Primavera en Fialta

La primavera en Fialta es brumosa y apagada. Todo está húmedo: los troncos descoloridos de los plátanos, los enebros, las vallas, la arena. A lo lejos, en un panorama acuoso sobre los bordes irregulares de las casas, ligeramente azuladas, que se han levantado temblorosas para subir la cuesta (un ciprés les indica el camino), el borroso monte San Jorge parece más alejado que nunca de su homólogo en la postal que, desde 1910, dicen (aquellos sombreros de paja, aquellos juveniles cocheros de punto), había sacado a los turistas del triste deambular de sus piernas, entre pedazos de roca de cantos amatista y sueños de chimeneas adornadas con conchas de mar. Él aire es plácido y tibio, con un ligero olor a quemado. El mar, con su sal sumergida en una solución de lluvia, es más gris que glauco y con las olas demasiado perezosas para romperse en espuma.
Fue en un día así, a principios de los años treinta, que me encontré, espíritu abierto, en una de las empinadas callejuelas de Fialta, captándolo todo a la vez: el rococó marino en el quiosco, los crucifijos de coral en un aparador, el cartel deslucido de un circo visitante, con una esquina de papel mojado despegada de la pared, y un pedazo amarillento de corteza de naranja, aún verde, sobre la vieja acera azul pizarra que conservaba, aquí y allá, el recuerdo desvaído de las líneas de un mosaico antiguo. Me gusta Fialta, me gusta porque siento en el fondo de sus sílabas violáceas la escondida dulzura húmeda de las florecillas marchitas y porque el nombre parecido de un bello pueblo de Crimea se hace eco de su sonido; y también porque hay algo en la somnolencia de su húmeda Cuaresma que hace el alma más devota. Estaba contento de estar allí otra vez, de poder caminar montaña arriba en dirección inversa a los riachuelos producidos por la lluvia, sin sombrero, la cabeza húmeda, mi piel ya cubierta de tibieza a pesar de llevar únicamente un ligero impermeable sobre la camisa.
Había llegado en el expreso de Capparabella, el cual, con aquel indiferente placer de los trenes en los países montañosos, había producido aquella noche su mejor estrépito a través de todos los túneles imaginables. Un par de días, tanto tiempo como un respiro en medio de un viaje de negocios me lo permitía, es lo que esperaba permanecer allí. Había dejado a mi esposa y a mis hijas en casa, y aquélla era una isla de felicidad siempre presente en el despejado camino de mi vida, siempre flotando junto a mí y aun a través de mí, me atrevería a decir; pero, de todas maneras, conservándose casi siempre en mi exterior.
Una jadeante criatura del sexo masculino, con su pequeña y dura barriga cubierta de barro, bajó a sacudidas del rellano de una puerta y avanzó torpemente, patituerto, tratando de llevar tres naranjas a la vez, pero dejando caer continuamente la variable tercera, hasta que cayó también él. Entonces apareció una muchachita de unos doce años, con una cinta de pesados abalorios colgada de su sucio cuello y una falda tan larga como la de una gitana, y se las llevó rápidamente, más ágil y con mayor habilidad. Cerca de allí, en la húmeda terraza de un café, un camarero secaba las mesas y un melancólico vendedor ambulante de caramelos del país, cosas de aspecto primoroso y brillo lunar, había colocado una desesperanzada canasta llena sobre la resquebrajada balaustrada, junto a la cual conversaban los dos. O bien la llovizna se había detenido o Fialta estaba tan acostumbrada a ella que no sabía si respiraba aire húmedo o lluvia tibia. Llenando su pipa de una tabaquera de hule mientras caminaba, el inglés más marino de esta sólida clase exportable, salió de los soportales y entró en una farmacia donde grandes y pálidas esponjas, metidas en un tarro azul, morían, detrás de su cristal, de la muerte más sedienta. ¡Qué delicioso alborozo sentía correr por mis venas, cuan agradablemente todo mi ser respondía a las vibraciones y efluvios de aquel día gris saturado de una esencia primaveral, que en sí parecía lenta en percibirse! Mis nervios eran extrañamente receptivos después de una noche sin sueño, lo asimilaban todo: el silbido de un tordo en los almendros que había detrás de la capilla, la paz de las casas ruinosas, el pulso del mar distante palpitando en la niebla; todo esto junto con el celoso verde de los trozos de vidrio erizándose a lo largo de un muro y los colores sólidos de un anuncio de circo que daba realce a un indio emplumado sobre un caballo encabritado en el acto de enlazar una cebra claramente endémica, mientras unos elefantes, totalmente atontados, se sentaban cavilando sobre sus tronos cubiertos de estrellas.
En aquel momento el mismo inglés pasó frente a mí. Cuando lo estaba absorbiendo junto con los demás, me di cuenta del súbito movimiento de sus grandes ojos azules que se esforzaban en los rabillos enrojecidos y del modo con que, rápidamente, se humedecía los labios —por la sequedad de las esponjas, supuse— pero al seguir la dirección de su mirada vi a Nina.
