Los zapatos de hierro

Pues señor, érase una vez un joven cordobés, llamado Luis, que se
encontró una noche en una posada con un caballero desconocido que se
hacía llamar el Marqués del Sol.
Pusiéronse a jugar a cartas y el forastero ganó sin cesar, mientras que
Luis, ansioso de tomar el desquite, perdía onza a onza toda su fortuna.
Empezó perdiendo el dinero, luego se jugó el caballo y lo perdió; a
continuación su espada y la perdió.
Finalmente, desesperado, dijo:
– ¡Ya no me queda más que mi alma! ¡Me la juego!
Y la perdió también.
Levantóse el forastero para marcharse y el joven, recobrando el buen
sentido y dándose cuenta de su locura, exclamó:
– Caballero, me ha ganado usted mi espada, mi caballo y mi fortuna… Son
suyas las tres cosas; consérvelas y que le duren mucho, pero devuélvame
mi alma.
– Se la devolveré, – replicó el otro cuando
haya gastado usted este par de
zapatos.
Y el Marqués del Sol, entregando a Luis un par de zapatos de hierro, se
marchó, llevándose su alma.
A partir de aquel día, Luis se sentía extraordinariamente desgraciado. Ni
experimentaba alegría, ni tristeza; todo le era indiferente. Por fin, se calzó
los zapatos de hierro y se dispuso a recobrar su alma. Un amigo le prestó
algún dinero y nuestro joven jugador emprendió la marcha.
Desgraciadamente no sabía qué rumbo seguir, pues no sabía del Marqués
del Sol más que este título, que podía ser falso.
Anduvo días, semanas, meses, años, sin encontrar a nadie que pudiera
decirle dónde vivía el misterioso Marqués del Sol. Recorrió toda España,
desde Córdoba a Barcelona y desde Murcia a Santiago.
Y los zapatos de hierro se iban desgastando poco a poco.
Una noche que llegó a un pueblo desconocido vio, muchas personas que
gritaban y gesticulaban ante una pequeña posada. Preguntó el motivo de
aquel alboroto y el posadero le respondió:
– Se trata, señor, de que un viajero que me debía más de ocho días de
estancia ha muerto de repente. Como había contraído algunas deudas en
el pueblo, sus acreedores están disputando como locos, pues su equipaje
no vale ni tres reales. ¿Qué haré yo ahora con el cadáver? No soy lo
bastante rico para pagar el ataúd y el entierro de un forastero, que ojalá
hubiese ido a terminar sus días en otra parte.
Luis entregó su bolsa al posadero y le dijo:
– Pague usted con eso las deudas de este desgraciado y con lo que quede,
que le hagan un buen entierro, a fin de que su alma pueda descansar en
paz.
– Que Dios se lo pague, señor – respondió el posadero. – Puede usted estar
seguro de que todo se hará como usted ha dispuesto.
Luis no comió aquel día, porque había dado al posadero hasta el último
céntimo que poseía. Continuó su camino y no tardó en darse cuenta de
que uno de los zapatos de hierro acababa de romperse.
Llegada la noche, un caballero, jinete en un soberbio caballo negro, y
envuelto en luenga capa, apareció de repente ante el viajero.
– Luis – dijo el desconocido, – soy el alma del forastero cuyas deudas y
sepelio has pagado hoy. Has liberado mi alma y quiero pagarte el favor que
me has hecho. Continúa andando hasta que encuentres un río; entonces,
escóndete entre los sauces que crecen a sus orillas y aguarda. Aparecerán
tres pájaros blancos que dejarán caer sus mantos de plumas y se
convertirán en tres preciosas doncellas. Apodérate entonces del manto de
una de ellas y no se lo devuelvas hasta que te diga lo que deseas saber.
Desapareció el caballero en la noche.
Luis no había querido dirigir la palabra a aquella alma en pena, pero se
dispuso a seguir su consejo y anduvo tanto y tan a prisa, que llegó antes
del alba a orillas del río anunciado.
En aquel instante se le rompió el segundo zapato, pero el joven, agotado de
fatiga, ni siquiera pensó en alegrarse, sino que se escondió, entre los
sauces y se quedó dormido.
Cuando despertó, el sol naciente empurpuraba el río y en el cielo rosado
tres enormes pájaros blancos volaban pausadamente. Aproximáronse poco
a poco al río donde nuestro héroe se hallaba escondido y vinieron a
posarse tan cerca de él que sintió el viento de sus alas.
