Las perlas de Parlay

I
El timonel canaca metió el timón a una banda, y el Malahini se deslizó hacia un lado y viró en redondo hasta enderezarse. Sus velas delanteras se aflojaron; los tomadores de rizos repi­quetearon y se produjo un rápido cambio en el aparejo de la bo­tavara. Entonces la embarcación viró por avante y se tumbó so­bre la otra amura.
Aunque era muy temprano y soplaba un viento fresco, los cinco hombres blancos que se recostaban en sus hamacas en el castillo de popa iban vestidos del modo más sumario. David Grief y su invitado, el inglés Gregory Mulhall, aún no se habían qui­tado el pijama y calzaban zapatillas chinas. El capitán y el se­gundo vestían finas camisetas y pantalones de dril sin almidonar, y el sobrecargo ni siquiera camiseta llevaba: la tenía en la mano sin atreverse a ponérsela. Por su frente corría el sudor, y exponía ávidamente su pecho desnudo a aquel viento que no refrescaba.
-Hay brisa, pero el tiempo es húmedo y bochornoso -se lamentó.
Grief contribuyó a esta queja con el siguiente comentario:
-Yo quisiera saber qué pinta un tiempo así en el Oeste.
– Esto no durará mucho – dijo Hermann, el segundo de a bordo, que era holandés -. El viento ha estado dando saltos toda la noche: cinco minutos aquí, diez allá, una hora en otra parte.
– Algo va a ocurrir – refunfuñó el capitán Warfield, me­sándose la poblada barba con las dos manos y exponiendo el mentón al viento en un vano intento de refrescárselo -. El tiem po está loco desde hace quince días. Hace tres semanas que no soplan los alisios como es propio de ellos. Todo anda revuelto. El barómetro empezó a bajar ayer cuando anochecía y sigue ba­jando. Los meteorólogos dicen que esto no tiene importancia, pero a mí no me gusta ver bajar el termómetro así. Me pone nervioso. Lo mismo hizo cuando se perdió el Lancaster. Enton­ces yo no era más que un grumete, pero lo recuerdo muy bien. Era un hermoso barco de acero de cuatro mástiles. Y en su pri­mer viaje se hundió. Esta pérdida partió el corazón al viejo ca­pitán, que llevaba cuarenta años en la compañía. Ya no le vol­vimos a ver. Un año después supimos que había muerto.
A pesar de la brisa y de lo temprano de la hora, el calor era sofocante. El susurro del viento prometía un fresco que no exis­tía. Si no hubiera estado cargado de humedad, se habría dicho que procedía del Sahara. No había el menor asomo de niebla ni de bruma. Sin embargo, el incierto horizonte parecía velado por la neblina.
No había nubes claramente definidas. No obstante, el cielo estaba cubierto de un confuso velo nuboso que el sol era incapaz de atravesar.
– ¡Listos para virar! – ordenó el capitán Warfield con ás. pera lentitud.
Los morenos marineros carracas, de cuya cintura pendía un mandil, acudieron prestamente, aunque sin abandonar su lángui­da expresión, a las escotas de proa y al aparejo de la botavara.
– ¡Orza todo!
El timonel metió el timón a la banda, manejando rudamente las cabillas, y el Malahini viró como una flecha a sotavento.
– ¡Por Jove! ¡Es una bruja! -comentó Mulhall-. No sa­bía que vosotros, los traficantes de los mares del Sur, navegaseis en yate.
-Antes había sido un barco de pesca de Gloucester – ex­plicó Grief -, y las embarcaciones de Gloucester pueden consi­derarse yates en lo que concierne a su construcción, aparejo y cualidades marineras.
– Pero vamos derechos allá… ¿Por qué no entramos? – cri­ticó el inglés.
– Inténtelo, capitán Warfield -insinuó Grief -. Demués­trele cómo se entra en una laguna con fuerte reflujo.
– ¡Todo ceñido! – ordenó el capitán.
– ¡Todo ceñido! – repitió el canaca dejando un poco de juego al timón.
El Malahini embocó por el centro el estrecho pasaje que daba entrada a la laguna interior de un gran atolón, largo, estrecho y de forma ovalada. Esta forma parecía ser el resultado de la co­lisión y fusión de tres atolones, que en el curso de su formación no consiguieron levantar los tabiques intermedios. Había grupos de cocoteros en el círculo de arena, pero el bosque de cocoteros presentaba muchas soluciones de continuidad en los puntos don­de la arena estaba demasiado baja para que allí pudiera haber vegetación.
Por aquellos claros podía verse la laguna, cuyas aguas esta­ban lisas como un espejo. Aquella laguna de forma irregular con­tenía muchas millas cúbicas de agua, toda la cual se escapaba con el reflujo por aquel único y estrecho canal. Tan estrecho era el canal, y tan impetuosa su corriente, que aquel paso parecía más el rápido de un río que la entrada de un atolón. Las aguas her­vían, burbujeaban y formaban remolinos al salir en una serie de olas escasamente separadas y coronadas de espuma. Cada embate del oleaje en la proa desviaba al Malahini de su rumbo por el centro del canal, empujándolo como por medio de cuñas de acero hacia los lados del pasadizo. Cuando se hallaba a la mitad del paso, la proximidad de la orilla de coral le obligó a virar. Ca­yendo a la otra banda, recibió la impetuosa corriente de costado, y el barco fue arrastrado hacia la mar libre.
– Yo creo que ha llegado el momento de hacer funcionar ese nuevo motor que tiene y que le ha costado tan caro – bromeó Grief, de buen talante.
Era evidente que el asunto del motor hería la susceptibilidad del capitán Warfield. Había suplicado e importunado a Grief hasta que éste dio su consentimiento.
– Ya verá como lo amortizamos – repuso el capitán -. Es­pere a ver. Es mejor que un seguro; y usted sabe muy bien que nadie querría asegurarnos el barco en las Tuamotú.
Grief señaló un pequeño cúter que avanzaba penosamente por la popa, siguiendo el mismo rumbo que ellos.
– Le apuesto cinco francos a que el pequeño Nuhiva nos da alcance y llega antes que nosotros.
– ¡Claro! – exclamó el capitán Warfield -. Tiene potencia más que suficiente. junto a esa navecilla, somos como un trasat­lántico, pero sólo tenemos cuarenta caballos de fuerza. Esa em­barcación tiene diez, y brinca sobre las olas como un plato. Sería capaz de saltar sobre la espuma del infierno. Sin embargo, no puede vencer esta corriente. Ahora va a diez nudos.
Y a diez nudos de promedio, cabeceando y sometido a un violento zarandeo, el Malahini salió a la mar libre con la ma­rea baja.
-Aflojará dentro de media hora, y entonces podremos en­trar en derechura – dijo el capitán Warfield, con una irritación que aclararon las palabras que pronunció luego -. Él no tiene derecho a llamarla Parlay. Figura en las cartas del Almirantazgo, y también en las francesas, con el nombre de Hikihoho. Bougain­ville la descubrió y le puso el nombre que le daban los indígenas.
– ¿Qué importa el nombre? – exclamó el sobrecargo, apro­vechando la conversación para detenerse cuando ya había intro­ducido los brazos en las mangas de la camiseta -. Ahí está, fren­te a nuestras propias narices; y también está ahí el viejo Parlay con sus perlas.
-¿Quién ha visto esas perlas? – preguntó Hermann, mi­rando a uno y a otro.
– Todo el mundo lo sabe – replicó el sobrecargo, y volvién­dose hacia el timonel, le dijo : Cuénteselo, Tai-Hotauri.
El canaca, satisfecho al advertir la importancia que de pronto cobraba, asió una cabilla y luego la soltó.
– Mi hermano bucea para Parlay durante tres o cuatro me­ses al año y me ha hablado mucho de las perlas. Hikihoho es un sitio muy bueno para la pesca de ostras perlíferas.
– Y los traficantes de perlas nunca han conseguido hacerle soltar una – interrumpió el capitán.
– Y dicen que el viejo tenía un buen puñado de ellas para Armande cuando embarcó hacia Tahití – dijo el sobrecargo.