Cada vez que la había encontrado durante los quince años de nuestra…, me resulta difícil encontrar la palabra justa para calificar nuestras relaciones, no había parecido reconocerme en seguida y, también esta vez, se quedó quieta un momento en la otra acera, medio vuelta hacia mí en una afectuosa incertidumbre mezclada de curiosidad. Únicamente su bufanda amarilla inició un movimiento como el de aquellos perros que nos reconocen antes que lo hagan sus amos; entonces
profirió un grito, con las manos levantadas y los diez dedos bailando y, en medio de la calle, con la simple y franca impulsividad de una vieja amistad (del mismo modo que hacía rápidamente el signo de la cruz sobre mí cada vez que nos separábamos), me besó tres veces con más boca que sentimiento. Después, caminó a mi lado, colgándose de mí, ajustando su paso al mío, enredándose con su estrecha falda marrón superficialmente abierta en un lado.
—Oh, sí, Ferdie también está aquí —replicó y a su vez me preguntó rápidamente por Elena.
«Debe estar paseando por los alrededores con Segur —siguió diciendo, refiriéndose a su marido—, tengo que hacer algunas compras, nos marchamos después de comer. Espera un momento, ¿hacia dónde me llevas, querido Víctor?
De vuelta al pasado, de vuelta al pasado como lo hacía cada vez que la encontraba, repitiendo la total acumulación de la trama desde el principio hasta el último hecho, del mismo modo que en los cuentos de hadas rusos, donde lo ya dicho es relatado de nuevo en cada giro de la historia. Esta vez nos habíamos encontrado en la tibia y brumosa Fialta y no podría haber celebrado la ocasión con mayor arte; y aunque hubiese sabido que esta sería la última vez, no lograría adornar con viñetas más brillantes la lista de los servicios anteriores del destino. La última vez, lo sostengo, pues no consigo imaginarme a una firma celestial de agentes que consintiese en prepararme una cita con ella más allá de la tumba.
Mi escena introductora con Nina había sido enterrada en Rusia hacía mucho tiempo, hacia 1917 diría yo, a juzgar por cierto retumbar de las bambalinas teatrales de la orilla izquierda. Fue en alguna fiesta de aniversario celebrada en la casa de campo que mi tía tenía cerca de Luga, durante los profundos repliegues del invierno (cómo recuerdo el primer signo percibido al acercarme al lugar: un granero rojo en medio de la blanca extensión). Acababa de graduarme en el Liceo Imperial y Nina ya estaba prometida. Aunque tenía mi edad, que era la del siglo, parecía tener veinte años por lo menos, y esto a pesar o quizá a causa de su constitución esbelta, por lo que a los treinta y dos su misma levedad la hacía parecer más joven. Su prometido era un centinela con permiso del frente, un tipo robusto y guapo, increíblemente educado e imperturbable, que pesaba cada palabra en la balanza del más exacto sentido común y hablaba con un tono aterciopelado de barítono que se hacía aun más suave al dirigirse a ella; su decencia y devoción seguramente le atacaron los nervios. Ahora él es un ingeniero próspero, aunque algo solitario, en un distante país tropical.
Las ventanas se iluminaron y alargaron su luminosa extensión sobre la oscura nieve ondulante, dejando lugar entre ellas para el reflejo de la ventanilla en forma de abanico que había sobre la puerta de entrada. Cada una de las dos columnas laterales estaba blandamente ornada de blanco, lo cual estropeaba las líneas de lo que podía haber sido un perfecto ex-libris para la novela de nuestras vidas. No puedo recordar porqué habíamos cambiado el sonoro recibidor por la quieta oscuridad poblada únicamente de abetos que la nieve había henchido al doble de su tamaño. ¿Nos invitó el vigilante a mirar el lúgubre reflejo rojizo del cielo, presagio de algún incendio premeditado? Quizá. ¿Fuimos a ver una estatua ecuestre esculpida en el hielo cerca del estanque y obra del preceptor suizo de mi primo? Posiblemente. Mi memoria revive tan sólo el camino de vuelta a la brillante mansión simétrica; caminábamos en fila siguiendo un estrecho surco abierto en la nieve, oyendo el típico crash-crahs-crahs-crash único comentario que las noches taciturnas de invierno hacen a los humanos Yo iba a la retaguardia, y a tres sonoros pasos ante mí, caminaba una pequeña forma inclinada; los abetos mostraban gravemente sus cargadas zarpas. Resbalé y dejé caer la lámpara con la que alguien me había cargado; fue endemoniadamente difícil de recobrar, instantáneamente atraída por mis denuestos, con una vehemente risa baja que se anticipaba a la diversión. Nina se volvió un poco hacia mí. La llamo Nina aunque en aquel momento no sabía su nombre, ella y yo aún no habíamos tenido tiempo para las formalidades.
—¿Quién es? —preguntó con interés…, y yo ya la estaba besando en el cuello suave, ardiente por el calor de la larga piel de zorro que adornaba su abrigo y que se interponía en mi camino, hasta que se aferró a mis hombros y, con el candor tan peculiar en ella, gentilmente unió sus labios generosos y sumisos a los míos.
