Los argonautas del aire

El aparato volador de Monson podía verse desde las ventanas del tren que pasaba por la línea principal del sudoeste o por la línea que corría entre Wimbledon y Worcester Park; para ser más exacto, podían verse las enormes estructuras que delimitaban el vuelo del aparato. Éstas se elevaban sobre las copas de los árboles, era un imponente callejón de hierro y vigas entrelazados y una enorme madeja de cuerdas y aparejos que se extendían a lo largo de casi dos millas. Desde al ramal de Leatherhead este callejón estaba escorzado y parcialmente escondido por una colina con villas; pero desde la línea principal se veía de perfil un complejo entrelazado de vigas y barras curvadas, muy impresionante para los excursionistas que llegaban desde Portsmouth, Southampton y el oeste. Monson había reanudado el trabajo donde Maxim lo dejara; al principio la prosiguió con un absoluto desprecio hacia las opiniones de la prensa y hacia la ignorancia que tanto habían irritado a su predecesor, y se decía que había gastado más de la mitad de su inmensa fortuna en sus experimentos. Los resultados, para una generación impaciente, parecían insignificantes. Aproximadamente unos cinco años después del crecimiento de aquella colosal arboleda de hierro en Worcester Park, Monson había fracasado también al producir un inmenso alboroto en Trafalgar Square; incluso los turistas de la isla de Wight se sentían autorizados para sonreír. Y las personas suficientemente inteligentes como para no considerar a Monson un loco afectado por la manía de inventar, le denunciaban (sin ninguna razón en particular) como un charlatán callejero.
Sin embargo, de vez en cuando un tren matinal, con su carga de personas provistas de billetes de abono, podía ver a un monstruo blanco precipitarse impetuosamente a través del armazón aéreo de guías y barras y oír las detenciones, el chasquido de los amortiguadores, el rechinar y el gemido junto con el impacto del golpe. Se producía entonces una aparición de rostros oscuros bordeados de blanco en los costados del tren y los periódicos de la mañana eran abandonados en beneficio de una vigorosa discusión sobre la posibilidad de volar (sobre lo que nunca se decía nada nuevo), hasta que el tren alcanzaba Waterloo y su cargamento de pasajeros provistos de abono se dispersaba por todo Londres. O bien los padres y las madres, en alguno de esos trenes multitudinarios cargados de fatigados excursionistas que volvían tras un día de descanso a orillas del mar, encontraban la oscura fábrica que destacaba en el cielo alardeado de utilidad para distraer la atención de niños irritables, sobresaltándose repentinamente por el tránsito veloz de una enorme figura negra aleteante, que se deslizaba sobre las guías. Era un hecho superior e imponente, mas allá de cualquier disputa, y excelente como motivo de conversación; de todos modos, como volaba suspendido de los cables, la mayoría de los que lo presenciaban raramente lo comentaban cómo un auténtico vuelo. Parecía mas un entretenimiento para el pueblo que un ingenio para elevarse.
Al principio, como decía, Monson no se molestó demasiado por las opiniones de la prensa Pero muy posiblemente se había hecho una idea equivocada sobre el tiempo que le costaría perfeccionar las tácticas de vuelo, ajustar de una forma rápida y segura la elevación veloz en el aire del ingenio, en el caso de encontrar una ráfaga o cualquier movimiento fortuito del viento. Tampoco había calculado con exactitud el dinero que le costaría ese prolongado esfuerzo de ir en contra de la gravedad Además, no era tan duro y paquidérmico como parecía. Periódicamente, y en secreto, Romeike le enviaba los recortes; periódicamente también su banquero se lo recordaba a su manera. Y si bien al principio no le importaba el ridículo inicial y el escepticismo, empezó a sentir un creciente abandono a medida que pasaban los meses y el dinero iba menguando. Había pasado cierto tiempo desde que Monson ignórasela aquel periodista emprendedor deseoso de información. Cuando el periodista dejó de molesta? Monson se sintió satisfecho en el fondo de su corazón. Día a día el trabajo continuaba, y la multitud de sutiles dificultades en la dirección iba disminuyendo en número. Día a día también el dinero iba desapareciendo hasta que el balance llegó a descender de cientos de miles a decenas de miles. Finalmente llegó un aniversario.