– Eso fue hace quince años, y desde entonces ha ido aumen­tando el montón sin parar… Y también ha ido almacenando ma­dreperla. Todo el mundo la ha visto. Tiene cientos de toneladas. Dicen que ya ha limpiado de ostras la laguna. Tal vez esto ex­plica que haya anunciado la subasta.
– Si vende todo lo que tiene, podrá decirse que ningún año han producido tantas perlas las Tuamotú -comentó Grief.
– ¡Bueno! – estalló Mulhall, al que molestaba aquel calor húmedo tanto como a los demás-, ¿de qué demonios estás ha­blando? ¿Queréis decirme de una vez quién es ese viejo pesca­dor de ostras perlíferas y cómo ha reunido tantas perlas? ¿A qué viene tanto secreto?
– Hikihoho es propiedad del viejo Parlay – dijo el sobre­cargo -. Ese hombre, acumulando perlas año tras año, ha con­seguido amasar una verdadera fortuna. Hace unas semanas anun ció que mañana las subastará. ¿Veis esos mástiles de goleta que asoman sobre la laguna?
– Yo veo ocho – dijo Hermann.
– ¿Queréis saber por qué están esas goletas en un atolón de mala muerte como éste, que no produce en todo un año copra para cargar una sola embarcación? – preguntó el sobrecargo -. Pues están aquí para asistir a la subasta. También por la subasta hemos venido nosotros, y ésta es igualmente la causa de que el pequeño Nuhiva venga brincando a nuestra popa. Sin embargo, no alcanzo a comprender qué papel hará en la subasta ese bar­quichuelo. Su propietario y capitán es Narii Herring, un mestizo de judío inglés, que lo único que tiene es mucho nervio, muchas deudas y muchas notas de whisky. Para estas cosas es un genio. Sus deudas son tan astronómicas, que no hay en Papeete un solo comerciante que no esté interesado en que conserve la salud. Se desviven, por darle ocupación. No tienen más remedio. ¡Qué suerte la de ese tipo! En cambio, aquí me tenéis a mí. Yo no debo nada a nadie, y ¿qué he ganado con esto? Que si un día me diera un ataque en la playa y me quedara tendido en la arena, allí me dejarían, ya que mi muerte les importaría muy poco. Pero imaginaos que el accidentado fuera Narii Herring. ¿Qué no harían por salvarlo? Todo les parecería poco. Han depositado demasiado dinero en ese hombre para permitir que se muera así como así. Se lo llevarían a su casa y lo cuidarían como a un hijo. En resu­midas cuentas, que ya no hay hombres honrados y escrupulosos como aquellos de antes, que consideraban un deber sagrado pa­gar sus deudas.
– ¿Pero qué tiene que ver con la subasta ese Narii? – in­tervino el inglés, perdiendo los estribos. Y, encarándose con Grief, preguntó-: ¿Queréis explicarme de una vez qué pasa con esas perlas? Empezad por el principio.
– Tendréis que ayudarme de vez en cuando – advirtió Grief a sus compañeros cuando empezó -. El viejo Parlay es un tipo extraordinario. Por lo que sé de él, creo que está medio loco, aunque su locura no es peligrosa. En fin, ahí va la historia. Par­lay es un francés de pura sangre. En una ocasión me dijo que había nacido en París. Desde luego, su acento es el de un ver­dadero parisiense. Vino aquí en los viejos tiempos. Se dedicó al comercio y a todas las actividades relacionadas con él. Un día desembarcó en Hikihoho. Entonces se comerciaba como es de­bido, y llegó a la isla para traficar. En Hikihoho habitaban no más de cien míseros indígenas y Parlay se casó con la reina. La boda se celebró al estilo indígena. Cuando la reina murió, todo pasó a poder de lay. Entonces hubo una epidemia de saram­pión y apenas se salvaron una docena de indígenas. les dio alimentos, los hizo trabajar y ellos lo aceptaron como rey.
»La reina, antes de morir, había tenido una niña. Cuando Armande, que así se llamaba la hija de la reina, tenía tres años, la envió al convento de Papeete. Más tarde, cuando Ar­mande cumplió los siete u ocho, la mandó a Francia. ¿Os vais dando cuenta del modo de ser de ? El mejor, el más aris­tocrático convento francés, no parecía lo bastante bueno a aquel reyezuelo acaudalado de las Tuamotú… Como bien sabéis, los franceses de la metrópoli no establecen diferencias de color. La niña fue educada como una princesa, y ella creyó que, efectiva­mente, era hija de un verdadero rey. También se imaginó que era blanca y jamás le pasó por la imaginación que existieran las ne­fastas diferencias raciales.
»Entonces sobrevino la tragedia. El viejo siempre había dado muestras de ser un hombre chiflado y caprichoso, y gobernó co­mo un déspota en Hikihoho, con la creencia de que al rey y a la princesa, es decir, a él y a su hija, no podía sucederles nada malo.
»Cuando Armande cumplió dieciocho años, envió a buscarla. Estaba podrido de dinero, como diría , el yanqui. Se había hecho construir un caserón en Hikihoho y un grandioso y magnífico bungalow en Papeete. La princesa tenía que llegar en el buque correo de Nueva Zelanda, y él zarpó en su goleta hacia Papeete para recibirla en esta población. Tal vez habría conseguido hacer frente a la situación, pese a las habladurías de las comadres y la enemistad de otras gentes estúpidas de Papeete, si no hubiera tenido que enfrentarse con el huracán. ¿Os acor­dáis de aquel año en que Manu-Huni fue barrido por el oleaje y se ahogaron más de mil personas?
Todos asintieron y el capitán Warfield manifestó:
-Yo me hallaba a bordo del Magpie. El huracán arrojó a tierra al barco con toda su tripulación, incluido el cocinero, y la nave fue a parar a un cuarto de milla de la costa, quedando en el interior de un bosque de cocoteros que hay a la entrada de la bahía de Taiohae, cuyo puerto, según dicen, está construido a prueba de huracanes.
– Pues veréis – continuó Grief -.El viejo , que llevaba consigo un buen puñado de perlas, se encontró con el huracán y llegó a Papeete con tres semanas de retraso. Tuvo que reparar la goleta y tender media milla de anguilas de grada para que pudiera hacerse a la mar de nuevo.
»A todo esto, Armande estaba ya en Papeete. Nadie iba a verla. Ella, fiel a la etiqueta aprendida en Francia, había visitado al gobernador y al médico del puerto, y éstos la recibieron, pero no sus esposas, que ni estaban en casa para ella ni le devolvieron la visita. Aquella gente, con toda finura, le demostró que no tenía casa y que era una descastada, cosa que a ella ni siquiera le había pasado por el pensamiento.
»En el crucero francés iba un tenientillo algo ligero de cascos que le entregó su corazón, pero sólo pasajeramente. Ya os podéis imaginar lo que esto representó para aquella joven hermosa, de gustos refinados, educada como una aristócrata y, gracias a su dinero, en el más distinguido ambiente de la vieja Francia. Y también podéis suponer cuál fue el foral.
»En el bungalow había un criado japonés que presenció el desenlace y luego dijo que ella se había portado con el heroísmo de un . Empuñó un estilete con toda calma, sin la menor muestra de desesperación, apoyó la punta en su pecho, sobre su corazón, y lo fue hundiendo poco a poco, con pulso firme.
»Después del drama llegó el viejo Parlay con sus perlas. En­tre ellas había una que valía, por sí sola, sesenta mil francos. Me lo dijo Gee, que la vio y que fue el que ofreció por ella esta cantidad. El viejo tuvo un ataque de locura furiosa. Le pu­sieron una camisa de fuerza, lo encerraron en el club Colonial y allí estuvo dos días.
– Y un viejo indígena de las Tuamotú -dijo el sobrecar­go -, que era tío de su mujer, lo libró de la camisa de fuerza y del encierro.
– Y entonces el viejo -continuó -empezó a cometer verdaderas atrocidades. Metió tres balas en el cuerpo del tenientillo.
– Que estuvo tres meses en el hospital – comentó el capi­tán Warfield.