Pero de pronto, separándonos con la explosión de su alegría, empezó en la oscuridad a desarrollarse el tema de una pelea con bolas de nieve y alguien, huyendo, cayendo, crujiendo, riendo y jadeando, trepó sobre un montículo, trató de correr y lanzó un horrible quejido: la nieve profunda había llevado a cabo la amputación de un chanclo. Poco después todos regresamos a nuestras respectivas casas sin que yo pudiese hablar con Nina, ni hacer planes acerca del futuro, acerca de aquellos quince deambulantes años que ya se habían perdido en el confuso horizonte agobiado por el peso de nuestros encuentros dispersos; y mientras la miraba entre el dédalo de gestos que formaron el resto de aquella noche (probablemente juegos de salón con Nina una y otra vez en el campo contrario), estaba asombrado, recuerdo, no tanto por su poca atención hacia mí después de aquel ardor en la nieve, como por la inocente naturalidad de aquella poca atención, porque aún no sabía que de haber pronunciado una palabra, habría cambiado inmediatamente en un maravilloso rayo de sol de bondad, una actitud compasiva y jovial, con toda la cooperación posible, como si el amor de la mujer fuese agua de manantial conteniendo sales saludables que a la menor insinuación ella daba siempre a todos para saciar su sed.
—Déjame recordar dónde nos vimos por última vez— empecé (dirigiéndome a la versión Fialta de Nina) para poder atraer a la pequeña cara de pómulos salientes y labios rojo oscuro, una cierta expresión que yo conocía. Efectivamente, el movimiento de su cabeza y el ceño fruncido parecieron deplorar más la insulsez de un viejo chiste que implicar olvido; o, para ser más exacto, era como si todas aquellas ciudades donde el destino había fijado nuestras varias citas, sin jamás atenderlas personalmente, todos aquellos andenes y escaleras, habitaciones de tres paredes y oscuras avenidas traseras, eran deslucidos escenarios restos de alguna otra vida, todos cerrados de hace tiempo y tan poco relacionados con la acción de nuestro propio destino a la aventura que mencionarlos era casi de mal gusto.
La acompañé a una tienda bajo los arcos; allí, en la semipenumbra, detrás de una cortina de abalorios, manoseó algunos bolsos de piel roja rellenos de papel, mirando atentamente las etiquetas con el precio, como queriendo aprender sus nombres de museo. Ella quería, dijo, exactamente la misma forma pero de cervato. Cuando, tras diez minutos de frenéticos crujidos, el viejo dálmata encontró tal capricho, por un milagro que me ha preocupado desde entonces, Nina, que estaba a punto de quitarme algún dinero de la mano, cambió de parecer y salió cruzando los móviles abalorios sin comprar nada.
Afuera estaba tan caliginoso como antes; el mismo olor a quemado, poniendo en movimiento mis recuerdos tártaros, salía por las ventanas abiertas de las casas descoloridas; un pequeño enjambre de mosquitos se distraía haciendo dibujos en el aire sobre una mimosa que, con sus ramas arrastrándose hasta el mismo suelo, había florecido indiferente. Dos trabajadores con sombrero de cuáquero, comían queso y ajos, con la espalda apoyada contra una cartelera de circo, que mostraba un húsar rojo y un deslucido tigre anaranjado; cosa curiosa, en su esfuerzo de hacer muy feroz a la bestia, el artista había ido tan lejos que acabó dando la vuelta por el otro lado y la cara del tigre era positivamente humana.
—Au fond, lo que yo quería era un peine —dijo Nina con tardío pesar.
Qué familiares me eran sus dudas, sus cambios de idea, sus nuevos cambios reflejos de la idea original; efímeras preocupaciones entre dos trenes. Siempre acababa de llegar o estaba a punto de marcharse, y se me hacía difícil pensar en ello sin sentirme humillado por la variedad de intrincados caminos que uno febrilmente sigue para llegar a la cita final, que el más tenaz caminante sabe que es ineludible. De tener que someter ante los jueces de nuestra terrenal existencia una muestra de su pose habitual, quizá la habría colocado ante un mostrador de la Cook, con la pantorrilla izquierda cruzada sobre la espinilla derecha, el pie izquierdo golpeando el suelo, codos puntiagudos y monedero sobre el mostrador, mientras el empleado, con el lápiz en la mano, examinaba con ella el plano de un coche cama eterno.
