La historia de Sutton Place

El domingo por la mañana, Deborah Tennyson esperó en el cuarto de los niños la señal de su padre que significaba el permiso para ir al dormitorio conyugal. La señal llegó tarde, porque sus padres habían estado bebiendo bastante, hasta altas horas de la noche, con un amigo de Minneapolis que se dedicaba a los negocios; pero cuando Deborah recibió la venia paterna, corrió a trompicones por el oscuro pasillo, chillando de alegría. Su padre la cogió en brazos y le dio con un beso los buenos días, y después la niña se acercó a su madre, acostada aún.
—Hola, cielo, mi amor —dijo la madre—. ¿Te ha dado Ruby el desayuno? ¿Has desayunado bien?
—Hace un día precioso —anunció Deborah—. Un tiempo divino.
—Sé buena con tu pobre mamá —dijo Robert—. Mamá tiene una resaca horrorosa.
—Mamá tiene una resaca horrorosa —repitió Deborah, y le dio una suave palmadita en la mejilla.
Deborah no había cumplido todavía los tres años. Era una hermosa chiquilla, con un maravilloso pelo, espeso y con brillos de plata y oro. Era una niña de ciudad y sabía lo que eran los cócteles y las resacas. Su padre y su madre trabajaban, y casi siempre los veía a última hora de la tarde, cuando la llevaban a darles las buenas noches. Katherine y Robert Tennyson solían beber con amigos, y a Deborah le permitían ofrecer el salmón ahumado, y la niña había llegado a la conclusión de que los cócteles eran el eje de la vida adulta. Le gustaba jugar a que preparaba martinis, y creía que en las ilustraciones de los libros de su cuarto todas las tazas, las copas y los vasos estaban llenos de cócteles.
Los Tennyson leían el Times esa mañana mientras esperaban el desayuno. Deborah abrió en el suelo las páginas del segundo suplemento de noticias e inició una complicada fantasía a la que sus padres estaban tan acostumbrados que apenas si le prestaban atención. La niña fingía coger ropas y joyas de los anuncios del periódico y ataviarse con ellas. A juicio de Katherine, los gustos de Deborah eran codiciosos y vulgares, pero el monólogo de la chiquilla, tan claro y tan ingenuo, parecía formar parte, deliciosamente, de la luminosa mañana de verano.
—Ponte los zapatos —decía la niña, y hacía como si se pusiera zapatos—. Ponte el abrigo de visón.
—Hace demasiado calor para un abrigo de visón, cielito —le dijo su madre—. ¿No te iría mejor una capa de visón?
—Ponte una capa de visón —dijo Deborah. La cocinera entró en el dormitorio con el café y el zumo de naranja y anunció que había llegado la señora Harley. Robert y Katherine despidieron a la niña con un beso y le dijeron que se divirtiera en el parque.
Los Tennyson no disponían de sitio para tener niñera en casa, así que la señora Harley acudía por las mañanas y se ocupaba de Deborah durante todo el día. La señora Harley era viuda. Había disfrutado de una vida sana y confortable hasta la muerte de su marido, y como éste no le dejó dinero, se vio obligada a trabajar de niñera. Decía que adoraba a los niños y que le habría gustado tenerlos, pero no era cierto. Los niños la aburrían y la irritaban. Era una mujer amable e ignorante y esto, más que amargura alguna, se le reflejaba en la cara cuando bajó a la calle con Deborah. Prodigó sus pueblerinas simplezas al ascensorista y al portero. Comentó que hacía una mañana preciosa, ¿verdad?, una mañana divina.
Niña y niñera fueron andando hasta un parquecillo a orillas del río. La belleza de la criatura era luminosa, y la anciana vestía de negro, y las dos caminaban cogidas de la mano, como una simpática personificación de la primavera y el invierno. Mucha gente les daba los buenos días. «¿De dónde ha sacado a esta niña tan encantadora?», le preguntó alguien. A la viuda le agradaban tales cumplidos. A veces estaba orgullosa de Deborah, pero llevaba con ella cuatro meses, y chiquilla y anciana habían trabado una relación no tan sencilla como podría parecer.
Reñían con frecuencia cuando estaban a solas, y disputaban como dos adultos, conociendo cada una de ellas, sagazmente, los puntos flacos de la otra. La niña no se quejaba nunca de la señora Harley, como consciente ya de la nefasta importancia de las apariencias. Deborah se mostraba reservada respecto a la manera en que empleaban el tiempo. No decía a nadie dónde había estado ni qué había hecho. La señora Harley descubrió pronto que podía contar con la discreción de la pequeña, y así fue cómo ambas llegaron a compartir ciertos secretos.
