Los acorazados terrestres

1
El joven teniente estaba cuerpo a tierra al lado del corresponsal de guerra, admirando con los prismáticos la idílica calma de las líneas enemigas.
—Lo único que puedo ver —dijo finalmente— es un hombre.
—¿Qué está haciendo? —preguntó el corresponsal de guerra.
—Mirarnos con los prismáticos —respondió el joven teniente.
—¡Y esto es la guerra!
—No —dijo el teniente—, es Bloch.
—El juego está empatado.
—¡No! Tienen que ganar o si no perderán. Un empate es una victoria para nosotros.
Habían discutido sobre la situación política alrededor de unas cincuenta veces y el corresponsal de guerra ya estaba harto. Estiró los brazos.
—¡Yooo supongo que así será! —bostezó.
¡Fiuuuu!
—¿Qué ha sido eso?
—Nos han disparado.
El corresponsal de guerra se deslizó hacia una posición ligeramente más baja.
—¡Nadie le dispara a él! —se quejó.
—Supongo que quieren aburrirnos para que volvamos a casa.
El corresponsal de guerra no respondió.
—Está la cosecha, por supuesto..
Llevaban un mes allí. Después de los primeros movimientos enérgicos, después de la declaración de guerra, las cosas habían ido cada vez más despacio, hasta que pareció que toda la maquinaria de los acontecimientos se había detenido. Para empezar, tuvieron un momento casi de fuga, el invasor había cruzado la frontera, justo al empezar la guerra, formando media docena de columnas paralelas tras una nube de ciclistas y caballería, que daban la impresión general de dirigirse directamente hacia la capital. La caballería de los defensores les hizo retroceder, acribillándoles y forzándoles a abrirse, a flanquear; después se desplazaron hacia una posición próxima con un estilo más tradicional, donde permanecieron un par de días hasta que, una tarde, izas!, se encontraron al invasor frente a sus líneas dispuestas para la defensa. No había sufrido tanto daño como se esperaba: al parecer volvía con los ojos abiertos, con sus exploradores cargados de armas, y acampó sin ofrecer el menor atisbo de ataque y comenzó a excavar trincheras como si tuviera la intención de quedarse allí hasta el final de los tiempos. Era lento, pero mucho más cauto de lo que esperaba el resto del mundo; mantenía ocultos a los convoyes y escudaba a su cauta infantería lo suficientemente bien como para prevenir cualquier ataque poderoso del adversario.
—Pero deberían atacar —insistió el joven teniente.
—Nos atacarán al amanecer, en algún lugar de las líneas. Tendrá las bayonetas en las trincheras en cuanto haya visibilidad —decía el corresponsal de guerra desde hacía una semana.
El joven teniente le hizo un guiño al oír aquello.
Una mañana, temprano, los hombres que enviaron los defensores para que cubrieran unos quinientos metros por delante de las trincheras con la idea de vaciar los cargadores ante cualquier ataque nocturno inesperado, causaron un pánico injustificado al disparar a la nada durante diez minutos. El corresponsal de guerra entendió el significado de ese guiño.
—¿Qué haría usted si fuera el enemigo? —preguntó de repente el corresponsal de guerra.
—¿Si tuviera los mismos hombres que tengo ahora?
—Sí.
—Tomar esas trincheras.
—¿Cómo?
—¡Oh…. con una treta! Me arrastraría hacia la mitad del camino, por la noche, antes de que saliera la luna y allí establecería el contacto con los muchachos .que hemos enviado. Les dispararía si intentaran moverse y a la luz del día les cazaría. Me aprendería de memoria esa zona del terreno, tumbado todo el día en los hoyos, escondido, y por la noche iría avanzando. Hay un espacio allí, un terreno desigual, por donde podrían cruzar para disminuir la distancia fácilmente. En una noche, más o menos. Sería un mero juego para nuestros muchachos; es para lo que han sido entrenados… ¿Armas? Ni la metralla ni ese tipo de cosas detendría a los buenos hombres que quieren acción.
—¿Por qué no lo hacen ellos?
—Sus hombres no son lo suficientemente brutos, ésa es la cuestión. Son una pandilla de enclenques hombres de ciudad, y ahí radica el asunto. Son oficinistas, empleados de fábrica, estudiantes…. hombres civilizados. Saben escribir, hablar bien, hacer todo tipo de cosas, pero en la guerra son pobres aficionados. No tienen la fuerza física necesaria y eso es todo. Nunca en su vida han dormido una noche al raso; nunca han bebido otra cosa que no sea agua pura; nunca han comido menos de tres comidas al día desde que dejaron el biberón. La mitad de su caballería no había montado sobre un caballo hasta que se alistaron hace seis meses. Montan a caballo como si fueran en bicicleta, ¿les ha visto? Son unos inútiles en este juego y lo saben. Nuestros chicos de catorce años pueden dar lecciones a esos hombres maduros… Muy bien…
El corresponsal de guerra cavilaba con la nariz entre los nudillos.
—Si una civilización decente —dijo— no puede producir hombres mejores para la guerra que… —se detuvo por cortesía cuando ya era tarde—. Lo que quiero decir..
—Que nuestra vida al aire libre —completó el joven teniente.
—¡Exacto! —dijo el corresponsal de guerra—. Entonces la civilización tiene que detenerse.
—Eso parece —admitió el teniente.
—La civilización tiene la ciencia, ya sabe —dijo el corresponsal—. Ha inventado y fabricado los rifles, las armas y todo lo que utilizamos.
—Que nuestros saludables cazadores y campesinos, y nuestros desaliñados y pendencieros vaqueros y nuestros azotadores de negros pueden usar diez veces mejor que… ¿Qué es eso?
—¿El qué? —dijo el corresponsal de guerra, y al ver que su compañero estaba atareado con sus prismáticos, sacó los suyos—. ¿Dónde? —preguntó mirando hacia las líneas enemigas.
—No es nada —dijo el teniente, todavía observando.
—¿Qué es «nada»?
El joven teniente bajó sus prismáticos y señaló.
—Me pareció ver algo allí, detrás de los troncos de aquellos árboles. Algo negro. Pero no sé qué era.
El corresponsal de guerra intentó escudriñar el lugar.
—No ha sido nada —dijo el joven teniente, volviéndose para observar el cielo de la tarde que oscurecía, añadió: —Ya no volverá a haber nada más para nosotros, a menos que…
El corresponsal de guerra le miró interrogativamente.