– Y arrojó un vaso de vino a la cara del gobernador. Luego se batió con el médico del puerto y dio una tremenda paliza a sus criados indígenas. Después irrumpió impetuosamente en el hospital, causó grandes destrozos, rompió la clavícula y las cos­tillas a un enfermero y salió como un rayo. Con una pistola en cada mano, desafiando al jefe de policía y a todos sus agentes á que lo arrestasen, volvió a su goleta y zarpó hacia Hikihoho… Y dicen que desde entonces no ha salido de la isla.
El sobrecargo asintió.
– Eso ocurrió hace quince años y, en efecto, desde entonces no se ha movido de Hikihoho.
-Desde aquel día no ha hecho más que acumular perlas – dijo el capitán -. Es un viejo loco y no dice más que tonterías; pero a mí me pone el corazón en un puño. Es un finlandés de pies a cabeza.
– ¿Un finlandés? – preguntó Mulhall.
– Quiero decir que gobierna al tiempo a su antojo. Por lo menos, así lo creen los indígenas. Si lo dudáis, preguntádselo a Tai-Hotauri… Oye, Tai-Hotauri, ¿qué hace el viejo Parlay con el tiempo?
-Para eso es un verdadero demonio- respondió el cana­ca -. Lo digo porque lo sé. Si quiere viento fuerte, se levanta un verdadero ventarrón. Si no quiere viento, hay calma chicha.
– O sea – comentó Mulhall – que es un hechicero a carta cabal.
– No tendrán buena suerte los de las perlas – prosiguió Tai-Hotauri en su inglés chapurrado y moviendo la cabeza con un gesto que presagiaba lo peor -. Él dice vender para que ve­nir muchas goletas. Entonces él hace gran huracán, y todos hun­didos. Eso decirlo todos los indígenas.
El capitán Warfield sonrió sombríamente.
– Estamos en la estación de los huracanes – dijo -. Esa gente no anda desencaminada del todo. Ahora mismo se está preparando algo. Yo estaría mucho más tranquilo si el Malahini estuviera a mil millas de aquí.
– Ese viejo está un poco perturbado – concluyó Grief -. Yo he pensado mucho en esto y estoy seguro de que no está por completo en sus cabales. Hacía dieciocho años que sólo vivía para Armande. A veces, cree que su hija no ha muerto, que todavía ha de regresar de Francia. Ésta es una de las razones de que acumule perlas tan afanosamente. Odia a todos los hombres blancos sin excepción. Aunque, como os digo, a veces no cree que su hija haya muerto, no olvida en ningún momento que un hombre blanco fue la causa de su muerte.
-Pero, ¿dónde demonios está el viento? – gruñó el capi­tán al ver que las velas danzaban locamente sobre sus cabezas. El sudor corría a raudales por las caras, y todos hacían de vez en cuando profundas inspiraciones, tratando de procurarse más aire.
– ¡Aquí vuelve otra vez una ráfaga por la cuarta de ocho! ¡Aparejo de la botavara a la otra banda! ¡Hala!
Los canacas se movilizaron con rapidez, obedeciendo las ór­denes del capitán y durante cinco minutos la goleta embocó de frente el paso, e incluso navegó un trecho contra la corriente.
De nuevo cayó la brisa para volver a soplar del cuarto ante­rior, de modo que obligó a repetir la maniobra de las escotas y el aparejo.
-¡Ahí viene el Nuhiva! -gritó Grief -. ¡Ha puesto en marcha el motor! ¡Mirad cómo peina las olas!
– ¿Estamos a punto? – preguntó el capitán al maquinista, un mestizo portugués cuya cabeza y cuyos hombros asomaban por la pequeña escotilla de proa, y que se enjugaba el sudor de la cara con un trapo grasiento.
– ¡Pues claro! -respondió el maquinista.
– ¡Entonces, adelante!
El maquinista desapareció en su cubil, y un momento des­pués, el silencioso del tubo de escape empezó a toser y tabletear por la banda. Pero la goleta no pudo conservarse en cabeza: el pequeño cúter recorría un metro mientras ella avanzaba medio. Pronto lo tuvieron a su altura y en seguida vieron que los ade­lantaba.
En la cubierta del cúter había sólo unos cuantos indígenas, y el que estaba en la caña levantó el brazo y agitó la mano con un ademán burlón de saludo y despedida.
– Mira – dijo Grief a Mulhall : ese tipo corpulento que está en la caña es Narii Herring, el bribón de más nervio y me­nos conciencia que habita en estas islas.
Cinco minutos después un grito de alegría lanzado por los canacas del Malahini hizo que las miradas de Grief y sus compa­ñeros se fijaran en el Nuhiva. Al barquichuelo se le había parado el motor y lo estaban alcanzando. Los marineros del Malahini soltaron el aparejo y lanzaron alegres vítores al pasar al cúter, que, obligado por el viento a virar, era arrastrado por el reflujo.
– ¡Vaya motor que tenemos! – exclamó Grief entusiasmado, cuando vio que la laguna se extendía ante ellos y que la goleta ponía proa al fondeadero.
El capitán Warfield no podía ocultar su satisfacción, aunque se limitó a gruñir:
– Ya le he dicho que lo amortizaremos.
El Malahini tuvo que atravesar todo el centro de la flotilla antes de encontrar un lugar adecuado para echar el ancla.
– Allí está Isaacs, en el Dolly – observó Grief, agitando la mano en señal de saludo-. Y Peter Gee, en el Roberta. No es de los que se pierden una subasta de perlas como ésta. Y allí veo a Francini, con el Cactus. Todos los traficantes están aquí… No hay duda de que el viejo Parlay se hará pagar bien las perlas.
– Todavía no han conseguido reparar el motor por completo – dijo alegremente el capitán Warfield con su voz cavernosa, mirando al otro lado de la laguna, donde asomaba el velamen del Nuhiva entre los escasos cocoteros.

II
La casa de Parlay era una enorme construcción de madera, de dos pisos, edificada con troncos de California y provista de un techo de hierro galvanizado. Resultaba tan desproporcionada con el estrecho anillo del atolón, que dominaba la faja arenosa como una monstruosa excrecencia. Los del Malahini efectuaron la visita de cortesía inmediatamente después de fondear. En la gran sala había otros capitanes y compradores, examinando las perlas que saldrían a subasta al día siguiente. Sirvientes de las Tuamotú, indígenas de Hikihoho y parientes del dueño iban de un lado a otro, sirviendo whisky y ajenjo. Y entre aquella abi­garrada asamblea circulaba el propio Parlay con un acento de mofa y desprecio en su voz cascada, como lastimosa ruina del que antaño fuera un hombre alto y fuerte. Sus ojos, profundamente hundidos en las cuencas, estaban animados de un brillo febril; sus carrillos eran enjutos y fofos. El cabello parecía habérsele caído a trozos y su bigote y su perilla se desviaban hacia el mis­mo lado.
– ¡Por Jove! -murmuró Mulhall por lo bajo- Un Na­poleón III zanquilargo y consumido, tostado y resquebrajado por el fuego. ¡Y sarnoso por más señas! No me extraña que le caiga la cabeza a un lado. Tiene que mantener el equilibrio.
-Tendremos vendaval -dijo el viejo a Grief por toda sa­lutación- Deben de interesarte mucho las perlas para venir con un tiempo como éste.
-Por ellas valdría la pena ir al infierno -dijo Grief, si­guiéndole la corriente, mientras su vista se posaba en la mesa revestida por una capa de perlas.
-Otros han hecho el viaje con el mismo objeto – graznó el viejo Parlay -. ¡Mira ésta! – y señalaba una perla hermosa, perfecta, del tamaño de una pequeña nuez, que estaba aparte sobre un pedazo de gamuza -. En Tahití me ofrecieron sesenta mil francos por ella. Mañana me ofrecerán más, si no se los lleva el huracán. Esa otra la encontró mi primo, es decir, el primo de mi mujer. Era indígena, naturalmente, y también ladrón. A pesar de que era mía, la ocultó. Su primo, que también lo es mío (aquí todos somos parientes), lo mató para quitársela y huyó en un cúter a Noo-Nau. Yo salí en su persecución, pero el jefe de Noo­Nau ya lo había matado para apoderarse de la perla antes de que yo arribase a la isla. ¡Cuántos muertos están representados en esta mesa! ¿Una copa, capitán? Su cara no me es familiar. ¿Es usted nuevo en las islas?
