La sombra atrapada

I.

Basil Duke Lee cerró la puerta de la calle a sus espaldas y encendió la luz del comedor. La voz de su madre le llegó soñolienta a través de las escaleras.
—Basil, ¿eres tú?
—No, mamá, es un ladrón.
—No creo que las doce sean horas de volver a casa para un chico de quince años.
—Hemos ido a Smith, a tomar un refresco.
Cuando una nueva responsabilidad recaía sobre Basil, entonces era «un chico de casi dieciséis años», pero, cuando se le discutía algún privilegio, sólo era «un chico de quince años».
Se oyeron pasos arriba, y la señora Lee, en kimono, bajó al rellano del primer piso.
—¿Os ha gustado el teatro a Riply y a ti?
—Sí, mucho.
—¿De qué trataba la obra?
—Bueno, trataba de un hombre. Era una obra vulgar y corriente.
—¿No tenía nombre?
—¿ Es usted masón?
—Ah —titubeó, observando con avidez la cara alerta e impaciente de Basil, impidiéndole que se fuera—. ¿No te vas a la cama?
—Voy a comer algo.
—¿Más todavía?
No respondió inmediatamente. Estaba de pie ante una biblioteca con puertas de cristal que había en el cuarto de estar y examinaba los anaqueles con una mirada que también era vidriosa.
—Vamos a montar una obra de teatro —dijo de pronto—. La voy a escribir yo.
—Bueno… me parece magnífico. Pero, por favor, acuéstate pronto. Ayer también te acostaste tarde, y tienes ojeras.
Basil extrajo de la biblioteca el volumen Van Bibber y Otros, que leyó mientras se comía un gran plato de cereales ablandados con un cuarto de litro de leche. Volvió al cuarto de estar y se sentó unos minutos al piano, mientras hacía la digestión y admiraba la cubierta en colores de la partitura de una de las canciones de Los Hijos de la Medianoche. Se veía a tres hombres con traje de etiqueta y sombreros de copa, que paseaban alegremente por Broadway, sobre el fondo resplandeciente de Times Square.
Basil hubiera negado, incrédulo, la sugerencia de que aquélla fuese entonces su obra de arte preferida. Pero lo era.
Subió las escaleras. De un cajón de su escritorio sacó un cuaderno y lo abrió.

BASIL DUKE LEE
COLEGIO ST. REGIS
EASTCHESTER, CONN.
QUINTO CURSO DE FRANCÉS

y en la página siguiente, bajo el título de Verbos Irregulares:

PRESENTE
Je connais nous con
tu connais
il connait

Pasó otra página.

EL SEÑOR WASHINGTON SQUARE
Comedia musical de
BASIL DUKE LEE
Música de Victor Herbert

ACTO I

Entrada del Club de los Millonarios, cerca de Nueva York, Coro Inicial, LEILIA y DEBUTANTES:

No cantamos ni bajo ni alto,
pues nadie oye nunca el coro inicial.
Somos la más alegre de las comparsas,
pero nadie oye nunca el coro inicial.
Sólo somos una comparsa de debutantes,
tan alegres como podemos,
nada nos aburre jamás.
Somos las más chistosas, somos las más bonitas
de la sociedad,
pero nadie oye nunca el coro inicial.

LEILIA (dando un paso adelante): Hola, chicas, ¿ha estado hoy por aquí el señor Washington Square?

Basil pasó otra página. Nadie había respondido a la pregunta de Leilia. Pero había un nuevo encabezamiento en letras mayúsculas:

¡HIC! ¡HIC! ¡HIC!
Farsa cómica en un acto
De
BASIL DUKE LEE

ESCENA

(Un elegante apartamento cerca de Broadway, en Nueva York. Casi es medianoche. AI alzarse el telón llaman a la puerta, que segundos después se abre para que entre un hombre apuesto, en traje de etiqueta, con un acompañante. Es evidente que ha bebido, pues tiene la voz pastosa, la nariz roja, y apenas se tiene en pie. Enciende la luz y ocupa el centro del escenario.)

STUYVESANT: ¡Hic! ¡Hic! ¡Hic!
O’HARA (el acompañante): Ya está bien, no has dicho otra cosa en toda la noche.

Basil pasó la página, y luego otra, leyendo deprisa, pero no sin interés.

PROFESOR CALABAZA: Ahora, si es usted un hombre culto, como pretende, quizá pueda decirme cómo se dice en latín «Este».
STUYVESANT: ¡Hic! ¡Hic! ¡Hic!
PROFESOR CALABAZA: Muy bien. Excelente, desde luego. Yo…
Aquí se terminaba ¡Hic! ¡Hic! ¡Hic!, a mitad de la frase. En la página siguiente, con mano decidida, como si las dos obras anteriores no se hubieran malogrado en el camino, aparecía, subrayado con grueso trazo, un nuevo principio:

LA SOMBRA ATRAPADA
Farsa melodramática en tres actos
de BASIL DUKE LEE

ESCENA

(Los tres actos tienen lugar en la biblioteca de la mansión de los Van Baker, en Nueva York. Está bien amueblada, con una lámpara roja en un lateral, y lanzas cruzadas y cascos, y cosas por el estilo, y un diván, y ambiente de gabinete oriental.
Al alzarse el telón, la señorita Saunders, Leilia van Baker y Estella Carrage están sentadas a la mesa. La señorita Saunders es una solterona de unos cuarenta años, muy coqueta. Leilia es bonita, morena. Estella es rubia. Forman una combinación muy llamativa.)

