La historia de Plattner

Si debe ciarse crédito o no a la historia de Gottfried Plattner es una cuestión difícil a la vista de las pruebas. Por un lado tenemos siete testigos, o para ser más exactos, tenemos seis pares y medio de ojos y un hecho innegable; y por otro lado tenemos, ¿qué si no?, prejuicios, sentido común e inercia de opinión. Nunca ha habido siete testigos más honestos, nunca un acontecimiento más innegable que la inversión de la estructura anatómica de Gottfried Plattner; no ha habido tampoco nunca una historia más ridícula que la que tuvieron que contar. La parte más absurda de la historia es la valiosa contribución de Gottfried (pues le considero uno de los siete). El cielo me prohíbe dar crédito a la superstición por mor de la parcialidad, y así llegué a compartir el destino de los clientes de Eusapia. Con franqueza, creo que hay algo tortuoso en el asunto de Gottfried Plattner, pero debo admitir abiertamente que no sé cuál es ese factor poco limpio. Me ha sorprendido el crédito que se ha dado a la historia en los ambientes más inesperados y autorizados. Sin embargo, la manera más imparcial de dirigirme al lector es contándolo sin más comentarios.
Gottfried Plattner es, a pesar de su nombre, inglés de nacimiento. Su padre fue un alsaciano que llegó a Inglaterra en los años sesenta, se casó con una respetable muchacha inglesa de intachables antecedentes y murió, tras una vida sana y tranquila (dedicada principalmente, según creo, a la colocación de pavimentos de parquet), en 1887. Gottfried tiene en la actualidad veintisiete años. En virtud de su herencia trilingüe es profesor de lenguas modernas en una pequeña escuela privada del sur de Inglaterra. A los ojos de un observador casual se parece a cualquier otro profesor de lenguas modernas de cualquier otra escuela privada. Su ropa no es muy costosa ni de moda, pero tampoco resulta excesivamente sencilla ni parece usada; su complexión, lo mismo que su estatura y sus maneras, no llama la atención. Quizá percibiría usted, como la mayoría de la gente, que su rostro no era del todo simétrico, con el ojo derecho un poco mayor que el izquierdo y la mandíbula algo más prominente hacia la derecha. Si, como cualquier persona poco observadora, tuviera que desnudar su pecho y oír los latidos de su corazón, le parecería que late como el de cualquier otro.
Pero aquí aparecerán ya diferencias entre usted y el observador experimentado. Aunque a usted le parezca normal el corazón, el observador experimentado lo verá distinto. Una vez que se le haya dicho, percibirá fácilmente la peculiaridad. Se trata de que el corazón de Gottfried late en el lado derecho de su cuerpo.
Pero no es ésta la única singularidad de la estructura de Gottfried, aunque sea la única que llame la atención de una mente poco experimentada. Un estudio cuidadoso de la disposición interna de Gottfried a cargo de un buen cirujano revelará el hecho de que todas las partes asimétricas de su cuerpo están igualmente desplazadas. El lóbulo derecho de su hígado está a la izquierda y el izquierdo a la derecha, y también los pulmones presentan una disposición similar. Lo que resulta aún más singular, a menos que Gottfried sea un consumado actor, es que debemos creer que su mano derecha se ha convertido recientemente en la izquierda. Desde los incidentes que vamos a relatar (de la manera más imparcial posible), ha tenido cada vez más dificultades para escribir, salvo de derecha a izquierda en el papel y con la mano izquierda. No puede lanzar nada con la derecha, se equivoca en las comidas con el cuchillo y el tenedor y sus ideas sobre las normas de circulación, pues es aficionado al ciclismo, todavía provocan peligrosas confusiones. No existe la más mínima prueba de que antes de estos sucesos Gottfried fuera zurdo.
Hay todavía otro hecho sorprendente en este absurdo asunto. Gottfried muestra tres fotografías de sí mismo. En una aparece a la edad de cinco o seis años, sacando sus rollizas piernas por debajo de la ropa y frunciendo el ceño. En esa fotografía, su ojo izquierdo es un poco más grande que el derecho y la mandíbula un poco mas gruesa por la izquierda. Esto es lo contrario a su actual condición. La fotografía de Gottfried a los catorce años parece contradecir estos hechos, pero se debe a que es una de esas fotografías baratas, entonces en boga, tomadas directamente sobre una plancha metálica y que, por consiguiente, invierten las cosas como lo harta un espejo. La tercera fotografía le representa a los veintiún años y confirma las dos anteriores. Parecen confirmar el hecho de que Gottfried haya cambiado su lado izquierdo por el derecho Sin embargo, cómo un ser humano puede ser modificado de esta manera a menos que se trate de un milagro fantástico e inútil, resulta difícil de imaginar.
En cierto modo, por supuesto, estos hechos podrían explicarse suponiendo que Plattner ha emprendido una elaborada mistificación basada en el desplazamiento de su corazón, inviniendo las fotografías y simulando ser zurdo. Pero el carácter de este hombre no se presta a una teoría de este tipo. Es una persona tranquila, práctica, discreta y totalmente sensata según las normas de Nordau. Le gusta la cerveza y fuma con moderación, se da todos los días un paseo como ejercicio y tiene en gran estima el valor de sus enseñanzas. Posee una buena voz de tenor, aunque no trabajada, y le gusta cantar aires populares y alegres. Es aficionado a la lectura, aunque no de manera enfermiza, principalmente ficción unida a un optimismo vagamente piadoso, duerme bien y rara vez sueña. De hecho, es la última persona que daría pie a una fábula fantástica. Efectivamente, en lugar de dar publicidad a su historia, se ha mostrado bastante reticente al respecto. Responde a quien le pregunta con cierta simpatía, timidez sería casi la palabra, que desarma al más receloso. Parece avergonzarse de que le haya sucedido alto tan inaudito.
