El presidente burlado

¡Oh!, confiad en mí, voy a agasajarlos
de tal forma… que no se atreverán a volver en veinte años.

Con mortal pesadumbre veía el marqués de d’Olincourt, coronel de dragones, hombre rebosante de ingenio, de gra­cia y de vitalidad, cómo la señorita de Téroze, su cuñada, iba a pasar a los brazos de uno de los seres más nausea­bundos que hayan pisado la superficie del globo. Esta en­cantadora joven, de dieciocho años de edad, fresca como Flora y formada como las Gracias, amada desde hacía cua­tro años por el joven conde de Elbéne, segundo coronel del regimiento de d’Olincourt, no podía tampoco dejar de es­tremecerse al ver cómo se acercaba el instante fatal que de­bía, al unirla al repelente esposo que le destinaban, sepa­rarla para siempre del único hombre que era digno de ella. ¿Pero cómo evitarlo? La señorita de Téroze tenía un padre anciano, hipocondríaco y gotoso que lamentablemente opi­naba que ni los atractivos ni las dotes personales eran los que debían informar los sentimientos de una muchacha para con su marido, sino, única y exclusivamente, la razón, la edad madura y sobre todo la profesión; que la profesión de magistrado era la más considerada, la más majestuosa de todas las profesionales de la monarquía, y no sólo eso, sino también la que a él más le gustaba de todas; su hija tenía que ser feliz, forzosamente, con un magistrado. No obstan­te, el anciano barón de Téroze había casado a su hija ma­yor con un militar, peor aún, con un oficial de dragones; ésta, con un carácter perfecto para serlo en cualquier circunstancia, era tremendamente feliz y no tenía ningún mo­tivo para lamentarse de la elección de su padre. Pero todo eso no importaba lo más mínimo; si ese primer matrimonio había salido bien se debía al azar; de hecho sólo un magis­trado podía hacer plenamente feliz a una hija; dando esto por sentado, había que buscar un picapleitos, y de todos los picapleitos imaginables el más grato a los ojos del anciano barón era un tal señor Fontanis, presidente del parlamento de Aix, a quien antaño había conocido en Provenza, por lo que, sin darle más vueltas, el señor de Fontanis era el que tenía que casarse con la señorita de Téroze. Poca gente pue­de imaginarse a un presidente del parlamento de Aix; es una especie de bestia de la que se ha hablado a menudo, pero sin conocerla a fondo, rigorista por profesión, meticuloso, crédulo, testarudo, vano, cobarde, charlatán y estúpido por carácter, estirado en sus ademanes como un ganso, pro­nunciando las erres como un polichinela; enjuto, largo, fla­co y hediondo como un cadáver por lo general. Se diría que toda la bilis y la severidad de la magistratura del reino ha­bían buscado cobijo en el templo de la Temis provenzal, para trasladarse desde allí en caso de necesidad cada vez que un tribunal francés tiene que presentar alguna queja o tiene que ahorcar á algún ciudadano. Pero el señor Fontanis superaba este ligero esbozo de sus colegas. Por encima de la figura chupada y algo encorvada que acabamos de des­cribir, en el señor de Fontànis podía apreciarse un occipu­cio estrecho, no muy bajo, empinadísimo hacia arriba, re­matado por una frente macilenta tapada magistralmente por una peluca confeccionada para ocasiones diversas, de un modelo que aún no se había visto en París; dos piernas algo torcidas sostenían con notable esfuerzo ese campanario am­bulante, de cuyo pecho se despedía, no sin ciertas moles­tias para los circundantes, una voz chillona que declamaba enfáticamente largos cumplidos mitad franceses, mitad pro­venzales, tras los que él mismo nunca dejaba de sonreír con tal abertura de la boca, que se podía contemplar hasta la campanilla una sima negruzca, desprovista de dientes, ex­coriada en varios sitios y que no se parecía mal del todo a la abertura de cierto asiento que, dada la estructura de nues­tra incorregible humanidad, tan pronto es trono de reyes como lo es de unos pastores. Al margen de estos atractivos físicos, el señor de Fontanis tenía pretensiones de hombre cultivado. Después de haber soñado una noche que había subido al séptimo cielo con San Pablo, se consideraba el mejor astrónomo de Francia; comentaba las leyes como Farinacius y Cujas, y a menudo se le oía decir, como a esos grandes hombres y como a sus colegas que no son grandes hombres ni por asomo, que la vida de un ciudadano, su for­tuna, su honor. su familia, en fin, todo lo que la sociedad considera sagrado, de nada vale cuando hay que investigar un crimen, y que vale mil veces más arriesgar la vida de quince inocentes que salvar por falta de celo la de un cul­pable, pues el cielo es justo si los parlamentos no lo son, y el castigo de un inocente no presenta otro inconveniente que enviar un alma al paraíso, mientras que el hecho de salvar a un culpable amenaza con multiplicar los crímenes sobre la tierra. Solamente una clase de individuos tenía cierto al­bedrío sobre el alma acorazada del señor de Fontanis: la de las rameras, por más que, por lo general, no hiciese gran uso de ellas; aunque apasionadísimo, era de naturaleza reacia y poco emprendedora y sus deseos siempre sobrepasaban con mucho sus posibilidades. El señor de Fontanis aspiraba a tramitar su apellido a la posteridad, eso era todo, pero lo que inducía a este ilustre magistrado a mostrarse indulgente con las sacerdotisas de Venus era que, en su opinión, pocas ciu­dadanas resultaban tan útiles al Estado como ellas, pues, por medio de sus trapacerías, de sus imposturas y de su charla­tanería, se podía llegar a descubrir una infinidad de delitos ocultos, y el señor de Fontanis, eso hablaba en su favor, era un enemigo jurado de todo lo que los filósofos llaman de­bilidades humanas.
Esta mezcla un tanto grotesca de físico ostrogodo y de moral de Justiniano salió por primera vez de la ciudad de Aix en abril de 1779 y fue a alojarse, reclamado por el se­ñor barón de Téroze, a quien conocía desde hacía mucho tiempo, al hotel de Dinamarca, no lejos de la residencia del barón. Como era la época de la feria de Saint-Germain, todo el mundo en ese hotel pensó que el sorprendente ani­mal había venido a exhibirse. Uno de esos seres oficiosos que siempre prestan sus servicios en esa clase de estable­cimientos públicos, incluso llegó a proponerle que fuera a avisar a Nicolet, que estaría encantado de prepararle un camerino, a menos que prefiriera debutar con Audinot. El presidente contestó: «Cuando era un niño, mi niñera me advirtió que el parisino era un pueblo cáustico y chistoso que nunca haría justicia a mis cualidades, pero mi prove­edor de pelucas añadió, a pesar de eso, que mi peluca les impresionaría. ¡Ah, el pueblo; bromea cuando se muere de hambre y canta cuando le machacan. ¡Oh!, siempre lo he dicho: a esa gente le haría falta una inquisición como en Madrid o un patíbulo siempre levantado, como el de Aix.»
Entretanto, el señor de Fontanis, tras el aseo que no hizo sino realzar el brillo de sus sexagenarios encantos, con unas inyecciones de agua de rosas y de lavanda, que en este caso no eran precisamente ornamentos ambiciosos, como dice Horacio, después de todo esto, y tal vez de al­gunas otras precauciones que no han llegado a nuestro co­nocimiento, fue a hacer acto de presencia a casa de su ami­go, el anciano barón. Se abre la puerta de par en par, se le anuncia y el presidente pasa adentro. Por desgracia para él, las dos hermanas y el conde de d’Olincourt estaban di­virtiéndose juntos como verdaderos niños en un rincón de la sala, y cuando apareció esta figura, por más que se es­forzaron, les fue imposible evitar tal carcajada que la gra­ve compostura del magistrado provenzal se vio prodigio­samente alterada; largo tiempo había ensayado delante de un espejo su reverencia de presentación y la estaba repi­tiendo bastante pasablemente cuando la desafortunada car­cajada que profirieron nuestros jóvenes casi hizo que el presidente permaneciera curvado en forma de arco mucho más tiempo del que había previsto; se alzó, no obstante; una severa mirada del barón a sus tres hijos les hizo reco­brar la seriedad y el respeto y empezó la conversación.
El barón, que quería liquidar de prisa aquel asunto y que ya había hecho todas las composiciones de lugar, no dejó que acabara esta primera entrevista sin anunciar a la seño­rita de Téroze que ése era el marido que le destinaba y que debería entregarle su mano dentro de ocho días como muy tarde. La señorita de Téroze no contestó nada; el presiden­te se marchó y el barón volvió a repetir que deseaba ser obe­decido. La circunstancia era de las más crueles: no sólo esta hermosa joven adoraba al señor de Elbene, no sólo le ido­latraba, sino que, además, tan frágil como sensible, ya ha­bía por desgracia permitido a su delicioso amante cortar esa flor que, muy distinta de las rosas con las que a veces se la compara, no posee como aquéllas la facultad de renacer a cada primavera. Ahora bien, ¿qué iba a pensar el señor de Fontanis…, un presidente del Parlamento de Aix…, cuando viese ya hecha su tarea? Un magistrado provenzal puede te­ner sus ridiculeces, son normales en su clase, pero aun así sabe lo que son las primicias y se siente muy contento de recibir las de su mujer al menos una vez en su vida. Esto era lo que paralizaba a la señorita de Téroze, la cual, aun­que muy juguetona y muy vital, poseía sin embargo toda la delicadeza que conviene a una mujer en esas circunstancias y sabía perfectamente lo poco que la iba a estimar su mari­do si llegaba a darse cuenta de que había sido capaz de fal­tarle al respeto aun antes de conocerle; pues no hay nada tan rígido como nuestros prejuicios sobre esa materia: no sólo una desventurada muchacha tiene que sacrificar todos los sentimientos de su corazón al marido que sus padres le buscan, sino que incluso se la considera culpable si antes de conocer al tirano que va a esclavizarla ha podido, pres­tando oídos tan sólo a la naturaleza, seguir su voz. La se­ñorita de Téroze confió sus preocupaciones a su hermana, que, mucho más jovial que mojigata y mucho más com­prensiva que devota, se puso a reír como una loca ante la revelación y dio parte a su grave esposo, quien decidió que estando ciertas cosas en tal estado de rotura y de deterioro había que guardarse muy bien de ofrecerlas a los sacerdo­tes de Themis, pues esos señores no se andan con bromas en cosas de semejante importancia, y tan pronto como su pobre hermanita se encontrara en la ciudad del «patíbulo siempre levantado», podían muy bien hacer que subiese a él para convertirla en víctima del pudor. El marqués afirmó después de la cena que poseía cierta erudición y que los pro­venzales eran una colonia egipcia, que los egipcios hacían sacrificios muy a menudo con muchachas jóvenes y que un presidente del Parlamento de Aix, que se considera a sí mis­mo un colono egipcio, podría hacer que le cortaran a su her­manita el más hermoso cuello del mundo…
Esos «colonos presidentes» son auténticos rebanado­res de cabezas; cortan una nuca con la misma facilidad que una corneja arroja nueces, sea justo o no sea justo, no se pa­ran en mientes; el rigorismo lleva, como la propia Therrlis, una venda sobre los ojos puesta por la estupidez, y en la ciu­dad de Aix los filósofos nunca han conseguido quitársela…
Decidieron reunirse a deliberar: el conde, el marqués, la señora de d’ Olincourt y su adorable hermana fueron a ce­nar a un pequeño pabellón del marqués en el bosque de Bolonia y allí el severo areópago dictaminó, en un enig­mático estilo parecido a las respuestas de la sibila de Cumas o a las sentencias del Parlamento de Aix, pues el pretendi­do origen egipcio servía de pretexto para el jeroglífico, que «el presidente se casaría y no se casaría lo más mínimo». Dictada la sentencia, instruidos convenientemente los ac­tores, regresan todos a casa del barón: la joven no pone el menor reparo a su padre; d’Olincourt y su mujer le asegu­ran que un enlace tan bien concertado es para ellos una au­téntica alegría, se muestran extrañamente cariñosos con el presidente, procuran no reírse cuando está-presente y se granjean tan a fondo las simpatías del yerno y del cuñado que uno y otro dan su consentimiento para celebrar los mis­terios del himeneo en el castillo de d’Olincourt, cerca de Melun, espléndida finca perteneciente al marqués. Todos aceptan, únicamente el barón dice- está desolado por no poder participar en los placeres de una fiesta tan deli­ciosa, pero si puede irá a verlos. Al fin llega el día, los cón­yuges son sacramentalmente unidos en Saint-Sulpice, muy temprano por la mañana, sin el menor boato, y aquel mis­mo día parten para d’Olincourt. Disfrazado con el nombre y uniforme de La Brie, ayuda de cámara de la marquesa, el conde de Elbene recibe a la comitiva a su llegada y, ter­minada la cena, conduce a los esposos a la cámara nupcial, cuya decoración y maquinaria eran de su invención y por él igualmente iban a ser manejadas.
-Verdaderamente, preciosa -exclama el enamorado pro­venzal tan pronto como se queda a solas con su pretendida-. Poseéis encantos que podrían ser los de la mismísima Venus, cáspita! . Ignoro dónde los habréis adquirido, pero se po­dría recorrer toda Provenza sin encontrar nada que os iguale.
Y acto seguido empieza a pasar la mano por las ena­guas de la pobre Téroze, que no sabía qué hacer, si de­jarse llevar de la risa o del miedo.
-Por aquí, por allá y por todas partes, que Dios me condene y que no vuelva nunca a juzgar a una ramera si estas no son las formas del amor bajo los espléndidos fal­dones de su madre.
Mientras tanto entra La Brie llevando dos platillos do­rados; ofrece uno o la joven esposa y otro al señor pre­sidente:
-Bebed, castos esposos -dice–, y que ambos halléis en este bebedizo las dádivas del amor y los dones del hime­neo.
-Señor presidente -continúa La Brie al ver que el magistrado quiere saber a qué viene ese brebaje-, esta es una tradición parisiense que se remonta al bautismo de Clodoveo: es costumbre entre nosotros que antes de que celebréis los misterios a los que ambos os vais a consa­grar encontréis en este lenitivo, purificado por la bendi­ción del obispo, las fuerzas necesarias para esa empresa.
-¡Ah!, claro que sí, con mucho gusto -contesta el magistrado-, traed, traed, amigo mío… Pero, ¡diantre!, si echáis leña al fuego que vuestra joven ama se ponga en guardia, pues ya estoy excitadísimo, y si me ponéis en un estado tal que ni me reconozca, no sé lo que va a pasar.
El presidente bebe, su joven esposa le imita, los criados se retiran y ellos se acuestan, pero apenas lo han hecho cuando le acometen al presidente unos dolores de tripas tan intensos, una necesidad tan apremiante de aliviar su débil naturaleza por el lado opuesto al que tendría que ser, que, sin el menor cuidado por el sitio en que se halla, sin nin­gún respeto hacia aquella que comparte su lecho, inunda la cama y sus inmediaciones con un diluvio de bilis tan considerable que la señorita de Téroze, despavorida, tiene el tiempo justo para bajarse y pedir auxilio. Van acudien­do el señor y la señora de d’Olincourt, que habían tenido buen cuidado de no irse a la cama; llegan a toda prisa. El consternado presidente se cubre con las sábanas para que no le vean, sin darse cuenta de que cuanto más se tapa más se ensucia, y al final presenta un aspecto tan horroroso y repugnante que su joven esposa y todos los presentes se re­tiran, lamentando vivamente su estado y asegurándole que al instante avisarán al barón para que envíe en seguida al castillo a uno de los mejores médicos de la capital.
-¡Oh, cielos! -exclama el desdichado presidente, presa de la consternación, cuando se queda a solas-. ¿Qué aventura es ésta? Yo creía que sólo se podía des­cargar de esta forma en palacio y sobre flores de lis, pero la noche de bodas y en el lecho de la parienta, realmen­te no lo comprendo.
Un teniente del regimiento de d’Olincourt, llamado Delgatz, que para cuidar de los caballos del regimiento había estudiado dos o tres cursos en la escuela de Veterinaria, no dejó de acudir al día siguiente con los tí­tulos y emblemas de uno de los más famosos hijos de Esculapio. Aconsejaron al señor de Fontanis que hiciera acto de presencia con una simple bata de casa, y la seño­ra presidente de Fontanis, a la que, no obstante, aún no deberíamos dar ese nombre, no ocultó a su marido lo atractivo que le encontraba con ese atuendo: llevaba una bata de casa de damasco amarillo con rayas rojas hasta la cintura, adornada con cenefas y chorreras; por debajo, un corto chaleco de estameña marrón, calzones de marinero del mismo color y un bonete de lana roja; todo, ello real­zado por la atractiva palidez que el accidente de la vís­pera incrementó de tal manera el amor de la señorita de Téroze que no quería dejarle solo ni un minuto.