Muchas tardes de finales del invierno, con tiempo todavía sombrío y glacial, cuando la señora Harley recibía instrucciones de sacarla hasta las cinco, se llevaba a la niña al cine. Deborah ocupaba la butaca contigua a la de la niñera en el local oscuro, sin llorar ni quejarse nunca. De vez en cuando estiraba el cuello para ver mejor la pantalla, pero por lo general se quedaba quieta en su asiento, escuchando la música y las voces. Un segundo secreto, y éste mucho menos pecaminoso, en opinión de la niñera, consistía en que, unas veces los domingos por la mañana y otras las tardes laborables, la señora Harley la había dejado con una amiga de los Tennyson. La amiga se llamaba Renée Hall, y la señora Harley pensaba que no había nada malo en ello. Nunca se lo había dicho a los padres de Deborah, porque lo que no se sabe no hace daño. Cuando Renée cuidaba de Deborah los domingos, la niñera iba a misa de once, y sin duda no había nada indecoroso en el hecho de que una anciana acudiera a la casa de Dios a rezar por sus muertos.
La señora Harley se sentó aquella mañana veraniega en uno de los bancos del parque. El sol calentaba y sus rayos resultaban benéficos para sus viejas piernas. El aire era tan diáfano que la perspectiva del río parecía haber cambiado. Welfare Island parecía estar a un tiro de piedra, y por un efecto óptico, era como si los puentes a Manhattan estuviesen más cerca del centro urbano. Las embarcaciones subían y bajaban por el río, y al cortar el agua llenaban el aire de un olor húmedo y recogido, como la fragancia de tierra fresca que deja el arado. En el parque sólo había otra niñera y un niño. La señora Harley le dijo a Deborah que fuese a jugar en la arena. Entonces la niña vio la paloma muerta.
—La paloma está durmiendo —dijo Deborah, y se agachó para coger sus alas.
—¡Ese cochino pájaro está muerto, y no te atrevas a tocarlo! —gritó la niñera.
—La bonita paloma está durmiendo —dijo Deborah. De pronto se le ensombreció el rostro y asomaron lágrimas a sus ojos. Se quedó con las manos cruzadas y la cabeza inclinada, postura que imitaba cómicamente la reacción de la señora Harley ante la tristeza; pero la pesadumbre en la voz y la cara de la niña procedía directamente de su corazón.
—¡Apártate de ese asqueroso bicho! —gritó la anciana, que se levantó y le dio un puntapié a la paloma—. Vete a jugar en la arena. No sé qué te pasa. Seguro que han pagado al menos veinticinco dólares por el cochecito de muñecas que tienes en tu cuarto, pero tú prefieres jugar con un pájaro muerto. Vete a ver el río. ¡Vete a mirar las barcas! Y no te subas a la barandilla, porque te caerás y esa corriente terrible acabará contigo.
La niña, obediente, se encaminó hacia el río.
—Y aquí estoy —dijo la señora Harley a la otra niñera—, aquí me ve usted, una mujer que anda por los sesenta y que durante cuarenta años ha tenido casa propia, sentada en un banco del parque una mañana de domingo como un vagabundo, mientras los padres de la chiquilla duermen la borrachera de ayer ahí arriba, en el décimo piso.
La otra niñera era una escocesa bien educada a la que no le interesaban las cuitas de la señora Harley. Esta desvió su atención a la escalera que bajaba al parque desde Sutton Place, mirando a ver si llegaba Renée Hall. Habían concertado el acuerdo entre ellas hacía cosa de un mes.
Renée Hall había conocido a la señora Harley y a Deborah en casa de los Tennyson, cuyos cócteles había frecuentado aquel invierno. La había llevado allí un hombre de negocios conocido de Katherine. Era una mujer agradable y divertida, y a Katherine le había impresionado cómo vestía. Vivía a la vuelta de la esquina, había aceptado invitaciones posteriores y gustaba a casi todos los hombres. Los Tennyson no sabían de ella sino que era una invitada atractiva y que de cuando en cuando hacía obras de teatro para la radio.
La noche en que Renée fue por primera vez a casa de los Tennyson, trajeron a la niña para que dijese buenas noches, y la actriz y Deborah se sentaron juntas en un sofá. Entre ambas nació una extraña simpatía, y Renée dejó que la chiquilla jugase con sus joyas y sus pieles. Se comportó de un modo muy amable con Deborah, pues se hallaba en un momento de su vida en que ella misma era sensible al buen trato.
Tenía unos treinta y cinco años disolutos y gratos. Solía pensar que la vida que llevaba era una vía hacia algo maravilloso, definitivo e incluso convencional que habría de acontecer la siguiente temporada o la que siguiese a ésta, pero empezaba a darse cuenta de que tal esperanza era cada vez menos sostenible. Comenzaba a percatarse de que estaba siempre cansada, salvo si bebía. Era, simplemente, falta de fortaleza. Si no bebía se sentía deprimida, y cuando estaba deprimida se peleaba con maîtres y peluqueras, acusaba a los clientes de los restaurantes de mirarla fijamente y reñía con algunos de los hombres que pagaban sus deudas. Conocía bien la inestabilidad de su temperamento, y era hábil ocultándola —entre otras cosas— a los amigos superficiales, como los Tennyson.
