Magnetismo personal

Jeff Peters as a Personal Magnet
Jeff Peters estuvo metido en tantos planes para hacer dinero como recetas para cocinar arroz hay en el pueblo de Charleston.
La mejor de todas ellas, que a mí me gusta oírle contar, es aquella de los días pasados, cuando vendía linimento y remedios contra la tos en las esquinas, conviviendo con la gente, echando suertes para jugarse la última moneda.
—Yo llegué a Fisher Hill, Arkansas —cuenta—, con un traje de piel de ante, mocasines, pelo largo y un anillo de diamante de 30 quilates que había obtenido de un actor, en Texarcana. Nunca supe qué hizo con el cuchillo de bolsillo que le di en trueque.
Yo era el doctor Waugh-hoo, el celebrado médico hindú. Llevaba mi mejor apuesta por aquellos años, y esa era un licor amargo, hecho de plantas que daban la vida (por eso el nombre de “Resurrección”) y unas hierbas, descubiertas por accidente por Ta-qua-la, la hermosa esposa del Jefe de la tribu de los Choctaw, mientras recogía hortalizas para decorar un plato de perro hervido para la danza anual del maíz.
Los negocios no habían sido buenos en el último pueblo, así que solamente tenía encima cinco dólares cuando fui al droguero de Fisher Hill y él me acreditó por la mitad una gruesa de botellas de ocho onzas y corchos. Yo tenía las etiquetas y los ingredientes en mi valija, que había dejado en el último pueblo. La vida comenzó a presentarse, de nuevo, color de rosa, cuando llegué a mi habitación de hotel y comencé a llenar, por docenas, los frascos con los brebajes de la Resurrección.
¿Impostura? No, señor. Hubo dos dólares de gasto en el extracto de quinina y uno más de anilina en esa media gruesa de frascos. Estuve visitando pueblos años después y todavía encontraba tipos que preguntaban por el producto.
Alquilé un carromato esa noche y comencé a venderlos en la calle principal. Fisher Hill era un pueblo con malaria, y el tónico antiescorbútico con un hipotético compuesto neumo-cardíaco era justo lo que le diagnosticaba a la muchedumbre como necesidad perentoria. Los frascos salían como pan dulce tostado en una cena de vegetarianos. Vendí dos docenas al precio de cincuenta centavos de dólar cuando sentí que alguien tiraba de mi traje. Sabía lo que eso quería decir: me bajé y deslicé un billete de cinco dólares en la mano de un tipo que tenía una estrella de plata en su pechera.
—Alguacil, es una linda noche.
—¿Tiene una licencia de este pueblo para vender esta esencia falsa que usted disfraza bajo el nombre de “medicina”? —preguntó.
—No la tengo —le dije—. No sabía que ustedes tenían municipalidad. Si la encuentro mañana, tomaré el permiso si eso es necesario.
—Tendré que clausurarle hasta que lo haga —me dijo el alguacil.
Dejé de vender y regresé al hotel. Le conté al hotelero lo que había sucedido.
—Oh, no le dejarán hacer ninguna exhibición aquí. El doctor Hoskinks es el cuñado del alguacil, y ellos no permiten que ningún falso doctor practique en el pueblo.
—Yo no practico medicina —le dije—. Obtuve del Estado una licencia de buhonero, y sacaré un permiso del pueblo si ellos lo requieren.
Fui a la oficina del alguacil a la mañana siguiente, y me dijeron que no había llegado aún. No sabían cuándo lo haría. Así que el doctor Waugh-hoo se sentó en una silla del hotel y ataviado elegantemente, esperó.
En la silla de al lado, un joven con un lazo azul me preguntó la hora.
—Las diez y media —dije—, y usted es Andy Tucker. Lo he visto trabajar. ¿No fue el que impuso el paquete “Gran Cupido” en el sur? Déjeme recordar, era un anillo con un engarce de diamante chileno, un anillo de boda, un puré de patatas, una botella de miel y a Dorothy Vernon… todo por cincuenta centavos.
Andy se sentía complacido de que yo recordara. Era un excelente hombre de mundo. Era más que eso… él sentía respeto por su profesión, y se sentía conforme con una ganancia del 30 por ciento. Tenía numerosas ofertas para entrar en la droga y en el negocio de la hierba, pero nunca se había dejado tentar fuera del camino recto.
Buscaba un socio, así que Andy y yo convinimos en salir juntos. Le conté acerca de la situación en Fisher Hill, y cómo las finanzas se agotaban por culpa de una mezcla de políticos y brebajes. Andy había llegado en el tren de la mañana y también estaba escaso de fondos; había llegado para anotar, por unos pocos dólares, a todo el pueblo en una suscripción popular que era para construir un nuevo barco de guerra en Eureka Springs. Por lo tanto, nos fuimos al porche y charlamos.
