El resucitado

Hubo, y aún existe, en Toscana una abadía situada en apartado lugar, como suelen estar esta clase de edificios. El fraile que desempeñaba el cargo de abad llevaba una vida bastante regular, si se exceptúa el artículo mujeril, sin el que no podía pasarse; pero el buen reverendo se las componía tan bien, que sus intrigas no llegaban a conocimiento de la comunidad, y le tenían por un santo varón. Cerca del convento vivía un rico campesino, llamado Ferondo, hombre grosero y estúpido, quien trabó relaciones con el abad, el cual, viéndole tan sencillote e imbécil, sólo le daba conversación para tener ocasión de divertirse a su costa. Habiendo transcurrido algunos días sin comparecer por el convento, el padre abad se decidió a visitarlo. La mujer de Ferondo era joven y linda, y apenas la vio el fraile, cuando quedó prendado de ella. “¡Qué lástima, decía para sí, que este palurdo posea semejante joya, cuyo precio, sin duda, ignora!” Equivocábase de medio a medio el buen padre, pues, aunque Ferondo careciese de talento, no por eso dejaba de amar a su mujer, y la vigilaba, y aun estaba tan celoso de ella, que no la perdía de vista. Este descubrimiento no gustó mucho al abad, que se había apasionado fuertemente de la casadita, y temía no poder conseguir pervertirla. No obstante, no le abandonó la esperanza, y, como era hábil y astuto, supo amansar de tal suerte al marido celoso, que logró que llevara a su mujer a pasear alguna vez por el lindo huerto del convento. El buen hipócrita compartía con ellos el placer del paseo, y, para engañarlos mejor, sólo les hablaba de cosas santas. La unción que empleaba en sus discursos, el celo que demostraba por su salvación, le hacían pasar por santo a los ojos de aquellos esposos. En fin: supo desempeñar el muy taimado tan bien su papel, que la mujer estaba muy impaciente para tomarlo por director espiritual y, habiendo solicitado el permiso de su marido, éste se lo acordó sin titubear. Ya la tenemos postrada a los pies del abad, quien, encantado de habérselas con tan encantadora penitente, se propone sacar partido de su confesión para conducirla a sus fines. El catálogo de los pecados de bulto no tardó en ser examinado; pero los asuntos caseros merecieron más larga discusión: allí la esperaba el confesor. Preguntóla si vivía en armonía con su marido.
—¡Ay! —comentó la penitente—, difícil es satisfacer a semejante hombre; no podéis figuraros lo que sufro con sus tonterías y estupidez. Continuamente estamos en altercados, malos modos y reconvenciones respecto a las cosas más mezquinas. Por otro lado, sus celos no tienen límite, aunque, a decir verdad, no doy el más pequeño motivo para que los tenga. Os quedaría muy reconocida, padre mío, si me quisieseis aconsejar sobre el modo con que debo obrar para curarle de esa enfermedad, que causa mi desdicha y también la suya. Mientras mi marido se porte conmigo como hasta ahora, temo que todas mis buenas obras queden sin recompensa, merced a la impaciencia que de continuo me está devorando. Estas palabras alegraron en gran manera los oídos y el corazón del padre abad, pues le convencieron que sería fácil llevar a cabo sus designios respecto a la bella casada.
—No hay duda que es muy desagradable —la contestó—, para una mujer sensible y bonita, que su marido sea un tonto y pobre de espíritu; pero creo que todavía es más molesto tener que habérselas con un hombre rudo y celoso. Me hago cargo, hija mía, de la extensión de vuestras penas. El único objeto que yo puedo daros para mitigarlas el que tratéis de curar a vuestro marido del mal cruel de los celos. Convengo con vos en que la cosa no es tan fácil, mas os prometo ayudaros en lo que pueda. Sé un remedio infalible, y lo emplearé, con tal que me prometáis guardar el más inviolable secreto de lo que voy a revelaros.
—No pongáis en duda mi discreción —contestó la señora—; antes mil veces la muerte, a ser posible, que divulgar una cosa que me hayáis prohibido decir. Hablad sin temor, y os pregunto: ¿cuál es ese remedio?
