Ghino di Tacco

Ghino di Tacco, famoso por su audacia y sus latrocinios, enemigo de los condes de Santa Fiore, expulsado de Siena, levantó la villa de Radicofani contra la corte de Roma, se estableció en ella y, para sostenerse, mandaba saquear a cuantos pasaban por las cercanías, por los satélites que le eran adictos. Por aquel tiempo ocupaba la silla pontificia Bonifacio VIII, y el abad de Clugny, considerado como el más rico prelado de toda la cristiandad, pasó a vivir algún tiempo en Roma. Como se echara a perder el estómago en dicha ciudad, debido al buen trato que se daba, los médicos le aconsejaron fuese a tomar las aguas de Siena, y, habiendo obtenido la venia del papa, partió, pomposamente acompañado de numeroso tren de carros, hombres y ganado, sin hacer gran caso de lo que se decía de Ghino.
Informado éste del viaje del prelado, tendió sus redes, y lo acorraló tan bien en un sitio angosto, que no pudo escapar alma viviente. En seguida mandó a uno de sus oficiales que se avistara con el abad, rogándole con mucha cortesía fuese a alojarse a su casa. El abad contestó, encolerizado, que no lo esperara, pues nada tenía que tratar con Ghino; que pasaría, mal de su grado, pues nadie habría tan atrevido para oponerse a ello. El mensajero le replicó, con el mayor respeto, que se encontraba en un sitio donde no había otra fuerza superior que la del Altísimo, no causando el menor daño y siendo miradas con desprecio las excomuniones e interdictos.
—Por tanto, creo, señor —continuó el enviado—, que el partido más prudente que podéis adoptar es acceder amistosamente a la invitación de Ghino.
Mientras tenía lugar esta pequeña conferencia, llega una pandilla de satélites, que rodean al señor abad y le obligan a emprender, junto con todas sus gentes y bagajes, el camino del castillo. Desde que hubo penetrado en él, se le alojó, según las órdenes recibidas, en un cuartito mezquino y lóbrego, mientras que las demás personas de su comitiva eran instaladas en habitaciones cómodas y proporcionadas a su calidad. Después que estuvieron en lugar seguro las muías, caballos y lo restante del tren, Ghino se encaminó al cuarto del abad, y le dijo:
—Caballero: Ghino, en cuya casa estáis alojado, me envía para suplicaros tengáis a bien manifestarle el objeto y motivo de vuestro viaje.
El abad, a quien la experiencia de la desgracia había infundido ya cierta dosis de sabiduría y modestia, respondió a todas las preguntas sin hacerse rogar.
En aquel momento pasó por la imaginación de Ghino curar al abad sin necesidad de baños; por tanto, mandó se encendiera un buen fuego en su cuartito, y que la puerta fuese bien vigilada, con prohibición expresa de dejar entrar a quienquiera que fuese. No volvió a visitarlo hasta el día siguiente, y le trajo una servilleta muy limpia, dos rebanadas de pan tostado, y un gran vaso de verdea de Cornilia, sacado todo de las provisiones del abad. —Señor —le dijo, después de los acostumbrados saludos—: Ghino, en su juventud, se dedicó al estudio de la Medicina, y pretende que no hay mejor remedio para el estómago que el que intenta daros. Lo que os presento en este momento es para comenzar; tomadlo pues, y os fortificaréis.
El abad, que tenía más apetito que ganas de hablar, comió y bebió con la mayor satisfacción, aunque parecía hacerlo con desdén. En seguida habló al fingido mensajero con cierta altivez; se quejó varias veces, interrogó, pidiendo, entre otras cosas, ver a Ghino, el cual consideró una parte de su charla como otras tantas palabras vacías que no merecían tomarse en cuenta. Tocante a las demás, contestó siempre con mucha urbanidad, asegurando al abad que Ghino tendría mucho gusto en visitarle dentro de poco. El día siguiente se presentó con igual ración, que el abad comió del mismo modo, continuando aquella escena por algún tiempo. Empero, habiendo notado que su enfermo había comido algunas uvas secas que le trajo de propósito y fingiera dejar por distracción, le preguntó, de parte de Ghino, cómo se encontraba del estómago. —Perfectamente me encontraría —contestó el abad—, si no me hallase en manos de tu amo y pudiese comer a mi gusto, pues sus remedios me han curado tan bien, que tengo un apetito atroz.
Al momento ordenó Ghino que arreglasen una preciosa habitación, amueblándola con muebles del señor abad. Luego preparó un gran festín, al que fueron invitados los principales habitantes de la ciudad y varias personas de la comitiva del sacerdote. Al otro día, por la mañana, se encaminó a su celda.