-¡Pobrecita! -decía el presidente-. ¡Cómo me quie­re! Sin duda es la mujer que el cielo me destinaba para ser feliz; me he portado muy mal la noche pasada, pero no siempre tiene uno diarrea.
Entretanto llega el médico, toma el pulso a su paciente y, sorprendido por su debilidad, le demuestra con los afo­rismos de Hipócrates y los comentarios de Galeno que si no se restablece por la noche bebiéndose para cenar me­dia docena de botellas de vino de España o de Madeira, le será imposible lograr la deseada desfloración; en cuanto a la indigestión de la víspera, le aseguró que no era nada.
-Eso ocurre -le dijo- cuando la bilis no ha sido bien filtrada por los vasos del hígado.
-Pero -le pregunta el marqués-, ¿no era peligro­so ese trastorno?
-Os ruego que me perdonéis, señor -contestó gra­vemente el acólito del templo de Epidauro-, pero en me­dicina no hay nunca causas pequeñas que no puedan lle­gar a tener consecuencias si la profundidad de nuestro arte no corta en seguida sus efectos. Ese trastorno podría producir una alteración considerable en el organismo del señor; esa bilis infiltrada, llevada por el cayado de la aor­ta a la arteria subclavia, transportada desde allí por las ca­rótidas a las delicadas membranas del cerebro, al alterar la circulación de los espíritus animales, pues anula su ac­tividad natural, hubiera podido producir la locura.
-¡Oh, cielos! -exclamó la señorita de Téroze sollo­zando-. ¡Mi marido loco! Hermana mía, ¡mi marido loco! -Tranquilizaos, señora, no es nada, gracias a la pron­titud de mis cuidados, y yo me hago responsable del en­fermo.
Con estas palabras la alegría renació en todos los cora­zones. El marqués de d’Olincourt abrazó con ternura a su cuñado, le testimonió de forma provinciana e impetuosa el vivo interés que le inspiraba y ya no hubo más que ani­mación. El marqués recibía aquel día a sus vasallos y ve­cinos; el presidente quiso ir a acicalarse, se lo prohibieron y se divirtieron presentándole con la mencionada indu­mentaria a toda la población de los alrededores.
-¡Pero qué bien está así! -comentaba a cada momento la marquesa con mordacidad-. Realmente, señor de d’Olincourt, si antes de conoceros hubiera sabido que la so­berana magistratura de Aix contaba con personas tan encan­tadoras como mi querido cuñado, os aseguro que habría ele­gido esposo entre los miembros de esa respetable asamblea.
Y el presidente le daba las gracias y se agachaba, rién­dose burlonamente, haciendo muecas de vez en vez de­lante de los espejos y diciéndose a sí mismo en voz baja: «Realmente no estoy nada mal.» Al fin llegó la hora de la cena; hicieron que se quedara el maldito médico, a quien, como bebía como un suizo, no le costó demasiado con­vencer a su paciente para que le imitara. Habían tenido buen cuidado de colocar a su alcance vinos espiritosos que, al trastornar con notable rapidez los órganos de su cere­bro, pusieron al presidente en el estado que deseaban. Se levantaron de la mesa; el teniente, que había representa­do magistralmente su papel, se fue a la cama y a la maña­na siguiente desapareció. En cuanto a nuestro héroe, su mujer se había hecho cargo de él y le condujo al lecho nup­cial. Todos le escoltaron triunfalmente, y la marquesa, siempre encantadora pero mucho más cuando había bebi­do un poco de champaña, le comentó que se había exce­dido y que se temía que, trastornado por los vapores de Baco, el amor aún no pudiera encadenarle aquella noche.
Esto no es nata, señora marquesa -contestó el pre­sidente-. Esos dioses seductores, cuando se juntan, son todavía más temibles. En cuanto a la razón, que se pierda con el vino o en las llamas del amor, como se puede prescindir de ella, ¡qué importa a cuál de esas dos divinidades se la sacrifique! Nosotros, los magistrados, de lo que me­jor sabemos prescindir es de la razón; desterrada de nues­tros tribunales tanto como de nuestras cabezas, nos diver­timos pisoteándola, y eso es lo que hace que nuestras sentencias sean verdaderas obras maestras, pues aunque no tiene el menor sentido común son ejecutadas con tan­ta firmeza como si se supiera lo que quieren decir. Aquí donde me veis, señora marquesa -prosiguió el presiden­te dando traspiés y recogiendo su rojo bonete que una mo­mentánea pérdida de equilibrio acababa de separar de su cráneo pelado-, sí, en honor a la verdad, aquí donde me veis, soy uno de los mejores cerebros de mi cuadrilla; fui yo quien convenció a mis ingeniosos colegas, el año pa­sado, para que desterraran por diez años de la provincia, arruinándole de esa forma para siempre, a un gentilhom­bre que había servido cabalmente al rey en todo momen­to, y todo por un puñado de rameras. Hubo discusiones, yo di mi opinión y el rebaño se plegó a mi voz… Sabéis, señora, a mí me gustan las buenas costumbres, la tem­planza y la sobriedad; todo lo que está en contra de tales virtudes me subleva y lo castigo sin miramientos; hay que ser severo, la severidad es la hija de la justicia… y la jus­ticia es la madre de… Os ruego que me disculpéis, señora, hay ocasiones en que la memoria me juega estas pasadas.
-Sí, sí, eso es muy justo -contestó la marquesa mar­chándose y llevándose a todo el mundo-. Cuidad tan sólo de que esta noche no os pase como vuestra memoria, pues, en fin, hay que terminarlo y mi hermanita, que os adora, no va a conformarse eternamente con abstinencia semejante.
-No temáis nada, señora, no temáis nada -continuó el presidente queriendo seguir de nuevo a la marquesa con pasos un tanto circunflejos-. No tengáis miedo; os pro­meto que mañana os la devuelvo corno señora de Fontanis; tan cierto como que soy hombre de honor. ¿Verdad, pe­queña? -prosiguió el picapleitos volviéndose hacia su es­posa-. ¿No estáis de acuerdo conmigo en que esta noche nuestra tarea quedará hecha de una vez…? Ya podéis ver cómo lo desean; no hay un solo miembro de vuestra fa­milia que no se sienta orgulloso de emparentar conmigo; nada honra tanto a una casa como un magistrado.
-¿Y quién lo duda, señor? -contestó la joven-. Os aseguro que en lo que a mí respecta jamás me he senti­do tan orgullosa como desde que oigo que me llaman se­ñora presidente.
-No me cuesta creeros; vamos, desnudaos, astro mío, siento cierta pesadez y me gustaría, si es posible, con­cluir nuestra operación antes de que el sueño me venza por completo.
Pero como la señora de Téroze, como es habitual entre las recién casadas, nunca ponía punto final a su aseo, como nunca encontraba lo que buscaba, no paraba de regañar a sus doncellas y no acababa nunca, el presidente, que no po­día con su alma, optó por meterse en la cama conformán­dose con gritar durante un cuarto de hora: -Pero, venga pardiez, venid; no puedo explicarme lo que estáis hacien­do. Dentro de un momento ya no tendremos tiempo.
Pero a pesar de todo no terminaba nunca, y como en el estado de embriaguez en que se hallaba nuestro moderno Licurgo le era difícil apoyar la cabeza sobre una almohada sin quedarse dormido, se dejó vencer por la más apremian­te de sus necesidades. Y estaba ya roncando como si hubie­ra juzgado a alguna ramera de Marsella antes de que la se­ñorita de Téroze se hubiera siquiera cambiado de camisa.
-Así está muy bien -dice el conde de Elbene en­trando sigilosamente en la habitación-. Ven, amor mío, ven a concederme los momentos de dicha que esa gro­sera bestia desearía arrebatarnos.
Con estas palabras se lleva al adorado objeto de su ido­latría. Las luces se apagan en la cámara nupcial, cubren en seguida el suelo con colchones y, a una señal, la parte del lecho ocupada por nuestro picapleitos es separada del res­to y por medio, de unas poleas se eleva a veinte pies del sue­lo, sin que el soporífero estado en que se encuentra nuestro legislador le permita darse cuenta de nada. Sin embargo, hacia las tres de la mañana, despertado por cierta plenitud de la vejiga, acordándose de que ha visto cerca de él una mesita con el recipiente apropiado para vaciarla, extiende su mano a tientas. Extrañado al no encontrar más que va­cío a su alrededor se incorpora, pero la cama que está sus­pendida únicamente por unas cuerdas sigue el movimiento del que se inclina y acaba por ceder de tal forma que, bas­culando todo su peso, vomita en medio del dormitorio el lastre que la sobrecarga. El presidente cae sobre los col­chones allí dispuestos y su sorpresa es tan grande que se pone a aullar como un ternero al que llevan al matadero.
-Pero, ¿qué diablos es esto? -se pregunta-. Señora, señora, estáis ahí, ¿verdad? Muy bien. ¿Comprendéis algo de esta caída? Ayer me acuesto a cuatro pies del sue­lo y, mira por donde, para coger mi orinal me caigo des­de más de veinte de altura.
Pero como nadie contesta a sus delicadas quejas el pre­sidente, que después de todo no se sentía tan mal acomo­dado, renuncia a sus averiguaciones y acaba allí la noche como si la hubiera pasado en su jergón provenzal. Tuvieron buen cuidado tras la caída de bajar un poco la cama de nue­vo y acoplarla a la parte de la que se había separado. No pa­recía formar más que un único lecho, y hacia las nueve de la mañana la señorita de Téroze regresó sigilosamente a su al­coba; apenas entra abre las ventanas y llama a sus doncellas.
-Realmente, señor -le dice al presidente-, hay que reconocer que vuestra compañía no es nada agradable, y no voy a dejar de quejarme a mi familia de los modales que estáis mostrando conmigo.
-¿Qué es esto? -dice el presidente algo más sobrio, frotándose los ojos y sin entender nada del accidente que le hace estar por tierra.
-Pero, ¿cómo?, pues es que -contesta la joven es­posa haciendo gala de su mejor sentido del humor-, cuando guiada por los movimientos que debían unirme a vos me iba acercando a vuestra persona para recibir la confirmación de esos mismos sentimientos de vuestra parte, me rechazáis con furor y me arrojáis al suelo…
-¡Oh, cielos! -exclama el presidente-. Mirad, pe­queña mía, empiezo a entender algo de todo esto. Os pido mil perdones… Es que esta noche, apremiado por la nece­sidad, intentaba satisfacerla por cualquier medio, y con los movimientos que hice cuando me bajé de la cama sin duda os eché fuera a vos también; pero todo esto es tanto más dis­culpable, puesto que sin duda estaba soñando y creí que me había caído desde más de veinte pies de altura. Vamos, no es nada, no es nada, ángel mío. Esta noche volveremos a empezar y os aseguro que me portaré como es debido. No voy a beber más que agua; pero, por lo menos, dadme un beso, corazoncito mío, y hagamos las paces antes de apa­recer en público, pues de lo contrario pensaría que seguís enfadada conmigo y eso no lo desearía ni por un imperio.
La señorita de Téroze accede a presentar una de sus mejillas de rosa, aún encendida por el fuego del amor, a los sucios besos del viejo fauno. Acuden los demás y los dos cónyuges ocultan cuidadosamente la desdichada ca­tástrofe nocturna.
Todo el día transcurre consagrado a distracciones y so­bre todo a paseos que, al alejar al señor de Fontanis del cas­tillo, daban tiempo a La Brie para preparar nuevas escenas. El presidente, totalmente resuelto a poner el broche final a su matrimonio, se comportó de tal forma en las comidas que les fue imposible utilizar esa oportunidad para poner su entendimiento en entredicho, pero afortunadamente te­nían mas de un resorte para mover y el atractivo Fontanis contaba con demasiados enemigos conjurados contra él para poder escapar a sus trampas. Se van a la cama.
-¡Oh! Esta noche, ángel mío -anuncia el presidente a su joven mitad-, estoy seguro de que no os podréis librar.
Pero ya que se hacia el valiente era menester que las ar­mas con las que amenazaba estuvieran en condiciones, y como quería lanzarse al asalto como Dios manda, el pobre provenzal hacia terribles esfuerzos en su lado de la cama. Se ponía tieso, se crispaba, todos sus nervios estaban en una tensión tal que le hacían presionar sobre el lecho con una fuerza dos o tres veces superior a la que hubiera hecho en estado de reposo, y así las vigas preparadas en el techo aca­baron rompiéndose y precipitaron al desdichado magistra­do a un establo de puercos que estaba instalado precisa­mente debajo de la habitación. Los habitantes del castillo de d’Olincourt discutieron durante muchísimo tiempo quién debió ser más sorprendido, si el presidente, hallándose de esa forma entre un tipo de animales tan frecuentes en su pa­tria, o los animales en cuestión al descubrir entre ellos a uno de los más ilustres magistrados del Parlamento de Aix. Varios sugirieron que el placer debió ser igual por ambas partes. Realmente, ¿no debió sentirse por las nubes el pre­sidente al hallarse de nuevo en sociedad, por llamarlo de al­guna manera, y al poder oler por un instante el tufo de su terruño?, y, por otra parte, los impuros animales prohibidos por el bondadoso Moisés debieron dar gracias al cielo por contar al fin con un legislador a su cabeza, y nada menos que un legislador del Parlamento de Aix que, acostumbra­do desde su infancia a juzgar causas relacionadas con el ele­mento favorito de esas amables bestias, podría un día evi­tar o zanjar cualquier discusión sobre ese elemento tan co­mún a la organización de los unos y de los otros.
Fuera como fuese, la amistad no cuajó desde un primer mo­mento, y como la civilización, madre de la cortesía, apenas está más adelantada entre los miembros del Parlamento de Aix que entre los animales que desprecia el israelita, se pro­dujo al principio una especie de choque en el que el presidente no cosechó laureles precisamente. Le golpearon, le magulla­ron, le hostigaron a golpes de hocico; se quejó, no le hicieron caso; juró que lo recogería en acta, nada; amenazó con con­denas, nadie se inmutó lo más mínimo; amenazó con el exi­lio, le tiraron por el suelo, y el desventurado Fontanis, empa­pado de sangre, empezaba ya a dictar una sentencia a la hoguera nada menos cuando al fin acudieron en su auxilio.
Eran La Brie y el coronel que, provistos de antorchas, trataban de rescatar al magistrado del fango en que se es­taba hundiendo. Pero había que encontrar un sitio por don­de pudieran agarrarle, pues como estaba rebozado de la cabeza a los pies, sacarle no resultaba ni fácil ni desde lue­go agradable para el olfato. La Brie fue a buscar una hor­quilla, un palafrenero al que llamaron en seguida apare­ció con otra y como mejor pudieron sacaron a nuestro hombre de la infame cloaca a la que su caída le había pre­cipitado. Pero, ¿a dónde podían llevarle después de esto? Eso era lo peliagudo y la solución no se antojaba fácil. Tenían que expiar la sentencia, tenían que lavar al culpa­ble; el coronel propuso una carta de abolición, pero el pa­lafrenero, que no entendía ninguno de estos términos rim­bombantes, sugirió que debían meterle sencillamente un par de horas en el abrevadero, tras lo cual, cuando estu­viera suficientemente a remojo, podían acabar de ponerle a punto a base de manojos de paja. Pero el marqués alegó que el frío del agua podía afectar la salud de su hermano y, ante esto, como La Brie había asegurado que el lavadero de la cocina aún estaba lleno de agua caliente, trans­portaron allí al presidente y le confiaron a los cuidados de aquel discípulo de Comus, que, en menos que canta un ga­llo, le devolvió tan limpio como un plato de porcelana.
-No os propongo que volváis junto a vuestra esposa -le comenta d’Olincourt mientras está enjabonándo­se-, demasiado conozco vuestra delicadeza. Así, pues, La Brie va a conduciros a una pequeña habitación de sol­tero donde podéis pasar tranquilamente el resto de la noche.
-Bien, muy bien, mi querido marqués -contesta el presidente-, apruebo vuestro plan, pero reconoceréis que debo estar embrujado para que todas las noches que paso en este maldito castillo me ocurran aventuras de este tipo.
Detrás de todo ello existe alguna causa física-res­ponde el marqués-. Mañana el médico volverá a estar con nosotros, os recomiendo que le consultéis.
-Sí, lo deseo -contesta el presidente, y al entrar con La Brie en su pequeña habitación añade mientras se mete en la cama-: realmente, querido amigo, nunca había es­tado tan cerca del fin.