Una semana después de la primera visita, Renée se había dejado caer de nuevo por casa del matrimonio, y, cuando Deborah oyó su voz, se escapó de la tutela de la señora Harley y echó a correr por el pasillo. La adoración de la niña emocionaba a Renée. De nuevo se sentaron juntas. Renée lucía un conjunto de pieles y un sombrero repleto de rosas de tela; al verla, Deborah pensó que era la dama más hermosa del mundo.
A partir de entonces, Renée iba a menudo a casa de los Tennyson. Fue habitual el comentario jocoso de que venía a ver a la niña, y no a sus padres o a los invitados. Renée siempre había querido tener hijos, y todas sus frustraciones parecían centrarse en la cara resplandeciente de la niña. Empezó a mostrarse posesiva con respecto a ella. Le enviaba costosos vestidos y juguetes.
—¿Nunca ha ido al dentista? —preguntaba a Katherine—. ¿Tienes confianza en su médico? ¿No la has matriculado en el parvulario?
Una noche cometió el error de sugerir que Deborah veía demasiado poco a sus padres y que carecía del sentimiento de seguridad que éstos tenían el deber de inculcarle.
Katherine se enfureció.
—Tiene ocho mil dólares a su nombre en el banco —dijo.
Renée siguió enviando a Deborah primorosos regalos. La niña bautizaba con el nombre de la actriz a todas sus muñecas y sus juegos, y más de una noche llamó llorando a Renée después de que la habían acostado. Robert y Katherine pensaron que sería mejor no volver a ver a Renée, por lo que dejaron de invitarla.
—Después de todo —dijo Katherine—, siempre he pensado que había algo desagradable en esa chica.
Renée los telefoneó un par de veces y los invitó a cócteles, y Katherine dijo que no, que gracias, que estaban todos resfriados.
Renée se dio cuenta de que Katherine estaba mintiéndole, y resolvió olvidar a los Tennyson. Echaba de menos a la pequeña, pero tal vez no hubiese vuelto a verla nunca de no haber sido por algo que sucedió a fines de aquella semana. Una noche se marchó temprano de una fiesta insulsa y volvió sola a su casa. Tenía miedo de perder llamadas telefónicas y había instalado un contestador automático. Esa noche la había llamado una tal señora Walton, que dejó su número.
Walton, Walton, Walton, pensó Renée, y entonces recordó que una vez había tenido un amante con ese nombre. Debía de hacer ocho o diez años de eso. En una ocasión había cenado con la madre de él, recién llegada de Cleveland para ver a su hijo. Rememoró claramente aquella velada. A Walton se le había ido la mano con la bebida, y su madre se llevó a Renée aparte y le dijo que la consideraba una buena influencia para su hijo, ¿no podría ella lograr que él bebiese menos y que fuese a la iglesia más a menudo? Al final, Walton y ella se habían discutido a propósito de la bebida, recordó Renée, y desde aquel día no había vuelto a verlo. Tal vez estuviese enfermo, o borracho, o a punto de casarse. No caía en qué edad podía tener, porque desde que cumplió los treinta, los años eran un revoltijo en su memoria, y no distinguía entre el principio y el final de la década. Marcó el número. Pertenecía a un hotel del West Side. La voz de la señora Walton, cuando contestó, era débil y ronca como la de una anciana.
—Billy ha muerto, Renée —dijo, y empezó a sollozar—. Me alegra tanto que hayas llamado. Lo enterramos mañana. Me gustaría mucho que vinieras al sepelio. Me siento tan sola.
Al día siguiente, Renée se puso un traje negro y cogió un taxi hasta la funeraria. En cuanto abrió la puerta, la recibió un portero amable y enguantado, dispuesto a acompañarla en el sentimiento con una aflicción más profunda y sosegada de lo que serían nunca las pesadumbres de Renée. Un ascensor la llevó a la capilla. Cuando oyó que un órgano eléctrico entonaba «Oh, What a Beautiful Morning!», pensó que debía sentarse a fin de cobrar fuerzas antes de acercarse a la señora Walton. Y entonces la vio de pie, junto a la puerta de la capilla. Ambas mujeres se abrazaron, y a Renée le presentaron a la hermana de su antiguo amante, una tal señora Henlein. No había nadie más. Al fondo de la habitación, bajo unos pobres gladiolos, yacía el hombre muerto.
—Estaba tan solo, querida Renée —dijo la señora Walton—. Tan terriblemente solo. Murió solo, ¿sabes?, en aquella habitación alquilada.
La anciana empezó a llorar. La señora Henlein lloraba. Vino el pastor, y comenzó el oficio. Renée se arrodilló y trató de recordar el padrenuestro, pero no pudo pasar de «… así en la tierra como en el cielo». Lloró, pero no porque evocase al difunto con ternura; no había pensado en él durante años, y sólo gracias a un enorme esfuerzo de memoria consiguió recordar que alguna vez él le había llevado el desayuno a la cama, y que se cosía él mismo los botones de las camisas. Lloró por sí misma, porque tuvo miedo de morir aquella misma noche, porque estaba sola en el mundo, y su vacua y desesperada existencia no la llevaba a ninguna parte, sino que era un punto final, y a través de todo ello veía los toscos, brutales contornos del féretro.