Monson, sentado en el pequeño estudio de dibujo, de repente se percató de la fecha en el calendario de Woodhouse.
—Hoy hace cinco años que empezamos —dijo a Woodhouse súbitamente.
—¿De verdad? —replicó Woodhouse.
—Las modificaciones nos están jugando una mala pasada —comentó Monson mordiendo un sujetapapeles. Los dibujos de los nuevos propulsores posteriores descansaban sobre la mesa ante él mientras hablaba. Arrojó el mutilado pasador metálico a la papelera y tamborileó con los dedos—. ¡Estas modificaciones! ¿Es que los matemáticos nunca serán lo suficientemente inteligentes como para ahorramos tanto remiendo y tanta experimentación? Cinco años… aprendiendo en la práctica cuando cabía suponer que se puede calcular todo de antemano. ¡Y lo que cuesta! Podía haber contratado a tres pendencieros de por vida. Pero sólo han desarrollado algunos preciosos teoremas sobre neumática sin ninguna utilidad. ¡Menudo tiempo ha pasado, Woodhouse!
—Estas molduras tardarán tres semanas en estar listas —dijo Woodhouse—. A precios especiales.
—¡Tres semanas! —se lamentó Monson sentándose y volviendo a tamborilear sobre la mesa.
—Sí, tres semanas —dijo Woodhouse, que resultaba excelente como ingeniero pero no tan bueno para dar consuelo. Recogió las hojas y se puso a sombrear una barra.
Monson cesó de teclear y empezó a morderse las uñas mientras miraba fijamente la cabeza de Woodhouse.
—¿Cuánto tiempo llevan llamando a esto la tontería de Monson? —preguntó de repente.
—¡Oh!, creo que un año o así —respondió Woodhouse sin ningún cuidado y sin levantar la vista.
Monson aspiró aire por entre los dientes y se acercó a la ventana. Las robustas columnas de hierro que soportaban los carriles elevados de la salida de la máquina se alzaban en las cercanías; la máquina quedaba oculta por el marco superior de la ventana. A través del bosquecillo de pilares de hierro pintados de rojo y adornados con hileras de tornillos se tenía una visión fugaz del hermoso escenario que se extendía hacia Esher. Un tren se deslizaba silenciosamente a lo lejos; su traqueteo quedaba ahogado por el martilleo de los trabajadores en lo alto. Monson se imaginó las expresiones sarcásticas de la gente desde las ventanas de los vagones. Juró ferozmente en voz baja y golpeó con fruición a un moscardón que, de repente, se había vuelto ruidoso en el cristal de la ventana.
—¿Qué pasa? —preguntó Woodhouse sorprendido mirando fijamente a su patrón.
—Estoy harto de todo esto.
Woodhouse se rascó la mejilla.
—¡Oh! —dijo tras una pausa de recapacitación. A continuación apartó el dibujo de sí.
—Esos estúpidos… Estoy intentando conquistar un nuevo elemento, intentando crear algo que revolucionaria la vida, y en vez de interesarse inteligentemente se ríen y hacen chistes estúpidos poniendo motes a mis utensilios y a mi mismo.
—¡Burros! —exclamó Woodhouse dejando caer de nuevo su mirada sobre el dibujo.
El epíteto, curiosamente suficiente, hizo retroceder a Monson.
—Estoy harto de todas formas, Woodhouse —dijo después de una pausa.
Woodhouse se encogió de hombros.
—Sólo se precisa paciencia, supongo —dijo Monson metiéndose las manos en los bolsillos—. Yo he empezado, he hecho la cama y he tenido que descansar en ella. Ahora no puedo retroceder. Lo llevaré a cabo y gastaré cada penique que tenga y cada penique que se me preste. Pero te digo. Woodhouse, que estoy infernalmente harto a pesar de todo. Si hubiera pagado una décima parte del dinero que llevo gastado a ciertos políticos, ya hace tiempo que habría llegado a ser barón.
Monson esperó. Woodhouse le miró de hito en hito con la expresión desinteresada que utilizaba siempre para indicar simpatía y golpeó su caja de lápices, que estaba sobre la mesa. Monson le miró fijamente durante unos segundos.