– Es el capitán Robinson, del Roberta – dijo Grief, pre­sentándolos.
Entre tanto, Mulhall había estrechado la mano a Peter Gee.
– Nunca imaginé que hubiese tantas perlas en el mundo -dijo Mulhall.
– Yo no había visto nunca tantas perlas juntas – reconoció Peter Gee.
– ¿Cuánto deben valer?
-Cincuenta o sesenta mil libras…, y eso para nosotros, los compradores. En París…
Se encogió de hombros.
Malhalll enjugó el sudor que resbalaba por sus ojos. Todos sudaban copiosamente y jadeaban. No había hielo en la casa y tenían que tomar el whisky y el ajenjo tibios.
– ¡Sí! -dijo Parlay con su voz cascada-. En esa mesa hay muchos muertos. Yo conozco la historia de todas esas perlas. ¿Veis esas tres que son perfectamente iguales? Me las pescó un buceador de la isla de Pascua en menos de una semana. A la se­mana siguiente lo atrapó el tiburón, le arrancó un brazo y el buceador murió de gangrena… Y esa otra perla grande y deforme (vale muy poco: si mañana me dan por ella veinte francos podré darme por satisfecho) fue pescada a veintidós brazas de profun­didad. El pescador era de Rarotonga. Batió todas las marcas de buceo. Yo lo vi. Pero los pulmones le estallaron y murió a las dos horas entre espantosos gritos. Podía oírsele a varias millas a la redonda. Era el indígena más fuerte que he conocido. Seis de mis buzos han muerto de embolia gaseosa. Y aún morirán más hombres… ¡Sí, aún morirán más hombres!
-¡Basta ya de graznidos, Parlay! – gruñó uno de los ca­pitanes -. Verás como se levanta un fuerte viento.
– Si yo fuese joven y fuerte, zarparía inmediatamente – re­plicó el viejo con aquella voz que parecía de falsete a causa de la edad-. Sólo me quedaría en el caso de que tuviese el sabor del vino en la boca. Pero vosotros no os marcharéis; ninguno de vosotros se irá. Si hubiese creído que podíais zarpar, no os hu­biera advertido. No se puede ahuyentar a los buitres de la ca­rroña. ¡Tomad otra copa, mis bravos marineros! ¡Hay que ver lo que son capaces de hacer los hombres por unas cuantas depo­siciones de ostra! ¡Aquí las tenéis! Son hermosas, ¿eh? La su­basta empezará mañana a las diez en punto. El viejo Parlay liquida el negocio, y los buitres se reúnen… ¡El viejo Parlay, que en sus tiempos fue más fuerte que todos los buitres juntos y que aún espera verlos muertos a casi todos!
– ¡Qué viejo más repugnante! – susurró el sobrecargo del Malahini al oído de Peter Gee.
– Y si se alza el viento de verdad, ¿qué? – exclamó el capi­tan del Dolly -. Hikihoho nunca ha sido barrida por un huracán.
-Razón de más para que lo sea -replicó el capitán War­field -. Por eso yo no estoy tranquilo.
– ¿Ahora se queja? – dijo Grief en son de censura.
– Sentiría perder ese motor nuevo antes de haberlo amor­tizado – replicó el capitán Warfield, ceñudo.
Parlay atravesó la abarrotada estancia, brincando con asom­brosa agilidad, y se acercó a una pared de la que pendía un baró­metro náutico.
– ¡Venid a echar una mirada, mis bravos marineros! -gritó con voz jubilosa.
El que estaba más cerca miró el barómetro. El efecto que esta mirada le produjo se vio bien claro en su rostro.
-Ha bajado diez -se limitó a decir. Y todos le miraron con expresión ansiosa. Les dominaba una profunda inquietud, como si esperasen ser los primeros en recibir la muerte.
– ¡Escuchad! – dijo Parlay enérgicamente.
En el silencio que siguió pareció crecer el rumor de las rom­pientes de modo inusitado. Imponía aquel sordo y fragoroso bra­mido.
– Vamos a tener mar gruesa – dijo uno. Y este comentario provocó una desbandada hacia las ventanas, donde se apiñaron todos.
A través de los escasos cocoteros, contemplaron la mar. Una ordenada sucesión de olas redondas y enormes avanzaban hasta romper contra los arrecifes de coral. Durante unos minutos todos contemplaron aquel insólito espectáculo, cambiando breves su­surros. En aquellos minutos todos pudieron ver que las olas aumentaban de tamaño. Era algo espeluznante el espectáculo de la mar alzándose en medio de aquella calma chicha. Inconsciente­mente, todos hablaron más bajo aún. De pronto, el viejo Parlay los asustó al empezar a decir con su voz cascada:
– Todavía tenéis tiempo de haceros a la mar, mis valientes amigos. Podéis remolcar los barcos por la laguna con vuestras balleneras.
– No hay que inquietarse, amigos – dijo Darling, el segundo del Cactus, un membrudo joven de veinticinco años. – El chu­basco pasará por el Sur y no nos alcanzará. No nos llegará ni un soplo de aire.
Una expresión de alivio apareció en todos los rostros. Las conversaciones se reanudaron y las voces cobraron energía. Al­gunos traficantes incluso volvieron junto a la mesa para seguir examinando las perlas. La voz cascada de Parlay se hizo más aguda.
– ¡Aunque llegase el fin del mundo, vosotros seguiríais tra­ficando!
– Mañana compraremos estas perlas – le aseguró Isaacs.
– ¡Mañana sólo podríais comprarlas en el infierno!
El coro de risas incrédulas enfureció al viejo, que se volvió hacia Darling hecho un basilisco.
– ¿Cómo es posible que un crío como tú se las dé de cono­cer las tempestades? ¿Quién ha trazado en los mapas los cursos de los huracanes en las Tuamotú? ¿En qué libros se encuentran? Yo navegaba por las Tuamotú antes de que el más viejo de voso­tros respirase. ¡Por eso sé lo que no sabéis vosotros! Hacia el Este, el curso de los huracanes describe una curva tan amplia, que es casi una línea recta. Por el Oeste, o sea aquí, trazan una curva cerrada. Acordaos de las cartas marinas. ¿Por qué el hu­racán del 91 barrió Auri y Hiolau? ¡La curva, muchachos, la curva! Dentro de una hora, de dos, o de tres a lo sumo, se alzará el viento… ¿Oís?
Un amplio y fragoroso embate sacudió los cimientos coralinos del atolón. La casa entera tembló. Los criados indígenas, con las botellas de whisky y ajenjo en las manos, se apiñaron temerosos, como en busca de mutua protección, y, con el miedo pintado en sus semblantes, miraron por las ventanas las enormes olas que subían por la playa y llegaban hasta el extremo de un cobertizo de copra.
Parlay consultó el barómetro, soltó una risita burlona y miró de reojo a sus invitados. El capitán Warfield se acercó en dos zancadas y echó una mirada al barómetro.
– ¡Veintinueve con setenta y cinco! – leyó en voz alta. – Ha bajado cinco más. Este viejo diablo tiene razón. El huracán se nos viene encima… Hagan ustedes lo que quieran. Yo me voy – a bordo.
-Está oscureciendo -gimoteó Isaacs.
– ¡Por ! Esto parece un teatro – dijo Mulhall a , consultando su reloj -. No son más que las diez de la mañana y cualquiera diría que está anocheciendo. ¡Apagad las luces para el momento cumbre de la tragedia! ¡Maestro: música solemne!
Como en respuesta a estas palabras, otro embate fragoroso sacudió la casa y el atolón. Reprimiendo a duras penas su pánico, el grupo se dirigió a la puerta. Bajo aquella tétrica luz, los rostros sudorosos tenían un aspecto horrible, cadavérico. Isaacs jadeaba como un asmático en aquel calor asfixiante.
– ¿A qué tanta prisa? – dijo entre risas, mofándose de sus invitados -. ¡Una última copa, mis valientes amigos!