—Señor —le dijo—; puesto que os sentís bueno, es hora de que salgáis de la enfermería.
Y, dicho esto, le toma de una mano y lo conduce a la habitación que le estaba destinada; déjalo al otro lado de los suyos y acude a dar órdenes para la comida. El abad estuvo contentísimo de ver a su gente, contándoles la vida que llevara en su encierro. En cuanto a ellos, hicieron los mayores elogios del modo con que habían sido tratados.
Llegada la hora de la comida, la mesa fue espléndida, abundando toda clase de manjares y los mejores vinos. Ghino seguía guardando el incógnito con respecto al abad.
Por último, después de tratarlo durante tres o cuatro días con igual magnificencia, mandó que se trajeran a un salón todos sus bagajes y que fuesen colocados, en un patio que se veía desde allí, del primero al más ínfimo de sus caballos. Luego fue al encuentro del abad, le preguntó cómo estaba de salud y si se sentía con fuerzas para monta a caballo. El abad le contestó que se encontraba perfectamente y que se sentía completamente curado de su estómago, mas que su salud mejoraría mucho desde el momento que saliese del poder de Ghino. Este, entonces, lo llevó al salón donde estaban los bagajes y sus gentes, y, habiéndole hecho asomar a una ventana, desde la cual podía ver sus caballos.
Habéis de saber, señor —le dijo—, que ni por cobardía ni por maldad, Ghino di Tacco, que os está hablando en estos momentos, se ha convertido en salteador, enemigo del papa y de la corte de Roma, sino por vengar su honra y salvar su vida, cual un intrépido gentilhombre, y librarse de los enemigos que le perseguían; me han obligado a abandonar mi patria, y, careciendo de bienes de fortuna, los tomo de los que encuentro. Empero, supuesto que me habéis parecido una persona distinguida, y aunque os he curado del mal del estómago, no quiero aprovecharme de lo que os pertenece, como haría con cualquier otro que cayese en mis manos. Así pues, me contentaré con lo que queráis darme en socorro a mis necesidades. Ahí tenéis vuestros bagajes; en el patio, las caballerías: me dejéis alguna cosa o no, ya partáis u os quedéis aquí, desde este momento os devuelvo vuestros derechos de propiedad y la libertad.
Maravillado el abad de que un salteador se portase con tanta generosidad, desecha su resentimiento contra Ghino y lo abraza afectuosamente, diciéndole:
—Protesto a presencia de Dios que, para ganar la amistad de un hombre como tú, sufriría mucho más de lo que me has hecho sufrir. ¡Fortuna cruel que te obliga a tan infame oficio!
Y, dichas estas palabras, volvió a emprender el camino de Roma, con una pequeña parte de su tren, dejando a Ghino los caballos y cuantos muebles no le eran de absoluta necesidad.
El papa había sido informado del secuestro del abad, lo que le afligió en extremo. Sin embargo, al volverlo a ver, le preguntó si los baños le habían sentado bien.
—Santo padre —contestó el abad, sonriendo—, antes de llegar a los baños he encontrado un médico muy hábil, que me ha curado perfectamente.
Y en seguida le relató su aventura. A su santidad le hizo reír mucho; mas el abad, lleno de reconocimiento, le pidió una gracia: creyendo el papa que quería una nueva abadía, se la concedió antes de saber de qué se trataba.
—Benditísimo padre —continuó—, os ruego que perdonéis a Ghino di Tacco, mi médico, y le devolváis vuestra amistad, pues no hay sobre tierra hombre más virtuoso y estimable que él. El daño que hace, más es debido a su mala estrella que a su maldad. Hacedle cambiar de propósito, procuradle cómo vivir de una manera adecuada a su rango, y lo veréis tal como se me ha presentado a mí.
El papa, que era generoso, y que amaba la virtud, dondequiera que se encontrase, contestó que accedería a los ruegos del abad, con tal que no le engañara, añadiendo que podía hacer venir a Roma a su protegido, sin ningún temor. Así lo hizo Ghino, dando al poco tiempo a cuantos le rodeaban una alta idea de sus prendas morales. El papa le manifestó su afecto creándolo caballero de los Hospitalarios y dándole un priorato de aquella Orden.
El agraciado se mostró en lo sucesivo amigo y servidor de la Santa Iglesia Romana y del abad de Clugny.

Acerca del autor.
Giovanni Boccaccio (1313 – 21 de diciembre de 1375), fue un escritor y humanista italiano. Es uno de los padres, junto con Dante y Petrarca, de la literatura en italiano.