Por los tiempos de Clemente Colling

No sé bien por qué quieren entrar en la historia de Colling, ciertos recuerdos. No parece que tuvieran mucho que ver con él. La relación que tuvo esa época de mi niñez y la familia por quien conocí a Colling, no son tan importantes en este asunto como para justificar su intervención.
La lógica de la hilación sería muy débil. Por algo que yo no comprendo, esos recuerdos acuden a este relato.
Y como insisten, he preferido atenderlos.
Además tendré que escribir muchas cosas sobre las cuales sé poco; y hasta me parece que la impenetrabilidad es una cualidad intrínseca de ellas; tal vez cuando creemos saberlas, dejamos de saber que las ignoramos; porque la existencia de ellas es fatalmente oscura: y esa debe ser una de sus cualidades.
Pero no creo que solamente deba escribir lo que sé, sino también lo otro.

Los recuerdos vienen, pero no se quedan quietos. Y además reclaman la atención algunos muy tontos. Y todavía no sé si a pesar de ser pueriles tienen alguna relación importante con otros recuerdos, o qué significado o qué reflejos se cambian entre ellos.
Algunos, parece que protestaran contra la selección que de ellos pretende hacer la inteligencia. Y entonces reaparecen sorpresivamente, como pidiendo significaciones nuevas o haciendo nuevas y fugaces burlas, o intencionando todo de otra manera.

Los tranvías que van por la calle de Suárez -y que tan pronto los veo yendo sentado en sus asientos de paja como mirándolos desde la vereda- son rojos y blancos, con un blanco amarillento. Hace poco volví a pasar por aquellos lugares. Antes de llegar a la curva que hace el 42 cuando va por Asencio y da vuelta para tomar Suárez, vi brillar al sol, como antes, los rieles. Después, cuando el tranvía va por encima de ellos, hacen chillar las ruedas con un ruido ensordecedor. Pero en el recuerdo, ese ruido es disminuido, agradable, y a su vez llama a otros recuerdos. También va junto con la curva, un cerco; y ese cerco da vuelta alrededor de una glorieta cubierta de enredaderas de glicinas.
En aquellos lugares hay muchas quintas. En Suárez casi no había otra cosa. Ahora, muchas están fragmentadas. Los tiempos modernos, los mismos en que anduve por otras partes, y mientras yo iba siendo, de alguna manera, otra persona, rompieron aquellas quintas, mataron muchos árboles y construyeron muchas casas pequeñas, nuevas y ya sucias, mezquinas, negocios amontonados, que amontonaban pequeñas mercaderías en sus puertas. A una gran quinta señorial, un remate le ha dado un caprichoso mordisco, un pequeño tarascón cuadrado en uno de sus lados y la ha dejado dolorosamente incomprensible. El nuevo dueño se ha encargado de que aquel pequeño cuadrado parezca un remiendo chillón, con una casita moderna que despide a los ojos desproporciones antipáticas, pesadas y pretenciosas. Y ridiculiza la bella majestad ofendida y humillada que conserva la mansión que hay en el fondo, tan parecida a las que veía los domingos, cuando iba al biógrafo Olivos -que era el que quedaba más cerca- y en la época de la pubertad y cuando aquel estilo de casas era joven; y desde su entrada se desparramaba y se abría como cola de novia una gran escalinata, cuyos bordes se desenrollaban hacia el lado de afuera y al final quedaba mucho borde enrollado y encima le plantaban una maceta con o sin plantas -con preferencia plantas de hojas largas que se doblaran en derredor-. Y al pie de aquella escalinata empezaba a subir, larga y lánguidamente, la Borelli o la Bertini. ¡Y todo lo que hacían mientras subían un escalón! Hoy pensaríamos que habían salido tomadas con “relentisseur”; pero en aquellos días yo pensaba que aquella cantidad de movimientos, esparcidos en aquella cantidad de tiempo, con tanto significado y tan oculto para mi mente casi infantil, debía corresponder al secreto de adultos muy inteligentes. Y deseaba ser mayor para comprenderlo: aspiraba a comprender lo que ya empezaba a sentir con perezosa y oscura angustia. Era algo encubierto por aquellos movimientos, bajo una dignidad demasiado seria que, tal vez únicamente, podría profanarse con el mismo arte tan superior como el que ella empleaba. -Yo ya pensaba en profanarla-. Tal vez se llegara a ella, en un esfuerzo tan grande de la inteligencia, en un vuelo tan alto, como el de las abejas cuando persiguen a su reina.
Mientras tanto, un largo vestido cubría a la mujer, con escalinata y todo.
Pero volvamos al trayecto del 42.
Después que el tranvía pasó, precisamente, por delante del terrenito -remiendo de la mansión señorial-, me quedó un momento en los ojos, con gran precisión, el balanceo de dos grandes palmeras que sobresalían por detrás de la casita -mamarracho- moderna. Y repasando esa fugaz visión de las palmeras, las reconocí y recordé la posición que tenían antes, cuando yo era niño y la quinta no tenía remiendo.
Un literato de aquel tiempo que las hubiera visto ahora detrás de aquella casita, habría escrito… Y la pareja de viejas palmeras, movían significativamente sus grandes y melenudas cabezas lacias, como si fueran dos viejos y fieles servidores que comentaran la desgracia de sus amos venidos a menos. Y esta reflexión me vino, recordando cómo significaban la vida las personas de aquel tiempo. Y cómo la reflejaban en su arte, o cómo eran sus predilecciones artísticas. (Pero ahora, en este momento, no quiero engolfarme en esas reflexiones: quiero seguir en el 42).
Después, un inmenso y horrible letrero me llamó los ojos. (No digo cuál es para no seguir haciéndole la propaganda al dueño. Y si me pagara, ¿lo haría? Y seguían apareciendo pensamientos como éstos: ¿No habría sido un hijo de aquella mansión señorial, el que vendió aquel pedazo de la quinta para pagar una deuda vergonzosa?) Tenía tristeza y pesimismo. Pensaba en muchas cosas nuevas y en la insolencia con que irrumpían algunas de ellas. Alguien me hacía la propaganda del sentimiento de lo nuevo -y de todo lo nuevo- como fatalidad maravillosa del ser humano; y me hablaba precipitadamente, concediéndome un instante de burla e ironía para mis viejos afectos.
Como él estaba apurado, daba vuelta enseguida su antipática cabeza y se llevaba toda su persona para otro lado. Pero me dejaba algo grisáceo en la tristeza y me la desprestigiaba; me hacía desconfiar hasta de la dignidad de mi propia tristeza; y la ensuciaba con una sustancia nueva, desconocida, inesperadamente desagradable, como el gusto extraño que de pronto sentimos en un alimento adulterado.

Sin embargo, hay lugares de pocas “modificaciones” en las quintas y se puede sentir a gusto, por unos instantes, la tristeza. Entonces, los recuerdos empiezan a bajar lentamente, de las telas que han hecho en los rincones predilectos de la infancia.
Una vez, hace mucho tiempo, recordé aquellos recuerdos, del brazo de una novia. Y esta última vez, salía de una de aquellas casas un niño sucio llorando. Ahora empiezo a pensar en el derecho a la vida que tienen algunas cosas nuevas y a sentir una nueva predisposición. (A lo mejor exagero, y la predisposición a encontrar bueno todo lo nuevo se extiende y cubre todas las cosas, como le ocurría al propagandista. Y entonces, basta tener un poco de buena predisposición y ya encontramos servidas mil teorías para justificar cualquier cosa. Y podemos cambiar, además, muy fácilmente de motivos a justificar, por más contradictorios que sean; pues hay teorías con sugestión exótica, con misterio sugerente, con génesis naturalista, con profundidad filosófica, etc.).
