El ingenio de Porportuk

La joven El-Soo se había educado en las misiones. Su madre murió cuando ella era aún muy niña, y sor Alberta la salvó, lle­vándosela un día de verano a la misión de Santa Cruz para con­sagrarla al Señor. El-Soo era una india de pura sangre, pero pronto destacó entre las niñas mestizas y cuarteronas. Las bonda­dosas hermanas jamás habían visto a una niña tan dócil y de tan viva inteligencia.
El-Soo era avispada, despierta; pero, sobre todo, era como una llama viviente, una fulgurante personalidad compuesta de voluntad, dulzura y audacia. Era hija de un jefe, y sangre de jefe corría por sus venas. Obediencia había significado hasta entonces para El-Soo un trato y un acuerdo mutuos. Sentía verdadera pasión por la equidad, y tal vez por eso sobresalía en matemá­ticas.
También sobresalía en otras cosas. Aprendió a leer y escribir el inglés con una perfección que ninguna de sus compañeras había alcanzado. Dirigía en los cantos a las demás alumnas y po­nía en ellos su profundo sentido de la equidad. Era una artista y su fuego interno la llevaba a crear. Si hubiera nacido en una cuna más propicia, se habría dedicado a la música o a la literatura.
Pero ella era El-Soo, hija del jefe Klakee-Nah, y vivía en la misión de Santa Cruz, donde no había artistas, sino religiosas de alma pura, cuyos afanes se encaminaban al proceder inmacu­lado y justo y a la salvación del alma en el reino de los cielos.
Pasaron los años. La niña, que tenía ocho cuando ingresó en la misión, había cumplido ya los dieciséis, y las monjas estaban gestionando el envío de El-Soo a los Estados Unidos para que completara allí su educación, cuando un hombre de su tribu llegó a la misión para hablar con ella. El-Soo se sintió algo avergon­zada ante el sucio aspecto de aquel hombre, de fealdad primi­tíva y por cuyo pelo jamás había pasado un peine. Lo contempló con un mohín de desaprobación y no quiso sentarse.
– Tu hermano ha muerto – le dijo el indio, lacónicamente.
El-Soo no se impresionó demasiado, pues apenas se acordaba de su hermano.
– Tu padre es viejo y está solo – prosiguió el mensajero -. Su casa es grande y está vacía, y él querría oír tu voz y verte.
De su padre sí que se acordaba. Era Klakee-Nah, jefe del poblado, amigo de los misioneros y los mercaderes, un hombre corpulento, con una musculatura de gigante, ojos bondadosos, imperiosos modales, y cuyo porte reflejaba una tosca realeza, de la que él tenía pleno conocimiento.
-Dile que iré -respondió El-Soo.
Con gran desesperación de las monjitas, la rama salvada de la hoguera volvió al fuego. Todas las súplicas fueron vanas. Las monjas argumentaron, suplicaron y lloraron. Sor Alberta llegó incluso a revelarle el proyecto que acariciaban de enviarla a los Estados Unidos. El-Soo contempló con ojos muy abiertos el áureo panorama que se abría ante ella, y movió la cabeza nega­tivamente. En su retina tenía grabada una visión imborrable: la majestuosa curva del Yukon al pasar por la estación Tanana, con la misión de San Jorge a un lado y la factoría al otro, y, entre ambas, la aldea india y una gran casa de troncos donde vivía un anciano atendido por sus esclavos.
Todos cuantos habitaban a orillas del Yukon, en una exten­sión de más de seis mil kilómetros, conocían aquella gran casa de troncos, al anciano y a los esclavos que lo cuidaban. También las monjas conocían aquella casa, con sus incesantes orgías, sus festines y sus francachelas. Por lo tanto, no es de extrañar que todas llorasen cuando El-Soo se fue de la misión.
A su llegada, la joven realizó una limpieza a fondo en el ca­serón. Klakee-Nah, el hombre autoritario, protestó ante la re­suelta conducta de su hija; pero, al fin, dejándose llevar de sus salvajes sueños de grandeza, fue a pedir prestados unos miles de dólares al viejo Porportuk, el indio más rico de todo el Yukon. Después, Klakee-Nah hizo un importante pedido a la factoría. Así, El-Soo pudo arreglar a su gusto el caserón, dándole un esplendor nuevo, mientras Klakee-Nah mantenía sus antiguas tra­diciones de hospitalidad y jolgorio.
Todo esto era insólito en un indio del Yukon, pero Klakee­Nah no era un indio corriente. No era sólo que le gustase mos­trarse exageradamente hospitalario, sino que por el hecho de ser jefe y disponer de mucho dinero, podía permitirse ese lujo. En los antiguos tiempos de los convenios comerciales, él ya tenía ascendiente sobre su pueblo y llevó a cabo excelentes acuerdos con las compañías de los hombres blancos. Más tarde, en sociedad con Porportuk, descubrió un placer aurífero en el río Koyukuk. Klakee-Nah era un aristócrata por educación y temperamento; Porportuk era un burgués y le compró su parte de la mina de oro. Porportuk era feliz afanándose para acumular dinero. Kla­kee-Nah volvió a su caserón y se dedicó a despilfarrar. Porportuk tenía fama de ser el indio más rico de Alaska; Klakee-Nah la tenía de ser el más blanco. Porportuk era prestamista y usurero; Klakee-Nah era un anacronismo, una ruina medieval, un guerre­ro al que encantaban las orgías, el vino y las canciones.
El-Soo se adaptó tan fácilmente al caserón y a sus costum­bres, como se había adaptado al régimen de la misión de la Santa Cruz. No intentó reformar a su padre ni encaminar sus pasos hacia Dios. Verdad es que lo reprendía cuando bebía demasiado y se embriagaba, pero lo hacía para preservar su salud y para que pudiera mantenerse derecho.
La aldaba de la puerta del caserón no estaba nunca echada. Las entradas y salidas eran continuas y reinaba en él un ince­sante bullicio. Las vigas de la gran sala de festines retemblaban con el estrépito de las francachelas y los cantos. En torno a la mesa se reunían hombres de todo el mundo y jefes de tribus lejanas. Se veían allí ingleses y coloniales, enjutos comerciantes yanquis, rollizos empleados de las grandes compañías, vaqueros de las praderas del Oeste, gente de mar, cazadores, conducto­res de perros… Veinte nacionalidades distintas estaban allí re­presentadas.
El-Soo se sentía como el pez en el agua en aquella atmósfera cosmopolita. Hablaba el inglés con la misma perfección que su lengua materna y cantaba canciones inglesas. Conocía también las fugaces ceremonias indias y las tradiciones que se iban extinguiendo. Cuando la ocasión lo requería, llevaba el vestido propio de la hija de un jefe, pero casi siempre vestía al estilo de las mujeres blancas. No en vano había aprendido a hacer labores en la misión. Además, era artista por naturaleza. Sabía llevar los vestidos como las mujeres blancas, y los que ella misma se con­feccionaba no se podían llevar de otro modo.
A su manera, era algo tan inusitado como su padre, y la po­sición que ocupaba era tan exclusiva como la de éste. Era la única india que gozaba de la igualdad social con las muchachas blancas residentes en Tanana. Era la única mujer india a la que más de un hombre blanco había solicitado formalmente en ma­trimonio. Y, por último, era la única india a la que nunca había insultado ningún blanco.