Las tres mujeres abandonaron la capilla, auxiliadas por el amable portero, y bajaron en el ascensor. Renée dijo que no le era posible ir al cementerio, que tenía una cita. Le temblaban las manos de miedo. Dio un beso de despedida a la señora Walton y volvió en taxi a Sutton Place. Caminó hasta el parquecillo donde seguramente estarían Deborah y su niñera.
La niña la vio primero. La llamó por su nombre y corrió hacia Renée, subiendo los peldaños de uno en uno. Renée la cogió en brazos.
—Bonita Renée —dijo la chiquilla—. Bonita, bonita Renée.
La mujer y la niña se sentaron junto a la señora Harley.
—Si quiere ir de compras —le dijo Renée a la anciana—, yo cuidaré a Deborah unas horas.
—No sé si debería —respondió la señora Harley.
—Estará perfectamente segura conmigo —insistió Renée—. La llevaré a mi apartamento. Puede usted recogerla a las cinco. No hace falta que lo sepan los señores.
—Bueno, quizá vaya de compras —decidió la niñera. De este modo, la señora Harley había concertado un acuerdo que le concedía unas cuantas horas libres por semana.

Cuando dieron las diez y media sin que Renée apareciese, la señora Harley supo que aquel domingo ya no vendría. Se sintió disgustada, porque había contado con ir a la iglesia aquella mañana. Pensó en el latín y en las campanillas, y en la estimulante sensación de santidad y purificación que siempre experimentaba al levantarse después de haber estado de rodillas. Se enfureció al pensar que Renée estaría en la cama, y que, por culpa de aquella perezosa, ella no podía ir a rezar. Según transcurría la mañana, más y más niños fueron llegando al parque, y la señora Harley persiguió con la mirada la chaquetita amarilla de Deborah en medio de aquel enjambre.
El cálido sol excitaba a la niña, que correteaba con otros chiquillos de su edad. Brincaban, cantaban, daban vueltas en torno a la pila de arena, sin más propósito que desahogarse. Deborah iba un poco rezagada en pos de los otros, pues su coordinación de movimientos era todavía imperfecta, y a veces caía al suelo por exceso de impulso. La niñera la llamó; Deborah corrió obedientemente hacia la anciana, se apoyó en sus rodillas y se puso a hablar de leones y de niñitos. La señora Harley le preguntó si quería ir a ver a Renée.
—Quiero ir y quedarme con Renée —dijo la niña.
La niñera la cogió de la mano, juntas subieron la escalera que daba acceso al área de juegos y fueron andando al bloque de apartamentos donde vivía Renée. La señora Harley llamó al timbre del portero automático y Renée contestó al cabo de un rato. Parecía soñolienta. Dijo que cuidaría encantada a la chiquilla durante una hora si la señora Harley la subía. La anciana subió con Deborah al piso decimoquinto; el apartamento estaba en penumbra.
Renée cerró la puerta y cogió en brazos a la niña. La piel y el pelo de Deborah eran suaves y fragantes, y Renée la besó, le hizo cosquillas y le sopló en el cuello hasta que la risa casi sofocó a la niña. Renée subió las persianas y la luz penetró en la habitación. La estancia estaba sucia, y el aire, enrarecido. Había vasos de whisky y ceniceros volcados, y algunas rosas marchitas en un deslucido florero de plata.
Renée explicó a Deborah que tenía una cita a la hora de comer.
—Voy a comer al Plaza —le dijo—. Voy a bañarme y a vestirme; sé buena chica.
Dio a Deborah su joyero y abrió el grifo de la bañera. La niña se sentó sin hacer ruido en el tocador y se cubrió de collares y de broches. Cuando Renée estaba a medio vestir, sonó el timbre; se puso la bata y salió al cuarto de estar. Deborah la siguió. Había llegado un hombre.
—Me voy a Albany en coche —le dijo el hombre a Renée—. ¿Por qué no metes un par de cosas en una bolsa y te vienes conmigo? Te traeré de vuelta el miércoles.
—Me encantaría, cariño —respondió Renée—, pero no puedo. Voy a comer con Helen Foss. Cree que tal vez pueda conseguirme algún trabajo.
—Suspende la comida —insistió el hombre—. Vamos.
—No puedo, cariño —dijo Renée—. Te veré el miércoles.
—¿De quién es la niña? —preguntó él.
—Es la hija de los Tennyson. La estoy cuidando mientras su niñera va a la iglesia.
El hombre abrazó a Renée vigorosamente, la besó y se fue después de haberse citado para el miércoles por la noche.
—Ése era tu rico Tío Asqueroso —le dijo Renée a la pequeña.
—Tengo una amiga. Se llama Martha —dijo Deborah.