Ahora recuerdo un lugar por el cual pasa el 42 a toda velocidad. Es cuando cruza la calle Gil. Una de sus larguísimas veredas me da en los ojos un cimbronazo giratorio. En esa misma vereda, cuando yo tenía unos ocho años, se me cayó una botella de vino; yo junté los pedazos y los llevé a casa, que quedaba a una cuadra. En casa se rieron mucho y me preguntaron para qué la había llevado, qué iba a hacer con ella. Este sentido lógico era muy difícil para mí -todavía lo es- porque ni siquiera la llevé para comprobar que la había roto, puesto que me habrían creído lo mismo. En una palabra, no sé si la llevé para que la vieran o para qué.
Si volvemos de donde era mi casa que quedaba en la calle Gil y caminamos en dirección a Suárez, antes de llegar a la esquina pasaremos por un cerco de ladrillos que está muy lejos, negruzco y con musgo de muchos verdes.
Una persona mayor verá por encima del cerco -yo, para ver, daba saltitos- pavos entre algunos árboles y un gallinero de tejido de alambre blanqueado. Una vez hicieron allí un pozo muy hondo, al que bajaba a leer un loco que no quería sentir ruidos. Siguiendo por la vereda nos encontramos en la casa de la esquina, que tiene muchas ventanas que dan a la calle Gil. Pero la última ventana, antes de llegar a Suárez, es pintada en el muro. Y detrás de la ventana pintada estaba la pieza donde vivía el loco. A mí me costaba pensar en algo terrorífico, porque entre los barrotes pintados, había pintado también un color azul de cielo, y aquella ventana no me sugería nada grave. Sin embargo el loco estuvo por matar con un hacha a la madre, que era paralítica y siempre estaba sentada en un sillón. Afortunadamente acudieron las tres hijas. Y después el loco pasaba algún tiempo recluido y otro tiempo con ellas. Era una persona delicadísima, culta y afable. Una vez me dio un ratón de chocolate y yo le miraba agradecido la pera corta y peinada en dos. ¡Pero ellas! ¡Qué noblemente ideales eran! Por esas tres longevas yo alcancé a darle la mano a una gran parte del siglo pasado. No sería muy difícil, hojeando revistas de aquel tiempo, encontrar un dibujante “original” que hubiera dibujado un cigarrillo echando humo y que del humo saliera una silueta como la de ellas. La cintura lo más angosta que fuera posible, el busto amplio, el cuello encerrado entre ballenas pequeñas que sujetaban el tejido blanco.
-En aquel tiempo mi atención se detenía en las cosas colocadas al sesgo; y en aquella casa había muchas: los cuadros blanqueados del alambre del gallinero, los cuadritos blancos del tejido del cuello sujeto por ballenas, el piso del patio de grandes losas blancas y negras y los almohadones de las camas-. Después, encima de la cabeza otra gran amplitud, como un gran sombrero, pero este montón estaba hecho con el mismo pelo que salía de la cabeza -o mitad pelo propio y mitad pelo comprado; el seno también solía ser de medio y medio-. Encima del pelo iba el verdadero sombrero, generalmente inmenso; y encima del sombrero, plumas -como las del pavo del fondo, o de otras aves, creo que nunca de gallina, a no ser que fueran teñidas-.
Los sombreros también solían cargar frutas, creo que uvas, y eran sujetas con pinchos larguísimos que tenían una gran cabeza de metal o piedras vistosas, o carey. Los pinchos cruzaban todo el peinado, el sombrero -con flores, frutas o lo que fuera-, y volvían a aparecer del otro lado sobrándoles largos pedazos que terminaban en puntas agresivas. Desde el ala del sombrero hasta el cuello, y a manera de mosquitero, un tul muy estirado, que dejaba tras él y en penumbra provocadora y atrayente, la cara, que, a su vez estaba cubierta de polvos. Ese conjunto era una aparición fantástica en la que el espectador podía detener un buen rato su contemplación. Una vez, cuando niño, me puse uno de esos escaparates con mosquitero y todo y al caminar recordaba un viaje hecho en cupé desde el cual y a través de las cortinillas podía mirar sin ser visto.
Una noche fuimos con mi padre a la casa de las tres longevas. En la media luz del zaguán pisábamos las grandes losas a cuadros blancos y negros.
No había puerta cancel y se veían grandes plantas en la mitad del patio.
Nos hacían pasar a una salita que recibía luz de la poca que había en la calle; pero de cuando en cuando pasaban por la penumbra los cuadros iluminados de las ventanillas del 42 al cruzar a toda velocidad. Éstas también pasaban un poco al sesgo cuando cruzaban el piso y muy al sesgo cuando subían a la pared. Cuando ellas conversaban, tenían tan franca y sincera camaradería, ponían tanta alegría en los cumplimientos, las voces de todas se juntaban y subían tanto, que no se pensaba en la penumbra, ni parecía que la hubiera. Además de vivir a oscuras, eran cegatonas. Una de ellas, la que según la conversación era la que cocinaba, se sentaba en el rincón más oscuro; apenas se le veía la cara, ovalada y pálida, con muchos lunares, como una papa mal pelada a la que se le vieran los puntos negros. Otra de ellas tenía la costumbre de pasarse con fuerza los puños por los pómulos para que le salieran colores -ésa era la que salía a hacer visitas-. Las tres eran delgadísimas. Y me di cuenta que en casa tenían razón cuando decían que las tres -en los intervalos de la animada conversación y sobre todo cuando reían- hacían un ruido fuertísimo al aspirar el aire por entre los dientes. Después me fijé que aquello era tan fuerte, que no lo cubría ni el 42 cuando pasaba a toda velocidad. Pero yo no quería que me hubieran hecho observar aquello, porque después tenía que poner demasiada atención en eso y no podía seguir sintiendo otras cosas. Y a mí me gustaba ir y estar en aquella casa.
En mi familia había una tía lejana de tanta edad como las longevas e igualmente solterona. Y ésta llamaba a aquéllas “las del chistido”. A mí me daba mucho fastidio. Y no porque estuviera enamorado de alguna de ellas. -Aunque siempre me encontraba predispuesto a enamorarme de cuanta maestra tenía y cuanta amiga de mamá venía a casa. Pero de las longevas no-. Igual que a mi madre, aquellas mujeres me inspiraban cariño por la nobleza de sus sentimientos y por la fruición con que gozaban el rato que pasaban con nosotros. Tal vez en esos momentos fueran tan felices porque en las demás horas de sus vidas tuvieran muchas ocupaciones, de esas extrañas, infinitas, que suelen tener las personas responsables; y muchos frenos morales y muchas penas. Aunque el chistido fuera lo que más sobresalía, no quiere decir que debiera comentarse más que lo otro. Y sin contar que al nombrarlas así, se hacía una síntesis falsa de ellas; esa síntesis no incluía lo demás, sino que lo escondía un poco; y cuando uno pensaba en ellas, lo primero que aparecía en la memoria era el chistido y eso tenía un exceso de comentario. Yo me reía sin querer y después rabiaba.
Muchos años después me di cuenta que quería rebelarme contra la injusticia de insistir demasiado en lo que más sobresalía, sin ser lo más importante. Y si podía sobreponerme a ese ruido que cierta crítica hace en algún lugar del pensamiento y que no deja sentir o no deja formarse otras ideas menos fáciles de concretar; si podía evitar el entregarme fácilmente a la comodidad de apoyarme en ciertas síntesis, de esas que se hacen sin tener previamente gran contenido, entonces me encontraba con un misterio que me provocaba otra calidad de interés por las cosas que ocurrían. Pero en aquel tiempo yo entraba en el misterio de aquellas mujeres, asombrado de que si en las cosas que hablaban con mi madre demostraban agilidad, criterio, amplitud y sentido común para observar tantos hechos de los demás, ellas, y precisamente las tres, no percibieran otras cosas que a nosotros nos parecían tan fáciles de ver. Y no sólo me sorprendía lo del chistido y la costumbre de pasarse los puños apretados por los pómulos. El misterio empezaba cuando se observaba cómo se mezclaban en el conjunto de cosas que ellas comprendían bien, otras que no correspondían a lo que estamos acostumbrados a encontrar en la realidad. Y esto provocaba una actitud de expectación: se esperaba que de un momento a otro, ocurriera algo extraño, algo de lo que ellas no sabían que estaba fuera de lo común.