Pues ha de saber el lector que El-Soo era hermosa, aunque no con la belleza de las mujeres blancas, ni tampoco con la de las indias. Su belleza estaba en su llama interior y no dependía de sus rasgos físicos. En lo que se refiere a su silueta y sus fac­ciones, encajaban en el tipo de india clásico, de negros cabellos y hermosa tez bronceada; de ojos negros, brillantes, altaneros, de mirada audaz, penetrante como una espada de luz; con una nariz aguileña de trazo delicado y aletas finas y temblorosas; pó­mulos salientes no excesivamente separados, y labios delgados, pero no en demasía. Mas, por encima de todo y a través de todo, bastaba su llama interior, aquel algo indiscernible que era fuego y alma, que le infundía una dulce languidez o que llameaba en sus ojos, tiñendo sus mejillas, distendiendo las aletas de su nariz, plegando sus labios o, cuando éstos se hallaban en reposo, do­minándolos y haciéndolos palpitar.
Y El-Soo tenía ingenio… sus réplicas rara vez eran hirientes, pero sabían poner de relieve con rapidez las pequeñas debilida­des y los ligeros defectos. Su risa jugueteaba como una ondulante llama a su alrededor, despertando por doquier otras risas. Sin embargo, ella no era nunca el centro de las cosas. No lo hubiera permitido. El caserón y todo cuanto había en él pertenecían a su padre; y hasta el fin deambuló por la casa su heroica figura de anfitrión, organizador de orgías y guardián de la ley. Bien es ver­dad que cuando las fuerzas fueron abandonándole, ella asumió las responsabilidades que aquellas manos temblorosas no po­dían retener. Pero en apariencia él seguía gobernando, a pesar de que a veces se quedaba dormido a la cabecera de la mesa, como una báquica ruina, pero representando aún el papel de jefe del festín.
Por el caserón deambulaba también la funesta figura de Por­portuk, moviendo la cabeza, dando frías muestras de desaproba­ción y pagándolo todo. En realidad, no pagaba nada, pues co­braba intereses como por arte de hechicería, absorbiendo año tras año los bienes de Klakee-Nah. En una ocasión, Porportuk se atrevió a reprender a El-Soo por la prodigalidad que reinaba en el caserón – lo hizo cuando ya casi se había apoderado de las últimas riquezas de Klakee-Nah-, pero jamás osó volver a ha­cerlo. El-Soo era una aristócrata como su padre, y sentía tanto desprecio por el dinero como él, además de poseer su mismo sen­tido del honor finamente tramado en su alma.
Porportuk continuó adelantando dinero a regañadientes y el dinero siguió disipándose como una espuma dorada. El-Soo es­taba decidida a que su padre muriese como había vivido. No vendría a menos: sus francachelas serían las mismas, y la misma su dispendiosa y generosa hospitalidad. En épocas de hambre, los indios se acercaban quejumbrosos al caserón, como antaño, y nunca se iban con las manos vacías. Y si entonces no había dinero, se lo pedían prestado a Porportuk, para que los indios pudieran llevarse algo. El-Soo podría haber dicho, como aquel soberano: «Después de mí, el diluvio.» En su caso, el diluvio era el viejo Porportuk. A cada nuevo préstamo, él la contemplaba con una mirada más posesiva y sentía que en su interior volvía a encenderse el rescoldo de un antiguo fuego.
Pero El-Soo ni siquiera le miraba. Tampoco había mirado a los blancos que le ofrecieron casarse con ella en la misión, con anillo, sacerdote y libro de oraciones. En la estación Tanana ha­bía un joven llamado Akoon, de su misma sangre, tribu y aldea. Era fuerte y apuesto, gran cazador y muy pobre, a pesar de haber corrido mucho mundo. Había estado en todos los lugares imagi­nables, entre ellos Sitka y los Estados Unidos. Había atravesado el continente hasta la bahía de Hudson y, después, se había em­barcado para Siberia y el Japón como cazador de focas.
Cuando volvió de buscar oro en el Klondike se presentó, como era su deber, al caserón para informar al viejo Klakee-Nah y explicarle todo cuanto había visto. Y entonces conoció a El­Soo, que había regresado de la misión hacía tres años. Después de conocerla, terminaron sus vagabundeos. Rechazó un sueldo de veinte dólares diarios como piloto de grandes vapores. Se dedicó a la caza y a la pesca, pero sin alejarse demasiado de la estación Tanana, y cada vez se le veía más en el caserón. El-Soo lo com­paró con otros hombres y salió de la comparación muy bien li­brado. Akoon solía cantarle coplas, sin ocultar sus fogosos senti­mientos, que pronto fueron conocidos en toda la estación Ta­nana. Y Porportuk se limitó a sonreír y a seguir prestando dinero para el mantenimiento de la gran casa.
Así las cosas, llegó el último festín de Klakee-Nah. El viejo jefe se sentó a la mesa y, por más que bebía, no podía ahogar en vino la muerte que le subía a la garganta. Pero en la estancia resonaban risas, chanzas y canciones, y Akoon refirió una historia que las vigas repitieron con sus ecos. No hubo lágrimas ni la­mentos durante el festín. Era justo que Klakee-Nah muriese como había vivido, y nadie lo comprendía mejor que El-Soo, con su intuición de artista. En la sala se había reunido la sempi­terna muchedumbre bulliciosa y, como en otros tiempos, entre ella figuraban tres marineros de miembros aún ateridos, que aca­baban de regresar de la larga travesía del Ártico. Eran los únicos supervivientes de una tripulación de setenta y cuatro hombres. A espaldas de Klakee-Nah había cuatro viejos, todo cuanto que­daba de los esclavos de su juventud. Con ojos deformados por el reuma atendían al viejo jefe en sus últimas necesidades, y con sus manos agarrotadas le llenaban la copa y le daban palmadas en la espalda cuando la muerte le hacía toser y dar boqueadas.
Fue una noche de locura. A medida que las horas pasaban entre risas y jolgorio, la muerte se agitaba con más violencia en la garganta de Klakee-Nah.
Fue entonces cuando el viejo hizo llamar a Porportuk. Y éste llegó del helado exterior y dirigió una mirada de desaprobación a la carne y al vino, pagados por él, que había en la mesa. Pero cuando su mirada recorrió la hilera de caras congestionadas y al final de ella vio el rostro de El-Soo, sus ojos cobraron nueva luz y, por un momento, su gesto de desaprobación desapareció de su semblante.
Le hicieron sitio al lado de Klakee-Nah y pusieron una copa ante él. Klakee-Nah se la llenó de ardiente alcohol con sus pro­pias manos.
– ¡Bebe! -le ordenó-. ¿No te gusta?
Porportuk asintió, lagrimeando y chascando la lengua.
– ¿Cuándo has bebido una cosa tan buena en tu propia casa? – exclamó Klakee-Nah.
-No te niego que la bebida ha sabido a mieles a mi vieja garganta – respondió Porportuk. Y vaciló, como si quisiera aña­dir algo y no se atreviese.
Klakee-Nah completó la frase.
– Pero cuesta demasiado – dijo, lanzando una risotada. Porportuk dio un respingo al oír las risas de los invitados. Sus ojos mostraron un brillo malévolo cuando dijo:
– Somos de la misma edad. Sin embargo, tú tienes la muerte en la garganta, pero yo me conservo sano y fuerte.
Un murmullo de mal agüero se alzó en la concurrencia. Kla­kee-Nah empezó a toser. Parecía que iba a ahogarse. Los viejos esclavos le dieron varias palmadas en la espalda. Pasado el ac­ceso de tos, aspiró el aire ansiosamente y levantó la mano para calmar los amenazadores murmullos.