Es una lástima que la aversión de Plattner a la idea de la disección post mortem pueda posponer, quizá para siempre, la prueba positiva de que todo su cuerpo tiene invertidos los lados derecho e izquierdo. De ese hecho depende casi por completo la credibilidad de la historia. No hay manera de coger a un hombre y moverlo en el espacio, tal y como la gente normal lo entiende, que dé como resultado un cambio de sus lados. No importa lo que haga, su derecha seguirá siendo la derecha y la izquierda la izquierda. Esto se puede hacer con algo perfectamente delgado y plano. Si se recorta una figura de papel, cualquier figura con un lado derecho y otro izquierdo, se puede cambiar su forma invirtiéndola. Pero con un cuerpo sólido es diferente. Los matemáticos nos dicen que la única manera de cambiar los lados derecho e izquierdo de un cuerpo sólido es sacarle del espacio que conocemos, sustraerlo de la existencia ordinaria y llevarle a cualquier otro espacio exterior. Esto es un poco abstruso, sin duda, pero cualquiera con algún conocimiento de matemática teórica confirmará al lector esa verdad. Para expresarlo en un lenguaje técnico, la curiosa inversión de los lados derecho e izquierdo de Plattner es una prueba de que ha escapado de nuestro espacio hacia el que recibe el nombre de Cuarta Dimensión, y que después ha regresado a nuestro mundo. A menos que prefiramos consideramos víctimas de una inversión elaborada y sin sentido, estamos casi obligados a creerlo.
Hasta aquí los hechos tangibles. Pasemos ahora a los fenómenos que acompañaron a su transitoria desaparición del mundo. Al parecer, en la Sussexville Proprietary School, Plattner no sólo se encarga de las lenguas modernas, sino que enseña también química, geografía económica, contabilidad, taquigrafía, dibujo y otras materias que interesen a los padres de los muchachos. Sabía poco o nada de estas materias, pero en las escuelas secundarias, a diferencia de las elementales, los conocimientos del profesor no son tan necesarios como pueden serlo un carácter de gran moralidad y un comportamiento de caballero. En química era particularmente deficiente, sin conocer, según dice él, poco mas que los Tres Gases (cualesquiera que puedan ser). Pero como sus alumnos no saben nada y toda su información la recibían de él, esto no le causó el mas mínimo inconveniente durante vanos trimestres. Ingresó en la escuela un muchacho llamado Whibble, al que por lo visto algún pariente malicioso había educado formándole una mente de hábitos inquisitivos. El chico seguía las lecciones de Plattner con un notable y permanente interés, y con objeto de mostrar su entusiasmo sobre el tema llevó varias veces a Plattner sustancias para que las analizara. Plattner, lisonjeado por esta prueba de su capacidad de despertar el interés y la confianza en la ignorancia de los muchachos, las analizó e incluso realizó afirmaciones generales sobre su composición. Le estimuló tanto su alumno que adquirió una obra de química analítica y la estudió durante sus horas de guardia por la tarde. Le sorprendió descubrir que la química era una materia muy interesante. Hasta aquí la historia no se sale de lo corriente. Pero en ese momento aparece en escena el polvo verdoso. Por desgracia, parece perdida la fuente de donde procedía. El señorito Whibble refiere la tortuosa historia de haberlo encontrado en un paquete en un horno de cal abandonado, cerca de las colinas. Hubiera sido algo excelente para Plattner, y probablemente también para la familia de Whibble, que entonces y allí mismo se hubiera podido aplicar una cerilla al polvo. El joven no lo llevó a la escuela en el paquete, sino en una botella de medicinas, graduada, de ocho onzas, utilizando como tapón papel de periódico masticado. Se lo dio a Plattner al finalizar las clases de la tarde. Cuatro muchachos debían permanecer a fin de concluir algunos trabajos y Plattner les vigilaba en el aula pequeña donde se impartían las clases de química. Los instrumentos de las clases prácticas de química en la Sussexville Propietary School, como en la mayoría de las escuelas privadas de este país, se caracterizan por su gran sencillez. Se guardan en un cajón, de aproximadamente la misma capacidad que un baúl, colocado sobre una repisa. Plattner, aburrido de su vigilancia pasiva, recibió al parecer con entusiasmo la intervención de Whibble con su polvo verde como una diversión agradable y, abriendo el cajón, procedió de inmediato a los experimentos analíticos. Whibble se encontraba sentado, por suerte suya, a una distancia prudente contemplándole. Los cuatro malhechores, aparentando estar absortos en su trabajo, le miraban de reojo con sumo interés.
Incluso dentro de los límites de los Tres Gases, la química práctica de Plattner era, a mi entender, temeraria.
Existe práctica unanimidad en cuanto a lo que hizo Plattner. Vertió un poco de polvo verde en un tubo de ensayo y trató la sustancia, sucesivamente, con agua, ácido clorhídrico, ácido nítrico y ácido sulfúrico. Al no obtener resultado alguno vació casi la mitad de la botella en una bandeja y encendió una cerilla. Con la mano izquierda sujetaba la botellita de medicina. La sustancia comenzó a echar humo, se licuó e hizo explosión con ensordecedora violencia y un destello cegador.