Después del éxodo de Rusia, la vi —y aquella fue la segunda vez— en Berlín en casa de unos amigos. Estaba a punto de casarme y ella acababa de romper con su prometido. Al entrar en aquella habitación, la vi en seguida, y después de mirar a los demás huéspedes, instintivamente determiné cuáles entre aquellos hombres sabían más acerca de ella que yo. Estaba sentada en la esquina de un canapé, con los pies levantados y su pequeño y consolador cuerpo doblado en forma de Z; un cenicero estaba inclinado contra el sofá cerca de uno de sus talones. Me miró de reojo y al oír mi nombre se quitó la boquilla de los labios y empezó a gritar, lenta y alegremente:
—De toda la gente…
Inmediatamente quedó claro para todos, empezando por ella, que habíamos estado mucho tiempo en relaciones íntimas; no había duda de que había olvidado todo lo relativo al beso, pero en cierto modo debido
a aquel encuentro trivial, tuvo una vaga idea de amistad tibia y agradable que en realidad jamás había existido entre los dos. Así el cuadro total de nuestras relaciones estaba engañosamente basado en una amistad imaginaria…, que no tenía nada que ver con su ocasional buena voluntad. Nuestro encuentro resultó ser insignificante si se consideran las palabras que pronunciamos, pero ya no había barreras entre los dos; y cuando aquella noche, a la hora de la cena, me encontré sentado a su lado, probé desvergonzadamente la amplitud de su secreta paciencia.
Después se desvaneció de nuevo y un año más tarde mi esposa y yo acompañamos a mi hermano que se marchaba de Posen. Cuando el tren hubo partido, fuimos hacia la salida y en el otro andén, cerca de un vagón del expreso de París, vi de pronto a Nina con la cara hundida en un ramo de flores y en medio de un grupo de gente con la que había hecho amistad sin yo saberlo y que formaba un círculo boquiabierto ante ella, como los desocupados abren la boca ante una riña callejera, un niño extraviado o la víctima de un accidente. Alegremente me hizo señas con sus flores. Le presenté a Elena y en la atmósfera de excitación de una gran estación de ferrocarril donde todo es algo que tiembla sobre el borde de algo más, hasta el punto de ser apretado y acariciado, el intercambio de pocas palabras fue suficiente para permitir a dos mujeres totalmente dispares llamarse por su nombre de pila la siguiente vez que se encontraron. Aquel día, en la sombra azul del vagón de París, Ferdinand fue mencionado por vez primera: supe con una ridícula punzada de dolor que estaba a punto de casarse con él. Las puertas habían empezado a sonar; besó a sus amigos rápida y piadosamente, subió al vagón y desapareció; al punto la vi a través del cristal, acomodándose en su compartimiento, habiéndose olvidado súbitamente, o pasado a otro mundo, y nosotros, con las manos en los bolsillos, parecíamos estar espiando una absolutamente insospechada vida moviéndose en un acuario en la penumbra, hasta que se dio cuenta de nuestra presencia y tamborileó sobre el cristal, después levantó los ojos, rebuscando en el marco como si colgase un cuadro, pero no ocurrió nada. Algún pasajero la ayudó y se asomó, audible y real, sonriendo con placer. Uno de nosotros, marchando con el furtivamente deslizante vagón, le tendió una revista y un Tauchnitz (ella leía inglés sólo cuando viajaba). Todo se alejaba deslizándose con bella suavidad, y yo sostenía un billete de andén arrugado hasta ser irreconocible; mientras una canción del siglo pasado (conectada según rumores con algún drama de amor parisino) siguió resonando y resonando en mi cabeza, habiendo emergido Dios sabe por qué, de la caja de música de la memoria, una balada sollozante que a menudo cantaba una vieja tía mía soltera, a quien la naturaleza había dotado con una voz tan poderosa y extasiante que parecía absorberla en la gloria de una nube ardiente tan pronto como empezaba a cantar:
On dit que tu te maries,
tu sais que j’en vais mourir,
y esta melodía, el dolor, la ofensa, el eslabón entre el himeneo y la muerte evocada por el ritmo, y la misma voz de la cantante muerta que acompañaba el recuerdo como única propietaria de la canción, no me dejó reposar durante varias horas después de la partida de Nina y aun más tarde se elevaba a intervalos cada vez más distanciados, como las últimas débiles olas enviadas a la playa por un barco que pasa, y que llegan cada vez más soñadoramente y con menos frecuencia, o la agonía del bronce de una campana vibrando después de que el campanero se ha sentado de nuevo en el círculo familiar. Y un año o dos más tarde, había ido a París por negocios; y una mañana en el rellano del piso de un hotel, donde había estado visitando a un actor de cine, allí estaba de nuevo, ataviada con un traje sastre gris, esperando el ascensor para bajar, una llave colgando de sus dedos.
—Ferdinand ha ido a la esgrima —dijo en tono trivial.