– ¡Has escatimado incluso el fuego en tu casa, porque la leña cuesta demasiado! – exclamó -. Has escatimado la vida. Vivir cuesta demasiado y tú no has querido pagar este precio. Tu vida ha sido como una cabaña con el fuego apagado y sin mantas en el suelo. – Dijo por señas a un esclavo que le llenase la copa, que mantenía en alto-. Pero yo he vivido. Y la vida me ha dado su calor, cosa que tú nunca has conocido. Ciertamen­te, vivirás más que yo. ¡Pero qué largas y frías son las noches cuando uno está despierto y temblando en su lecho! Mis noches han sido cortas, porque he tenido un lecho abrigado.
Apuró la copa de un trago. La mano temblorosa de un es­clavo no consiguió sujetarla, y la copa se hizo añicos en el suelo. Klakee-Nah se recostó en su asiento, jadeante. Veía las copas alzadas, vaciándose en las bocas de los bebedores, y, entre tanto, correspondía a los aplausos con una débil sonrisa. Obedeciendo a una seña, dos esclavos se esforzaron por incorporarlo de nuevo. Pero sus fuerzas eran escasas y mucho el peso de aquel corpa­chón, y los cuatro viejos se tambalearon, temblorosos, mientras lo incorporaban.
– Pero no hablemos de cómo hay que vivir – prosiguió -. Esta noche he de hablar contigo de otros asuntos, Porportuk. Tener deudas es una desventura, y yo tengo deudas contigo. ¿Quieres decirme a cuánto ascienden?
Porportuk rebuscó en su bolsillo y sacó un papel. Se hume­deció los labios con la copa y empezó a leer:
– Tenemos la nota de agosto de 1889: trescientos dólares. Los intereses no se han pagado. Y también la nota del año si­guiente, de quinientos dólares, nota incluida en la de dos meses después, que ascendía a mil dólares. Además…
– ¡Déjame de notas! – gritó Klakee-Nah, impaciente -. Me hacen rodar la cabeza y todo cuanto tengo dentro de ella. ¡El total! ¡Dime el total en números redondos! ¿A cuánto asciende?
Porportuk consultó de nuevo el papel.
– A quince mil novecientos sesenta y siete dólares con se­tenta y cinco centavos.
– O sea, dieciséis mil en números redondos – dijo el gene­roso Klakee-Nah -. Los picos siempre me fastidiaron. Ahora vamos a lo que quería decirte. Me extenderás un nuevo docu­mento por diecisiete mil y te lo firmaré. No me importa el interés. Ponlo tan crecido como quieras. Te pagaré en el otro mundo, donde volveremos a encontrarnos junto al fuego del gran padre de todos los indios. Sí, entonces te pagaré: te lo prometo; pala­bra de ‘ Klakee-Nah.
Porportuk se quedó perplejo, mientras un nuevo coro hacía retemblar la sala. Klakee-Nah alzó las manos..
– No – exclamó -. No es una broma. Hablo en serio. Para esto te he hecho venir, Porportuk. Extiende ahora mismo el documento.
-No quiero tratos para el otro mundo – respondió lenta­mente Porportuk.
– ¿Dudas, acaso, de que ambos nos encontraremos en pre­sencia de nuestro gran padre? -le preguntó Klakee-Nah -. Desde luego, yo estaré allí.
– No quiero tratos para el otro mundo – repitió Porportuk agriamente.
El moribundo le contempló con sincera estupefacción.
-No sé nada del otro mundo -dijo Porportuk -. Todos los negocios los he hecho en éste.
El semblante de Klakee-Nah se aclaró.
– Por eso tus noches son tan frías – dijo riendo. Reflexionó un momento y añadió -: He de pagarte en este mundo. Aún me queda esta casa. Tuya es. Ahora quema la lista de las deudas en la llama de esa vela.
-La casa es vieja y no vale ese dinero -respondió Por­portuk.
– Quédate con mis minas del Salmón Retorcido.
– Nunca han producido nada.
– Te daré mi parte en el vapor Koyukuk. La mitad del barco me pertenece.
– Está en el fondo del Yukon.
Klakee-Nah tuvo un gesto de sorpresa.
– Es verdad. Lo había olvidado. Se fue a pique la primavera pasada, durante el deshielo.
Estuvo pensativo unos instantes. Entre tanto, nadie se llevó la copa a los labios. Todos estaban pendientes de sus palabras.
– Entonces, te debo una suma que no puedo pagarte en este mundo…
Porportuk asintió y su mirada se dirigió al otro extremo de la mesa.
-Lo cual demuestra, Porportuk, que eres un mal negocian­te – dijo Klakee-Nah con acento socarrón.
En un alarde de audacia, Porportuk respondió:
-No; todavía posees bienes que nadie ha tocado.
– ¡Ah!, ¿sí? – exclamó Klakee-Nah -. ¿Todavía tengo bie­nes? Dime cuáles son y te los entregaré: de este modo cancelaré mi deuda.
– Allí están -dijo Porportuk señalando a El-Soo.
De momento, Klakee-Nah no le comprendió. Miró al otro extremo de la mesa, se frotó los ojos y volvió a mirar.
-Me refiero a tu hija El-Soo… Si me la das, tu deuda estará cancelada. Quemaré las notas ahora mismo en la vela.
El amplio pecho de Klakee-Nah empezó a agitarse con espas­mos de hilaridad.
– ¡Ja, ja …! No seas bromista… ¡Ja, ja, ja! -y sus carca­jadas atronadoras llenaban la estancia-: ¡Con tu lecho frío y con hijas que podrían ser madres de El-Soo! ¡Ja, ja, ja!
Sufrió un acceso de tos y de ahogo y los viejos esclavos le golpearon la espalda.
– ¡Jo, jo! -volvió a reír antes de que le acometiera un nuevo acceso de tos.
Porportuk esperó pacientemente el fin de aquellas carcajadas. Durante la espera sorbía alcohol y examinaba la doble hilera de caras que bordeaban la rústica mesa.
– No es broma – dijo al fin -. Hablo completamente en serio.
Klakee-Nah dejó de reír y le miró. Luego alargó el brazo ha­cia su copa, pero no pudo alcanzarla. Un esclavo se la pasó y él la arrojó, con su contenido, a la cara de Porportuk.
– ¡Echadlo! – vociferó, dirigiéndose a los expectantes invi­tados, que hacían visibles esfuerzos por contenerse -. ¡Y que ruede por la nieve como una pelota!
Cuando el tumultuoso grupo pasó como una tromba junto a Klakee-Nah en dirección a la puerta, el viejo hizo una seña a los esclavos, y los cuatro achacosos siervos lo sostuvieron de pie para que pudiera ir al encuentro de los invitados, que ya volvían. Él los recibió erguido, con la copa en la mano, y les invitó a brindar por las noches que parecen cortas a los hombres que duermen bien abrigados.
No se necesitó mucho tiempo para hacer inventario de los bienes de Klakee-Nah. Tommy, el pequeño inglés que estaba empleado en la factoría, ayudó a El-Soo a repasar las cuentas. No había más que deudas, cuentas vencidas y no pagadas y pro­piedades hipotecadas, algunas de las cuales no vallan un ochavo. Los pagarés y las hipotecas estaban en poder de Porportuk. Tom­my le llamó ladrón varias veces mientras calculaba a cuánto as­cendían los intereses.
-Es una deuda, Tommy -dijo El-Soo.
– Es un robo – respondió Tommy.
– De todos modos, es una deuda – insistió ella.