Cuando nosotros fuimos de confianza, nos hicieron pasar a otras habitaciones. Donde nunca podía ir nadie, era al fondo, donde estaban los pavos; ese lugar estaba defendido por unos gansos bravísimos, que enseguida corrían con escándalo increíble hacia el intruso y si no se retiraba a tiempo lo picaban; a ellas mismas solían correrlas y romperles los vestidos.
Después de pasar por el patio, se entraba en una habitación que tenía piso de tablas anchas. Al pisarlas, cimbraban. Automáticamente contestaban a esas pisadas, chucherías todavía invisibles en la penumbra. La anciana madre, paralítica, estaba sentada en otra habitación: se veía enseguida porque las grandes puertas de comunicación estaban abiertas de par a par.
Además, en la oscuridad se destacaba fácilmente su cabeza y pañoleta blancas. Y todavía tomaba más fácilmente la atención, el movimiento constante y regular de su cabeza, que a uno le hacía recordar irreverentemente, al de un juguete de cuerda. Todas hablaban fuerte y yo empezaba a reconocer los objetos de la habitación; eran tan amables y parecían tan cordiales como ellas. Allí el misterio no se agazapaba en la penumbra ni en el silencio.
Más bien estaba en ciertos giros, ritmos o recodos que de pronto llevaban la conversación a lugares que no parecían de la realidad. Y lo mismo ocurría con ciertos hechos.
La anciana tenía más de setenta años y hacía muchos que estaba paralítica. Un hijo de ella, que se había matado -y que no era el loco- tuvo una actuación importante cerca de un político a quien todas ellas admiraban con fervor patriótico. Después de la muerte del hijo, el político fue a visitarlas; y ella, la anciana de casi ochenta años, compuso unos versos para recibir al político. En general los versos y también la prosa común, eran difíciles para mí; pero aquellos versos lo fueron mucho más; se remontoban a regiones de las cuales yo no tenía ninguna idea. Tampoco se referían a asuntos patrióticos de los que oía en la escuela y a los cuales estaba acostumbrado a no entender. Recién al final parecía que aquellas palabras aterrizaban en un campo en el que se podía ver algo; y asimismo la anciana decía muy vagamente la dicha que sentía de que existiera en el mundo aquel ser: el político.
Las longevas tenían entre un ropero una muñeca alta y delgada como ellas; pero negra y las motas de astrakán.
La mostraban pero no la dejaban tocar a nadie porque había sido de una sobrina de ellas que había muerto. El primer día que estábamos en las habitaciones interiores, ellas se quedaron de pronto silenciosas y con gran tensión, porque mi hermana menor le había tocado la cola a un gran loro que estaba muy quieto sobre un pedestal.
Creímos que hubiera peligro. Pero lo que ocurría era que ellas habían querido mucho a aquel loro y ahora lo conservaban disecado. Después nos acostumbramos a aquel “tótem” familiar, a quien ellas hablaban como si estuviera vivo. La que cocinaba imitaba su voz, como lo haría un ventrílocuo y contestaba por él.
Allí fue donde conocí a un músico, sobrino de ellas y a quien llamaban “El nene”. Era ciego y tendría unos dieciocho años. Muy alto. Detrás de unos lentes negros, movía de la más impresionante manera, unos ojos tan desorbitados y aparecían de un tamaño tan sorprendente, que parecía que ya se le iban a saltar. Los párpados se habían agrandado y estirado mucho; pero no los podían embolsar en todo su tamaño. Era inquietante vérselos mover continuamente fuera de sus órbitas y recordaba el movimiento de los ojos de un rumiante vistos de perfil. No habría la menor exageración al afirmar que eran del tamaño de un huevo; no sólo sugería eso la identidad de dimensión sino también su forma ovalada.
Me habían dicho y olvidé el nombre de aquella enfermedad. Pero lo que más me angustiaba era que el médico le había pronosticado que moriría cuando tuviera veintidós años, que a esa edad, aquellos ojos escaparían de sus órbitas. Hasta me dijo un médico -tal vez apremiado por la insistencia con que yo le preguntaba en qué época del año ocurriría- que el hecho tendría lugar más o menos en marzo. Afortunadamente sé que ha pasado de los cuarenta años.
Una noche, invitados por las tías -las longevas- fuimos a la casa de El nene y lo sentimos tocar el piano.
Para mí fue una impresión extraordinaria. Por él tuve la iniciación en la música clásica. Tocaba una sonata de Mozart. Sentí por primera vez lo serio de la música. Y el placer -tal vez con bastante vanidad de mi parte- de pensar que me vinculaba con algo de valor legítimo. Además sentía el orgullo de estar en una cosa de la vida que era de estética superior: sería un lujo para mí entender y estar en aquello que sólo correspondía a personas inteligentes. Pero cuando después tocó una composición de él, un Nocturno, la sentí verdaderamente como un placer mío, me llenaba ampliamente de placer; descubría la coincidencia de que otro hubiera hecho algo que tuviera una rareza o una ocurrencia que sentía como mía, o que yo la hubiera querido tener. La melodía iba a caer de pronto en una nota extraña, que respondía a una pasión y al mismo tiempo a un acierto; como si hubiera visto un compañero que hacía algo muy próximo a mi comprensión, a mi vida y a una predilección en que los dos nos encontrábamos de acuerdo; con esa complicidad en la que dos camaradas se cuentan una parecida picardía amorosa.
Yo había encontrado camaradas para otras cosas; pero un amigo con quien pudiéramos representarnos el amor en aquella forma era un secreto de la vida que podíamos ir atrapando con escondido regocijo de más sorpresas, de esas que dependen mucho de nuestras manos.
Aquello era mucho más lindo que tocar como tocaba yo. ¡Y yo que me creía tan original cuando tocaba por mi cuenta y encogía y estiraba a mi gusto una melodía! ¡Y nada menos que una Canción de Margarita! Que precisamente una noche que la toqué en casa estando las longevas de visita, ellas decían: “¡Pero qué gusto tiene para tocar!” y “¡Mire que es linda la música!”. Y aquella noche, tan inmensamente lejana -y con algo tan cercano en el sentimiento de las cosas y de la vida, que no podría decir qué es y dónde reside ese extraño reconocimiento de mí mismo- cuando tocaba una mazurka que se llamaba “Gorjeo de Pájaros” -¡qué vergüenza!-. Y lo que nos habíamos reído, porque mi hermanita -cuatro años, la que le tocó la cola al loro- muy apurada había dicho: “Mamá, decirle que toque “Gorjeo de lechones”. Y cuando la otra, la mayor, había recitado “Pobre María”, una pobre desgraciada que se había escapado de la casa por las palizas de la madrastra, había pasado la noche a la intemperie, en invierno, con poca ropa; y al encontrarse frente a una puerta con un letrero tenía miedo que fuera la “prevención”. Pero al final descubría que era un asilo. Entonces llamaba, abrían y ella se lo agradecía a la virgen. Lo decía frente a una puerta que daba al comedor; y en el momento en que ella decía: “pasos, abren, se adelantan”, sin que nadie supiera nada, ni mi propia hermana, se abrió la puerta del comedor y aparecí yo, para darle más realidad a la escena. Había tenido semejante ocurrencia mientras ella recitaba; en puntas de pie había salido de la sala y dado la vuelta por otro lado. La consecuencia fue desastrosa, porque todos, que en aquel momento estaban conmovidos, ahora, al mismo tiempo que casi lloraban, también se reían y rabiaban: aquella broma había quitado todo el efecto a “la obra”.