—Deben de tener problemas de estómago o algo así… Al vivir sin las letrinas adecuadas…
Desde las tiendas de atrás llegó el sonido de unas cornetas. El corresponsal de guerra se deslizó hacia atrás por la arena y se puso en pie. «¡Bum!» se oyó a lo lejos, por la izquierda.
—¡Hala! —dijo, dudó y volvió a agacharse para volver a mirar con curiosidad—. Disparar a estas horas es de mala educación.
El joven teniente permaneció un rato en silencio. Después volvió a señalar al lejano grupo de árboles.
—Uno de nuestros cañones pesados. Estaban disparando a aquello —dijo.
—¿A lo que era «nada»?
—De todos modos, a algo que está por ahí.
Ambos se quedaron callados, mirando por sus prismáticos durante un rato.
—Justo al atardecer —se quejó el teniente, y se levantó.
—Podría quedarme aquí un rato —dijo el corresponsal
El teniente negó con la cabeza.
—No hay nada más que ver.
Se disculpó y bajó hacia la trinchera donde su pequeño pelotón de ágiles soldados bronceados por el sol estaban charlando. El corresponsal de guerra también se levantó, miró un momento hacia la animación laboriosa que había debajo de él, volvió a dirigir su mirada durante unos veinte segundos hacia los enigmáticos árboles y después volvió la cara hacia el campamento.
Se preguntó si su editor consideraría demasiado trivial para el consumo público la historia de que alguien pensaba que había visto algo negro tras un grupo de árboles y de que luego se disparó un tiro contra aquella ilusión.
«Es el único atisbo de interés —pensó el corresponsal— en diez días. No —se dijo rápidamente—, escribiré otro artículo: “¿Se ha acabado la guerra?”.»
Examinó la perspectiva de las líneas que se iban oscureciendo, el entramado de trincheras, una tras otra, dominándose entre sí, según había dispuesto la defensa. Las sombras y las neblinas difuminaban los contornos que quedaban y una linterna brillaba aquí y allá, y había grupos esporádicos de hombres reunidos alrededor de pequeñas hogueras.
«Ninguna tropa del mundo podría hacerlo», se dijo.
Estaba deprimido. Creía que en la vida había otras cosas mejores que la eficacia en la guerra; creía que en el corazón de la civilización, pese a todas sus tensiones, su abrumadora concentración de fuerzas, su injusticia y su sufrimiento, había algo que podría ser la esperanza del mundo; y a su civilizado espíritu le atormentaba la idea de que cualquier pueblo que viviera al aire libre, siempre cazando, perdiendo el contacto con los libros, el arte y todas esas cosas que hacen que la vida sea más intensa, tuviera la esperanza de resistir y malograr esa gran evolución hasta final de los tiempos.
Coincidiendo con sus pensamientos llegó una columna de soldados defensores y pasaron junto a él bajo el destello de una lámpara oscilante que marcaba el camino.
Miró sus caras rojas e iluminadas y se detuvo en una de ellas un instante, era una cara común entre las filas de defensores: nariz deformada, labios sensuales, ojos brillantes y claros llenos de astuta atención, sombrero caído inclinado hacia un lado y adornado con una pluma de pavo real del rústico don Juan convertido en soldado, piel curtida y oscura, complexión fuerte, paso largo e incansable y pericia en coger el rifle.
El corresponsal de guerra respondió a los saludos y siguió con lo suyo.
—Brutos —susurró—. Brutos astutos y primitivos. ¡Y ellos van a batir a los hombres de ciudad en el juego de la guerra!
Desde el destello rojo que provenía de entre las tiendas más cercanas llegaron primero una y después media docena de voces, vociferando al unísono con voz lenta y cansina las palabras de un fragmento de una canción particularmente patriótica y sentimental.
—¡Oh, dejémoslo! —murmuró el corresponsal de guerra con amargura.

2
La batalla empezó delante de las trincheras llamadas la Cabaña de Hackbone. Allí el suelo se extendía amplio y llano entre las líneas, sin dejar apenas refugio para un lagarto, y a los hombres sobresaltados y recién despertados que se lanzaban hacia las trincheras, les parecía que aquello era una prueba más de la inexperiencia del enemigo de la que tanto habían oído hablar. ,Al principio, el corresponsal de guerra no podía creer lo que oía y habría jurado que el pintor de temas de guerra y él, todavía medio dormido e intentando ponerse las botas a la luz de una cerilla que sostenía con la mano, eran las víctimas de la misma ilusión. Entonces, después de sumergir su cabeza en un cubo de agua fría, recuperó la inteligencia mientras se secaba. Escuchó.
—¡Caramba! —exclamó—. Esta vez es algo más que disparos para asustar. Es como si pasaran mil carros sobre un puente de hojalata. —El estrépito continuo aumentó de repente—. ¡Ametralladoras! —Y después: —¡Cañones!
El pintor, con una sola bota puesta, quiso mirar la hora y fue a buscar su reloj dando saltos.
—Ha pasado media hora desde el amanecer —dijo—. Tenía razón acerca de su ataque, después de todo…
El corresponsal de guerra salió de la tienda mientras comprobaba que llevaba chocolate en el bolsillo. Tuvo que detenerse un instante hasta que sus ojos se acostumbraron un poco a la oscuridad.
—¡Dios! ———exclamó.
Se quedó quieto un momento para habituar la vista antes de dirigirse hacia un oscuro hueco que había entre las tiendas adyacentes. El pintor salió tras él y tropezó con la cuerda de una tienda. Eran las dos y media de la madrugada más oscura desde hacía tiempo y el enemigo enfocaba sus reflectores hacia un cielo de seda negra.
—Están intentando deslumbrar a nuestros fusileros —dijo el corresponsal de guerra bajo un resplandor, esperó al pintor y después salió de nuevo con una especie de prisa prudente—. ¡Vaya! —exclamó—. ¡Demonios!
Se detuvieron.
—Son esos malditos reflectores —dijo el corresponsal de guerra.
Vieron linternas que iban y venían, cerca de allí, y hombres que marchaban por las trincheras. Les siguieron y entonces los ojos del pintor ya se adaptaron a la oscuridad.
—Si trepamos por aquí —dijo—, que no es más que una zanja, llegaremos arriba directamente.
Eso hicieron. Las luces iban y venían por las tiendas de atrás mientras los hombres se escapaban y, una y otra vez, salían a campo abierto, tropezaban y se tambaleaban. Pero en poco tiempo llegaron arriba. Algo que sonó como el impacto de un tremendo accidente ferroviario explotó en el aire, sobre ellos, y la metralla les cayó encima como un repentino puñado de granizo.