-Por desgracia, señor -le contesta el diligente mu­chacho-, hay en todo esto una fatalidad del cielo, y os aseguro que os compadezco con toda mi alma.
Tras tomarle el pulso al presidente, Delgatz le asegu­ró que la ruptura de las vigas se debía únicamente a una excesiva obstrucción de los vasos linfáticos que, al du­plicar la masa de los humores, aumentaba en proporción el volumen animal; que, por consiguiente, era necesaria una dieta rigurosa que, depurando la acritud de los hu­mores disminuyera lógicamente el peso físico y coad­yuvara a la tarea que se había propuesto, y que además…
-Pero, señor -le interrumpe Fontanis-, tengo la ca­dera destrozada y el brazo izquierdo dislocado por esa espantosa caída.
-Os creo -le respondió el doctor-, pero ese tipo de trastorno secundario no es precisamente el que más me preocupa, yo siempre me remonto a las causas. Hay que investigar en la sangre, señor. Al disminuir la acri­tud de la linfa conseguimos descongestionar los vasos, y al hacer más fluida la circulación por los vasos acaba­mos reduciendo la masa física, y el resultado será que los techos ya no cederán bajo vuestro peso y así, en ade­lante, podréis entregaros en vuestra cama a todos los ejer­cicios que os apetezcan sin correr nuevos peligros.
-Pero, ¿y mi brazo, caballero, y mi cadera?
-Haremos una purga, señor, una purga. Ahora mis­mo empezaremos con un par de sangrías locales y todo se irá arreglando sin que os deis cuenta.
Aquel mismo día comenzó la dieta. Delgatz, que no abandonó a su paciente en toda la semana, le puso a cal­do de gallina y le hizo tres purgaciones seguidas, prohi­biéndole por encima de todo que pensase en su mujer. Aunque el teniente Delgatz no tenía ni la menor idea su régimen funcionó a las mil maravillas. Él aseguró a sus amigos que hacía tiempo había seguido ese mismo tra­tamiento cuando estuvo trabajando en la escuela de ve­terinaria,, con un asno que se había caído a un profundo bache y al cabo de un mes el animal podía otra vez aca­rrear sus sacos de yeso como siempre había hecho. En efecto, el presidente, que no dejaba de estar bilioso, se fue poniendo sano y coloradote, sus contusiones fueron desapareciendo y nadie se ocupó de otra cosa más que de su recuperación y de dotarle de las fuerzas necesarias para que pudiera soportar lo que aún le esperaba.
A los doce días de tratamiento, Delgatz cogió de la mano a su paciente y se lo presentó a la señorita de Téroze:
-Aquí le tenéis, señora -le dijo-, aquí le tenéis. Os traigo sano y salvo a un hombre que se rebela contra las leyes de Hipócrates y que si se deja llevar sin freno de las fuerzas que yo le he devuelto antes de seis meses tendre­mos el placer de ver… -prosiguió Delgatz, poniendo sua­vemente la mano sobre el vientre de la señorita de Téroze-. Sí, señora, a todos nos cabrá la satisfacción de ver ese hermoso seno torneado por las manos del himeneo.
-Dios os oiga, doctor -contestó la bribonzuela-, porque reconoceréis que es muy duro ser esposa desde hace quince días y seguir siendo doncella.
-No tiene nada que ver -exclamó el presidente-. No se tienen indigestiones todas las noches ni todas las noches la necesidad de orinar saca a un esposo de su le­cho, ni siempre que uno cree que va a hallarse en los bra­zos de una hermosa mujer se cae a un establo de cerdos.
-Ya veremos –contesta la joven Téroze lanzando un hondo suspiro-, ya veremos, señor; pero si me amarais como yo os amo, sin duda no os ocurrirían todas esas des­gracias.
La cena fue muy animada, la marquesa estuvo diver­tida y mordaz. Apostó contra su marido por el éxito de su cuñado y se retiraron todos.
Los preparativos se hacen a toda prisa, la señorita de Téroze ruega a su marido por pudor que no deje ninguna luz encendida en la habitación. Él, demasiado desmora­lizado para decir que no a algo, hace cuanto le piden y se meten en la cama. Aunque no sin esfuerzo, el intrépido presidente triunfa y logra cortar, o se cree que lo logra, por fin, esa preciosa flor a la que estúpidamente tan gran valor se concede. Cinco veces consecutivas ha sido co­ronado por el amor cuando se hace de día. Se abren las ventanas y los rayos del astro que dejan penetrar en la ha­bitación muestran al fin a los ojos del vencedor la vícti­ma que acaba de inmolar… ¡Cielos!, cómo se queda cuan­do descubre a una vieja negra en lugar de su mujer, cuando ve que una figura tan oscura como repelente reemplaza a los delicados encantos que creyó poseer! Se echa hacia atrás, grita que está embrujado y entonces aparece su mu­jer, y al sorprenderle con aquella divinidad de Ténaro le pregunta con acritud qué es lo que ella ha podido ha­cerle para que la traicione de forma tan cruel.
-Pero, señora, ¿no fue con vos con quien ayer…?
-Yo, señor, avergonzada, humillada, al menos nadie puede reprocharme que no me haya mostrado sumisa con vos. Vísteis a esta mujer a mi lado, me rechazasteis bru­talmente para poder abrazarla. Habéis hecho que ocupe mi sitio en el lecho que me estaba destinado y yo me re­tiré confusa y con mis lágrimas como único consuelo. -Pero, ángel mío, decirme, ¿estáis totalmente segu­ra de lo que afirmáis?
-¡Monstruo! ¡Aún quiere insultarme después de tan tremendos ultrajes y cuando esperaba consuelo el sarcas­mo es mi única recompensa… ! ¡Venid, hermana mía, ve­nid! ¡Qué venga toda mi familia y contemple el indigno objeto al que he sido sacrificada… ! Aquí está, aquí está… esa odiosa rival -gritaba la joven esposa frustrada en sus prerrogativas mientras vertía un torrente de lágrimas-, y aún en rni presencia se atreve a seguir en sus brazos. ¡Oh, amigos míos! -prosiguió desesperada la señorita de Téroze congregando a todo el mundo a su alrededor-. ¡Ayudadme! ¡Dadme armas contra este perjuro! ¿Era esto lo que me podía esperar adorándole como le adoraba?
Nada más hilarante que el semblante de Fontanis ante estas sorprendentes palabras. Miraba con ojos extravia­dos a la negra y dirigiéndolos luego hacia su joven es­posa la contemplaba con una especie de estúpida aten­ción que, a decir verdad, empezaba a resultar inquietante para la buena marcha de su cerebro. Por una curiosa fa­talidad, desde que el presidente se hallaba en Olincourt, La Bne, el encubierto rival al que hubiera debido tener más miedo que a nadie, se había convertido en un per­sonaje en el que más plenamente confiaba. Le llama.
-Amigo mío -le dice-, vos me parecisteis siem­pre un joven de lo más sensato. ¿Tendríais la bondad de decirme si realmente habéis advertido algún trastorno en mi cabeza?
-Para ser sincero, señor presidente -le contesta La Brie con aire triste y compungido-, no me había atrevi­do nunca a decíroslo, pero como me hacéis el honor de so­licitar mi opinión no os voy a ocultar que desde vuestra caí­da al establo de los cerdos las ideas no han vuelto nunca a emanar puras de las membranas de vuestro cerebro. Que eso no os preocupe, señor, porque el médico que ya os aten­dió en una ocasión es uno de los hombres mas eminentes que han pasado por esta casa… Por ejemplo, estuvo aquí con nosotros el juez de la hacienda del señor marqués que se había vuelto loco hasta tal punto que no había un solo joven libertino en toda la comarca, que se lo pasara bien con una muchacha, a quien ese truhán no abriera en se­guida un sumario por lo criminal, y condenas y sentencias y el destierro y todas las infamias que esos bribones tienen siempre a flor de labios. Pues bien, señor, nuestro doctor, ese hombre eminente que ya tuvo el gran honor de receta­ros dieciocho sangrías y treinta medicamentos, le volvió la cabeza tan cuerda como si no hubiera sido juez en toda su vida. Pero, un momento -prosiguió La Brie volviéndose hacia el ruido que oía-, parece muy cierto eso que se dice de que tan pronto como se nombra a una bestia ya se le está viendo el plumero… pues aquí viene en persona.
-Oh, buenos días, querido doctor-exclama la mar­quesa al ver llegar a Delgatz-, realmente no creo que hayamos tenido nunca tanta necesidad de vuestro mi­nisterio. Nuestro querido amigo el presidente sufrió ayer por la noche un pequeño trastorno mental que le llevó, a pesar de los esfuerzos de todos, a poseer, en vez de a su mujer, a una negra.
-¿A pesar de todos? -replica el presidente-. Pero, ¿quién trata de impedírmelo?
-Yo mismo en primer lugar, y con todas mis fuerzas -contestó La Brie-, pero el señor insistía con tal vio­lencia que preferí dejarle hacer antes que exponerme a que me lastimara.
Y al oír esto, el presidente se rascaba la cabeza y em­pezaba a no saber ya a qué atenerse cuando el médico se acerca a él y le toma el pulso:
-Esto es más grave que el primer accidente -dice Delgatz bajando los ojos-. Es un residuo subrepticio de vuestra última enfermedad, un fuego oculto que escapa a la mirada inteligente del artista y que estalla en el mo­mento en que menos se piensa. Se trata de una clara obs­trucción del diafragma y de un terrible eretismo en la or­ganización.
-¿Heretismo? -exclamó el presidente enfurecido-. ¿Qué quiere decir ese cretino con eso de heretismo? Bellaco, entérate de que yo no he sido herético jamás. Bien se ve, viejo imbécil, que, poco versado en la histo­ria de Francia, ignoras que somos nosotros los que que­mamos a los heréticos. Ve a visitar nuestra tierra, olvi­dado bastardo de Salerno; ve, amigo mío, ve a ver como Merindol y Cabrières siguen humeando tras los incen­dios que allí provocamos; paséate por los ríos de sangre con que los honorables miembros de nuestro tribunal re­garon tan a conciencia la provincia; párate a escuchar los lamentos de los desdichados que inmolamos a nuestra furia, los sollozos de las mujeres a las que arrancamos de los brazos de sus maridos, el grito de los niños que asesinamos en el regazo de sus madres, todos y cada uno de los santos horrores que cometimos y verás si después de una conducta tan intachable se puede consentir a un pillo como tú que venga a tacharnos de heréticos.
El presidente, que seguía en la cama al lado de la negra, le había propinado tan tremendo puñetazo en el calor de su alocución en la nariz que la desdichada se había ido au­llando como una perra a la que le roban sus cachorros.
-¡Bien! ¿Furioso, amigo mío? -preguntó d’Olin­court acercándose al enfermo-. ¿Es así como os com­portáis, presidente? ¿Sabéis que vuestra salud se resien­te y que es imprescindible cuidaros?
-Perfectamente. Cuanto se me hable así haré caso, pero escuchar cómo ese barrendero de Saint-Côme me tacha de herético admitiréis que no lo puedo soportar.
-No ha sido esa su intención, mi querido amigo -co­mentó la marquesa amablemente-. Eretismo es sinónimo de inflamación y nunca tuvo nada que ver con herejía.
-¡Ah!, perdón, señora marquesa, perdonadme, es que a veces soy un poco duro de oído. Venga, que se acerque ese grave discípulo de Averroes y me diga algo, le escu­charé…, es más, haré cuanto me mande.
Delgatz, a quien la ardorosa salida del Presidente ha­bía obligado a echarse a un lado por temor a que le pa­sara como a la negra, se acercó de nuevo junto a la cama.
-Os lo repito, señor -dijo el moderno galeno to­mando otra vez el pulso a su paciente-, un tremendo eretismo en la organización.
-Here…
Eretismo, señor-corrigió apresuradamente el doctor, escondiendo la cabeza por miedo a otro puñetazo-, por lo que diagnostico una brusca flebotomización en la yugular que habrá que tratar con frecuentes baños de agua helada.
-No soy demasiado partidario de las sangrías -ob­servó d’Olincourt . El señor presidente ya no tiene edad para soportar esa clase de pruebas a no ser que exista una necesitad imperiosa. Además, no comparto esa obsesión por la sangre que tienen los hijos de Themis y de Escula­pio. Opino que hay tan pocas enfermedades que merez­can su efusión como escasos son los delitos que exijan su derramamiento. Espero, presidente, que ahora que se trata de ahorrar la vuestra os mostréis de acuerdo con­migo; si no fuera por vuestro interés en este caso no me sentiría tal vez tan seguro de vuestra opinión.
-Señor -contestó el presidente-, apruebo la pri­mera parte de vuestro discurso, pero me permitiréis que disienta de la segunda. El delito ha de ser lavado con san­gre, sólo con ella se le extirpa y se le previene. Comparad, señor, todos los males que el crimen puede llegar a pro­ducir sobre la tierra con la insignificancia de una doce­na de miserables ejecutados al año para prevenirlo.
-Vuestra paradoja, amigo mío, carece de sentido co­mún -contesta d’Olincourt-, es dictada por el rigoris­mo y la estupidez; es en vos una tara de vuestra profesión y de vuestro terruño de la que deberéis abjurar para siem­pre. Aparte de que vuestros estúpidos rigores jamás con­siguieron contener el crimen, decir que una fechoría hace perdonar la siguiente y que la muerte de un hombre pue­de resultar beneficiosa para la del anterior es un absurdo. Vos y los que que son como vos deberíais avergonzaros de tales procedimientos que, más que de vuestra integri­dad, dan testimonio de vuestra desmesurada afición al despotismo. Tienen toda razón al llamaros los verdugos del género humano; vosotros solos destruís a más hom­bres que todos los azotes de la naturaleza juntos.
-Caballeros -interrumpe la marquesa-, no me pare­ce que sea esta la ocasión ni el momento para una discusión semejante. En vez de tranquilizar a mi querido hermano, señor -prosiguió dirigiéndose a su marido-, estáis en­cendiendo su sangre y vais quizá a hacer incurable su en­fermedad.
La señora marquesa tiene toda la razón -añadió el doctor-, permitidme, señor, ordenar a La Brie que haga poner cuarenta libras de hielo en la bañera, que la llenen después con agua del pozo y mientras lo preparan yo ayu­daré a mi paciente a levantarse.
Todos se van en seguida. El presidente se levanta y re­gatea de nuevo a propósito del baño helado que, según de­cía, iba a dejarle otra vez fuera de combate por seis sema­nas como mínimo, pero no hay forma de evitarlo. Baja, le sumergen, le tienen en él diez o doce minutos, a la vista de todos, apostados por los rincones en derredor suyo para re­gocijarse con la escena, y el enfermo, seco ya del todo, se viste y se une al grupo como si nada hubiera pasado.
La marquesa, después de cenar, propone ir a dar un paseo. -La distracción ha de sentarle bien al presiden­te, ¿verdad, doctor?, le pregunta a Delgatz.
-Por supuesto -contesta éste-. La señora recorda­rá que no hay ningún hospital en donde no asignen un patio a los locos para que puedan tomar el aire.
-Me alegro-dice el presidente-de que todavía no penséis que no tengo remedio.
-Ni mucho menos, señor -le contesta Delgatz-. Se trata de un ligero trastorno que cuidado oportunamen­te no tiene por qué tener ninguna consecuencia, pero es preciso que el señor presidente repose y se tranquilice.
-Pero, ¿cómo, señor? ¿Creéis que esta noche no po­dré tomarme la revancha?
-¿Esta noche, señor? La sola mención me hace estre­mecer; si en vuestro caso yo hiciese gala del rigor con que tratáis a los demás os prohibiría las mujeres durante tres o cuatro meses.
-¡Tres o cuatro meses, cielos…! -y volviéndose ha­cia su esposa-: tres o cuatro meses, querida, ¿lo podríais soportar, ángel mío, lo podríais soportar?
-¡Oh!, el señor Delgatz se ablandará, eso espero -responde la joven Téroze con fingida ingenuidad-, al menos si no se apiada de vos se apiadará de mí…
Y salieron a pasear. Había un bote para pasar a la otra orilla y dirigirse a la casa de un gentilhombre vecino que estaba al tanto de todo y les esperaba para merendar. Una vez en la barca nuestros jóvenes se ponen a hacer dia­bluras y Fontanis, para complacer a su mujer, no deja de imitarles.
-Presidente -le dice el marqués-, apuesto a que no podéis colgaros como yo del cable de la barca y a que no resistís así varios minutos seguidos.