La sombra atrapada ocupaba el resto del cuaderno y continuaba en varias hojas sueltas. Cuando terminó de leer lo que llevaba escrito, Basil se quedó pensativo. Las comedias policiacas habían dominado la temporada en Nueva York, y la impresión, el ritmo, las imágenes precisas y vivas de las dos que había visto persistían en su memoria, en primer plano. Le habían parecido extraordinariamente sugestivas: lo habían introducido en un mundo mucho más rico y brillante que ellas mismas, un mundo que existía más allá de las butacas y las puertas del teatro, y era este mundo sugerido, más que el deseo consciente de imitar Agente 666, la inspiración de la obra que tenía ante sí. Trazó con letras de imprenta ACTO II en la primera página de un cuaderno nuevo y empezó a escribir.
Pasó una hora. Había recurrido varias veces a una colección de libros de chistes y a una vieja Antología del ingenio y del humor, que conservaba embalsamadas las bromas marchitas y victorianas del obispo Wilberforce y de Sydney Smith. En el instante en que en su obra una puerta se abría lentamente, oyó un fuerte crujido en las escaleras. Se levantó de un salto, temblando horrorizado, pero nada se movía; sólo una polilla chocaba y volvía a chocar contra la pantalla de la lámpara, un reloj daba la media en algún sitio de la ciudad, un pájaro aleteaba ruidosamente en algún árbol.
A las cuatro y media hizo una visita al cuarto de baño, y se llevó un susto cuando vio el azul de la mañana en la ventana. No se había acostado en toda la noche. Recordó que la gente que no se acuesta de noche se vuelve loca, y, completamente paralizado en el pasillo, intentó angustiado pensar en sí mismo, sentir si se estaba volviendo loco. Las cosas le parecían irreales y preternaturales, y corriendo frenéticamente a su dormitorio empezó a arrancarse la ropa, persiguiendo a la noche que se desvanecía. Ya desnudo, lanzó una última mirada de pesar a su manuscrito: tenía toda la escena siguiente en la cabeza. Como si quisiera llegar a un acuerdo con la incipiente locura, se acostó, y escribió en la cama una hora más.
A la mañana siguiente, lo despertó una de las implacables hermanas escandinavas que, en teoría, eran las criadas de la familia Lee.
—¡Las once! —gritó—. ¡Y cinco!
—Déjame —dijo entre dientes Basil—. ¿Por qué me despiertas?
—Te esperan abajo —Basil abrió los ojos—. Anoche te bebiste toda la leche —continuó Hilda—. No queda leche para el café de tu madre.
—¡Toda la leche! —exclamó—. Pero si había más.
—Estaba agria.
—Es terrible —exclamó, sentándose en la cama—. ¡Terrible!
Hilda disfrutó de la desesperación de Basil un instante. Luego dijo:
—Riply Buckner está abajo —y se fue, cerrando la puerta.
—¡Dile que suba! —le gritó Basil—. Hilda, ¿no puedes hacerme caso ni siquiera un minuto? ¿He recibido alguna carta?
No hubo respuesta. Un momento después entraba Riply.
—Dios mío, ¿todavía estás en la cama?
—Me he pasado la noche escribiendo la obra. Casi he terminado el segundo acto —señaló hacia su mesa.
—De eso quería hablarte —dijo Riply—. Mi madre dice que deberíamos llamar a la señorita Halliburton.
—¿Para qué?
—Pues para que eche un vistazo.
Aunque la señorita Halliburton era una profesora agradable que alternaba las obligaciones de profesora de francés con las de profesora de bridge, carabina oficiosa y amiga de los niños, Basil intuía que su supervisión le daría al proyecto un tono poco profesional.
—No se metería en nada —prosiguió Riply, que evidentemente repetía las palabras de su madre—. Yo seré el empresario y tú dirigirás la obra, tal como acordamos, pero sería bueno que ella fuera la apuntadora y mantuviera el orden en los ensayos. A las madres de las chicas les gustaría.
—Muy bien —aceptó Basil de mala gana—. Bueno, vamos a ver el reparto. Primero, el protagonista, ese ladrón de guante blanco a quien llaman La Sombra, aunque al final se descubre que en realidad es un joven que había hecho una apuesta, y no un ladrón de verdad.
—Ese papel es tuyo.
—No, tuyo.
—Venga, tú eres el mejor actor —portestó Riply.
—No, yo haré un pequeño papel; así puedo dirigir.
—Bueno, ¿no tengo yo que ser el empresario? Elegir a las actrices, teniendo en cuenta que todas querrían actuar, resultó un asunto difícil. Decidieron por fin que Imogene Bissel fuera la actriz principal; Margaret Torrence, su amiga, y Connie Davies, «la señorita Saunders, una solterona muy coqueta».
Cuando Riply sugirió que a algunas chicas les disgustaría no participar, Basil introdujo una criada y una cocinera, «que podrían asomarse, o algo así, desde la cocina». Rechazó terminantemente otra propuesta de Riply de que hubiera dos o tres criadas más, «una especie de costurera» y una enfermera diplomada. En una casa con tantas mujeres estorbando, hasta al más fantasmal de los ladrones de guante blanco le hubiera resultado difícil moverse.
—Te voy a decir dos que no van a actuar —dijo Basil, meditabundo—: Joe Gorman y Hubert Blair.
—Yo me iría si actuara Hubert Blair —afirmó Riply.
—Y yo.
Gracias a los éxitos casi milagrosos de Hubert Blair con las chicas, Basil y Riply conocían de sobra el tormento de los celos.
Empezaron a llamar por teléfono a los futuros intérpretes e inmediatamente el proyecto recibió el primer golpe. Imogene Bissel se iba a Rochester, en Minnesota, para operarse de apendicitis, y no volvería hasta dentro de tres semanas.
Estudiaron el asunto.
—¿Qué te parece Margaret Torrence?