Sus ojos fijos en la parte inferior de mi cara como si me leyese los labios, y después de un momento de reflexión (su comprensión amatoria era incomparable) dio la vuelta rápidamente y cimbreándose sobre sus esbeltas caderas, me condujo por el pasillo alfombrado de azul. Una silla en la puerta de su habitación sostenía una bandeja con los restos del desayuno —un cuchillo manchado de miel, migas de pan en un plato de porcelana gris—, pero la habitación ya había sido hecha, y debido a nuestra súbita entrada una ola de muselina bordada de dalias blancas se revolvió con un temblor y golpe seco entre las correspondientes mitades del ventanal, las cuales únicamente soltaron su presa con algo semejante a un suspiro de dicha cuando hubimos cerrado la puerta; un poco más tarde salí al diminuto balcón con barandales de hierro que ellas ocultaban, para respirar el aroma combinado de hojas de arce secas y gasolina, desperdicios de la calle en la mañana azul y brumosa; y como aún no había notado la presencia de aquel sentimiento morboso que iba en aumento y amargaría todos mis siguientes encuentros con Nina, estaba probablemente tan tranquilo y despreocupado como ella cuando desde el hotel la acompañé a una oficina o a otra para rastrear una maleta que se le había extraviado y después al café, donde su marido estaba reunido con su corte del momento. No mencionaré el apellido (y las partes de él que aquí menciono, aparecen en decoroso disfraz) de aquel nombre, aquel escritor franco húngaro; quisiera no detenerme en él para nada, pero no puedo evitarlo, surge bajo mi pluma. Hoy ya casi nadie habla de él, y esto es bueno, pues prueba que yo tenía razón al resistirme a su maligno hechizo, tenía razón al experimentar un escalofrío en la espina dorsal cada vez que una de sus nuevas obras caía bajo mi mano. La fama de sus gustos circuló vivamente, pero pronto se hizo pesada y se evaporó; y para la posteridad, la historia de su vida se limitará al guión entre dos fechas. Seco y arrogante, con el juego de palabras venenoso y siempre listo a clavarse y rebuscar en uno con una extraña mirada de expectación en sus embotados y velados ojos castaños, aquella falsa broma tenía —me atrevo a decirlo—, un efecto irresistible en los pequeños roedores. Siendo maestro en el arte de la perfecta invención verbal, estaba particularmente orgulloso de ser un tejedor de palabras, título al que le daba más valor que al de escritor; personalmente jamás comprendí qué tenía de bueno imaginar libros, escribir cosas que no hubiesen ocurrido de un modo u otro; y recuerdo haberle dicho una vez al hacer frente a la burla de sus alentadoras inclinaciones de cabeza, que de ser yo escritor sólo le permitiría tener imaginación a mi corazón y que en lo concerniente al resto me basaría en la memoria, esa sombra de ocaso largamente arrastrada por la propia verdad personal.
Había leído sus libros antes de conocerle a él; una ligera aversión estaba ya sustituyendo el placer estético que había permitido que su primera novela me proporcionase. Al principio de su carrera había sido posible captar quizá algún paisaje humano, algún viejo jardín, alguna disposición de árboles vagamente familiar, en el cristal coloreado de su prosa prodigiosa, pero con cada nuevo libro los tintes se hicieron más densos, los gules y púrpuras cada vez más amenazadores. Hoy ya no se puede ver nada a través de aquel blasonado y horriblemente rico cristal, y parece que si alguien lo rompiese, nuestra alma estremecida se enfrentaría ante un negro vacío. ¡Pero qué peligroso era en su principio, qué ponzoña emitía, con qué látigo azotaba cuando se le provocaba! El tornado de sátira mortífera dejó un yermo desolado en el que robles derribados reposaban en fila y el polvo seguía revoloteando mientras el infortunado autor de alguna revista contraria, aullando de dolor, giraba como un trompo en aquel polvo.
Cuando nos conocimos, su Passage á Niveau era aclamado en París; estaba, como decían, «cercado», y Nina (cuya capacidad de adaptación era un extraordinario sustitutivo de la cultura de que carecía), había ya asumido si no la parte de una musa, por lo menos la de alma compañera y sutil consejera, siguiendo las convulsiones creativas de Ferdinand y compartiendo lealmente sus gustos artísticos aun cuando sea completamente improbable que se haya nunca aventurado por uno solo de sus volúmenes, pues tenía el mágico don de espigar los mejores pasajes a través de las tertulias de sus amigos literarios.
