El pandero de piel de piojo

Érase un rey que tenía una hija de quince años.
Un día, estaba la princesita paseando por el jardín con su doncella,
cuando vio una planta desconocida.
Y preguntó, curiosa:
– ¿Qué es esto?
– Una matita de hinojo, Alteza.
– Cuidémosla, a ver lo que crece – dijo la princesa.
Otro día, la doncella encontró un piojo. Y la princesa propuso:
– Cuidémoslo, a ver lo que crece.
Y lo metieron en una tinaja.
Pasó, el tiempo. La matita se convirtió, en un árbol y el piojo engordó
tanto, que, al cabo de nueve meses, ya no cabía en la tinaja.
El rey, después de consultar a su hija, publicó un bando diciendo que la
princesa estaba en edad de casarse, pero que lo haría con el más listo del
país.
Para ello se le ocurrió hacer un pandero con la piel del piojo,
construyéndose el cerco del mismo con madera de hinojo.
Luego lo hizo colocar en todas las esquinas de las casas del reino un nuevo
bando, diciendo:
«La princesita se casará con el que acierte de qué material está hecho el
pandero. A los pretendientes a su mano se les dará tres días de plazo para
acertarlo. Quien no lo hiciere en este tiempo, será condenado a muerte.»
A palacio acudieron condes, duques, y marqueses, así como muchachos
riquísimos, que ansiaban casarse con la princesita, pero ninguno adivinó
de qué material estaba fabricado el pandero y murieron todos al tercer día.
Un pastor, que había leído el bando, dijo a su madre:
– Prepárame las alforjas, que voy a probar suerte. Conozco las pieles de
todos los bichos del campo y la madera de todos los árboles del bosque.
Después de discutir un rato con la madre, que temía le sucediera lo mismo
que a tantos otros pretendientes a la mano de la princesa, el pastor logró
convencer a su progenitora y emprendió el camino hacia la corte.
En las afueras de un pueblo encontróse con un gigante que estaba
sujetando un peñasco como una montaña y le preguntó:
– ¿Qué haces ahí, muchacho?
– Sujeto esta piedrecita para que no caiga y destroce el pueblo.
– ¿Cómo te llamas?
– Hércules.
– Mejor dejas eso y te vienes conmigo; llevo un negocio entre manos y si me
sale bien algo te tocará a ti. ¡Anda, ven!
Hércules echó a rodar la peña en dirección contraria al pueblo, arrasando
los bosques en una extensión de cinco kilómetros, y se marchó con el
pastor.
Llegaron a otro pueblo y vieron a un hombre que apuntaba con una
escopeta al cielo.
– ¿Qué haces ahí? – preguntóle el pastor.
Y el cazador contestó:
– Encima de aquella nube vuela una bandada de gavilanes. Por cada uno
que mato me dan diez céntimos.
– ¿Cómo te llamas?
– Bala-Certera.
– Mejor dejas eso y te vienes con nosotros; llevo un negocio entre manos y
si me sale bien algo te tocará a ti. Anda, vente con nosotros.
Y Bala-Certera se unió al pastor y a Hércules.
A la salida de otro pueblo vieron junto al camino a un hombre que estaba
con el oído pegado al suelo.
El pastor le preguntó:
– ¿Qué haces ahí?
– Oigo crecer la hierba.
– ¿Cómo te llamas?
– Oídos-Finos.
– Vente con nosotros; con esos oídos puedes prestarnos buenos servicios.
Y Oídos-Finos se marchó con el pastor, Hércules y Bala-Certera.
Llevaban andando un buen rato, cuando vieron a un hombre atado a un
árbol, con sendas ruedas de molino a los pies.
El pastor le preguntó:
– ¿Qué haces aquí?
– He hecho que me aten, porque suelto me corro el mundo entero en un
minuto.
– ¿Cómo te llamas?
– Veloz-como-el-Rayo.
– Ya somos cuatro – dijo el pastor. – No admitimos más socios. Vendrás con
nosotros.
Desataron a Veloz-como-el-Rayo y éste dijo a sus compañeros que se
colocarán sobre las ruedas de molino, asegurándoles que los conduciría
adonde quisieran ir con la velocidad del rayo.
Mientras se colocaban todos, acercóse una hormiga que dijo:
– Pastor, llévame en el zurrón.
– No quiero, porque vas a picotear la tortilla que llevo para la merienda.
– Llévame contigo, pastor, que tengo de prestarte buenos servicios.
El pastor metió la hormiga en el zurrón, y en esto se acerca un escarabajo
que le dice:
– Pastor, llévame en el zurrón.
– No quiero, porque vas a estropearme una tortilla que llevo para la
merienda.
– Llévame, hombre, que tengo de prestarte buenos servicios.