—Si hemos de conseguir que vuestro marido se cure de los celos —replicó el abad—, es absolutamente necesario que se dé una . vuelta por el purgatorio.
—¿Qué estáis diciendo, padre mío? ¿Acaso se puede ir al purgatorio en vida?
—No; morirá antes de ir. Y cuando haya transcurrido bastante tiempo para que quede curado de celos, entonces los dos rogaremos a Dios que le vuelva a la vida, y puedo aseguraros que nuestras oraciones serán oídas. —Mas, ¿durante el tiempo que estará sin vida deberé yo permanecer en estado de viudedad? ¿No podré volver a casarme?
—No, hija mía; no os será permitido tomar otro marido; esto irritaría al Todopoderoso. Por otra parte, os veríais en la precisión de abandonarle cuando vuelva Ferondo del otro mundo, y este nuevo enlace le haría más celoso que antes.
—Estoy resuelta a someterme ciegamente a vuestra voluntad, reverendo padre, siempre que quede curado de su mal y que no tenga necesidad de guardar por mucho tiempo la viudez, pues os confieso que, caso de no poderle resucitar, yo no podría pasar sin otro marido, aunque fuera tan celoso como el que ahora tengo.
—Estad tranquila, hija mía; todo se arreglará como corresponde. Mas ¿qué recompensa me daréis por este servicio?
—La que deseéis, si está en mi mano; pero ¿qué puede hacer una mujer de mi condición por un hombre como vos?
—Podéis hacer tanto o más por mí —repuso el abad— que lo que yo por vos; voy a procuraros la tranquilidad, y en vuestra mano estará procurarme la mía, pues la he perdido por completo desde que os conozco; y aún podéis conservarme la vida, que indudablemente perderé si no ponéis remedio a mi mal.
—¿Qué debo hacer, pues? Muy satisfecha quedaré si puedo demostraros lo reconocida que os estoy. ¿Cuál es vuestro mal, y de qué manera puedo curarlo?
—Mi mal no es otro que el inmenso amor que os profeso; y si no correspondéis a mi pasión, si no me acordáis vuestros favores, soy hombre perdido.
—¡Ah! ¿Qué es lo que me pedís? —repuso la mujer, toda sorprendida—. Yo os tenía por un santo. ¿Está bien que un sacerdote, un religioso, un confesor, haga semejantes declaraciones a sus penitentes?
—No debéis sorprenderos por esto, querida mía; la santidad no sufrirá menoscabo por ello, puesto que reside en el alma, y lo que os pido sólo atañe al cuerpo. Este cuerpo tiene sus necesidades, que es permitido satisfacer, mientras se conserve la pureza del espíritu. No constituye pecado de gula el materialisto de la comida, sino la idea del regalo; otro tanto sucede con las demás necesidades del hombre. Si alguna cosa debe sorprenderos, es el efecto producido por vuestra belleza en un corazón que no acostumbra ver otras beldades que las celestes. Es preciso que vuestros encantos sean bien poderosos para que me hayan movido a desear el favor que os pido. Podéis gloriaros de ser la más hermosa de las mujeres, ya que la santidad misma no ha podido resistir a vuestros atractivos. Aunque religioso, a pesar de mi dignidad de abad y de mi santidad, no he dejado de ser hombre. Sin duda que tendría más mérito a los ojos del Altísimo si pudiese hacer el sacrificio del amor que me habéis inspirado y del placer que espero me ha de proporcionar; empero, debo confesaros que este sacrificio está más allá de mis fuerzas: tal ha sido la impresión que vuestra hermosura ha hecho en mi corazón. Así, pues, no me neguéis el favor que os pido. ¿Por qué titubearíais en otorgármelo? Todavía no soy viejo; por austera que sea la vida que llevo, aún no me ha desfigurado; pero si no pudiese compararme a vuestro marido en lo físico, ¿no debéis amar a quien os adora y demostrar alguna complacencia por aquel que intentaría hasta lo imposible para procuraros la dicha, así en este como en el otro mundo? Más bien que causaros pesar, mi proposición debería llenaros de alegría… Mientras el celoso Ferondo permanecerá en el purgatorio, yo os haré compañía y os serviré de marido, sin que nadie llegue a saberlo nunca. Aprovechad, pues, linda amiga mía, la ocasión que el cielo os ofrece; conozco un sinnúmero de mujeres contentísimas de que se les presentara semejante oportunidad. Si sois discreta, no la dejareis escapar. Sin contar que poseo muy lindas sortijas y otras valiosas joyas, que os regalaré si consentís en hacer en vuestro favor. ¿Seríais tan desagradecida que me rehusaríais un servicio que tan poco ha de costaras, cuando quiero haceros uno de tal importancia para vuestra tranquilidad?