Los cinco muchachos, al ver el destello, preparados para la catástrofe, se ocultaron bajo los pupitres y ninguno de ellos resultó seriamente dañado. La ventana cayó al patio y la pizarra se levantó de su caballete. La bandeja quedó reducida a polvo. Cayó algo de yeso del techo. No se produjeron mas daños en el edificio ni en las instalaciones de la escuela y los muchachos, al no ver en principio a Plattner, creyeron que se había ocultado debajo de algún pupitre. Salieron para ayudarle pero quedaron atónitos al encontrar el lugar vacío. Confusos todavía por la súbita violencia del suceso, se precipitaron hacia la puerta abierta creyendo que había resultado herido y había sido lanzado fuera de la habitación. Pero Carson, el primero de ellos, casi choca con el director, el señor Lidgett.
El señor Lidgett es un hombre corpulento e irascible con un solo ojo. Los muchachos le describen precipitándose hacia la habitación mascullando esas moderadas exclamaciones que suelen utilizar los maestros irritables, para que no suceda nada peor.
—Desdichados —dijo—. ¿Dónde está el señor Plattner?
Los muchachos se muestran de acuerdo en esas escasas palabras («cobardes», «llorones» y «desdichados» son, al parecer, las pequeñas variaciones del gasto escolar del señor Lidgett).
¿Dónde está el señor Plattner? Era una pregunta que se repitió varias veces en los días siguientes. Parecía, como dice esa frenética hipérbole, «haberse pulverizado». No quedaba a la vista ni una partícula visible de Plattner, ni una gota de sangre, ni un jirón de ropa. Al parecer había desaparecido sin dejar rastro. No quedaron ni los rabos, como suele decirse. La evidencia de su total desaparición a consecuencia de la explosión es un hecho indudable.
No es necesario que nos extendamos sobre la conmoción que se produjo en la Sussexville Proprietary School, en Sussexville y en otros lugares como consecuencia de este suceso. Es muy posible que alguno de los lectores de estas páginas recuerde haber oído alguna versión del hecho durante sus últimas vacaciones estivales Lidgett, al parecer, hizo todo lo posible por acallar y minimizar la historia. Estableció un castigo de veinticinco líneas para cualquier mención que hicieran los muchachos del nombre de Plattner y afirmó en clase que conocía el paradero de su ayudante. Temía, según explicaba, que la posibilidad de una explosión, a pesar de las grandes precauciones tomadas para minimizar la enseñanza práctica de la química, pudiera empañar la reputación de la escuela; como podía empañarla la misteriosa naturaleza de la desaparición de Plattner. De hecho, hizo todo lo que pudo para que el incidente pareciera lo más normal posible. Comprobó por su cuenta los cinco testimonios sobre el suceso, con tanta minuciosidad que comenzaron a dudar de lo que habían percibido con sus cinco sentidos. Pero a pesar de estos esfuerzos la historia, ampliada y distorsionada, causó tal sensación en el distrito que varios padres retiraron del colegio a sus hijos con diversos pretextos. Un aspecto no menos notable del asunto es el hecho de que varias personas del vecindario tuvieron sueños muy intensos de Plattner durante el período de excitación que precedió a su regreso, y que dichos sueños presentaban una curiosa uniformidad. En casi todos ellos se veía a Plattner, a veces solo y otras veces acompañado, caminando a través de una fulgurante iridiscencia En todos los casos su rostro aparecía pálido y relajado, y en algunos gesticulaba hacia la persona que soñaba Uno o dos de los muchachos, evidentemente bajo la influencia de la pesadilla se imaginaron que Plattner se les acercaba con sigilo y parecía mirarles fijamente a los ojos. Otros huían con Plattner de la persecución de unas criaturas vagas y extraordinarias de forma esférica Pero todas estas fantasías se olvidaron en interrogantes y especulaciones cuando el segundo miércoles después del lunes de la explosión, Plattner regresó.
Las circunstancias de su regreso fueron tan singulares como las de su partida. En la medida en que la descripción algo encolerizada del señor Lidgett puede suplir las vacilantes afirmaciones de Plattner, parece ser que aquel miércoles por la tarde, hacia la hora de la puesta del Sol tras acabar de preparar las clases de la tarde, estaba ocupado en su jardín, recogiendo y comiendo fresas, fruta por la que siente una desmesurada afición. Es un jardín grande y viejo, resguardado de la vista, afortunadamente, por una valla alta de ladrillo rojo cubierta de hiedra En el momento en que se detenía frente a una planta repleta de fruto, se produjo un destello en el aire y un ruido sordo, y antes de que pudiera mirar a su alrededor un cuerpo pesado le golpeó por detrás. Salió proyectado hacia delante, aplastando las fresas que llevaba en la mano, y con tal fuerza que su chistera —el señor Lidgett se adhiere a las viejas ideas sobre los trajes escolares— cayó violentamente sobre su frente, casi sobre un ojo. Este pesado proyectil, que pasó a su lado y quedó sentado entre los fresales, resultó ser el desaparecido señor Gottfried Plattner, con un aspecto extremadamente desaseado. Iba sin el cuello de la camisa y sin sombrero, la ropa sucia, y con sangre en las manos. El señor Lidgett estaba tan indignado y sorprendido que se quedó a gatas y con el sombrero caído sobre el ojo mientras insultaba a Plattner por su conducta irrespetuosa e inexplicable.
