Las amarguras de la ginebra

Era domingo por la tarde, y, desde su dormitorio, Amy oyó llegar a los Bearden, seguidos, poco después, por los Farquarson y los Parminter. Siguió leyendo Belleza negra hasta que el instinto le dijo que quizá estuviesen comiendo algo bueno. Entonces cerró el libro y bajó la escalera. La puerta del cuarto de estar se hallaba cerrada, pero a través de ella se oía ruido de risas y de gente hablando en voz muy alta. Debían de estar cotilleando o algo aún peor, porque se callaron todos cuando la niña entró en el cuarto.
—Hola, Amy —la saludó el señor Farquarson.
—Te están hablando, Amy —dijo su padre.
—¿Qué tal está, señor Farquarson? —dijo ella.
Permaneció apartada del grupo durante un minuto, hasta que reanudaron la conversación; se deslizó entonces junto a la señora Farquarson, y pudo abalanzarse sobre el plato de cacahuetes y coger un puñado.
—¡Amy! —la riñó el señor Lawton.
—Lo siento, papá —dijo ella, saliendo del círculo en dirección al piano.
—Deja esos cacahuetes —ordenó su padre.
—Los he manoseado, papá —respondió ella.
—Bueno, ofrece el plato a los demás, cariño —dijo su madre con voz dulce—. Quizá alguien más quiera cacahuetes.
Amy se llenó la boca con los que había cogido, volvió junto a la mesita del café y fue presentando el plato con los cacahuetes.
—Gracias, Amy —le dijeron las personas mayores, cogiendo uno o dos.
—¿Qué te parece tu nuevo colegio, Amy? —preguntó la señora Bearden.
—Me gusta —respondió ella—. Los colegios privados me gustan más que los institutos. No se parecen tanto a una fábrica.
—¿En qué curso estás? —preguntó la señora Bearden.
—En cuarto —contestó ella.
Su padre cogió el vaso del señor Parminter y el suyo propio, y se levantó para ir al comedor y volver a llenarlos. Amy se sentó en la silla que había dejado libre el señor Lawton.
—No ocupes el asiento de tu padre, Amy —dijo su madre, sin darse cuenta de que las piernas de la niña estaban cansadas de montar en bicicleta, mientras que su padre no había hecho otra cosa que permanecer sentado durante todo el día.
Al dirigirse hacia las puertas vidrieras que daban a la terraza, Amy oyó que su madre empezaba a hablar de la nueva cocinera. Era un buen ejemplo de los interesantes temas de conversación que encontraban.
—Será mejor que guardes la bicicleta en el garaje —dijo su padre al volver con los vasos llenos—. Parece que va a llover.
Amy salió a la terraza y examinó el cielo, pero no estaba muy nublado, no llovería, y el consejo del señor Lawton, como todos los suyos, era perfectamente superfluo. Siempre se estaban metiendo con ella: «Guarda la bicicleta»; «Ábrele la puerta a la abuelita, Amy»; «Da de comer al gato», «Haz los deberes»; «Ofrece el plato de los cacahuetes»; «Ayuda a la señora Bearden a llevar los paquetes»; «Amy, procura cuidar más tu aspecto»…
Todos los invitados se pusieron en pie, y su padre salió hasta la puerta de la terraza y la llamó.
—Nos vamos a cenar a casa de los Parminter —anunció—. La cocinera está aquí, de manera que no te vas a quedar sola. No dejes de acostarte a las ocho como una buena chica. Y ahora ven a darme un beso y las buenas noches.
Después de que se hubieron marchado los coches, Amy cruzó la cocina hasta llegar al dormitorio de la cocinera y llamó a la puerta.
—Pasa —dijo una voz, y cuando la niña entró, vio a la cocinera, que se llamaba Rosemary, con el albornoz puesto, leyendo la Biblia. Rosemary sonrió a Amy. Tenía una sonrisa dulce y sus viejos ojos eran azules—. ¿Tus papas se han vuelto a marchar? —preguntó.
Amy asintió con la cabeza, y la anciana la invitó a sentarse.
—Parece que lo pasan bien, ¿no es cierto? Durante los cuatro días que llevo aquí, todas las noches han salido o tenían invitados a cenar. —Puso la Biblia boca abajo sobre el regazo y sonrió, aunque no a Amy—. Claro está que lo que se bebe en esta casa queda justificado por razones sociales, y además, lo que hagan tus padres no es asunto mío, ¿verdad? Pero me preocupa la bebida más que a la mayoría de la gente debido a mi pobre hermana. Mi pobre hermana bebía demasiado. Durante diez años fui a verla los domingos por la tarde, y la mayor parte del tiempo estaba non compos mentís. A veces la encontraba acurrucada en el suelo con una o dos botellas de jerez vacías al lado. A veces podría haberle parecido serena a un extraño, pero yo me daba cuenta en un segundo por la manera que tenía de hablar de que estaba tan borracha que ya no era ella misma. Ahora mi pobre hermana se ha ido, y ya no tengo a nadie a quien visitar.