La pobre mujer, fijos los ojos en el suelo, no sabía que contestar al santo religioso; no se atrevía a pronunciar un “no”, y el decir “sí” no le parecía ni honrado ni, menos, decente. El abad, viendo su embarazo, auguró un buen resultado en su empresa, pues creyó que se encontraba indecisa. Para darle ánimo y acabarla de resolver, redobló sus ruegos y sus instancias, logrando, por último, persuadirla, por medio de razonamientos sacados de su devoción y santidad, de que no había nada de criminal en lo que la pedía. Entonces la bella le contestó, no sin cierta vergüenza y timidez, que haría cuanto fuese de su agrado, pero que esto sería cuando ya estuviese Ferondo en el purgatorio. —No tardará en ir —repuso el abad, pintada la alegría en su rostro—. Sólo os pido que le digáis venga a verme mañana, o pasado; cuanto antes, mejor.
Y dicho esto, le colocó una sortija en el dedo y la despidió.
La buena mujer, bastante satisfecha del regalo que acababa de hacerle el abad, y aguardando recibir otros, se encaminó en busca de sus amigas, antes de volver a su casa, para charlar con ellas sobre el abad. Contóles cosas estupendas de su santidad, y no se cansaba de elogiarle. Las otras mujeres creyeron con tanta más razón lo que ella decía, cuanto que nadie tenía motivos para sospechar de su hipocresía y sus galanteos.
No tardó en presentarse Ferondo en el convento. Al verlo el muy taimado del abad, creyó llegado el momento de poner en planta su negro designio… Había recibido de las tierras de Oriente unos polvos amarillos, que producían un sueño más o menos largo, según fuese más grande o más pequeña la dosis. La persona que se los procuraba le dio también la receta, habiendo hecho la experiencia varias veces. Podían usarse sin temor cuando se quería hacer dormir a alguno y despertarle más tarde; y era tal la virtud de aquellos polvos, que, mientras obraban sobre el que los había tomado, hubiérase dicho que estaba muerto, sin que por esto le causasen ninguna molestia: quitaban los sentidos, y nada más. El abad mezcló una cantidad en vino, y lo dio a beber a Ferondo, de suerte que no despertara de su letargo durante tres días. Hecho esto, abandonaron ambos la celda para pasearse por el claustro, hasta tanto que Ferondo se quedase dormido; allí encontraron algunos frailes, a quienes divirtieron las bestialidades del buen campesino. Sin embargo, esta diversión no duró mucho; los polvos empezaron a hacer su efecto: Ferondo se duerme, y cae al suelo. Fingiendo el abad cierta desazón por tal accidente, que se creyó fuese un ataque de apoplejía, ordena que el enfermo sea trasladado a una de las celdas. Todos se apresuran a socorrerle: unos le rocían la cara con agua fría, otros le dan a respirar vinagre para reanimarlo; pero todo es inútil. Se le toma el pulso, y vese que ha cesado , de latir; por lo tanto, no cabe ya duda que el pobre hombre está muerto. Dase parte de ello a su mujer y a sus allegados, que se lamentan y derraman muchas lágrimas sobre el inanimado cuerpo. Por último, es enterrado con todas las ceremonias de costumbre, pero vestido como estaba y en una fosa muy grande. La mujer que, conforme a lo que la prometiera el abad, espera que no tardará en volver a la vida su Ferondo, no se afligió tanto como si verdaderamente estuviese muerto, y regresó a su casa con su hijo pequeño, que había llevado al entierro, asegurando a los deudos de su marido que no volvería a casarse en su vida.