Esta escena tan poco idílica completa lo que puedo denominar la versión exterior de la historia de Plattner, su aspecto esotérico. No es necesario entrar aquí en todos los detalles de su despido por parte del señor Lidgett. Tales detalles, con nombres completos, fechas y referencias, se encontrarán en el largo informe de los sucesos que se presentó a la Sociedad para la Investigación de los Fenómenos Anormales. La singular transposición de los lados derecho e izquierdo de Plattner apenas se observó durante los primeros días, y después solo se percibió por su disposición a escribir en la pizarra de derecha a izquierda. Ocultaba, más que mostrar, esta curiosa circunstancia demostradora, al considerar que le afectaría de manera desfavorable en la nueva situación. El desplazamiento de su corazón se descubrió varios meses después, cuando se le extrajo un diente con anestesia. Después, muy a su pesar, permitió que le hicieran un rápido examen quirúrgico con vistas a un informe en el Journal of Anatomy. Esto último cierra el relato de los hechos materiales; a continuación pasaremos a considerar la versión de Plattner al respecto.
Pero diferenciemos primero con claridad entre la parte precedente de esta historia y la que sigue. Todo lo que he relatado hasta aquí viene respaldado con tales evidencias que incluso un abogado criminalista las aprobaría. Todos los testigos viven aún; el lector, si dispone de tiempo, puede encontrar a los muchachos mañana mismo o incluso desafiar los terrores del temible Lidgett, y comprobar e interrogar a su antojo; el propio Gottfried Plattner, su corazón invertido y las tres fotografías pueden sacarse a la luz. Puede considerarse demostrado que desapareció durante nueve días a consecuencia de una explosión, que regresó de manera casi igual de violenta en circunstancias que por su naturaleza son inoportunas para el señor Lidgett, cualesquiera que puedan ser los detalles de dichas circunstancias, y que volvió invertido lo mismo que vuelven los reflejos de un espejo. De este último hecho, como ya he indicado, es consecuencia casi inevitable que Plattner debió permanecer durante esos nueve días en algún estado de existencia fuera del espacio. La evidencia de estas afirmaciones resulta, claro está, mucho mayor que la de las pruebas por las que cuelgan a la mayoría de los criminales. Pero para el relato particular del lugar donde ha estado, con sus confusas explicaciones y los detalles contradictorios, sólo disponemos de la palabra del señor Gottfried Plattner. Vio deseo desacreditarle, pero debo indicar, cosa que no hacen muchos autores que escriben sobre fenómenos psíquicos oscuros, que estamos pasando aquí de hechos prácticamente innegables al tipo de cuestiones que cualquier hombre razonable puede creer o rechazar según considere que sea lo más adecuado. Las anteriores afirmaciones lo hacen verosímil; su discordancia con la experiencia corriente lo inclinan hacia lo increíble. Preferiría no desviar el juicio del lector en ningún sentido, sino simplemente relatar la historia de Plattner según él me la contó.
Puedo afirmar que me relató su experiencia en mi casa de Chislehurst; y en cuanto se hubo ido, por la tarde, me encerré en mi estudio y transcribí todo lo que recordaba. Después tuvo la amabilidad de leer una copia escrita a máquina, por lo que es innegable la exactitud del relato.
Afirma que en el instante de la explosión creyó estar muerto. Se sintió levantado y proyectado hacia atrás. Resulta un hecho curioso para los psicólogos que pensara con claridad durante su vuelo hacia atrás y que se preguntara si chocaría con el cajón de química o con la pizarra. Sus talones tocaron el suelo, se tambaleó y sintió que quedaba sentado sobre algo suave y firme. Durante un momento la conmoción le dejó aturdido. Al poco rato percibió un intenso olor a pelo chamuscado y le pareció oír la voz de Lidgett preguntando por él. Como pueden comprender, durante algún tiempo su mente estuvo confusa.
Al principio tenía la impresión de que seguía en el aula. Percibió con claridad la sorpresa de los muchachos y la entrada del señor Lidgett. Es bastante taxativo a este respecto. No oía sus observaciones pero lo atribuía al efecto ensordecedor del experimento. Las cosas a su alrededor aparecían oscuras y vagas, pero su mente lo interpretó con la idea obvia, aunque equivocada, de que la explosión había generado gran cantidad de humo oscuro. A través de la penumbra las figuras de Lidgett y de los muchachos se movían de manera tan tenue y silenciosa como fantasmas. El rostro de Plattner todavía se estremecía bajo el calor del destello. Estaba, según dice, «totalmente confuso». Sus primeros pensamientos concretos parecen haberse ocupado de su segundad personal. Pensó que tal vez se había quedado ciego y sordo. Se palpó los miembros y el rostro de manera cautelosa Entonces sus percepciones fueron aclarándose y quedó perplejo al echar en falta a su alrededor los conocidos pupitres y demás muebles del aula. En lugar de ello sólo había formas grises, oscuras e inciertas. Entonces se produjo algo que le hizo gritar y que despertó instantáneamente sus facultades aturdidas. ¡Dos de los muchachos, gesticulando, pasaban a través de él! Nadie pareció darse cuenta de su presencia. Es difícil imaginar la sensación que experimentaba. Chocaban con él dice, con la misma fuerza que una ráfaga de niebla.
El primer pensamiento de Plattner después de eso fue creerse muerto. Sin embargo, al haber sido educado con ideas lógicas en estas cuestiones, estaba algo sorprendido de encontrar todavía consigo a su cuerpo. La segunda conclusión fue que no era él quien estaba muerto, sino los otros: que la explosión había destruido la Sussexville Proprietary School y a todos excepto a él. Pero esto tampoco era muy satisfactorio. Volvió a observar, atónito.
Todo lo que había a su alrededor resultaba extraordinariamente oscuro: al principio, parecía negro como el ébano. Por encima de su cabeza había un firmamento negro. El único punto de luz en la escena era un débil resplandor verdoso en el límite del cielo, en dirección a un horizonte de negras colinas ondulantes. Ésta fue, dijo, su primera impresión. Según iban sus ojos acostumbrándose a la oscuridad, comenzó a distinguir una suave calidad de diferentes colores verdosos en la noche que le envolvía. Sobre este fondo, los muebles y los ocupantes del aula parecían destacar como espectros fosforescentes, débiles e impalpables. Alargó su mano y la hundió sin ningún esfuerzo en la pared de la habitación, junto a la chimenea.