Pasó el invierno y la mitad de la primavera, y El-Soc, no había pagado aún a Porportuk las deudas de su padre. Porportuk veía con frecuencia a El-Soo y le explicaba con todo detalle, del mismo modo que lo había explicado a su padre, cómo podía cancelarse aquella deuda. Iba acompañado de viejos hechiceros que hacían ver a El-Soo que su padre estaría condenado eternamente si no pagaba aquellas deudas.
Un día, después de una de estas visitas, El-Soo expuso sin ambages a Porportuk lo que pensaba.
– Te diré dos cosas – le dijo-: primera, que no seré nunca tu mujer. ¿No lo olvidarás? Y segunda, que te pagaré hasta el último céntimo de esos dieciséis mil dólares…
– Quince mil novecientos sesenta y siete dólares con setenta y cinco centavos – precisó Porportuk.
– Mi padre dijo dieciséis mil – replicó la joven -. Y los cobrarás.
– ¿Cómo?
-No lo sé, pero ya encontraré el modo de hacerlo. Ahora vete y no me molestes más. Si me molestas – se detuvo un mo­mento, tratando de hallar un castigo adecuado -, si me molestas, te harán rodar de nuevo por la nieve tan pronto como caigan los primeros copos.
Esto sucedió a principios de la primavera. Poco después El­Soo sorprendió a todo el país con cierta resolución. Por todo el Yukon, desde Chilkoot hasta el Delta, y de campamento en cam­pamento hasta los lugares más remotos, corrió la voz de que en junio, cuando corriesen los primeros salmones, El-Soo, la hija de Klakee-Nah, se vendería voluntariamente en pública subasta para cancelar la deuda que tenía con Porportuk. Fueron vanos cuantos intentos se hicieron por disuadirla. El misionero de San Jorge agotó todos los argumentos, y ella se limitó a replicar:
– Solamente las deudas que se tienen con Dios se saldan en el otro mundo. Las deudas de los hombres son de este mundo, y en este mundo hay que saldarlas.
Akoon trató también de disuadirla, pero ella replicó:
-Yo te quiero, Akoon; pero el honor está por encima del amor. ¿Quién soy yo para arrojar esta mancha sobre el nombre de mi padre?
Sor Alberta tomó el primer vapor que partía de Santa Cruz, pero tampoco consiguió nada.
– Mi padre vaga perdido por los bosques espesos e intermi­nables – dijo El-Soo -. Y por ellos seguirá vagando, en com­pañía de otras almas perdidas y gimientes, hasta que cancele su deuda. Solamente entonces, y no antes, podrá presentarse en la morada del gran padre.
-¿Y tú crees esas cosas? -preguntó sor Alberta.
– No lo sé – respondió El-Soo -; pero mi padre las creía.
Sor Alberta se encogió de hombros con un gesto de incredu­lidad.
– ¿Quién sabe? A lo mejor lo que creemos se convierte en realidad -prosiguió El-Soo -. ¿Por qué no ha de serlo? Para usted, hermana, el otro mundo tal vez no sea más que arpas y resplandores celestiales, porque usted cree en el cielo y en los ángeles. Para mi padre, el otro mundo tal vez era un caserón en el que permanecía sentado al lado de Dios ante una mesa, en un festín eterno.
– ¿Y tú qué crees? -le preguntó sor Alberta -. ¿Qué es para ti la otra vida?
El-Soo vaciló, pero sólo un segundo.
– Me gustaría tener un poco de cada cosa – dijo -. Me gustaría ver la cara de usted, pero también la de mi padre.
Llegó el día de la subasta. Acudió un gran gentío a la esta­ción Tanana. Como de costumbre, las tribus se habían reunido para esperar la llegada de los primeros salmones y, durante la espera, pasaban el tiempo bailando y divirtiéndose, comerciando y chismorreando. También había afluido el habitual enjambre de aventureros blancos, mercaderes y buscadores de oro, y, en fin, gran número de viajeros, también de piel blanca, que habían acudido por simple curiosidad o para participar en la subasta.
La primavera llegó con gran retraso y los salmones tardaron mucho en acudir. Esta demora no hizo sino agudizar el interés por la subasta. Luego, el mismo día en que se celebró, la tensión llegó al colmo cuando Akoon se presentó para declarar, pública y solemnemente, que daría muerte, en el acto y con sus propias manos, a quien se atreviese a comprar a El-Soo. Para indicar cómo cumpliría su amenaza, hizo un molinete con el Winchester que blandía en una mano. El-Soc, no ocultó su enojo ante la acti­tud de Akoon, pero él se negó a hablar con ella y se fue a la factoría a comprar municiones.
Los primeros salmones fueron capturados a las diez de la noche, y a las doce comenzó la subasta. Ésta se celebraba en lo más alto de la elevada ribera del Yukon. El-Soo se hallaba al norte, exactamente bajo la línea del horizonte, y el cielo estaba teñido de un cárdeno y espectral resplandor. Una gran muche­dumbre se reunió en torno a la mesa y las dos sillas colocadas en la misma ribera. En primera fila se veían multitud de blancos y varios jefes. Y, destacándose entre ellos, con el rifle en la mano, se erguía Akoon. Tommy, a instancias de El-Soo, hacía de subas­tador, pero fue ella quien pronunció el discurso inicial, descri­biendo los artículos que iban a salir a subasta. Vestía el traje de su tribu, el propio de la hija de un jefe. Su atavío era espléndido y bárbaro. La joven se subió a una silla para que todos pudiesen verla bien.
– ¿Quién quiere comprar una esposa? – dijo -. Miradme. Tengo veinte años y soy virgen. Seré una buena esposa para el hombre que me compre. Si es blanco, vestiré según la moda de las mujeres blancas; si es indio, vestiré como -vaciló un mo­mento – como una squaw. Sé hacerme mis propios vestidos, co­ser, lavar y remendar. Durante ocho años me estuvieron ense­ñando a hacer estas cosas en la misión de la Santa Cruz. Sé leer y escribir en inglés y tocar el órgano. También sé aritmética y un poco de álgebra…, pero sólo un poco. Seré cedida al mejor pos­tor y yo misma extenderé la escritura de venta. Me olvidé de de­cir que canto muy bien y que no he estado enferma en mi vida. Peso sesenta kilos; mi padre ha muerto y no tengo parientes. ¿Quién me quiere?
Paseó una mirada por la muchedumbre con fogosa audacia y bajó de la silla. A petición de Tommy, volvió a subir a ella mientras él, de pie sobre otra silla, abría la subasta.
En torno a El-Soo se hallaban los cuatro ancianos esclavos de su padre. Eran cuatro viejos encorvados por los muchos años que pesaban sobre sus espaldas; pero, fieles hasta el fin, contemplaban inmutables los caprichos de la juventud. Parecían una generación surgida del pasado. En primera fila de la muchedumbre se halla ban varios reyes de Eldorado y Bonanza, procedentes del curso alto del Yukon, y junto a ellos, apoyándose en sus muletas e hinchados por el escorbuto, dos buscadores de oro reducidos a la condición de piltrafas humanas. En medio de la multitud, desta­cándose por su vivacidad, se veía la cara de una squaw de ojos de loca que procedía de las remotas regiones del curso superior del Tanana. Un sitkan extraviado procedente de la costa estaba al lado de un stick del lago Le Barge, y más allá, media docena de voyageurs franco-canadienses formaban grupo aparte. De pa­rajes lejanos llegaban los débiles chillidos de las miríadas de aves silvestres que a la sazón anidaban en el campo. Las golondrinas se remontaban desde la plácida superficie del Yukon para desli­zarse velozmente por las alturas, y los petirrojos cantaban. Los rayos oblicuos del sol oculto ascendían a través del humo que manchaba la atmósfera y que procedía de un bosque incendiado a mil quinientos kilómetros de distancia. El gran incendio teñía los cielos de un rojo sombrío, y la tierra parecía anegada en san­gre al recibir sus reflejos. Aquel cárdeno resplandor iluminaba los rostros de todos los presentes, dando un carácter sobrena­tural y fantástico a la escena.
