Luft Bad

The Luft Bad

Creo que deben ser los paraguas los que nos hacen parecer ridículas.
Cuando se me permitió entrar al recinto por primera vez y vi a mis compañeras de baño caminando casi “al desnudo”, me pareció que los paraguas les daban inconfundiblemente un toque a lo “Little Black Sambo”.
Ridícula dignidad la de sostener sobre uno, una cosa de tela de algodón verde con un mango rojo esculpido como la cabeza de un loro, cuando una está vestida con apenas un pañuelo.
No hay árboles en el Luft Bad. El lugar se enorgullece de su colección de simples casillas de madera, un recinto para el baño, dos hamacas y dos pesas muy particulares: la una, presumiblemente propiedad perdida de Hércules o del Ejército Alemán, y la otra para ser usada sin peligro alguno por un bebé en la cuna.
Y allí tomamos aire sin importar si llueve, truena, o hay sol. caminando, o sentándonos en grupos pequeños para hablar cada una de sus dolores y de sus medidas y de las vicisitudes a las que la carne es propensa.
Una alta empalizada de madera nos encierra por todos los costados; por encima, los pinos parecen mirarnos algo arrogantes, llamándose la atención los unos a los otros con golpecitos que son particularmente enojosos para una debutante. Del otro lado de la pared, a la derecha, está la sección de los hombres. Los oímos cortar árboles y aserrar planchas de madera, haciendo caer al suelo grandes pesos y cantando cada uno partes de una canción. Sí, lo toman mucho más a pecho.
El primer día tuve conciencia de mis piernas, y volví a mi casilla tres veces para mirar mi reloj, pero cuando una mujer con la que había jugado al ajedrez durante tres semanas me paró en seco, me resigné y me uní a uno de los círculos.
Yacíamos acurrucadas en el piso, mientras una dama húngara de inmensas proporciones nos contaba acerca de la hermosa tumba que había comprado para su segundo marido.
-Es una bóveda -dijo- con preciosas rejas negras. Y es tan grande que puedo incluso bajar y caminar por ella. Tengo las fotografías de ambos allí, con dos elegantes coronas que me envió el hermano de mi primer marido. Está también la ampliación de una fotografía de toda la familia, y un pergamino iluminado, ofrecido a mi primer marido el día de su boda. Voy allí con frecuencia; ¡es una excursión tan agradable para hacer los sábados a la tarde cuando hay sol!
Se recostó de pronto de espaldas, tomó seis profundas bocanadas de aire y volvió a sentarse. .
-La agonía de su muerte fue terrible -dijo alegremente-; del segundo, quiero decir. El “primero” fue aplastado por un carro que llevaba muebles, y le robaron cincuenta marcos del bolsillo de su chaleco nuevo; pero el “segundo” estuvo muriéndose durante setenta y seis horas. No dejé de llorar ni un solo momento… ni siquiera para llevar a los chicos a la cama.
Una joven rusa, con un bucle pegado a la frente, se volvió hacia mí.
-¿Puede hacer la danza de Salomé? -preguntó-. Yo sí.
-Qué maravilla -dije.
-¿Quiere que lo haga ahora? ¿Le gustaría verme hacerlo?
Se puso de golpe de pie, ejecutó una serie de sorprendentes contorsiones durante los siguientes diez minutos, y luego hizo una pausa, sin aliento, retorciendo su larga cabellera.
-¿No está muy bien? -dijo-. Y ahora estoy sudando tan espléndidamente. Voy a darme un baño.
Frente a mí estaba la mujer más morena que había visto nunca, acostada de espaldas, con los brazos cruzados por encima de la cabeza.
-¿Cuánto tiempo ha estado hoy aquí? -le preguntó alguien.
-Oh, ahora paso el día entero aquí -contestó-. Estoy haciendo mi propia “cura”, y vivo nada más que de verduras crudas y nueces, y siento que cada día mi espíritu es más fuerte y más puro. Después de todo, ¿qué podemos esperar? La mayor parte de nosotros caminamos por ahí con corpúsculos de cerdo y fragmentos de buey en nuestro cerebro. Lo sorprendente es que el mundo siga siendo tan bueno. Ahora vivo de comida simple, natural – mostró una canastita a su lado-, una lechuga, una zanahoria, una papa y algunas nueces son alimento amplio y racional. Las lavo bajo la canilla y las como crudas, tal como vienen de la tierra inofensiva… frescas y no contaminadas.
-¿No come nada más en todo el día?- exclamé.
-Agua. Y quizá una banana si me despierto de noche-. Se volvió y se apoyó sobre un codo-. Ustedes comen demasiado -dijo-; ¡y sin vergüenza! ¿Cómo esperan acaso que la Llama del Espíritu arda con brillo bajo esas capas de carne superflua?
Estaba deseando que no me mirara, y pensé en levantarme e ir a consultar otra vez mi reloj, cuando una niñita que llevaba un collar de cuentas de coral se unió a nosotros.
-La pobre Frau Hauptmann no puede venir hoy -dijo-. Le han salido manchas por todas partes a causa de sus nervios. Estaba muy excitada ayer después de escribir dos postales.
-Una mujer delicada -sugirió la húngara-, pero agradable. Imagínense, ¡usa una corona distinta en cada uno de sus dientes delanteros! Pero no tiene derecho a dejar a sus hijas llevar trajecitos marineros tan cortos. Se sientan en los bancos, cruzando las piernas de una manera de lo más desvergonzada. ¿Qué va a hacer esta tarde, Fráulein Anna?
-Oh -dijo la del collar de coral-, Herr Oberleutnant me ha pedido que lo acompañe a Landsdorf. Necesita comprar unos huevos allí para llevarle a su madre. Ahorra un peñique cada ocho huevos conociendo a los campesinos con los que puede regatear.
-¿Usted es norteamericana? -dijo la mujer de las verduras, volviéndose hacia mí.
-No.
-¿Entonces es inglesa?
-Bueno, en realidad no…
-Tiene que ser una de las dos; no puede evitarlo. La he visto caminar sola varias veces. Usa su…
Me levanté y me subí a una hamaca. El aire era dulce y fresco, pasando por mi cuerpo. Arriba, nubes blancas avanzaban delicadamente por el cielo azul. Del bosque de pinos llegaba un perfume salvaje, las ramas se hamacaban juntas, rítmica, sonoramente. Me sentí tan ligera y libre y feliz… ¡tan niña! Quería sacarle la lengua al grupo allí en el pasto, que se cerraba y susurraba de una manera maliciosa.
-Quizás no lo sabe -gritó una voz desde una de las casillas- pero hamacarse descompone el estómago. Una amiga mía no pudo retener nada durante tres semanas después de excitarse de ese modo.
Me metí en las duchas y me regaron.
Mientras me vestía, alguien golpeó en la pared.
¿Sabe- dijo una voz- que hay un hombre que vive en el Luft Band de al lado? Se entierra hasta los sobacos en el barro y se rehúsa a creer en la Trinidad.
Los paraguas son la gracia salvadora del Luft Bad. Ahora, cuando voy, llevo un gran paraguas para lluvia y me siento en un rincón, escondiéndome detrás.
Pero no es qué me avergüence para nada de mis piernas.

Sobre la autora
Katherine Mansfield es el pseudónimo que usó Kathleen Beauchamp (Wellington, Nueva Zelanda, 14 de octubre de 1888 – Fontainebleau, Francia, 9 de enero de 1923), una destacada escritora modernista de origen neozelandés.