Se describe a sí mismo haciendo arduos esfuerzos para llamar la atención. Gritó a Lidgett e intentó agarrar a los muchachos según pasaban. Desistió de estos intentos sólo cuando el señor Lidgett, a quien, como profesor ayudante, aborrecía por naturaleza, entró en la habitación. Dice que la sensación de estar en el mundo y no ser parte de él es extraordinariamente desagradable. Compara sus sensaciones, no sin razón, con las de un gato que acecha a un ratón a través de la ventana. Cuando se movía para comunicarse con el tenebroso mundo conocido que había a su alrededor, encontraba una barrera invisible e incomprensible que le impedía comunicarse. Centró entonces su atención en el entorno sólido. Encontró la botella intacta aún en su mano, con el resto del polvo verde en su interior. Se la metió en el bolsillo y comenzó a experimentar sensaciones de si mismo Al parecer estaba sentado sobre una roca cubierta de musgo aterciopelado. No podía ver el campo oscuro que había por encima de él y la imagen débil y nebulosa del aula se iba borrando, pero podía sentir (debido quizá a una brisa fresca) que estaba cerca de la cima de una colina y que a sus pies se extendía un profundo valle. La extensión e intensidad del verde resplandor a lo largo del horizonte parecían crecer. Se levantó frotándose los ojos.
Al parecer, dio un par de pasos colina abajo y después tropezó, casi cayéndose, y se sentó sobre un peñasco para contemplar el panorama Se dio cuenta de que el mundo que le rodeaba era absolutamente silencioso. Lo era tanto como oscuro, y aunque le parecía que una fresca brisa soplaba en la colina, faltaba el susurro de la hierba y el murmullo de las ramas que deberían acompañarla Por consiguiente pudo oír, aunque no pudiera ver, que la falda de la colina en la que se encontraba era rocosa y desolada. El verde se hada cada vez mas brillante y se fue mezclando con él un tenue rojo sangre transparente, aunque sin mitigar la negrura del cielo que se extendía por encima de su cabeza y de la rocosa desolación de su alrededor. Considerando lo que sigue, me inclino a creer que el color rojizo puede haber sido un efecto óptico debido al contraste. Algo negro se agitó durante unos momentos contra el lívido verde amarillento de la parte inferior del cielo, y a continuación el sonido penetrante de una campana se elevó desde el abismo que tenía ante sí. Una expectación opresiva creció al aumentar la luz.
Es probable que transcurriera una hora o más mientras estuvo allí sentado y esa extraña luz verde se volvía cada vez más brillante y se extendía con lentitud, en llameantes dedos, hasta el cénit. Al crecer, la visión espectral de nuestro mundo se volvió, relativa o absolutamente, más borrosa. Es probable que ambas cosas, pues la hora debía ser aproximadamente la de nuestro crepúsculo terrestre. En cuanto se disipó la visión de nuestro mundo, Plattner descendió algunos escalones por la colma, atravesó el suelo del aula y se vio sentado en el aire en un aula mas grande que había escaleras abajo. Vio a los internos con claridad, pero mucho mas débilmente de lo que había visto a Lidgett, Estaban preparando sus tareas nocturnas y observó con curiosidad que varios de ellos resolvían con trampa sus teoremas de Euclides mediante una chuleta, cuya existencia no había sospechado hasta ese momento. Al pasar el tiempo se fueron debilitando con la misma constancia con que aumentaba la luz del crepúsculo verde.
Mirando hacia el valle, vio que la luz había descendido por las paredes rocosas y que la profunda negrura del abismo quedaba ahora rota por un diminuto resplandor verde, igual que la luz de una luciérnaga. Casi inmediatamente, el perfil de un enorme cuerpo celeste de resplandeciente Color verde se elevó sobre las ondulaciones basálticas de las distantes columnas, y las monstruosas masas de las colinas se revelaron desvaídas y desoladas, con claridad verdosa y profundas sombras negras. Percibió gran número de objetos esféricos que se arrastraban como simientes de cardo por el suelo. Ninguno de ellos estaba mas cerca de él que el lado opuesto del valle. La campana sonaba cada vez a intervalos más breves, con una especie de impaciente insistencia, y varias luces se movían de un lado a otro. Los muchachos que trabajaban en sus pupitres aparecían casi imperceptiblemente tenues.
Esta extinción de nuestro mundo al elevarse el verde Sol del otro universo es una característica curiosa en la que Plattner insiste. Durante la noche del Otro Mundo es difícil moverse, a causa de la intensidad con que son visibles las cosas de este mundo. Es un misterio explicar por qué, de ser así, no podemos entrever en este mundo el Otro Mundo. Quizá se deba a la iluminación comparativamente intensa del nuestro. Plattner describe el mediodía del Otro Mundo con un brillo no superior al de la luna llena en el nuestro, mientras que la noche es profundamente oscura. Por consiguiente, la cantidad de luz incluso de una habitación oscura normal, es suficiente para volver invisibles las cosas del Otro Mundo por el mismo principio que hace que una débil fosforescencia sea sólo visible en la máxima oscuridad. Desde que me contó su historia, he intentado ver algo del Otro Mundo sentándome durante un rato por la noche en el cuarto oscuro de un fotógrafo. Ciertamente, he visto la forma confusa de rocas y laderas verdosas, pero debo admitir que eran muy confusas. Quizá el lector tenga más suerte. Plattner me ha dicho que desde su regreso ha visto y reconocido lugares del Otro Mundo en sus sueños, pero esto se debe probablemente a su recuerdo de dichas escenas. Parece posible que personas de mirada muy penetrante puedan en alguna ocasión vislumbrar ese extraño Otro Mundo que nos rodea.