Casi al mismo tiempo las tres aves dejaron caer sus plumas y se
convirtieron en tres doncellas de peregrina hermosura, que se lanzaron al
agua entre gritos y risas, y se alejaron nadando.
El joven salió entonces de su escondrijo y se apoderó de una de las capas
de plumas.
En aquel momento, las tres nadadoras lo vieron y vinieron
apresuradamente hacia la orilla; pero Luis ya se había escondido de
nuevo. Dos de las muchachas se convirtieron precipitadamente en aves y
salieron volando más que deprisa, pero la tercera, sentada en la arena,
lloraba amargamente.
Salió Luis, por segunda vez de su escondrijo y ella, al ver que él tenía en
las manos su manto de plumas, suplicó llorosa:
– Señor, devuélvame eso. Sin el manto no podría volver al castillo de mi
padre.
– Te lo devolveré, bella ninfa, si me dices dónde se halla el Marqués del Sol.
– Que Dios no permita que lo encuentre usted jamás en su camino,
caballero. En cuanto a mí, me está prohibido revelar su morada.
– Entonces no te devolveré el manto.
– Señor, el Marqués del Sol es mi padre y nos ha hecho jurar a todas que
jamás le traicionaremos.
Luis reflexionó un instante y dijo:
– Está bien. Permíteme entonces que te siga y te devolveré tus plumas. De
este modo, tú no habrás faltado a tu juramento, ya que sólo prometiste no
revelar su domicilio… Así, toda la responsabilidad será mía.
Consintió la muchacha y cuando Luis le devolvió las plumas, se trocó de
nuevo en ave y empezó a volar lentamente, de modo que el joven pudo
seguirla con facilidad.
Tardaron todo un día en llegar a un castillo cuyos formidables muros se
elevaban al pie de una montaña enorme. En aquel momento desapareció
de repente la blanca ave y Luis se encontró solo ante la entrada de la
fortaleza.
Entró y, cuando, en medio de un patio de colosales dimensiones, titubeaba
sobre el camino a seguir, vio venir hacia él a su compañero de juego de
otro tiempo.
– ¿Cómo ha podido llegar hasta aquí? – preguntóle el Marqués del Sol.
– He venido andando; los zapatos de hierro ya los he gastado y vengo a
pedirle que me devuelva mi alma.
– Se la daré mañana – respondió el hechicero, pues habéis de saber que el
Marqués de mi cuento no era otra cosa. – Esta noche repose usted, que
estará bastante fatigado del viaje.
Al día siguiente, Luis recordó a su anfitrión la promesa que le había hecho.
– No puedo devolverle su alma hasta tanto que no haya aplanado esta
montaña que me oculta la luz del día.
Luis salió del castillo. La montaña era tan alta que mil hombres, en mil
años, habrían estado trabajando noche y día sin conseguir nivelarla con el
suelo.
El joven, descorazonado, se dejó caer bajo las ramas de una encina y
ocultó el rostro entre las manos para llorar.
Una hormiguita trepó por su cuerpo y le dio un picotazo en un puño.
Ya se disponía Luis a aplastarla, cuando ella le dijo:
– No me mates. Soy la que te ha conducido hasta aquí. Me llamo
Blancaflor. No te muevas. No digas nada; te ayudaré. Duerme, que yo te
prometo que, cuando despiertes, lo que ahora crees un imposible se habrá
realizado.
Durmióse Luis. Cuando despertó ya no había ni montaña ni trazas de ella;
el suelo estaba tan liso como la palma de la mano.
Entonces fue corriendo al castillo y dijo al hechicero:
– Ya he gastado los zapatos de hierro he aplanado la montaña. ¿Me
devolverá ahora mi alma?
– Hoy, no; váyase a descansar. Mañana le daré trabajo.
Al día siguiente el hechicero le entregó un cesto enorme lleno de semillas
de árboles.
– Siembre esto y tráiganos para desayunar los frutos que haya dado.
Luis tomó el cesto y se dirigió al lugar que ocupaba antes la montaña.
– Jamás podré hacer crecer árboles y madurar sus frutos en tres horas pensaba
con desaliento.
Pero un pajarito, posado en un zarzal, empezó a cantar:
– Soy Blancaflor; te ayudo y te vigilo.
Dame ese cesto y duerme tranquilo.