Basil negó con la cabeza. Imaginaba a Leilia van Baker más extraordinaria y animosa que Margaret Torrence. No es que Leilia tuviera mucho carácter, ni siquiera para Basil: menos que las chicas de Harrison Fisher que tenía clavadas en la pared de su cuarto, en el colegio. Pero no era Margaret Torrence. No era nadie a quien pudieras ver sin el menor problema con sólo llamarla por teléfono media hora antes.
Descartó candidata tras candidata. Hasta que una cara empezó a relampaguear ante sus ojos, como una interferencia, pero tan insistente que Basil por fin pronunció el nombre:
—Evelyn Beebe.
—¿Quién?
Aunque Evelyn Beebe sólo tenía dieciséis años, sus precoces encantos la habían permitido ascender a la pandilla de las mayores, y a Basil le parecía de la misma generación que su heroína, Leilia van Baker. Era casi como requerir los servicios de Sarah Bernhardt, pero, en cuanto se le ocurrió su nombre, palidecieron las otras posibilidades.
A mediodía tocaban el timbre de la casa de los Beebe. La turbación los paralizó cuando la propia Evelyn les abrió la puerta y, con una cortesía que disimulaba cierta sorpresa, los invitó a entrar.
De repente, a través de la puerta del cuarto de estar, Basil vio y reconoció a un joven en pantalones de golf.
—Creo que es mejor que no entremos —dijo rápidamente.
—Vendremos en otro momento —añadió Riply.
Se precipitaron hacia la puerta, pero Evelyn les cortó el paso.
—No seáis tontos —insistió—. Sólo es Andy Lockheart.
Sólo Andy Lockheart: ganador del campeonato de golf del Oeste a los dieciocho años, capitán del equipo de béisbol de la universidad, guapo, afortunado en todo lo que emprendía, símbolo viviente del espléndido y fascinante mundo de Yale. Basil llevaba un año imitando su manera de andar e intentaba sin éxito tocar el piano de oído, como Andy Lockheart.
Ni siquiera fueron capaces de huir, así que acabaron dentro del salón. Su proyecto parecía de repente presuntuoso y absurdo.
Evelyn, que se dio cuenta de cómo se sentían, intentó tranquilizarlos con una broma amable.
—Ya era hora de que vinieras a verme —le dijo a Basil—. Me he pasado las tardes esperándote. Llevo sin salir…’desde la fiesta de los Davies. ¿Por qué no has venido antes?
La miró sin entender, incapaz hasta de sonreír, y murmuró entre dientes:
—Seguro que has estado esperándome.
—Pues sí. Siéntate y dime por qué te has olvidado de mí. Me imagino que los dos habéis estado persiguiendo a la maravillosa Imogene Bissel.
—Bueno, creo que… —dijo Basil—. He oído que ha ido a que le hagan… una especie de apendicitis… Quiero decir…
Su voz se fue apagando hasta hacerse inaudible, mientras Andy Lockheart comenzaba a tocar al piano una serie de reconcentrados acordes que acabaron convirtiéndose en una machicha, hijastra excéntrica del tango. Evelyn apartó la alfombra de un puntapié, se levantó un poco la falda y se puso a taconear y dar vueltas con mucha soltura.
Se sentaron en el sofá a mirarla, inmóviles como cojines. Era casi preciosa, de rasgos más bien pronunciados y una piel clara y fresca tras la que su corazón parecía temblar un poco de risa. Su voz y su cuerpo ágil siempre estaban imitando, caricaturizando cada sonido y cada gesto de quien anduviera cerca, e incluso aquéllos a los que no les caía simpática reconocían que «Evelyn siempre te hace reír». Remató su danza con un falso traspié, agarrándose al piano con expresión de horror, y Basil y Riply soltaron una risilla. Viendo que ya estaban menos nerviosos, se sentó a su lado, y volvieron a reírse cuando dijo:
—Perdonad que haya perdido el control.
—¿Quieres ser la protagonista de una comedia que vamos a representar? —preguntó Basil en un arrebato de desesperación—. Será en el colegio Martindale, a beneficio de los niños pobres.
—Basil, me coge tan de sorpresa…
Andy Lockheart los miró desde el piano.
—¿Qué vais a representar, un espectáculo musical?
—No, una comedia policiaca que se llama La sombra atrapada. La señorita Halliburton será la directora —de pronto se había dado cuenta de que era conveniente escudarse detrás de aquel nombre.
—¿Por qué no montáis algo como ha secretaria particular! —lo interrumpió Andy—. Para vosotros estaría bien. La representamos en el colegio el último curso.
—No, no, ya lo hemos decidido —dijo Basil rápidamente—. Vamos a montar esa obra que he escrito yo.
—¿La has escrito tú? —exclamó Evelyn.
—Sí.
—¡Dios mío! —dijo Andy. Y empezó a tocar otra vez.
—Mira, Evelyn —dijo Basil—, sólo serán tres semanas, y tú serás la protagonista.
Evelyn se echó a reír.
—No, no puedo. ¿Por qué no habláis con Imogene?
—Ya te he dicho que está mala. Oye…
—¿Y Margaret Torrence?
—Sólo quiero que seas tú.
La rotundidad de la propuesta la conmovió, y titubeó un instante. Pero el héroe del Campeonato de Golf del Oeste los miraba desde el piano con una sonrisa burlona, y Evelyn dijo que no con la cabeza.
—No puedo, Basil. Tengo que ir al Este con mis padres.
Basil y Ripley se levantaron de mala gana.
—Dios mío, Evelyn, ojalá pudieras ser la protagonista.
—Qué más quisiera yo.
A Basil le costaba irse; pensaba deprisa, deseaba a Evelyn más que nunca: sin Evelyn parecía que no valía la pena representar la obra. Entonces un último recurso desesperado tomó forma en sus labios:
—Estarías maravillosa. ¿Sabes? El protagonista será Hubert Blair.
La miraba conteniendo la respiración: veía que estaba dudando.
—Adiós —dijo entonces Basil.
Los acompañó a la puerta y salió con ellos al porche, un poco preocupada.
—¿Cuánto has dicho que durarían los ensayos? —preguntó pensativa.