-Nada más fácil –contesta el presidente, apurando su carga de tabaco y empinándose sobre la punta de los pies para agarrar mejor la cuerda.
-Muy bien, muy bien, infinitamente mejor que vos, hermano -dice la pequeña Téroze al ver a su marido colgando.
Pero mientras el presidente así suspendido hace una exhibición de su destreza y de su donaire, los barqueros, que habían sido advertidos, doblan la fuerza de sus re­mos y al deslizarse velozmente la barcaza deja al desdi­chado entre el cielo y el agua… Grita, pide auxilio, esta­ban tan sólo a la mitad de la travesía y aún quedaban más de quince toesas para alcanzar la orilla.
-Haced lo que podáis -le gritaban-, acercaos na­dando hasta la orilla, podéis ver que el viento nos arras­tra y no es posible volver hacia donde estáis.
Y el presidente, resbalándose, pataleando, forcejean­do, hacía cuanto podía para agarrar el bote que seguía escapándosele a fuerza de remos. Si hubiera un espec­táculo divertido sería, sin duda, el de ver a uno de los más adustos magistrados del Parlamento de Aix, con su gran peluca y su negra toga, colgando de esa forma.
-Presidente -le gritaba el marqués desternillándose de risa-, sin duda esto es un designio de la providencia, es el talión, amigo mio, la ley del talión, la ley predilec­ta de vuestros tribunales, ¿por qué os quejáis de estar col­gado así? ¿Acaso no condenasteis a menudo al mismo su­plicio a quienes no se lo merecían tanto como vos?
Pero el presidente ya no podía oírle: terriblemente ago­tado por el violento esfuerzo que tenía que hacer, las ma­nos le abandonan y cae al agua como una plomada. Al ins­tante, dos buceadores que estaban preparados corren en su auxilio y le suben de nuevo a bordo, chorreando como un perro de aguas y blasfemando como un carretero.
Lo primero que hizo fue protestar por una broma que no venía a cuento. Le juran que en ningún momento han tenido la intención de gastarle broma alguna, que un gol­pe de viento había arrastrado el bote, le hacen entrar en calor en el camarote del barco, le cambian de ropa, le ha­cen carantoñas y su tierna esposa hace cuanto puede para que se olvide del pequeño accidente, y Fontanis, ena­morado y débil, pronto está ya riéndose con todo el mun­do del espectáculo que acaba de ofrecer.
Llegan, por fin, a casa del gentilhombre, son maravi­llosamente recibidos y se sirve una merienda espléndida; procuran que el presidente pruebe una crema de pistacho que tan pronto como llega a sus entrañas le obliga en el acto a informarse de dónde se encuentra el retrete. Le abren uno, terriblemente oscuro, y con una prisa espantosa se sienta y hace sus necesidades con diligencia, pero, con­cluida la operación, el presidente no puede levantarse.
-¿Y qué es esto ahora? -exclama tirando de los ri­ñones.
Pero por más esfuerzos que hace o bien deja allí esa parte o le resulta imposible despegarse; mientras tanto su ausencia está causando cierta sensación; se preguntan dónde puede estar y los gritos que oyen conducen por fin a todos los reunidos a la puerta del fatídico gabinete.
-¿Pero qué diablos hacéis ahí tanto tiempo, amigo mío? -le pregunta d’Olincourt . ¿Os ha dado un cólico?
-Qué demonios -contesta el pobre diablo redo­blando sus esfuerzos para poder incorporarse- no os dais cuenta de que me he quedado metido…
Pero para ofrecer a la concurrencia un espectáculo aún más divertido y para colaborar en los esfuerzos del presi­dente por levantarse del maldito asiento le pasaban por las nalgas, desde abajo, una llama de alcohol y agua que le cha­muscaba el vello y que al aplicársela un poco mas cerca le obligaba a dar los saltos más increíbles y a hacer las mue­cas más espantosas… Cuanto más se reían, más se encole­rizaba el presidente, increpaba a las damas, amenazaba a los caballeros y cuanto más se irritaba más cómico resulta­ba su congestionado semblante; con las sacudidas que daba la peluca se le había desprendido del cráneo y su occipucio al aire hacía aún mucho más divertidas las contorsiones de su rostro; al fin acude el gentilhombre, pide mil disculpas al presidente por no habérsele advertido que aquel retrete no estaba en condiciones de recibirle; él y sus servidores despegan como mejor pueden al paciente, no sin que éste pierda una tira circular de piel que, por mas esfuerzos que se hicieron, sigue pegada al borde del asiento y que los pin­tores tuvieron que remojar con cola fuerte para poderla pintar en seguida del color con que se deseaba decorar.
-A decir verdad -exclama Fontanis con descaro al salir-, bien contentos estáis de tenerme con vosotros y bien que os sirvo para vuestras diversiones.
-Injusto amigo -replica d’Olincourt-, ¿por qué te­néis siempre que achacarnos las desgracias que os envía la fortuna? Creía que bastaba con llevar puesto el ronzal de Themis para que la equidad constituyera una virtud natural, pero bien puedo ver que me equivocaba.
Es que vuestras ideas sobre lo que se entiende por equidad no son muy acertadas -responde el presiden­te-. En la abogacía nosotros distinguimos varias clases de equidad: está la que se llama equidad relativa y la equi­dad personal…
-Más despacio -contesta el marqués-; no he visto nunca que la virtud que tanto se analiza se practique dema­siado; a lo que yo llamo equidad, amigo mío, es pura y sim­plemente a la ley de la naturaleza; aquel que la observe será siempre íntegro y sólo cuando se aparte de ella se volverá injusto. Contéstame, presidente, si tú te hubieras librado a algún capricho de la fantasía en la intimidad de tu casa, ¿te parecería muy equitativo que una turba de zopencos irrum­piera con sus antorchas en el seno de tu familia y que va­liéndose de artimañas inquisitoriales, de engaños y de de­laciones compradas, llegaran a descubrir ciertas faltas, disculpables cuando se tienen treinta años, y se aprovecha­ran de todas esas atrocidades para perderte, para desterrar­te, para mancillar tu honor, deshonrar a tus hijos y saquear tus bienes? Dime, amigo mío, ¿te parecerían muy equitati­vos todos esos bribones? Y si es verdad que admites un Ser supremo, ¿adorarías ese modelo de justicia si así la ejercie­ra con los hombres? ¿No temblarías al estar sometido a él?
-¿Y cómo lo entendéis vos, os pregunto? Pues que, ¿es que vais a censurarnos por descubrir un delito…? Ese es nuestro deber.
Eso es falso, vuestro deber no consiste mas que en cas­tigarlo cuando se descubre por sí mismo; dejad a las estú­pidas y feroces máximas de la inquisición la bárbara y vul­gar tarea de descubrirlo, como viles espías o infames delatores. ¿Qué ciudadano podrá estar tranquilo cuando, ro­deado de sirvientes sobornados por vuestro celo, su honor o su vida estén en todo momento en manos de gentes que, amargadas por la cadena que arrastran, crean librarse de ella o aligerarla vendiéndoos a aquel que se la impone? Habréis multiplicado los bribones de la nación, habréis hecho pér­fidas a las esposas, calumniadores a los lacayos, desgracia­dos a los hijos, habréis duplicado el cúmulo de los vicios y no habréis conseguido que florezca una sola virtud.
-Es que no se trata de que florezcan las virtudes, se trata, única y exclusivamente, de acabar con el crimen.
-Pero vuestros métodos los multiplican.
-Por supuesto, pero es la ley y debemos atenernos a ella; nosotros no somos legisladores, nosotros, mi que­rido marqués, somos «operadores».
-Decid más bien, presidente, decid más bien -re­plicó d’Olincourt, que ya empezaba a acalorarse- que sois «ejecutores», «verdugos distinguidos» que, enemi­gos del Estado por naturaleza, no os sentís a gusto más que oponiéndoos a su prosperidad, poniendo trabas a su bienestar, mancillando su gloria y haciendo que corra sin motivo alguno la preciosa sangre de sus súbditos.
A pesar de los dos baños de agua helada que Fontanis ha­bía tomado a lo largo del día, la bilis es una cosa tan difícil de eliminar en un magistrado que el pobre presidente se es­tremecía de rabia al oír cómo se denigraba de aquella ma­nera a un oficio que consideraba tan respetable; no daba cré­dito a que eso que se llama la magistratura pudiera ser atacada de aquel modo y se disponía ya a replicar, tal vez como un marinero marsellés, cuando las damas se acercaron y propusieron regresar a casa. La marquesa preguntó al presidente si alguna nueva necesidad no le hacía ir al retrete.
-No, no, señora -contestó el marqués-; este res­petable magistrado no siempre tiene cólicos, hay que dis­culparle si se ha tomado el ataque un poco a la tremen­da; esa pequeña convulsión de las entrañas es una enfermedad habitual en Marsella o en Aix, y desde que hemos visto cómo una turba de bribones, colegas de este buen mozo, juzgaban como «envenenadas» a unas cuan­tas rameras que no tenían más que un cólico, no debe­mos extrañarnos de que un cólico sea un grave asunto para un magistrado provenzal.
Fontanis, uno de los jueces más comprometidos en aquel caso que había cubierto de vergüenza para siem­pre a los magistrados de Provenza, estaba ya en un esta­do difícil de describir, balbuceaba, pataleaba, echaba es­puma por la boca, se parecía a esos dogos que en un combate de toros no consiguen morder a su adversario y d’Olincourt, aprovechándose de su situación:
-Miradle, señoras, y decidme, os ruego, si no os pare­cería horrible la suerte de un desdichado gentilhombre que, confiado en su inocencia y en su buena fe, se encontrara con quince mastines como éste ladrándole en sus talones.
El presidente estaba ya a punto de enfadarse en serio, pero el marqués, que no deseaba todavía el estallido final, se me­tió en su coche prudentemente y dejó que la señorita de Téroze extendiera un bálsamo sobre las llagas que acababa de abrir. Mucho le costó, pero al fin lo consiguió; no obs­tante, volvieron a cruzar a la otra orilla sin que el presiden­te mostrara deseos de bailar bajo la cuerda y llegaron en paz al castillo. Cenaron y el doctor se encargó de recordar a Fontanis la necesidad de seguir observando su abstinencia.
-A fe mía que la recomendación es innecesaria -le contestó el presidente-. ¿Cómo queréis que un hombre que ha pasado la noche con una negra, que ha sido ta­chado de herético por la mañana, al que le han hecho to­mar un baño helado como almuerzo, que poco después se ha caído al río, que, atrapado en un retrete como un pierrot pegado con cola, le han calcinado el trasero mien­tras hacía sus necesidades y al que tienen la osadía de decirle en su cara que los jueces que investigaban el cri­men no eran más que unos pillos despreciables y que las rameras, que tenían un cólico no habían sido envenena­das; ¿cómo queréis, os repito, que ese hombre siga pen­sando en desvirgar a una muchacha?
-Me alegra mucho el veros tan razonable -respon­dió Delgatz, mientras acompañaba a Fontanis al peque­ño dormitorio de soltero que ocupaba cuando no tenía planes respecto a su mujer-. Os exhorto a que sigáis así y pronto veréis todo el bien que eso ha de haceros.
Al día siguiente los baños helados se reanudaron; du­rante todo el tiempo que se emplearon, el presidente no se hizo repetir la necesidad de su régimen y la encanta­dora Téroze pudo al menos, durante aquel intervalo, dis­frutar tranquilamente de todos los placeres del amor en los brazos de su encantador Elbene; al fin, al cabo de quince días, Fontanis, fresco como ya se sentía, empezó de nuevo a cortejar a su esposa.
-Oh, en verdad, señor-le dijo la joven cuando se vio en el trance de no poder seguir ya dando largas-, en es­tos momentos tengo en la cabeza asuntos muy distintos al amor; leed esto que me han escrito, señor, estoy arruinada.
Y le tiende a su marido una carta en la que éste lee que el castillo de Téroze, a una distancia de cuatro leguas de donde se hallaban y situado en un rincón del bosque de Fontainebleau, en el que nadie penetraba jamás, man­sión cuya renta constituye la dote de su esposa, está habi­tado desde hace seis meses por fantasmas que producen un estruendo terrible, molestan al granjero, estropean la tierra y van a impedir que el presidente y su mujer, a no ser que se ponga orden, vean ni un sol de toda su hacienda.
-Es una noticia espantosa -dice el magistrado, de­volviéndole la carta-. Pero, ¿no podríais decir a vues­tro padre que nos diera alguna otra cosa en lugar de ese siniestro castillo?
-¿Y qué queréis que nos dé, señor? Tened en cuenta que no soy más que la hija menor, ya le ha dado mucho a mi hermana y estaría muy mal por mi parte que le pi­diera otra cosa; hay que conformarse con esto y tratar de poner orden.
-Pero vuestro padre conocía ese inconveniente cuan­do os casó.
-Sí, es cierto, pero no creía que llegara a ese extre­mo; además, eso no quita nada al valor del regalo, no hace más que retrasar sus efectos.
-¿Y el marqués lo sabe?
-Sí, pero no se atreve a hablaros de ello.
-Hace mal, pues tenemos que pensar algo entre los dos.
Llaman a d’Olincourt, éste no puede negar los hechos y se decide por último que lo más sencillo es ir, por mu­chos peligros que eso pueda entrañar, y habitar el casti­llo dos o tres días para poner fin a tales desórdenes y ver, en fin, qué partido se puede sacar de sus rentas.
-¿Tenéis un poco de valor, presidente? -le pregun­ta el marqués.
-Yo, pues depende -contesta Fontanis-; el valor es una virtud que se usa poco en nuestro ministerio.
-Sí, ya lo sé -responde el marqués-, con la fero­cidad tenéis bastante; os pasa con esa virtud, poco más o menos, como con todas las demás: os dais tal maña para desvirtuarlas que no os quedáis nunca de ellas más que con lo que las echa a perder.
-Bien, seguid con vuestros sarcasmos, marqués, pero os suplico que hablemos en serio y que dejemos los im­properios a un lado.
-Muy bien, hay que ir allí, tenemos que instalarnos en Téroze, destruir a los fantasmas, poner orden en vues­tras posesiones y regresar para que os podáis acostar con vuestra esposa.
-Un momento, señor, un momento, os lo ruego, no vayamos tan deprisa. ¿Habéis pensado en los peligros que entraña entrar en relación con seres semejantes? Un buen sumario, seguido de un decreto, valdría mucho más que todo eso.
-Bueno, ya estamos otra vez con sumarios, decre­tos… ¿A quién no excomulgáis también como los curas? ¡Armas atroces de la tiranía y de la estupidez! ¿Cuándo dejarán de creer todos esos hipócritas con faldas, todos esos pedantes con casaca, esos secuaces de Themis y de María, que su insolente charlatanería y su estúpida fun­ción pueden tener efecto alguno en el mundo? Entérate, hermano, de que no es con papeluchos con lo que hay que reducir a unos bribones tan atrevidos, sino con la es­pada, con pólvora y con balas; dispónte, pues, a morir de hambre o a tener el coraje de luchar contra ellos.
-Señor marqués, razonáis como coronel de dragones que sois; dejadme a mí que vea las cosas como magis­trado, persona sagrada e indispensable al Estado y que no se expone jamás a la ligera.
-¿Tú persona indispensable al Estado, presidente? Hacía mucho tiempo que no me reía, pero veo que tienes ganas de que me dé esa convulsión. ¿Y a qué santo te has creído, te lo ruego, que un hombre de oscura extracción por lo general, que un individuo siempre rebelde contra todo lo bueno que pueda desear su señor, al que no sirve ni con su bolsa ni con su persona, que se opone sin cesar a todos sus buenos propósitos, cuyo único fin es el de fo­mentar la división de los particulares, ahondar la del rei­no y vejar a los ciudadanos…, te repito, ¿cómo puedes creer que un ser semejante puede ser precioso para el Estado?
-Me niego a responder, pues de nuevo aparece la ironía.
-Muy bien, de acuerdo, amigo mío, me parece muy bien, de acuerdo, pero aunque tengas que cavilar duran­te treinta días sobre esta aventura, aunque tengas que re­cabar ridículamente la opinión de tus cofrades al respecto, seguiré diciéndote que no hay más solución que ir a ins­talarnos nosotros mismos a casa de esos tipos que tratan de impresionarnos.