—¡Arriba! —gritó el corresponsal y pronto se dieron cuenta de que habían llegado a la parte alta y allí se quedaron, en medio de un mundo de intensa oscuridad y frenéticos destellos, cuya única realidad era el ruido.
A derecha e izquierda, por todos lados, rugía el fragor de la batalla, el polvorín de todo un ejército, primero caótico y monstruoso, y después prolongado por pequeños resplandores y destellos y vislumbres que empezaban a tomar forma. Al corresponsal de guerra ,)e pareció que el enemigo atacaba en línea y con toda su fuerza, en cuyo caso iba a ser o ya había sido aniquilado.
—Muerte al amanecer —dijo, con su instinto para los titulares. Se lo dijo para sí mismo, pero, después transmitió en voz alta una idea al pintor: —Lo habrán querido hacer por sorpresa.
Resultaba extraordinario cómo continuaba el fuego. Después de un rato empezó a percibir una especie de ritmo en aquel ruido infernal. Después disminuyó perceptiblemente, casi hasta parecer una pausa, una pausa inquisitiva. «¿Todavía no estáis todos muertos?», parecía decir la pausa.
La línea parpadeante que conformaban los destellos de los rifles se iba atenuando y se rompió y los cañonazos de las enormes armas del enemigo que se encontraban a tres kilómetros de distancia parecían salir de las profundidades. Entonces, de repente, tanto por este como por el oeste, algo sobresaltó a los rifles que reanudaron frenéticamente sus estampidos.
El corresponsal de guerra se exprimió el cerebro para sacar alguna teoría que explicara aquel conflicto de repente, se dio cuenta que él y el pintor estaban tensamente iluminados. Pudo ver la cima en la que se encontraban y ante ellos el negro perfil de la fila de fusileros, que se apresuraban hacia las trincheras más cercanas. Se observaba una lluvia de luces y, a lo lejos, hacia el enemigo, había un claro con hombres —¿Nuestros hombres?»— que lo atravesaban corriendo y en desorden. Vio que uno de esos hombres alzaba sus manos y caía. Algo más, negro y brillante, apareció en el borde de los destellos luminosos; y detrás de todo esto, a lo lejos, se veía la calma y un ojo blanco que contemplaba el mundo. «Juit, juit, juit», se oía silbar en el aire, después el pintor salió corriendo para cubrirse, seguido por el corresponsal de guerra. Un estallido de metralla explotó tan cerca como había parecido y nuestros dos hombres se echaron cuerpo a tierra, en una depresión del terreno y la luz y todo se había detenido de nuevo, dejando un enorme signo de interrogación en la noche.
El corresponsal de guerra salió gritando con rabia.
—¿Qué demonios ha sido eso? ¡Están abatiendo a nuestros hombres!
—Negro —dijo el pintor— y parecido a un fuerte. A una distancia que no llega a los doscientos metros desde la primera trinchera. —Buscó comparaciones en su mente—. Algo entre un blocao grande y un plato gigante.
—¡Y corrían! —dijo el corresponsal de guerra.
—Usted también habría corrido si algo así, ayudado por un reflector, se convirtiera en una pesadilla que le persiguiese en mitad de la noche.
Treparon hacia lo que dedujeron que era el borde de la hondonada y se tumbaron observando la insondable oscuridad. Durante un rato no pudieron distinguir nada y, después, una repentina convergencia de los reflectores, procedentes de ambos lados, hizo aparecer de nuevo aquella extraña cosa.
En aquella trémula palidez tenía el aspecto de un insecto enorme, torpe y negro, un insecto del tamaño de un acorazado, reptando oblicuamente hacia la primera línea de trincheras y disparando por sus portillas laterales. En su coraza debían de impactar las balas con más fuerza que la intensa violencia del granizo cuando cae sobre un techo de hojalata.
Entonces, en un parpadeo, volvió a caer el telón de la oscuridad y el monstruo desapareció, pero el ruido creciente de la fusilería anunciaba su aproximación hacia las trincheras.
Comenzaban a hablar entre ellos sobre todo aquello cuando un balazo salpicó la cara del pintor y decidieron dirigirse hacia abajo cuanto antes, hacia la protección de las trincheras. Llegaron a la segunda línea discretamente, antes de que el amanecer hubiera despuntado lo bastante como para permitir ver algo. Se vieron envueltos en una multitud expectante de fusileros que discutía a gritos qué iba a pasar. Parecía que la estrategia del enemigo se había concentrado en eliminar a los hombres de primera línea, pero no creían que continuara siendo así.
—Cuando llegue el día, haremos prisioneros a la mayoría de ellos —dijo un soldado fornido.
—¿A ellos? —preguntó el corresponsal de guerra.
—Dicen que han formado una fila regular y que avanzan a lo largo de nuestras líneas de frente… ¿A quién le importa?
La oscuridad desaparecía tan imperceptiblemente que todavía no se podía afirmar que se podía ver. Las luces de los reflectores dejaron de moverse de acá para allá, los monstruos del enemigo eran inciertas manchas de oscuridad en la oscuridad que no duraron mucho en ser inciertas pues empezaban a ser distinguibles. El corresponsal de guerra, con la mente ausente y mordisqueando chocolate, contempló, finalmente, el campo de batalla bajo el triste cielo, cuyo foco central era una serie de catorce o quince enormes y burdas siluetas que permanecían, en perspectiva, en el borde de la primera línea de trincheras, a intervalos de unos trescientos metros y, evidentemente, disparando contra la multitud de fusileros. Estaban tan cerca que los disparos de los defensores habían cesado y sólo estaba en acción la primera línea de las trincheras.
La segunda línea dirigía a la primera y, mientras la luz iba aumentando, el corresponsal de guerra pudo divisar a los fusileros que luchaban contra esos monstruos, agachados en grupos y apelotonados tras los taludes transversales que cruzaban las trincheras, con objeto de prevenir alguna posible enfilada. Las trincheras que estaban cerca de las grandes máquinas estaban vacías, excepto por los desoladores restos de hombres muertos y heridos; los defensores se dirigieron hacia derecha e izquierda en cuanto la proa del acorazado subió hacia la parte delantera de la trinchera. El corresponsal de guerra miró con sus prismáticos e, inmediatamente, se convirtió en el centro de atención para los soldados que estaban a su alrededor.