Nadie le hizo caso, y cuando todos se dirigían a la playa por el sendero bordeado de conchas, el viejo asomó la cabeza por la puerta y les gritó:
– ¡No lo olviden, caballeros: mañana a las diez el viejo Parlay vende sus perlas!

III
En la playa reinaba gran agitación. Bote tras bote, se llena­ban de hombres a toda prisa y se separaban del costado de los barcos. La oscuridad se había hecho aún más profunda. Aquella calma de mal agüero continuaba y la arena retemblaba bajo los pies de los marinos cada vez que el mar rompía en la costa ex­terior del islote. Narii Herring andaba tranquilamente por la arena, sonriendo al ver la prisa que se daban los capitanes y los traficantes. Le acompañaban tres de sus canacas y también Tai­Hotauri.
– Sube al bote y toma un remo – ordenó el capitán War­field a este último.
Tai-Hotauri se acercó con paso airoso mientras Narii Herring y sus canacas se detenían para contemplar la escena a una docena de metros de distancia.
– Yo no trabajar más para ti, patrón – dijo Tai-Hotauri con voz fuerte e insolente; pero haciendo un guiño que desmen­tían sus palabras -. Despídame, patrón – añadió roncamente, haciendo un segundo guiño significativo.
El capitán Warfield le comprendió y siguió la farsa. Blandió el puño y dijo con voz de trueno:
– ¡Sube al bote, sinvergüenza, o te abro en canal!
El canaca dio un paso atrás, haciendo grandes aspavientos. Grief se interpuso entre ambos y trató de aplacar las iras de su capitán.
-Yo ir a trabajar en el Nuhiva-dijo Tai-Hotauri, yendo a incorporarse al otro grupo.
– ¡Ven aquí ahora mismo! – le amenazó el capitán.
– Es un hombre libre, capitán – intervino Narii Herring -.Este hombre ya ha navegado conmigo y ahora volverá a navegar. Ni más ni menos.
– ¡Hala! Vamos a bordo – le apremió -.¡Mira: la oscuridad es cada vez mayor!
El capitán Warfield cedió, pero cuando el bote se apartó de la orilla, se irguió con toda su estatura y amenazó con el puño a los que quedaban en tierra.
– ¡Ya te ajustaré las cuentas, Narii! – vociferó -. Tú eres el único patrón del grupo que roba los hombres a los demás. Se sentó y se preguntó en voz baja:
– ¿Qué se traerá entre manos Tai-Hotauri? No hay duda de que se propone algo, pero ¿qué será?

IV
Cuando el bote se arrimó al Malahini, la cara ansiosa de Her­mann asomó por la borda.
– El barómetro ya no puede bajar más – anunció -. El huracán no puede tardar. He hecho reforzar el ancla de estribor.
– Refuerza la mayor también – dijo el capitán Warfield -. ¡Y vosotros, izad este bote! Bajadlo a cubierta y aseguradlo bien, con la quilla hacia arriba.
En las cubiertas de todas las goletas los marineros maniobra­ban afanosamente. Se oía un gran estrépito de cadenas, y ahora una embarcación, después otra, viraban para ponerse a la capa, fondeando una segunda ancla.
Lo mismo que el Malahini, todos los barcos que disponían de una tercera ancla se preparaban para echarla cuando se viera de qué cuarta soplaría el viento.
El bramido del oleaje iba en aumento, aunque la laguna es­taba inmóvil como un espejo. No se percibía la menor señal de vida en el caserón de Parlay, que parecía hallarse suspendido sobre la arena. Los cobertizos donde se guardaban los botes y la copra, y los que se utilizaban para almacenar la madreperla, es­taban desiertos.
– De buena gana levaría anclas y zarparía – dijo Grief. – Si tuviéramos mar abierta ante nosotros lo haría, pero esas cadenas de atolones por el Norte y el Este nos tienen acorralados. Aquí tenemos más probabilidades de éxito. ¿Qué opina usted, capitán Warfield?
– Estoy de acuerdo, aunque una laguna no es lugar adecuado para capear un temporal. ¿Por dónde comenzará el baile? ¡Mi­ten! ¡Ya danza uno de los cobertizos de Parlay!
Todos vieron cómo el cobertizo de la copra, de techumbre de bálago, se alzaba y se hundía inmediatamente, mientras las aguas espumantes saltaban por encima de la cresta de arena y corrían hasta la laguna.
– ¡Ha pasado una ola! -exclamó Mulhall -. No está mal para empezar. ¡Ahí va otra!
Los restos del cobertizo fueron levantados y arrojados a la izquierda, sobre la cresta arenosa. Una tercera ola los hizo mil pedazos, y éstos bajaron por la playa hacia la laguna.
– ¡Ojalá soplase de una vez! – gruñó Hermann -. ¡Me estoy ahogando de calor! Estoy más seco que una estufa. Abrió de un tajo un coco, utilizando su pesado machete, y apuró su contenido. Los demás le miraron. Hermann se detuvo sólo una vez para ver cómo uno de los cobertizos de madreperla de Parlay se desmoronaba. El barómetro marcaba en aquel mo­mento 29,50.
– Debemos de estar muy cerca del centro de la zona de bajas presiones – observó Grief alegremente -. Es la primera vez que atravieso el centro de un ciclón. Tú también tendrás una experiencia de las que no se olvidan, Mulhall. Por la velocidad con que baja el barómetro, el ciclón será tremendo.
El capitán Warfield lanzó un gruñido y todos los ojos se vol­vieron hacia él. Estaba recorriendo con los gemelos la laguna hacia el Sudeste.
– ¡Ahí viene! – dijo con voz tranquila.
No hacían falta gemelos para verlo. Una película volante de extraño contorno parecía arrastrarse por la superficie de la lagu­na. Precediéndola y avanzando con la misma rapidez a lo largo del atolón se observaba un movimiento de inclinación de los co­coteros y una nube de hojas arrastradas por el vendaval. En el agua, el frente del ciclón era una franja claramente perceptible de aguas sombrías y azotadas por el viento. Precediendo a esta franja, como merodeadores, se veían ráfagas brillantes. Detrás de esta zona comenzaba una extensión, de unos cuatrocientos me­tros de ancho, de aguas tranquilas como un espejo. Después venía otra faja oscura de viento, y, tras ella, la laguna no era más que una mancha blanca, revuelta y espumosa.
– ¿Qué significa esa zona de calma? – preguntó Mulhall.
– Pues eso: calma – respondió Warfield.
– Pero avanza tan de prisa como el viento – dijo Mulhall.
– Así ha de ser: si el viento la alcanzara, la calma desapare­cería. Es un ciclón de doble cabeza. Una vez vi uno parecido a la altura de Savaii. Era un turbión doble de gran potencia. Cayó como un ariete sobre nosotros; luego se calmó, y después nos azotó de nuevo. Sujetaos bien y aguantad. Ya lo tenemos encima. ¡Mirad al Roberta!
El Roberta, que estaba fondeado con cadenas flojas más cerca del viento, fue barrido de costado como una paja, hasta que sus cadenas lo detuvieron poniéndolo proa al viento, con un tre­mendo tirón.
Una goleta tras otra – y el Malahini entre ellas – iban sufriendo los embates de las primeras rachas y se afianzaban en sus cadenas tirantes.
Mulhall y algunos canacas perdieron el equilibrio y cayeron cuando el Malahini se afianzó con un fuerte tirón de su ancla.
De pronto, el viento cesó. La zona de calma les había alcan­zado. Grief encendió una cerilla y la llama ardió sin fluctuar ex­puesta al aire inmóvil. La luz era escasa, tenue como un res­plandor crepuscular. El cielo nuboso, que había permanecido bajo durante horas, parecía haber descendido sobre el mar.