—¡Oh, tonto! —exclamó Monson de repente, y salió precipitadamente de la habitación.
Woodhouse continuó rígido quizá durante medio minuto mas. Entonces suspiró y reanudó el sombreado de sus dibujos. Algo había molestado de forma evidente a Monson. Buen muchacho, y generoso, pero era difícil llevarse bien con él. Sucedía lo mismo con todos los principiantes relacionados con la ingeniería… querían terminar todo de buenas a primeras. Pero Monson generalmente tenía la paciencia de los expertos. Sólo que era muy irritable. ¡Qué redonda y bonita le parecía la barra de aluminio ahora! Woodhouse echó la cabeza hacia atrás poniendo el dibujo primero a un lado y luego a otro para apreciar bien la pizca de brillo.
—Señor Woodhouse —dijo Hooper, el capataz de los trabajadores, asomando la cabeza por la puerta.
—¡Hola! —saludó Woodhouse sin volverse.
—¿Ha pasado algo, señor? —preguntó Hooper.
—¿Algo? —inquirió Woodhouse.
—El jefe acaba de subir a los raíles jurando como un tornado.
—¡Oh! —exclamó Woodhouse.
—Eso no es normal en él, señor.
—¿No?
—Y estaba pensando que quizá…
—No piense —contestó Woodhouse, admirando al tiempo sus dibujos.
Hooper conocía a Woodhouse y se fue cerrando la puerta con un fuerte estruendo. Woodhouse miró fijamente frente a sí, insensiblemente durante unos segundos, y después realizó un esfuerzo inútil intentando limpiar los dientes con el lápiz. De repente desistió, y arrojando a aquel viejo y fatigado servidor a través de la habitación, se levantó, se desperezo y salió tras Hooper.
Había perdido la calma; se evidenciaba en cualquier trabajador que se encontrara. Cuando un millonario que se ha estado gastando grandes sumas en experimentos que dan empleo casi a un pequeño regimiento de personas dice de repente que está harto de su empresa, aparece casi invariablemente cierta fricción mental en las filas del pequeño ejército por él empleado. E incluso antes de que muestre sus intenciones hay especulaciones y murmuraciones, rostros escrutados y un profundo estudio de las cosas más insignificantes. Centenares de personas supieron antes de que el día acabara que Monson estaba irritado, Woodhouse estaba irritado y Hooper estaba irritado. Incluso la esposa de un trabajador cualquiera (a quien Monson nunca habría visto) decidió conservar su dinero en la caja de ahorros en vez de comprarse un vestido aterciopelado.
Monson halló cierta satisfacción en irse con los trabajadores y mostrar su desacuerdo con la mayor cantidad de gente posible. Mas tarde incluso esto le molestó y se marchó cabalgando, para alivio de todos, a través de las sendas hacia el sureste, hacia los problemas infinitos de su mayordomo en Cheam.
La causa inmediata de todo ello, el pequeño grano de incomodidad que había precipitado de pronto todo ese descontento por el trabajo de su vida, fueron —¡ésas son las cosas triviales que dirigen todas nuestras grandes decisiones!— media docena de observaciones desconsideradas, formuladas por una bonita chica elegantemente vestida, con una preciosa voz y algo más que belleza en sus ojos grises. Y de esa media docena de observaciones, cuatro palabras especialmente: «la tontería de Monson».
Ella sentía que había sido encantadora con Monson: al día siguiente pensó cuan excepcionalmente efectiva había sido y nadie estaría mas asombrada que ella del efecto que había ejercido en la mente de Monson. Supongo, considerándolo todo, que ella nunca llegó a enterarse.