—¿Qué le pasó a tu hermana? —preguntó Amy.
—Era una persona encantadora, con la piel de melocotón y el pelo rubio —dijo Rosemary—. La ginebra pone contentas a algunas personas (les hace reír y llorar), pero a mi hermana sólo conseguía entristecerla y hacerla más reservada. Cuando bebía, se metía dentro de sí misma. La bebida la empujaba a llevar la contraria. Si yo hablaba del buen tiempo que hacía, ella respondía que me equivocaba. Si decía que estaba lloviendo, ella aseguraba que se aclaraba el cielo. Me corregía todo lo que decía, por insignificante que fuera. Murió un verano en el hospital Bellevue, mientras yo trabajaba en Maine. Ella era toda la familia que me quedaba.
La sinceridad con la que Rosemary le hablaba logró que Amy se sintiera como una persona mayor, y por una vez no le costó trabajo ser cortés.
—Debes de echar mucho de menos a tu hermana —dijo.
—Ahora mismo estaba pensando en ella. También se dedicaba al servicio doméstico, como yo, un trabajo en el que se está muy sola. Vives rodeada de una familia, y, sin embargo, nunca formas parte de ella. Con frecuencia hieren tu orgullo. La dueña de la casa resulta condescendiente y desconsiderada. No me estoy quejando de las señoras con las que he trabajado. Es la naturaleza misma de la relación. Piden ensalada de pollo, y tú te levantas antes de que amanezca para ganar tiempo, y nada más terminar la ensalada de pollo, cambian de idea y quieren sopa de marisco.
—Mi madre cambia de idea todo el tiempo —dijo Amy.
—A veces estás en un sitio en el campo donde no hay nadie que te ayude. Estás cansada, pero no tan cansada como para sentirte sola. Sales al porche de servicio cuando has terminado de fregar, con ánimo de disfrutar de la creación divina, y aunque la fachada de la casa quizá tenga una hermosa vista del lago o de las montañas, la vista desde atrás nunca es gran cosa. Pero está el cielo y los árboles y las estrellas y los pájaros cantando, y el placer de que los pies te descansen un poco. Pero entonces los oyes en la parte delantera, riendo y hablando con sus invitados y sus hijos e hijas. Y si eres nueva y los oyes cuchichear, puedes estar segura de que hablan de ti. Eso hace que desaparezca todo el placer.
—Oh —dijo Amy.
—He trabajado en toda clase de sitios: lugares donde había ocho o nueve personas de servicio y otros en los que esperaban que quemara yo misma la basura en las noches de invierno, y también que quitara la nieve con una pala. En una casa donde hay muchos criados suele haber algún demonio entre ellos (un viejo mayordomo o una doncella) que trata de hacerte la vida imposible desde el primer momento. «A la señora no le gustan las cosas así», o «A la señora no le gustan las cosas asá», o «Llevo veinte años con la señora», te dicen. Hace falta ser muy diplomático para entenderse con ellos. Luego están las habitaciones que te asignan, y todas las que he visto siempre son muy tristes. Si llevas una botella en la maleta, al principio tienes unas tentaciones terribles de echar un trago para animarte. Pero yo tengo un carácter muy fuerte. Con mi pobre hermana era distinto. Solía quejarse de nerviosismo, pero, mientras estaba aquí sentada pensando en ella esta noche, me preguntaba si realmente sufrió de nerviosismo. Me pregunto si no lo inventaría todo. Quizá era que no valía para el servicio doméstico. Hacia el final, sólo conseguía trabajo en el campo, en sitios adonde nadie quería ir, y nunca duraba mucho más de una semana o dos. Tomaba un poco de ginebra para que se le pasara el nerviosismo, luego otro poco para el cansancio, y cuando se había bebido su propia botella y todo lo que podía robar, se enteraban en el resto de la casa. Normalmente se producía un enfrentamiento, y a mi pobre hermana le gustaba tener siempre la última palabra. ¡Si estuviera en mi mano, habría una ley contra ello! No es asunto mío aconsejarte que le quites nada a tu padre, pero me sentiría orgullosa de ti si de vez en cuando le vaciaras la botella de ginebra en el fregadero. ¡No es más que una porquería! Pero me ha venido bien hablar contigo, corazón. Has conseguido que no eche tanto de menos a mi pobre hermana. Ahora voy a leer la Biblia un poco más, y luego te prepararé algo de cenar.