Cuando entramos en el café, estaba tocando una orquesta de mujeres; lo primero que vi fue el muslo de avestruz de una arpisa reflejado en uno de los espejos que cubrían las columnas; después localicé la mesa compuesta (pequeñas mesas unidas para formar una larga) en la que, dando la espalda a la pared aterciopelada, reinaba Ferdinand. Por un momento su actitud, la posición de sus manos separadas y las caras de sus compañeros de mesa, convergiendo todas hacia él, me recordaron de un modo grotesco y de pesadilla algo que no podía precisar, pero cuando lo hice retrospectivamente, la comparación sugerida me sorprendió como mucho menos sacrílega que la naturaleza de su mismo arte. Llevaba un jersey blanco con cuello de tortuga bajo una americana de tweed; su cabello brillante estaba peinado hacia atrás y el humo de su cigarrillo flotaba sobre su cabeza como un halo; su cara huesuda y faraónica permanecía estática. Únicamente sus ojos estaban en movimiento, llenos de sombría satisfacción. Habiendo abandonado las dos o tres evidentes guaridas donde los cándidos aprendices de la vida de Montparnasse habrían esperado encontrarle, había empezado a reinar en aquel establecimiento perfectamente burgués, debido a su particular sentido del humor que le hacía obtener una diversión brutal de la lastimosa specialite de la maison, aquella orquesta compuesta por media docena de mujeres afectadas y de aspecto fatigado, que entrelazaban dulces melodías sobre una plataforma atestada, sin saber, como él había dicho, que hacer con sus maternales senos, bastante superfluos en el mundo de la música Después de cada interpretación se convulsionaba en un ataque epiléptico de aplausos, a los que las señoras ya no prestaban atención v que ya estaba levantando, pensé, ciertas dudas en la mente del dueño del café y en la de sus parroquianos habituales, pero que parecía muy divertido para los amigos de Ferdinand Recuerdo entre ellos a un artista con una cabeza impecablemente calva, si bien ligeramente deslucida que, con diversos pretextos, plasmaba continuamente en sus lienzos, un poeta cuya gracia especial era la habilidad de representar, si se le pedía, la caída de Adán por medio de cinco cerillas, un pacifico hombre de negocios que financiaba aventuras surrealistas (y pagaba los aperitifs) si le era permitido imprimir en una esquina algunos elogios a la actriz que protegía, un pianista, presentable en lo que a cara se refería, pero con dedos de expresión horrible, un escritor soviético, elegante, pero lingüísticamente impotente, recién llegado de Moscú, con una vieja pipa y un reloj de pulsera nuevo y que era completa y ridículamente ignorante de la clase de compañía en la que se encontraba Había también varios hombres mas, que se han confundido en mi memoria y no cabía duda que dos o tres de ellos habían sostenido relaciones intimas con Nina. Era la única mujer de la mesa, se inclino chupando ávidamente una paja y el nivel de su limonada disminuyó con una especie de celeridad infantil Solo cuando la ultima gota hubo borbotado y resonado y hubo empujado la paja con la lengua, solo entonces pude captar su mirada que había estado buscando obstinadamente, aun incapaz de enfrentarme con el hecho de que ella hubiese tenido tiempo para olvidar lo que había ocurrido mas temprano, en la misma mañana haberlo olvidado tan completamente que al encontrarse con mi mirada, respondió con una blanda sonrisa de interrogación y fue únicamente después de observarme mas fijamente que recordó la clase de sonrisa de respuesta que yo esperaba Mientras tanto, Ferdinand (las mujeres habían abandonado temporalmente su plataforma después de dejar de lado sus instrumentos como se abandona un mueble), estaba divirtiéndose llamando la atención de sus cama radas hacia la figura de un anciano que comía en un rincón apartado del café y que llevaba, como usan algunos franceses por alguna u otra razón, una pequeña cinta roja o algo semejante en la solapa de su abrigo y cuya barba gris, combinada con sus bigotes, formaba un agradable nido amarillento para su húmeda y ruidosa boca De algún modo, los signos exteriores de la vejez siempre divertían a Ferdie.
No me quede mucho tiempo en París, pero aquella semana demostró ser suficiente para engendrar entre el y yo aquella falsa intimidad para cuya imposición el tema tanto talento Subsecuentemente hasta llegue a serle útil para algo: la casa donde yo trabajaba había adquirido los derechos para filmar una de sus novelas más comprensibles (después estuvo mucho tiempo apestando me con telegramas). Al pasar los años, nos encontrábamos de vez en cuando sonriéndonos mutuamente en algún sitio, pero yo jamás me sentí a gusto en su presencia, y aquel día, en Fialta, también experimente una depresión familiar al enterarme de que vagabundeaba por los alrededores, una cosa, sin embargo, me animaba de modo considerable el fracaso de su ultima obra.
Y ahí estaba acercándosenos, ataviado con un abrigo absolutamente a prueba de agua, con cinturón y bolsillos de cartera, una cámara al hombro, zapatos con doble suela de goma y chupando con una imperturbabilidad que quería ser graciosa, un bastón de caramelo, especialidad de Fialta A su lado caminaba el atildado maniquí sonrosado que era Segur, un amante del arte y un perfecto loco, jamás pude descubrir a propósito de que lo necesitaba Ferdinand y aún me parece oír a Nina diciendo con plañidera ternura que no la obligaba a nada:
—Oh, Segur es un encanto.
Se acercaron. Ferdinand y yo nos saludamos con fuerza, tratando de poner en el apretón de manos y los golpes en la espalda el mayor fervor posible, sabiendo por experiencia que aquello sería todo, pero pretendiendo que era únicamente un preludio. Siempre había ocurrido igual, después de cada separación nos encontrábamos con un acompañamiento de cuerdas que eran excitada-mente templadas, un movimiento de genialidad en la batahola de los sentimientos ocupando sus asientos; pero los acomodadores cerrarían las puertas y después de esto ya no se admitía a nadie más.
Segur se quejó del clima y de momento no supe de lo que estaba hablando, pero que la esencia de invernáculo húmeda y gris de Fialta pudiese ser considerada «clima», estaba igualmente lejos de cualquier otra cosa que hubiese podido servirnos de tema de conversación, como lo estaba, por ejemplo, el esbelto codo de Nina que yo sostenía entre el índice y el pulgar o un pedazo de hoja de lata que alguien había tirado y que brillaba en la distancia, en medio de la calle adoquinada.