En aquel entonces yo tenía de doce a trece años. Una prima mía -también lejana- tocaba el piano (“Plegaria de Moisés”, “La Argentina te llora” -nocturno dedicado a un aviador venido abajo- etc.). Era muy linda y por lo menos me doblaba la edad. (Otro amor secreto, pero con el agravante de que teníamos demasiada confianza y después mi timidez y que ella pensaría que yo había interpretado mal la confianza.
Además era muy burlona).
Una tarde que había mucho sol y era carnaval, aparecieron disfrazadas, en casa, cuatro mujeres altas; y enseguida descubrimos a las longevas. Pero como ellas eran tres, teníamos que descubrir la cuarta, que no hablaba ni una palabra. Bueno, resultó que era el cieguito, Elnene. Vino después muchas veces a casa y allí conoció a mi prima. (Fatal coincidencia: él también se había enamorado de ella).
Una de las veces que bailó con ella le dejó un papel en la mano. Era la letra de un estilo que había compuesto para ella. ¡Cuánto lo envidiaba yo! Él había tocado antes el estilo; pero claro, sin decir a quién lo dedicaba.
La letra era de este tenor (también lo había cantado):

Soñé una noche que me decías
Con voz velada por la emoción
Tuya es mi alma, tuya es mi vida,
Tuyo es entero mi corazón.

Aquella tía lejana, se llamaba Petrona. Se reía siempre de las longevas, parodiaba a una de ellas poniéndose “dura y fruncida” y siempre recordó las palabras que aquélla decía a su sobrino: “Nene, toca tu Nocturno”. Como de costumbre, yo rabiaba.
Pero un día empecé a pensar que Petrona, a pesar de no sentir el Nocturno, ni comprender ni estar en eso, ni ambicionar ninguna situación ni estado estético como el que gozábamos nosotros, sentía algo y a su manera, de lo que ocurría en los que oían o gustaban ese momento de arte. Como muchas personas sin cultura intelectual -ella apenas leía el diario- al estar entre personas “instruidas”, tenía tensión de espíritu; se adivinaba que en esos momentos cargaba demasiado su batería; y cuando había oportunidad de reírse, descargaba con violencia su risa, que era más convulsiva y duraba más rato que la de los otros. Igualmente ocurría cuando en la conversación aparecía una persona que se hubiera encontrado en situación un tanto difícil o propensa a caer en ridículo.
La simpatía del estado de Petrona con el de la persona en cuestión, influía directamente sobre sus acumuladores y esperaba con retenida impaciencia -aun sin ella saberlo- la oportunidad de soltar intermitentes explosiones de risa. Precisamente, si las convulsiones de su risa inquietaban tanto, era porque se percibía el esfuerzo por contenerlas. Su risa era aspirada y sus convulsiones medio desahogadas y medio tragadas -alguien decía “degolladas”-. Tal vez, ese afán de contener su risa presionando desesperadamente sobre todos sus frenos musculares, respondía a su propósito de no hacer “papelones”, de no mostrar una risa chabacana. Y así, luchando con su risa ofrecía un espectáculo impresionante y extraño. En ese espectáculo, no sólo aparecía la reacción de la persona que llamamos sana, saludable, que nos presenta gran riqueza de energías y que al iniciar su contacto con ambientes superiores a los que está acostumbrada a actuar, esas energías se vuelven sobre sí mismas, frenadas por pudor, porque percibe la diferencia de ambiente y desea esconder su historia, o porque sabiendo que la descubren y que da el espectáculo, le es simplemente violento penetrar en un ambiente distinto; sino que Petrona también ofrecía un misterio que escondía cierto matiz brutal, persistente, burlón. Si por un lado era generosa, abnegada, consecuente en los cuidados y trabajos que se tomaba por nosotros -estaba en casa antes de nosotros nacer- también se burlaba continuamente y se le ocurrían bromas crueles. Cuando yo tenía tres años, una noche en que me habían dejado solo y con la luz prendida, vi aparecer por una puerta gris y entreabierta, algo como una gran pata negra de araña moviéndose; y era ella que se había forrado la mano y el brazo con una media negra y la asomaba haciendo contorsiones. Recuerdo muy bien esta impresión.
Y en casa decían que creyeron que me enloquecía.
Ella tomaba con dos dedos un sapo y lo levantaba hasta mostrar la barriga blanca. Yo tenía miedo porque ella misma me había dicho que soltaban un fuerte chorro de orín, que daba en los ojos y que dejaba ciego. Una noche de lluvia, después que yo estaba acostado vino a mi cama y vi que levantaba las cobijas apresuradamente; enseguida sentí en los pies la barriga fría y viscosa del sapo. Algunas noches después, mi madre notó un ruido raro después de apagada la luz; prendió rápidamente un fósforo y descubrió que yo dormía con los pies y las piernas para arriba, pegados contra la pared. Ahora vuelvo a sentir un poco la angustia de cuando apagaban la luz, de cuando la mecha de la lámpara dejaba escapar los últimos hipos; y que al final, después de casi apagada del todo, el último hipo tardaba más pero era más grande y ya todo quedaba completamente oscuro. Entonces empezaba a ver sapos en mi cama y a poner los pies en la pared. Mi madre me llevaba para su cama y mi padre venía a la mía. Cuando mi madre estaba por dormirse, yo le daba un codazo para que no se durmiera porque seguía sintiendo miedo a los sapos.
Petrona contribuía a malcriarnos porque era muy buena y nos hacía todos los gustos. Y esto desde la mañana hasta la noche. Todavía en la noche nos llevaba a todos la bolsa de agua caliente o el porrón. Una noche, cuando todos volvimos del teatro -y mi hermanita, la del loro, tendría cuatro años- nos encontramos, como de costumbre con las camas calientes. Y a mi hermanita le había puesto, además, la muñeca y un pequeño porrón de tinta con agua caliente a los pies de la muñeca. Cuando mi hermana mayor -la de “Pobre María”- tenía unos nueve años, la retaban porque siempre andaba corriendo y “hecha una chiva”. Petrona le dijo que si corría le saldrían cuernos, como a las chivas. Y esa tarde, que llovía e hicieron tortas frías, Petrona hizo con masa un gran cuerno frito y se lo llevó. Después, mi hermana caminaba despacio, en puntas de pie y se tocaba la frente.

Aunque Petrona no había cultivado su sentimiento estético en el arte, en cambio tenía desarrollado el sentido estético de la vida, en ciertos aspectos del comportamiento humano. (Claro que ella no le hubiera llamado sentido estético. Tal vez nunca haya pronunciado la palabra “estético”). Tenía el concepto de lo que era lindo y de lo que era feo, de lo que estaba bien y de lo que estaba mal. Y todo esto sintetizado en la palabra “papelón”: se trataba de hacerlo o de no hacerlo.