II.

Una tarde de agosto, tres días más tarde, Basil leía la comedia a los actores en el porche de la señorita Halliburton. Estaba nervioso y al principio lo hubieron de interrumpir con algún «Más alto» y «No vayas tan deprisa». Pero, cuando su auditorio empezaba a divertirse con el intercambio de agudezas y chistes entre los dos ladrones —agudezas y chistes que ya les habían sido útiles a Weber y Fields—, lo interrumpió Hubert Blair, que llegó tarde.
Hubert tenía quince años y era un muchacho más bien superficial, al margen de dos o tres virtudes que poseía en grado extraordinario. Pero una cualidad excepcional sugiere la presencia de otras, y las chicas siempre acababan cediendo a sus caprichos más insospechados, soportando la inconstancia de su corazón, sin convencerse jamás de que su profunda indiferencia era invencible. Las deslumhraba su escandalosa seguridad en sí mismo, su ingenuidad de querubín, que ocultaba un astuto talento para ganarse a la gente, y su extraordinario encanto físico. De piernas largas, maravillosamente proporcionado, tenía ese equilibrio de acróbata que suele caracterizar a los cortos de talla. Nunca se estaba quieto, y era una delicia mirarlo. Evelyn Beebe no era la única chica mayor que había descubierto en él una misteriosa promesa y lo observaba desde hacía tiempo con algo más que curiosidad.
Se quedó en la entrada con una expresión de afectada reverencia en la cara redonda e impertinente.
—Perdón —dijo—. ¿Es ésta la Primera Iglesia Metodista Episcopal? —todos se rieron, hasta Basil—. No estoy seguro. Puede que esté en la iglesia que busco, pero a lo mejor me he equivocado de banco.
Volvieron a reírse, pero con menos gana. Basil esperó a que Hubert se sentara al lado de Evelyn Beebe. Luego reanudó la lectura, mientras los demás, fascinados, miraban cómo Hubert hacía equilibrios para mantener la silla sólo sobre las patas traseras. Este chirriante experimento se convirtió en el ruido de fondo de la lectura. Hasta el desesperado «Aquí entras tú, Hube» de Basil, no volvieron a prestar atención a la comedia.
Basil leyó durante más de una hora. Cuando por fin cerró el cuaderno y levantó tímidamente la vista, estallaron espontáneos los aplausos. Había imitado escrupulosamente a sus modelos y, a pesar de los muchos detalles grotescos, el resultado final era interesante: era una verdadera obra de teatro. Después de charlar un rato con la señora Halliburton, volvió a casa radiante de emoción, y repitiendo en voz baja las mejores frases en la noche de agosto.
La primera semana de ensayos Basil no hizo otra cosa que ir y venir de la sala al escenario, gritando: «¡No! ¡Fíjate, Connie; tienes que entrar así!». Entonces empezaron a ocurrir ciertas cosas. La señora Van Schellinger fue al ensayo un día, y aguantó hasta el final para anunciar que no podía permitir que Gladys saliera en «una obra de criminales». Su teoría era que esta circunstancia podía ser eliminada; por ejemplo, los dos ladrones cómicos podrían convertirse en «dos divertidos labradores».
Basil la oyó horrorizado. En cuanto se fue, le aseguró a la señorita Halliburton que no cambiaría ni una letra. Por fortuna Gladys hacía de cocinera, un papel añadido a última hora que podía ser suprimido sin problemas, pero su ausencia se notó por otras razones. Era tranquila y dócil, «la chica mejor educada de la ciudad», y con su retirada el desorden hizo acto de presencia en los ensayos. Los que sólo tenían frases como «Se lo preguntaré a la señora Van Baker, señor», en el primer acto, y «No, señora», en el tercero, mostraron cierta tendencia a ponerse nerviosos entre una y otra intervención. Ahora se oían cosas así:
—¡Por favor, sujeta al perro o llévatelo a casa!
O también:
—¿Dónde está la criada? ¡Despierta, Margaret, por amor de Dios!
O:
—¿De qué mierda os reís tanto?
Pero el principal problema era cómo manejar con tacto a Hubert Blair. Dejando aparte su poca disposición a aprenderse el papel, era un protagonista satisfactorio, pero fuera del escenario se convertía en un verdadero incordio. No dejaba de montar números, funciones privadas, para Evelyn Beebe, como perseguirla amorosamente por la sala o lanzar cacahuetes por encima del hombro para que aterrizaran misteriosamente en el escenario. Si se le llamaba al orden, refunfuñaba: «Anda, cállate tú», lo suficientemente alto para que Basil sospechara lo que había dicho, pero no lo oyera.
Pero Evelyn Beebe era todo lo que Basil había esperado. Cuando subía al escenario atraía de tal manera la atención que no se oía ni respirar, y Basil lo advirtió y alargó su papel. Envidiaba cómo Hubert y ella aprovechaban las escenas que tenían juntos para divertirse en plan romántico, y sentía unos celos vagos, impersonales, cuando después del ensayo, casi todas las noches, se iban juntos en el coche de Hubert.
Una tarde, cuando ya llevaban ensayando quince días, Hubert llegó una hora tarde, no dio golpe durante el primer acto y luego le dijo a la señorita Halliburton que se iba a casa.
—¿Por qué? —preguntó Basil.
—Tengo cosas que hacer.
—¿Son importantes?
—¿Y a ti qué?
—¡Cómo que a mí qué! —dijo Basil indignado, de modo que tuvo que intervenir la señorita Halliburton.