Cuando se despertó, el cesto, vacío, estaba a su lado; y en los árboles
recién brotados maduraban sabrosísimos frutos.
Luis cogió dátiles y melocotones, manzanas, granadas, uvas e higos, hasta
llenar el cesto, que llevó al Marqués del sol.
– ¿Me devolverá ahora mi alma? – le dijo.
– Se la devolveré si me trae mi anillo de oro, que está en el fondo del río.
Fuése el pobre joven a sentarse a orillas de la corriente y exclamó:
– ¿Cómo podré encontrar un anillo de oro en el fondo de estas aguas
amarillentas?
En aquel momento apareció, en la superficie del líquido elemento la
cabecita de un pececillo plateado, que dijo:
– Soy Blancaflor, Luis. Cógeme, córtame en tantos trozos como puedas v
guárdalos con cuidado, pero echa mi sangre en el río. Entonces verás al
anillo flotando sobre la espuma y te será fácil cogerlo. Luego colocarás
cada uno de mis trozos en su lugar, cuidando de no olvidar ninguno.
Sacó el joven su cuchillo de monte, cogió al pececillo y lo hizo cuarenta y
tres pedazos. A continuación echó su sangre al agua, que se agitó, se
hinchó y arrojó el anillo sobre la orilla.
Luis recogió el anillo y se apresuró a recomponer el pececillo, uniendo los
cuarenta y tres trozos, pero temía tanto equivocarse que, en su ansiedad,
dejó caer uno de los pedacitos.
– Eres poco mañoso – dijo el pez, volviendo a la vida. – Por tu culpa, tu
amiguita Blancaflor tendrá en lo sucesivo el meñique de la mano izquierda
más corto que el de la derecha.
Desapareció el pez en el río, mientras que Luis llevaba la sortija al
Marqués del Sol.
– He gastado los zapatos de hierro – le dijo – he aplanado la montaña, he
hecho madurar los frutos de árboles que habían sido plantados tres horas
antes y he encontrado su anillo de oro. ¿Me devolverá ahora mi alma?
– Te la devolveré enseguida – respondió el hechicero – y te regalaré también
uno de mis mejores caballos. Lo encontrarás en la cuadra, ensillado y
embridado, listo para conducirte a Córdoba en cuanto lo desees.
Luis, cuando se quedó solo, vio acercarse un pequeño ratoncito gris.
– Soy Blancaflor – dijo. – Ten cuidado. Mi padre quiere matarte, pues el
caballo que has de montar no es otro que él mismo e intentara tirarte a
tierra y patearte. Cálzate las espuelas, ármate de un látigo que
encontrarás colgado en la pared de la cuadra y no dudes en utilizar ambas
cosas hasta que el caballo, domado, te pida misericordia.
Obedeció Luis. Cuando llegó a la cuadra vio un espléndido caballo negro
inmóvil junto a un pesebre. Lo asió por la crin y saltó a la silla, después de
haberse colocado las espuelas y apoderado del látigo que colgaba de la
pared.
Salieron al patio. El bruto empezó a dar corcovas y saltos de carnero,
bajando la cabeza y levantando a un tiempo las patas posteriores, con
ánimo de derribar al jinete.
Pero nuestro héroe no se dejó desmontar y golpeó al animal con todas sus
fuerzas, a tiempo que clavaba ferozmente las espuelas en sus ijares, por
donde no tardó en correr la sangre.
– ¡Detente, detente! – relinchó el caballo. – ¡Soy el Marqués del Sol!
– ¡Dame mi alma, traidor, o te mato a latigazos!
– La tendrás, pero déjame.
Apeóse Luis del caballo y el Marqués, adoptando la forma humana le
condujo a una cámara sin ventanas, donde brillaban, como otras tantas
llamitas, encerradas en sendos frascos de vidrio transparente, las almas de
sus víctimas. Devolvió a Luis la suya y en el mismo instante el joven
experimentó tanta alegría que deseó vivamente compartirla con alguien.
Bajó al jardín y encontró el cielo más azul, las flores más olorosas y
abigarradas; anheló volver a ver a Blancaflor exactamente igual que se le
había aparecido a orillas del río y quiso darle las gracias por haberle
salvado de los lazos que le había tendido el hechicero.
En la impaciencia que sentía por encontrarse en presencia de la muchacha
Luis comprendió que al recuperar su alma se había enamorado de
Blancaflor.
Inclinóse para coger una rosa.