La puja empezó con parsimonia. El sitkan, forastero que ha­bía llegado hacía sólo media hora, ofreció cien dólares con voz confiada y se quedó sorprendido cuando Akoon lo encañonó amenazadoramente con su rifle. La subasta continuó. Un indio del Tozikakat, que era piloto, ofreció ciento cincuenta, y, poco después, un tahúr que había sido expulsado de la parte alta del país elevó la oferta a doscientos. El-Soo se sintió amargada, he­rida en su orgullo; pero, por toda respuesta, se irguió aún más fogosamente sobre la muchedumbre.
Los mirones se alborotaron cuando Porportuk se abrió paso y llegó hasta primera fila.
– ¡Quinientos dólares! – ofreció con voz estentórea.
Y luego miró en todas direcciones con altivez, para ver el efecto que habían producido sus palabras.
Se proponía utilizar su gran fortuna como un mazo para aturdir a todos los competidores desde el primer momento. Pero uno de los voyageurs, mirando a El-Soo con ojos centelleantes, superó la anterior postura en cien dólares.
– ¡Setecientos! – replicó inmediatamente Porportuk.
Y el voyageur ofreció ochocientos con igual prontitud. Entonces Porportuk volvió a esgrimir su maza.
– ¡Mil doscientos! – gritó.
Con un gesto de profunda decepción, el voyageur se dio por vencido. No hubo más ofertas. Pese a sus grandes esfuerzos, Tommy no consiguió que la puja continuase.
El-Soo se dirigió a Porportuk en estos términos:
– Sería conveniente, Porportuk, que considerases detenida­mente tu oferta. ¿Has olvidado que te dije que nunca me casaría contigo?
– Esto es una subasta pública – replicó el viejo -. Te ad­quiriré con una escritura de venta. He ofrecido mil doscientos dólares. Me saldrás barata.
– ¡Demasiado barata, cuerno! – exclamó Tommy -. Aun­que soy el subastador, nada me impide hacer una oferta. Doy mil trescientos.
-Mil cuatrocientos- dijo Porportuk.
– Te compraré para que seas mi hermana – susurró Tommy al oído de El-Soo, y dijo en voz alta-: ¡Mil quinientos!
Cuando la puja llegó a los dos mil, por obra de uno de los reyes de Eldorado, Tommy, viéndose apoyado, abandonó la liza. Por tercera vez Porportuk blandió la maza de su riqueza, elevando la oferta en quinientos dólares de golpe. Pero aquello tocó el amor propio del rey de Eldorado, que no quería ceder ante nadie, y que contestó ofreciendo quinientos dólares más.
El precio de El-Soo había alcanzado ya los tres mil dólares. Porportuk lo elevó a tres mil quinientos, y se quedó boquiabierto cuando el rey de Eldorado ofreció mil dólares más. Porportuk contestó subiendo otros quinientos y de nuevo se quedó pasmado cuando el rey de Eldorado dijo: «¡Mil más!»
Porportuk empezaba a encolerizarse. A él también le habían tocado el amor propio. Consideraba aquello como un reto a su poder, porque poder equivalía para él a riqueza. No quería tener que avergonzarse de haber mostrado debilidad ante el mundo. El-Soo pasó a segundo término. Había llegado el momento de despilfarrar sus ahorros y olvidar las cicaterías de sus frías no­ches de avaro. El precio de El-Soo estaba ya en los seis mil dólares; él lo subió a siete mil. Y a partir de este instante, el precio fue subiendo de mil en mil con tal rapidez, que los litigantes apenas tenían tiempo de respirar. Al llegar a la cifra de catorce mil, los dos rivales se detuvieron para tomar aliento.
Entonces ocurrió algo inesperado: uno de los concurrentes blandió una maza aún más pesada. Aprovechando la pausa que se había producido, el tahúr, olfateando un negocio, formó so­ciedad con varios de sus compañeros y ofreció dieciséis mil dó­lares.
– Diecisiete mil – dijo débilmente Porportuk.
– Dieciocho mil – replicó el rey de Eldorado.
Porportuk hizo acopio de fuerzas:
– ¡Veinte mil!
La sociedad del tahúr se retiró. El rey de Eldorado ofreció mil más y Porportuk otros mil. Y mientras los dos rivales seguían la puja, Akoon miraba a uno y a otro, con un gesto mitad amena­zador, mitad colérico, como si se preguntara cuál era el hombre al que tendría que matar. Cuando el rey de Eldorado se dispuso a hacer una nueva oferta y vio que Akoon se acercaba a él, empezó por cerciorarse de que el revólver que colgaba junto a su cadera salía fácilmente de su funda. Luego dijo:
– Veintitrés mil.
– Veinticuatro mil – replicó Porportuk, sonriendo pérfida­mente, pues estaba convencido de que acababa de derrotar al rey de Eldorado. Éste se acercó a El-Soo y la examinó atenta y de­tenidamente.
-Quinientos más -dijo.
– Veinticinco mil – fue la respuesta de Porportuk.
El rey de Eldorado volvió a examinar a la joven con todo detenimiento y movió la cabeza. La miró de nuevo y dijo a rega­ñadientes:
-Quinientos más.
– Veintiséis mil – rezongó Porportuk.
El otro movió la cabeza negativamente, esquivando la mirada de súplica de Tommy. Entre tanto, Akoon se había ido acercando a Porportuk. El-Soo, prevenida, no le quitaba ojo, y mientras Tommy trataba de convencer al rey de Eldorado de que hiciese una nueva oferta, se inclinó para decir algo al oído de un es­clavo. Seguidamente, se oyó la voz de Tommy que decía: «¿Quién da más, señores, quién da más…? A la una…, a las dos…, a las tres…»; y, entre tanto, el esclavo se acercaba a Akoon y le su­surraba algo al oído.
Akoon no parecía darse por enterado, a pesar de que El-Soo lo miraba con ansiedad.
– ¡Adjudicada! -gritó Tommy-. A Poportuk, por veinti­séis mil dólares.
Porportuk miró con inquietud a Akoon. Todas las miradas se concentraron en el joven indio, pero éste no se inmutó.
– Que traigan las balanzas – dijo El-Soo.
– Haré efectiva esa cantidad en mi casa – dijo Porportuk.
– Que traigan las balanzas – repitió El-Soo -. El pago se efectuará aquí, a la vista de todos.
Hubo que traer de la factoría las balanzas de pesar oro. Entre tanto, Porportuk se ausentó y regresó poco después acompaña­do de otro hombre, de cuyos hombros pendían varias bolsas de piel de alce llenas de oro en polvo. A los dos los seguía otro hombre armado con un rifle, que, desde el primer momento, no apartó su vista de Akoon.
-Aquí están los pagarés y los documentos de las hipotecas – dijo Porportuk -, por un total de quince mil novecientos se­senta y siete dólares con setenta y cinco centavos.
El-Soo cogió los papeles y dijo a Tommy:
– Consideraremos que son dieciséis mil.
-De modo que queda un remanente de diez mil dólares, pagaderos en oro -dijo el joven inglés.
