El prusiano de Belisario

Autor: Alphonse Daudet

(Contes du lundi, 1873)

Voy a contarles una historia que oí narrar hace unos días en un cabaret de Montmartre. Para que el relato conservara todo su valor necesitaría poseer el vocabulario pintoresco del señor Belisario, su gran mandil de carpintero, y haberme tomado dos o tres sorbos de ese vino blanco de Montmartre, capaz de proporcionarle acento parisino incluso a un marsellés. Sólo así lograría hacer correr por sus venas el estremecimiento que yo sentí al escuchar a Belisario contando en una tertulia de amigos esta historia lúgubre y auténtica.
«Era el día de la amnistía —Belisario se refería al armisticio—. Mi mujer me había pedido que fuera con el niño a Villeneuve-la-Garenne, a ver cómo se encontraba una casilla que teníamos allí, a orillas del río, de la que no teníamos noticias desde el sitio. Yo iba resoplando al verme obligado a tirar del niño. Estaba seguro de que me toparía con los prusianos y, como nunca los había visto de cerca, tenía miedo de que ocurriera algo. ¡Pero cuando mi mujer se empeña en algo! «Anda, ve —me dijo—, de esa manera el chico tomará un poco el aire.»
Y la verdad es que lo necesitaba, el pobre, después de cinco meses de sitio y reclusión. En definitiva, que salimos los dos hacia el campo. No sé si el niño se sentía contento al comprobar que aún seguían existiendo los árboles y los pájaros, y al poder introducirse y chapotear por los sembrados, pero yo iba a regañadientes; me parecía que había demasiados cascos puntiagudos a lo largo del camino. Desde el canal a la isla no se veía otra cosa. Y, ¡qué descarados! Tenía uno que tragar bastante saliva para no liarse a golpes con ellos. Pero cuando llegué a Villeneuve, la rabia me sofocó al ver que los huertos estaban destrozados, las casas descerrajadas, pilladas, y que aquellos bandidos se encontraban tan a gusto en nuestro lugar, llamándose por las ventanas, tendiendo su ropa para que se secara en nuestras persianas, en nuestras rejas. Afortunadamente, el niño iba junto a mí, y cada vez que la mano quería actuar, lo miraba y me decía para mis adentros: «Ten quietas las manos, Belisario, que quien va a pagarlo va a ser tu hijo». Y eso era suficiente para no cometer tonterías. Comprendí entonces por qué mi mujer había insistido tanto en que llevara al niño conmigo.
La casilla estaba al final del pueblo, la última a mano derecha, en la orilla. Estaba vacía de arriba abajo, como todas. No quedaban ni muebles ni cristales; sólo había unos haces de paja y la última pata de un sillón ardiendo en la chimenea. Todo olía a prusiano desde una legua; sin embargo, no se veía a ninguno… Me pareció que había alguien en el sótano. Allí tenía yo un banco de carpintero donde me entretenía los domingos haciendo chapuzas. Le dije al niño que me esperara un momento y bajé a ver qué pasaba.
Nada más abrir la puerta, vi a un grueso soldado de Guillermo, que se levantaba de un montón de virutas y se dirigía hacia mí, con los ojos fuera de las órbitas, y soltando por la boca un montón de tacos que yo no entendía. Debía tener mal despertar, porque antes de que yo despegara los labios ya había agarrado su sable…
La bilis que se me había ido acumulando a lo largo del trayecto, se me revolvió y la sangre se me subió a la cabeza. Agarré el tonelillo del banco y le propiné un buen golpe. Ya saben cómo son los puños de Belisario; bueno, pues ese día parecía que tenía rayos en el brazo. Al primer golpe, el prusiano se inclinó y cayó a todo lo largo. Pensé que sólo lo había atontado… ¡Vaya un atontamiento! ¡Lo dejé laminado por completo! ¿Qué digo? ¡Listo, liquidado!
Yo no había matado jamás ni a un pájaro, y me parecía absurdo, raro, ver ante mí y en el suelo, a un cuerpo tan grande; tengo que reconocer que era un rubio bastante guapo, con una barba con pelos que se rizaban como las virutas de fresno. Al mirarlo, me empezaron a temblar las piernas; mientras tanto el niño, que se estaba aburriendo arriba, me estaba llamando: «¡Papá, papá!»
Unos cuantos prusianos pasaban en aquel momento por el camino; pude ver sus sables y sus largas piernas por la ventana del sótano. De repente una idea se me vino a la cabeza: «Si entran, el niño estará perdido…; no dejarán títere con cabeza». Y entonces dejé de temblar; cogí al alemán, lo metí bajo el banco, lo tapé con lo que tuve a mano, tablas, virutas, aserrín, y subí a recoger al niño.
—¡Vámonos! ¡Andando!
—¿Qué te pasa, papá? ¡Estás muy pálido!
—¡Vámonos! ¡Rápido!