—Sí, seguro que tienes una amiga que se llama Martha —repuso Renée. Advirtió que la niña fruncía el ceño y que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—¿Qué te ocurre, mi vida? —preguntó—. ¿Qué pasa? Ven aquí, ven, siéntate en el sofá y escucha la radio. Tengo que pintarme.
Fue a su dormitorio a maquillarse y a cepillarse el pelo. Pocos minutos después, volvió a sonar el timbre. Esta vez era la señora Harley.
—¿Ha estado bien el oficio? —preguntó Renée—. Le pondré la chaqueta a Deborah.
Buscó el sombrero y la chaqueta de la pequeña. No estaban donde los había dejado, y la niña no estaba en el cuarto de estar. El corazón empezó a latirle violentamente. Renée entró en su dormitorio.
—Es tan bueno para el alma ir a la iglesia —oyó que decía la señora Harley. Renée, aterrada, pensó en las ventanas abiertas. La de su dormitorio estaba abierta. Se asomó, y quince pisos más abajo divisó la acera, el toldo, el portero que silbaba en la esquina llamando a un taxi y a una rubia que pateaba a un caniche. Renée volvió corriendo al cuarto de estar.
—¿Dónde está Deborah? —preguntó la niñera.
—Estaba vistiéndome —dijo Renée—. Estaba aquí hace un minuto. Debe de haberse escapado. Habrá abierto la puerta ella sola.
—¡Quiere decir que ha perdido a la niña! —exclamó la señora Harley.
—Por favor, no se alarme —dijo Renée—. No puede haber ido muy lejos. Si ha bajado, la única manera de hacerlo es con el ascensor.
Salió por la puerta de la cocina y llamó el ascensor. Advirtió que la escalera de servicio era peligrosa. Era de hierro y cemento, pintada de un color gris sucio, y llegaba al suelo quince pisos más abajo. Trató de captar algún ruido en el hueco de la escalera, pero sólo alcanzó a oír el rumor de una cocina y a alguien que cantaba en una planta inferior:

Soy un soldado en el ejército del Señor,
soy un soldado
en el ejército…

El ascensor llegó por fin, lleno de basura hedionda.
—Había una niña en mi apartamento —dijo Renée al ascensorista—. Ha desaparecido. ¿Podría buscarla?
—Sí —respondió el ascensorista—. Bajé a una niña hará unos diez minutos. Llevaba una chaqueta amarilla.
Su aliento olía a whisky. Renée llamó a la señora Harley. Volvió a entrar en el apartamento para coger cigarrillos.
—No voy a quedarme aquí sola —dijo la niñera.
Renée la empujó hasta sentarla en una silla. Cerró la puerta y bajó en el ascensor.
—Me pareció raro que bajase sola —explicó el ascensorista—. Pensé que a lo mejor iba a reunirse con alguien en el vestíbulo.
Mientras él hablaba, Renée seguía percibiendo el olor a whisky de su aliento.
—Ha estado usted bebiendo —le dijo—. Si no lo hubiera hecho, esto no habría ocurrido. Debería usted saber que a una niña de esa edad no se la puede dejar sola. No debería beber cuando trabaja.
Llegaron a la planta baja. El hombre detuvo de golpe el ascensor y abrió con violencia la puerta. Renée corrió al vestíbulo. Los espejos, las luces eléctricas y el pañuelo sucio del portero la pusieron enferma.
—Sí —dijo el portero—. Me pareció ver salir a una niña. No me fijé bien. Yo estaba fuera, tratando de llamar a un taxi.
Renée salió a la calle a la carrera. La niña no estaba allí. Corrió calle abajo hasta donde pudo ver el río. Se sentía débil y desvalida, como desplazada en una ciudad en la que había vivido quince años. El tráfico era intenso. Se paró en la esquina y, haciendo bocina con las manos, empezó a gritar: «¡Deborah, Deborah!»

Los Tennyson iban a salir aquella tarde, y habían comenzado a vestirse cuando sonó el teléfono. Contestó Robert. Katherine oyó la voz de Renée: «…Ya sé que es terrible, Bob, ya sé que no debería haberlo hecho nunca.»
—O sea, que la señora Harley la dejó contigo…
—Sí, sí. Ya sé que es terrible. He buscado por todas partes. La señora Harley está aquí, conmigo. ¿Quieres que se ponga?
—No.
—¿Llamo a la policía?
—No —dijo Robert—. Yo llamaré a la policía. Dime qué ropa llevaba.
Cuando Robert acabó de hablar con Renée, telefoneó a la policía.
—Los esperaré aquí hasta que lleguen —dijo—. Por favor, vengan lo más rápido que puedan.