Porportuk asintió y desató las bolsas. El-Soo, acercándose a la orilla del Yukon, rompió en menudos trozos los papeles y los arrojó al agua.
La operación de pesar el oro se interrumpió apenas hubo em­pezado.
– A diecisiete dólares, por supuesto – dijo Porportuk a Tommy, mientras éste ajustaba las balanzas.
– A dieciséis – replicó inmediatamente El-Soo.
– En todo el país se asigna al oro un valor de diecisiete dó­lares la onza – repuso Porportuk -. Y esto es una transacción comercial.
El-Soo lanzó una carcajada.
– Eso es una novedad – dijo – que empezó esta primavera. El año pasado y los anteriores, el oro iba a dieciséis. Cuando mi padre contrajo esta deuda, el oro se cotizaba a este precio. Cuan­do gastó en la factoría el dinero que tú le prestaste, cada onza de oro le valió dieciséis dólares de harina, no diecisiete. Por lo tanto, no lo calcularemos a diecisiete, sino a dieciséis.
Lanzando un gruñido, Porportuk aceptó, y se siguió pesando el oro.
-Haz tres pilas, Tommy -le ordenó la joven- Una de mil dólares, otra de tres mil y la tercera de seis mil.
El trabajo era lento, y mientras pesaba oro, la aten­ción de la multitud estaba fija en Akoon.
– Está esperando a que se efectúe el pago – dijo uno. Esta opinión circuló por la concurrencia y fue aceptada por todos. Y la multitud estaba pendiente de lo que pudiera hacer Akoon cuando se hubiese hecho la entrega.
Terminada la operación de pesar el oro, éste quedó depositado sobre la mesa, formando tres montones oscuros.
– Mi padre debía tres mil dólares a la compañía – dijo El-­Soo -. Aquí los tienes, Tommy. Además, mi padre tenía cuatro viejos a su servicio. Tú los conoces, . Toma estos mil dó lares, hazte cargo de ellos y procura que a esos viejos no les falte nunca comida ni tabaco para sus pipas.
Tommy guardó el oro en bolsas distintas. Quedaban seis mil dólares sobre la mesa. El-Soo introdujo la cuchara en el áureo polvo y, con un súbito movimiento, arrojó la cucharada de oro al , donde cayó como lluvia dorada. Porportuk la cogió de la muñeca cuando se disponía a recoger con la cuchara el oro que quedaba en la mesa.
– Es mío – dijo la joven con calma. Porportuk la soltó, pero sus dientes rechinaban y lanzaba gruñidos amenazadores mientras ella seguía arrojando al río cucharadas de oro. Al fin, la mesa quedó limpia.
La multitud no perdía de vista a Akoon ni un solo momento, y el acompañante de Porportuk mantenía el rifle apoyado en su antebrazo, con el dedo en el gatillo y el arma apuntando a Akoon, que estaba a un metro escaso de él. Pero Akoon no hacía nada.
– Extended la escritura de venta – ordenó Porportuk, ce­ñudo.
Y Tommy redactó la escritura en que constaba que todos los derechos y títulos de propiedad de la mujer llamada El-Soo pa­saban al hombre llamado Porportuk. El-Soo firmó el documento y Porportuk lo dobló y se lo guardó en el bolsillo. De pronto, sus ojos relampaguearon y dirigió este perorata a El-Soo:
-Pero esta cantidad no cubre la deuda de tu padre. El pre­cio que yo he pagado es el de tu persona. Tu subasta es una transacción de hoy y no del año pasado ni de los anteriores. Las onzas de oro que he pagado por ti equivaldrán en la factoría a diecisiete dólares de harina y no a dieciséis. He perdido un dólar por cada onza, o sea un total de seiscientos veinticinco dólares.
El-Soo reflexionó un momento y comprendió el error que ha­bía cometido. Pero sonrió y terminó por reírse.
– Tienes razón – dijo, sin cesar de reír -: he cometido un error. Pero ya es demasiado tarde. Tú ya has pagado y el oro se ha esfumado. Te ha faltado rapidez de entendimiento: tuya es, pues, la culpa. Empiezas a ser tardo de comprensión, Porportuk. Estás envejeciendo.
Él no respondió. Miró con inquietud a Akoon y su semblante se tranquilizó. Apretó los labios y una expresión cruel apareció en su rostro.
-Ven -dijo -. Vámonos a mi casa.
– ¿Recuerdas las dos cosas que te advertí en primavera? – le preguntó El-Soo, sin hacer el menor movimiento para acom­pañarle.
– Si tuviera que acordarme de todas las cosas que dicen las mujeres, no me cabrían en la cabeza – respondió él.
– Te dije que te pagaría – prosiguió El-Soo, midiendo cui­dadosamente sus palabras -, y también que nunca sería tu mujer.
-Pero eso fue antes de que yo tuviese este título de pro­piedad – repuso Porportuk, haciendo crujir el documento que llevaba en el bolsillo -. Te he comprado ante todo el mundo. Me perteneces. No negarás que me perteneces.
– Sí, te pertenezco – dijo la joven con voz firme.
-Soy tu dueño.
-SI, eres mi dueño.
La voz de Porportuk adquirió un tono triunfal.
– Me perteneces como si fueses un perro.
– Te pertenezco como si fuese un perro – admitió El-Soo, impasible -. Pero olvidas lo que te dije, Porportuk. Si me hu­biese comprado cualquier otro hombre, yo hubiera sido la esposa de ese hombre, y una esposa fiel y obediente. Ésta era mi volun­tad. Pero respecto a ti, mi voluntad es no ser jamás tu esposa. Por consiguiente, soy tu perro.
Porportuk se dio cuenta de que estaba jugando con fuego y resolvió jugar con firmeza.
-Entonces, no te hablaré como a El-Soo, sino como a un perro -le dijo- ¡Vamos!
Inició un movimiento para asirla por un brazo, pero ella lo contuvo con un ademán.
-No te precipites, Porportuk. Has comprado un perro. Pero ¿y si el perro se escapa? Lo pierdes. Yo soy tu perro y me puedo escapar.
-En ese caso, como dueño del perro, te pegaría…
– ¿Cuando consiguieras darme alcance?
– Sí, cuando te alcanzara.
-Pues alcánzame.
Él tendió el brazo rápidamente para retenerla, pero ella lo esquivó y empezó a dar vueltas a la mesa, riendo.
– ¡Sujétala! -ordenó Porportuk al indio del rifle, que es­taba cerca de él. Pero cuando el indio tendió el brazo hacia El­Soo, el rey de Eldorado lo derribó de un puñetazo bajo la oreja. El rifle cayó con estrépito al suelo. Parecía haber llegado la ocasión de que Akoon interviniera. Pero no hizo nada, aunque sus ojos brillaron.
Porportuk era viejo, pero sus frías noches le habían conser­vado vigoroso. En vez de dar vueltas a la mesa, saltó de pronto sobre ella, cuando menos lo esperaba El-Soo. La joven retro cedió, lanzando un agudo grito de alarma, y Porportuk se hu­biera apoderado de ella de no haber intervenido Tommy, que le puso una zancadilla. Porportuk cayó cuan largo era. Esto per­mitió a El-Soo tomarle una buena delantera.
– ¡Anda, alcánzame! – gritaba, riendo y volviendo la cabeza mientras huía.
