El puerto

La peluquería, con su techo bajo, olía a rosas ajadas. Unos tábanos zumbaban pesados, insistentes. Los rayos de sol formaban charcos relucientes de miel fundida en el suelo, pellizcaban el cristal de las lociones con sus destellos, y se traslucían a través de la gran cortina de la entrada: una cortina de cuentas de arcilla enhebradas en cuerdas de bambú que se alternaban con cáñamo más grueso, y que se desintegraba en un estrépito iridiscente cada vez que alguien la apartaba a un lado para entrar. Ante él, en el espejo lóbrego, Nikitin vio su propio rostro atezado, los rizos brillantes y como esculpidos de su pelo, el destello de las tijeras que chirriaban sobre sus orejas, y sus ojos se concentraron, severos, como ocurre siempre cuando te miras en el espejo. Había llegado a este antiguo puerto del sur de Francia el día anterior, desde Constantinopla, donde la vida se le había empezado a volver insoportable. Aquella mañana había estado en el consulado de Rusia, y en la oficina de empleo, y había paseado sin rumbo por la ciudad, una ciudad que reptaba en pendiente hasta el mar por tortuosas callejuelas, y ahora, exhausto, postrado a causa del calor, había entrado allí a cortarse el pelo y a refrescarse la mente. El suelo en torno a su sillón estaba ya cubierto por pequeños ratones brillantes desparramados por todas partes —sus mechones cortados. El barbero tomó la espuma y la extendió en su mano. Un escalofrío delicioso le recorrió la coronilla al sentir los dedos del barbero que con firmeza le aplicaban la espesa espuma. A continuación, un corte helado le sobresaltó, y una toalla esponjosa le cubrió el rostro y el pelo mojado.
Abriéndose paso con los hombros por la ondulante lluvia de la cortina, Nikitin salió a una avenida de considerable pendiente. El lado de la derecha estaba a la sombra; a la izquierda, un arroyo estrecho parpadeaba junto a la acera en un tórrido resplandor; una joven de pelo negro, desdentada y con pecas oscuras recogía agua del arroyo hirviente en un cubo metálico que guachapeaba; y el arroyo, el sol, la sombra violeta, todo fluía y se derramaba hacia el mar: un paso más y, en la distancia, entre unos muros, se perfilaba su brillo compacto de zafiro. Eran pocos los peatones que caminaban por la zona de sombra. Nikitin se encontró con un negro que subía vestido con un uniforme colonial, cuyo rostro parecía un chanclo mojado. En la acera, una silla de paja acogía en su asiento a un gato que saltó en una especie de bote amortiguado. Una estridente voz provenzal empezó a charlotear atropelladamente en alguna ventana. Una persiana verde restallaba contra el marco de su ventana. En un puesto callejero, entre los moluscos púrpura que olían a algas marinas, los limones disparaban oro granulado.
Al llegar al mar, Nikitin se detuvo para mirar entusiasmado al denso azul que, en la distancia, se mudaba en plata cegadora, y también al juego de luces que delicadamente moteaba la gavia de un yate. Luego, incómodo con el calor, fue en busca de un pequeño restaurante ruso cuya dirección había anotado antes en un tablón de anuncios del consulado.
El restaurante, como la peluquería, no estaba demasiado limpio y hacía también mucho calor. Al fondo, en un amplio mostrador, se veían las frutas y los entremeses a través de olas de un percal grisáceo. Nikitin se sentó y estiró la espalda; la camisa se le pegaba a la piel. En la mesa vecina había dos rusos, evidentemente marineros de un barco francés, y, un poco más allá, un tipo solitario con gafas de montura metálica dorada que no paraba de hacer ruidos y de sorber la sopa con cada cucharada. La dueña, limpiándose sus manos hinchadas con una toalla, miró al recién llegado con aire maternal. Dos cachorros lanudos jugaban en el suelo en un revoltijo de cuerpos y patas. Nikitin silbó y una vieja perra en estado lastimoso llegó hasta él y apoyó el hocico en su regazo.
Uno de los marineros se dirigió a él en tono pausado y sereno.
—Mándala a paseo. Te llenará de pulgas.
Nikitin acarició la cabeza de la perra y alzó sus ojos radiantes.
—Yo no les tengo miedo… Constantinopla… Los cuarteles… Ya se pueden imaginar…
—¿Cuándo has llegado? —preguntó un marinero. Voz serena. Camiseta de malla. Tranquilo y competente. Pelo negro bien recortado en la nuca. Frente despejada. Aspecto general decente y plácido.