—No hay motivos para enfadarse. Lo que Basil quiere decir, Hubert, es que si se trata de algo sin importancia… Ya sabes, todos estamos renunciando a alguna cosa para que la obra sea un éxito.
Hubert la escuchaba con evidente aburrimiento.
—Tengo que recoger con el coche a mi padre en el centro.
Miró a Basil con descaro, como si lo desafiara a rechazar esta explicación.
—Entonces ¿por qué has llegado con una hora de retraso? —preguntó Basil.
—Porque tuve que hacerle un recado a mi madre.
Se había ido formando un grupo, y Hubert miró a su alrededor con aire de triunfo. Era una excusa sagrada, y sólo Basil se daba cuenta de que era una mentira.
—¡Tonterías! —dijo.
—Eso lo dices tú… Tirano.
Basil dio un paso hacia él, con los ojos brillantes.
—¿Qué has dicho?
—He dicho «Tirano». ¿No te llaman así en el colegio?
Era verdad. Y también en casa. A la vez que palidecía de rabia, iba sintiendo una impotencia absoluta: se estaba dando cuenta de que el pasado siempre merodeaba cerca, al acecho. Las caras del colegio lo rodeaban, mirándolo, burlándose. Hubert se echó a reír.
—Vete —dijo Basil forzando la voz—. ¡Vamos! ¡Vete ahora mismo!
Hubert volvió a reírse, pero, cuando Basil dio un paso hacia él, retrocedió.
—De todas formas, no quiero actuar en tu obra. Nunca he tenido intención de actuar.
—Pues vete ya de esta sala.
—¡Vamos, Basil! —la señorita Halliburton se interponía entre los dos, angustiada. Hubert se rió de nuevo mientras buscaba su gorra.
—Ni se me ocurriría actuar en tu ridicula función —dijo. Se volvió despacio, airosamente, y se dirigió a la puerta con toda la tranquilidad del mundo.
Riply Buckner leyó el papel de Hubert aquella tarde, pero una sombra planeaba sobre el ensayo. A la interpretación de la señorita Beebe le faltó la fuerza de costumbre, y los demás se dedicaban a formar corrillos y murmurar, y se callaban en cuanto Basil se acercaba. Después del ensayo, la señorita Halliburton, Riply y Basil se reunieron para considerar la situación. Como Basil se negara terminante a hacer el papel principal, decidieron reclutar a un tal Mayall de Bec, a quien Riply conocía superficialmente, que había conseguido cierto renombre en las funciones teatrales del instituto.
Pero al día siguiente llegó el golpe irreparable. Evelyn, ruborizada y nerviosa, les dijo a Basil y a la señorita Halliburton que los planes de su familia habían cambiado: se irían al Este la próxima semana y no podría actuar en la obra. Basil comprendió: sólo había aguantado tanto tiempo por la presencia de Hubert.
—Adiós —dijo con tristeza.
Ante su ostensible desesperación, Evelyn se sintió avergonzada y trató de disculparse.
—No puedo hacer nada. ¡ Ay, Basil, me da tanta pena!
—¿No te podrías quedar conmigo una semana cuando se vaya tu familia? —preguntó inocentemente la señorita Halliburton.
—Es imposible. Papá quiere que vayamos todos. Por eso me voy; si no, me quedaría.
—Muy bien —dijo Basil—. Adiós.
—Basil, no te has enfadado, ¿verdad? —se dejaba llevar por una oleada de remordimiento—. Os ayudaré. Vendré a los ensayos esta semana, hasta que encontréis a otra chica, y procuraré ayudarla en lo que pueda. Pero papá ha dicho que tenemos que irnos.
Riply intentó en vano elevar la moral de Basil después del ensayo de aquella tarde, sugiriéndole nombres que Basil desechó desdeñosamente. ¿Margaret Torrence? ¿Connie Davies? Ni siquiera podían con sus papeles. A Basil le parecía que el proyecto se derrumbaba ante sus ojos.
Era todavía temprano cuando volvió a casa. Desanimado, se sentó junto a la ventana de su dormitorio a mirar cómo jugaba solo en el jardín de la casa de al lado el hijo pequeño de los Barnfield.
Su madre llegó a las cinco, e inmediatamente se dio cuenta de su abatimiento.
—Teddy Barnfield tiene paperas —dijo, intentando distraerlo—. Por eso está ahí jugando solo.
—¿Paperas? —respondió con indiferencia.
—No son peligrosas, pero sí muy contagiosas. Tú las pasaste a los siete años.
—Hum…
Su madre titubeaba.
—¿Estás preocupado con la obra? ¿Ha pasado algo?
—No, mamá. Es que necesito estar solo.
Un rato después, salió a tomar un batido en la heladería de la esquina. Se le había ocurrido la vaga idea de hablar con el señor Beebe para preguntarle si no podía aplazar el viaje al Este. Pero ni siquiera estaba seguro de que Evelyn no le hubiera mentido.
La aparición del hermano de Evelyn, un niño de nueve años, que venía por la calle, interrumpió sus pensamientos.
—Hola, Ham. Me han dicho que os vais de viaje.
Ham asintió.
—La semana que viene. Nos vamos a la playa.
Basil lo miraba con aire pensativo, como si por su proximidad a Evelyn poseyera la clave para dominarla.
—¿Adonde vas ahora? —preguntó.
—Voy a jugar con Teddy Barnfield.
—¿Cómo? —exclamó Basil—. ¿No sabes que…?
Calló. Se le había ocurrido una idea criminal, disparatada. Recordaba las palabras de su madre: «No son peligrosas, pero sí muy contagiosas». Si el pequeño Ham Beebe cogiera las paperas, y Evelyn no pudiera irse…
Tomo una rápida y fría decisión.
—Teddy está jugando en el jardín trasero —dijo—. Si quieres verlo sin pasar por su casa, puedes seguir esta calle y torcer luego por el callejón.
—Estupendo, gracias —dijo Ham confiadamente.
Basil se quedó mirándolo un instante, hasta que dobló la esquina del callejón: era perfectamente consciente de que aquello era lo peor que había hecho en su vida.