Sin embargo, esto es una digresión. Al elevarse el Sol verde, una larga calle de edificios negros se hizo perceptible, aunque sólo de manera oscura y borrosa, en el valle, y tras alguna duda Plattner comenzó a descender por el precipicio hacia ellos. El descenso fue largo y excesivamente fastidioso, no sólo por la extraordinaria pendiente sino debido a que los cantos estaban dispersos y muy sueltos en la ladera. El ruido de su descenso —de vez en cuando sus talones provocaban chispas en las rocas— parecía ahora el único sonido del universo, pues había cesado el tañido de la campana. Al acercarse, percibió que vanos de los edificios tenían un singular parecido con tumbas, mausoleos y monumentos, salvo que eran uniformemente negros en lugar de ser blancos como la mayoría de las sepulturas. Y después vio salir del edificio mas grande, como de una iglesia, varias figuras redondeadas y pálidas de color verde. Se dispersaron en varias direcciones por la calle más ancha, desapareciendo algunos por las callejuelas laterales y reapareciendo por la ladera de la colina, mientras otros se introducían en los pequeños edificios negros que había en el camino.
Al ver estas cosas arrastrándose hacia él, Plattner se detuvo, mirándolas con atención. No caminaban, pues de hecho carecían de piernas, y tenían el aspecto de cabezas humanas, debajo de las cuales surgía un cuerpo parecido al de un renacuajo. Estaba demasiado sorprendido por su rareza, demasiado como para que le alarmaran seriamente. Se dirigieron hacia él contra la fría brisa que soplaba de la colina, como pompas de jabón arrastradas por una corriente de aire. Al contemplar al que tenía mas cerca vio que en efecto se trataba de una cabeza humana, aunque con ojos curiosamente grandes y con tal expresión de angustia y zozobra como nunca viera en ningún mortal. Se sorprendió al comprobar que no se volvían hacia él aunque parecían estar vigilando y siguiendo alguna cosa invisible que se movía. Durante un momento quedó perplejo, hasta que se le ocurrió que esa criatura estaba observando con sus enormes ojos algo que sucedía en el mundo que acababa de dejar. Se acercó más y más, pero estaba demasiado sorprendido como para gritar. Cuando estuvo a su lado, emitió un débil y desagradable ruido. A continuación le dio una palmadita en la cara —su tacto era muy frío— y pasó de largo ascendiendo hacia la cumbre de la colina.
Por la mente de Plattner cruzó la extraordinaria convicción de que esa cabeza tenía una enorme similitud con Lidgett. A continuación centró su atención en otras cabezas que se amontonaban ahora en la ladera Ninguna de ellas hizo el menor signo de reconocimiento. Una o dos se acercaron a su cabeza y casi siguieron el ejemplo de la primera, pero él se apartó con violencia. En la mayoría de ellas observó la misma expresión de vano pesar que había visto en la primera y oyó los mismos débiles sonidos de abatimiento. Una o dos lloraban y otra que ascendía suavemente por la colina mostraba una expresión de furia diabólica. Las había frías y algunas mostraban en sus ojos una expresión de complaciente interés. Una al menos se hallaba casi en el éxtasis de la felicidad. Plattner no recuerda si percibió algún otro parecido en las que vio entonces.
Durante varias horas quizá, Plattner observó cosas extrañas que se dispersaban por las colinas y hasta mucho después de que hubieran dejado de salir de los negros edificios del cañón, no reanudó el descenso. La oscuridad que había sobre él aumentó tanto que le resultaba difícil caminar. Por encima de su cabeza el cielo era todavía de un verde pálido brillante. No sentía hambre ni sed. Más tarde, cuando la sintió, encontró un frío riachuelo que bajaba por el valle, y cuando por desesperación hubo de probar el musgo que crecía en las rocas, descubrió que era comestible.
Caminó a tientas entre las tumbas del valle buscando vagamente algún sentido a aquellas cosas inexplicables. Después de largo tiempo llegó a la entrada del gran edificio, parecido a un mausoleo, del que habían salido las cabezas. Encontró en él un grupo de luces verdes brillando sobre una especie de altar de basalto y una cuerda de campana colgando de lo alto de un campanario situado en el centro del lugar. Alrededor de la pared había una inscripción de fuego en unos caracteres que le eran desconocidos. Mientras se preguntaba por el significado de aquellas cosas, oyó unas fuertes pisadas que se alejaban por la calle y provocaban eco. Volvió a salir a la oscuridad, pero no vio nada. Estuvo a punto de tirar de la cuerda de la campana, pero al final decidió seguir los pasos. Aunque corrió, no logró alcanzarlos y sus gritos no sirvieron de nada. El valle parecía extenderse a lo largo de una distancia interminable. Era tan oscuro como una noche de estrellas en la Tierra, mientras que el fantasmagórico día verde brillaba en el borde superior del precipicio. Allí abajo no había ninguna cabeza. Al parecer todas se encontraban ocupadas en lo alto de la ladera Mirando hacia arriba las vio arrastrándose de un lado a otro, suspendidas algunas, inmóviles, y desplazándose otras velozmente por el aire. Declaró que le recordaban «grandes copos de nieve», sólo que eran negras y verde pálido.