Tenía una sensibilidad especial para que ciertos hechos, le hicieran cosquillas. Y de ahí su constante risa atragantada. No nos hubiera bastado el criterio de que aquella burla fuera una reacción secreta de venganza contra las personas de otra cultura. Parecía que sobraba algo, que este criterio fuera sobrepasado y que con él no alcanzáramos toda la realidad de sus persona. También provocaba el pensamiento de que en aquella burla o reacción tan gozosa, había escondida una extraña forma temperamental, que ella no podía menos que abandonarse continuamente a esa tendencia suya y que estaba al mismo tiempo condenada a estarla deteniendo siempre. En total podría decir que nos sería difícil encontrarla -en el sentido de comprenderla- si la buscábamos con criterios o sentimientos comunes y que nos sentiríamos siempre tentados a postergar el juicio que de ella quisiéramos formarnos. En cambio, ella, pronto, inmediatamente, se lo formaba de los demás. Realmente ella era una persona muy equilibrada. (Aunque a veces, bajo las más grandes apariencias de equilibrio encontráramos las locuras más sorprendentes o los misterios más inescrutables). Desde su equilibrio, desde cierta frescura que le daba el no haber sido interferida por ninguna teoría estética o de alguna otra clase -que quizá hubiera tentado a su espíritu a quedarse con algo que podía resultar una pequeña extravagancia o alguna rara predilección- y sobre todo desde su misterio, observaba a los demás y descubría con gran facilidad, precisamente, la menor extravagancia a que una persona se hubiera entregado.
Así que en una reunión de arte, entendía de las actitudes que tomaban los demás. Y entonces su gran posibilidad de burla.
Quizá ocurriría que aquéllos cuyos sentimientos, recuerdos o predisposiciones les hicieran acudir con una actitud más o menos profunda, espontánea o sincera al instante del arte, no pusieran caras o poses interesantes. De los que no tuvieran el espíritu dispuesto a concurrir a esos momentos de una manera más o menos profunda o continuada -ya porque fueran solicitados por cosas ajenas al arte, ya porque en aquel momento se sintieran por debajo o por encima de él, ya porque sus temperamentos o circunstancias no los dejaran detenidos de algún modo en el arte- de entre éstos, habría quienes aprovecharían la oportunidad para componer poses seductoras, sugestivas o atrayentes. Hasta es posible que compusieran esas poses tomando en cuenta algo del presente; y que con caprichosas alternativas de la atención, adquirieran una pose que tuviera que ver con el estado que ahora provocaba el arte; o que se dejaran invadir por el arte con intermitencias que no les interrumpieran la composición de sus poses. Pero también ocurrirían otras cosas muy extrañas. Habría personas que sentirían el instante del arte con nobleza, se entregarían a él con toda la profundidad de que eran capaces sus almas; y sin embargo, tendrían poses extravagantes. No se podía pensar que quisieran especular con sus poses, que tuvieran la intención de llamar la atención en alguna forma. Pero es posible que en la adolescencia, cuando hubieran sentido por primera vez que el arte era sublime y que el momento de sentirlo era solemne, se hubieran soñado a sí mismos con una actitud que correspondiera a ese sueño adolescente; y esa actitud se les hubiera quedado como dormida u olvidada. Y después, siempre que apareciera aquel momento sublime y aquel estado solemne, traería, junto a aquel primer sentimiento, los movimientos o poses que el arte mismo les habría sugerido cuando se soñaron a sí mismos con el primer sueño, en el cual crearon, con ingenuidad e inocencia, los ritos o trajes espirituales para el oficio del arte.
Y después, aunque les hubiera crecido el sentimiento estético y hubieran podido darse cuenta que aquella pose era extravagante, ya no podrían pensar tanto en sí mismos, si es que en el momento de sentir el arte tuvieran la necesidad de un sueño más profundo.
Por eso las poses quedarían en lo de fuera de esas personas -y ellos no tendrían espejo ni conciencia para verlas-. Esos movimientos o posturas habrían nacido y vivido en esas almas como otros movimientos nacieron y vivieron en los hombres primitivos; y cruzarían todas sus vidas como séquitos de costumbres de fidelidad estática.
Casi no tendría objeto, llamar aparte a una de esas personas -por más amiga que fuera- y decirle que su pose era extravagante; porque parecía que profanáramos ritos de extrañas y particulares significaciones. Además, llegado el momento de oír música, por más prevenidos que estuviéramos, el arte invitaría a aflojar los frenos de la autocrítica, se produciría como una convencional libertad de relacionar el sentimiento del arte con nuestra historia sentimental y se permitiría y se justificaría la distensión de nuestros músculos y el abandono de nuestra conciencia -si ese abandono no era muy exagerado, o mientras no se notara que escondía la intención de tener un abandono original: el que observara los momentos en que se pasara al estado provocado por el arte, vería cómo naturalmente se iban esfumando poco a poco los límites en que se vivía un rato antes.
Algunos sabrían que sus poses eran observadas; entonces prepararían una postura neutra, pero cómoda, para poder abandonarse a oír tranquilos, alejándose en esta forma de los presentes. (Otros, imitando a estos últimos, se prepararían como para dormir).
Todos estos hechos hacían cosquillas en la sensibilidad de Petrona.
Y si es cierto que había personas que entendiendo poco de arte escondían su incomprensión -o trataban de comprender- recurriendo demasiado predominantemente, a las anécdotas o a las actitudes de los artistas para “deducir” el arte, Petrona se dedicaba exclusiva y francamente a la observación de posturas. Y así volvían los borbotones de risa a medio desparramar.
Habíamos ido a Las Piedras con mi madre, a casa del cieguito; y a la hora de cenar yo dije algo que causó vergüenza y confusión a todos. La gente decía que mi madre me tenía muy educadito. Yo era tan pronto muy nervioso, o muy aplastado; muy excitado, o inerte, somnoliento. Yo también cargaba mis baterías y las descargaba de golpe; pero muy a menudo a propósito de una insignificancia y con gran extrañeza de todos. Y de pronto aparecía distendido, distraído, abandonado a la luna cuando el tema era de verdadero interés. Tan pronto angustiosamente tímido como sorpresivamente violento, o audazmente atrevido. Pero constantemente torpe. Terminada la cena -aquella gente era tan buena, atenta y profundamente noble como las longevas- y cuando todos nos paramos, yo me apronté para soltar un brillante agradecimiento. Y dije: “Muchas gracias, aunque no es mucho…”. Y así quedó sin terminar la frase en la que hubiera querido explicar, que decir gracias no era mucho, ni siquiera nada, frente a tantas atenciones. en el desconcierto, hubo balbuceos incoherentes -tal vez ofrecimientos de más comida-. Mi madre estaba consternada y yo rodeado de una luminosidad roja que salía de una pantalla encarnada, con flecos y con una luz muy fuerte.
Nos quedamos en aquella amable casa hasta el otro día por la tarde, después de haber cumplido el motivo de nuestra estadía: la presentación de Clemente Colling. Éste era el maestro de piano y armonía del cieguito.
Entre las longevas y Elnene, había sido combinada esta reunión.
Clemente Colling era conocido por “El organista de la Iglesia de los Vascos” o “El ciego que toca en los Vascos”, etc. De allí su fama. Algún tiempo antes de esta reunión, me habían llevado a oírle un concierto de piano que dio en el Instituto Verdi.
Era de los primeros conciertos que oía en mi vida. Mi entusiasmo y mi manía de ir demasiado temprano a los espectáculos, nos colocó en la puerta de la sala mucho antes de que la abrieran. Después, apoyado en la baranda de tertulia, empezaba a sentir ese silencio de sueño que se hace antes de los conciertos cuando falta mucho para empezar; cuando lo hacen mucho más profundo los primeros cuchicheos y el chasquido seco de las primeras butacas; cuando se espera oír y sin embargo es más lo que se ve que lo que se oye; cuando el espíritu, sin saberlo, espera trabajando; cuando trabaja casi como en el sueño, dejando venir cosas, esperándolas y observándolas con una distracción infantil y profunda; cuando de pronto se hace esfuerzo para suponer lo que vendrá y se mira por centésima vez el programa; cuando se repasa la vida de uno y se aventuran ilusiones; cuando uno siente la angustia de no estar colocado en ningún lugar de este mundo y se jura colocarse en alguno; cuando uno sueña llamar la atención de los demás algún día y siente cierta tristeza y rencor porque ahora no la llama: cuando se pone histérico y sueña un porvenir que le adormece la piel de la cabeza y le insensibiliza el pelo; y que jamás lo confesaría a nadie porque se ve a sí mismo demasiado bien y es el secreto más retenido del que tiene algún pudor; porque tal vez sea lo más profundo del sentido estético de la vida; porque cuando no se sabe de lo que se es capaz, tampoco se sabe si su sueño es vanidad u orgullo.