III.

Una semana después la señora Lee preparó la cena antes de lo habitual —todos los platos preferidos de Basil: picadillo de ternera, patatas fritas a la francesa, melocotón con nata y tarta de chocolate.
Cada dos o tres minutos Basil decía: «¡Dios mío! ¿Qué hora será ya?», y salía al recibidor a mirar el reloj. Y, con repentina sospecha, preguntaba: «¿Ese reloj funciona?». Era la primera vez que se interesaba por semejante asunto.
—Perfectamente. Si comes tan deprisa, tendrás una indigestión y no podrás hacer bien el papel.
—¿Qué te parece el programa? —preguntó por tercera vez—. «Riply Buckner, hijo, presenta la comedia de Basil Duke Lee La som-

—Me parece precioso.
—En realidad, Riply no la presenta.
—Pero suena muy bien.
—¿Qué hora será ya? —preguntó.
—Acabas de decir que eran las seis y diez.
—Bueno, creo que será mejor que me vaya.
—Cómete los melocotones, Basil. Si no comes, no podrás actuar.
—Yo no tengo que actuar —dijo con paciencia—. Mi papel es muy corto, y daría lo mismo… —era demasiada molestia dar explicaciones.
—Por favor, mamá, no me sonrías cuando salga al escenario —suplicó—. Haz como si no me conocieras.
—¿No puedo ni siquiera decir: «Encantada de conocerle»?
—¿Qué?
Había perdido el sentido del humor. Se despidió. Esforzándose en digerir, no la comida, sino su corazón, que parecía habérsele bajado al estómago, se encaminó hacia el colegio Martindale.
Cuando las ventanas amarillas del colegio surgieron en la noche, el nerviosismo se hizo insoportable: aquel edificio no era el mismo en el que llevaba entrando con absoluta indiferencia tres semanas. Sus pasos resonaron simbólicamente, prodigiosamente, en el vestíbulo desierto; arriba sólo estaba el conserje, que colocaba las sillas en fila, y Basil esperó, dando vueltas por el escenario vacío, a que llegara alguien.
Fue Mayall de Bec, el joven alto, inteligente y no demasiado simpático que habían importado de la avenida de Lower Crest para que hiciera el papel principal. Mayall, lejos de estar nervioso, trató de entablar alguna trivial conversación con Basil. Le gustaría saber si, según Basil, a Evelyn Beebe le importaría que fuera a verla de vez en cuando después de la función. Basil suponía que no. Mayall dijo que el padre de un amigo suyo tenía una fábrica de cerveza y un coche de doce cilindros.
—¡Caramba! —dijo Basil.
A las siete menos cuarto empezaron a llegar los actores y los colaboradores: Riply Buckner, con seis chicos que había buscado para que hicieran de porteros y acomodadores; la señorita Halliburton, que trataba de aparentar calma y seguridad; Evelyn Beebe, que llegó como si estuviera haciéndole a alguien un gran favor, y que parecía decirle a Basil con los ojos:
—Bueno, parece que voy a hacerlo, después de todo.
Mayall de Bec iba a maquillar a los chicos y la señorita Halliburton a las chicas. Basil llegó inmediatamente a la conclusión de que la señorita Halliburton no tenía la menor idea sobre maquillaje, pero consideró diplomático, dado el estado de nervios de la dama, no decir una palabra: llevaría a cada chica a que Mayall la retocara, una vez que terminara la señorita Halliburton.
Una exclamación de Bill Kampf, que miraba a la sala por una rendija del telón, hizo que Basil corriera a su lado. Había llegado un hombre alto y calvo, con gafas; lo habían acomodado en un asiento del centro de la sala, donde examinaba el programa. Era el público. Tras aquellos ojos expectantes, de repente insondables y misteriosos, se hallaba el secreto del fracaso o el éxito de la obra. Acabó de leer el programa, se quitó las gafas y miró a su alrededor. Entraron dos señoras de edad y dos niños, inmediatamente seguidos por una docena más.
—Eh, Riply —dijo Basil en voz baja—. Diles que pongan a los niños en las primeras filas.
Riply, que se debatía dentro de su uniforme de policía, miró hacia el escenario, y en el labio superior le tembló de indignación el largo bigote negro.
—Ya había pensado en eso.
La sala se iba llenando rápidamente y cobraba vida con el rumor de las conversaciones. Los niños de las primeras filas daban saltos en los asientos, y todo el mundo charlaba, y todos se llamaban y saludaban, menos las criadas y las cocineras, repartidas en parejas por la sala, calladas y muy tiesas.
Entonces, de pronto, todo estuvo listo. Era increíble. «¡Un momento! ¡Un momento», hubiera querido decir Basil. «Es imposible que esté todo en su punto. Debe faltar algo… Siempre ha faltado algo», pero la sala a oscuras, y el piano y el violín de la Orquesta Geyer interpretando Te espero en las sombras, desmentían aquellas palabras. La señorita Saunders, Leilia van Baker y la amiga de Leilia, Estella Carrage, estaban ya en escena, y la señorita Halliburton, la apuntadora, se encontraba entre bastidores con la obra en la mano. De pronto cesó la música y el parloteo de las primeras filas se apagó.
«Dios mío», pensó Basil. «Ay, Dios mío».
Se levantó el telón. Una voz clara salió de alguna parte. ¿Provenía de aquel extraño grupo que ocupaba el escenario?