El pastor metió el escarabajo en el zurrón, y en esto se acerca un ratón
que le dice:
– Pastor, llévame en el zurrón.
– No quiero que estropees, la tortilla que llevo para la merienda.
– No te la estropearé, que anoche llovió y tengo el hocico limpio. Llévame
contigo, que tengo de prestarte buenos servicios.
El pastor lo metió en el zurrón.
Emprendieron todos la marcha montados en las ruedas de molino y sin
darse cuenta llegaron a palacio.
Alojáronse todos en un mesón que había frente al palacio, donde el pastor
dejó a Hércules, a Bala-Certera, a OídosFinos
y a Veloz-como-el-Rayo,
para ir a ver a la princesa.
Cuando le enseñaron el pandero, dijo:
– Esto es de piel de cabrito y madera de cornicabra.
– Te has equivocado – dijo el rey. – Tienes tres días para pensarlo. Si no lo
aciertas, morirás.
El pastor, desconsolado, volvió al mesón, y Oídos-Finos, el que oía crecer
la hierba, le preguntó la causa de su tristeza.
Contóle el pastor lo ocurrido y OídosFinos
dijo:
– No te aflijas. Averiguaré lo que te interesa saber y te lo diré.
Al día siguiente, se marchó al jardín donde paseaba la princesa con su
doncella. Pego el oído al suelo y oyó, decir a la doncella:
– ¿No es lástima ver cómo matan a vuestros pretendientes, Alteza?
– Sí, desde luego; pero estarán muriendo hasta que alguno acierte que el
pandero está hecho de piel de piojo y madera de hinojo.
– No lo acertará nadie.
Oídos-Finos no esperó más; volvió corriendo al mesón.
– Ya sé de qué es la piel del pandero – dijo a sus compañeros. – De piel de
piojo y madera de hinojo. Acabo de oírselo a la doncella de la princesa.
Lleno de alegría, el pastor se dirigió a palacio y pidió ver al rey.
El monarca le dijo:
– ¿No sabes que el que no acierta la segunda vez de qué es la piel del
pandero, tiene pena de la vida?
– Sí que lo sé, Majestad. Venga el pandero.
El pastor cogió el pandero, lo miró un momento y dijo:
– La piel de este pandero es de un animal que se mata así.
Y al decir esto, apretó una contra otra las uñas de sus pulgares.
El rey miró para su hija.
Y ésta preguntó al pastor:
– ¿De qué es la piel? Dilo pronto.
– ¿De qué es la piel? ¡Ja, ja, ja! La piel es de piojo.
– Acertaste – dijo el rey.
El monarca reunió acto seguido a la Corte, para anunciar que el pastor
había acertado y que se casaría con la princesa; pero ésta dijo que con un
pastor no se casaba de ninguna manera.
– Un rey – dijo su padre – no tiene más que una palabra. Tienes que
casarte.
– Bien – respondió la muchacha. – Lo haré cuando me cumpla tres
condiciones: la primera que me traiga antes de que se ponga el sol una
botella de agua de la Fuente Blanca…
– ¡Pero hija mía! La Fuente Blanca está a cien leguas de aquí…
– Ya lo sé… No podrá hacerlo; pero por si acaso habrá de realizar otras dos
pruebas: separar en una noche un montón de diez fanegas de maíz,
poniendo a un lado, el bueno, al otro el mediano y al otros el malo; y luego
habrá de llevar en un solo viaje dos arcones llenos de monedas de oro
desde el palacio al pabellón de caza…
Marchóse el pastor a la posada, tan afligido como el día anterior, y refirió,
a sus compañeros las condiciones que, para casarse, le imponía la
princesa.
Veloz-como-el-Rayo, el que corría el mundo entero en un minuto, dijo:
– Por la botella de agua de la Fuente Blanca, que está a cien leguas de
aquí, no te apures. Dame una botella y la traeré llena de agua en un abrir
y cerrar de ojos.
En un santiamén regresó con la botella de agua.
Hércules afirmó:
– Los arcones los transportaré yo, a donde quieras.
Y la hormiga asomó la cabecita por un agujero del zurrón y añadió:
– Llévame a la habitación donde está el maíz y te lo separaré en una noche.
Al poco rato se presentó el pastor en palacio con la botella de agua y la
hormiga en el bolsillo. Entregó la botella y pidió que le pusieran una cama
en la habitación del maíz, ya que le sobraría tiempo para dormir.
A la mañana siguiente, mientras el rey y la princesa estaban viendo el
maíz, ya separado en tres montones, fue Hércules y trasladó los dos
arcones al pabellón de caza.
Pero, la princesita se puso muy rabiosa y afirmó que no se casaría con el
pastor aunque la mataran, presentando a la corte inmediatamente como
su futuro esposo a un príncipe vecino muy guapo y arrogante.