Mirando al escenario, sentí de pronto aquel silencio como si fuera el de un velorio. El gran piano era todo blanco. Los pianos negros nunca me sugirieron nada fúnebre; pero aquel piano blanco tenía algo de velorio infantil.
Había entrado mucha gente y el murmullo era mucho más subido. De pronto, el corazón también se subía; pero de golpe. Se apagaron las luces de la sala; y todavía un rato más. En vez de aparecer en escena un solo hombre, aparecieron dos: no pensé que siendo Colling ciego, era muy natural que otro lo trajera hasta el piano. Pero se detuvieron antes de llegar al piano y Colling hizo un extraño saludo: al principio parecía que iba a ser de frente y después se volvía hacia un costado. Años después, me dijo que aquel saludo era muy elegante y que se lo habían enseñado en París. Después de sentado en el piano le habló, sonriente, al que lo acompañaba. El acompañante se fue, él tosió y se llevó la mano a la boca juntando los dedos de una manera muy extraña. Su cabeza gris, de pelo aplastado y peinado con raya a un lado, brillaba arriba y tenía una sombra debajo. Solamente recuerdo cómo tocó una balada de Chopin -y que también me juré aprender-; y del final, en que de acuerdo con el programa pidió al público cuatro notas en forma de tema para hacer una improvisación.
En escena había aparecido absolutamente distinto a como me lo había imaginado. Y en la reunión de Las Piedras, muy distinto a como lo había visto en escena.
Sin embargo, el recuerdo de esa primera reunión es muy vago. Algunas noches -muchos años después- tuve el capricho de querer recordar exactamente dónde y cómo estaba colocado, cómo lo vi por primera vez y qué me dijo al principio. Entonces, trataba de imaginármelo en un lugar determinado de aquella sala, para ver si coincidía con el lugar real que hubiera ocupado por primera vez, para ver si el recuerdo se me aclaraba; intentaba inventarme un lugar de la sala donde hubiera sido posible que hubiera estado sentado, para ver si se producía alguna simpatía entre lo que imaginaba ahora y lo que fue realmente; porque esperaba que coincidiendo, se me hiciera más preciso el recuerdo. Pero fue inútil, no sólo no encontraba lo que buscaba, sino que hasta se me confundía la sala. De pronto me encontraba con que se fundían impresiones posteriores. Deduzco que debía estar sentado cerca del piano y creo que hube de esperar a que diera primero la lección del cieguito y que después entramos nosotros. Ni recuerdo que en aquel primer encuentro hubiera percibido su desaseo. Lo más posible era que estuviera próximo al piano porque pasé muy cerca de él antes de sentarme a tocar.
Debo afrontar cuanto antes la vergüenza de confesar, que en aquella época, yo también tenía mi nocturno.
Él me dijo: “La semilla está; pero hay que cultivarla”. Además de recordar esta frase por lo que tenía que ver con mi vanidad, también la recuerdo porque me pareció vulgar y por las cosas que yo seguía pensando cuando le veía su cabeza un poco inclinada y al mismo tiempo sin estar frente a mí, sino para un lado. En el otro lado apoyaba un codo contra el cuerpo, tenía doblado el brazo para arriba y tomaba el cigarrillo, con tres dedos -y levantaba los demás como si lo que tomara fuera una masita-. Al hablar, estiraba o ampollaba la parte de la boca que iba desde el borde fino de los labios hasta las hornallas de la nariz, que se ensanchaban al llegar a la cara. En esa región movible que estaba debajo de la nariz y que era muy grande, tenía dos manchas marrón oscuras; y después de haber pasado mucho tiempo, me di cuenta que esas manchas eran del humo del cigarrillo que le salía por la nariz.
La frase de Colling, que tan vulgar me había parecido, me hizo pensar por un instante, al estilo de cómo pensaban algunos o muchos jóvenes de aquella época. Estaba como de moda, esta forma de reflexión: “¿Qué quieres que sea tal individuo si hace tal cosa?”. Aquel momento o desilusión frente a Colling casi equivalía a decir: “El hombre que dice semejante vulgaridad, no puede ser un crítico de arte”. “Sí su frase es tan vulgar, su arte también lo debe ser”. Es posible que en muchos casos acertara -y que éste fuera uno de ellos-; pero con seguridad que era una forma hecha del pensamiento, que podía dar lugar a errores crueles y que inhibía para seguir pensando u observando con respecto a una persona; y además, una de las verdades más visibles era que en un mismo individuo pudieran encontrarse las cosas más contradictorias. Precisamente, el que yo hubiera encontrado o pensado en ese error de los otros, no era por sutileza de observación de mi parte, sino sencillamente porque a mí no me convencía; porque si fueran a juzgar toda mi vida o mi persona por algunos hechos, encontraría con razón que era decididamente un imbécil.
Además, ese error no era de mi estilo; yo tenía otros; ésa no era mi manera acostumbrada de soliviantarme para opinar; y me daba pereza y me costaba mucho esfuerzo la postura de pensamiento que no coincidía con mi estilo de equivocarme. Por otra parte, hoy me encuentro con que si la frase de Colling era vulgar ¡había que haber oído mi nocturno! Y supongo mejor la posición de Colling, porque mucho tiempo después, yo también he oído y juzgado los nocturnos a otros. Total, que yo mismo, si en aquella época podía tener alguna vaga experiencia en alguna clase de errores, en cambio en música, no tenía ninguna. Al mismo tiempo estaba con el alma inclinada hacia Colling, me seducía todo lo que tenía de ingenuo, de pintoresco, su cordialidad sinceramente bien predispuesta; parecía que su corazón se moldeaba fácilmente con una franca espontaneidad a cualquier vuelta nueva de la vida. Como todos, se había inventado una sonrisa artificial para un cumplimiento; pero parecía que ese artificio lo empleaba con gusto que estaba deseando que fuera del todo natural y tener motivos para ser sincero.
También me sucedía su ciencia, su inmensa sabiduría de músico. Por lo menos a mí me parecía un sabio. Y a pesar de lo fácil que era ver algunos de sus sentimientos, de la inexplicable gracia que le hacían ciertas cosas, de sus ingenuos arrebatos de orgullo, de la seriedad de sus despampanantes mentiras, a pesar de todo, yo empezaba a internarme en muchos misterios que me empezaron conociendo su persona. Sentía que iba a conocer de cerca, que se me iba a producir una amistad, un extraño intercambio, con un personaje excepcional, que además era ciego. Sé que en los primeros momentos empezaban a ser misterio, detalles insignificantes, tal vez demasiado físicos, objetivos; ¡pero eran tan extraños, tan desconocida la historia de aquellos movimientos! Sin embargo, después yo los haría coordinar otros misterios: el de cómo serían todos los sentimientos que manejaban aquella ciencia. Ni sabía -y hallaba placer en no saber- qué misterio habría en cada ser humano puesto en el mundo -en un ser humano como Colling, por ejemplo-; qué misterio me sorprendería primero, cómo sería yo después de haberlo sentido, o qué le pasaría a mi propio misterio.
Aquella misma tarde y muchas otras, yo me quedaba callado mirándolo; confundía tal vez lo de que era ciego, procediendo como si también fuera sordo; o tal vez me desconcertara verme escondido ante sus propios ojos y en plena luz del día; o era él que se escondía detrás de sus párpados; o sencillamente procedía con una naturalidad desconocida para mí porque yo no sabía cómo era no tener vista; o él procedía con las reacciones comunes que le provocaban los videntes; procedería estando acostumbrado a la curiosidad ajena y se le confundirían de una manera extraña lo de él y lo del mundo, porque en última instancia no podríamos saber cómo serían sus sensaciones y su sentimiento de las cosas con una cualidad mental en la que no entrara la vista.