—¿Cómo le va con su máquina voladora? —preguntó ella. («Me pregunto si alguna vez he conocido a alguien con el buen sentido suficiente como para no preguntarlo», pensó Monson). —Será muy peligrosa al principio, ¿verdad? —(«Ella piensa que tengo miedo.») —Jorgon va a cantar dentro de poco. ¿Le ha oído alguna vez? —(«Al hacer caso de mis manías, volvemos a la conversación racional») Despliegue de entusiasmo acerca de Jorgon; declive gradual de la conversación, acabando con: —Hágamelo saber cuando su aparato volador esté terminado, señor Monson, y entonces consideraré la posibilidad de comprar un billete. —(«Cualquiera pensaría que todavía estoy jugando a inventos en el parvulario.») Pero lo mas amargo que ella dijo no llegó a los oídos de Monson. Para Phlox, el novelista, ella era siempre conscientemente brillante. —He estado hablando con el señor Monson; ese hombre no puede pensar más que en su máquina voladora ¿Sabe que todos sus trabajadores llaman a ese sitio el lugar de la «tontería de Monson»? Es bastante estrafalario. Es muy, muy triste. Yo siempre le observo como si fuera un tesoro hundido; el millonario perdido, ya sabe.
Ella era guapa y bien educada; en realidad había escrito una novela corta epigramática; pero la amargura era algo típico en ella Resumía lo que pensaba el mundo del hombre que trabajaba de una forma sana, firme y segura hacia una tremenda revolución de los medios de la civilización, una modificación del progreso de la humanidad como nunca se había realizado desde el principio de la historia El mundo no se tomaba en serio a ese hombre.
En poco tiempo, él sería proverbial. «Debo volar ahora», se dijo de camino hacia su casa experimentando un sentimiento de fracaso social absoluto. «¡Debo volar pronto! ¡Si no lo hago pronto, por Dios, me arruinaré!»
Dijo esto antes de haber examinado su libreta de ahorros y sus papeles desordenados. Parece que fueron la voz y la expresión de los ojos de la chica lo que precipitó su descontento. Pero, evidentemente, el hallazgo de que ya no tenía mas de cien mil libras en propiedades y valores que le respaldaran fue el veneno que le hirió de muerte.
A partir del día siguiente a su explosión con Woodhouse y con sus trabajadores, y como consecuencia de ella su porte fue firme y ceñudo durante tres semanas y reinó la ansiedad en Cheam y Ewell, Maldon, Morden y Worcester Park, lugares que habían prosperado muchísimo gracias a sus experimentos.
Cuatro semanas después de aquella primera maldición se encontraba con Woodhouse junto a la máquina reconstruida, al lado de la línea elevada de carriles por medio de los cuales obtenía su ímpetu inicial. El nuevo propulsor brillaba con un blanco más luminoso que el del resto de la máquina, y un trabajador obediente a los caprichos de Monson pintaba con oro las barras de aluminio. Mirando la larga avenida por entre las cuerdas (doradas entonces por el ocaso) se veían señales de color rojo, y a dos millas de distancia un hormiguero de trabajadores atareados que cambiaban los últimos tramos del recorrido para darle mayor pendiente.
—Lo conseguiré —dijo Woodhouse—. Lo conseguiré como sea, pero le digo que esto es infernalmente temerario. Solo con que usted me diera un año más…
—Se lo digo ahora no se lo daré. Le digo que el ingenio funciona Le he dedicado suficientes años…
—No es eso —dijo Woodhouse—. Estamos de acuerdo en cuanto al aparato, pero la dirección…
—¿No he estado yo trabajando día y noche arriba y abajo, con esa caja de ardillas? Si el ingenio se puede dirigir bien aquí, se dirigirá del mismo modo a través de Inglaterra Eso es sólo cobardía te lo digo yo, Woodhouse. Podríamos haberlo conseguido hace un año. Y además…
—¿Y bien? —preguntó Woodhouse.
—¡El dinero! —le espetó Monson por encima del hombro.
—¡Un momento! Yo nunca he pensado en el dinero —contestó Woodhouse; y entonces, hablando con un tono muy diferente al que acababa de utilizar, repitió—: Lo conseguiré. Confíe en mí.
Monson se giró apresuradamente y vio todo lo que Woodhouse no había tenido la destreza de decir brillando en su cara Le miró por un momento y entonces, impulsivamente, extendió su mano.
—Gracias —dijo.
—De acuerdo —dijo Woodhouse estrechándole la mano, con una curiosa suavización de sus rasgos—. Confíe en mi.