Los Lawton habían tenido un mal año con las cocineras: llevaban cinco hasta el momento. La llegada de Rosemary hizo que Marcia Lawton recordara una vaga teoría sobre compensaciones; había sufrido y ahora recibía el premio. Rosemary era limpia, trabajadora, y alegre, y su cocina —como decían los Lawton— comparable con la del mejor restaurante francés. El miércoles por la noche después de cenar, la cocinera cogió el tren de Nueva York, prometiendo regresar al día siguiente, a última hora de la tarde. El jueves por la mañana, Marcia entró en el cuarto de Rosemary. Era una precaución desagradable, pero convertida ya en habitual. La ausencia de objetos personales —un paquete de cigarrillos, una pluma estilográfica, un despertador, una radio, o cualquier otra cosa que pudiera ligar a la anciana con su habitación— hizo que la señora Lawton tuviera la desagradable sensación de estar siendo engañada, como le había sucedido en anteriores ocasiones con otras cocineras. Abrió la puerta del armario y vio un único uniforme colgado de una percha y, en el suelo, la vieja maleta de Rosemary y las playeras blancas que usaba en la cocina. La maleta estaba cerrada con llave, pero cuando Marcia la levantó, tuvo la impresión de que se encontraba casi vacía.
El señor Lawton y Amy fueron a la estación el jueves después de cenar, para esperar el tren de las ocho y dieciséis. El paseo en el coche descapotable, el aire tonificante, el resplandor de las estrellas, y la compañía de su padre hicieron que la niña se sintiera a gusto con el mundo. La estación de ferrocarril de Shady Hill se parecía a las de las viejas películas que había visto en la tele, donde alguien salía a esperar a detectives o a espías, a barbazules y a sus confiadas víctimas, para llevarlos en coche hasta remotas y aisladas fincas. A Amy le gustaba la estación, particularmente cuando se hacía de noche. Se imaginaba que quienes viajaban en los trenes de cercanías cumplían misiones mucho más urgentes y siniestras que volver a su casa después del trabajo. Excepto cuando caía una nevada o la niebla era espesa, el coche club en el que viajaba su padre parecía tener el brillo superficial y la monotonía del resto de su existencia. Los trenes de cercanías que circulaban a horas fuera de lo común pertenecían a un mundo de contrastes más violentos, en el que a Amy le gustaría vivir.
Llegaron unos minutos antes de la hora, y Amy se bajó del automóvil y se situó sobre el andén. Se preguntó para qué servirían los flecos de cuerda que colgaban sobre las vías en los dos extremos de la estación, pero también sabía por experiencia que era mejor no preguntárselo a su padre, porque no sería capaz de contestarle. Amy oyó el tren antes de verlo, y el ruido la animó y la hizo sentirse feliz. Mientras avanzaba por la estación hasta detenerse, la niña examinó las ventanillas iluminadas en busca de Rosemary, pero no la encontró. El señor Lawton se apeó del coche y se reunió con Amy en el andén. Vieron que el revisor se inclinaba sobre una persona sentada, y finalmente la cocinera se levantó, agarrándose al hombre mientras él la ayudaba a bajar al andén desde el vagón. Rosemary estaba llorando.
—Tenía piel de melocotón —Amy la oyó sollozar—. Era una persona encantadora de verdad.
El revisor le respondió amablemente pasándole un brazo alrededor de los hombros, sujetándola para bajar los peldaños. Luego el tren se marchó, y ella permaneció inmóvil, secándose las lágrimas.
—No diga una sola palabra, señor Lawton, y yo tampoco diré nada. —Extendió una bolsita de papel que llevaba en la mano—. Esto es un regalo para ti, mi niña.
—Gracias, Rosemary —respondió Amy. Miró dentro de la bolsa y vio que contenía varios paquetes de algas japonesas verdiazules.
Rosemary se dirigió hacia el automóvil con las precauciones de alguien que apenas ve por dónde anda debido a la falta de luz. Despedía un olor agrio. Su abrigo nuevo tenía manchas de barro y un desgarrón en la espalda. El señor Lawton le dijo a Amy que se sentara detrás, e hizo que la cocinera se colocara a su lado, en el asiento delantero. Luego cerró la portezuela con violencia, rodeó el vehículo para ocupar el sitio del conductor y emprendió el regreso a casa. Rosemary sacó del bolso una botella de Coca-Cola con un tapón de corcho y bebió un trago. Amy advirtió por el olor que la botella contenía ginebra.
—¡Rosemary! —exclamó el señor Lawton.
—Estoy muy sola —dijo la cocinera—. Estoy muy sola, tengo miedo, y esto es todo lo que me queda.