– ¿A cuál de las tres hermanas elegirías para esposa? – preguntóle la flor.
– ¿A quién había de elegir, linda flor? Pues a la que me ha conducido hasta
aquí y me ha estado ayudando desde el primer día.
– Escúchame, entonces… Para que mis hermanas no tengan celos de mí y
mi padre no sospeche nada de lo ocurrido, solicita hacer tu elección sin
vernos.
– ¿Y cómo he de reconocer a la que adoro con toda mi alma?
– Recuerda que Blancaflor, por tu culpa, perdió la punta del meñique
izquierdo.
Luis se presentó al Marqués del Sol y le dijo:
– Me marcho, pero quiero solicitar de usted un favor.
– ¿Cuál?
– Que me conceda la mano de una de sus hijas
– ¿De cuál de ellas?
– No importa. No conozco a ninguna. Sin embargo, para no ofender a las
otras, quiero dejar todo a la suerte. Que se alineen sus hijas detrás de una
cortina. Cada una de ellas hará un agujerito en la tela y pasará a través de
la abertura el dedo meñique; así escogeré la que ha de ser mi esposa, sin
haberle visto el rostro.
Accedió a ello el hechicero. Las tres jóvenes, a las que se oía charlar y reír
detrás de la cortina, hicieron, tres agujeritos en la tela y asomaron los
dedos meñiques.
Luis reconoció sin trabajo el dedo de Blancaflor, menguado por su culpa, y
pudo elegir a la que amaba con todo su corazón.
Las otras hijas del hechicero, celosas de su hermana menor, fueron a
contar a su padre que un día Blancaflor había perdido su manto de
plumas y había prestado ayuda a Luis en contra suya.
Blancaflor las oyó y resolvió emprender la fuga.
– Huyamos – dijo a su prometido. – Mi padre querrá castigarme y vengarse
de ti. Corre a la cuadra, toma un caballo, blanco muy viejo que verás atado
a un pesebre y vente deprisa a reunirte conmigo a la puerta exterior del
castillo.
Luis corrió a la cuadra y vio un caballo blanco, tan viejo y flaco, que
inspiraba compasión, por lo que, como había allí otros caballos, eligió el
que le pareció más fuerte y vigoroso y abandonó a toda prisa el castillo
maldito.
Su novia le esperaba. Había preparado dos saquitos que colgó, de la silla
del noble bruto; en uno había oro, en el otro iba encerrado su manto de
plumas blancas.
– ¡Desgraciado! – exclamó al ver el caballo.
– ¿Qué ocurre? – inquirió él sobresaltado.
– Que no has hecho caso de mi consejo y estamos perdidos. El caballo
blanco es un animal embrujado que corre más a prisa que la luz.
Partamos, sin embargo; disponemos todavía de algunas horas, pues he
dejado en mi habitación una camisa que responderá por mí, si a mi padre
se le ocurre ir a buscarme.
Emprendieron el galope.
Blancaflor dijo en el camino a Luis que era preciso que llegaran cuanto
antes al lejano río, donde terminaba el poder mágico de su padre. Allí los
fugitivos estarían a salvo de todo peligro.
El marqués del Sol había oído el galope del caballo negro y creyó, que Luis
huía solo. Para asegurarse de que Blancaflor estaba todavía en el castillo
subió a la habitación de su hija.
– ¿Estás ahí, Blancaflor? – preguntó, aplicando el oído a la cerradura de la
puerta.
– ¡Aquí estoy, papá! – respondió la camisa encantada.
El hechicero se tranquilizó, pero a poco llegaron también sus hermanas.
– ¿Estás ahí, Blancaflor? – preguntaron.
– Sí, aquí estoy – respondió la camisa.
– ¡Abre la puerta!
Nadie respondió. Las muchachas fueron a buscar un manojo de llaves y
consiguieron abrir la puerta.
Blancaflor no estaba en su alcoba; pero vieron extendida en el lecho la
camisa encantada.
– ¡Blancaflor! ¡Blancaflor! – gritaron.
– ¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy! – contestó la mágica prenda.
Furiosas al ver que habían sido engañadas, las hijas del hechicero fueron
corriendo a decir a su padre que Blancaflor se había fugado con el joven.
– ¡Que me ensillen inmediatamente el caballo blanco – rugió el hechicero. –
¡No tardaré en alcanzar a esos miserables!