Los dos hombres se volvieron para ver el enorme aparato que descansaba con las alas planas extendidas sobre su soporte; lo miraron pensativos. Monson, guiado quizá por un estudio fotográfico sobre el vuelo de los pájaros y por los métodos de Lilienthal, había ido variando gradualmente desde las formas de Maxim nuevamente hacia las formas de pájaro. El ingenio, sin embargo, era impulsado por un colosal propulsor colocado detrás, en la parte de la cola; así, la suspensión, que necesitaba un ajuste casi vertical de la cola plana, se había vuelto imposible. El cuerpo de la máquina era pequeño, casi cilíndrico y puntiagudo. Hacia la popa, en los extremos agudos, había dos pequeños motores de petróleo para el propulsor, mientras que los pilotos se sentarían en el fondo de un hueco como el de una canoa; el motor principal y conductor de la nave estaba protegido del ímpetu cegador del aire por una pantalla baja con dos ventanas de cristal. A cada lado había un monstruoso armazón plano con el borde frontal curvado que podía ajustarse para estar horizontal o moverse hacia arriba o hacia abajo. Estas alas trabajaban juntas con toda precisión; o, liberando una clavija, podía moverse una en cierto ángulo independientemente de su compañera. El extremo frontal de cada ala podía ser también modificado hasta disminuir su área en su sexta parte. La máquina no solo estaba diseñada para flotar en el aire, sino que incluso lo conseguía sin vibraciones. La idea de Monson era entrar en contacto con el aire gracias al ímpetu inicial del aparato, y entonces planear manteniendo el impulso con el propulsor del extremo de la nave. Los grajos y las gaviotas vuelan enormes distancias de esa forma con un escaso movimiento de las alas El pájaro realmente conduce a b largo de una vía aérea Planea inclinándose hacia abajo durante unos segundos hasta que obtiene una cantidad de movimiento considerable, siendo entonces cuando altera la inclinación de sus alas y planea de nuevo hacia arriba hasta recuperar su altura original. Cualquier londinense que haya visto los pájaros en la pajarera del Regent’s Park sabe esto.
Pero los pájaros practican este arte desde el momento en que dejan sus nidos. Ellos no sólo tienen el aparato perfecto, sino también el instinto para su uso. El hombre, caminando sobre sus pies tiene escasa habilidad para equilibrarse. Incluso el simple deporte del ciclismo cuesta algunas horas de trabajo hasta llegar a dominarlo. Los ajustes instantáneos de las alas, la rápida respuesta a una brisa momentánea, la veloz recuperación del equilibrio, los movimientos vertiginosos y en remolino, que requieren una precisión absoluta, todo esto deben aprender, aprender con un trabajo infinito e infinito peligro para conquistar al arte de volar. La máquina voladora que se pondrá en marcha algún día afortunado, impulsada por pequeños pero compactos elevadores, con un bonito puente descubierto como un gran barco y cargado de granadas y armas, es el sueño fácil de un hombre literario. En vidas y en dinero, el coste de la conquista del imperio del aire puede exceder incluso a todo lo que el ser humano ha dedicado a la conquista de los mares. Indudablemente, será más costoso que la mayor guerra que nunca haya devastado el mundo.
Nadie conocía mejor estas cosas que aquellos dos hombres prácticos. Y sabían que se hallaban en la vanguardia del ejército que avanzaba. Aun así, hay esperanza incluso en una empresa desesperada Unas veces los hombres son asesinados salvajemente en las reservas, mientras que otras, otros hombres que han sido condenados a muerte logran escaparse y sobrevivir.
—Si echamos de menos estas praderas… —dijo Woodhouse al poco rato, a su manera característicamente lenta.
—Mi querido muchacho —dijo Monson, cuyo espíritu había estado sublevándose intermitentemente durante los últimos días—, no debemos echar de menos estas praderas. Tenemos la cuarta parte de una milla cuadrada para batir, sacar las vallas, nivelar las zanjas… Bajaremos, puedes estar seguro. Y si no lo hacemos…
—¡Ah! —exclamó Woodhouse—. ¡Si no lo hacemos!
