de Kimball y, arrastrando a un tackle, forcejeó cinco yardas hasta traspasar la línea de gol de Yale.

VI.

Y el partido terminó. Pasamos un momento difícil cuando Yale inició un nuevo ataque infructuoso, y el once de Bob Tatnall había salvado una temporada mediocre empatando con un equipo de Yale claramente superior. Para nosotros aquel empate tenía el sabor de una victoria, la emoción, si no la alegría, del triunfo, y los seguidores de Yale salían del estadio con cara de derrota. Sería un buen año, después de todo, una lucha ejemplar que perduraría en la tradición, un ejemplo para futuros equipos. Nuestra promoción —aquéllos a los que nos importaban estas cosas— se iría de Princeton sin el sabor final de la derrota. El símbolo permanecía en pie, como nos lo habíamos encontrado; las banderas ondeaban orgullosamente al viento. ¿Son niñerías? Díganme otras palabras para celebrar el triunfo.
Esperé a Dolly en la puerta de los vestuarios hasta que hubieron salido casi todos; entonces, ya que no salía nunca, entré. Le habían dado un poco de coñac y, como no solía beber, se le había subido a la
cabeza.
—Coge una silla, Jeff—sonreía, jovial y feliz—. Rubber, Tony, traedle una silla a nuestro distinguido invitado. Es un intelectual y quiere entrevistar a algún atleta tonto. Tony, te presento al señor Deering. En el estadio de Yale hay de todo, menos sillones. Tiene gracia este estadio. Adoro el estadio de Yale. Voy a hacerme una casa aquí.
Calló, mientras pensaba en algo alegre. Estaba contento. Lo convencí para que se vistiera: había gente esperándonos. Entonces insistió en volver al terreno de juego, ahora, a oscuras, y sentir bajo sus zapatos el césped machacado.
Cogió un puñado de tierra y la dejó caer, se echó a reír, pareció quedarse ensimismado unos segundos y abandonó el terreno de juego.
Con Tad Davis, Daisy Cary y otra chica, nos fuimos a Nueva York en coche. Se sentó al lado de Daisy, atractivo, un poco absurdo, seductor. Por primera vez desde que yo lo conocía, hablaba del partido con naturalidad, incluso con una pizca de vanidad.
—Hace dos años yo era bastante bueno y siempre me mencionaban al final de la crónica, en la alineación del equipo. Este año he desperdiciado tres pases y he estropeado todas las jugadas hasta que Bob Tatnall empezó a chillarme: «¡No entiendo por qué no te sustituyen!», pero me cayó en las manos un balón que ni siquiera estaba dirigido a mí y mañana saldré en los titulares.
Se echó a reír. Alguien le rozó el pie; Dolly hizo una mueca de dolor y palideció.
—¿Cómo te lesionaste? —preguntó Daisy—. ¿Jugando al fútbol?
—Me lesioné el verano pasado —respondió lacónicamente.
—Debe de haber sido terrible jugar así.
—Sí.
—Me figuro que no tienes más remedio.
—Eso es.
Se entendían. Los dos eran trabajadores; sana o enferma, había cosas que Daisy no tenía más remedio que hacer. Nos contó cómo, con un resfriado terrible, había tenido que lanzarse a un lago el invierno pasado, en Hollywood.
—Seis veces, con cuarenta grados de fiebre, pero al productor le costaba diez mil dólares un día de rodaje.
—¿No podían haber usado una doble?
—La usan cuando pueden. Era imprescindible que aquellas escenas las rodara yo.
Tenía dieciocho años y yo comparaba su fondo de coraje, independencia y éxitos, de corrección basada en la necesidad de colaboración, con la de la mayoría de las chicas de la alta sociedad que yo conocía. La mirara como la mirara, era incomparablemente superior a ellas. Si ella me hubiera mirado… Pero sólo miraba los ojos aterciopelados y brillantes de Dolly.
—¿Quieres salir conmigo esta noche? —oí que le preguntaba a Dolly.
Lo sentía mucho, pero no podía aceptar. Vienna estaba en Nueva York; había ido a verlo. Yo no sabía, y Dolly tampoco, si para reconciliarse o despedirse definitivamente.
Cuando Daisy nos dejó a Dolly y a mí en el Ritz, a los dos se les notaba el pesar en los ojos, un pesar verdadero y persistente.
—Es una chica maravillosa —dijo Dolly, y yo asentí—. Voy a subir a ver a Vienna. ¿Por qué no reservas para nosotros una habitación en el Madison?
Así lo dejé. No sé qué sucedió entre Vienna y él; nunca ha hablado de eso. Pero lo que sucedió más tarde, aquella noche, lo he sabido por varios testigos de los hechos, sorprendidos e incluso indignados.
Dolly llegó al Hotel Ambassador hacia las diez y preguntó en recepción por la habitación de la señorita Cary. Había una muchedumbre en recepción, entre la que se contaban estudiantes de Yale o Princeton que volvían de ver el partido. Algunos habían estado celebrándolo y evidentemente uno conocía a Daisy y había intentado llamarla por teléfono a la habitación. Dolly iba ensimismado y debió de abrirse paso entre ellos de una manera un tanto brusca para pedir que lo pusieran con la habitación de la señorita Cary.
Un joven retrocedió, lo miró con desagrado y dijo:
—Parece que tienes mucha prisa. ¿Quién te crees que eres?
Hubo un instante de silencio, y los que estaban cerca de recepción se volvieron para ver qué pasaba. Algo cambió dentro de Dolly; tuvo la impresión de que la vida había preparado esta escena, le había reservado este papel, para llegar a esta precisa pregunta, una pregunta que no tenía más remedio que contestar. El silencio se prolongaba. El público esperaba.
—Soy Dolly Harlan —dijo lentamente—. ¿Qué te parece?
Fue un verdadero escándalo. Hubo un silencio y luego un repentino frenesí, un griterío:
—¡Dolly Harlan! ¿Cómo? ¿Qué ha dicho?
El recepcionista había oído su nombre; lo repitió cuando descolgaron en la habitación de la señorita Cary.
—Puede subir cuando lo desee, señor Harlan.
Dolly dio media vuelta, a solas con su éxito, que conquistaba por una vez su corazón. Descubrió de repente que no le pertenecería tan íntimamente durante mucho tiempo; el recuerdo sobreviviría al triunfo e incluso el triunfo sobreviviría a aquel calor que sentía en el corazón y que era lo mejor de todo. Alto, con la cabeza bien alta, imagen de la victoria y el orgullo, atravesó el vestíbulo, ajeno al destino que lo esperaba y a los murmullos que dejaba a su espalda.

Sobre el autor.
Francis Scott Fitzgerald (Saint Paul, Minnesota, 24 de septiembre de 1896 – Hollywood, California, 21 de diciembre de 1940), fue un novelista estadounidense de la época del jazz.