Apenas la noche hubo extendido sus sombras sobre la tierra, cuando el abad y un fraile bolones, íntimo amigo suyo, que había atraído a su convento hacía pocos días, se encaminan a la fosa, sacan a Ferondo del ataúd y lo trasladan al vade in pace, hoyo oscuro y profundo que servía de cárcel a los frailes que cometían algún pecadillo. Desnúdanlo, le ponen un hábito y lo extienden sobre un montón de paja, aguardando a que despierte. El siguiente día, el abad, acompañado de otro fraile, hizo una visita de cumplimiento a la viuda, que encontró toda enlutada y en la mayor aflicción. Después de consolarla con palabras muy discretas y edificantes, la tomó a su lado y la recordó, en voz baja para que no lo oyera su compañero, lo que le había prometido. La mujer, libre por la muerte de su marido, y viendo relucir en el dedo del abad una sortija mucho más linda que la que le regalara, le contesta que está pronta a cumplir lo prometido, y convienen en reunirse la noche siguiente.
Preséntase, en efecto, el fraile, vestido con las ropas del pobre Ferondo, que todavía dormía. Se acuesta con su mujer y se refocila de lo lindo, a pesar de su profesión religiosa. Ya se comprenderá que el bribonzuelo no se contentó con aquella noche, sino que menudeó tanto sus visitas, que lo observaron varias personas; pero, como iba de noche a casa de su Dulcinea, las buenas gentes se imaginaron que era el mismo Ferondo que se aparecía para pedir algunas oraciones o hacer penitencia; lo cual dio lugar en toda la comarca a mil patrañas, más absurdas las unas que las otras. Hasta se llegó a participar del suceso a la pretendida viuda; pero, como estaba más enterada que nadie del asunto, no le dio ningún cuidado lo que se decía.
Al cabo de tres o cuatro días despertó el pobre Ferondo. No podía darse cuenta del sitio en que se encontraba, cuando penetró en su calabozo el fraile bolones, provisto de un haz de juncos, y le aplicó cinco o seis golpes con todas sus fuerzas.
—¡Ay, ay! ¿Dónde estoy? —exclamó el buen hombre, llorando amargamente.
—Estás en el purgatorio —le contesta el fraile con voz muy lúgubre.
—¿Acaso he muerto?
—Indudablemente —replica el fraile.
Al oír estas palabras, el palurdo renueva sus lamentos, echa de menos su mujer y su hijo y profiere las mayores extravagancias. Al poco rato vuelve el fraile, trayéndole de comer y beber.
¿Cómo es eso? —exclamó Ferondo—. ¿Acaso comen los muertos?
—Sí —dice el religioso—, sí; comen cuando Dios lo manda. La comida que aquí ves es la misma que ha dejado esta mañana en la iglesia la mujer que dejaste en la tierra, para que dijesen misas por el descanso de tu alma. Dios quiere que te sea dada en este sitio.
—¡Oh, vos, quienquiera que seáis, saludad de mi parte a tan cara mujer, saludadla! La amaba tanto antes de morir, que toda la noche estaba abrazado con ella; la daba miles de besos, y luego, cuando la cosa apretaba, la hacía otras caricias. Saludadla, os digo, de mi parte, si podéis hacerlo, señor diablo, o señor ángel, pues ignoro cuál de las dos cosas sois.
Dichas estas palabras, nuestro imbécil, como se sentía débil, despachó la comida y la bebida con ansia; mas, como no le pareciera bueno el vino:
—¡Qué Dios la castigue! —exclamó en el acto—. Es una verdadera perdida. ¿Por qué no ha mandado al cura vino de la cuba que está adosada al muro?
Cuando se hubo engullido la frugal colación que le trajera el fraile, éste comenzó a disciplinarle de nuevo.
—¿Por qué pegarme así?
—Porque Dios me lo ha ordenado, y quiere que recibas igual número de azotes dos veces al día.
—Y el motivo ¿cuál es?