El pastor, compungido, abandonó el palacio.
Una vez en la posada, contó a sus compañeros lo que había ocurrido, a lo
cual dijo el ratón, asomando el hociquito por un bolsillo:
– El día de la boda, el escarabajo y yo te vengaremos.
Llegó el día de la boda. El pastor se presentó en palacio y dejó el ratón y el
escarabajo en la habitación destinada al novio, marchándose luego a la
posada a esperar los acontecimientos.
Cuando el novio entró a acicalarse para la ceremonia, el ratón se le metió
en el bolsillo de la casaca, mientras que el escarabajo se escondía en una
de las amplias solapas.
Fueron los novios hacia el altar, acompañados de los padrinos, entre
nutrida y escogida concurrencia.
Cuando el sacerdote preguntó al novio si aceptaba por esposa a la
princesa, el escarabajo, de un salto, se le metió en la boca, con lo que el
infeliz no pudo pronunciar palabra, sino que sintió una angustia horrible.
Entretanto, el ratón salió del bolsillo y se metió por entre las ropas de la
princesa, dándole un mordisco tan atroz en la rodilla que por poco se
muere del susto.
Novio y novia echaron a correr como locos hacia la puerta del templo,
seguidos de los invitados, que no sabían lo que les pasaba.
Cuando hubieron, regresado a palacio, el novio abrió la boca para excusar
su conducta, pero el escarabajo se agitó de nuevo y tuvo que cerrarla más
que de prisa, mientras que el ratón propinó a la princesa un nuevo
mordisco y la obligó a refugiarse en su habitación para huir de lo que
todavía ignoraba lo que era.
Sola en su alcoba, la princesa se quitó el traje de novia y empezó a
sollozar.
– Princesita – dijo el ratón – no descansarás un instante hasta que rompas
con el príncipe y te cases con el pastor.
– ¿Quién me está hablando? – preguntó la princesa espantada.
– La voz de tu propia conciencia – aseguró el simpático roedor.
Entretanto, el príncipe se esforzaba en matar el escarabajo haciendo
gárgaras; pero el bicho se le metía en las narices hasta que pasaba el
chaparrón, consiguiendo que estornudara sin parar, con tal fuerza que se
daba con la cabeza contra los muebles.
– ¿Es que no me vas a dejar tranquilo, miserable bicho? – rugió
encolerizado.
– Hasta que no salgas de aquí te atormentaré sin cesar, día y noche.
El príncipe, al oír estas palabras, salió despavorido, no parando de correr
hasta llegar a su reino.
El escarabajo, cuando le vio cruzar el umbral del palacio se dejó caer y fue
a reunirse con el ratón.
– Vamos en busca del pastor – dijo el ratón. – Tengo la seguridad de que
ahora la princesa se casará con él.
Fueron a la posada, contaron al pastor lo sucedido y cuando éste se
presentó en palacio fue muy bien acogido por la princesa, que se colgó de su brazo y, acompañados por el rey y los altos dignatarios, volvieron a la
iglesia, celebrándose la ceremonia con toda pompa y esplendor.
Luego hubo un baile magnífico, en que bailaron Hércules, Veloz-como-el-
Rayo y Oídos-Finos, mientras Bala-Certera se quedaba de centinela en la
puerta de palacio.
A medianoche, la madrina del príncipe desdeñado, una bruja horrible con
muy malas intenciones, vino disfrazada de búho a matar al pastor, pero
Bala-Certera, de un solo disparo, la envió al infierno.
Después del baile hubo un gran banquete, al que acudieron los reyes y los
pastores de todos los países colindantes.
Los compañeros del pastor se quedaron a vivir para siempre en palacio.
Hércules, el gigante, fue nombrado mayordomo; Oídos-Finos, el que oía
crecer la hierba, jefe de policía; Veloz-comoel-
Rayo, el que corría el mundo
en un minuto, correo real; y Bala-Certera, el cazador, capitán de la
guardia.
La hormiguita, el ratoncito y el escarabajo fueron debidamente
recompensados.
A la hormiguita le reservaron unos terrenos donde había toda clase de
granos y golosinas apreciados por ella, y con el tiempo formó un
pobladísimo hormiguero que todos los súbditos respetaban, pues se
pregonó que se castigaría con la pena de muerte al que hollara aquel
espacio.
El ratoncito recibió un queso del tamaño de un pajar, para que hiciera en
él su morada, prometiéndole otro igual cuando le hiciera goteras.
El escarabajo recibió una hermosísima pelota de terciopelo verde y
amarillo, con la que el avispado animalito hacía verdaderas maravillas,
rodándola de un extremo a otro del trozo del jardín destinado a él
exclusivamente.
Y todos vivieron felices.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.