El presidente puso aún algunas objeciones, se defendió con mil contradicciones más absurdas y pretenciosas las unas que las otras, y acabó por decidir con el marqués que partiría a la mañana siguiente con él y con dos lacayos de la mansión; el presidente propuso a La Brie, ya lo dijimos, no se sabe demasiado bien por qué, pero tenía gran con­fianza en ese muchacho. D’Olincourt, muy al corriente de los importantes asuntos que iban a retener a La Brie en el castillo durante su ausencia, contestó que era imposible llevarle con ellos, y al día siguiente, al despuntar el alba, se prepararon para ello, colocaron al presidente una vieja armadura que habían encontrado en el castillo, su joven esposa le puso el casco, deseándole toda suerte de ventu­ras, y le instó a volver lo antes posible para recibir de sus manos los laureles que marchaba a cosechar; él la besa tiernamente, monta a caballo y sigue al marqués. Por más que habían anunciado por los alrededores la mascarada que iba a tener lugar, el enjuto presidente, con su ridículo atavío militar, resultaba tan grotesco que fue acompaña­do, de un castillo al otro, de carcajadas y silbidos. Por todo consuelo, el coronel, que se mantenía lo más serio posi­ble, se acercaba a él de cuando en cuando y le decía:
-Ya lo veis, amigo mío, este mundo no es más que una farsa, o se es público o se es actor, o contemplamos la escena o la representamos.
-Sí, perfecto, pero ahí nos están silbando -contes­ta el presidente.
-¿De verdad? -respondía flemáticamente el mar­qués.
-No cabe la menor duda -replicaba Fontanis-, y reconoceréis que resulta muy duro.
-¿Por qué? -decía d’Olincourt-. ¿Acaso no estáis acostumbrado a esos pequeños desastres? ¿Creéis que a cada estupidez que cometéis en vuestros estrados orna­dos con flores de lis, el público no os silba también? Hechos por naturaleza para que se mofen de vosotros en vuestro oficio, trajeados de una manera ridícula que hace reír en cuanto se os ve, ¿cómo vais a imaginar que con tantas cosas desfavorables por un lado, os van a perdo­nar todas vuestras estupideces por el otro?
-¿No os gusta la toga, verdad, marqués?
-No os lo oculto, presidente; sólo me gustan las pro­fesiones útiles: todo aquel que no tiene talento más que para fabricar dioses o para matar hombres, me ha pare­cido siempre un individuo consagrado a la indignación pública y al que se le debe ridiculizar u obligar a que tra­baje a la fuerza. ¿No creéis, amigo mío, que con esos dos hermosos brazos que os ha dado la naturaleza, no seríais infinitamente más útil en un carro que en una sala de jus­ticia? En el primer caso haríais honor a todas las facul­tades que habéis recibido del cielo… En el segundo, no hacéis más que envilecerlas.
-Pero es necesario que haya jueces.
-Más valdría que no hubiera más que virtudes, po­drían adquirirse sin necesidad de jueces, con ellos se las pisotea por doquier.
-¿Y cómo queréis vos que se gobierne un Estado…?
-Con tres o cuatro sencillas leyes promulgadas en el palacio del monarca y observadas en cada clase por los ancianos de la clase en cuestión; de esa manera cada es­tamento tendría sus pares y un gentilhombre que fuera condenado no tendría que sufrir la espantosa afrenta de serlo por algún bellaco como tú, tan prodigiosamente le­jos de ser digno de ello.
-¡Oh!, todo eso nos llevaría a discusiones…
-Que van a acabar en seguida -interrumpió el mar­qués-, pues ya hemos llegado a Téroze.
Estaban, en efecto, entrando ya en el castillo; el granje­ro se presenta, se encarga de los caballos de sus señores y pasan a una sala en donde en seguida se ponen a discutir con él sobre los inquietantes hechos de aquella mansión.
Todos los días un ruido espantoso se dejaba oír por igual en todas las estancias de la casa, sin que se haya podido averiguar la causa; por las noches se había mon­tado guardia y varios campesinos contratados por el gran­jero, según afirmaban, habían sido terriblemente apa­leados y nadie se atrevía ya a exponerse. Pero resultaba imposible precisar qué se sospechaba; la opinión gene­ral era sencillamente que el espíritu que se aparecía era el de un antiguo arrendatario de aquella mansión, que ha­bía tenido la desgracia de perder su vida injustamente en el cadalso y que había jurado volver todas las noches y causar un terrible estrépito en la casa hasta poder tener la satisfacción de retorcer el cuello a un magistrado.
-Mi querido marqués -exclamó el presidente co­rriendo hacia la puerta-, me parece que mi presencia aquí es bastante inútil., nosotros no estamos acostum­brados a ese género de venganzas y preferimos, como los médicos, matar indiferentes a quien nos venga en gana sin que el difunto pueda protestar jamás.
-Un momento, hermano, un momento -responde d’ Olincourt, deteniendo al presidente que estaba decidi­do a salvarse-; acabemos de oír las explicaciones de este hombre -y dirigiéndose al granjero-: ¿Eso es todo, maese Pedro, no hay en todo este acontecimiento singu­lar ninguna otra particularidad que podáis señalarnos? ¿A todos los funcionarios sin excepción odia ese diablillo?
-No, señor-contestó Pedro-; el otro día dejó una nota sobre una mesa en la que decía que sólo detestaba a los prevaricadores; cualquier juez que sea integro no corre con él ningún peligro, pero no perdonará a aque­llos que, guiados únicamente por el despotismo, por la estupidez o por la venganza, hayan sacrificado a sus se­mejantes a la sordidez de sus pasiones.
-Bien, ya veis que debo irme de aquí-comentó el presidente, consternado-; en esta casa no existe la me­nor seguridad para mí.
-¡Ah!, miserable-le contesta el marqués-; conque ahora tus crímenes empiezan a hacerte estremecer…, ¿eh? Atentados contra el honor, destierros de diez años a causa de una partida de rameras, infames connivencias con otras familias, el dinero recibido por arruinar a un gentilhombre, y tantos otros desdichados sacrificios a tu furor o a tu inep­titud, esos son los fantasmas que ahora vienen a turbar tu imaginación, ¿verdad? ¡Cuánto darías en este momento por haber sido un hombre honrado toda tu vida! Que esta cruel situación te sirva de algo algún día, que te haga sentir por adelantado el horrible peso de los remordimientos y que te enseñe que no hay ni una sola felicidad mundana, por valiosa que nos pueda parecer, que valga lo que la tranquili­dad de espíritu y las satisfacciones de la virtud.
-Mi querido marqués, os pido perdón-dice el presi­dente con lágrimas en los ojos-; soy hombre perdido, no me sacrifiquéis, os lo suplico, y dejadme volver al lado de vuestra querida hermana que deplora mi ausencia y que nunca os perdonará los males a los que vais a entregarme.
-¡Cobarde! Cuánta verdad hay cuando se dice que la cobardía acompaña siempre a la falsedad y a la traición… No, tú no saldrás de aquí, ya no es tiempo de volverse atrás; mi hermana no tiene más dote que este castillo; si quieres disfrutarlo, hay que limpiarlo de esos bribones que lo ensucian. Vencer o morir, no hay término medio.
-Os ruego que me disculpéis, querido hermano; pero sí que hay un termino medio: escapar de aquí a toda pri­sa y renunciar a todos esos beneficios.
-Vil cobarde, ¿así es como queréis a mi hermana, prefieres verla consumirse en la miseria que combatir para salvar su herencia…? ¿Quieres que le diga a la vuel­ta que esos son los sentimientos que le profesas?
-¡Cielos, a qué horrible estado me veo reducido!
-Vamos, vamos, recobra el valor y prepárate para lo que se espera de nosotros.
Sirvieron la cena, el marqués quiso que el presidente cenara con la armadura completa; maese Pedro comió con ellos, afirmó que hasta las once de la noche no había ab­solutamente nada que temer, pero que a partir de ese mo­mento, hasta el amanecer, el lugar era indefendible.
-Pues nosotros vamos a defenderlo—contestó el mar­qués-, y aquí tenéis a un bravo camarada de quien os respondo como de mí mismo. Estoy seguro de que no nos abandonará.
-No respondamos de nada hasta ver qué pasa -re­plicó Fontanis-; yo soy un poco como César, lo con­fieso, el valor en mí es muy voluble.
Mientras tanto, pasaron el tiempo que quedaba reco­nociendo los alrededores, paseando, haciendo cuentas con el granjero, y cuando se hizo de noche el marqués, el presidente y sus dos criados se repartieron el castillo.
Al presidente le tocó un gran dormitorio, flanqueado por dos siniestras torres cuya sola visión le hacía estremecer de antemano: era por allí precisamente por donde, según decían, el espíritu iniciaba su ronda, con lo que iba a to­parse con él antes que nadie; un valiente hubiera gozado ante esta halagadora perspectiva, pero el presidente, que, como todos los presidentes del universo y los presidentes provenzales en particular, no era valiente ni por asomo, se dejó llevar de tal acto de debilidad al conocer la noticia, que tuvieron que cambiarle de pies a cabeza; ninguna me­dicina hubiera tenido un efecto más fulminante. Le vuel­ven a vestir, le arman de nuevo, le dejan dos pistolas sobre la mesa de su alcoba, le colocan en las manos una lanza de quince pies de largo por lo menos, le encienden tres o cua­tro velones y le abandonan a sus reflexiones.
-Oh, desdichado Fontanis—exclamó al verse solo­- ¿Qué genio del mal te ha conducido a esta galera? No po­días haber encontrado en tu provincia a alguna joven que valiera más que ésta y que no te hubiera acarreado tantos sinsabores? Tú lo has querido, pobre presidente, tú lo has querido, amigo mío, y aquí estas, te sentiste tentado por una boda en París y ya ves en lo que acaba… Pobrecito, a lo mejor vas a morir aquí como un perro sin poder ni si­quiera confesar y comulgar y entregar tu alma a un sa­cerdote… Estos malditos incrédulos, con su equidad, con sus leyes de la naturaleza y su filantropía, parece como si el paraíso fuera a abrírseles cuando pronuncian esas tres impresionantes palabras… Menos naturaleza, menos equi­dad y menos filantropía, firmemos decretos, desterremos, quememos, condenemos a la rueda y vayamos a misa, más valdría esto que todo lo demás. Este d’Olincourt in­siste furiosamente en el proceso de aquel gentilhombre al que juzgamos el año pasado; debe de haber algún tipo de parentesco que yo ni sospechaba… Pues que, ¿no se trataba de un asunto escandaloso, no vino un criado de trece años, al que habíamos sobornado, a decirnos, por­que nosotros queríamos que nos lo dijese, que aquel hom­bre se dedicaba a matar prostitutas en su castillo, no nos contó un cuento de Barba Azul con el que las nodrizas no pretendieran hoy en día dormir a sus criaturas? Tratándose de un crimen tan importante como es el asesinato de una ramera…, un delito probado de forma tan concluyente como es la declaración de un niño de trece años al que hi­cimos que le dieran cien latigazos porque no quería de­cir lo que queríamos nosotros, no me parece a mí que sea obrar con excesivo rigor hacer las cosas como las hici­mos. ¿Es que se necesitan cien testigos para cerciorarse de un delito; no basta una simple relación? ¿Acaso tu­vieron tantos miramientos nuestros doctos colegas de Toulouse cuando condenaron a la rueda a Calas? Si no castigásemos más que aquellos crímenes de los que esta­mos seguros, no tendríamos el placer de arrastrar al ca­dalso a nuestros semejantes ni cuatro veces en todo un si­glo, y sólo eso hace que seamos respetados. Desearía que me explicaran qué sería un parlamento cuya bolsa estu­viera siempre abierta para las necesidades del Estado, que no presentara nunca ninguna queja, que registrara todos los delitos y que no matara nunca a nadie… Eso sería una asamblea de necios a la que no se le haría el menor caso en la nación… Valor, presidente, valor, no has hecho más que cumplir con tu deber, amigo mío; deja que griten los enemigos de la magistratura, no podrán destruirla; nuestro poderío, establecido a costa de la blandura de los reyes, du­rará tanto como la monarquía, y ya puede Dios velar por los soberanos para que no acabe derribándolos; unos cuan­tos descalabros más como los del reinado de Carlos VII y la monarquía, destruida al fin, dará paso a esa forma de go­bierno que ambicionamos desde hace tanto tiempo y que al elevarnos al pináculo como el senado de Venecia, pon­drá en nuestras manos, como poco, las cadenas con que tan ardientemente deseamos aplastar al pueblo.
Así razonaba el presidente, cuando un ruido espantoso se dejó oír a un mismo tiempo en todas las habitaciones y en todos los corredores del castillo… Un escalofrío uni­versal se apodera de él, se arrebuja sobre la silla y apenas se atreve a levantar los ojos. ¡Seré insensato! -excla­ma-. ¡Que yo, que un miembro del Parlamento de Aix tenga que luchar contra unos espíritus! ¿Qué tuvisteis nun­ca que ver con el Parlamento de Aix? Entre tanto el ruido aumenta, las puertas de las dos torres se vienen abajo, ate­rradoras figuras penetran en la habitación… Fontanis se arroja al suelo, implora que le perdonen, suplica por su vida.
-Miserable-le contesta uno de los fantasmas con pavorosa voz-. ¿Acaso supo tu corazón qué era la com­pasión cuando condenaste injustamente a tantos desgra­ciados, su espantosa suerte te conmovió, acaso te sentí-as menos orgulloso, menos glotón, menos crapuloso el día que tus injustas sentencias hundían en el infortunio o en la sepultura a las víctimas de tu estúpido rigorismo? ¿Y de dónde provenía en ti esa temeraria impunidad de tu momentáneo poder, de esa fuerza ilusoria que por un momento corrobora la opinión y que al punto destruye toda filosofía…? Sufre que nos guiemos por los mismos principios y sométete, pues eres el más débil.
Tras estas palabras, cuatro de estos espíritus físicos agarran con fuerza a Fontanis y al instante le dejan des­nudo como la palma de la mano, sin obtener otra cosa más que sollozos, gritos y un sudor fétido que le cubría de pies a cabeza.
-¿Qué hacemos ahora con él?-pregunta uno de ellos. -Espera-le contesta el que parecía el jefe-, aquí tengo la lista de los cuatro principales asesinatos que ha cometido jurídicamente, vamos a leérsela.
En 1750, condenó a la rueda a un desdichado que no había cometido más delito que negarle a su hija, a la que el miserable quería violar,
En 1754, propuso a un hombre salvarle por dos mil es­cudos; al no podérselos pagar, hizo que le ahorcaran.
En 1760, al enterarse de que un hombre de su ciudad había hecho algunos comentarios sobre él, le condenó a la hoguera al año siguiente, acusándole de sodomía, aun­que el desventurado tenía mujer y un tropel de hijos, co­sas todas ellas que desmentían su crimen.
En 1772, un joven de elevado rango de la provincia qui­so, por una venganza trivial, dar una zurra a una cortesana que le había jugado una mala pasada, y este indigno cerní­calo convirtió la broma en un asunto criminal, lo conside­ró asesinato, envenenamiento, arrastró a todos sus cofrades a esta ridícula opinión, perdió al joven, le arruinó y, no ha­biendo podido atraparle, le hizo condenar en rebeldía.
Estos son sus principales crímenes; decidid, amigos míos.
-El talión, señores, el talión; ha condenado injusta­mente a la rueda, pues yo quiero que a la rueda se le con­dene.
-Yo propongo la horca-dijo otro-y por los mis­mos motivos que mi colega.
-Que sea quemado -dice un tercero- por haber empleado ese suplicio sin motivo alguno y por haberlo merecido él mismo tantas veces.
-Démosle ejemplo de clemencia y de moderación, camaradas -dice el jefe-, y sigamos nuestro texto nada más que en la cuarta aventura: azotar a una ramera es un crimen digno de muerte, en opinión de este cernícalo im­bécil, pues que sea azotado.
Entonces agarran al desdichado presidente, le tumban boca abajo sobre un estrecho banco, le agarrotan de los pies a la cabeza; los cuatro etéreos espíritus cogen cada uno una correa de cuero de una longitud de cinco pies y la dejan caer cadenciosamente y con toda la fuerza de sus brazos sobre los desnudos miembros del desgraciado Fontanis, que, lacerado tres cuartos de hora seguidos por las vigoro­sas manos que se encargan de su educación, pronto no es más que una llaga de la que brota sangre por todas partes.
-Ya basta-dice el jefe-; ya lo dije antes, démosle ejemplo de compasión y de cómo hacer el bien; si el bri­bón nos atrapara nos haría descuartizar; pero ahora le te­nemos a él, despidámonos con este correctivo fraternal y que aprenda en nuestra escuela que no siempre se hace mejores a los hombres asesinándoles; no ha recibido más que quinientos latigazos, pero apuesto al que quiera que ya está escarmentado de sus injusticias y que en el futu­ro va a ser uno de los magistrados más íntegros de su gre­mio; soltadle y continuemos nuestras operaciones.