Plattner afirma que pasó buena parte de los siete u ocho días persiguiendo las pisadas firmes y constantes a las que nunca lograba dar alcance, avanzando a tientas hacia nuevas regiones de esa infinita y endiablada zanja, trepando y descendiendo por las despiadadas alturas, vagando por las cumbres y observando los rostros que se arrastraban. Dice que no llevó la cuenta. Aunque una o dos veces encontró ojos que te miraban, no cruzó ni una palabra con ningún alma viviente. Durmió entre las rocas de la ladera. En el valle las cosas terrestres eran invisibles porque, desde el punto de vista de la Tierra estaba por debajo del suelo. En las alturas, en cuanto comenzaba el día terrestre el mundo se te hacía visible. Varias veces se encontró dando traspiés sobre las oscuras rocas verdes o deteniéndose al borde de un precipicio, mientras que encima de él se agitaban las verdes ramas de las veredas de Sussexville; otras veces le parecía estar caminando por las calles de Sussexville u observando sin ser visto en el interior de las casas. Fue entonces cuando descubrió que a cada uno de los seres humanos de nuestro mundo le pertenecía una de esas cabezas que se arrastraban, que a todos los habitantes de este mundo les vigila sin pausa uno de esos desamparados seres sin cuerpo.
Plattner nunca supo qué eran. ¿Vigilantes de los Vivos? Pero dos que encontró y que le siguieron se parecían al recuerdo que guardaba de su padre y de su madre cuando era niño. De vez en cuando otros rostros dirigían sus ojos hacia él: ojos como los de las personas ya muertas que le habían influido, dañado o ayudado en su juventud o ya de adulto. Cada vez que le miraban, Plattner se sentía invadido por un extraño sentido de la responsabilidad Se aventuró a hablar con su madre, pero ella no le respondió. Miraba con tristeza fijamente y con ternura y le pareció también que con cierto tono acusador en los ojos. Simplemente cuenta esta historia, no intenta explicarla No nos queda más que hacer conjeturas sobre quiénes son estos Vigilantes de los Vivos, o, si son efectivamente la Muerte, por qué miran con tanta intensidad un mundo que han abandonado para siempre. Puede ser, me parece a mí, que cuando se ha cerrado nuestra vida cuando el bien y él mal han dejado de ser una elección, todavía debemos ser testigos de las secuelas que hemos dejado. Si las almas humanas continúan existiendo después de la muerte, los intereses humanos seguramente también persisten. Pero esto no es más que una suposición para interpretar las cosas vistas. Plattner no brinda ninguna interpretación, pues no se le dio ninguna Conviene que el lector comprenda esto con claridad. Día tras día, con la cabeza dándole vueltas, vagó por el mundo verdoso exterior a nuestro mundo, cansado, y al final, débil y hambriento. De día, es decir, durante el día terrestre, la visión fantasmagórica del conocido escenario de Sussexville le molestaba y preocupaba. No podía ver dónde ponía los pies y de vez en cuando, con un frío tacto, una de esas Almas Vigilantes chocaba contra su rostro. Tras la oscuridad, la multitud de esos Vigilantes encima de él y su atenta angustia llevaban a su mente a una confusión indescriptible. Un gran anhelo de regresar a la vida terrestre, tan próxima y sin embargo tan remota, le consumía. Lo sobrenatural de todo cuanto le rodeaba le producía una angustia mental dolorosa. Estaba preocupado por su propio séquito. Les gritaría para que desistieran de mirarle, les reprendería y lograría que se alejaran. Siempre permanecían mudos y absortos. Corriendo como podían sobre el suelo irregular, seguían su destino.
El noveno día por la tarde, Plattner oyó los pasos invisibles que se aproximaban por el valle. En ese momento vagaba por la amplia cima de la misma colina a la que cayó al entrar a este extraño Otro Mundo. Se dio la vuelta para apresurarse hacia el valle, encontró pronto el camino y se detuvo al ver lo que sucedía en una habitación, en una calle posterior cercana a la escuela Conocía de vista a las dos personas que había en su interior. Las ventanas estaban abiertas, las persianas subidas y el sol crepuscular entraba con claridad de modo que al principio aparecieron como figuras brillantes y alargadas proyectándose como las imágenes de una linterna mágica sobre el. paisaje negro y el pálido verde del amanecer. Además de la luz del Sol, acababan de encender una vela en la habitación.
En la cama yacía un hombre muy delgado con el cadavérico rostro pálido sobre la revuelta almohada Sus manos apretadas se elevaban por encima de su cabeza. Sobre una pequeña mesa al lado de la cama había unos pocos frascos de medicinas, algo de pan tostado, agua y un vaso vacío. De vez en cuando los labios del hombre delgado se separaban para esbozar una palabra que no podía articular. Pero la mujer no se daba cuenta de que quería algo, puesto que estaba ocupada revolviendo papeles en un viejo escritorio, en la esquina opuesta de la estancia Al principio la imagen era de gran intensidad pero cuando el verde amanecer, a su espalda, se hizo más intenso, tomóse cada vez más débil y transparente.