Querían mirar, preguntaban, y, después de que anunciara que los hombres que cruzaban las zonas transversales parecían incapaces de avanzar o de retirarse y que estaban agachados a cubierto en vez de estar luchando, creyó oportuno dejar sus prismáticos a un cabo robusto e incrédulo. Oyó una voz estridente y detrás de él se encontró con un soldado delgado y cetrino que hablaba con el pintor.
—Allí hay muchachos que han sido capturados —decía el hombre—. Si se retiran quedarán expuestos y el fuego es demasiado directo…
—No disparan mucho, pero cada tiro es un acierto.
—¿Quiénes?
—Los muchachos que van en esa cosa. Los hombres que se acercan…
—¿Acercándose a dónde?
—Les evacuamos de las trincheras que podemos. Nuestros muchachos vuelven en zigzag… No dejan de disparar.. Pero cuando lo tengamos claro llegará nuestro turno. ¡Mejor dicho! Esas cosas no podrán ni cruzar ni entrar en una trinchera; y antes de que puedan retirarse, nuestras armas les habrán aplastado. Les habrán aplastado, ¿sabe? —Le brillaba la mirada—. Después atacaremos a esos miserables de su interior…
El corresponsal de guerra se quedó pensando un instante, intentado imaginarse la idea. Después se dispuso a recuperar los prismáticos que había dejado al cabo corpulento…
La luz del día se hacía más intensa. Las nubes se levantaban y un destello amarillento entre las masas de nubes que se elevaban hacia el este desveló el amanecer. Volvió a mirar hacia el acorazado terrestre. Al verlo en el desolado y gris amanecer situado oblicuamente sobre la ladera, al borde de la primera trinchera, le vino a la cabeza la imagen de un barco embarrancado. Debía de medir entre veinticinco y treinta metros de estaba a una distancia de unos doscientos cincuenta metros, su altura sería de unos tres metros; contaba con un complejo diseño bajo los aleros de su ano caparazón de tortuga. Ese diseño estaba formado por un entramado de portillas, cañones de rifle y tubos de telescopios —falsos y reales— que no se podían distinguir los unos de los otros. El artefacto se había dispuesto en una posición adecuada para enfilar la trinchera, que, por lo que él vio, estaba vacía, excepto por dos o tres grupos de hombres agachados y los muertos. Detrás, a través de la llanura, había marcado la hierba con un rastro de señales encadenadas, como marcas que dejan los animales marinos sobre la arena. A derecha e izquierda de ese rastro se dispersaban muertos y heridos, los hombres que fueron muertos a tiros cuando huían de sus posiciones avanzadas bajo la luz de los reflectores de las líneas invasoras. Ahora permanecía asomando un tanto la caza sobre la trinchera, como si fuera una criatura inteligente planeando la próxima fase de su ataque. Bajó lo prismáticos y entendió mejor la situación.
Aquellas criaturas de la noche habían ganado claramente la primera línea de trincheras y la lucha se había detenido. En la creciente luz pudo distinguir por casualidad que los tiradores defensores permanecían echados a ras del suelo en la segunda y tercera líneas de trincheras, hacia las alturas inferiores de la posición y en los zigzags que les daban la oportunidad de abrir fuego cruzado. Los hombres que estaban cerca de él hablaban de cañones.
—Estamos en la línea de tiro de la artillería pesada de la cima, pero cambiarán alguna de posición para acribillarlos —dijo el hombre delgado con confianza.
—Humm… —dijo el cabo.
«¡Bang!, ¡bang!, ¡bang! ¡Brrrrrr!» Fue una especie de sobresalto nervioso y todos los rifles se dispararon solos. El corresponsal de guerra se encontró junto al pintor, dos hombres inútiles agachados tras una línea de espaldas absortas, o de hombres laboriosos vaciando sus cargadores. El monstruo se había movido. Y seguía moviéndose a pesar del granizo que marcaba su piel con nuevas y brillantes esquirlas de plomo. Iba cantando una cancioncilla mecánica, «tuf-tuf, tuf-tuf, tuf-tuf », y expulsaba pequeños chorros de vapor por la parte de atrás. Se arrastraba hacia arriba como una lapa; elevó su cubierta mostrando su longitud, la de sus pies. Eran unos pies anchos y rechonchos con formas de botones y nudos, unas cosas planas y anchas, parecidas a las patas de los elefantes o de las orugas; después, cuando la cubierta se elevó aún más, el corresponsal de guerra, volviendo a inspeccionar la cosa con sus prismáticos, vio que esos pies colgaban, según parecía, de los bordes de las ruedas. Su mente se trasladó a la calle Victoria, en Westminster, y se vio a sí mismo en los floridos tiempos de paz, buscando algún asunto para una entrevista.
—Señor.. Señor Diplock —dijo—; y él les llamaba Pedrails… ¡Imagínese encontrárselos aquí!
El tirador que estaba a su lado levantó la cabeza y los hombros con una postura calculadora para disparar más acertadamente, parecía muy normal asumir que la atención del monstruo tenía que estar ocupada con la trinchera que tenía delante, y, de pronto, fue derribado hacia atrás por una bala que le atravesó el cuello. Sus pies se alzaron y desapareció del margen del campo de visión del observador. El corresponsal de guerra se arrastró con más fuerza, pero después de echar un vistazo tras él, hacia una pequeña y desagradable confusión, recobró sus prismáticos, ya que esa cosa estaba poniendo sus pies en el suelo, uno tras otro, y se elevaba cada vez más sobre la trinchera. Sólo una bala en su cabeza podría haberle hecho dejar de mirar.
El hombre delgado de la voz estridente dejó de disparar para volverse y repetir su punto de vista.
—Quizá no puedan pasar —gritó—. Ellos…
«¡Bang!, ¡bang!, ¡bang!, ibang!», resonó por todas partes.
Aquel hombre siguió diciendo una o dos palabras más, después lo dejó, negó con su cabeza para reforzar la imposibilidad de que nada pudiera cruzar una trinchera como la que tenían allí abajo y volvió a su tarea.
Mientras tanto, la enorme cosa seguía avanzando. Cuando el corresponsal de guerra volvió a mirar por los prismáticos, ya cruzaba la trinchera, y sus curiosos lúes removían la loma más cercana con la intención de ‘quedarse allí. Se afianzó. Siguió arrastrándose hasta que la mayor parte de la masa mayor pasó sobre la trinchera y la atravesó entera. Entonces se detuvo un Instante, ajustó su cubierta más cerca del suelo, soltó un inquietante «¡tut, tut!» y avanzó de repente a un ritmo de unos diez kilómetros por hora, recto por la suave vertiente, hacia nuestro observador.