El Roberta tiró de las cadenas del ancla cuando recibió el embate del segundo frente del ciclón, y lo mismo hicieron una goleta tras otra en sucesión rapidísima. La mar, espumante y furiosa, parecía hervir en multitud de pequeñas olas danzarinas. La cubierta del Malahini vibraba bajo los pies de sus tripulantes. Las tirantes drizas tamborileaban contra la arboladura, y todo el aparejo, como si fuese pulsado por una mano de gigante, empezó a zumbar locamente. Era imposible respirar de cara al viento. Mulhall, acurrucado con sus compañeros tras el refugio que les ofrecía el camarote, tuvo experiencia de ello. Sus pulmones se llenaron en un instante de una cantidad tan enorme de aire, que, al no poder expulsarlo, casi se ahogó antes de volver la cabeza.
– ¡Es inaudito! – exclamó. Pero nadie oyó sus palabras.
Hermann y varios canacas se deslizaban hacia la proa con manos y rodillas, para echar la tercera ancla. Grief tocó el codo del capitán Warfield y le indicó el Roberta, que se les venía en­cima. Warfield pegó la boca al oído de Grief y gritó:
– ¡Nosotros también vamos a la deriva!
Grief saltó hacia la rueda del timón y lo metió todo a una banda, haciendo virar al Malahini a babor. La tercera ancla hincó la uña en el fondo y aguantó, y el Roberta pasó a su altura, de popa, a una docena de metros de distancia. Sus tripulantes agitaron las manos para saludar a Peter Gee y al capitán Ro­binson, que, con varios marineros, trabajaban afanosamente en la proa.
– ¡Están quitando los grilletes! – vociferó Grief -. ¡Van a intentar salir! ¡No tienen más remedio! ¡El ancla les patina!
– ¡Ahora aguantamos! -le contestaron a gritos-. Allá va el Cactus contra el Missi. ¡Están perdidos!
El ancla del Misi aguantaba, pero el empuje adicional del Cactus fue demasiado: las dos goletas se enzarzaron, y fueron arrastradas por las aguas blancas e hirvientes. Sus hombres, ar­mados de hachas, luchaban desesperadamente por separarlas. El Roberta, libre de sus anclas, con un trozo de lona izado en proa, se dirigía hacia el paso que se abría en el extremo noroeste de la laguna. Vieron cómo lo atravesaba y salía al mar. Pero el Misi y el Cactus, incapaces de separarse, embarrancaron en el atolón a cosa de media milla del paso.
El viento no cesaba de aumentar. Había que apelar a todas las fuerzas propias para hacerle frente. Tras varios minutos de luchar con él, reptando por la cubierta, todos estaban agotados. Hermann y sus canacas desplegaban una afanosa actividad, atando y asegurando esto y aquello, y poniendo nuevos tomadores en las vergas. El viento rasgaba y arrancaba las leves camisetas del torso de los hombres. Éstos se movían lentamente, como si sus cuerpos pesaran toneladas, sin soltar un asidero hasta haberse asegurado a otro. Los chicotes permanecían en posición horizontal, y des­pués de dar una serie de latigazos, sus extremos, raídos y deshi­lachados, eran arrebatados por el viento.
Mulhall tocó el hombro de dos de sus compañeros y luego señaló la playa. Los cobertizos donde se almacenaba la hierba habían desaparecido y la casa de Parlay se bamboleaba como si estuviera ebria. Al soplar el viento a lo largo del atolón, la casa había quedado protegida por las largas hileras de cocoteros; pero las impotentes olas que saltaban la barrera exterior empezaban a azotarla y hacerla pedazos. Ya muy inclinada sobre la pendiente arenosa, su fin era inminente. En algunos cocoteros se veían per­sonas que se habían atado a sus troncos. Los árboles no se balan­ceaban. Inclinados por el viento, permanecían en esta posi­ción, vibrando con monstruosa violencia. Por debajo de ellos, al otro lado de la arena, se alzaba la blanca espuma de las rom­pientes.
Olas enormes recorrían toda la laguna, pues tenían espacio más que suficiente para crecer en su recorrido de diez millas desde la orilla de barlovento del atolón, y todas las goletas se encabritaban y se hundían de cabeza en el oleaje. El Mala­hini había empezado ya a hundir la proa y el castillo bajo las olas mayores, y a veces tenía el combés lleno de agua hasta las bordas.
-¡Ha llegado el momento de hacer funcionar su motor! -gritó Grief con voz estentórea, y el capitán Warfield, arrastrán­dose hasta donde estaba echado el maquinista, le transmitió enér­gicamente las órdenes.
Con el motor en marcha y puesto en avante toda, el Malahini capeaba mejor el temporal. Aunque continuaba embarcando mu­cha agua por la proa, no era zarandeado tan rudamente por los tirones de las anclas. Por otra parte, no podía aflojar la tensión de las cadenas. Lo más que podían hacer sus cuarenta caballos era aliviar un poco el esfuerzo de las anclas.
El viento seguía aumentando. El pequeño Nuhiva, fondeado a proa del Malahini y más cerca de la playa, con el motor aún averiado y su capitán en tierra, lo estaba pasando muy mal. Se hundía de proa con tanta frecuencia y tan profundamente, que todos se preguntaban en cada inmersión si volvería a emerger.
A las tres de la tarde, cubierto por una segunda ola antes de que pudiese librarse de la precedente, ya no reapareció.
Mulhall miró a Grief.
– ¡El agua ha entrado por las escotillas! – vociferó el se­gundo.
El capitán Warfield señaló al Winifred, una pequeña goleta que cabeceaba y se hundía en las olas por una banda, y gritó algo al oído de Grief, algo que éste captó a retazos, confusamente, con intervalos de silencio, porque el viento desencadenado se llevaba algunas palabras.
– ¡Un cascarón desvencijado…! ¡Las anclas aguantan…! ¡No comprendo cómo no se deshace…! ¡Más viejo que el arca de Noé!
Una hora después, Hermann se lo señaló con un gesto. Había perdido las bitas de proa, el trinquete y casi toda la obra muerta de proa, pues las sacudidas del ancla se la habían arrancado. Giró hasta quedar de costado, bamboleándose entre dos olas y hun­diéndose de proa, y de este modo fue arrastrado por la mar a sotavento.
Sólo quedaban ya cinco barcos, y el Malahini era el único de ellos que tenía motor. Temiendo correr la misma suerte que el Nuhiva o el Winifred, dos de ellos siguieron el ejemplo de Ro­berta: quitaron los grilletes de las cadenas y partieron en busca del paso. El Dolly fue el primero, pero el vendaval le arrebató la lona y se estrelló contra la costa de sotavento del atolón, cerca del Misi y del Cactus. Sin que eso lo amedrentase, el Moana rompió sus amarras y zarpó, con el mismo resultado.
-Es un motor magnífico, ¿verdad? – vociferó el capitán Warfield al oído de su propietario.
Grief le estrechó la mano entre las suyas.
-Lo estamos amortizando -gritó- ¡El viento está ca­yendo hacia el Sur y esto facilitará las cosas!
Lenta y regularmente, pero aumentando cada vez más su ve­locidad, el viento cayó al Sur-Sudoeste, y las tres goletas que que­daban allí apuntaron directamente hacia la playa. El huracán se llevó los restos de la casa de Parlay y los arrojó a la laguna, hacia ellos. Los destrozos materiales pasaron sobre el Malahini sin to­carlo, para estrellarse contra el Papara, fondeado a un cuarto de milla por la popa. Los tripulantes de este barco empezaron a trabajar como poseídos en la proa, y en un cuarto de hora consi­guieron librarse de los restos de la casa. Pero, a causa de la coli­sión, el Papara había perdido el trinquete y el bauprés.
En el lado de tierra, a babor del Malahini, estaba fondeado el Tahaa, embarcación esbelta, de líneas de yate, pero excesiva­mente arbolada. Sus anclas resistían aún, pero su capitán, al ver que el viento no amainaba, procedió a reducir la resistencia que la arboladura ofrecía al viento, abatiendo a hachazos sus mástiles.
– ¡Un motor magnífico, sí! – gritó Grief, felicitando a su capitán -. De momento, nos salva los palos.
El capitán Warfield movió la cabeza en señal de duda.