Antes del día de la puesta en marcha, el periódico del pueblo aireó las modificaciones realizadas en el extremo norte del armazón, y Monson fue alentado por un decidido cambio en los comentarios que Romeike le dirigía. «Acabarán algún día», decían los periódicos. «Acabarán algún día», se decían entre sí los usuarios de billete-abono del suroeste; los excursionistas playeros, los viajeros de fin de semana de Sussex y Hampshire, de Dorset y Devon, la gente eminentemente literaria de Hazle mere, todos comentaban impacientemente entre sí, «Acabará algún día», a medida que iba apareciendo el ya familiar armazón. Y, de hecho, una mañana luminosa, a la vista del tren de las diez y diez de Basingstoke, el aparato volador de Monson empezó su viaje.
Vieron el soporte corriendo velozmente a lo largo de su carril, y el propulsor blanco y dorado dando vueltas en el aire. Oyeron el rápido retumbar de las ruedas y el golpe sordo cuando el soporte alcanzó los amortiguadores al final de su recorrido. Y a continuación un rechinar a medida que la máquina voladora era proyectada fuera de la red. Todo lo que la mayoría había visto y oído antes. El aparato volador atravesó con un vuelo descendente el armazón y volvió a elevarse, y entonces, cada espectador gritaba o vociferaba o daba alaridos o chillaba a su manera Pero en lugar de la habitual sacudida y detención, la máquina voladora voló lejos de la que había sido su jaula durante cinco años como una flecha desde su ballesta y, moviéndose en forma oblicua y ascendente en el aire, viró un poco como para cruzar la línea y se remontó en dirección a Wimbledon Common.
Parecía suspenderse momentáneamente en el aire y hacerse pequeña, y luego se zambulló y desapareció sobre las apiñadas y azuladas copas de los árboles hacia el este de Coombe Hall, y nadie cesó de mirar fijamente y de admirarse hasta mucho después de que hubo desaparecido.
Eso fue lo que vio la gente desde el tren de Basingstoke. Si hubieran dibujado una línea en medio de aquel tren, desde la locomotora hasta el furgón de equipajes, no habrían encontrado a nadie en el lado opuesto al del aparato volador. Fue un loco ímpetu de ventana a ventana a medida que el ingenio cruzó la línea. El maquinista del tren y el fogonero en ningún momento apartaron los ojos de las bajas colinas cercanas a Wimbledon, y en ningún momento se percataron de que habían corrido sin parar a través de Coombe, Malden y Raynes Park, hasta que, con recobrada animación, se encontraron entrando a una marcha desacostumbrada en la estación de Wimbledon.
Desde el momento en que Monson había puesto en marcha el soporte con un «¡Ahora!», ni él ni Woodhouse hablan articulado palabra. Ambos permanecían sentados con los dientes apretados. Monson cruzó la línea con una curva demasiado aguda y Woodhouse abrió y cerró sus labios blancos, pero tampoco habló. Woodhouse simplemente se agarró a su asiento y respiró profundamente por entre los dientes mientras miraba el campo azul hacia el oeste, y abajo lejos de él.
Monson se arrodilló en su asiento delantero y sus manos temblaron sobre la palanca del timón que movía las alas. No podía ver ante sí mas que una masa de nubes blancas en el cielo.
El aparato fue inclinándose hacia arriba, viajando a enorme velocidad todavía, pero perdiendo movimiento por momentos. La tierra huía por debajo con la disminución de la velocidad.
—¡Ahora! —dijo Woodhouse al fin, y con un violento esfuerzo Monson torció el timón alterando el ángulo de las alas. El aparato pareció quedarse suspendido durante medio minuto, inmóvil en medio del aire, y entonces vio el azul brumoso, los tejados de las casas de las colinas de Kilburn y Hampstead sallar ante sus ojos y ascender firmemente hasta que el soleado edificio majestuoso del Albert Hall apareció por sus ventanas. Por unos instantes, apenas entendió el significado de su impetuoso avance por encima del horizonte, pero a medida que las casas iban acercándose cada vez más, se dio cuenta de lo que había logrado. Había invertido demasiado las alas y estaban descendiendo excesivamente hacia el Tamesis.
El pensamiento, la pregunta y la realización fueron cuestión de un segundo.