Él no dijo nada más hasta que entraron por el camino de grava y dio la vuelta a la casa hasta situarse frente a la puerta trasera.
—Recoja su maleta, Rosemary —le ordenó—. La espero en el coche.
Tan pronto como la cocinera cruzó el umbral tambaleándose, el señor Lawton le dijo a Amy que entrara en la casa por la puerta principal.
—Sube a tu cuarto y ponte el pijama.
Su madre la llamó desde el piso de arriba para preguntar si Rosemary había vuelto. La niña no contestó. Fue al bar, cogió una botella abierta de ginebra y la vació en el fregadero de la antecocina. Estaba casi llorando cuando se encontró con su madre en el cuarto de estar y le dijo que el señor Lawton se disponía a devolver a la cocinera a la estación.
Cuando Amy regresó del colegio al día siguiente, se encontró con una mujer corpulenta, de pelo negro, limpiando el cuarto de estar. El automóvil que el señor Lawton dejaba habitualmente en la estación se hallaba en el garaje para una revisión, y Amy fue con su madre a buscarlo en el otro coche. Mientras se dirigía hacia ellas cruzando el andén, la niña se dio cuenta, por la palidez del rostro de su padre, que había tenido un mal día. El señor Lawton besó a su mujer, dio una palmadita a Amy en la cabeza y se colocó detrás del volante.
—¿Sabes? —dijo la madre de la niña—, sucede algo terrible con la ducha del cuarto de huéspedes.
—¡Maldita sea, Marcia! —exclamó el señor Lawton—. ¡Preferiría que no me recibieras siempre con malas noticias!
Su voz irritada angustió a Amy, que empezó a jugar nerviosamente con el botón que servía para subir y bajar el cristal de la ventanilla.
—¡Estáte quieta, Amy! —gritó su padre.
—¡Bueno, la ducha no tiene importancia! —dijo su madre, e hizo un débil esfuerzo por sonreír.
—Cuando volví de San Francisco la semana pasada —dijo él—, te faltó tiempo para decirme que necesitábamos un quemador nuevo para la calefacción.
—Ya tenemos una cocinera a media jornada. Eso es una buena noticia.
—¿Otra borracha? —preguntó el padre de Amy.
—No te pongas desagradable, cariño. Nos preparará algo de cenar, fregará los platos y se volverá a su casa en el autobús. Nos han invitado los Farquarson.
—Estoy demasiado cansado para ir a ningún sitio —repuso él.
—¿Quién se va a quedar conmigo? —preguntó Amy.
—Siempre lo pasas bien en casa de los Farquarson —dijo su madre.
—Bueno, pero no quiero quedarme hasta muy tarde —señaló el señor Lawton.
—¿Quién se va a quedar conmigo? —insistió Amy.
—La señora Henlein —dijo su madre.
Cuando llegaron a casa, Amy se sentó al piano.
Su padre se lavó las manos en el baño que daba al vestíbulo y luego se dirigió al bar. En seguida entró en el cuarto de estar blandiendo la botella vacía de ginebra.
—¿Cómo se llama? —preguntó.
—Ruby —respondió su mujer.
—Es excepcional. Casi se ha bebido un litro de ginebra el primer día.
—¡Cielo santo! —exclamó la madre de Amy—. Bueno, será mejor que no digamos nada ahora.
—¡Todo el mundo entra a saco en el bar! —gritó su padre—. ¡Y estoy más que harto!
—Hay toda la ginebra que quieras en el armario. Abre otra botella.
—Le pagamos tres dólares la hora a aquel jardinero, y todo lo que hizo fue venir aquí a escondidas y beberse mi whisky. La canguro que tuvimos antes de la señora Henlein le echaba agua al bourbon, y qué te voy a contar de Rosemary. La cocinera anterior no sólo se bebió lo que había en el mueble bar, sino también todo el ron, el kirsch, el jerez y el vino que había en la despensa para cocinar. Luego está la polaca que tuvimos el último verano. Incluso aquella lavandera vieja. Y los pintores. Creo que deben de haber hecho alguna marca en mi puerta. Y estoy convencido de que la agencia me tiene subrayado como víctima fácil.
—Bueno, vamos a cenar primero, y luego hablas con ella si quieres.
—¡Ni hablar! —replicó él—. No estoy dispuesto a animar a la gente a que me robe—. ¡Ruby! —Repitió el nombre a gritos varias veces, pero la cocinera no respondió. Luego apareció en la puerta del comedor, con el sombrero y el abrigo puestos.
—Me siento mal —dijo. Amy se dio cuenta de que estaba asustada.
—No me sorprende en absoluto —repuso el señor Lawton. —Me siento mal —murmuró la cocinera—; no consigo encontrar nada y me voy a mi casa.