De pronto se empezaba a reír como si me hubiera estado mirando. Entonces él contaba: recién en la peluquería uno leía un anuncio del domingo -el domingo próximo él tocaría el órgano en la iglesia de Las Piedras- y el que leía decía a los otros: “Va a tocar un tal Colling, dicen que es un tigre”. Y Colling se reía con muchísimas ganas porque el que hablaba pronunciaba mal su nombre. Él decía que su nombre era inglés y que acentuándolo en la primera sílaba y haciendo apenas el sonido de la “g” se pronunciaba correctamente. Muchos que sabían que él era francés le decían “Mesié Colén”. Él también toleraba esta manera y era la que empleaban todos los franceses. Pero el de la peluquería lo había pronunciado con la “ll” como “y”, al estilo rioplatense, como si dijera “pollito”; además lo había acentuado en la “i” y había pronunciado la “g” con una larga ferocidad de “j”, poniendo la boca como fiera que muestra los dientes. Si en realidad esto era gracioso, mucho más extraño era cómo él acentuaba las palabras. Contándonos cómo una niña vidente, que había ido al Instituto de Ciegos y que viendo a las niñas ciegas ella también quería ser ciega, decía: “y entonces la muchachita se echaba “jabón” en los ojos” y nosotros, al mismo tiempo que nos reíamos del procedimiento del jabón, nos reíamos de lo extrañó que quedaba la palabra tan mal acentuada y de la inconsciencia e ingenuidad tan infantil con que él se reía e ignoraba su falta.

Cuando me dejaban solo con los dos ciegos y ellos conversaban, no tenía en cuenta constantemente que eran ciegos; y de pronto me sorprendía que tomando la conversación un giro o una actitud íntima, ellos no se miraran, ni hicieran movimientos correspondientes a los que estamos acostumbrados a ver en las personas que tienen vista; y así, ellos creaban a mis ojos una nueva forma de movimientos correspondientes a la conversación. Sus cabezas inquietas, casi continuamente movibles, se iban poniendo de costado, como si miraran con las orejas; pero el que emitía las palabras ponía la cara de frente, hacia la oreja del otro; y cuando el diálogo era entre cortado había confusión e inquietante movimiento de cabezas. Entonces se acercaban al piano. Pero cuando hablaban de composición, y por ahí, de sensaciones sonoras, de sentimientos, del arte y de la ciencia, la conversación parecía más secreta; porque iban a lugares donde yo tenía pocos pensamientos, pocas experiencias. Sin embargo, en mi curiosidad siempre expectante, era continuamente despertado, provocado por vagas sugerencias, que si bien algunas acertaban a mezclarse en los caminos de ellos, otra me dejaban despistado, perdido, pero con la ansiedad de volverlos a encontrar. Y a medida que se acercaba la noche -ellos no necesitaban luz- yo seguía los movimientos de ellos que iban siendo manchas movibles junto a la otra grande, la del piano. De un gran baúl abstracto seguían sacando juguetes abstractos, que para mí, además de ser sonoros, tenían color. Pero yo no me daba cuenta que los acordes o formas que yo sentía, también se diferenciaban de los que ellos oían, en que los míos tenían color; y hasta como aquella niña que se echaba jabón en los ojos para quedar ciega, por algún instante, sintiéndolos a ellos, me iba un poco hacia su religión -su falta de vista y su entendimiento mutuo me sugería algo así como una religión-, y pensaba que tal vez, en lo más hondo de lo humano, la vista era superflua.
Pero enseguida me horrorizaba este pensamiento, y recordaba el encantamiento que ellos tenían como sombras.
De pronto, en la penumbra, me sorprendía la mano de Colling puesta hacia abajo, con los dedos juntos como si fueran a espolvorear algo, como un cono invertido; después daba vuelta el cono, se llevaba la punta de los dedos a la boca y era que de adentro del cono salía un cigarrillo muy blanco; se veía en el momento que arrugaba el labio superior para colocárselo. Y no se podía dejar de ver cómo encendía el fósforo. A la primera bocanada de humo, tosía y se llevaba la mano a la boca. Yo ya sabía de memoria cómo era su mano atajando la tos, cómo eran de gruesas las ligaduras negras que tenía al borde de las uñas, y todo esto es taba lleno de un inmenso encanto de ver; y tenía encanto el recordar esas mismas tardes cuando el sol iba dando en aquella sala, en el ambiente misterioso que hacían ellos; y los reflejos tenían un sortilegio y un sentido de la vida que después nos haría pensar que todo aquello parecía mentira, una mentira soñada de verdad. Y cuando más lejos se iba el sol, más sorpresa de manchas, no sólo sugiriendo o recordando las formas que se habían visto hacía un instante, sino también los colores y el sentido de los objetos que se iban cobijando de sombras.
Yo, con egoísmo del que posee algo que otro no posee, pensaba en el goce de estar en la noche, después de acostado, recibiendo el ala de luz de una portátil de pantalla verde que diera sobre un libro en el que uno leyera y tuviera que imaginarse color, una escena en los trópicos, con mucho sol, todo el que uno se pudiera imaginar, sobre las montañas y sobre todo los verdes de la selva. Pensaba en toda una orgía y una lujuria de ver; la reacción me llevaba primero a la grosería de la cantidad y después al refinamiento perverso de la calidad; desde las visiones próximas o lejanas cegadoras de luz, en paisajes con arenas, con mares, con luchas de fieras, de hombres, hasta el artificio del cine; y el cine, desde un choque de aviones, hasta una de esas fugaces visiones, que aparecen fugaces al espectador pero que a las compañías cinematográficas les cuestan lentitud y sumas fabulosas; después, la visión de toda clase de microbios moviéndose en la clara luna de un lente; y después todo el arte que entra por los ojos; y hasta cuando el arte penetra en sombras espantables y es maravilloso por el solo hecho de verse.
En la noche, antes de dormirse, suponía la tragedia de los ciegos; pero -y me resultaba muy curioso- esa tragedia de ellos no me la podía suponer sin imágenes visuales.

Colling había hablado con el cieguito, el cieguito con sus familiares, uno de sus familiares con las longevas, las longevas con mi madre, mi madre con mi padre, estos dos últimos conmigo y Colling vendría a darme clases de armonía; cobraría un peso por lección, teniendo en cuenta que, etc., etc. En ese tiempo vivíamos en una casa de altos de la calle Minas.
Una tarde llegó Colling con su lazarillo, que se llamaba Fito. Colling daba su mano blanda; y siempre su sonrisa, una conversación ingenua pero imprevisible. Su cigarrillo, la tos, la mano, las uñas, las manchas marrones debajo de la nariz, la posición un tanto egipciana con la cabeza doblada para un lado y del otro lado el brazo doblado para arriba sosteniendo el cigarrillo; la oreja pegada a la cabeza, pero larga, con un pabellón tan ancho como el resto de la oreja y más largo que en las demás personas. Toda la oreja era muy parecida a unos bizcochos fritos que hacían en casa y que llamaban lentejuelas. La estatura un poco de regular para abajo; la cara apenas un poco más larga que redonda.
Nunca pude saber bien cómo era la forma de la cabeza, porque según del lugar que se mirara era diferente su forma: ya de tamaño regular, ya agrandada de atrás, ya redonda, ya la de un diplomático, o comerciante, o maestro de armonía, ya la de Colling, ya otra que no era la de Colling. ¡Ah! me olvidaba de una mano, la que no tenía el cigarrillo, o justamente la que acudía cuando la tos: cuando estaba sentado la tenía descansando en el muslo, pero con la palma para arriba.