—Lo leeré, señorita Saunders. ¡Le digo que lo leeré!
—Pero, señorita Leilia, no considero lectura apropiada para una señorita los periódicos de hoy día.
—No me importa. Quiero leer lo que dicen sobre ese maravilloso ladrón de guante blanco a quien llaman La Sombra.
Era verdad: había empezado la función. Casi antes de que se diera cuenta, se oyeron risas entre el público cuando Evelyn imitó a sus espaldas a la señorita Saunders.
—Prepárate, Basil —susurró la señora Halliburton.
Basil y Bill Kampf, los ladrones, cogían por los brazos a Victor van Baker, el disoluto primogénito, para ayudarlo a cruzar la puerta de la casa.
Era extraño y natural estar en el escenario con todos aquellos ojos que miraban alentadores. El rostro de su madre pasó como flotando, entre otros rostros que reconocía y recordaba.
Bill Kampf se equivocó en una frase, pero Basil respondió inmediatamente y continuó.

SEÑORITA SAUNDERS: Así que usted es concejal del sexto distrito.
SIMMONS EL CONEJO: Sí, señora.
SEÑORITA SAUNDERS (moviendo la cabeza con coquetería): ¿Qué es un concejal exactamente?
RUDD EL CHINO: Un concejal es un cruce de político y pirata.

Era una de las frases de las que Basil estaba más orgulloso, pero el público no se inmutó, ni siquiera hubo una sonrisa. Un instante después Bill Kampf, distraído, se secó la frente con el pañuelo, y miró sorprendido el pañuelo, asustado por las manchas rojas del maquillaje, y el público rió a carcajadas. El teatro era así.
SEÑORITA SAUNDERS: Entonces usted cree en los espíritus, señor Rudd.
RUDD EL CHINO: Sí, señora, creo firmemente en las bebidas espirituosas. ¿Tiene?

Y llegó la primera gran escena. En el escenario a oscuras se abría lentamente una ventana y por ella se deslizaba Mayall de Bec, «en estricto traje de etiqueta». Atravesaba de puntillas el escenario, cauteloso, y entonces entraba Leilia Van Baker. Parecía asustarse, pero enseguida el caballero la convencía de que era un amigo de su hermano Victor. Charlaban. Leilia le contaba ingenuamente, con emoción, que admiraba a La Sombra: había leído sus hazañas en los periódicos. Pero esperaba que La Sombra no se presentara aquella noche, pues aquella caja fuerte, a la derecha, guardaba las joyas de la familia.
El desconocido tenía hambre. Se le había hecho tarde para la cena y no había comido nada aquella noche. Si pudiera tomar un poco de leche con galletas… Sería estupendo. No había terminado Leilia de salir de la habitación, y ya estaba el desconocido arrodillado ante la caja fuerte, tanteando la cerradura, sin dejarse desanimar por la palabra tan poco prometedora que habían escrito en la puerta de la caja: Pasteles. Ya se abría cuando oyó pasos, y volvió a cerrarla en el preciso instante en que Leilia volvía con la leche y las galletas.
No se decidían a separarse porque, estaba claro, se atraían mutuamente. Entonces entraba la señorita Saunders, muy coqueta, y tenían lugar las presentaciones. Evelyn volvió a imitarla a sus espaldas y el público rió a carcajadas. Aparecían otros habitantes de la casa y todos eran presentados al desconocido.
¿Qué es eso? Se oye un portazo, y Mulligan, un policía, irrumpe en escena.

—Acabamos de recibir un mensaje de la comisaría central: ¡La famosa Sombra ha sido vista cuando entraba por la ventana! ¡Nadie puede abandonar la casa esta noche!