Por los campos incultos y los bosques de olivos, Luis y Blancaflor, jinetes
en su caballo, devoraban los kilómetros uno tras otro. La muchacha,
inquieta, volvía frecuentemente la cabeza.
No tardó en percibir a lo lejos una nube de polvo.
– ¡Por allí viene mi padre! ¡A prisa, Luis! ¡A prisa!
Pero el caballo no podía acelerar la velocidad, mientras que el caballo
blanco del hechicero daba saltos fantásticos. Cuando se encontraba a
pocos pasos de los fugitivos, Blancaflor se quitó una peineta de los
cabellos y la arrojó al suelo, diciendo:
– ¡Conviértete en montaña!
Y la peineta se transformó en una montaña tan alta que ocultaba el sol.
Luis, esperanzado al ver aquel prodigio, dejó descansar a su caballo, que
jadeaba estertóreamente.
Pero Blancaflor velaba por la seguridad de ambos.
– ¡Démonos prisa! – exclamó. – Mi padre nos alcanza… ¡Le oigo!
El Marqués del Sol había franqueado la montaña. Su caballo blanco
ganaba terreno a ojos vistas.
La muchacha arrojó entonces al suelo su velo gris y gritó:
– ¡Conviértete en nube y ocúltanos! Inmediatamente una nube espesa
ocultó a los fugitivos de la vista del hechicero, pero no tardó el viento en
dispersarla y prosiguió la persecución.
El río estaba lejos todavía.
Al atravesar un bosque, el caballo negro tropezó y cayó al suelo. Luis y
Blancaflor habían saltado de la silla, pero cuando levantaron al caballo
vieron que apenas podía sostenerse. La joven murmuró algunas palabras;
en el acto el caballo se convirtió en un nogal y los fugitivos en nueces
verdes.
Sucedió todo oportunamente, pues el hechicero pasaba un segundo más
tarde muy cerca del árbol a pleno galope. Poco después, volvía sobre sus
pasos, dándose cuenta de que había perdido la pista de los fugitivos.
Estos, cuando lo vieron bastante lejos, recobraron su forma natural y
continuaron la huida a pie. Ya se hallaban muy cerca del río cuando
oyeron de nuevo, el galope formidable del caballo blanco, tan cerca de
ellos, que la muchacha no tuvo tiempo esta vez de recurrir a sus artes
mágicas.
Espantada, se vio perdida, así como su novio, y lloró. Sus lágrimas se
convirtieron en un río que creció y creció, entendiéndose entre ellos y el
hechicero, que se habría ahogado si el caballo blanco, apoyando las patas
delanteras en el suelo, no se hubiese detenido en seco arrojándolo por
encima de las orejas.
– ¡Te escapas de mis manos, maldita! – rugió colérico – ¡Pero las artes
mágicas que te enseñé y el poder que te conferí no te servirán de nada en
lo sucesivo! Desde ahora en adelante serás una mujer como las demás y tu
novio se olvidará de ti en cuanto bese a otra persona.
– ¡Oh, Luis! – exclamó, Blancaflor – ¡Por seguirte he abandonado a mi
padre, a mis hermanas, al castillo donde tan feliz vivía y la omnipotencia
de mis artes mágicas! ¿Me olvidarás, como ha predicho mi padre?
Luis, por toda respuesta, le dio un beso.
Cuando hubieron llegado a poca distancia del pueblo, tuvieron que
detenerse agotados por la fatiga. Luis, con gran trabajo, condujo a la joven
a un bosque de olivos y le dijo que descansara mientras él iba a buscar un
caballo a Córdoba.
– No tardaré – añadió.
Dos horas más tarde, el joven se hallaba en Córdoba y se dirigió a un hotel
donde sabía que encontraría caballos.
Una anciana que le vio pasar, gritó, alborozada:
– ¡Santo Dios! ¡Si es Luisito!
Se arrojó al cuello del joven y le besó efusivamente en las mejillas. Luis
recordó con placer en aquella anciana a una antigua criada que había
tenido muchos años en su casa. Besóla a su vez y le pidió noticias de sus
familiares.
– ¡Todos están bien! ¡Todos están bien! ¿Y tú, hijo mío? Todas te dábamos
por muerto; es decir, todos no; yo sabía que volverías tarde o temprano,
pues le había ofrecido un cirio a San Antonio si volvía a verte… ¡Y me ha
hecho caso! ¿A dónde te dirigías con tanta prisa, muchacho?