La joven india corría con la ligereza de una corza, pero Por­portuk corría con celeridad y decisión salvajes, acortando poco a poco la distancia que los separaba. En su juventud había sido el más veloz de los hombres de su edad. Pero El-Soo lo esqui­vaba y lo rehuía ágilmente. Gracias al indumento indígena que llevaba, sus piernas no estaban embarazadas por las faldas, y su cuerpo flexible hacía tan ágiles regates, que conseguía burlar las garras tendidas de Porportuk.
Entre grandes risas y con ensordecedor bullicio, la multitud se desparramó para presenciar la persecución, que condujo a los corredores al campamento indio. Sin dejar de hacer quites y re­gates, y de dar vueltas y revueltas, El-Soo, seguida de Porportuk, aparecía y desaparecía entre las tiendas. El-Soo parecía apoyarse en el aire con los brazos extendidos, ora a un lado, ora al otro, y, a veces, también su cuerpo se inclinaba como si volase, al dar las vueltas más raudas. Y Porportuk, siempre pisándole los talones y jadeando, parecía un esbelto sabueso.
Atravesaron la explanada que se extendía a espaldas del cam­pamento y desaparecieron en el bosque. En la estación Tanana todos esperaban la reaparición de la pareja, pero la espera fue larga e inútil.
Akoon comió, durmió y pasó varias horas en el muelle, ha­ciéndose el sordo a las crecientes censuras que circulaban por la estación Tanana, por su pasividad. Veinticuatro horas después regresó Porportuk. Estaba rendido y hecho una furia. No habló con nadie. Sólo dirigió a Akoon unas palabras de desafío. Pero Akoon se encogió de hombros y se alejó tranquilamente. Por­portuk no perdió el tiempo. Equipó a media docena de jóvenes – los mejores rastreadores y viajeros – y desapareció en el bos­que al frente del pequeño grupo. Al día siguiente el vapor Seattle, que iba río arriba, atracó en el muelle para aprovisionarse de leña. Cuando soltó las estachas y se alejó a media máquina de la orilla, Akoon se hallaba a bordo, en la cabina del piloto. Unas horas después, cuando estaba de guardia en el timón, vio que partía de la orilla una pequeña canoa de corteza de abedul. En ella sólo iba una persona. Él la observó atentamente, hizo girar la rueda del timón y aminoró la marcha del buque.
En aquel momento entró el capitán en la cabina del piloto.
– ¿Qué ocurre? – preguntó -. Hay calado más que sufi­ciente.
Akoon lanzó un gruñido, pues acababa de ver partir de la orilla otra canoa mayor con varias personas a bordo. Cuando el Seattle perdió su impulso hacia adelante, el timonel hizo girar más todavía la rueda del timón.
El capitán montó en cólera.
– ¡Pero si no es más que una squaw! – exclamó en tono despectivo.
Akoon ni siquiera gruñó. Su mirada no se apartaba de las canoas. En la de los perseguidores centelleaban con rapidez seis canaletes; en cambio, la squaw remaba con lentitud.
– Embarrancaremos – protestó el capitán, empuñando las cabillas del timón.
Pero Akoon hizo fuerza en sentido opuesto y le miró a los ojos. Poco a poco, el capitán fue soltando las cabillas.
– ¡Qué tipo tan raro! – rezongó para su capote.
Akoon mantuvo al Seattle al borde de las aguas que oculta­ban un banco de arena y esperó hasta ver cómo las manos de la squaw se asían a la amura de proa. Entonces señaló avante toda a las máquinas y dio una vuelta entera a la rueda del timón. La gran canoa estaba muy cerca, pero pronto la distancia que la se­paraba del vapor fue aumentando.
La squaw se inclinó riendo sobre la borda:
– ¡A ver si me alcanzas, Porportuk! – exclamó.
Akoon desembarcó en Fort Yukon. Armó una pequeña batea, y con esta ligera embarcación empezó a remontar el Porcupine arriba. Con él iba El-Soo. Fue un viaje muy fatigoso. Tuvieron que atravesar el espinazo del mundo. Pero Akoon ya había hecho este recorrido. Cuando llegaron a las fuentes del Porcupine, de­jaron el bote y continuaron a pie a través de las Montañas Ro­cosas.
A Akoon le gustaba sobremanera andar detrás de El-Soo, observando sus gráciles movimientos, de los que se desprendía una especie de música deliciosa. Le encantaban especialmente aquellas piernas tan bien torneadas embutidas en sus fundas de suave cuero, aquellos finos tobillos y aquellos menudos pies, cal­zados con mocasines, que caminaban incansablemente día tras día.
– Eres tan ligera como el viento – le decía, contemplándo­la-. Para ti no es ningún trabajo andar. Diríase que flotas, tal es la suavidad con que suben y bajan tus pies. Eres como un corzo, El-Soo; sí, como un corzo. Y ojos de corzo tienes a veces, cuando me miras, o cuando oyes un súbito rumor y te preguntas si acecha algún peligro. Ahora mismo me estás mirando con ojos de corzo.
El-Soo, radiante y llena de amor, se inclinó para besar a Akoon.
– Cuando lleguemos al Mackenzie no nos detendremos – dijo el joven más tarde-. Continuaremos hacia el Sur antes de que el invierno nos alcance. Nos iremos a las regiones solea­das donde no hay nieve. Pero volveremos. Yo he visto mucho mundo y no hay ninguna tierra como Alaska, ningún sol como el nuestro. Además, tras un largo verano, la nieve es grata.
– Y tú aprenderás a leer – dijo El-Soo.
El joven asintió.
-Aprenderé a leer.
Pero sufrieron un retraso al llegar al Mackenzie. Coincidieron con una partida de indios de la región y, durante una cacería, Akoon recibió un disparo casual. El rifle que lo hirió estaba en manos de un hombre joven. La bala fracturó primero el brazo derecho de Akoon, y luego le rompió dos costillas. Akoon tenía nociones de cirugía y El-Soo había aprendido a hacer una primera cura en la misión de Santa Cruz. Al fin, los huesos rotos quedaron unidos, y Akoon se tendió junto al fuego para esperar a que se trabasen… y también para que el humo ahuyentase a los mos­quitos que le rondaban.
Entonces fue cuando llegó Porportuk en compañía de sus seis jóvenes. Akoon, impotente, tuvo que limitarse a gruñir y pedir ayuda a los indios del Mackenzie. Pero Porportuk pre­sentó sus exigencias, y los indios quedaron perplejos. Porportuk pretendía llevarse inmediatamente a El-Soo, cosa que los indí­genas no podían permitir. Había que celebrar un juicio. Como era una cuestión de hombres y mujeres, se convocó el consejo de los ancianos. Los jóvenes se apasionan fácilmente y no pueden juzgar con imparcialidad.
Los ancianos se sentaron en círculo ante el fuego humeante. Tenían los rostros enjutos y arrugados, y jadeaban y abrían desmesuradamente la boca para respirar, como si les faltase aire. El humo no les protegía. A veces tenían que ahuyentar con sus manos arrugadas a los mosquitos que desafiaban al fuego. Des­pués de este ejercicio tosían profunda y penosamente. Algunos escupían sangre, y había uno que estaba sentado algo aparte, con la cabeza inclinada y sangrando lenta y continuamente por la boca. Aquellos viejos habían contraído la enfermedad que hace toser. Eran como hombres muertos; poco les quedaba de vida. Sería el juicio de los muertos.