El corresponsal de guerra se levantó apoyándose en el codo y miró al pintor con una expresión de interrogación natural.
Durante un momento, los hombres que estaban cerca de él volvieron a sus posiciones y abrieron fuego furiosamente. Entonces, el hombre delgado se deslizó hacia atrás con un movimiento precipitado y el corresponsal le dijo al pintor:
—¡Venga! —y le condujo a lo largo de la trinchera.
Al llegar abajo, la visión de la ladera de la trinchera, ocupada por una docena de enormes cucarachas, desapareció por unos instantes y en su lugar podía verse un estrecho pasaje, atestado de hombres, la mayoría de ellos retrocediendo, aunque uno o dos se volvían 0 se detenían. Nunca se dio la vuelta para ver cómo se arrastraba la nariz del monstruo por el borde de la trinchera; ni siquiera se preocupó por mantener el contacto con el pintor. Oyó el silbido de las balas a su alrededor y vio a un hombre delante de él que tropezaba y se caía y, después, se vio inmerso en el furioso tumulto que luchaba para entrar en una zanja transversal en zigzag que permitía a los defensores cubrirse por arriba y abajo de la colina. Era como si hubiese pánico en un teatro. Dedujo, por señales y palabras sueltas, que en la parte delantera otro de esos monstruos también había ganado la segunda trinchera.
Por un instante, perdió el interés por el curso general de la batalla; se convirtió en un modesto egoísta de circunspección apresurada que buscaba la retaguardia más alejada, en medio de una dispersa multitud de desconcertados fusileros atareados en lo mismo. Gateó a través de las trincheras, se armó de valor y salió corriendo a campo abierto, tuvo momentos de pánico cuando parecía una locura no ir a cuatro patas, y momentos de vergüenza cuando se ponía en pie y se encaraba para ver cómo iba la batalla. Él fue uno de los miles de hombres que hicieron lo mismo aquella mañana. Se detuvo en el lomo de la colina, en un grupo de matorrales, y, durante unos minutos, casi parecía dispuesto a quedarse para ver cómo acababa todo.
Ya era pleno día. El cielo gris se había convertido en azul y de todas las masas nubosas del amanecer sólo quedaban unos jirones aborregados que se iban desvaneciendo. El mundo, abajo, era brillante y singularmente claro. La cumbre, quizá, no se elevaba a más de unos treinta metros por encima de la llanura, pero en esa región plana ya era suficiente ofrecer una amplia panorámica. A lo lejos, por la parte norte de la cima, se veían, pequeños y lejanos, los campamentos, los carros alineados, todo el engranaje de un gran ejército; con oficiales galopando y hombres haciendo cosas sin sentido. Sin embargo, aquí y allá se veían los hombres que iban cayendo y la caballería que se alineaban en la planicie, más allá de las tiendas. La multitud de hombres que había estado en las trincheras seguía hacia la retaguardia, dispersándose, como un rebaño sin pastor, por las laderas más alejadas Por todos lados se veían pequeños grupos que intentaban esperar y realizar alguna confusa acción; pero el movimiento general quedaba lejos de cualquier concentración. En la zona sur había un elaborado encaje de trincheras y defensas, atravesadas por las tortugas de hierro, catorce de las cuales se extendían lo largo de una fila de unos cinco kilómetros, que desplazaban a la velocidad del trote de un hombre destruyendo y eliminando cualquier núcleo de resistencia. Aquí y allá, pequeños grupos de hombres que habían sido superados y que no podían huir mostraban la bandera blanca, mientras que la infantería de ciclistas avanzaba, ahora a través de campo abierto, en orden abierto, pero sin ser molestados, para completar trabajo de aquellas máquinas. Examinándolo todo, los defensores ya parecían un ejército derrotado. Un mecanismo que había sido acorazado contra las balas con efectividad, que podía cruzar como si nada una trinchera de nueve metros y que parecía poder disparar con una precisión absoluta, era capaz de vencer cualquier cosa excepto ríos, precipicios y la artillería.
Miró su reloj.
—¡Las cuatro y media! ¡Dios mío! Cuántas cosas pueden pasar en dos horas. Ahí está todo nuestro bendito ejército derrotado, a las dos y media… ¡Y hasta ahora nuestros malditos patanes no han conseguido nada con la artillería!
A través de sus prismáticos recorrió con la mirada la cima, a derecha e izquierda. Se volvió de nuevo hacia el acorazado más cercano, que avanzaba en diagonal hacia él a una distancia que no llegaba a los trescientos metros, después observó el terreno por el que tenía que retirarse si no quería ser capturado.
—No harán nada —dijo, y volvió a mirar al enemigo.
Entonces, lejos desde la izquierda, llegaba el ruido sordo de un cañón, seguido, rápidamente, por un repetido sonido de artillería.
Dudó por un momento, pero decidió quedarse.

3
La defensa contaba, principalmente, con sus rifles en caso de que se produjese un asalto. Había ocultado su artillería en distintos puntos, en la parte de arriba y detrás de la cima, dispuesta a entrar en acción en contra de cualquier preparación de la artillería enemiga dispuesta a atacar. La situación se desencadenó al amanecer, así que cuando los artilleros tuvieron sus cañones listos para atacar, los acorazados terrestres ya estaban entre las primeras trincheras. Hay una reticencia natural en disparar hacia las propias líneas vencidas y muchos de los cañones, con la intención, simplemente, de luchar en contra del avance de la artillería enemiga, no estaban en las posiciones adecuadas para disparar sobre la segunda línea de trincheras. Después de esto, el avance de los acorazados terrestres fue rápido. El general de los defensores se encontró, de repente, invitado a idear otra estrategia de guerra en la que los cañones tenían que luchar solos en medio de ,una infantería derrotada y en retirada. Tenía apenas treinta minutos para pensar en ello. No respondió a la invitación y lo que ocurrió esa mañana fue que el avance de los acorazados terrestres dominó la lucha y cada cañón y cada batería tuvo que hacer lo que dictaban las circunstancias. La mayoría desempeñó un triste papel.