Empezamos a caminar, con vagas adquisiciones brillando ante nosotros.
—¡Dios mío, qué indio! —exclamó de pronto Ferdinand con impetuosa fruición, asiéndome violentamente por el codo y señalando un cartel. Más adelante, cerca de una fuente, le dio su bastón de caramelo a una niña nativa, una criatura morena que lucía un collar alrededor de su lindo cuello; nos detuvimos para esperarle, él se agachó para decirle algo a ella, refiriéndose a sus negrísimas pestañas abatidas y después nos alcanzó sonriendo y haciendo una de aquellas observaciones con las que le agradaba aderezar sus discursos. En aquel momento, su atención se vio atraída por un infortunado objeto exhibido en una tienda de recuerdos: una horrible imitación en mármol del monte San Jorge con su túnel negro en la base, que resultaba ser la boca de un tintero y un compartimiento para plumas imitando las vías del ferrocarril. Con la boca abierta, tembloroso y anhelante de triunfo sardónico, le dio vueltas entre sus manos a aquel objeto polvoriento, engorroso y perfectamente inútil, pagó sin regatear y con la boca aún abierta salió llevándose consigo aquel monstruo. Como algunos autócratas se rodean de jorobados y enanos, se encantaba ante este o aquel objeto odioso; aquella infatuación podía durar de cinco minutos a varios días o incluso más si la cosa resultaba ser animada.
Nina aludió ansiosamente a la comida y aprovechando una oportunidad en que Ferdinand y Segur se detuvieron en el correo, me apresuré a llevármela de allí. Aun me pregunto lo qué significaba para mí aquella pequeña y oscura mujer de hombros estrechos y «miembros líricos» (para repetir la expresión de un afectado poeta emigrado, uno de los pocos hombres que habían suspirado platónicamente detrás de ella) y aún comprendo menos cuál era el propósito del destino al reunimos constantemente. Después de mi estancia en París, estuve bastante tiempo sin verla y un día, cuando regresaba a casa de la oficina, la encontré tomando el té con mi esposa y examinando en su mano enguantada de seda, a través de la cual brillaba su anillo de matrimonio, el tejido de unas medias compradas baratas en la Tauent-zienstrasse. Una vez me enseñaron su fotografía en una revista de modas llena de hojas secas, guantes y campos de golf barridos por el viento. En cierta Navidad me envió una tarjeta con nieve y estrellas. En una playa de la Riviera casi se escapó de mi encuentro detrás de sus gafas de sol y bronceada terracota. Otro día, habiéndome dejado caer para un intempestivo trabajo en la casa de unos extranjeros donde se celebraba una fiesta, vi, en un perchero, su bufanda y abrigo de piel entre espantajos ajenos. En una librería me saludó desde la página de una de las historias de su marido, una página que se refería a una episódica sirvienta, pero en la que se había metido Nina de contrabando, a pesar de la intención del autor.
«Su cara, escribió, era más bien de la naturaleza de una instantánea que de un retrato meticuloso. Trató de imaginársela; todo lo que pudo visualizar fueron visiones fugaces de rasgos sin relación entre sí: el contorno suave de sus pómulos en el sol, la ambarina oscuridad de sus ojos vivos, sus labios en forma de sonrisa amistosa que siempre estaban prontos a cambiarse en un beso ardiente.»
Una y otra vez aparecía raudamente al margen de mi vida, sin influenciar en lo más mínimo su contexto básico. Una mañana de verano (viernes, porque las sirvientas estaban golpeando las alfombras en el patio soleado), mi familia había ido al campo y yo estaba tumbado en la cama fumando indolentemente cuando oí sonar la campanilla con tremenda violencia. Y allí estaba ella en el recibidor habiendo entrado para dejar (incidentalmente) una horquilla para el pelo y (principalmente) un baúl cubierto de etiquetas de hotel que, quince días más tarde, fue recuperado para ella por un simpático muchacho austríaco, quien (de acuerdo con síntomas intangibles, pero seguros) pertenecía a la misma sociedad cosmopolita que yo. Ocasionalmente, en medio de una conversación se la nombraba y ella recorría los escalones de una frase fortuita sin volver la cabeza. Cuando viajaba por los Pirineos, pasé una semana en el castillo de unos amigos que también habían invitado a Nina y a Ferdinand. Nunca olvidaré mi primera noche allí, cómo esperé, cuan seguro estaba de que sin tenérselo que decir penetraría en mi cuarto, cómo no vino y el tumulto que miles de grillos producían en la delirante profundidad del jardín rocoso y chorreante de luz de luna, los locos riachuelos burbujeantes y mi pugna entre la feliz fatiga meridional tras un largo día de caza entre las rocas y mi sed salvaje por su furtiva presencia, risas bajas, tobillos sonrosados sobre la guarnición de plumón de cisne de sus zapatillas de altos tacones; pero la noche avanzó delirante y ella no vino, y cuando al día siguiente, durante una