Las aguas de la laguna se calmaron rápidamente al cambiar el viento, pero empezó a dejarse sentir el oleaje de la mar em­bravecida, que saltaba por encima del atolón. Quedaban muy pocos árboles en pie. Algunos se habían partido, otros estaban arrancados de raíz. Vieron como un árbol se quebraba por la mitad, con tres personas aferradas a su copa, que el viento arrojó a la laguna. Dos se separaron de la copa y nadaron hacia el Tahaa. No mucho después, poco antes de que cayese la noche, vieron como un hombre saltaba por la borda desde la proa de aquella goleta y nadaba enérgicamente hacia el Malahini, a través de las blancas y arremolinadas olas.
– Es Tai-Hotauri – exclamó Grief -. Ahora sabremos lo que ha pasado.
El canaca se aferró al barbiquejo, trepó a la proa y luego, arrastrándose, se dirigió a popa. Le dieron tiempo para recobrar el aliento, y entonces, tras el precario refugio que ofrecía el ca marote, con frases entrecortadas, ademanes y gestos, les refirió lo siguiente:
– Narii… ¡Maldito ladrón… ! Él querer robar… perlas… Matar Parlay… Un hombre matar Parlay… No saber cuál… Tres canacas, Narii, yo… cinco judías… sombrero… Narii decir una judía ser negra… Nadie saber… Matar Parlay… Narii maldito embustero… Todas las judías negras… Cinco negras… Cober­tizo de copra oscuro… Todos sacaron judías negras… Venir gran viento… Mala suerte… No poderse hacer… Todos subir al ar­bol… Traer mala suerte, las perlas, yo decir antes…, mala suerte. – ¿Dónde está Parlay? – vociferó Grief.
– Subido al árbol… Tres de sus canacas en el mismo árbol; Narii y un canaca en otro árbol… Mi árbol irse volando al in­fierno. Entonces yo subir a bordo.
– ¿Dónde están las perlas?
– En árbol con Parlay. Tal vez Narii ya tener perlas.
Grief, acercando la boca al oído de cada uno de sus compa­ñeros, fue contándoles a gritos las revelaciones de Tai-Hotauri. El capitán Warfield fue el que más se enfureció: todos vieron cómo rechinaban sus dientes.
Hermann bajó a la bodega y volvió con un farol de coche, pero apenas lo levantó por encima del camarote, el vendaval lo apagó. Tuvo más suerte con la lámpara de la bitácora, que sólo pudieron encender tras reiterados intentos.
-Bonita noche de viento-vociferó Grief al oído de Mul­hall-. ¡Y cada vez sopla con más fuerza!
– ¿Qué velocidad le calculas?
– Ciento cincuenta kilómetros por hora… Tal vez mucho más… ¡Qué sé yo …! Pero, desde luego, es el ventarrón más fuerte que he visto.
La laguna estaba cada vez más agitada a causa de las olas que barrían el atolón. Centenares de millas cuadradas del océano arrastradas por el huracán contrarrestaban los efectos apacigua­dores de la bajamar. Inmediatamente, la marea empezó a subir y las olas crecieron a ojos vistas. La luna y el viento concertados amontonaban las aguas del sur del Pacífico sobre el atolón de Hikihoho.
El capitán Warfield regresó de una de sus periódicas visitas de inspección a la sala de máquinas y dio la noticia de que el maquinista se había desvanecido.
– ¡No puedo permitir que el motor se pare! – concluyó con un gesto de impotencia.
– ¡Bien! – gritó Grief -. Subid al maquinista a cubierta. Yo lo relevaré.
Al fijarse los listones de los encerados de la escotilla de la sala de máquinas, sólo podía llegarse a ella a través de un estrecho pasadizo que partía del camarote. El calor y las emanaciones de la gasolina hacían la atmósfera sofocante. Grief examinó apresu­radamente el motor y los avíos de la reducida pieza y luego apagó de un soplo la lámpara de petróleo. Después siguió trabajando a oscuras, contando únicamente con el resplandor de los incon­tables cigarros que iba a encender al camarote. A pesar de que era un hombre de temperamento sosegado, pronto empezó a acu­sar el esfuerzo que representaba verse encerrado con un mons­truo mecánico que jadeaba, sollozaba y lo ensuciaba todo en aque­lla ruidosa oscuridad. Desnudo de cintura arriba, cubierto de grasa y aceite, lleno de cardenales y desolladuras causados por golpes que recibía con el bamboleo y los saltos del barco, dándole vueltas la cabeza al respirar aquella mezcla de gases, trabajó allí hora tras hora. Acariciaba, deducía, cuidaba y maldecía al motor y a todas sus piezas sucesivamente. El fuego empezó a fallar. La alimentación fue peor aún y, para colmo de desdichas, los pis­tones empezaron a recalentarse. En una consulta que celebraron en el camarote, el maquinista mestizo suplicó insistentemente que parasen el motor durante media hora, para que se enfriase y pu­dieran reparar la circulación del agua.
El capitán Warfield se opuso rotundamente. El mestizo ju­raba y perjuraba que el motor se estropearía y se pararía de todos modos, y que, cuando esto ocurriese, el mal ya no tendría reme­dio. Grief, con ojos llameantes, molido y cubierto de grasa, em­pezó a maldecirlos a grandes voces, haciéndoles callar y empe­zando a dar órdenes por su cuenta. Mulhall, el sobrecargo y Hermann se pusieron a trabajar en el camarote, colando y fil­trando dos y tres veces la gasolina.
Se abrió a hachazos un agujero en el piso de la sala de má­quinas, y un canaca refrescó los cilindros con agua de la sentina, mientras Grief continuaba lubricando las piezas que sufrían fricción.
-No sabía que fuese usted un experto en el uso de la gaso­lina – observó el capitán Warfield con admiración cuando Grief subió al camarote para respirar un poco de aire menos impuro.
– Me baño en gasolina – respondió él, rechinando con fu­ror los dientes -. Me la bebo y…
Nunca se supo a qué otros usos la destinaba, porque en aquel momento todos los hombres que ocupaban el camarote, así como la gasolina que estaban filtrando, fueron arrojados hacia delante y chocaron violentamente con el mamparo: el Malahini había picado bruscamente de proa. Durante varios minutos, incapaces de ponerse en pie, todos rodaron de un lado a otro, dando con su cuerpo contra los tabiques. La goleta, asaltada por tres enor­mes olas, crujía, gemía, se estremecía. El paso del agua que había embarcado la cubierta le hacía comportarse como un leño inerte.
Grief se acercó al motor, arrastrándose, mientras el capitán Warfield esperaba el momento de poder deslizarse por el pasillo hasta cubierta.
Tardó media hora en volver.
– ¡La ballenera ha desaparecido! – exclamó -. ¡Lo mismo que la cocina! ¡El mar lo ha barrido todo, excepto la cubierta y las escotillas! ¡Si no hubiese estado el motor en marcha, no hu­biésemos tenido salvación! ¡Por Dios y todos los santos, que no se pare!
A medianoche el maquinista ya tenía los pulmones y la cabeza lo bastante despejados y libres de gases para poder ir a relevar a Grief, el cual subió a cubierta para despejarse a su vez. Una vez allí, se unió a los demás, que estaban agachados detrás del cama­rote, al que se aferraban con las manos, además de haberse ase­gurado con cuerdas atadas a la cintura. Estaban materialmente amontonados, porque era el único sitio de refugio para los ca­nacas. Algunos de ellos habían aceptado la invitación del patrón y entrado en el camarote, pero en seguida salieron, huyendo de los gases tóxicos. El Malahini se hundía por la parte de proa con frecuencia, y era barrido por el oleaje, de modo que sus tripulan­tes respiraban una mezcla de aire, espuma y agua de mar.
– ¡Vaya tiempo, Muthall! -vociferó Grief a su invitado entre dos inmersiones.
Mulhall, ahogándose, dando boqueadas, apenas pudo asentir con la cabeza. Los imbornales no podían dar salida a la cantidad de agua que inundaba la cubierta. El barco se inclinaba sobre una y otra banda y, al escorar, arrojaba el agua sobre la borda, a veces con la proa apuntando al cielo, mientras su quilla se hun­día y el agua se precipitaba como un alud hacía la popa. Entonces se introducía por los corredores de la toldilla, saltaba por encima del camarote, anegando y contusionando a los que se aferra­fan a él, y finalmente caía en forma de cascada por la borda de popa.