-Ouf -exclamó el presidente cuando vio que sus verdugos se habían ido-. Ahora veo que si entramos con saña en los actos del prójimo, si tratamos de exage­rarlos por el placer de castigarlos, ahora veo que nos lo devuelven en seguida. ¿Y quién habrá contado a esa gen­te todo lo que yo he hecho? ¿Cómo es que estaban tan bien informados de mi conducta?
Fuere como fuese, Fontanis se arregla como puede, pero apenas se ha puesto su traje de nuevo cuando oye unos es­pantosos gritos por el lado por donde los espectros habí­an salido de su habitación; aguza el oído y reconoce la voz del marqués pidiendo socorro con todas sus fuerzas.
-¡Que el diablo me lleve si doy un paso! -dice el vapuleado presidente-. Que esos pillos le zurren como a mí si les apetece; no pienso intervenir, cada uno tiene ya bastante con sus propias querellas para meterse en las de los demás.
Mientras tanto el ruido va creciendo, y d’Olincourt en­tra al fin en el aposento de Fontanis, seguido por sus dos sirvientes y poniendo los tres el grito en el cielo, como si les hubieran degollado: los tres venían cubiertos de sangre, uno llevaba un brazo en cabestrillo, otro una ven­da en la frente y se habría jurado al verles pálidos, des­greñados y ensangrentados, que acababan de batirse con­tra una legión de diablos escapados del infierno.
-Oh, amigo mío, ¡qué asalto! -exclama d’Olin­court-. ¡Creí que nos iban a estrangular a los tres!
-Apuesto a que no estáis más maltrechos que yo -res­ponde el presidente, mostrándoles su magullado lomo-. Mirad cómo me han tratado.
-Oh, a fe mía, amigo -le contesta el coronel-, por una vez os veis en el caso de poder presentar una querella justa; no ignoráis el vivo interés que vuestros colegas han mostrado a lo largo de los siglos por los traseros flagela­dos; convocad a las cámaras, amigo mío, buscad a algún célebre abogado que quiera desplegar su elocuencia en fa­vor de vuestras nalgas magulladas; usando el ingenioso ar­tificio con el que un orador antiguo conmovía al areópago al descubrir ante los ojos del tribunal los soberbios senos de la bella a la que defendía; que vuestro Demóstenes des­cubría esas atractivas nalgas en el momento más patético de su alegato, que hagan enternecer al auditorio; recordad en especial a los jueces de París ante los que os veréis obli­gado a comparecer, aquella famosa aventura de 1769, en la que su corazón, mucho más conmovido por el azotado trasero de una buscona que por el pueblo del que se dicen padres y al que dejan, no obstante, morir de hambre, les in­dujo a abrir un proceso criminal contra un joven militar que, al volver de sacrificar sus mejores años al servicio del príncipe, no encontró otros laureles a su regreso que la hu­millación perpetrada por la mano de uno de los mayores enemigos de esa misma patria que venía de defender… Vamos, querido camarada de infortunio, démonos prisa, partamos, no hay ninguna seguridad para nosotros en este maldito castillo, corramos a vengarnos, volemos a implo­rar la equidad de los protectores del orden público, de los defensores del oprimido y de los pilares del Estado.
-Yo no puedo tenerme en pie-contesta el presiden­te, y además esos malditos bribones me volverían a mon­dar como a una manzana; os ruego que hagáis que me traigan una cama, y que me dejéis tranquilo en ella al menos veinticuatro horas.
-Ni se os ocurra, amigo mío, os estrangularán.
-Que lo hagan, me lo tendré merecido, pues los re­mordimientos se despiertan ahora con tanta fuerza en mi corazón, que tendría por una orden del cielo todas aque­llas desgracias que le plazca enviarme.
Como el estruendo había cesado por completo y d’Olincourt vio que realmente el pobre provenzal nece­sitaba algo de descanso, mandó llamar a maese Pedro y le preguntó si había que temer que aquellos bribones vol­viesen de nuevo a la noche siguiente.
-No, señor -contestó el granjero-; ahora se esta­rán quietos durante ocho o diez días y podréis descansar con absoluta tranquilidad.
Condujeron al tundido presidente a una alcoba en la que se acostó y descansó como pudo una buena docena de ho­ras; allí seguía cuando de repente se sintió mojado en la cama; levanta la vista y ve que el techo está horadado por mil agujeros por los que caía un raudal de agua que ame­nazaba con inundarle si no se levantaba a toda prisa; baja velozmente y completamente desnudo a las salas del pri­mer piso, en donde encuentra al coronel y a maese Pedro olvidando sus penas alrededor de un pastel y de una mon­taña de botellas de vino de Borgoña; su primer impulso fue reírse al ver correr hacia ellos a Fontanis, con un atuendo tan indecente; él les contó sus nuevos infortunios y le hi­cieron sentar a la mesa sin darle tiempo para ponerse sus calzones, que seguía sujetando bajo el brazo como hacen los habitantes del Pégu. El presidente se puso a beber y ha­lló consuelo para sus males al término de la tercera botella de vino; como aún les sobraban dos horas antes de tener que regresar a Olincourt, prepararon los caballos y partieron.
Duro aprendizaje, marqués, el que me habéis hecho hacer aquí-dice el provenzal, ya en la silla.
-Y no será el último, amigo mío -le contesta D’Olin­court-; el hombre ha nacido para superar pruebas y los hombres de leyes más que nadie; bajo el armiño es don­de la estupidez erigió su templo y no respira en paz más que en vuestros tribunales; pero aparte de lo que podáis objetar, ¿era necesario abandonar el castillo sin averiguar lo que allí ocurría?
-¿Acaso hemos ganado algo con saberlo?
-Por supuesto, ahora podemos presentar vuestra que­rella con mucho mas fundamento.
-¿Querella? Que me lleve el diablo si presento algu­na, me guardaré, lo que me ha tocado en suerte y os esta­ré infinitamente agradecido si no le habláis a nadie de ello.
-Amigo mío, no sois consecuente; si es ridículo pre­sentar una querella cuando le molestan a uno, ¿por qué las estáis siempre buscando, por qué la recomendáis sin cesar? ¡Cómo! Vos que sois uno de los mayores enemi­gos del crimen, ¿queréis que quede impune cuando ha quedado tan manifiesto? ¿No es uno de los mayores axio­mas de la jurisprudencia suponer que aunque la parte le­sionada de su desistimiento, resulta de ello una satisfac­ción para la justicia? ¿No ha sido visiblemente violada con todo lo que os acaba de suceder? ¿Vais a rehusarle el legítimo incienso que ella exige?
-Todo lo que queráis, pero no diré una sola palabra.
-¿Y la dote de vuestra esposa?
-Confiaré en la equidad del barón y le encargaré la tarea de limpiar esta afrenta.
-Él no se meterá en esto.
-Muy bien, pues comeremos mendrugos.
-¡El valiente! Conseguiréis que vuestra esposa os maldiga y se arrepienta toda su vida de haber unido su suerte a la de un cobarde de vuestra especie.
-Oh, sí, me parece que remordimientos vamos a te­ner muchos cada uno por su parte, pero, ¿por qué que­réis que yo presente ahora una denuncia cuando tanto lo desaprobabais antes?
-Yo no sabía de lo que se trataba; mientras pensé que se podía vencer sin ayuda de nadie elegí esa solución como la más sensata, y ahora, cuando me parece indispensable reclamar en nuestro favor el apoyo de las leyes os lo pro­pongo. ¿Qué hay de inconsecuente en mi conducta?
De maravilla, de maravilla -contesta Fontanis des­montando, pues ya habían llegado a Olincourt-; pero os ruego no decir una sola palabra, es el único favor que os pido.
Aunque no habían estado ausentes más que dos días, en casa de la marquesa había muchas novedades; la señorita de Téroze estaba en cama, una presunta indisposición provo­cada por la inquietud, por la angustia de saber a su marido en peligro la retenía en el lecho desde hacía veinticuatro ho­ras: un atractivo camisón, veinte varas de gasa alrededor de su cabeza y de su cuello…, una palidez verdaderamente con­movedora que, al hacerla cien veces aún más hermosa, rea­vivó los ardores del presidente a quien la pasiva flagelación que acaba de sufrir inflamaba aún más el físico. Delgatz se hallaba junto al lecho de la enferma y advirtió a Fontanis en voz baja que ni siquiera diera muestras de deseo en la dolo­rosa situación en que se encontraba su mujer; el momento crítico había sobrevenido en el período de la menstruación, se trataba nada menos que de una hemorragia.
-Diablos -exclama el presidente-, bien desdicha­do tengo que ser, acabo de hacerme desollar por esta mu­jer, y desollar de mano maestra, y aún se me priva del pla­cer de tomarme la revancha con ella. Por lo demás, la población del castillo se había incrementado con tres per­sonajes de los que es indispensable dar cuenta. El señor y la señora de Totteville, gente acomodada de los alrede­dores, que traían con ellos a la señorita Lucila de Totte­ville, su hija, jovencita morena y despabilada de unos die­ciocho años de edad y que en nada desmerecía junto a los lánguidos encantos de Téroze.
[A fin de no tener por más tiempo en suspenso al lec­tor, vamos a indicarle en seguida quiénes eran estos tres nuevos personajes que habían sido reclutados para la es­cena, bien para posponer su desenlace o bien para con­ducirla con mayor seguridad al fin propuesto. Totteville era uno de esos arruinados caballeros de Saint-Louis que arrastran su orden por el fuego por unas cuantas cenas o por unos cuantos escudos y que aceptan con indiferencia cualquier papel que les propongan interpretar; su presunta mujer era una antigua aventurera en otro campo que, no teniendo ya edad para comerciar con sus encantos, se des­quitaba traficando con los de los demás; en cuanto a la bella princesa que pasaba por hija suya, teniendo en cuen­ta a semejante familia, fácil es imaginar a qué genero per­tenecía: discípula de Paphos desde su infancia, ya había arruinado a tres o cuatro recaudadores de impuestos y era por su arte y por sus atractivos por lo que se la había es­pecialmente adoptado; sin embargo, cada uno de estos personajes, escogidos de entre lo mejor que ofrecía su es­pecie, con gran estilo, adiestrados a la perfección y po­seyendo eso que se llama el barniz del buen tono, cum­plía inmemorablemente lo que se esperaba de ellos, y resultaba difícil, al verles en compañía de caballeros y de damas de elevada condición, no creer que también ellos lo fueran.]
Apenas entró el presidente, la marquesa y su herma­na le pidieron informes de su aventura.
-No es nada-respondió el marqués, siguiendo las instrucciones de su cuñado–; es una cuadrilla de bribo­nes que serán reducidos tarde o temprano, habrá que sa­ber lo que el presidente decida al respecto; para todos nosotros será un placer intercambiar opiniones con él.
Y como d’Olincourt se había apresurado a advertir en voz baja de sus éxitos y del deseo que tenía el presidente de que se relegasen al olvido, la conversación cambió de tema y no se volvió a hablar de los aparecidos de Téroze.
El presidente testimonió toda su inquietud a su mujer­cita y más aún el extremo pesar que sentía porque aque­lla maldita indisposición hubiera aún de aplazar el ins­tante de su felicidad. Y como era tarde cenaron y se fueron a acostar sin que aquel día ocurriera nada extraordinario.
El señor de Fontanis, que, como buen leguleyo, aña­día al cúmulo de sus buenas cualidades una extraordi­naria inclinación por las mujeres, descubrió, no sin cier­ta veleidad, a la joven Lucila en el círculo de la marquesa de d’Olincourt; empezó por informarse, por medio de su confidente La Brie, sobre quién era la joven en cuestión, y éste, tras contestarle de forma que alentaba el amor que veía nacer en el corazón del magistrado, le instó a seguir adelante.
Es una joven de calidad -le contestó el pérfido con­fidente-, pero no por eso está a salvo de una proposi­ción amorosa de un hombre de vuestra índole. Señor pre­sidente-prosiguió el joven bribón-, vos sois el espanto de los padres y el terror de los maridos, y por muchos propósitos de sensatez que una persona del sexo feme­nino se haya podido fijar, muy difícil es que se muestre rigurosa con vos. Dejando a un lado la figura, y aunque sólo contara vuestra profesión, ¿qué mujer puede resis­tirse a los encantos de un servidor de la justicia, con es­ta gran toga negra, con este birrete cuadrado? ¿Acaso creéis que no se dice todo esto?
-Es cierto que es muy difícil defenderse de nosotros, a nuestras órdenes tenemos a cierto personaje que fue siempre el terror de las virtudes… Tú crees entonces, La Brie, que si yo dijera una palabra…
-Capitularía, no lo dudéis.
-Pero habría que guardarme el secreto. Bien sabes que en la situación en que me hallo es muy importante para mí no dar los primeros pasos con mi mujer con una infidelidad.
-¡Oh, señor!, la hundiríais en la desesperación, con la ternura que siente por vos.
-Sí, ¿crees que me ama un poco?
-Os adora, señor, y engañarla sería un crimen.
-Sin embargo, ¿crees que por otra parte…?
-Vuestros intereses progresarán de modo infalible, si así lo creéis; es sólo cuestión de actuar.
-¡Oh, mi querido La Brie!, me colmas de alegría. ¡Qué placer manejar dos intrigas al mismo tiempo y en­gañar a dos mujeres a la vez! ¡Sí, engañar, amigo mío, engañar! ¡Qué voluptuosidad para un hombre de la ley!
Como consecuencia de estos estímulos, Fontanis se arregla, se emperifolla, se olvida de los latigazos que le abren las carnes, y mientras engatusa a su mujer, que si­gue guardando cama, apunta sus baterías hacia la astuta Lucila, que, tras escucharle al principio con pudor, va poco a poco poniéndole buena cara.
Cuatro días aproximadamente duraba ya esta intriga sin que nadie pareciese reparar en ella cuando se reci­bieron en el castillo avisos de las gacetas y de los mer­curios invitando a todos los astrónomos a observar a la noche siguiente el paso de Venus bajo el signo de Capricornio.
-¡Oh, diablos, singular acontecimiento!-comentó el marqués como versado en ello nada más leer la noti­cia-. No me hubiera esperado nunca este fenómeno. Poseo, como sabéis, señoras, algunas nociones de esta ciencia; incluso yo mismo he escrito una obra en seis vo­lumenes sobre los satélites de Marte.
-¿Sobre los satélites de Marte? -contestó la mar­quesa con una sonrisa-. Pues no os son muy propi­cios, presidente; me asombra que hayáis escogido esa materia.
-Siempre bromeando, adorable marquesa; veo que mi secreto no ha sido guardado. Bien, sea como sea, sien­to mucha curiosidad por el acontecimiento que nos anun­cian… ¿Y tenéis aquí algún sitio, marqués, a donde po­damos ir para observar la trayectoria de ese planeta?
-Desde luego -respondió el marqués-. ¿Acaso no hay encima de mi palomar un observatorio muy bien equipado? En él encontraréis magníficos telescopios, cuartos de círculo, compases, en una palabra, todo lo que caracteriza a un gabinete de astronomía.
-¡Con que sois un poco del oficio!
-No, en absoluto, pero uno tiene ojos como cual­quiera, se tropieza con personas cultas y uno se alegra, por ellas, de estar instruido.
-Muy bien, para mí será un placer daros algunas lec­ciones en seis semanas; os enseñaré a conocer la tierra mejor que Descartes o Copérnico.
Mientras tanto llega el momento de trasladarse al ob­servatorio: el presidente estaba desolado porque la in­disposición de su esposa fuera a privarle del placer de hacerse el erudito delante de ella, sin sospechar, el po­bre diablo, que era ella quien iba a representar el papel principal en esta singular comedia.
Aunque los globos no fuesen conocidos por el públi­co, eran ya conocidos en 1789, y el hábil físico que ha­bía ingeniado este del que vamos a hablar, más sabio que ninguno de los que le siguieron, tuvo el buen sentido de quedar se mirando como los demás y de no decir una sola palabra cuando unos intrusos fueron a robarle su descu­brimiento. En el centro de un aerostato perfectamente construido, a la hora fijada, la señorita de Téroze debía elevarse en brazos del conde de Elbene, y esta escena, vista desde muy lejos e iluminada tan sólo por una luz artificial y tenue, había de ser lo bastante bien represen­tada como para impresionar a un necio como el presi­dente, que no había leído en toda su vida ni una sola obra sobre la ciencia de la que se jactaba.
Todo el grupo sube a lo alto de la torre, se proveen de catalejos y el globo se eleva.