—Ayer por la noche —contestó Nikitin.
El borscht y el vino tinto peleón le hicieron sudar aún más. Le agradaba tener la oportunidad de relajarse y mantener una conversación tranquila. Los rayos de sol, ardientes, penetraban por el vano de la puerta junto con el brillo del arroyuelo del callejón; desde su esquina debajo del contador del gas, las gafas del viejo ruso centelleaban.
—¿Busca trabajo? —preguntó el otro marinero, que era de mediana edad, ojos azules, con un bigote color morsa pálida, y que también tenía un aspecto limpio y arreglado, al que sin duda contribuían el sol y el salitre marino.
Nikitin dijo con una sonrisa.
—Naturalmente que estoy buscando trabajo… Hoy fui a la oficina de empleo… Hay trabajo, necesitan gente para colocar postes telegráficos, para tejer guindalezas… Pero no acabo de decidirme…
—Ven a trabajar con nosotros —dijo el hombre moreno—. De fogonero o algo así. Ése sí que es un trabajo de hombres, te doy mi palabra… ¡Ah, ahora llegas, Lyalya, nuestros más profundos respetos!
Entró una joven con un sombrero blanco y un rostro dulce, pero sin ningún atractivo especial. Se abrió camino entre las mesas, sonriendo, primero a los cachorros, y luego a los marineros. Nikitin les había preguntado algo pero olvidó su pregunta al mirar a la chica y ver ese movimiento de sus caderas, en el que reconoció inequívocamente las cadencias de la mujer rusa. La dueña miró a su hija con ternura, como si estuviera diciendo: «¡Pobrecilla mía, qué cansada estás!», porque probablemente había pasado toda la mañana en una oficina, o en unos almacenes. Había en ella algo conmovedoramente doméstico que te llevaba a pensar en jabón de violetas o en un campamento de verano en medio de un bosque de abedules. Ni que decir tiene que Francia ya no estaba al otro lado de la puerta. Aquellos movimientos cimbreantes… Espejismos solares.
—No, no es nada complicado —seguía el marinero—. Funciona de la siguiente manera, coges un cubo de hierro y un pozo de carbón. Empiezas a raspar. Al principio suavemente, de manera que el carbón se deslice en el cubo por sí mismo, y luego rascas más fuerte. Cuando has llenado el cubo lo pones en una carretilla. Y lo haces rodar hasta el fogonero mayor. Un golpe de su pala y zas, la puerta del horno ha quedado abierta, un golpe de la misma pala y zas, ya está dentro el carbón, ya sabes, dispuesto de tal forma en abanico sobre el fuego que caiga proporcionadamente por todas partes. Trabajo de precisión. No le quites el ojo a la válvula, y ya sabes, si baja la presión…
En el marco de una de las ventanas que daba a la calle apareció la cabeza de un hombre vestido de blanco y con un panamá.
—¿Cómo estás, mi querida Lyalya?
Apoyó los codos en el alféizar de la ventana.
—Claro que hace mucho calor, en ese lugar, es un horno de verdad, vas a trabajar sin ropa, sólo con unos pantalones y una camiseta de malla. La camiseta está negra cuando acabas de trabajar. Como te estaba diciendo, hablando de la presión, se forma una especie de «pelo» en el horno, una especie de incrustación dura como la piedra, que tienes que romper con un atizador así de largo. Es un trabajo duro. Pero después, cuando saltas a cubierta, el sol parece fresco incluso cuando estás en los trópicos. Entonces te duchas, y luego bajas a tu cuarto, directo a tu hamaca, y eso es el cielo, déjame que te diga…
Y mientras tanto, en la ventana:
—E insiste en que me vio en un coche, ¿entiendes? (Lyalya con una voz aguda y toda excitada.)
Su interlocutor, el caballero de blanco, seguía apoyado en el alféizar, en el exterior, el cuadrado de la ventana enmarcaba sus hombros redondeados y su rostro afeitado y suave, iluminado parcialmente por el sol; un ruso que había tenido suerte.
—Y me sigue diciendo que yo llevaba un vestido color lila, cuando ni siquiera tengo un vestido lila —gritaba Lyalya—, e insiste: «Zhay voo zasyur».
El marinero que había estado hablando con Nikitin se volvió y preguntó:
—¿No sabes hablar ruso?
El hombre de la ventana dijo:
—Conseguí traerte esta música, Lyalya. ¿Te acuerdas?