Katherine estaba de pie en la puerta del cuarto de baño. Caminó hacia Robert y él la acogió en sus brazos. La sujetó firmemente, y ella empezó a llorar. Luego se soltó y se sentó en la cama. Él se dirigió a la ventana abierta. Abajo, en la calle, vio un camión en cuyo techo se leía: compañía de alfombras confort. En la manzana de al lado había varias pistas de tenis y gente jugando. Había un seto de alheña en torno a las pistas, y una mujer ya mayor cortaba ramas con un cuchillo. Llevaba un sombrero redondo, y un pesado abrigo de invierno que le llegaba a los tobillos. Bob cayó en la cuenta de que la mujer robaba alheña. Trabajaba rápida y furtivamente, y miraba constantemente por encima del hombro para asegurarse de que nadie la veía. Cuando hubo cortado un buen montón de ramas verdes, las metió en una bolsa y se largó a toda prisa calle abajo.
Sonó el timbre. Eran un sargento y un policía de paisano. Ambos se quitaron el sombrero.
—Estos casos suelen ser duros para las mujeres —dijo el sargento—. Ahora, cuéntemelo todo otra vez, señor Tennyson. Tenemos ya varios hombres buscándola. Dice usted que la niña bajó sola en el ascensor, hará más o menos una hora. —Verificó los hechos con Robert—. No quiero alarmarlos —dijo—, pero ¿podría alguien tener algún motivo para raptarla? Debemos estudiar todas las posibilidades.
—Sí —dijo de repente Katherine en voz muy alta. Se levantó y empezó a pasear de un lado a otro de la habitación—. Quizá no parezca razonable, pero vale la pena tenerlo en cuenta. Podría haber sido raptada. He visto a esa mujer dos veces esta semana por el vecindario, y tuve la sensación de que estaba siguiéndome. Entonces no le di importancia a la cosa. Y después me escribió esa carta. Ay, no me explico bien. Verán, antes de que la señora Harley se ocupara de Deborah, tuvimos a otra mujer, la señora Emerson. Ella y yo reñimos a propósito de Deborah, y mientras discutíamos, ella me dijo… (no te hablé de esto nunca, cariño, porque no quería que te preocuparas, y no creí que fuese importante), me dijo que me quitaría a la niña. Intenté olvidarlo, porque pensé que estaba loca. Después la he visto dos veces en la calle esta semana, y tuve la impresión de que me seguía. Vive en el hotel Princess, en el West Side. Por lo menos, antes vivía allí.
—Voy para allá —dijo Robert—. Cogeré el coche.
—Yo lo llevo, señor Tennyson —dijo el sargento.
—¿Quieres venir? —preguntó Robert a su mujer.
—No, cariño. Estaré bien aquí.
Robert se encasquetó el sombrero y se fue con el sargento. El ascensorista le dijo a Robert:
—Lo siento de veras, señor Tennyson. Todos la queríamos en esta casa. He telefoneado a mi mujer y se ha ido derecha a la iglesia de St. John a poner una vela por la pobre criatura.
Los dos hombres se metieron en el coche patrulla estacionado frente a la casa y marcharon rumbo al oeste. Robert meneaba sin cesar la cabeza; quería apartar de sus ojos la visión de la muerte de la niña. Imaginaba el accidente con los toscos dibujos y ásperos colores de un cartel de la serie «Conduzca con prudencia»: veía a un desconocido sacando de debajo del parachoques de un taxi el cuerpecito exánime, veía el gesto de horror y de sorpresa pintado en el delicioso rostro que no había conocido jamás horror alguno, oía los bocinazos y el chirrido de frenos, veía un automóvil disparado cuesta abajo. Tuvo que hacer un esfuerzo físico para rechazar tales imágenes y obligarse a mirar la calzada reluciente.
Apretaba el calor. Unas cuantas nubes bajas y móviles ponían sobre la ciudad toques de sombra, y la ágil penumbra iba saltando de manzana en manzana. No cabía un alfiler en las calles. Pero para Robert la ciudad no era sino una trampa mortal. Bocas de alcantarilla, excavaciones y escalinatas dominaban el esplendor del día, realzadas al revés, como en el negativo de una foto, y el gentío y los verdes árboles de Central Park le parecieron sacrílegos.
El hotel Princess estaba en un deslucido callejón del bajo West Side. El aire del vestíbulo era fétido. El conserje se mostró inquieto al ver al policía. Buscó la llave de la señora Emerson, pero no la encontró; dijo que seguramente estaría ella arriba, que subieran.
Subieron en un ascensor tipo jaula, de hierro dorado, manejado por un hombre muy entrado en años. Llamaron a la puerta, y la señora Emerson los hizo pasar. Robert no había tratado nunca con ella. Alguna vez la había visto de pie delante del pasillo que llevaba a la habitación de Deborah, cuando la mujer llevaba a la niña para que ésta diese las buenas noches a sus padres. Inglesa, recordó. Su voz le había sonado siempre refinada e insegura.
—Oh, señor Tennyson —dijo, reconociendo a Robert.
El sargento le preguntó, sin embargo, dónde había estado aquella mañana.
—No se inquiete, señora Emerson —dijo Robert. Temió que se pusiera histérica y no les dijese nada—. Deborah se ha escapado esta mañana. Pensamos que tal vez usted podría saber algo al respecto. Katherine dice que usted le escribió una carta.