Algunos de los cañones acertaron dos o tres blancos, algunos uno o dos, y el porcentaje de error era inusualmente elevado. Naturalmente, los obuses no causaban daño alguno. En todos los casos los’ acorazados siguieron la misma táctica. Cada vez que entraba en juego un cañón, el monstruo se daba la vuelta casi del todo, así la oportunidad de impacto directo era mínima, y no se dirigía hacia el cañón, sino a los puntos más cercanos a su flanco, desde los que podía disparar a los artilleros. Pocos de los blancos acertados fueron efectivos; sólo uno de aquellos artefactos quedó inutilizado, y fue el que combatió contra las tres baterías del brigada del ala izquierda. A otros tres alcanzados cuando estaban cerca de los cañones les acertaron limpiamente sin que por ello quedaran fuera de combate. Nuestro corresponsal de guerra no vio esa detención momentánea del avance victorioso por el ala la izquierda; sólo vio el combate completamente ineficaz de la mitad de la batería 96—B, que estaba muy cerca a su derecha. La observó a veces más allá del margen de seguridad.
Justo después de oír que las tres baterías abrían fuego a su izquierda, se dio cuenta del ruido de cascos de caballos que provenía de la zona a cubierto de la ladera, y en seguida vio primero un cañón y después otros dos transportados al galope hacia su posición a lo largo del lado norte de la cima, fuera de la vista de la gran mole que se encontraba ahora subiendo en diagonal hacia la cumbre, cortando el paso a la lenta infantería que quedaba a su lado y por detrás.
La media batería dio la vuelta y se colocó en línea, cada cañón describió una curva, se detuvo, retiró los armones y se preparó para la acción…
«¡Bang!»
El acorazado terrestre se dejó ver por la cima de la colina, como una gran masa negra a la espalda de los artilleros. Se detuvo, como si dudara.
Los dos cañones que quedaban dispararon y entonces su gran enemigo se dio la vuelta y quedó completamente a la vista, con el cielo de fondo y acercándose con rapidez.
Los artilleros volvieron a disparar frenéticamente. Estaban tan cerca que el corresponsal de guerra pudo ver con sus prismáticos la expresión de sus caras excitadas. Al mirar, vio que un hombre caía y se dio cuenta, por primera vez, de que el acorazado estaba disparando.
Durante un momento, el enorme monstruo negro trepó a paso acelerado hacia los activos y furiosos artilleros. Entonces, como movido por un impulso generoso, se volvió para dejar que todo su costado recibiera el ataque a una distancia de apenas cuarenta metros de ellos. El corresponsal de guerra enfocó sus prismáticos hacia los artilleros y percibió que ahora los hombres eran abatidos a una velocidad mortífera.
Por un momento pareció espléndido, pero después pareció horrible. Los artilleros iban cayendo como moscas alrededor de sus cañones. Acercar una mano a un cañón significaba la muerte. «¡Bang!», sonó el cañón de la izquierda, un fallo desesperado, y ese fue el único segundo tiro que la media batería pudo disparar. En otro momento, media docena de artilleros supervivientes levantaron sus manos en medio de la confusión de hombres muertos y heridos, y la lucha finalizó.
El corresponsal de guerra dudó entre quedarse en su matorral y esperar una oportunidad para rendirse de o huir por un barranco que había descubierto. Si se rendía, era seguro que perdería su material;, mientras que si escapaba tenía muchas posibilidades. Decidió marcharse por el barranco y aceptar la primera oportunidad que se le presentara en el campamento de conseguir un caballo.

4
Algunas autoridades han encontrado posteriormente muchos errores particulares en el primer acorazado terrestre, pero, con toda seguridad, en el primer día de su aparición cumplió plenamente su propósito. Básicamente consistía en unas fuertes estructuras de acero largas y estrechas dotadas de motor y sostenidas sobre ocho pares de ruedas pedunculares, cada una de ellas de unos tres metros de diámetro, con dirección propia y largos ejes libres de girar alrededor de un eje común. Esta distribución les proporcionaba la máxima adaptabilidad a los desniveles del suelo. Se desplazaban nivelados con el terreno, con un pie sobre un montículo y otro sobre una depresión, capaz de mantenerse erguido y firme estando de costado incluso sobre una ladera escarpada. Los ingenieros dirigían los motores bajo el mando del capitán, que tenía puestos de observación en las pequeñas portillas alrededor del borde superior de la coraza ajustable, una lámina de acero de treinta centímetros que protegía toda la máquina, y que también podía elevar o bajar una torre de mando situada sobre las portillas por el centro de la cubierta de hierro. Cada uno de los fusileros ocupaba Una pequeña cabina de peculiar construcción y éstas estaban repartidas por los laterales, por delante y por detrás de la gran estructura principal, de tal manera que parecían los asientos colgados de un tílburi irlandés. Sin embargo, sus rifles eran unos instrumentos que variaban mucho de los simples mecanismos que sus adversarios tenían en las manos.
En primer lugar, éstos eran automáticos, expulsaban sus cartuchos y se iban recargando con un cartucho cada vez que eran disparados, hasta que se acababan las municiones y, además, tenían miras de insólita precisión que proyectaban una pequeña imagen de cámara oscura dentro de la cabina sin luz en la que se sentaba el fusilero. Esta imagen de cámara oscura quedaba señalada con dos líneas cruzadas y, fuera lo que fuera lo que coincidiera en la intersección de esas dos líneas, se producía el disparo. Esa forma de observación era una idea muy ingeniosa. El fusilero permanecía en la mesa con algo parecido a un compás de delineante que abría y cerraba, de modo que siempre tenía la altura adecuada del hombre al que querían disparar, si era de estatura normal. Una pequeña hebra de alambre trenzado, parecida a un cable eléctrico, iba de aquel instrumento hasta el arma y, cuando el compás se abría y se cerraba, la mira subía y bajaba. Los cambios de la claridad de la atmósfera, debidos a los cambios de la humedad, se solucionaban por la ingeniosa utilización de una sustancia meteorológicamente sensible, el catgut, y cuando el acorazado terrestre se desplazaba, las miras efectuaban una desviación compensatoria hacia donde se dirigía. El fusilero permanecía en pie en su cámara oscura y observaba la pequeña imagen que tenía delante. Con una mano sostenía el compás para calcular la distancia y con la otra asía un gran pomo, como el de una puerta. Cuando empujaba el pomo, de forma circular, sobre el rifle, éste hacía lo que le correspondía, y la imagen iba y venía como un panorama móvil. Cuando veía a un hombre al que quería disparar, lo enfocaba sobre las líneas entrecruzadas y después presionaba con el dedo un botón parecido al de un timbre que estaba convenientemente situado en el centro del pomo. El hombre era alcanzado. Si, por alguna casualidad, el fusilero fallaba el blanco, movía un poco el pomo o reajustaba el compás, presionaba el botón y le disparaba por segunda vez.