Mulhall fue el primero en verlo y señalárselo a Grief. Era Narii Herring, agazapado y asido en un lugar donde la macilenta luz de la bitácora lo iluminaba. Iba completamente desnudo. Lo único que llevaba sobre su cuerpo era un cinturón y un cuchillo cuya hoja sin funda quedaba entre el cinto y su piel.
El capitán Warfield se destacó y pasó por encima de los cuer­pos de los demás. Cuando su cara se hizo visible a la luz de la bitácora, la cólera se pintaba en ella. Todos vieron que gritaba, pero el viento se llevó sus imprecaciones. No quiso acercar sus labios al oído de Narii, como éste le pedía: se limitó a señalarle la borda. Narii Herring le comprendió. Mostró su blanca denta­dura en una sonrisa burlona y se irguió en toda su magnífica apostura.
– ¡Es un asesino! -gritó Mulhall a Grief.
-¡Ha asesinado al viejo Parlay! -respondió Grief, tam­bién a gritos.
Por unos instantes, la popa estuvo libre de agua, y el Mala­hini se mantuvo equilibrado. Narii, con paso jactancioso, intentó dirigirse a la borda, pero el viento lo derribó. Entonces prosiguió su marcha arrastrándose hasta desaparecer entre las tinieblas. Todos estaban seguros de que había saltado por la borda. El Malahini se hundió profundamente de proa, y cuando salió de la ola que barrió longitudinalmente la cubierta, Grief gritó al oído de Mulhall:
– ¡No nos libraremos de él! ¡Es el hombre-pez de Tahití! ¡Cruzará la laguna y saldrá por el otro lado del atolón…! ¡Claro que si el atolón no desaparece!
Cinco minutos después una nueva ola los sumergió, y enton­ces cayeron sobre ellos, después de pasar sobre el camarote, tres cuerpos humanos. Los tripulantes del Malahini los retuvieron, y cuando el agua se escurrió, los llevaron abajo para ver quiénes eran. Allí estaba el viejo Parlay, echado de espaldas sobre el piso, con los ojos cerrados y sin hacer el menor movimiento. Los otros dos eran sus primos indígenas. Los tres estaban desnudos y cubiertos de sangre. El brazo de uno de los canacas pendía a su lado, roto e inerte. El otro canaca sangraba copiosamente: tenía una gran herida en el cráneo.
– ¿Es obra de Narii? – preguntó Mulhall. Grief movió ne­gativamente la cabeza.
-No; estas heridas las han recibido al ser arrastrados por la cubierta y sobre el techo del camarote.
Algo cesó de pronto. Todos quedaron sumidos en una mezcla de confusión e incertidumbre. De momento, les costó comprender que el viento había cesado: su interrupción había sido tan súbita como si lo hubieran partido. La goleta se mecía y cabeceaba, dando tirones a sus anclas, con unos crujidos que por primera vez pudieron oír los tripulantes. Asimismo, oyeron por primera vez el agua que se deslizaba sobre la cubierta. El maquinista puso el motor en punto muerto para que descansara.
– Estamos en el centro del ciclón – dijo Grief -. Ahora, a esperar el cambio. El viento volverá con tanta fuerza como antes.
Miró el barómetro y leyó en voz alta:
– Veintinueve coma treinta y dos.
Le fue imposible bajar de súbito la voz después de estar va­rias horas gritando para que le oyeran pese a los bramidos del viento, y se expresó tan sonoramente en aquel silencio, que sus palabras hirieron los tímpanos de sus compañeros.
– Tiene todas las costillas rotas – dijo el sobrecargo, pal­pando el costado de Parlay —. Todavía respira, pero no se salvará.
El viejo Parlay gimió, movió un brazo con un gesto de im­potencia y abrió los ojos. La luz que en ellos brilló demostraba que había reconocido a los que le rodeaban.
– Mis valientes caballeros – tartajeó con voz susurrante -, no olviden la… subasta… A las diez… ¡en el infierno!
Sus párpados se cerraron y su mandíbula quedó colgando, inerte. Pero el viejo aún consiguió sobreponerse y lanzó una úl­tima y burlona carcajada, una risita cascada.
Otra vez comenzó la danza infernal. De nuevo se oyó el bra­mido familiar del viento. El Malahini lo recibió de costado y viró casi por completo antes de que las anclas le pudieran sujetar. Éstas lo pusieron proa al viento y, al fin, lo detuvieron en seco, mediante un fuerte tirón. Entonces el barco se mantuvo en equi­librio, y como se embragó la hélice, el motor tuvo que volver a funcionar.
– ¡Viene del Noroeste! – gritó el capitán Warfield a Grief cuando éste subió a cubierta -. ¡Ha saltado ocho puntos de golpe!
– Narii ya no podrá atravesar la laguna – observó Grief. – O sea que el viento nos lo devolverá… ¡Mala suerte!

V
Cuando hubieron cruzado el centro del ciclón, el barómetro empezó a subir. No fue menos rápida la caída del viento. Y cuan­do éste no era ya sino un ventarrón normal, el motor saltó por el aire, abandonando la bancada, con un último y convulsivo esfuer­zo de sus cuarenta caballos. Quedó de costado, mientras de la sentina salía un surtidor de agua que fue a caer sobre él silbando y levantando nubes de vapor.
El maquinista empezó a lloriquear, consternado, y Grief, tras dirigir una tierna mirada al cadáver del motor, entró en el ca­marote y empezó a quitarse la grasa que cubría su pecho y sus brazos, frotándolos con un puñado de cabos de algodón.
El sol estaba en lo alto del cielo y soplaba una suave brisa estival cuando Grief volvió a la cubierta, no sin antes haber dado varios puntos en la cabeza a uno de los canacas y haber entabli­llado el brazo del otro.
El Malahini estaba muy cerca de la playa. Hermann y la tri­pulación trabajaban en la proa, tratando de deshacer el enredo de las anclas.
Del Papara y el Tahaa no se veía ni rastro. El capitán War­field escudriñaba con sus gemelos la orilla opuesta del atolón.
– No ha quedado nada de ellos – dijo -. He aquí las con­secuencias de no llevar motor. Sin duda, fueron arrastrados a la orilla de enfrente antes de que el viento cambiase.
En el lugar donde se había alzado la casa de Parlay no que­daba el menor vestigio de ella. En los trescientos metros de es­pacio por donde el mar había penetrado en la tierra no había quedado en pie un solo árbol. Ni siquiera se veía un simple tocón. Más lejos, se alzaban aquí y allá algunas palmeras, pero la mayoría de ellas habían sido arrancadas por su base, al nivel del suelo.
Tai-Hotauri aseguró que veía moverse algo en lo alto de una de aquellas escasas palmeras que el ciclón había respetado. Como no quedaba ningún bote a bordo del Malahini, Tai-Hotauri se echó al agua y, seguido por las miradas de todos, se dirigió a la playa a nado.
Trepó a la copa de la palmera y regresó acompañado de una joven indígena perteneciente al servicio de la casa Parlay. Cuando se inclinaron para ayudarla a trasponer la borda, ella les entregó un desvencijado cesto donde había una camada de gatitos recién nacidos. Todos estaban muertos, excepto uno que maullaba dé­bilmente y apenas podía sostenerse sobre sus torpes patitas.
En esto, exclamó Mulhall:
– ¿Quién es aquel tipo?
Todos miraron y vieron a un hombre que iba por la playa. Andaba despreocupadamente, como si hubiese salido a dar su paseo matinal. Los dientes del capitán Warfield rechinaron. Era Narii Herring.
– ¡Hola, patrón! – gritó Narii cuando estuvo a la altura del barco -. ¿Puedo subir a bordo para comer alguna cosilla?
El rostro y el cuello del capitán Warfield empezaron a con-estionarse. Quiso hablar, pero no pudo.
– ¡De buena gane le … ! ¡De buena gana le … ! -fue todo cuanto pudo decir.

Sobre el autor.
Jack London (12 de enero de 1876 – 22 de noviembre de 1916) fue un escritor estadounidense.