—Estupendo —dijo él—. ¡Magnífico! Estoy harto de pagar a la gente para que venga aquí y se beba todo lo que tengo en el bar.
La cocinera se dirigió hacia la entrada y Marcia Lawton la siguió hasta el vestíbulo para darle algún dinero. Amy había contemplado la escena desde el taburete del piano, una posición que la aislaba y al mismo tiempo le permitía verlo todo perfectamente. Observó cómo su padre iba a buscar otra botella de ginebra y preparaba una coctelera de martinis. Parecía muy deprimido.
—Bueno —dijo su madre al volver—. La verdad es que no daba la impresión de estar borracha.
—Haz el favor de no discutir conmigo, Marcia —dijo su padre.
Sirvió dos cócteles, dijo «Salud», y bebió un poco.
—Podemos cenar en Orpheo’s —comentó.
—Imagino que sí —dijo su madre—. Voy a preparar algo para Amy. —Entró en la cocina, y Amy abrió su cuaderno de música por Reflets d’Automne. «cuenta —había escrito la profesora de música—. cuenta, y suavidad, mucha suavidad…» Amy empezó a tocar. Cada vez que se equivocaba, decía: «¡Maldita sea!», y empezaba de nuevo. A mitad de Reflets d’Automne, tomó conciencia de que había sido ella quien había vaciado la botella de ginebra. Se sintió tan perpleja que dejó de tocar, pero sus sentimientos no fueron más allá de la perplejidad, aunque le faltara la fortaleza para seguir tocando el piano. Su madre fue a socorrerla.
—Tienes la cena en la cocina, cariño —dijo—. Y para postre puedes sacar un helado del congelador, pero sólo uno.
Marcia Lawton tendió la copa vacía hacia su marido, que volvió a llenársela con lo que quedaba en la coctelera. Luego subió al piso de arriba. El señor Lawton se quedó en el cuarto de estar, y, al examinar a su padre con detenimiento, Amy notó que su expresión malhumorada empezaba a dulcificarse. Ya no parecía tan desgraciado, y al pasar junto a él, camino de la cocina, el señor Lawton le sonrió tiernamente, dándole unas palmaditas en la cabeza.
Cuando Amy terminó la cena, se comió el helado, hizo estallar la bolsa en la que venía, volvió a sentarse al piano y estuvo practicando ejercicios durante un rato. Su padre bajó la escalera vestido de etiqueta, dejó la copa sobre la repisa de la chimenea y se acercó a la puerta cristalera que daba a la terraza y al jardín. Amy notó que la transformación iniciada con la dulcificación de sus facciones se hallaba aún más avanzada. Su padre, finalmente, parecía contento. Amy se preguntó si estaría borracho, aunque su paso no era nada inseguro. Resultaba, por el contrario, aún más decidido.
Sus padres nunca lograban el tipo de andares bamboleantes que Amy veía todos los años encarnados en un equilibrista de la cuerda floja cuando la banda del circo atacaba «Muéstrame el camino de casa», y que a ella le gustaba imitar de vez en cuando. Le gustaba girar y girar y girar sobre el césped, hasta que, tambaleándose y un poco mareada, repetía: «¡Estoy borracha! ¡Soy una borracha!», haciendo eses sobre la hierba, enderezándose cuando estaba a punto de caer, y sin sentirse descontenta por haber perdido durante un segundo la capacidad de ver el mundo. Pero a sus padres no los había visto nunca así. Nunca los había visto abrazados a una farola, cantando y haciendo eses, pero sí los había visto caerse. Nunca resultaban indecorosos —parecían incluso más correctos y ceremoniosos cuanto más bebían—, aunque en ocasiones su padre, al levantarse para llenar las copas de todos, caminaba suficientemente erguido, pero daba la impresión de que los zapatos se le quedaban pegados a la alfombra. Y a veces, cuando se dirigía hacia la puerta del comedor, calculaba mal las distancias y se equivocaba casi en medio metro. En una ocasión, Amy lo había visto darse contra la pared con tanta fuerza que se derrumbó en el suelo y se le rompieron la mayoría de las copas que llevaba en la mano. Una o dos personas se echaron a reír, pero las risas no fueron ni generales ni vigorosas, y la mayoría de los presentes fingieron que la caída no se había producido. Cuando su padre se levantó, fue directamente al bar como si nada hubiera sucedido. Amy había visto una vez cómo la señora Farquarson se equivocaba al ir a sentarse en una silla y caía al suelo, pero nadie rió, y todos fingieron que no había pasado nada. Parecían actores en una obra de teatro. En las representaciones del colegio, cuando alguien tiraba un árbol de papel, lo correcto era enderezarlo sin que se notara lo que se estaba haciendo, para no echar a perder la ilusión de hallarse en un bosque muy espeso, y eso era lo que ellos hacían cuando alguien se caía al suelo.