—Por haber tenido celos de tu mujer, la más honrada y virtuosa del lugar.
—¡Ah! Es muy cierto, era más dulce que la miel; pero yo ignoraba que los celos fuesen un pecado a los ojos de Dios. Puedo aseguraros que, a haberlo sabido, no hubiese estado celoso.
—Cuanto digas ahora es inútil; yo debo ejecutar las órdenes que tengo, y nada más; cuando vivías, debiste informarte. A lo menos, este castigo te enseñará a no serlo otra vez, si vuelves al mundo de los vivos.
—¿Acaso los muertos pueden volver a la tierra?
—Sí, siempre que así lo quiera Dios.
—¡Ay! Si algún día torno allí, prometo ser el mejor de los maridos. No, nunca reconvendré ni maltrataré a mi mujer, contentándome tan sólo con reñirla por el pésimo vino que me ha propinado y por no haber enviado algunas velas a la iglesia, siendo causa de que haya tenido que comer a oscuras.
—No han faltado las velas, pero se han gastado en las misas.
—¡Viva una mujer tan buena! ¡Y cuánto me pesa de haberla atormentado algunas veces! Verdad es que no se conoce el valor de las cosas sino cuando se han perdido. Si algún día vuelvo a su lado, la dejaré en libertad de hacer cuanto le acomode. ¡Buena y excelente mujer! Pero vos, que de tal suerte me habéis vapuleado para vengarla de mis celos, decidme quién sois.
—Soy un difunto como tú, natural de la Cerdeña; y por haber loado los celos de un amo que tuve, Dios me ha condenado a ser tu camarero y tu verdugo dos veces al día, hasta que decida otra suerte de nuestro destino.
—Otra pregunta —repuso Ferondo—: ¿no hay más que nosotros dos en este sitio?
—Somos muchos miles; pero no te está permitido verlos ni oírlos, ni ellos te ven ni te oyen a ti.
—¿A qué distancia nos hallamos de nuestro país?
—A miles y miles de leguas.
—¡Cáspita!, muy lejos es; sin duda, debemos estar fuera del mundo, ya que se encuentra tan distante de aquí nuestro pueblo.
El fraile apenas podía detener la risa al oír las estúpidas preguntas del buen hombre. No faltaba todos los días con la comida, si bien dejó de azotarlo y de hablarle. Diez meses hacía que aquel infeliz permaneció encerrado en aquella mazmorra, cuando su mujer, que ya casi le había olvidado del todo, quedó embarazada. Al momento que lo notó, lo participó al abad, que la visitaba con frecuencia. Entonces juzgaron ser llegado el momento de resucitar al marido, para encubrir el libertinaje. Sin tal accidente, es muy posible que el pobre diablo hubiese pasado todavía algunos años en su purgatorio.
La siguiente noche, el abad se dirigió en persona al calabozo de Ferondo, y, fingiendo la voz, le dijo, con el auxilio de una bocina:
—Consuélate, Ferondo; Dios quiere que vuelvas a habitar la tierra, donde tendrás otro hijo, a quien darás el nombre de Benito. Debes tan señalada gracia a las reiteradas oraciones de tu mujer y a las del santo abad del convento de tu pueblo.
—¡Alabado sea Dios! —exclamó el prisionero, en medio de su contento—. Voy a ver otra vez a mi dulce y santa mujer, a mi caro y tierno hijo y al santo y piadoso abad, a quien deberé mi redención. ¡Qué Dios les bendiga para siempre amén!
Apenas hubo dicho estas palabras, cuando cayó aletargado. El padre abad había tenido la precaución de hacerle mezclar los consabidos polvos en su bebida, mas sólo puso lo suficiente para que durmiera cuatro o cinco horas. Aprovechó su sueño, ayudado del fraile bolones, su confidente, para ponerle otra vez su traje y llevarlo a la fosa donde había sido enterrado al principio.