– ¿A dónde iba? Pues, no lo sé.
– ¿Te burlas? ¿Vas a decirme también que no sabes de dónde vienes?
– ¿De dónde vengo? Pues, tampoco lo sé.
– Está bien… Está bien… No me lo digas, si no quieres… Estoy demasiado
contenta de volver a verte para enfadarme por tus bromas.
Luis fue a pasearse por la ciudad. Encontró a muchos de sus antiguos
amigos y se enteró de que un tío suyo, extraordinariamente rico, había
fallecido durante su ausencia, nombrándole heredero universal.
Entró en posesión de su inesperada fortuna y empezó a hacer la misma
vida de siempre.
La maldición del hechicero se había realizado. Luis había olvidado a
Blancaflor.
Ya hacía un año que estaba Luis de regreso cuando encontró en un rincón
de la casa un paquetito que se acordó de haber dejado allí el día en que
volvió a Córdoba rendido de fatiga.
Deshizo el paquete y apareció ante sus ojos un maravilloso tejido de
plumas blancas, ligeras y suaves como las de un pájaro.
– ¿Dónde he visto yo antes este manto? – exclamó contemplándolo con aire
pensativo.
De repente recordó todo y empezó a gritar como un loco:
– ¡Los pájaros! ¡El hechicero! ¡Blancaflor! ¡Mi alma! ¡Mil millones de
maldiciones! ¡Olvidé a mi prometida a dos horas de camino de aquí!.
Al oír sus gritos acudió la anciana criada.
– ¡Lárgate de aquí, vieja bruja! – rugió el joven. – ¡Todo esto ha sucedido por
culpa tuya!
Y salió corriendo, mientras que la vieja, que no salía de su asombro,
contaba a los vecinos curiosos que su amo había perdido el juicio.
Volvió Luis por la noche, y viéndolo más tranquilo, la anciana doméstica le
preguntó la causa de su cólera, cosa que él le refirió con todo detalle.
– ¿No era más que eso? – exclamó la vieja. – ¡Bah, una muchacha guapa se
encuentra siempre! ¡Además, ten la seguridad de que no te guardará
rencor por haber besado a una pobre vieja como yo! Dame dos reales… Voy
a poner una vela a San Antonio… Ahora bien, como quiera que hay que
ayudar al Cielo, vete corriendo al Alcázar Viejo, busca la callejuela de los
Angeles y en la callejuela de los Angeles, la casa de la tía Mariposa. Allí
vive desde hace algunos meses una gitana que sabe casi tanto como los
santos… No hace mucho que está en Córdoba y ya ha hecho treinta y seis
milagros… Visítala… Tal vez ella pueda ayudarte.
Luis se encogió de hombros; pero obedeció la sugerencia de la vieja.
Entre las callejuelas angostas y oscuras que bordeaban el viejo palacio,
encontró al fin lo que buscaba: una casita miserable, pero bien
blanqueada con cal y que tenía en su única ventana un tiesto, con claveles
rojos.
El joven entró en aquella casa tenebrosa y no vio nada ni a nadie.
– ¿Qué buscas aquí? – preguntóle de repente una voz.
– Busco lo que he perdido – contestó él.
– ¿Y qué es lo que has perdido?
– Una mujer.
– ¿Deseas mucho volver a verla?
– Daría la vida por ella.
– ¿Por qué la abandonaste, entonces?
– Porque se realizó la maldición de su padre.
Los ojos de Luis, acostumbrándose poco a poco a la oscuridad, miraban a
la gitana asombrados… ¡La gitana no era otra que Blancaflor!
Entre risas y llantos la muchacha le contó cómo había llegado a la ciudad
al verse abandonada, pero esperando siempre la vuelta de su bien amado.
Luis condujo a Blancaflor a su casa, donde fueron recibidos con gritos de
alborozo por la anciana sirvienta.
– ¡Ya sabía yo que San Antonio atendería mi plegaria – exclamaba, llena de
emoción.
Casóse Luis con la hija del Marqués del Sol y la muchacha no volvió a
echar de menos su vida anterior, faltándole tiempo para ocuparse de otra
cosa que no fuese su hogar y su marido.
Y la felicidad reinó en aquella casa, sirviendo a Blancaflor su magnífico
manto de plumas para abrigar a un precioso querubín con que el Cielo
bendijo su matrimonio con Luis.
Y colorín colorado, por la ventana se va al tejado.