A las once de la mañana siguiente, estaba sentado solo cuando un negro se acercó al hotel y preguntó por el doctor, para que fuera a ver al Juez Banks que, según parece, era el alcalde y estaba enfermo.
—No soy médico —le dije—. ¿Por qué no vas a buscar al verdadero doctor?
—Jefe, el doctor Hoskins se ha ido lejos, a veinte millas, para ver a los enfermos. Es el único médico del pueblo, y el señor Banks se siente mal. Él me dijo que, por favor, viniera a buscarlo.
—Lo voy a mirar pero de hombre a hombre —dije.
Así que puse un frasco de los brebajes amargos de la Resurrección en el bolsillo y me fui a las colinas, donde tenía la mansión el alcalde, la casa más linda del pueblo, con techo a dos aguas y una pareja de perros hechos en hierro exhibiéndose en el jardín.
Banks estaba en cama, todo arropado, y hacía unos ruidos internos que habrían tenido a todo San Francisco corriendo por los parques. Un joven estaba parado al lado de la cama con una taza de agua.
—Doc —dijo el alcalde—, estoy muy enfermo, a punto de morir. ¿Puede hacer algo por mí?
—Mayor, no soy un discípulo de Esculapio. Nunca tomé un curso en una escuela de medicina. He venido como amigo para ver si le puedo ser de utilidad.
—Le estoy muy agradecido, Doctor Waugh-hoo, este es mi sobrino, Mr. Biddle. Ha tratado de aliviarme, pero sin éxito. ¡Oh, señor! ¡Oh, oh, oh!
Le hice una reverencia a Mr. Biddle, me acerqué a la cama y le tomé el pulso al Alcalde.
—Déjeme ver sus pulmones… quiero decir su lengua —dije. Le levanté los párpados y miré las pupilas.
—¿Cuánto hace que está enfermo? —le pregunté.
—Caí en cama la última noche —dijo el alcalde—. ¿Me dará algo para curarme, no es cierto, doc?
—Mr. Fiddle, levante un poco la persiana.
—Biddle —dijo el joven—. ¿Cree que podría comer algo de jamón y huevos, tío James?
—Señor Alcalde—le comenté, auscultándole su hombro derecho y escuchando—. Ha tenido usted un ataque de superinflamación de la clavícula derecha del clavicordio.
—¡Mi Dios! —exclamó el alcalde, con un gesto—. ¿Puede hacer algo, colocarla en su lugar o lo que sea?
Tomé mi sombrero y rumbee para la puerta.
—¿No se irá, doctor? —preguntó el alcalde, con un aullido—. ¿No se irá dejándome morir con este… superfluido del clavicordio?
—Doctor Who-ha, la humanidad debería impedirle desertar ante una persona en problemas —comentó Mr. Biddle.
—No soy Who-ha sino el doctor Waugh-hoo —le corregí—. Es para que no tenga dificultad —y caminé de regreso a la cama tirando hacia atrás mi largo cabello.
—Señor alcalde —le dije—. Hay una sola esperanza para usted. Las drogas no le harán bien. Pero hay algo mucho más fuerte, aunque las drogas ya suelen ser fuertes.
—¿Y qué es eso?
—Demostraciones científicas. El triunfo de la mente sobre la zarzaparrilla. La creencia es que no hay dolor ni enfermedad, excepto cuando no nos sentimos bien. Lo declaro en deuda. Demostración.
—¿Qué es toda esa parafernalia que habla usted, doc? —preguntó el alcalde.
—Estoy hablando —le dije— de la gran doctrina de la psiquis financiera… de la escuela iluminativa a larga distancia, del tratamiento subconsciente de las falacias y meningitis… del maravilloso deporte interior conocido como magnetismo personal.
—¿Puede utilizar eso, doc?
—Yo soy el único y ostensible bombo del púlpito interior. El rengo camina y el ciego ve cuando hago un pase de los que conozco. Soy un médium, soy un hipnotizador y un controlador espiritual. En Ann Arbor, recientemente, el extinto presidente de la compañía de viñedos Bitters pudo volver a la tierra para comunicarse con su hija Jane a través de mí. Usted me encuentra ofreciendo medicina en las calles a los pobres. No practico magnetismo personal con ellos.
—¿Tratará mi caso?
—Escuche —le dije—, he tenido grandes problemas con las sociedades médicas. Yo no practico medicina. Pero, para salvar su vida, le daré el tratamiento psíquico si usted, como alcalde, no me presiona a que tengo que conseguir una licencia.
—Por supuesto que lo haré —dijo él—. Y ahora póngase a trabajar, doc, porque los dolores están volviendo.
—Mis honorarios serán 250 dólares, con la cura garantizada en dos aplicaciones.
—Está bien —replicó el alcalde—. Le pagaré. Supongo que mi vida tiene un precio mayor que eso.
Me senté en la cama y le miré directo a los ojos.