—¡Demasiado! —dijo con voz entrecortada Woodhouse. Monson dio media vuelta a la rueda del timón hacia atrás con una sacudida e inmediatamente los cerros de Kilburn y Hampstead cayeron de nuevo al extremo inferior de sus ventanas. Habían estado a mil pies sobre Coombe y la estación de Malden; cincuenta segundos después volvían a ir a gran velocidad por el aire, a una velocidad vertiginosa, a no mas de ochenta pies sobre la estación de East Putney, en la línea District del metropolitano, sobre la gente atónita que gritaba en el andén. Monson movió la parte anterior contra el aire y sobre Fulham remontaron de nuevo su camino atmosférico excesivamente, demasiado. Los autores avanzaban torpemente a través de Fulham Road mientras la gente daba alaridos.
Y luego de nueves hacia abajo, demasiado inclinados todavía; los árboles y las casas de la zona de Primrose Hill saltaban a través de la ventana de Monson; y entonces, de repente vio ante sí el verdor de los jardines de Kensington y las torres del Instituto Imperial. Se dirigían hacia South Kensington. Los pináculos del Museo de Historia Natural aparecieron de repente a la vista. A continuación un segundo fatal de pensamiento veloz, un momento de vacilación. ¿Debía intentarlo y salvar las torres o desviarse hacia el este?
Hizo un intento dudoso de liberar el ala derecha, dejó la palanca casi libre y dio un frenético apretón a la rueda.
El morro del aparato pareció brincar frente a él. La rueda aprisionó su mano con una fuerza irresistible y empezó a dar sacudidas fuera de control.
Woodhouse, agazapado junto a él, emitió un áspero lamento y se abalanzó sobre Monson.
—¡Demasiado lejos! —gritó aferrándose a la borda para salvarse, Monson se había movido a sacudidas por encima y ahora caía sobre él.
Tan repentino fue todo que apenas una cuarta parte de la gente que iba y venía por Hyde Park, Brompton Road y Exhibition Road vió algo de la catástrofe aérea. Una forma distante y alada había aparecido sobre un grupo de casas del sur, había caído y había vuelto a elevarse; se había precipitado repentinamente hacia el Imperial Institute y una amplia extensión de las alas había barrido la cuarta parte de un círculo; luego se movió súbitamente hacia el este y entonces, de repente, se precipitó verticalmente en el aire. Un objeto negro se desprendió de él, y cayó. ¡Un hombre! ¡Dos hombres agarrados! Cayeron en remolino y se separaron al chocar contra el techo del club de estudiantes, yendo a parar sobre los arbustos de la parte sur.
Quizá durante medio minuto, el tronco puntiagudo del gran aparato siguió todavía una trayectoria ascendente, el propulsor giraba desesperadamente. Durante un breve instante, que pareció una eternidad a todos los que estaban observando, se quedó inmóvil en el aire. Entonces saltó una llamarada del motor de popa. Y veloz, más veloz, velocísimo, fulgurante como un cohete, se desplomó sobre la sólida masa de albañilería que fue anteriormente el Royal College of Science. El gran propulsor, blanco y dorado, tocó el parapeto y se aplastó como si fuera de blanco lino. Entonces el cuerpo llameante en forma de huso se estrelló y se hizo astillas en su caída sobre al ángulo noroeste del edificio.
Pero el estruendo, la llamarada de parafina que salió disparada hacia el cielo de los motores destrozados del aparato, los horrores de los aplastados que se encontraron en el jardín, junto al club de estudiantes, las masas de parapeto amarillo y de ladrillos rojos que cayeron impetuosamente en la carretera, las carreras de la gente como hormigas en un hormiguero destrozado, los motores, la acumulación de muchedumbres… Todas esas cosas no pertenecen a esta historia, que sólo ha sido escrita para relatar cómo se realizó el primer vuelo con éxito de la máquina voladora. Aunque fracasó, y fracasó desastrosamente, el récord de Monson se mantiene —un monumento suficiente— (para guiar al próximo de ese grupo de galantes experimentadores que tarde o temprano dominaran el gran problema que constituye volar. Y entre Worcester Park y Malden todavía existe aquella portentosa avenida de hierro, hoy día oxidada y peligrosa, testigo del primer esfuerzo desesperado del hombre en su derecho de viajar por el aire.

Sobre el autor.
Herbert George Wells, más conocido como H. G. Wells (21 de septiembre de 1866 en Bromley, Kent — 13 de agosto de 1946 en Londres),1 fue un escritor, novelista, historiador y filósofo británico.