Cayó el telón. Las primeras filas —los hermanos pequeños de los intérpretes— derrocharon entusiasmo. Los actores hicieron una reverencia.
Y entonces Basil se encontró a solas con Evelyn Beebe en el escenario. Parecía, apoyada en una mesa, una muñeca maquillada y cansada.
—¡Ay, Basil! —dijo.
No acababa de perdonarle que la hubiera obligado a cumplir su promesa después de que las paperas de su hermano aplazaran el viaje al Este, y Basil la había rehuido con tacto, pero ahora los unía la emoción y el éxito, esa amable sensación.
—Has estado maravillosa —dijo—. ¡Maravillosa!
Se quedó con ella un instante. No le gustaría nunca a Evelyn, porque Evelyn necesitaba a alguien que fuera como ella, alguien que le entrara por los sentidos, como Hubert Blair. Su intuición le decía que Basil era un poco imprevisible; y, además, sus incansables intentos de obligar a la gente a pensar y a tener opiniones la molestaban y aburrían. Pero, de pronto, con las emociones de la noche, se besaron apaciblemente, y, a partir de aquel momento, puesto que no tenían nada en común sobre lo que pelearse, fueron amigos para toda la vida.
Cuando el telón se levantó para el segundo acto, Basil bajó unas escaleras, subió otras y apareció al fondo de la sala, desde donde se puso a ver la representación en la oscuridad. Se reía en silencio cuando el público se reía, divirtiéndose como si fuera una comedia que jamás hubiera visto.
Había dos escenas, en el segundo y el tercer acto, que eran muy parecidas: La Sombra, solo en el escenario, era interrumpido por la señorita Saunders. Mayall de Bec, que sólo había ensayado diez días, solía confundir las dos escenas, pero Basil no se esperaba lo que ocurrió. Entró en escena Connie, y Mayall dijo la frase del tercer acto, y Connie, sin darse cuenta de lo que pasaba, contestó como si estuvieran en el tercer acto.
Los que iban apareciendo en escena se dejaban llevar por el nerviosismo y la confusión, y, de pronto, todos estaban representando el tercer acto en medio del segundo. Sucedió tan rápidamente que, durante un instante, Basil sólo tuvo una confusa impresión de que algo no funcionaba. E inmediatamente se lanzó escaleras abajo y escaleras arriba hasta gritar entre bastidores:
—¡Bajad el telón! ¡Bajad el telón!
Los chicos que estaban allí tiraron asustados de la cuerda. Y, segundo después, Basil, jadeante, se dirigía al público.
—Damas y caballeros —dijo—, ha habido cambios en el reparto, y hemos cometido un error en la última escena. Si nos lo permiten, la repetiríamos con mucho gusto.
Se retiró entre bastidores acompañado por un clamor de risas y aplausos.
—Muy bien, Mayall —gritó, excitado—. Estás solo en el escenario y dices: «Sólo quiero comprobar si las joyas están a salvo». Y Connie te responde: «Adelante, no se preocupe por mí». ¡Venga! ¡Arriba el telón!
Y en un momento las cosas se arreglaron solas. Alguien le llevó un vaso de agua a la señorita Halliburton, que estaba a punto de sufrir un colapso, y, al terminar el acto, tuvieron que volver a saludar. Veinte minutos después, acabó la representación. El héroe abrazaba a Leilia y le confesaba que era La Sombra, «una Sombra atrapada ya». El telón subió y bajó, y volvió a subir y bajar. La señorita Halliburton fue sacada a rastras al escenario y los acomodadores aparecieron por el pasillo cargados de flores. Y entonces las cosas volvieron a ser familiares, sin ceremonia, y los actores se mezclaron con el público, muy contentos, riéndose, importantes, mientras los felicitaba todo el mundo. Un anciano a quien Basil no conocía se le acercó y le estrechó la mano, diciendo: «Eres un joven que dará que hablar algún día», y un periodista local le preguntó si era verdad que sólo tenía quince años. Lo que podría haber sido un auténtico desastre, desmoralizador, ya había pasado. Cuando la gente se dispersó y los pocos que habían ido quedando se despidieron con pocas palabras, sintió un gran vacío en el corazón. Ya había acabado todo, ya había pasado: tanto trabajo, interés y dedicación. Aquel vacío se parecía al miedo.
—Buenas noches, señorita Halliburton. Buenas noches, Evelyn.
—Buenas noches, Basil. Enhorabuena, Basil. Buenas noches.
—¿Dónde está mi abrigo? Buenas noches, Basil.
—Dejad los trajes en el escenario, por favor. Tenemos que devolverlos mañana.
Fue casi el último en irse: había subido un momento al escenario, a mirar la sala desierta. Su madre lo estaba esperando y volvieron juntos a casa, dando un paseo. Fue la primera noche fría del año.
—Bueno, creo que ha salido muy bien. ¿Estás contento? —Basil no respondía—. ¿No estás contento de cómo ha salido?
—Sí—dijo, y volvió la cara.
—¿Qué te pasa?
—Nada —calló un momento—. La verdad es que a nadie le importa, ¿no?
—¿Qué es lo que no les importa?
—Nada.
—A cada uno le importan cosas diferentes. A mí me importas tú, por ejemplo.
Instintivamente se apartó de la mano que iba a acariciarlo.
—No, por favor. No pensaba en eso.
—Lo que pasa es que estás cansado de tantas emociones, cariño.
—No estoy cansado. Es como si estuviera triste.
—No deberías estar triste. ¿Sabes? Después de la función todos me han dicho que…
—Bueno, ya ha terminado. No me hables de eso… No vuelvas a hablarme de eso.
—Pero ¿por qué estás triste?
—Por un niño.
—¿Un niño?
—Sí, por Ham… No puedes entenderlo.
—Cuando lleguemos a casa te voy a preparar un baño caliente para que te tranquilices.
—Muy bien.
Pero cuando llegó a casa se quedó profundamente dormido en el sofá. Su madre no sabía si despertarlo. Lo tapó con una manta y un edredón, le puso una almohada bajo la cabeza, que se resistió, y subió a su dormitorio.
Estuvo arrodillada junto a la cama mucho rato.
—Dios mío, ayúdalo, ayúdalo —rezaba—, porque la ayuda que necesita yo ya no puedo dársela.

Sobre el autor.
Francis Scott Fitzgerald (Saint Paul, Minnesota, 24 de septiembre de 1896 – Hollywood, California, 21 de diciembre de 1940), fue un novelista estadounidense de la época del jazz.