—Ahora, quite su mente de la enfermedad. Usted no está enfermo. Usted no tiene ni corazón ni clavícula ni huesos ni cerebro ni nada. Usted no sufre de ningún dolor. Declare su error. ¿No siente que el dolor lo está abandonando?
—Me siento un poco mejor, doc —comentó el alcalde—. ¡Que me condenen si no lo estoy! Ahora, prepare unos cuantos pases para que se me vaya la inflamación del costado, y creo que ya podría levantarme y tomar algún caldo con algunas galletas.
Realicé unos pocos pases con mi mano.
—Bien, ahora la inflamación se ha ido —dije—. El lóbulo derecho del perihelio ha disminuido.
Va a dormir. Usted no puede aguantar más sus párpados. Por el momento, la enfermedad está controlada. Duérmase.
El alcalde cerró lentamente sus ojos y comenzó a roncar.
—Observe, Mr. Tiddle —le dije—. Es la maravilla de la ciencia moderna.
—Biddle —respondió él—. Doctor Pooh-pooh ¿Cuándo le suministrará al tío el resto del tratamiento?
—Waugh-hoo —le corregí—. Regresaré mañana a las once. Cuando despierte, déle ocho gotas de trementina y un biftec de tres libras. Hasta mañana.
A la mañana siguiente, estuve de vuelta a horario.
—Bien, Mr. Riddle —le dije cuando abrió la puerta del dormitorio—, ¿y cómo está el tío esta mañana?
—Parece reestablecido —contestó el joven.
El color y el pulso del alcalde eran normales. Le di otro tratamiento de pases, y él me comentó que el dolor había desaparecido.
—Es mejor que permanezca en cama por un día o dos, y se encontrará curado. Ha sido una buena cosa que yo estuviera en Fisher Hill, señor alcalde. Todos los remedios del vademécum no hubieran podido salvarlo. Y ahora que la confusión se ha ido y el dolor se ha borrado, toquemos un tema más grato —dije, aludiendo a los honorarios de 250 dólares.
—Sin cheques, por favor. Odio escribir mi nombre al dorso, me produce tanto mal como escribirlo al frente.
—Tengo efectivo aquí —dijo el alcalde, sacando una billetera de abajo de la almohada. Contó cinco billetes de 50 y los sostuvo en su mano.
—Trae el recibo —le dijo a Biddle.
Firmé el recibo y el alcalde me entregó el dinero. Lo coloqué, con cuidado, en mi bolsillo interior.
—Ahora, cumpla con su deber, oficial —dijo el alcalde, susurrando como un hombre que está enfermo.
Mr. Biddle puso su mano en mi brazo.
—Está bajo arresto, doctor Waugh-hoo, alias Peters —dijo él— por practicar la medicina sin la autorización legal del Estado.
—¿Quién es usted? —pregunté.
—Le diré quién es —intervino el alcalde, sentándose en la cama. Es un detective empleado por la Sociedad Médica del Estado. Viene persiguiéndolo por cinco condados. Se presentó ayer y entre los dos preparamos este plan para atraparlo. Creo que no hará más de doctor por estos rumbos, señor Fakir. ¿Qué era lo que usted dijo que tenía? —el alcalde rió—. Bien… no era ablandamiento de cerebro, creo.
—Un detective —murmuré.
—Correcto —respondió Biddle—. Tendré que llevarlo ante el alguacil.
—Vamos a ver si lo haces —dije, tomándolo de la garganta y arrojándolo contra la ventana. Él sacó un arma y me apuntó en la barbilla; me quedé paralizado. Me puso las esposas y sacó el dinero de mi bolsillo.
—Atestiguo que son los mismos billetes que marcamos, juez Banks. Se los llevaré al alguacil cuando lleguemos a su oficina, y él le enviará un recibo. Tendrán que ser utilizados como evidencia en el caso.
—Está bien, Mr. Biddle —respondió el alcalde—. Y ahora, doctor Waugh-hoo, ¿por qué no hace una demostración? ¿Por qué no saca el corcho de su brebaje magnético con los dientes y se libera de las esposas?
—Vamos, oficial —dije yo con dignidad—. Puedo hacerlo mejor que eso —y me volví al viejo Banks haciendo ruido con las esposas.
—Señor alcalde, llegará pronto el día en que usted creerá que el magnetismo personal es un éxito. Y se dará cuenta de que fue exitoso en este caso, también.
Y me parece que así fue.
Cuando estuvimos cerca del portón, hablé:
—Andy, podemos encontrarnos con alguien… Es mejor que me liberes.
Y… claro, por supuesto que Biddle era Andy Tucker, y ese fue el plan que preparamos, y así fue cómo obtuvimos el capital para iniciar nuestros negocios juntos.

Acerca del autor.
O. Henry era el seudónimo del escritor, periodista, farmacéutico y cuentista estadounidense William Sydney Porter (11 de septiembre de 1862 – 5 de junio de 1910).