Y entonces se produjo un aura momentánea, y parecía que fuera casi deliberada, como si alguien se estuviera divirtiendo inventándose a esta chica, esta conversación, este pequeño restaurante ruso en un puerto extranjero, un aura de la cotidiana y querida Rusia provinciana, y en ese preciso momento, y debido a una milagrosa y secreta asociación mental, el mundo le pareció más grande a Nikitin, anheló atravesar los océanos, abordar bahías legendarias, escuchar indiscreto las almas de todas las gentes.
—¿Nos preguntaste cuál era nuestra ruta? Indochina —dijo espontáneamente el marinero.
Nikitin pensativo sacó un cigarrillo de la pitillera; en la tapa de madera tenía grabada un águila de oro.
—Debe ser maravilloso.
—¿Pues qué pensabas? Claro que lo es.
—Está bien. Cuéntamelo. Cuéntame algo de Shanghai, o de Colombo.
—¿Shanghai? La he visto. Cálidas lloviznas, arenas rojas. Tan húmeda como un invernadero. De Ceilán, sin embargo, apenas puedo hablar, no bajé a tierra a visitarla. Me tocaba guardia, sabes.
Con los hombros encogidos, el hombre de la chaqueta blanca le estaba diciendo algo a Lyalya a través de la ventana, suavemente, algo que parecía muy importante. Ella escuchaba, con la cabeza inclinada, acariciándole a la perra en la oreja con una mano. La perra, sacando su lengua rosa como el fuego, jadeando alegre y rápida, miraba por el resquicio soleado de la puerta, debatiendo probablemente si merecía la pena salir a tumbarse al sol en el quicio caliente. Y tal parecía que el perro pensara en ruso.
—¿Y dónde tengo que ir a solicitar ese trabajo? —preguntó Nikitin.
El marinero le guiñó un ojo a su compañero como diciendo «Ya te lo decía yo, lo he convencido». A continuación dijo:
—Es muy sencillo. Mañana por la mañana a primera hora, con la fresca, vas al puerto viejo y al muelle dos, donde encontrarás al Jean-Bart. Habla con el piloto. Creo que te contratarán.
Nikitin se quedó observando con mirada candida y también intensa la frente despejada e inteligente de aquel hombre.
—¿Y antes, en Rusia, en qué trabajabas? —preguntó.
El hombre se encogió de hombros y torció la boca en una sonrisa.
—¿Que qué es lo que era? Un estúpido —respondió por él el del bigote caído con su voz de barítono.
Más tarde, ambos se levantaron. El joven sacó la cartera que llevaba metida en los pantalones, detrás de la hebilla del cinturón, como los marineros franceses. Lyalya se acercó hasta ellos y les dio la mano (con la palma probablemente un punto húmeda) y algo ocurrió que la llevó a reírse en tonos agudos. Los cachorros seguían retozando en el suelo. El hombre de la ventana, se dio la vuelta, silbando distraído y tierno. Nikitin pagó y salió despreocupado al aire libre.
Eran más o menos las cinco de la tarde. El azul del mar, entrevisto al final de las largas callejuelas, le hacía daño en los ojos. Las puertas circulares de los baños públicos ardían con el sol.
Volvió a su sórdido hotel y se dejó caer en la cama estirando despacio tras su nuca sus manos entrelazadas, en un estado de beatitud provocado por la borrachera solar. Soñó que volvía a ser un oficial, que caminaba por las colinas de Crimea cubiertas de arbustos de roble y de algodoncillo, segando a su paso las aterciopeladas cabezas de los cardos. Le despertó su propia risa; se despertó y la ventana ya se había tornado azul con el ocaso.
Se asomó al abismo de frescura, meditando: mujeres que pasean. Algunas de ellas rusas. Qué estrella tan grande.
Se alisó el cabello, se quitó el polvo de la punta de sus zapatos con una esquina de la manta, comprobó que su cartera seguía en su sitio —sólo le quedaban cinco francos— y salió a vagar por las calles y a gozar de su solitaria ociosidad.