El rifle y la mirilla salían por una portilla, exactamente igual que un gran número de otras portillas que alineaban en una fila triple bajo el alero de la cubierta del acorazado. Cada una de ellas exhibía un rifle y mirilla falsos para que los de verdad pudieran ser alcanzados sólo por casualidad y, si eso ocurría, entonces, el chico que estaba debajo sólo diría «¡bah!», encendería la luz, bajada el instrumento dañado hacia su cámara y reemplazaría la parte dañada o pondría un nuevo rifle si el daño era considerable.
Hay que pensar que estas cabinas estaban suspendidas por el movimiento de los ejes y dentro de las grandes ruedas sobre las que colgaban los grandes pies en forma de pata de elefante y, detrás de esas cabinas, a lo largo del centro del monstruo, corría una galería central. a la que iban a parar aquéllas y a lo largo de la cual funcionaban los grandes motores compactos. Era un largo pasillo en el que se encontraba almacenada esa maquinaria zumbante, con el capitán de pie en medio, cerca de la escalera que conducía a la torre de mando y dirigiendo a los ingenieros, silenciosos y alerta, casi siempre por señas. El ruido y zumbido de los motores se mezclaba con los disparos de los rifles el estruendo intermitente de las balas que caían sobre el armazón. Una y otra vez movía el volante que elevaba su torre de mando, subía por la escalera hasta que sus ingenieros no podían verle por encima de la y volvía a bajar dando órdenes. Dos pequeñas bombillas eléctricas constituían toda la iluminación de se espacio, las pusieron de tal manera que resultara Más visible para sus subordinados; el aire era denso, olía a aceite y petróleo, y si el corresponsal de guerra hubiese sido trasladado de repente desde el amanecer abierto del exterior a las entrañas de este aparato, habría pensado que se encontraba en otro mundo.
Naturalmente, el capitán veía los dos lados de la batalla. Cuando alzaba su cabeza dentro de la torre de mando, veía el rocío del amanecer, el asombro y el caos de las trincheras, los soldados caídos y los que huían, los grupos de prisioneros de aspecto desolado, las armas destrozadas; cuando volvía a bajar para indicar con señales «velocidad media», «cuarto de marcha», «media vuelta hacia la derecha», se encontraba en la penumbra con el olor a aceite de la mal iluminada sala de máquinas. Cerca de él, a cada lado, se encontraba el micrófono de tubo y, una y otra vez, dirigía, hacia un lado o hacia otro, el extraño artefacto para «concentrar los disparos directos sobre los artilleros» o para «barrer la trinchera que está a unos cien metros sobre nuestro frente derecho».
Era un hombre joven, bastante sano pero nada bronceado y con ese tipo de puesto y de expresión que predominan en la Armada de Su Majestad: alerta, inteligente, tranquilo. Él, sus ingenieros y sus fusileros estaban todos por su tarea. Eran hombres tranquilos y racionales, no tenían esa energía dispersa de los atolondrados cuando se apresuran, esa fuerza excesiva y sanguinaria, esa fuerza histérica tan frecuentemente considerada como el estado mental apropiado para las proezas heroicas.
Aquellos jóvenes ingenieros sentían una cierta lástima y un desprecio absoluto por los enemigos que estaban abatiendo. Consideraban a esos hombres grandes y sanos a los que disparaban del mismo modo que esos hombres sanos y grandes podrían considerar inferiores a ciertos negros. Los despreciaban por hacer la guerra, despreciaban profundamente su patriotismo gritón y su emotividad; los despreciaban, sobre todo, por el pobre ingenio y la casi brutal falta de imaginación que mostraba su método de lucha.
—Si esos hombres hacen la guerra —pensaban los jóvenes—, ¿por qué diablos no la hacen como hombres sensatos?
Estaban resentidos por la idea de que su bando era demasiado estúpido como para no hacer otra cosa que no fuera jugar al juego del enemigo, por la idea de que iban a jugar a aquello siguiendo las reglas de hombres sin imaginación. Estaban resentidos por haber sido forzados a fabricar una maquinaria para matar hombres, por la alternativa de tener que masacrar a esas personas o tener que soportar sus salvajes gritos; por la inconmensurable imbecilidad de la guerra.
Mientras tanto, con algo de la precisión mecánica de un buen empleado que pone al día las cuentas, los fusileros movían las manecillas y apretaban los botones…
El capitán del Acorazado Terrestre Número Tres se apresuró hacia la cima cercana a la media batería que había capturado. Sus prisioneros alineados se mantenían firmes y esperaban que los ciclistas que estaban detrás fueran a buscarles. Inspeccionó la victoriosa mañana desde su torre de mando.
Leyó las señales del general.
—El Cinco y el Cuatro se quedarán entre los cañones de la izquierda y prevendrán cualquier intención de recuperarlos. El Siete, el Ocho y el Doce se quedarán con los que ya tienen; el Siete se pondrá en posición para dirigir las armas tomadas por el Tres. Después, ¿queda algo más por hacer? El Seis y el Uno acelerarán la velocidad a unos quince kilómetros por hora e irán por detrás del campo de batalla hasta llegar la altura del río…
—Les capturaremos a todos —interrumpió un chico— ¡Ah, ya estamos aquí!
—El Dos y el Tres, el Ocho y el Nueve, y el Trece y el Catorce, se distanciarán unos cien metros, esperarán la orden y después saldrán lentamente para cubrir el avance de la infantería de ciclistas en contra de cualquier ataque de las tropas montadas. Muy bien. Pero ¿dónde está el Diez?… ¡Hola!… El Diez que se encargue de las reparaciones y que se ponga en movimiento tan pronto como le sea posible… ¡Han dado al Diez!
La disciplina de la maquinaria de guerra nueva era más laboriosa que pedante, y el capitán sacó la cabeza de la torre para decir a sus hombres:
—Escuchen, muchachos: han dado al Diez. Creo que no ha sido nada serio, pero, de todos modos, ha quedado inmovilizado.
Sin embargo, todavía quedaban trece monstruos en acción para acabar con el ejército derrotado.

5
El corresponsal de guerra, escondido en su barranco miró hacia atrás y les vio a todos echados sobre la cima, hablando entre ellos y agitando banderas de celebración. Los costados de hierro tenían un brillo dorado a la luz del sol naciente.