Al irse acercando los pasos, con eco, esas pisadas que tan fuerte resonaban en el Otro Mundo y tan silenciosas en éste, Plattner percibió sobre él una multitud de pálidos rostros que se agrupaban en la oscuridad y vigilaban a las dos personas de la habitación Nunca antes había visto a tantos Vigilantes de los Vivos. Una multitud ponía sus ojos únicamente sobre el enfermo, y otra, con infinita angustia, vigilaba a la mujer que con ávidos ojos buscaba algo que no podía encontrar. Se agolparon alrededor de Plattner, se cruzaron delante de su mirada y le golpearon el rostro, envolviéndole con el ruido de sus inútiles lamentos. Sólo de vez en cuando lograba ver con claridad Otras veces las imágenes se estremecían oscuramente a través del velo de reflejos verdes de sus movimientos. En la habitación debía reinar un gran silencio y dice Plattner que la llama de la vela se prolongaba en una línea de humo perfectamente vertical, aunque en sus oídos cada paso y su eco resonaban como un trueno. ¡Y los rostros! Dos, en particular, cerca de la mujer uno también de mujer, blanco y de rasgos claros, un rostro que pudo haber sido frío y duro pero que ahora se hallaba suavizado por una pincelada de sabiduría extraña a la Tierra. El otro podía ser el padre de la mujer. Ambos estaban evidentemente absortos en la contemplación de un acto de odiosa mezquindad que al parecer no podían evitar ni prevenir. Detrás había otros, maestros que pudieron enseñar mal, amigos cuya influencia no logró resultado alguno. Y sobre el hombre también una multitud pero ninguno que pareciera ser padre o maestro. Facciones que pudieron ser toscas, depuradas ahora por el pesar. Y delante de todas la cara de una muchacha ni temerosa ni arrepentida, sino simplemente paciente y fatigada y, según le pareció a Plattner, esperando alivio. Su capacidad de descripción no logra recordar la multitud de horribles semblantes. Se agruparon al sonido de la campana Los vio a todos por espacio de un segundo. Al parecer, con la excitación, sus inquietos dedos sacaron del bolsillo la botella de polvos verdes, sosteniéndola delante de él. Pero no lo recuerda.
De pronto cesaron los pasos, esperó el siguiente y se produjo un silencio; y entonces, de manera súbita, cortando la inesperada calma como una hoja afilada, se produjo el primer tañido de la campana Se agitaron los miles de rostros y sobre ellos se elevó un grito cada vez más intenso. La mujer no lo oía; estaba quemando algo en la llama de la vela Al segundo tañido todo se volvió más confuso y un hálito de viento helado sopló a través de la multitud de Vigilantes. Se arremolinaron a su alrededor como un torbellino de hojas muertas en primavera, y al tercer tañido algo se extendió a través de ellos hacia la cama Ya sabrán lo que es un haz de luz; aquello era como una haz de oscuridad y mirándolo de nuevo Plattner vio que se trataba de la sombra de un brazo y de una mano.
El sol verde tocaba ahora las negras desolaciones del horizonte y la visión de la habitación era muy débil Plattner pudo ver que el blanco de la cama se retorcía convulsivamente y que la mujer miraba por encima del hombro, asustada.
La multitud de Vigilantes se elevó como una ráfaga de polvo tras el viento y se deslizó rápidamente hacia el fondo del valle. Plattner comprendió entonces, de pronto, el significado del brazo negro, que se extendía por su hombro y agarraba su presa. No as atrevió a girar la cabeza para ver la Sombra que había detrás del brazo. Con un esfuerzo violento, y tapándose los ojos, comenzó a correr, dio unos veinte pasos, resbaló sobre una roca y cayó. Cayó sobre sus manos y la botella chocó y explotó al tocar el suelo.
Instantes después se encontró, aturdido y sangrando, cara a cara con Lidgett en el viejo jardín vallado de detrás de la escuela.

Aquí acaba la historia de las experiencias de Plattner. He resistido, y creo que con éxito, la tendencia natural de los escritores de ficción a adornar los incidentes de este tipo. He relatado las cosas, dentro de lo posible, en el orden en que Plattner me las confió. He evitado con cuidado cualquier intento de estilo, efecto o construcción. Por ejemplo, hubiera sido fácil elaborar la escena de la cama mortuoria en forma de una conjura en la que Plattner podía haber estado implicado. Pero aparte de lo censurable de falsear una historia verdadera tan extraordinaria, un truco de ese tipo hubiera echado a perder, creo yo, el efecto peculiar de ese mundo oscuro con su lívida iluminación verde y sus Vigilantes de los Vivos vagando que, invisibles e incapaces de aproximarse, nos rodea a todos nosotros.
Queda por añadir que efectivamente se produjo una muerte en Vincent Terrace, justo detrás del jardín de la escuela, y, como puede demostrarse, en el momento del regreso de Plattner. El fallecido fue un agente de seguros y recaudador de impuestos. Su viuda, mucho más joven que él, se casó el mes pasado con un tal señor Whymper, cirujano veterinario de Allbeeding. Puesto que una parte de esta historia que hemos relatado ha circulado oralmente en varias versiones en Sussexville, ella me ha autorizado a utilizar su nombre con la condición de que indique expresamente que contradice todos los detalles del relato de Plattner acerca de los últimos movimientos de su marido. Afirma que no quemó ningún testamento, aunque Plattner no la acusó nunca de hacerlo: su marido redactó un único testamento, precisamente tras su matrimonio. Es evidente que, para proceder de un hombre que nunca ha estado en ella, el relato de Plattner acerca de los muebles de la habitación resulta curiosamente preciso.
Hay otro punto sobre el que debo insistir, aun a riesgo de fastidiosas repeticiones, para no favorecer supersticiones crédulas. Está probado que la ausencia de Plattner del mundo fue de nueve días. Pero esto no prueba su historia Es concebible que incluso en el espacio exterior sean posibles las alucinaciones. El lector debe tener al menos esto en cuenta.

Sobre el autor.
Herbert George Wells, más conocido como H. G. Wells (21 de septiembre de 1866 en Bromley, Kent — 13 de agosto de 1946 en Londres),1 fue un escritor, novelista, historiador y filósofo británico.