Con la caída de la noche todo había cobrado vida. A lo largo de las callejuelas que descendían hasta el mar, había gente sentada al aire libre, tomando el fresco. Una chica con un pañuelo de lentejuelas… Unas pestañas que no paraban de bailar… Un tendero con su buena barriga, sobre la que lucía un chaleco abierto que dejaba escapar el faldón de la camisa, fumaba sentado a horcajadas en una silla de paja, con los codos apoyados en el respaldo vuelto contra sí. Unos niños saltaban en cuclillas mientras intentaban que navegaran sus barquitos de papel a la luz de una farola, en el arroyuelo negro que corría junto a la estrecha acera. Olía a pescado y a vino. De las tabernas de los pescadores, que brillaban con un rayo amarillo, llegaba la música de unos organillos, el ruido de las palmas golpeando las mesas, gritos metálicos. Y, en la parte alta de la ciudad, a lo largo de la avenida principal, las masas nocturnas paseaban y se reían, y los finos tobillos de las mujeres junto con los zapatos blancos de los oficiales de marina brillaban en relámpagos bajo las nubes de acacias. Aquí y allí, como si fuera un despliegue de llamas de colores de fuegos artificiales que hubieran quedado petrificados, los cafés resplandecían en el atardecer púrpura. Las mesas circulares desplegadas allí mismo en la acera, las sombras de los arces reflejándose en los toldos de rayas, todo ello iluminado desde el interior. Nikitin se detuvo, fantaseando con una jarra de cerveza, fría como el hielo y consistente. Dentro, junto a las mesas, un violín desgranaba sus notas como si fueran manos humanas, acompañado del hondo resonar de las olas de un arpa. Cuanto más banal es la música, más cerca se encuentra del corazón.
En una de las mesas del exterior se encontraba una buscona, toda vestida de verde, balanceando la pierna y jugando con la puntera de su zapato.
Me tomaré esa cerveza, decidió Nikitin. No, será mejor que no… Y luego, otra vez…
La mujer tenía ojos de muñeca. Había algo que le resultaba muy familiar en esos ojos, en esas piernas largas y bien torneadas. Se levantó de repente agarrándose al bolso, como si tuviera prisa por ir a algún sitio. Llevaba una especie de chaqueta larga de un tejido de seda esmeralda que se le pegaba a las caderas. Y se fue, entrecerrando los ojos al compás de la música.
Sería una coincidencia extraña, pensó Nikitin. Algo semejante a una estrella fugaz se precipitó en lo hondo de su memoria, y, olvidándose de su cerveza, la siguió en su camino a través de una callejuela oscura y brillante. Una farola alargaba su sombra. La sombra relampagueó al pasar por un muro y se perdió. Ella caminaba despacio y Nikitin tenía que contener su paso, temiendo, por alguna razón, alcanzarla.
Sí, no cabe duda… Dios, esto es maravilloso.
La mujer se detuvo en el bordillo de la acera. Una bombilla carmesí ardía sobre una puerta negra. Nikitin pasó por delante, volvió, rodeó a la mujer y se detuvo. Con una risa arrullante ella pronunció un término francés para seducirle.
En aquella luz macilenta, Nikitin vio su rostro hermoso y fatigado y el brillo húmedo de sus dientes diminutos.
—Escucha —le dijo en ruso, sencilla y suavemente—. Nos conocemos desde hace mucho tiempo, así que ¿por qué no hablar en nuestra lengua?
Ella arqueó las cejas.
—¿Inglés? ¿Hablas inglés?
Nikitin la miró atentamente y luego repitió con una nota de desesperación.
—Vamos, tú sabes que yo lo sé.
—¿Entonces, eres polaco? —preguntó la mujer, arrastrando la última sílaba como hacen en el sur.
Nikitin lo dejó estar con una sonrisa sardónica, le embutió en la mano un billete de cinco francos, y desapareció rápidamente cruzando la plaza. Un instante después oyó unas pisadas rápidas tras de sí, y una respiración entrecortada, y también el roce de un vestido. Se volvió a mirar. No había nadie. La plaza estaba oscura y desierta. Una hoja de periódico volaba por las baldosas de la plaza impulsada por el viento de la noche.
Suspiró, volvió a sonreír una vez más, se embutió las manos en los bolsillos, y mirando a las estrellas, que lucían y desaparecían como impulsadas por unos fuelles gigantes, empezó a bajar caminando hacia el mar. Se sentó en el viejo muelle con los pies colgando sobre el agua, contemplando el movimiento rítmico de las olas iluminadas por la luna, y se quedó así sentado durante mucho rato, con la cabeza hacia atrás, apoyada en las palmas de las manos.
Una estrella fugaz cayó despedida, repentina como un latido perdido del corazón. Una fuerte ráfaga de viento, limpia, le atravesó el cabello, pálido en el resplandor nocturno.