Las aventuras personales del corresponsal de guerra acabaron con la rendición a eso de la una de la tarde y para entonces ya había robado un caballo, éste le derribó y escapó por los pelos de ser arrollado; vio que la bestia tenía una pata rota y le disparó con su revólver. Pasó algunas horas en compañía de una cuadrilla de desalentados fusileros, discutió con ellos sobre topografía y, finalmente, se marchó por su cuenta por un camino que tenía que llevarle hasta la orilla del río pero que no lo hizo. Además, se había comido todo el chocolate y no encontró nada para beber. También hacía mucho calor. Desde detrás de un muro de piedra, derruido pero atractivo, vio a lo lejos la caballería de defensores intentando cargar contra los ciclistas, flanqueados a ambos lados por los acorazados. Descubrió que los ciclistas pudieron retirarse hacia campo abierto delante de la caballería con un margen de velocidad suficiente que les permitía desmontar de forma rápida y efectuar tiros aún más terriblemente efectivos. Estaba convencido de que aquellos hombres de la caballería, habiendo cargado contra los otros con todo su corazón, se habían detenido justo más allá de su campo de visión y se habían rendido. Se vio obligado a entrar rápidamente en acción por culpa del movimiento hacia delante que había emprendido una de esas máquinas y que había amenazado con enfilarse por su muro. Descubrió que tenía una terrible ampolla en el talón.
Ahora se encontraba en un lugar cubierto de maleza y pedregoso, sentado y meditando sobre su pañuelo, que en las últimas veinticuatro horas se había vuelto de un color extremadamente ambiguo.
—Es la cosa más blanca que tengo —dijo.
Supo durante todo el rato, que el enemigo estaba en el este, en el oeste y en el sur, pero cuando oyó a los acorazados Uno y Seis desplazándose a su manera tranquila y mortífera a una distancia que no llegaba a un kilómetro por el norte, decidió rendirse incondicionalmente, sin correr mas riesgos. Ataría su bandera blanca una rama y se situaría en un lugar de modesta oscuridad de allí, hasta que alguien se acercara. Oyó voces, ruidos y el peculiar sonido de un grupo de caballos, muy cerca, se puso el pañuelo en el bolsillo y salió para ver qué pasaba allí delante.
El ruido de los disparos cesó y entonces se acercó más hacia donde oyó los ruidos de muchos soldados de la vieja escuela: simples, toscos, pero sinceros y nobles, gritando con mucho vigor.
Salió de su escondite hacia la gran llanura; a lo lejos, una línea de árboles marcaba la ribera del río.
En el centro del cuadro todavía quedaba un puente de carretera intacto y otro puente ferroviario un poco hacia la derecha. Dos acorazados terrestres descansaban, a derecha e izquierda de la imagen, con aire de cobertizos inofensivos, en una pose de anticipada calma, dominando totalmente tres kilómetros o más al nivel del río. A pocos metros del matorral emergió y se detuvo el resto de la caballería de los defensores , polvorienta, algo desorganizada y obviamente enojada , pero seguían formando un atractivo conjunto de hombres. A media distancia, tres o cuatro hombres y caballos recibían atención médica y, más cerca, un grupo de oficiales consideraba, con disgusto, las novedades sobre el mecanismo de la guerra. Cada uno era muy consciente de los otros doce acorazados terrestres y de la multitud de soldados de ciudad, en bicicleta o a pie, cargados ahora de prisioneros y de equipos de guerra capturados, pero también muy efectivos, que iban barriendo la retaguardia como una gran red.
—Jaque mate —dijo el corresponsal de guerra, caminando hacia campo abierto—. Pero me rindo en la mejor compañía. Hace veinticuatro horas pensaba que la guerra era imposible… y ¡estos miserables han capturado a todo el dichoso ejército! ¡Bien, bien! —Pensó en su conversación con el joven teniente—. Si las sorpresas de la ciencia no tienen fin, la gente civilizada vencerá, por supuesto. Mientras su ciencia dure, adelantarán a la gente del campo. Pero… —durante un instante se preguntó qué le habría pasado al joven teniente.
El corresponsal era una de esas personas inconscientes que siempre están del lado del perdedor. Cuando vio desarmados, desmontados y alineados a jinetes robustos y bronceados; cuando vio a sus caballos torpemente conducidos por unos ciclistas nada ecuestres a los que se habían rendido; cuando vio a aquellos paladines fracasados observando aquel escandaloso panorama, se olvidó, de golpe, que había llamado a esos hombres «patanes taimados» y que había deseado que hubiesen sido derrotados hacía menos de veinticuatro horas. Hacía un mes que había visto aquel regimiento marchando a la guerra con todo su orgullo y había sido advertido de su terrible destreza, de cómo podían cargar en orden abierto, cada hombre disparando desde su puesto, y de cómo barrían cualquier cosa que se les pusiera por delante, en el orden que fuera, a pie o a caballo. ¡Y habían tenido que luchar injustamente con unos cuantos jóvenes que estaban en aquellas máquinas!
—«La humanidad contra la máquina» —se le ocurrió como un titular adecuado. El periodismo reduce todo pensamiento a frases.
Se paseó tan cerca de los prisioneros alineados como los centinelas parecían dispuestos a permitirse, los examinó y comparó sus proporciones robustas con las de sus captores de constitución débil.
—Inteligentes degenerados —murmuró—. Londinenses anémicos.
Los oficiales rendidos se acercaron a él y pudo oír tono de tenor del coronel. El pobre caballero había pasado tres años trabajando duramente con el mejor material del mundo, perfeccionando los tiros disparados a caballo, y se preguntaba con preguntas blasfemas, normal por 1as circunstancias, qué se podía hacer en contra de aquella chatarra.
—Cañones —dijo alguien—. Cañones grandes que puedan girar en redondo. Los cañones grandes no pueden moverse igual que ellos y los pequeños, a campo abierto, son destruidos. Los he visto eliminarlos. Se les puede atacar por sorpresa, matar a las bestias, quizá.
—Debería hacer las cosas que ellos hacen.
—¿Qué? ¿Más chatarra? ¿Nosotros … ?
—Titularé mi artículo… —el corresponsal de guerra se quedó meditando—: «La humanidad contra la maquinaria» y citaré a ese chico al principio.
Era un periodista demasiado bueno como para echar a perder el contraste, destacando que media docena de delgados jóvenes vestidos con pijamas azules que estaban en pie alrededor de su victorioso acorazado terrestre, bebiendo café y comiendo galletas, también tenían en sus ojos y en su porte algo que no se había degradado por debajo del nivel humano.

Sobre el autor.
Herbert George Wells, más conocido como H. G. Wells (21 de septiembre de 1866 en Bromley, Kent — 13 de agosto de 1946 en Londres),1 fue un escritor, novelista, historiador y filósofo británico.