—Oh, me da tanta pena oír eso de Deborah —dijo ella. Adoptó la voz fina y débil de quien es consciente de su condición de dama—. Sí, sí. Desde luego, escribí una carta a la señora Tennyson. Tuve un sueño en el que vi que perderían ustedes a la pequeña si se descuidaban. Es mi profesión, ¿sabe? Interpreto sueños. Le dije a su esposa, cuando me marché, que tuviese mucho cuidado con la niña. Después de todo, nació bajo ese espantoso planeta nuevo, Plutón. Yo estaba en la Riviera cuando lo descubrieron, en 1938. Entonces supimos que iba a suceder algo espantoso.
»La chiquitina me inspiraba muchísimo cariño, y lamenté mi discusión con la señora Tennyson —prosiguió—. La niña pertenecía al signo del fuego, del fuego encauzado. Estudié muy detenidamente las palmas de sus manos. Pasábamos solas muchas horas, ¿sabe usted? Tenía una línea de la vida larga, un temperamento bastante equilibrado y buena cabeza. Vi signos de imprudencia en su mano, pero gran parte de ella dependería de ustedes. Vi aguas profundas y un gran peligro, un gran riesgo. Por eso escribí esa carta a su esposa. Nunca le cobré nada por mis servicios profesionales.
—¿Por qué discutieron usted y la señora Tennyson? —preguntó el sargento.
—Estamos perdiendo el tiempo —decidió Robert—. Demasiado tiempo. Vámonos.
Se puso en pie y salió de la habitación; el sargento lo siguió. Les llevó un buen rato el regreso. La muchedumbre dominical que cruzaba las calles los hizo detenerse en cada esquina. El policía de paisano los esperaba delante de la casa.
—Más vale que suba a ver a su mujer —le dijo a Robert.
Ni el portero ni el ascensorista le dirigieron la palabra. Entró en el apartamento y llamó a Katherine. Estaba en el dormitorio, sentada junto a la ventana. Tenía un libro negro en el regazo: la Biblia. Era un ejemplar Gideon que un amigo de ambos había robado, borracho, de un hotel. Ambos la habían consultado un par de veces. Por la ventana abierta, Robert alcanzó a divisar el río, una ancha, brillante extensión de luz. La habitación estaba muy tranquila.
—¿Qué ha dicho la señora Emerson? —preguntó Katherine.
—Ha sido un error. Ha sido un error pensar que podría hacerle daño a la pequeña.
—Renée ha llamado de nuevo —dijo ella—. Ha llevado a la señora Harley a su casa. Ha dicho que quería que la telefoneásemos cuando encontremos a Deborah. No quiero volver a ver a Renée nunca más.
—Lo sé.
—Si algo le pasa a Deborah —dijo Katherine—, no me lo perdonaré jamás. Nunca, nunca. Siento como si la hubiéramos sacrificado. He estado leyendo el pasaje de Abraham. —Abrió la Biblia y empezó a leer:
»Y él dijo: “Coge a tu hijo, tu unigénito Isaac, al que amas, y llévalo al país de Moria y ofrécelo en holocausto sobre una de las montañas que te indicaré.” Y Abraham se levantó temprano, ensilló su asno y se llevó a dos de sus siervos consigo, y a Isaac, su hijo, y cortó leña para el holocausto, se alzó y fue al lugar que Dios le había dicho.
Cerró el libro.
—Tengo miedo de volverme loca. No hago más que repetirme nuestra dirección y número de teléfono. Absurdo, ¿verdad?
Robert acarició la frente y los cabellos de su mujer. El oscuro peloestaba dividido con crenchas y peinado con sencillez, como el de una niña.
—Tengo miedo de volverme loca —repitió Katherine—. ¿Sabes cuál fue mi primer impulso cuando me dejaste sola? Coger un cuchillo, un cuchillo afilado, e ir al ropero y destruir mi ropa. Quería hacerla trizas. Porque es muy cara. No parece muy sensato, ¿verdad? Pero no soy una demente, por supuesto. Soy perfectamente racional.
»Tuve un hermano que murió pequeño. Se llamaba Charles, Charles junior. Le pusieron el nombre de mi padre; murió de no sé qué enfermedad a los dos años y medio, casi como Deborah. Desde luego, fue muy duro para papá y mamá, pero no fue tan malo como esto. ¿Sabes?, creo que los niños significan mucho más para nosotros que lo que representaban para nuestros padres. Es lo que he estado pensando. Supongo que será porque no somos tan religiosos y nuestro modo de vivir nos hace mucho más vulnerables. Me siento asquerosamente culpable. Me siento una pésima madre y una pésima esposa, y también siento como si esto fuese mi castigo. No he cumplido ninguno de los votos y las promesas que he hecho. He roto todas mis buenas promesas. Cuando era niña, solía hacer promesas cada luna nueva y cada primera nieve. He destrozado todo lo bueno que he tenido. Pero hablo como si la hubiésemos perdido, y no la hemos perdido, ¿verdad? La encontrarán, el policía dice que la encontrarán.
—La encontrarán —dijo Robert.