El duende del bosque
Yo trataba, pensativo, de encerrar entre mis trazos la silueta vacilante de la sombra circular del tintero. En un cuarto lejano un reloj dio la hora, mientras que yo, soñador como soy, me imaginé que alguien llamaba a mi puerta, suave al principio, luego más y más fuerte. Llamó doce veces y se detuvo expectante.
—Sí, aquí estoy, pase…
El pomo de la puerta crujió tímidamente, la llama de la vela ya gastada se ladeó un tanto, y él entró a saltos desde un rectángulo de sombra, jorobado, gris, cubierto con el polen de la helada noche estrellada.
Conocía su rostro. ¡Lo conocía desde tanto tiempo atrás!
Su ojo derecho seguía en la sombra, pero el izquierdo me escrutaba temerosamente, alargado, verde humo. ¡La pupila brillaba como si estuviera oxidada… aquel mechón gris de musgo de su sien, la ceja de pálida plata apenas visible, la cómica arruga junto a su boca sin bigote —todo ello intrigaba y molestaba un punto a mi memoria!
Me levanté. Él dio un paso adelante.
Su abriguito raído estaba abotonado al revés, como los de las mujeres. En la mano llevaba una gorra, no, era un fardo mal atado de color oscuro, y no había la más mínima señal de una gorra…
Sí, claro que lo conocía, incluso le había tenido un cierto aprecio, pero sencillamente no conseguía recordar dónde ni cuándo nos habíamos conocido. Y debíamos habernos visto con frecuencia, de otra manera no tendría aquel firme recuerdo de sus labios de arándano, de aquellas orejas puntiagudas, de aquella nuez tan divertida…
Con un murmullo de bienvenida estreché su fría mano, tan ligera, y luego la posé en el dorso de un sillón raído. Él se encaramó como un cuervo en el tocón de un árbol y empezó a hablar apresuradamente.
—Dan tanto miedo las calles. Por eso vine. Vine a visitarte. ¿Me reconoces? En otros tiempos tú y yo solíamos retozar y jugar juntos durante días enteros. En nuestro viejo país. ¿No me dirás que te has olvidado?
Su voz me cegó, literalmente. Me encontré turbado y aturdido: recordé la felicidad, la felicidad reverberante, interminable, irreemplazable…
No, no puede ser. Estoy solo… es tan sólo un delirio antojadizo. Y sin embargo había alguien sentado junto a mí, un ser de carne y hueso totalmente inverosímil, con botines alemanes de largas vueltas, y su voz tintineaba, susurraba —dorada, voluptuosamente verde, familiar—, mientras que las palabras que pronunciaba eran tan sencillas, tan humanas…
—Ya, ya te acuerdas. Sí, soy un duende del bosque, un gnomo travieso. Y aquí estoy, me han obligado a huir, como a todos los demás.
Suspiró profundamente, y volvieron a mi mente visiones de agitados nimbos y también frondosas sierpes de arrogante follaje, y vivos destellos de corteza de abedul como salpicaduras de espuma marina, contra el fondo de un dulce zumbido perpetuo… Se inclinó hasta mí y me miró con dulzura a los ojos. «¿Recuerdas nuestro bosque, los abetos tan negros, los abedules tan blancos? Lo han talado entero. El dolor fue insoportable, vi cómo caían crepitando mis queridos abedules ¿y qué podía hacer yo? Me empujaron a los pantanos. Lloré y aullé, troné como un avetoro, luego me fui corriendo a un bosque de pinos vecino.
»Y allí languidecía sin parar de sollozar. Apenas me había acostumbrado al mismo cuando se acabaron los pinos, ya sólo quedaban cenizas azulencas. Me vi obligado a marchar. Me encontré un bosque, un bosque maravilloso, espeso, oscuro, fresco. Pero de alguna manera no era lo mismo. En los viejos tiempos jugueteaba desde el alba hasta que el sol se ponía, silbaba con furia, aplaudía sin cesar, aterrorizaba a los paseantes. Tú te acuerdas bien, en una ocasión te perdiste en un oscuro escondrijo de mis bosques, tú y un vestidito blanco, y yo me divertí anudando los senderos, dando vueltas a los troncos de los árboles, haciendo guiños en el follaje. Me pasé toda la noche disponiendo mis engaños. Pero todo lo que hacía era para divertirme, era un puro juego, por más que me maldijerais. Pero ahora tuve que volverme serio, porque mi nueva residencia no era un lugar divertido. Noche y día crepitaban en mi entorno todo tipo de cosas extrañas. Al principio pensé que otro duende se agazapaba por allí; le llamé, escuché. Algo crepitaba junto a mí, algo había que retumbaba… Pero no, no eran los ruidos que nosotros hacemos. En una ocasión, a la caída de la tarde, salté hasta un claro del bosque ¿y qué vi allí? Gente por el suelo, algunos de espaldas, otros caídos de bruces. Bueno, pensé, los despertaré, ¡voy a ponerlos en movimiento! Y empecé a trabajar batiendo las ramas, bombardeándoles con piñas, ululando, susurrando… Trabajé así durante una hora entera, sin conseguir nada. Luego miré detenidamente y me quedé horrorizado. Un hombre tenía la cabeza separada del cuerpo y sólo los unía un frágil hilo carmesí. El otro tenía una colonia de gusanos por estómago… No pude soportarlo. Di un aullido, salté por los aires, y empecé a correr.