-¿Lo veis?-se preguntan unos a otros.
-Todavía no.
-Si, ya lo tengo, lo veo.
-No, no es eso.
-Perdonad, a la izquierda, a la izquierda; poneos mi­rando hacia el Oriente.
-¡Ah, ya lo tengo! -exclama el presidente entu­siasmado-. ¡Ya lo tengo, amigos míos! Haced lo que yo haga… Un poco más cerca de Mercurio, no tan lejos como Marte, muy por encima de la elipse de Saturno. Allí está, ¡ah, gran Dios! ¡Qué hermoso es!
-Lo estoy viendo como vos -dice el marqués-. Realmente es algo soberbio. ¿Podéis ver la conjunción?
-La tengo al extremo de mi lente…
Y el globo pasa en este momento por encima de la torre.
-¿Y bien? -pregunta el marqués-. ¿Estaban equi­vocados los avisos que recibimos? ¿No está aquí Venus por encima del Capricornio?
-Sin lugar a dudas-responde el presidente-. Es el espectáculo más hermoso que he visto en toda mi vida.
-Quién sabe -añadió el marqués- si tendréis que subir tan arriba para verlo a vuestro gusto.
-¡Ah, marqués! ¡Qué fuera de lugar están vuestras bromas en un momento tan sublime!
Y cuando el globo se perdió en la oscuridad, todos ba­jaron contentísimos por el alegórico fenómeno que el arte acababa de prestar a la naturaleza.
-Estoy verdaderamente desolado porque no hayáis venido a compartir con nosotros el placer que nos ha pro­porcionado este acontecimiento -aseguró al volver el señor de Fontanis a su esposa, a la que halló de nuevo en su lecho-. Es imposible contemplar nada más hermoso.
-Os creo -responde la joven-, pero me han dicho que había en todo ello tal cantidad de cosas indecentes que, en el fondo, no siento en absoluto no haber visto nada.
-¿Indecentes? -replica el presidente con una sonri­sa burlona, llena de encanto-. ¡Oh, no!, en absoluto; es una conjunción. ¿Acaso hay algo en la naturaleza que no lo sea? Es lo que tanto me gustaría que sucediera al fin entre nosotros, y que se llevara a efecto en cuanto lo de­seéis. Pero decidme, en honor a la verdad, dueña sobe­rana de mis pensamientos… No es bastante tener en sus­penso a vuestro esclavo? ¿No vais a concederle pronto la recompensa a sus pesares?
-¡Ay, ángel mío! -le responde amorosamente su jo­ven esposa-. Creed que lo procuro con tanta ansiedad como vos, por lo menos, pero ya veis mi estado… Y lo veis sin lamentarlo, cruel, aunque sea obra vuestra del principio al fin: no os atormentéis tanto por lo que os in­teresa y antes me repondré.
El presidente se sentía ponlas nubes al verse lisonjea­do de esta forma; se pavoneaba, erguía la cabeza. Jamás picapleitos alguno, ni siquiera los que acaban de colgar a alguien, había mostrado nunca un cuello tan estirado. Pero como, con todo ello, los obstáculos se multiplica­ban por el lado de la señorita de Téroze, mientras que por el de Lucila, por el contrario, todo eran mieles, Fontanis no dudó en preferir los mirtos floridos del amor a las tardías rosas del himeneo. La una no se me puede escapar-decía para sí-, la tendré siempre que me ape­tezca, pero la otra a lo mejor no se queda aquí más que un momento.
Hay que darse prisa y sacarle partido, y de acuerdo con estos principios Fontanis no desperdiciaba ninguna oca­sión que pudiera servir a sus intrigas.
-¡Ay, señor!-le decía un día esta joven con fingido candor-. ¿No me convertiré en la más desdichada de las criaturas si os concedo lo que me pedís…? Compro­metido como vos lo estáis, ¿podréis alguna vez reparar el daño que infringiríais a mi reputación?
-¿Qué queréis decir con reparar? No se repara nada en esos casos, es lo que se llama arar en el mar; no ten­dremos más que reparar uno que otro. Con un hombre casado no hay nunca nada que temer, porque él es el pri­mer interesado en el secreto, y así, pues, eso no os im­pedirá encontrar un marido.
-Y la religión y el honor, señor…
-Todo eso son pamplinas, corazón mío; bien veo que sois como una Inés y que necesitáis pasar algún tiempo en mi escuela. ¡Ah, cómo voy a hacer que desaparezcan todos esos prejuicios de la infancia!
-Pero yo creía que vuestra condición os obligaba a respetarlos.
-Pues claro que sí, por fuera; nosotros no tenemos para nosotros más que el exterior; hay que impresionar con él al menos, pero una vez despojados de ese vano de­coro que nos obliga a ciertos miramientos nos parecemos en todo al resto de los mortales. ¡Oh!, ¿cómo podríais creernos libres de sus vicios? Nuestras pasiones, mucho más encendidas por el relato o la continua pintura de las de los demás, no nos hacen diferentes más que por los ex­cesos que ellos no saben apreciar y que constituyen nues­tras delicias diarias; al amparo casi siempre de las leyes con que hacemos temblar al prójimo, esa impunidad nos inflama y nos va haciendo más y más alevosos…
Lucila escuchaba todas estas futilidades, y a pesar del horror que le inspiraban el físico y la moral de este abo­minable personaje, seguía dándole facilidades, pues sólo con esa condición le había sido prometida la recompensa. Cuanto más progresaban los amoríos del presidente, más insoportable le iba volviendo su fatuidad: no hay en el mundo nada tan divertido como un picapleitos enamora­do; es el cuadro más acabado de la torpeza, de la imperti­nencia y de la necesidad. Si el lector ha visto en alguna ocasión a un pavo cuando se dispone a multiplicar su es­pecie, ya tiene la idea más cabal del esbozo que querría­mos ofrecerle. Por más esfuerzos que hacía por disimular, un día en que su insolencia le había puesto, no obstante, demasiado al descubierto, el marqués quiso emprenderla con él en la mesa y humillarle delante de su diosa.
-Presidente -le dijo-, acabo de recibir ciertas no­ticias que os habrán de afligir.
-¿Cuáles, pues?
-Se asegura que el Parlamento de Aix va a ser supri­mido; el pueblo se queja de que es inútil. A Aix le hace mucha menos falta un Parlamento que a Lyon, y esta ul­tima ciudad, demasiado alejada como para depender de París, englobará a toda la Provenza; la domina y está muy convenientemente situada para albergar en su seno a los jueces de una provincia tan importante.
Ese arreglo carece de sentido común. Es acertado. Aix está en el fin del mundo; un provenzal, viva donde viva, siempre preferirá ir a Lyon para sus asuntos que a vuestro lodazal de Aix. Caminos espantosos, ni un solo puente so­bre ese Durance que, como vuestras cabezas, se sale de sus cauces nueve meses al año, y además, no os lo voy a ocul­tar, ciertos fallos particulares. Ante todo se censura vues­tra composición; no hay, según se afirma, ni un solo indi­viduo en todo el Parlamento de Aix que tenga un nombre… Comerciantes de atún, marineros, contrabandistas; en una palabra, una cuadrilla de picaros despreciables con los que la nobleza no quiere tener el menor trato y que oprime al pueblo para resarcirse del descrédito en que vive: zopen­cos, imbéciles… Perdonad, presidente, os digo lo que me han comunicado; después de cenar os dejaré la carta para que la leáis. Unos bellacos, en suma, que llevan el fanatis­mo y el escándalo hasta el punto de dejar en su ciudad, como prueba inequívoca de su integridad, un patíbulo siem­pre levantado, que no es sino un monumento de su zafio rigorismo, cuyas piedras debería arrancar el pueblo para lapidar a esos insignes verdugos que con tanta insolencia aún se atreven a imponerle su yugo; uno se extraña de que no lo haya hecho todavía, y parece ser que no va a tardar demasiado… Un sinnúmero de injustas detenciones, una afectación de severidad cuyo único objeto es el de permi­tirse todos los crímenes legales que les viene en gana per­petrar y otras cosas, en fin, mucho más serias que habría que añadir a todo esto… Se llega a decir abiertamente que son encarnizados enemigos del Estado y que lo han sido en todas las épocas. El público horror que inspiraron vues­tros excesos de Mérindol aún no se ha extinguido en los corazones. ¿No ofrecisteis en aquella ocasión el espectá­culo más espantoso que se pueda describir? ¿Puede uno imaginar sin estremecerse a los depositarios del orden, de la paz y de la justicia asolando la provincia como enlo­quecidos, con una antorcha en una mano y el puñal en la otra, quemando, matando, violando y masacrando cuanto se les ponía por delante, como una partida de tigres enfu­recidos escapados de la selva? ¿Es propio de unos magis­trados conducirse de esa manera? Se recuerdan asimismo varias circunstancias en las que os negasteis obstinada­mente a socorrer al rey en sus necesidades, y en diversas ocasiones estuvisteis más dispuestos a sublevar a la pro­vincia que a permitir que se os incluyera en la nómina de contribuyentes. ¿Creéis que está olvidada aquella desdi­chada época en que, sin que os amenazara peligro alguno, fuisteis, a la cabeza de los habitantes de vuestra ciudad, a entregar sus llaves al condestable de Borbón, que había traicionado a su rey, y aquella otra, cuando temblando nada más que por la proximidad de Carlos V, os apresurasteis a rendirle homenaje y a hacerle entrar dentro de vuestros mu­ros? ¿No es bien sabido que fue en el seno del Parlamento de Aix donde se sembraron las primeras semillas de la Liga, y que en todos los tiempos no fuisteis más que unos fac­ciosos, unos rebeldes, unos asesinos o unos traidores? Vosotros lo sabéis mejor que nadie, señores magistrados provenzales: cuando se desea perder a alguien se averigua todo cuanto haya podido hacer anteriormente; se sacan a relucir sus antiguas faltas para agravar la suma de las nue­vas. No os extrañéis, pues, de que se comporten con vos como vos hicisteis con los desgraciados que inmolasteis en aras de vuestra pedantería. Aprended, mi querido pre­sidente, que ultrajar a un ciudadano honrado y pacífico no le está más permitido a una corporación que a un particu­lar, y si ese gremio persiste en una insensatez semejante, que no se sorprenda cuando vea alzarse contra él todas las voces, apelando a los derechos del débil y de la virtud en contra del despotismo y de la iniquidad.
El presidente, sin poder soportar estas acusaciones ni tampoco responder a ellas, se levantó de la mesa como un poseso, jurando que iba a abandonar la casa. Tras el espectáculo de un picapleitos enamorado no existe nada tan irrisorio como el de un picapleitos encolerizado; los músculos de su rostro, naturalmente moldeados por la hi­pocresía, forzados a pasar de súbito a las contorsiones de la ira, sólo lo van consiguiendo mediante violentas gra­daciones cuya evolución es sumamente cómica de ver. Cuando ya se habían divertido bastante con su arrebato de despecho, como aún no se había llegado a la escena que debía, o al menos eso esperaban, librarles de él para siempre, se esforzaron en tranquilizarle, acudieron junto a él y le apaciguaron. Olvidando con notable facilidad por la noche todas las pequeñas vejaciones de la mañana, Fontanis recobró su talante habitual y todo se olvidó.
La señorita de Téroze iba mejorando, y aunque algo aba­tida exteriormente, bajaba, no obstante, para las comidas e incluso salía a pasear un poco con todos los demás. El pre­sidente, ya con menos prisas, pues Lucila le tenía total­mente ocupado, comprendió que bien pronto no iba a po­der ocuparse más que de su mujer. Por consiguiente, decidió precipitar la otra intriga. Había llegado el momento críti­co; la señorita de Totteville no oponía ya el menor reparo, y no se trataba más que de encontrar un lugar seguro para el encuentro. El presidente propuso su dormitorio de sol­tero. Lucila, que no dormía en la habitación de sus padres, aceptó encantada ese sitio para la noche siguiente y en se­guida se lo comunicó al marqués; le señalan su papel y el resto de la jornada transcurre tranquilamente. Hacia las once, Lucila, que debía acudir antes que él al lecho del pre­sidente, con ayuda de una llave que éste le había confiado, pretextó un dolor de cabeza y salió. Un cuarto de hora des­pués, el impaciente Fontanis va a retirarse, pero la mar­quesa decide que aquella noche, para honrarle, quiere acompañarle hasta su aposento. Todos los presentes com­prenden la broma, la señorita de Téroze es la primera en regocijarse, y haciendo caso omiso del presidente, que está con el alma en vilo y que habría deseado sustraerse a aque­lla ridícula atención, o al menos prevenir a la que pensaba que iba a ser sorprendida, cogen unos candelabros, los hom­bres pasan delante, las damas rodean a Fontanis y en este divertido cortejo llegan a la puerta de su habitación… Nuestro infortunado galán apenas podía respirar.
Yo no respondo de nada-decía balbuceando-. Pensad en la imprudencia que cometéis. ¿Quién os ase­gura que el objeto de mis amores no esté tal vez esperándome en este preciso instante en mi cama? Y si así fuera, ¿os dais cuenta de todo lo que puede resultar de la inconsecuencia de vuestro proceder?
-A todo evento-contesta la marquesa abriendo la puerta de golpe-. Vamos, belleza, que por lo visto es­táis esperando al presidente en su cama; dejaos ver y no tengáis miedo.
Pero cuál no sería la sorpresa general cuando las lu­ces colocadas enfrente del lecho descubren a un asno monstruoso blandamente recostado sobre las sábanas y que, por una divertida fatalidad, satisfechísimo sin duda del papel que le hacían representar, se había dormido apa­ciblemente sobre el lecho del magistrado y roncaba con voluptuosidad.
-¡Ah, pardiez! -exclamó d’Olincourt, reprimiendo la risa-. Presidente, contempla un instante la dichosa sangre fría de este animal. ¿No se podría decir que es uno de tus colegas de la audiencia?
El presidente, sin embargo, muy contento por salir bien librado con esta broma, se figuraba que así se correría un velo sobre todo lo demás, y que Lucila, al darse cuenta, habría tenido la prudencia de no dejar que se sospecha­ra su intriga en lo más mínimo; el presidente, repito, se empezó a reír con el resto. Sacaron como mejor pudie­ron al jumento, muy afligido por haber sido interrumpi­do en su sueño; pusieron sábanas blancas y Fontanis re­emplazó muy dignamente al más soberbio asno que se había encontrado en la comarca.
-Verdaderamente es igual-comentó la marquesa cuando le vio acostado-. Nunca pensé que existiera un parecido tan asombroso entre un asno y un presidente del Parlamento de Aix.
-Qué equivocación la vuestra, señora-replico el mar­qués-. ¿No sabéis que ese tribunal ha elegido siempre sus miembros de entre estos doctores? Apostaría a que el que habéis visto salir de aquí fue su primer presidente. La primera preocupación de Fontanis a la mañana si­guiente fue preguntarle a Lucila cómo se las había arre­glado para salir del aprieto: ella, bien asesorada, le con­testó que al darse cuenta de la broma se había retirado en seguida, pero con la inquietud, no obstante, de haber sido traicionada, cosa que le había hecho pasar una noche es­pantosa, deseando ardientemente que llegara el momento en que pudiese aclararlo todo. El presidente la tranquilizó y obtuvo la revancha para el día siguiente; la pudibunda Lucila se hizo un poco de rogar, Fontanis se puso aún más ardoroso y todo quedó fijado conforme a sus deseos. Pero si la primera cita había sido estropeada por una cómica es­cena, ¡qué fatal acontecimiento iba a dar al traste con la segunda! Los detalles se arreglan como dos días antes; Lucila se retira la primera, el presidente la sigue poco des­pués, sin que nadie se interponga; la encuentra en el lugar convenido, y estrechándola entre sus brazos se disponía ya a darle pruebas inequívocas de su pasión… De pronto las puertas se abren: son el señor y la señora de Totteville, la marquesa, la señorita de Téroze en persona.
-¡Monstruo! -exclama esta última, arrojándose en­furecida sobre su marido-. ¿Así es como te ríes de mi candor y de mi ternura?
-Hija atroz-le dice el señor de Totteville a Lucila, que se ha arrojado a los pies de su padre-. Es así como abusas de la honesta libertad que te concedíamos…
Por su parte, la marquesa y la señora de Totteville lan­zan miradas enfurecidas a los dos culpables, y la señora de d’Olincourt pasa de este primer gesto a recoger a su hermana, que se desmaya en sus brazos. Difícilmente se podría describir el semblante de Fontanis en medio de esta escena: la sorpresa, la vergüenza, el terror, la inquietud, todos estos dispares sentimientos le agitan a la vez y le in­movilizan como a una estatua; entretanto llega el marqués, se informa y se entera con indignación de cuanto sucede.