La primera lección de armonía fue corta; pero para mí locamente interesante. Él daba la clase de armonía, tocaba una pieza de piano y hacía un cuento. La lección de armonía era según un método propio. La pieza que tocaba, generalmente de un francés, Widor, Saint-Saens, Lack, etc., era más o menos agradable, superficial, pero raramente estructurada en su forma rítmica -por lo menos así la ejecutaba él-. Tocaba todas las partes como si mostrara una casa para alquilar: aquí la sala, aquí el comedor, la cocina, etc. No la hacía vulgar -por más cursi que la obra fuera- sino rítmica y tomando en cuenta, en la secuencia de la ejecución, la presentación y desarrollo de una idea desde el punto de vista de la composición.
Era, además, como si dijera: “Primero así, después así y finalmente así.
Bueno, por hoy hemos comido”. Tampoco era del todo mecánico; era un gustador habituado a una rara organización: ni injusto, ni frío, ni muy entusiasmado. Muy parecido a algunos críticos literarios. A mí me intrigaba mucho y pensaba que nunca podría saber cómo era aquello tan extraño de su persona.
El cuento era ingenuo. Casi siempre se refería a la época de su adolescencia, cuando estaba a pupilo en un colegio católico de ciegos, en París. En la clase había un niño que le había descubierto no se qué cosa. Y él se había dicho para sí: “Yo te voy a “aprender” a ser “delátor”. Entonces le había pedido al “delátor”, que cambiara con él de banco de clase: Colling fue al lugar del “delátor” y el “delátor” al de Colling. Cuando el hermano -así le llamaban al cura preceptor, que también era ciego- preguntó por Colling y se refirió a la lección, Colling no respondió. Cuando el hermano, después de mucho llamarlo y preguntarle y Colling no responderle, se puso furioso, fue al banco de Colling pero le pegó un formidable bofetón al “delátor”.
Al contar esto se reía desaforadamente. (La tos, la mano, las uñas).
Antes de irse, yo le daba el peso.
Él lo estiraba, lo doblaba en dos muy simétricamente; después en cuatro y después en ocho; lo ponía en un bolsillo de arriba del chaleco; sacaba otro, doblado en la misma forma que tenía en el bolsillo del pantalón y lo ponía en el otro bolsillo de arriba del chaleco. Todo esto en medio de un silencio absoluto. Como siempre los combinaba de manera distinta, nunca pude descubrir la clave ni el porqué de ese transporte de pesos. Después daba la mano blanda, caliente, viscosa y hacía la sonrisa. Yo lo quería mucho. Enseguida que se iba, venía Petrona chapaleando su risa y limpiaba el piano con agua Colonia, pues el teclado había quedado sucio con pedacitos de tabaco; también abría las ventanas. A decir verdad, el descuido de Colling no me llamaba la atención -ni me llamaba ciertos conceptos hechos- como a los demás. Yo no lo observaba continuamente, o lo olvidaba enseguida; para mí era una cosa de él, que le ocurría a él, pero que no la relacionaba tan estrictamente con los demás, ni con las leyes sociales.
Era, sí, una cosa rara; pero específicamente de él, que tenía que ver con su historia y en la que nosotros no debíamos intervenir en forma demasiado rigurosa o dedicando los mismos conceptos que le dedicaríamos a otras personas. Mi impresión de todo eso no era muy precisa y me fastidiaba la insistencia de los demás con respecto a eso. Tal vez, porque estaba mal predispuesto a la crítica que hacían en casa: tomaban demasiado en cuenta algunas cosas, porque no sentían tanto como yo, otras. Y también yo reaccionaba contra ciertas verdades, porque esas verdades habían sido, en un principio, expuestas exageradamente.
Una tarde llegué a casa y me encontré a Colling sentado en el comedor y a Petrona que le estaba mostrando un trapo azul, después uno verde y uno rojo. Resultaba que Colling veía los colores. Estaba colocado en un lugar de mucha luz y nombraba los colores después de mucho rato y mucho esfuerzo. Además esta búsqueda del color la hacía con un solo ojo, pues no sólo era ciego, sino también tuerto: el otro ojo, se lo habían sacado en una operación en la que habían intentado darle vista. Ahora, mientras trataba de adivinar los colores, revolvía esforzadamente el ojo único arrastrando una nube blancuzca, rosácea, y un montón de hilillos rojizos.
A través de todo esto nosotros también adivinábamos que el ojo era azul.
Nunca dejaba de acertar con el color que se le mostraba; pero no se podía hacer muchas veces la prueba, porque se le fatigaba el ojo único. De cuando en cuando sacaba el pañuelo para limpiarse el párpado cerrado sobre el hueco en que había vivido el otro ojo.
Había empezado a perder la vista a los cinco años; y a los once ya había quedado como ahora. Mucho tiempo después nos dijo que hacía poco le habían propuesto, y con más probabilidad de éxito, una nueva operación; pero que él no tenía interés. Y cuando Petrona le preguntó por qué no había querido, él respondió: “Para ver a mujeres tan feas como “usted”, mejor me quedo como estoy”.
Si él era poco amable con ella, era porque ella ya le había hecho muchas.
Cuando se le invitó a almorzar, las primeras veces se le dio vino; pero como nosotros no acostumbrábamos a tomarlo diariamente, un buen día no había. Entonces él lo pidió; y nosotros lo mandamos buscar. Otra vez que no había y él pidió, Petrona le alcanzó un vaso de agua diciéndole que era vino. Él se lo tomó callado la boca y Petrona empezó con su risa. Otras de las veces que no había, que él lo pidió y que Petrona le alcanzó un vaso de agua, él primero metió el dedo índice en el vaso de agua y después se lo chupó.
Colling quería que nosotros creyésemos que él había estado dos veces a punto de casarse y que con diferencia de un día o de horas, antes del casamiento, había dado la casualidad que la novia se le había muerto: una por enfermedad y la otra por accidente.
Petrona descargaba toda su risa y se había propuesto descubrirle las mentiras. Una vez Colling contaba que había una monja que tenía “bígotes”.
Petrona le preguntó: “¿Y usted cómo lo sabía, maestro?”. Y él: “Porque se los “pálpe””.
La tercera vez había logrado casarse. Pero había dejado la mujer y dos hijos mozos en París, para hacer una gira de conciertos. En Buenos Aires un empresario lo había dejado plantado. Entonces vino a Montevideo.
Su padre “era un gran señor muy distinguido”. La madre “una mujer muy vulgar, era lavandera”. Y enseguida agregaba: “Yo salí a mi padre”.

Yo no quería pensar, ni hubiera querido darme cuenta, que la ilusión que tenía de Colling sufría algunas alternativas. Durante esos instantes -como el que hablaba con desprecio de la madre- me ocurrían cosas que tampoco hubiera querido recordar. Generalmente, cuando se producía una de esas alternativas, yo atinaba a suspender el juicio o el concepto que enseguida se me empezaba a hacer; no dejaba adelantar ese motivo de contra-ilusión, me decía -pensando en él- “¡pobre!” y me preparaba para justificar u olvidar aquel hecho. Y entonces, aunque las palabras o gestos de él, siguieran recordados, se le iba apagando o transformando aquella intención primera, se iba desvaneciendo aquel primer mal pensamiento que tan pronto había ocurrido al lugar del hecho y que amenazaba con seguir acompañando lo que después sería un mal recuerdo y hasta aumentar su mala voluntad.

Sobre el autor.
Felisberto Hernández (Montevideo, 20 de octubre de 1902 — Montevideo, 13 de enero de 1964) fue un escritor uruguayo que se caracteriza por unas obras de literatura fantástica pero basadas en la experiencia más personal.