– Y pagué por ella un buen precio – dijo Porportuk, dando fin a su declaración -. Un precio sin precedentes. Vended todo cuanto poseéis…, vended vuestras lanzas, flechas y rifles; vuestros cueros y pieles; vuestras tiendas, botes y perros; vendedlo todo, y, seguramente, no reuniréis ni siquiera un millar de dólares. Pues bien, yo pagué por esta mujer veintiséis veces lo que valen vuestras lanzas, flechas y rifles; vuestros cueros y pieles; vuestras tiendas, botes y perros. Fue un precio fabuloso.
Los ancianos asintieron gravemente, aunque sus marchitos y entornados párpados se abrieron con asombro ante el hecho de que una mujer pudiera valer tanto. El que sangraba por la boca se enjugó los labios.
– ¿Son ciertas sus palabras? – preguntó por turno a cada uno de los seis indios de Porportuk. Y ellos, por turno le res­pondieron afirmativamente.
– ¿Son ciertas sus palabras? – preguntó entonces a El-Soo. Y también ella contestó afirmativamente.
– Pero Porportuk no ha dicho que es un viejo – manifestó Akoon – y que tiene hijas mayores que El-Soo.
– Cierto, Porportuk es un viejo – repitió El-Soo.
– Es Porportuk quien tiene que medir la fortaleza de sus años – dijo el que sangraba por la boca -. Nosotros sí que somos viejos. ¡Miradnos! Los años nunca envejecen a la persona tanto como los jóvenes se figuran.
Los viejos sentados en círculo movieron sus desdentadas en­cías, asintieron y tosieron.
– Yo le advertí que nunca sería su mujer – dijo El-Soo.
– ¿Y, a pesar de tu advertencia, aceptaste de él una suma veintiséis veces mayor que todo cuanto poseemos? -preguntó un viejo al que le faltaba un ojo.
El-Soo guardó silencio.
– ¿Es cierto eso? – insistió el anciano.
Y su único ojo llameaba, clavándose en ella como una barrena ardiente.
-Es cierto -respondió la joven.
Pero al punto añadió con vehemencia:
– ¡Me volveré a escapar! ¡Siempre huiré de su lado!
– Eso es cosa de Porportuk – dijo otro anciano -. A no­sotros sólo nos importa el juicio.
-¿Y tú, qué precio pagaste por ella? -preguntaron a Akoon.
– Yo no la compré – repuso el joven -. Ella no tiene pre­cio. Yo no mido su valor con polvo de oro, ni con perros, ni con tiendas y pieles.
Los ancianos deliberaron entre ellos en voz baja.
– Estos viejos son de hielo – dijo Akoon en inglés -. No aceptaré su fallo, Porportuk. Si tú te llevas a El-Soo, ten por seguro que te mataré.
Los ancianos interrumpieron su conciliábulo y le miraron con suspicacia.
-¿Qué estás diciendo? -preguntó uno de ellos.
– Ha dicho que me matará – explicó Porportuk -. Creo que no estaría de más que le quitaseis el rifle y que algunos de vuestros jóvenes se sentasen a su lado. Así no podría agredirme. Él es joven; y ¿qué son unos cuantos huesos rotos para la ju­ventud?
Akoon, postrado y desvalido, vio como le quitaban el rifle y el cuchillo, mientras a su derecha y a su izquierda se sentaban indios jóvenes del Mackenzie.
El anciano tuerto se levantó.
– Nos maravilla el precio que se ha pagado por una simple mujer -empezó a decir-, pero la cuantía del precio es cosa que no nos incumbe. Estamos aquí para juzgar, y juzgaremos. No tenemos dudas. Todos saben que Porportuk pagó un precio muy alto por la mujer llamada El-Soo. Por consiguiente, esta mujer llamada El-Soo pertenece a Porportuk y a nadie más.
Se sentó pesadamente mientras le acometía un acceso de tos. Los demás ancianos asintieron y tosieron.
-Te mataré – gritó Akoon en inglés.
Porportuk se levantó, sonriendo.
– Habéis juzgado sabiamente – dijo al consejo – y mis jó­venes os darán mucho tabaco. Ahora, que me traigan aquí a la mujer.
Los dientes de Akoon rechinaban. Los jóvenes indios asieron a El-Soo por los brazos. Ella no se resistió, pero su rostro era como una oscura llamarada. La condujeron ante Porportuk.
– Siéntate aquí, a mis pies, hasta que yo haya terminado de hablar – le ordenó. Luego hizo una pausa momentánea -. Ver­dad es – continuó – que soy un viejo. Pero comprendo las co­sas de la juventud, porque el fuego no me ha abandonado del todo. No obstante, como ya no soy joven, pronto mis viejas píer­nas no podrán correr. En cambio, El-Soo es una corredora ágil y veloz. Es un corzo. Lo sé porque la he visto correr y la he perseguido. No es conveniente que una esposa pueda correr tan de prisa. Yo pagué por ella un alto precio, pero ella se me es­capa. Akoon no pagó nada por ella, y ella corre hacia él. Cuando acudí a vosotros, indios del Mackenzie, yo tenía un solo propó­sito. Cuando oía vuestras deliberaciones, pensé en las rápidas piernas de El-Soo y me asaltaron diversos propósitos. Ahora vuelvo a tener un solo propósito, pero es diferente del que abri­gaba al empezar el consejo. Voy a deciros lo que pienso. Cuando un perro se escapa una vez de su amo, vuelve a escaparse. Por muchas veces que el amo lo capture, siempre volverá a escaparse. Cuando uno tiene un perro así, lo vende. El-Soo es como un perro que se escapa. Por lo tanto, la vendo. ¿Alguno de los hombres del consejo quiere comprarla?
Los ancianos tosieron y guardaron silencio.
-Akoon la compraría- continuó Porportuk -, pero no tiene dinero. Sin embargo, y ya que él dice que El-Soo no tiene precio, se la daré, y ahora mismo.
Tomó a El-Soo de la mano y cruzó con ella el espacio que les separaba del lugar donde Akoon permanecía echado de espaldas.
– Esta mujer tiene una mala costumbre, Akoon – le dijo, haciéndola sentar a los pies del joven-. Lo mismo que huyó de mí, puede huir de ti el día de mañana. Pero no habrás de temer que vuelva a escaparse, Akoon. Yo me encargo de eso. Nunca huirá de tu lado: palabra de Porportuk. Tiene un ínge­nio muy vivo: lo sé, porque más de una vez he sido su víctima. Pero ahora también yo voy a demostrar mi ingenio. Y con mi in­genio conseguiré que no te abandone jamás, Akoon.
Porportuk se inclinó y cruzó los pies de El-Soo. Y entonces, antes de que nadie pudiese adivinar su propósito, disparó su rifle, atravesándole los dos tobillos. Mientras Akoon pugnaba por le vantarse, tratando de desprenderse de los jóvenes que le sujeta­ban, se oyó el crujido de los huesos rotos al quebrarse de nuevo.
– Es justo – dijeron los viejos entre sí.
El-Soo no desplegó los labios. Permaneció sentada contem­plando sus maltrechos tobillos, que ya jamás le permitirían correr.
– Tengo fuertes las piernas, El-Soo – observó Akoon -. Nunca me llevarán lejos de ti.
El-Soo fijó en él la mirada, y Akoon, por primera vez desde que la conocía, vio brillar las lágrimas en sus ojos.
-Tienes ojos de corza, El-Soo – dijo él.
– ¿Es justo? – preguntó Porportuk sonriendo entre el humo de su pipa, mientras se disponía a marcharse.
– Es justo – afirmaron los viejos. Y siguieron sentados en silencio.

Sobre el autor.
Jack London (12 de enero de 1876 – 22 de noviembre de 1916) fue un escritor estadounidense.