-Señor -le dice con severidad el padre de Lucila-, nunca me habría esperado que en vuestra casa una joven honesta pudiera temer afrentas de esta índole; no os ex­trañe que no esté dispuesto a tolerarlo y que mi mujer, mi hija y yo partamos al instante para pedir justicia a aquellos de quienes debemos esperarla.
-En verdad, señor -dice entonces el marqués con sequedad al presidente-, convendréis en que estas son escenas que poco podía esperarme. ¿No fue para des­honrar a mi cuñada y a mi casa por lo que quisisteis uni­ros a nosotros?
Después, dirigiéndose a Totteville:
-Nada más justo, señor, que la reparación que exigís, pero me atrevo a rogaros encarecidamente que procuréis evitar el escándalo. No es por este bellaco por quien os lo pido, no es digno más que de desprecio y de escarmiento, es por mí, señor, por mi familia, por mi desdichado sue­gro, que, después de depositar toda su confianza en este pantalón, va a morir del pesar de haberse equivocado.
Me gustaría complaceros, señor -responde con alti­vez el señor de Totteville, llevando a su mujer y a su hija-, pero me permitiréis que ponga mi honor por en­cima de todas esas consideraciones. No os veréis com­prometido, caballero, en la querella que voy a presentar; sólo este malnacido lo estará… Me permitiréis que no es­cuche nada más y que acuda al instante allí donde la ven­ganza me reclama.
Con estas palabras, los tres personajes se van, sin que ningún esfuerzo humano pueda detenerlos, y vuelan, se­gún dicen, a París, a presentar un recurso contra las hu­millaciones que ha querido infligirles el presidente Fontanis… Mientras tanto, en el desdichado castillo no reina ya más que la inquietud y la desesperación; la se­ñorita de Téroze, apenas restablecida, vuelve a caer en­ferma en el lecho con una fiebre que se asegura que es peligrosa; el señor y la señora d’Olincourt prorrumpen en amenazas contra el presidente, que, no disponiendo contra los rigores que le amenazan de más asilo que aque­lla mansión, no se atreve a revolverse contra las repri­mendas que con tanta justicia le dirigen. Y ya duraba tres días este estado de cosas, cuando ciertos informes se­cretos comunican al marqués al fin que el asunto em­pieza a ser de lo más serio, que se está viendo por lo cri­minal y que están a punto de condenar a Fontanis.
-¿Pero cómo? ¿Sin escucharme? -pregunta el asus­tado presidente.
-Es la regla -le contesta d’Olincourt-. ¿Acaso se conceden medios de defensa a quien la ley condena? ¿Uno de vuestros hábitos más respetables no es el de des­honrarle antes de escucharle? Contra vos no emplean más que las armas de que os habéis servido contra los demás. Después de ejercer la justicia durante treinta años, ¿no es razonable que, al menos una vez en vuestra vida, seáis vos su víctima?
-¿Pero por un asunto de mujeres…?
-¿Cómo que por un asunto de mujeres? ¿Acaso no sabéis que ésos son los más peligrosos? El desdichado incidente, cuyos recuerdos os han costado quinientos la­tigazos, ¿qué otra cosa era sino un asunto de mujerzue­las? ¿No creisteis en cierta ocasión que por un asunto de mujerzuelas os estaba permitido deshonrar a un gentil­hombre? El talión, presidente, la ley del talión; esa es vuestra brújula. Acatadla con entereza.
-¡Cielos! -exclama Fontanis-. En el nombre de Dios, ¡no me abandonéis, hermano mío!
-Estad seguro de que os ayudaremos -le contesta d’ Olincourt-, a pesar de la injuria que nos habéis nfli­gido y de las quejas que tenemos contra vos, pero el úni­co medio es riguroso.., vos lo conocéis.
-¿Cuál es?
La magnanimidad del rey o una orden de detención; es lo único que se me ocurre.
-¡Qué funestos extremos!
Convengo en ello, pero, ¿sabéis de otros? ¿Preferís sa­lir de Francia y desaparecer para siempre o que unos anos de cárcel arreglen tal vez todo esto? Además, este proce­dimiento que tanto os subleva, ¿no lo habéis empleado vos y los vuestros? ¿No fue con vuestras bárbaras recomenda­ciones como acabasteis de hundir a aquel gentilhombre al que los espíritus tan cumplidamente han vengado? ¿No lle­gasteis a poner a aquel desventurado militar, a base de pre­varicaciones tan peligrosas como castigables, entre la pri­sión o la infamia? ¿No cesasteis en vuestra despreciable persecución a condición de que fuera aniquilado por la del rey? No hay, pues, nada sorprendente querido amigo, en lo que yo os propongo; no sólo conocéis ya esa solución, sino que en este momento os debería parecer deseable.
-¡Oh, recuerdos atroces! -exclama el presidente, de­rramando lágrimas-. ¡Quién iba a decirme que la ven­ganza del cielo estallaría sobre mi cabeza en el momento casi en que se consumaban mis crímenes! Me devuelven cuanto he hecho; sufrámoslo, sufrámoslo y callemos.
Pero como cualquier gestión corría prisa, la marque­sa aconsejó decididamente a su marido que fuera a Fontainebleau, en donde se hallaba entonces la Corte. En lo que respecta a la señorita de Téroze, ella no entraba en modo alguno en esta recomendación; el rencor, por fuera, y el conde de Elbene, por dentro, la seguían rete­niendo en su alcoba, cuya puerta estaba invariablemen­te cerrada para el presidente. Éste se había llegado has­ta allí varias veces y había tratado de que se le abriera como pago a sus remordimientos y a sus lágrimas, pero siempre infructuosamente.
El marqués, pues, partió. El trayecto era corto y re­gresó dos días después, escoltado por dos oficiales de justicia y provisto de una orden cuya simple visión hizo estremecer al presidente en todos sus miembros.
-No podíais haber llegado más a propósito- dijo la marquesa, que fingía haber recibido ciertos informes de París mientras su marido estaba en la Corte-. El pro­ceso se sigue por lo extraordinario, y mis amigos me es­criben que hay que hacer que el presidente se escape, cuanto antes mejor. Mi padre ha sido informado; está su­mido en la desesperación; nos recomienda que atenda­mos cumplidamente a su amigo y que le transmitamos el pesar que le ha producido todo esto… Su salud no le permite ayudarle más que con deseos, que más sinceros serían si él hubiera sido más cuerdo… Esta es la carta.
El marqués la leyó con rapidez, y después de exhortar a Fontanis, a quien le costaba un tremendo esfuerzo de­cidirse por la prisión, le encomendó a sus dos guardias, que no eran sino dos sargentos de caballería de su regi­miento, y le instó a que se consolara, con tanto más rno­tívo puesto que no iba a perderle de vista.
-He obtenido con muchísimo esfuerzo -le dijo­una fortaleza situada a cinco o seis leguas de aquí; allí estaréis a las órdenes de un viejo amigo mío que os tra­tará como sí fuerais yo mismo; le envío con vuestros guardias un mensaje para recomendaros aún con mayor interés; así, pues, estad tranquilo.
El presidente lloró como un niño; nada es tan amargo como los remordimientos del crimen, que ve cómo se vuelven en su contra todas las calamidades que él mismo ha desencadenado… Pero no por eso era menos ne­cesario ponerse en marcha. Suplicó encarecidamente que le permitieran abrazar a su esposa.
-Vuestra esposa -le contestó la marquesa seca­mente-por fortuna aún no lo es, y en medio de todas nuestras calamidades ese es el único consuelo que nos queda.
-Sea -respondió el presidente-, me armaré de va­lor para soportar este nuevo golpe -y subió al coche de los oficiales.
El castillo al que conducían al desdichado era el de una posesión de la dote de la señora de d’Olincourt, y todo estaba preparado para recibirle. Un capitán del re­gimiento de Olincourt, hombre severo y huraño, estaba encargado de representar el papel de gobernador. Recibió a Fontanis, despidió a los guardias, y al tiempo que en­viaba a su prisionero a una pésima habitación, le dijo sin ambages que tenía respecto a él órdenes ulteriores de una severidad que le era imposible eludir. Abandonaron en esta cruel situación al presidente durante cerca de un mes. Nadie le visitaba, no le servían más que sopa, pan y agua; se acostaba sobre un montón de paja, en una habitación de una humedad espantosa, y no entraban en ella más que como en la Bastilla, es decir, como en un parque de fieras, única y exclusivamente para llevarle la comida. Durante esta funesta reclusión el desventurado leguleyo se entregó a crueles reflexiones, que nadie estorbó lo más mínimo. Al fin, el falso gobernador apareció y tras con­solarle a medias le habló de la siguiente manera:
-No os puede caber la menor duda, señor -le dijo-, de que el primero de vuestros errores fue querer uniros a una familia tan por encima de vos en todos los aspectos. El barón de Téroze y el conde d’Olincourt son gentes de la más rancia nobleza, considerados en toda Francia, y vos no sois más que un miserable picapleitos provenzal, tan sin nombre como sin crédito, sin patrimonio como sin reputación; simplemente con que os hubierais mirado un instante vos mismo habríais tenido que confesar al barón de Téroze que se engañaba acerca de vos y que no erais en modo alguno digno de su hija. ¿Cómo pudisteis, ade­más, creer ni por un momento que esa joven, hermosa como el amor, pudiera ser la esposa de un mono viejo y feo como vos? Uno se puede ofuscar, pero no hasta ese extremo. Las reflexiones que, sin duda, habréis hecho du­rante vuestra estancia aquí deben haberos convencido de que desde que estáis en casa del marqués d’Olincourt, hace cuatro meses, no habéis servido más que de jugue­te y de objeto de mofa. Gentes de vuestra condición y de vuestro carácter, de vuestra profesión y vuestra estupidez, de vuestra maldad y de vuestra bellaquería, no deben es­perar más que un trato de esa índole. Con mil ardides, más divertidos los unos que los otros, os han impedido gozar de aquella a la que pretendíais; han hecho que os den quinientos correazos en un castillo poblado de fan­tasmas, os han mostrado a vuestra esposa en brazos de aquel a quien ella adora, cosa que neciamente tomasteis por un fenómeno; os han puesto frente a frente con una ramera contratada que se ha burlado de vos, y para aca­bar, os han encerrado en este castillo donde sólo del mar­qués d’Olincourt, mi coronel, depende teneros en él has­ta el fin de vuestros días, cosa que se cumplirá, sin lugar a dudas, si os negáis a firmar este documento que tengo aquí. Considerad, antes de leerlo, señor -prosiguió el su­puesto gobernador-, que en el mundo pasáis por un hom­bre que iba a casarse con la señorita de Téroze, pero en modo alguno por su marido; vuestro himeneo se efectuó lo más en secreto posible; los escasos testigos han acce­dido a retirar sus firmas; el cura ha devuelto el acto, aquí está; el notario ha enviado el contrato, podéis verlo de­lante de vuestros ojos; además, nunca os habéis acostado con vuestra esposa. Vuestro matrimonio es, por tanto, nulo; ha sido disuelto tácitamente y por propia voluntad de todas las partes, cosa que da a la ruptura tanta fuerza como si fuera obra de las leyes civiles y religiosas; aquí tenéis también las renuncias del barón de Téroze y de su hija, ya no falta más que la vuestra; aquí está, señor, ele­gid entre firmar este papel por las buenas o la seguridad de acabar aquí vuestros días… Responded, no tengo nada más que decir.
El presidente, tras reflexionar un poco, cogió el papel y leyó estas palabras:
«Declaro a cuantos lean esto que yo no he sido jamás esposo de la señorita de Téroze; le restituyo por escrito todos los derechos que en una ocasión se pensó darme so­bre ella, y aseguro que no los reclamaré en toda mi vida. Además, no tengo más que palabras de agradecimiento por el comportamiento que tanto ella como su familia han observado conmigo a lo largo del verano que he pasado en su casa. De común acuerdo, por propia voluntad de uno y otro, renunciamos mutuamente a los proyectos de unión que se habían forjado respecto a nosotros y nos devolvemos recíprocamente la libertad de disponer de nuestras personas, como si la intención de unirnos no hu­biera existido jamás. Y es con plena libertad de cuerpo y espíritu como firmo esto en el castillo de Valnord, pro­piedad de la señora marquesa d’Olincourt.»
-Me habéis dicho, señor -preguntó el presidente tras la lectura de estas líneas-, lo que me esperaba si no lo firmaba, pero no habéis dicho ni una palabra de lo que me ocurriría si accediese a todo esto.
-La recompensa, señor, será vuestra libertad inme­diatamente -le contestó el falso gobernador-, el rue­go de que aceptéis esta joya de doscientos luises de par­te de la señora marquesa d’Olincourt y la seguridad de encontrar a la puerta del castillo a vuestro criado y dos caballos que os esperan para llevaros de nuevo a Aix.
-Firmo y me voy, caballero; demasiadas ganas ten­go de librarme de toda esta gente para vacilar ni un solo instante.
-Eso esta muy bien, presidente respondió el capitán recogiendo el escrito firmado y entregándole la alhaja-, pero tened cuidado con vuestra conducta. Si una vez fue­ra la manía de vengaros se apoderase en alguna ocasión de vos, pensad bien antes de pasar a la acción que os las te­néis que ver con un adversario temible; que esta poderosa familia a la que ofenderíais, a toda ella, con vuestro pro­ceder, os haría pasar por loco, y que el hospital de esos des­graciados sería hasta el final vuestra última morada.
-No temáis nada, señor -replicó el presidente-, yo soy el más interesado en no volver a tener nada que ver con tales personas, y os aseguro que sabré cómo evitarlas.
-Os lo aconsejo, presidente -contestó el capitán, abriéndole al fin su prisión-, y que esta comarca no os vuelva a ver jamás.
-Tenéis mi palabra -respondió el picapleitos, mon­tando en un caballo-. Con esta pequeña aventura estoy escarmentado de todos mis vicios; aunque viviera aún mil años no volvería otra vez a buscar esposa en París. Alguna vez llegué a comprender el pesar de ser cornudo después de la boda, pero jamás oí que fuera posible serlo antes… Con la misma prudencia, con idéntica discreción en mis actuaciones, ya no me volveré a erigir en mediador entre unas rameras y gentes que valen mucho más que yo. Demasiado caro cuesta tomar partido por esa clase de da­miselas, y no deseo volver a tener nada que ver con per­sonas que cuentan con espíritus prestos a vengarlas.
El presidente desapareció, y tras hacerse juicioso a sus expensas no se volvió a oír hablar de él. Las rameras se querellaron, pero en Provenza no se las siguió ya prote­giendo y las costumbres ganaron con ello, pues las jo­vencitas, al verse privadas de este indecente sostén, pre­firieron el camino de la virtud a los peligros que podían acecharlas en la senda del vicio, cuando los magistrados fuesen lo bastante cuerdos como para ver el terrible dis­parate de mantenerlas en ella gracias a su protección.
Parece indudable que durante el arresto del presiden­te, el marqués d’Olincourt, después de hacer que el ba­rón de Téroze se retractara de sus demasiado favorables prejuicios sobre Fontanis, se ocupó de que todas las dis­posiciones que acabamos de ver fueran celosamente cum­plidas. Su habilidad y su reputación obraron tan brillan­tes resultados, que tres meses después la señorita de Téroze se desposó públicamente con el conde Elbene, con el que vivió perfectamente dichosa.
-A veces siento cierto pesar por haber maltratado de esa manera a aquel hombre despreciable -decía un día el marqués a su encantadora cuñada-, pero cuando veo, por un lado, la felicidad que resulta de mi comporta­miento, y por otro, me convenzo de que no he humillado más que a un truhán inútil a la sociedad, profundamente enemigo del Estado, perturbador de la paz pública, ver­dugo de una familia honrada y respetable, difamador no­torio de un gentilhombre al que estimo y a quien tengo el honor de corresponder, me consuelo repitiendo con el fi­lósofo: «¡Oh, Providencia soberana! ¿Por que los recur­sos de los hombres han de ser tan limitados que nunca se pueda alcanzar el bien sino a costa de un poco de mal?»
Este cuento fue terminado el 16 de julio de 1787, a las diez de la noche.

Acerca del autor.
Donatien Alphonse François de Sade, conocido por su título de Marqués de Sade (París, 2 de junio de 1740 – Charenton-Saint-Maurice, Val-de-Marne, 2 de diciembre de 1814), fue un escritor francés, autor de numerosas novelas, cuentos y piezas de teatro.