Estaba ya muy adelantado el día cuando despertó el pretendido difunto, y al ver por un agujero la claridad natural, cosa que no le aconteciera por espacio de diez meses, notando después en aquel momento que verdaderamente estaba vivo, se acercó al agujero y empezó a gritar con todas sus fuerzas que le abrieran. Como no obtuviese contestación, se esforzó con la cabeza y los hombros para levantar la losa que cubría la sepultura. y tales fueron sus esfuerzos, que la entreabrió, pues no estaba bien cerrada. Pide socorro por segunda vez. Los frailes, que acababan de cantar maitines, acuden, al oír aquellos gritos; se acercan a la fosa, y apodérase tal miedo de todos ellos, que huyen precipitadamente, dando parte al abad de aquel prodigio. El superior fingía estar orando.
—Nada temáis, hijos míos —dice a los atemorizados frailes—; tomad la cruz y el agua bendita, y vamos a ver, con santa reverencia, lo que la omnipotencia de Dios acaba de obrar.
Mientras tanto, el bueno de Ferondo había logrado, merced a sus esfuerzos, apartar la losa de manera que pudiese pasar por la abertura y salir del hoyo. Estaba pálido, desencajado, como era natural en un hombre que se había hallado tanto tiempo privado de la luz del día. Al momento que ve al abad se arroja a sus pies y le dice:
—Padre mío, vuestras oraciones y las de mi mujer me han librado de las penas del purgatorio y vuelto a la vida. Ruego al Altísimo que os la alargue mucho y os colme de bendiciones.
—¡Bendito y alabado sea el nombre del Señor! —repuso el abad—. Levántate, hijo mío, y ve a consolar a tu mujer, que desde tu muerte no ha cesado de llorarte; anda, y sé un fiel servidor de Dios.
—Conozco, padre mío, de cuánto le soy merecedor; puedo aseguraros que haré todo lo que esté en mi mano para demostrarle mi agradecimiento. ¡Mi buena y excelente mujer! Vuelvo a su lado para probarle con mis caricias el gran aprecio en que tengo su amor. La recomiendo, buen padre, a vuestras oraciones y a las de toda la comunidad.
El abad fingía mayor sorpresa que el resto de sus cofrades, no olvidando hacer resaltar la grandeza de aquel milagro, en cuyo honor mandó entonar el Miserere.
Ferondo regresaba a su casa. Cuantos encontraba en el camino huían a su vista, cual si fuera un espectro. Hasta su mujer, aunque advertida, tuvo miedo, o a lo menos lo fingió así. Empero, cuando se vio que desempeñaba las funciones de un ser vivo, cuando hubo llamado a todos por su nombre, se desechó el temor y se creyó que efectivamente había resucitado. Entonces fue el interrogarle y preguntarle hasta lo infinito; él, en cambio, dio a todos la noticia del otro mundo: les habló del alma de sus deudos, les contó sus tristes aventuras, introduciendo mil fábulas ridículas, cual si su ingenio se hubiese desarrollado y tratase de burlarse de la tonta credulidad de sus vecinos. La revelación que tuvo pocos momentos antes de resucitar tampoco fue olvidada, pretendiendo que le había sido hecha por Ragnolo Braghiello. En una palabra, no hubo extravagancia que no relatara con la mayor sangre fría y que no fuese admitida con avidez por los campesinos de aquella aldea.
Su mujer le recibió con las mayores demostraciones de contento; al cabo de siete meses dio a luz un niño, a quien el pretendido resucitado puso por nombre Benito Ferondo, creyéndose verdaderamente su padre. Cuanto había relatado del otro mundo, de su larga ausencia, el testimonio de los frailes y el de sus allegados, que concurrieron a sus funerales, todo ayudó a probar que realmente resucitara de entre los muertos, lo cual aumentó la reputación de santidad de que gozaba el padre abad. No pudo olvidar Ferondo los sendos azotes que habían recibido sus espaldas en el purgatorio, y vivió al lado de su esposa sin sospecha alguna y sin molestarla con sus celos. Ella, por su parte, aprovechó la indulgencia y rusticidad de su marido para seguir recibiendo bendiciones de su santo director.

Acerca del autor.
Giovanni Boccaccio (1313 – 21 de diciembre de 1375), fue un escritor y humanista italiano. Es uno de los padres, junto con Dante y Petrarca, de la literatura en italiano.