»Durante mucho tiempo estuve vagando por diferentes bosques, pero no encontraba la paz. O bien era la inmovilidad completa, pura desolación, mortal aburrimiento, o un horror tal que es mejor ni pensar en ello. Finalmente me decidí a transformarme en un rústico, un mendigo con su mochila, y me fui para siempre. ¡Adiós Rusia! Y entonces un espíritu amigo, el duende de las aguas, me ayudó. El pobre tipo también andaba huyendo. No salía de su asombro, no hacía sino decir: “¡Qué tiempos nos han tocado vivir, qué calamidad!”. Porque, aunque en los viejos se divirtió tendiendo trampas a las gentes, seduciéndolas hasta sus profundidades de agua (¡y vaya que si era hospitalario!), cuando las tenía allí abajo las mimaba y consentía en el fondo dorado del río. ¡Qué maravillosas canciones les cantaba para embrujarles! Ahora, dice, sólo llegan por el agua hombres muertos, flotando en grupos, muchos, y el agua del río es como la sangre, espesa, caliente, pegajosa y ya no puede respirar… Por eso me llevó consigo.
»Fue a llamar a la puerta de un mar lejano, y me asentó en una costa nubosa. “Vete, hermano, búscate una espesura amiga.” Pero no encontré nada, y acabé en esta espantosa ciudad de piedra extranjera. Y así fue que me convertí en humano, con el atuendo completo, cuello duro y botines, e incluso he aprendido a hablar como vosotros…»
Se quedó en silencio. Sus ojos relucían como hojas húmedas, tenía los brazos cruzados, y a la luz vacilante de la vela que se ahogaba, le brillaban unos mechones pálidos peinados a la izquierda.
«Sé que también tú languideces —su voz rielaba de nuevo—, pero tu nostalgia, comparada con la mía, tempestuosa, turbulenta, no es sino la respiración acompasada de quien duerme tranquilo. Piensa en eso: no queda nadie de nuestra tribu en Rusia. Algunos de nosotros nos fuimos en remolinos como espirales de niebla, otros se dispersaron por el mundo. Nuestros ríos maternos están melancólicos, ya no hay manos retozonas que jueguen a chapotear con los rayos de luna. Las campánulas que el azar ha querido conservar, las que han logrado escapar a la guadaña, están silenciosas, los gusli azul pálido que en tiempos servían a mi rival, el duende de los campos, para sus canciones, también permanecen en silencio. El duende del hogar, desaliñado y cariñoso ha abandonado con lágrimas en los ojos tu casa humillada y envilecida y los bosquecillos se han marchitado, aquellas arboledas patéticamente luminosas, mágicamente sombrías…
»Rusia, nosotros éramos Rusia, ¡tu inspiración, tu belleza insondable, tu magia secular! Y nos hemos ido todos, desaparecidos, empujados al exilio por un agrimensor loco.
»Amigo mío, moriré pronto, dime algo, dime que me quieres, a mí, un fantasma sin hogar, ven siéntate a mi lado, dame la mano…».
La vela chisporroteó y se apagó. Unos dedos fríos me tocaron la mano. Oí la vieja risotada de melancolía, tan conocida, que repicó una vez antes de callarse.
Cuando di la luz no había nadie en el sillón… ¡Nadie!… No quedaba nada en el cuarto sino un aroma maravillosamente sutil de abedul, de húmedo musgo…

Sobre el autor.
Vladímir Nabókov (San Petersburgo, 22 de abril de 1899 (10 de abril del calendario juliano) — Montreux, Suiza, 2 de julio de 1977), fue un escritor de origen ruso, nacionalizado estadounidense.