Y entonces, aunque los cosacos se toparan conmigo, o me miraran de reojo, les aseguro que no me habría atrevido a reclamarles lo más mínimo… Me parecía a cada instante que venían corriendo detrás de nosotros, gritando. Hubo un momento en el que oí un caballo acercarse a toda marcha y estuve a punto de caerme de miedo. Pero tan pronto como pasé los puentes empecé a tranquilizarme; en Saint-Denis había bastante gente, y ya no había peligro de que nos atraparan. Mi gran preocupación era la casilla; estaba seguro de que cuando los prusianos entraran y vieran a su compañero muerto, le prenderían fuego para vengarse. Entonces me acordé de mi vecino Jacques, el guarda, que era el único francés que había aún por la zona y que lo pasaría mal con aquel soldado muerto cerca de su casa. Pensé que no era muy valiente escaparme de esta forma, que había debido hacer algo para hacer desaparecer el cuerpo. Cuanto más nos acercábamos a París, más vueltas me daba esta idea en la cabeza. No podía dejar al prusiano en mi sótano. En definitiva, cuando estaba llegando a las puertas de la ciudad, no aguanté más y le dije a mi hijo:
—Ve tú delante. Tengo que visitar a un cliente en Saint-Denis.
Y después de darle un beso me volví. El corazón me latía con mayor intensidad, pero estaba más tranquilo al no llevar al niño conmigo.
Cuando entré en Villeneuve era ya casi de noche. Yo iba mirando por todas partes —¡imagínense!— y no levantaba un pie sin tener antes el otro bien seguro. Pese a todo, el pueblo parecía tranquilo. Y a juzgar por lo que podía ver entre la niebla, la casilla estaba tal cual. Junto al muelle, había algo semejante a una larga empalizada oscura; eran los prusianos que estaban pasando lista. Me pareció que era el momento oportuno para que no hubiera ninguno en la casa. Me deslicé a lo largo de los setos, y pude ver al señor Jacques en su patio, estirando las redes. La noticia no había corrido aún… Entré en la casa, bajé al sótano y me moví a tientas. El prusiano seguía aún bajo las virutas, y me pareció que había dos grandes ratas que pretendían roer el casco; al oír que se movía el barboquejo, me subió un escalofrío por la espalda. Pensé que el muerto iba a levantarse…; pero no fue así; su cabeza estaba fría y pesada. Me refugié en un rincón dispuesto a esperar, pues pretendía arrojarlo al Sena tan pronto como los demás se durmieran.
No sé muy bien si fue por la cercanía de la muerte o por qué, pero lo cierto es que aquella noche, el toque de queda de los prusianos me pareció más triste que de costumbre. Toques de trompeta que se oían de tres en tres: ¡Ta, ta, ta! Me pareció el canto de un sapo. Creo que nuestros soldados no se irían a dormir muy contentos oyendo aquella música.
A lo largo de unos cinco minutos, oí arrastrar los sables y golpear las puertas; después unos soldados entraron en el huerto y empezaron a llaman: «¡Hofmann! ¡Hofmann!». El pobre no podía moverse, pero yo, en cambio, estaba temblando. Esperaba verlos entrar de un momento a otro en el sótano; había cogido el sable del muerto y permanecía inmóvil, pensando: «Si te salvas de ésta, amigo, tendrás que llevarle un cirio bien grueso a san Juan Bautista, de Belleville.»
Cuando se cansaron de llamar a Hofmann, los soldados decidieron entrar. Oí sus botas por la escalera, y al poco rato toda la casilla roncaba de forma acompasada, como un reloj de pueblo. Era eso precisamente lo que yo estaba esperando para salir de mi escondite.
Los márgenes del río estaban desiertos; las ventanas apagadas; todo a pedir de boca. Bajo rápidamente, saco a Hofmann de debajo del banco, lo pongo de pie y me lo echo a la espalda como un bulto. ¡Cómo pesaba el maldito! Con el peso, el miedo, y el no haber comido desde por la mañana, creí que no iba a poder llegar… Cuando me encontraba a mitad de la calle, tuve la sensación de que alguien me seguía. Volví la cabeza, pero no había nadie, sólo la luna que empezaba a surgir en el cielo… «Tengo que tener cuidado —me dije—, los centinelas pueden apuntarme.»
Para colmo, el Sena iba bajo… Si hubiera arrojado el cadáver allí, en la orilla, se habría quejado como en una palangana… Entro, avanzo…; no había agua; no podía más, me dolían las articulaciones. Finalmente, cuando pensé que me había introducido bastante en el agua, solté el cuerpo… Se iba… pero de pronto se detiene… No podía moverlo… Empujo, empujo… ¡imposible! Por suerte se levanta algo de viento del este y el Sena empieza a agitarse… el prusiano se mueve y zarpa tranquilamente… ¡Buen viaje! Tomo un buen trago de agua y subo de un salto a la orilla.
Al pasar por el puente de Villeneuve, vi una cosa oscura en medio del Sena. Parecía una barca, pero era mi prusiano que descendía hacia Argenteuil, llevado por la corriente.

Sobre el autor.
Alphonse Daudet (Nimes, 13 de mayo de 1840 – París, 16 de diciembre de 1897) fue un escritor francés.

Más de Alphonse Daudet
Subido por: Jose