Ahora su padre andaba de aquella manera rígida y extraña, tan diferente de su descuidada forma de recorrer el andén por las mañanas, y Amy se dio cuenta de que buscaba algo: su copa, concretamente. Estaba encima de la repisa de la chimenea, pero no miró en aquella dirección. Recorrió con la vista todas las mesas del cuarto de estar. Luego salió a la terraza y miró allí, y después de nuevo en las mesas del cuarto de estar, examinando tres veces el mismo sitio, aunque siempre le decía a Amy que buscara inteligentemente cuando la niña perdía las playeras o el impermeable. «Búscalo, Amy —decía siempre—. Trata de recordar dónde lo dejaste. No puedo comprarte un impermeable nuevo cada vez que llueve.» Finalmente, el señor Lawton renunció a su búsqueda y se sirvió un cóctel en otra copa.
—Voy a buscar a la señora Henlein —le dijo a su hija como si estuviera dándole una noticia importante.
Amy no sentía más que indiferencia hacia la señora Henlein, y cuando su padre regresó con la canguro, Amy pensó en las noches, enlazadas hasta formar semanas —años casi—, que había pasado encerrada con la señora Henlein, una mujer muy educada que siempre le estaba diciendo cómo debía comportarse una señorita. La señora Henlein también quería saber dónde iban los padres de Amy y de qué clase de fiesta se trataba, aunque no era asunto de su incumbencia. Siempre se instalaba en el sofá como si fuera la dueña de la casa, hablaba de personas que nunca le habían sido presentadas, y le pedía a Amy que le llevara el periódico, aunque carecía en absoluto de autoridad para hacerlo.
Cuando Marcia Lawton bajó la escalera, la señora Henlein le dio las buenas noches.
—Que se diviertan —dijo mientras los Lawton cruzaban el umbral. Luego se volvió hacia Amy—: ¿Adonde van tus papás, cariño? Seguro que lo sabes, corazón. Haz un esfuerzo y trata de recordarlo. ¿Van al club?
—No.
—Quizá vayan a casa de los Trencher —sugirió la señora Henlein—. He visto que estaba muy iluminada mientras veníamos hacia aquí.
—No van a casa de los Trencher —dijo Amy—. No les son nada simpáticos.
—Muy bien, cariño, ¿adonde van, entonces?
—A casa de los Farquarson.
—Eso es todo lo que quería saber, corazón —dijo la señora Henlein—. Ahora tráeme el periódico y dámelo cortésmente. Cortésmente —añadió mientras la niña se acercaba con el periódico—. No sirve de nada hacer cosas para las personas mayores si no se hacen cortésmente. —Se puso las gafas y empezó a leer.
Amy subió a su cuarto. Sobre la mesa, en un vaso, estaban las algas japonesas que Rosemary le había traído, floreciendo mustiamente en una agua que los tintes habían vuelto de color rosa. Luego bajó por la escalera de atrás y llegó al comedor atravesando la cocina. Los utensilios que su padre utilizaba para preparar los cócteles estaban aún sobre el bar. Amy vació la botella de ginebra en el fregadero de la antecocina y luego volvió a dejarla donde estaba. Era demasiado tarde para montar en bicicleta y demasiado pronto para irse a la cama, y sabía de sobra que en el caso de que hubiera algo interesante en la televisión, una serie de asesinatos, por ejemplo, la señora Henlein la obligaría a apagarla. Finalmente recordó que su padre le había traído un libro sobre caballos de su viaje al oeste, y subió alegremente la escalera de atrás para ponerse a leerlo.
Eran más de las dos cuando regresaron los Lawton. La señora Henlein, que dormía en el sofá del cuarto de estar soñando con un desván polvoriento, despertó al oír sus voces en el vestíbulo. Marcia Lawton le pagó, le dio las gracias, preguntó si había telefoneado alguien, y luego subió al piso de arriba. El señor Lawton estaba en el comedor, haciendo ruido con las botellas. La señora Henlein, deseosa de meterse en su propia cama y de seguir durmiendo, rezó para que no se sirviera otra copa, como solían hacer todos a menudo noche tras noche, y la señora Henlein era devuelta a su casa por caballeros borrachos. De pronto, el señor Lawton apareció en la puerta del comedor con una botella vacía en la mano.
—Debe de apestar usted a ginebra, señora Henlein —dijo.
—¿Hummm? —respondió ella. No había captado el sentido de la frase.
—Se ha bebido casi un litro de ginebra —declaró el señor Lawton.