La habitación se ensombreció. Las nubes bajas cubrían ya la ciudad. Oyeron el repiqueteo de la lluvia que empezaba a caer sobre el edificio y las ventanas.
—¡Está tumbada en algún sitio bajo la lluvia! —exclamó Katherine. Retorció su cuerpo en la silla y se tapó la cara—. Está tumbada bajo la lluvia.
—La encontrarán —repitió Robert—. Muchos niños se pierden. Lo he leído más de una vez en el Times. Es algo que les sucede a todos los que tienen hijos. Mi hermana pequeña se cayó por la escalera. Se fracturó el cráneo. Nadie creía que pudiese salvarse.
—Les pasa a otras personas, ¿verdad? —preguntó Katherine—. Se volvió y miró a su marido. La lluvia cesó de golpe, y dejó en el aire un aroma tan intenso como si hubieran rociado las calles con amoníaco. Robert vio cómo las nubes de tormenta oscurecían el brillante río—. Quiero decir que hay toda clase de enfermedades y accidentes, y que hemos tenido mucha suerte. ¿Sabes?, Deborah no ha almorzado hoy. Debe de tener muchísima hambre. No ha comido nada desde el desayuno.
—Lo sé.
—Vete a dar una vuelta, cariño —dijo Katherine—. Será más fácil para ti que quedarte en casa.
—¿Qué vas a hacer tú?
—Limpiar el cuarto de estar. Anoche nos dejamos las ventanas abiertas y está todo cubierto de hollín. Anda, vete. Yo estoy bien. —Sonrió. Tenía la cara hinchada de tanto llorar—. Sal. Será más fácil para ti. Yo limpiaré la habitación.

Robert bajó de nuevo a la calle. El coche patrulla seguía aparcado delante de la casa. Un policía se acercó a Robert y charlaron un rato.
—Voy a echar otro vistazo por el barrio —dijo el policía—. ¿Me acompaña?
Robert asintió. Reparó en que el agente llevaba una linterna.
No muy lejos de allí se alzaban aún las ruinas de una fábrica de cerveza abandonada en la época de la Ley Seca. Los perros del vecindario habían heredado la acera, y la habían cubierto con sus desechos. Las ventanas del sótano de un garaje próximo estaban rotas, y el policía proyectó la luz de su linterna por el marco de una ventana. Robert se sobresaltó al ver un montón de paja sucia y un pedazo de papel amarillo: el color de la chaqueta de Deborah. No dijo nada. Siguieron caminando. A lo lejos se oía el vasto ruido vespertino de la ciudad.
Había unas cuantas casas cerca de la fábrica. Eran construcciones miserables; sobre la puerta de una de ellas, un tosco letrero rezaba: «Bien venido al hogar de Jerry.» La puerta de hierro que conducía a la empinada escalera del sótano estaba abierta. El policía iluminó los peldaños. Estaban rotos. Allí no había nada.
Una mujer mayor estaba sentada en el pórtico de la casa de al lado, y los observó con desconfianza mientras ellos miraban hacia la escalera.
—Ahí no encontrarán a mi Jimmy —gritó—, ustedes, ustedes…
Alguien abrió de golpe una ventana y le dijo que se callara. Robert notó que estaba borracha. El policía no le prestó atención. Registró metódicamente los sótanos de cada vivienda, y luego doblaron una esquina. Había una hilera de tiendas a lo largo de la fachada de un bloque de apartamentos. No había escaleras, ni patios.
Robert oyó una sirena. Se detuvo y detuvo a su acompañante. Un coche de la policía dobló la esquina y frenó junto a ellos.
—Suba, señor Tennyson —dijo el conductor—. La hemos encontrado. Está en la comisaría.
Conectó la sirena y se encaminó hacia el este sorteando el tránsito.
—La encontramos en la Tercera Avenida —informó el policía—, sentada delante de una tienda de antigüedades y comiendo un pedazo de pan. No tiene hambre.
La niña lo esperaba en la comisaría. Robert la cogió con ambas manos, se arrodilló ante ella y se echó a reír. Los ojos le ardían.
—¿Dónde has estado, Deborah? ¿Quién te dio el pan? ¿Dónde has estado? ¿Dónde?
—La señora me dio pan —dijo ella—. Yo buscaba a Martha.
—¿Qué señora te dio el pan, Deborah? ¿Dónde has estado? ¿Quién es Martha? ¿Dónde has estado?
Supo que ella no iba a contárselo nunca, que jamás en la vida, por mucho que viviera, obtendría las respuestas, y pese a ello, con el corazón de su hija claramente perceptible en la palma de la mano, siguió preguntando: ¿Dónde has estado?, ¿quién te dio el pan?, ¿quién es Martha?…

Acerca del autor.
John Cheever (Quincy, Massachusetts, 27 de mayo de 1912- Ossining, Nueva York, 18 de junio de 1982) fue un autor de relatos y novelista estadounidense, frecuentemente llamado el “Chejov de los barrios residenciales”.