La desvaída anciana, a medias entre la vigilia y el sueño, se irguió, llevándose una mano a los cabellos entrecanos. Lo suyo era dar cobijo a gatos sin dueño, llenar hasta el techo el cuarto de baño con interesantes y valiosos periódicos, darse colorete, hablar sola, dormir sin quitarse la ropa interior en previsión de un posible incendio, discutir sobre el precio de los huesos para hacer caldo, y difundir por el barrio la noticia de que, cuando finalmente se muriera en el polvoriento montón de cachivaches viejos que era su casa, el colchón estaría lleno de libretas de ahorro y la almohada repleta de billetes de cien dólares. La señora Henlein era una mujer que había resistido muchas tentaciones para parecer una dama, y ahora la recompensaban llamándola vulgar ladrona. Acto seguido, empezó a chillarle al dueño de la casa.
—¡Retírelo inmediatamente, señor Lawton! ¡Retire todas y cada una de las palabras que ha dicho! No he robado nada en toda mi vida, ni nadie de mi familia lo ha hecho nunca, y no tengo por qué soportar los insultos de un borracho. En cuanto a beber, no he bebido lo suficiente para llenar un dedal en veinticinco años. Mi marido me llevó a un bar hace veinticinco años, y bebí dos cócteles me sentaron tan mal y me marcaron tanto que aborrecí las bebidas alcohólicas desde entonces. ¡Cómo se atreve usted a hablarme así! ¡A llamarme ladrona y borracha! Me repugnan usted y su ignorancia de todas las dificultades con las que he tenido que enfrentarme. ¿Sabe en qué consistió mi comida de Navidad el año pasado? En un sandwich de bacon. ¡Hijo de perra! —Empezó a llorar—. ¡Me alegro de haberlo dicho —gritó—. Es la primera vez que uso una palabrota en toda mi vida y me alegro de haberlo hecho. ¡Hijo de perra! —Un sentimiento de libertad, como si se encontrara en la proa de un barco, se apoderó de ella—. He vivido en este barrio toda mi vida. Aún me acuerdo de cuando estaba lleno de buenas gentes dedicadas a la agricultura, y había peces en los ríos. Mi padre poseía una hectárea y media de excelente tierra de pastos y era un hombre conocido en todas partes, y por el lado de mi madre desciendo de terratenientes de la nobleza holandesa. Mi madre era la viva imagen de la reina Guillermina. Cree usted que me puede insultar impunemente, pero está usted muy equivocado, pero que muy equivocado. —Fue hasta el teléfono y, cogiendo el auricular, gritó—: ¡Policía! ¡Policía! Soy la señora Henlein, y estoy en casa de los Lawton. ¡El dueño de la casa está borracho y me ha insultado! ¡Quiero que vengan a detenerlo!
Su voz despertó a Amy, que, tumbada en la cama, advirtió de manera imprecisa la lastimosa corrupción del mundo de los adultos; lo vio áspero y quebradizo como un gastado trozo de arpillera recosido con errores y estupideces, feo e inútil. Y, sin embargo, las personas mayores nunca advertían su falta de valor, y si se les señalaba montaban en cólera. Pero al notar que los gritos iban en aumento y oír la palabra «¡Policía!», la niña se asustó. No le parecía que pudieran detenerla, aunque, por otra parte, quizá encontraran sus huellas en la botella vacía, pero no era el peligro que corriera ella misma lo que la asustaba, sino la ruina de la casa paterna en mitad de la noche. Todo lo que pasaba era obra suya, y cuando oyó a su padre hablando por el teléfono de la biblioteca, el sentimiento de culpabilidad la dominó por completo. Su padre trataba de mostrarse bondadoso y amable, y, al recordar el lujoso libro con ilustraciones que le había traído de su viaje, Amy tuvo que apretar los dientes para contener las lágrimas. Se tapó la cabeza con la almohada y comprendió, sintiéndose muy desgraciada, que tendría que marcharse. No le faltaban amigos de los años en que habían vivido en Nueva York; o, si no, pasaría la noche en el parque o se escondería en un museo. Pero no le quedaba más remedio que marcharse de casa.

—Buenos días —dijo su padre al sentarse a desayunar—. ¡Dispuesto a empezar un excelente día!
Animado por la creciente luminosidad del cielo, y por el recuerdo de cómo había calmado a la señora Henlein, evitando la irrupción de la policía, bien dormido, y ante la agradable perspectiva de jugar al golf, el señor Lawton hablaba con convicción, pero a Amy sus palabras le parecieron ofensivas y fatuas; le quitaron el apetito y le hicieron inclinar la cabeza sobre el bol de cereales que removía con una cuchara.
—Siéntate bien, Amy —dijo su padre. Entonces la niña se acordó de la noche anterior, de los gritos, y de su decisión de marcharse. El buen humor de su padre le refrescó la memoria. No podía volverse atrás. Tenía clase de ballet a las diez, y almorzaría con Lillian Towele. Después se escaparía.
Los niños se enfrentan a un viaje por mar con un cepillo de dientes y un osito de peluche; para dar la vuelta al mundo ponen en la maleta un par de calcetines desparejados, una caracola y un termómetro; libros y piedras, y plumas de faisán, barritas de chocolate, pelotas de tenis, pañuelos sucios y trozos viejos de cordel les parecen los objetos más necesarios para un viaje, y Amy, aquella tarde, hizo el equipaje con la misma falta de premeditación que todos sus iguales. Volvió tarde a casa después del almuerzo y tuvo que retrasar la huida, pero no le importó. Tomaría uno de los trenes que circulaban a última hora de la tarde; uno de los trenes que utilizaban las cocineras. Su padre estaba jugando al golf y su madre había salido. Una asistenta limpiaba el cuarto de estar. Cuando Amy terminó de hacer el equipaje, fue al dormitorio de sus padres y tiró de la cadena del cuarto de baño. Mientras corría el agua cogió un billete de veinte dólares del tocador de su madre. Luego bajó la escalera, salió de la casa y fue andando por Blenhollow Circle y Alewives Lane hasta llegar a la estación. No se sentía pesarosa ni con ganas de decir adiós a nadie. Repasó los nombres de las amigas que tenía en Nueva York, por si acaso decidiera no pasar la noche en un museo. Cuando abrió la puerta de la sala de espera, el señor Flanagan, el jefe de estación, hurgaba en el fuego de carbón de la chimenea.
—Quiero un billete para Nueva York —dijo Amy.
—¿Un solo trayecto o ida y vuelta?
—De ida sólo, por favor.
El señor Flanagan entró en el despacho de billetes y alzó el cristal de la ventanilla.
—Mucho me temo que no tengo medios billetes, Amy —dijo—. Te lo extenderé por escrito.
—No importa —respondió ella. Dejó el billete de veinte dólares sobre el mostrador.
—Para darte la vuelta, tengo que cruzar al otro lado —dijo el señor Flanagan—. Está llegando el tren de las cuatro y treinta y dos, pero podrás coger el de las cinco y diez.
Amy no protestó, y fue a sentarse junto a su maleta de cartón, que tenía impresos nombres de ciudades y de hoteles europeos. Después de dar salida al tren de las cuatro y treinta y dos, el señor Flanagan cerró la ventanilla, cruzó por el puente para peatones al otro andén y telefoneó a los Lawton. El padre de Amy acababa de llegar del campo de golf y se estaba preparando un cóctel.
—Creo que su hija tiene intención de hacer un viaje —le comunicó el señor Flanagan.
Había oscurecido ya cuando el señor Lawton llegó a la estación. Vio a su hija a través de una ventana. La niña sentada en el banco, los sugestivos nombres en su maleta de cartón lo conmovieron como Amy sólo era capaz de conmoverlo cuando le parecía desvalida o estaba muy enferma. El señor Lawton sintió un escalofrío. Se estremeció de nostalgia, sintió que se le ponía la carne de gallina como cuando, al volver en coche a casa tarde y solo, la luz de los faros iluminaba súbitamente una lluvia de hojas arrastradas por el viento, liberándolo por un segundo de los símbolos más prosaicos de su vida: las camisas sin botones, los comprobantes y los movimientos bancarios, las hojas de pedido y las copas vacías. Dio la impresión de quedarse escuchando…, Dios sabe qué. Ordenes, un redoble de tambores, el crepitar de las hogueras, la música de un carillón —qué agradable su sonido en el aire de los Alpes— que canta en una taberna del desfiladero, los graznidos de los gansos silvestres; le pareció notar el olor salobre de las iglesias de Venecia. Luego, como le sucedía con las hojas arrastradas por el viento, la capacidad perturbadora de la silueta de su hija desapareció; dejó de tener la carne de gallina. Ya era otra vez él mismo. ¿Por qué quería escaparse Amy? Los viajes —y nadie lo sabía mejor que un hombre que se pasaba en la carretera tres días de cada quince— eran un mundo de cabinas de avión donde hacía demasiado calor y de revistas monótonas, donde hasta el café, donde incluso el champán sabía a plástico. ¿Cómo podría enseñarle a su hija que el hogar, el dulce hogar, era el mejor de todos los sitios posibles?

Acerca del autor.
John Cheever (Quincy, Massachusetts, 27 de mayo de 1912- Ossining, Nueva York, 18 de junio de 1982) fue un autor de relatos y novelista estadounidense, frecuentemente llamado el “Chejov de los barrios residenciales”.