excursión general por la montaña, le hablé de mi espera, unió las manos con desmayo y al mismo tiempo con una rápida mirada, calculó si las espaldas del gesticulante Ferdie y su amigo estaban lo suficientemente lejos. Recuerdo haber hablado con ella por teléfono a través de media Europa (sobre los negocios de su marido) y no reconocer al principio su voz áspera y cortante; y recuerdo que una vez la soñé: soñé que mi hija mayor había entrado corriendo para decirme que el portero tenía graves problemas y cuando bajé, vi metida en un baúl, con un rollo de harpillera bajo la cabeza, los labios pálidos y envuelta en un chal de lana, a Nina adormecida, como duermen los refugiados miserables en las estaciones de Los Desamparados. Y sin tener en cuenta lo que me había sucedido a mí o a ella, durante esos momentos no hablábamos de nada, como nunca pensábamos el uno en el otro durante los intervalos de nuestro destino; pero cuando nos encontrábamos, la vida pacífica se alteraba inmediatamente, todos sus átomos se recombinaban y vivíamos en otro intermedio más ligero, que se medía no por las largas separaciones sino por aquellos escasos encuentros en los que una corta y supuestamente frívola vida, se formaba así artificialmente. Y con cada nuevo encuentro me fui volviendo más y más aprehensivo; no, no experimenté ningún colapso emocional interno, la sombra de la tragedia no se cernía sobre nuestras reuniones, mi vida matrimonial seguía siendo inalterable, mientras que por otro lado su ecléctico marido ignoraba sus relaciones casuales, aunque sacaba provecho de ellas en la forma de agradables y útiles conexiones. Me fui haciendo más aprehensivo porque algo hermoso, delicado y que no volvería, se estaba desperdiciando; algo de lo que yo abusaba al tirar con gran prisa grandes bocados sobre pequeños trozos brillantes mientras desdeñaba el modesto pero verdadero corazón que quizá seguía ofreciéndome en un lastimoso susurro. Era más aprehensivo porque en la larga carrera estaba en cierto modo aceptando la vida de Nina, las mentiras, las futilidades, la incoherencia de esa vida. Aun en la ausencia de cualquier discordia sentimental, me sentía llevado a buscar una interpretación, si no moral, por lo menos racional de mi existencia y ello significaba escoger entre el mundo en el que me había sentado para retratarme, con mi esposa, mis pequeñas hijas, el Doberman (idílicas guirnaldas, un anillo de sello, un bastón delgado), entre aquel feliz, sabio y buen mundo… ¿Y qué? ¿Había alguna oportunidad práctica de vida con Nina? Vida que difícilmente podía imaginar porque estaría penetrada, lo sabía, por una amargura apasionada e intolerable y cada uno de sus instantes llevarían a remolque un pasado uncido a socios variables. No, la cosa era absurda. Y además, ¿no estaba ella encadenada a su marido por algo más fuerte que el amor? La amistad entre dos convictos. ¡Absurdo! Pero, ¿entonces qué tendría que haber hecho contigo, Nina, cómo tendría que haber dispuesto del acopio de tristeza que se había acumulado gradualmente como resultado de nuestros aparentemente despreocupados, pero en realidad desesperanzados encuentros?
Fialta está formada por el pueblo viejo y el nuevo; aquí y allí, pasado y presente están entrelazados, luchando tanto para desligarse como para eliminarse mutuamente; cada uno tiene sus propios métodos: el recién llegado combate honestamente, importando palmeras, abriendo inteligentes agencias de turismo, pintando con líneas claras la roja suavidad de las pistas de tenis; mientras que el solapado viejo residente se desliza por detrás de una esquina en la forma de alguna calleja con soportales o los tramos de escalera que no conducen a ningún sitio. En nuestro camino al hotel, pasamos ante una villa a medio construir, llena de escombros, en una de cuyas paredes otra vez los mismos elefantes, con sus monstruosas rodillas infantiles separadas, estaban sentados en inmensos tambores adornados y una amazona envuelta en etéreas sedas (llevando ya un pintado bigote) reposaba en un brioso corcel; un payaso de nariz roja como un tomate caminaba sobre la cuerda floja sosteniendo una sombrilla adornada con las socorridas estrellas, vago recuerdo simbólico de la celestial madre patria de las compañías de circo. Aquí en la zona de la Riviera de Fialta, la grava húmeda crujía del modo más fastuoso y el indolente suspirar del mar era más audible. En el patio trasero del hotel, un ayudante de cocina armado con un cuchillo perseguía una gallina que cloqueaba desesperadamente como si corriese por su vida. Un limpiabotas me ofreció su anticuado trono con una sonrisa sin dientes. Bajo los plátanos había una motocicleta de factura alemana, una limousine salpicada de lodo y un largo «Icaro» amarillo que parecía un escarabajo gigante. («El nuestro, de Segur, quiero decir—dijo Nina, y añadió—: ¿Por qué no vienes con nosotros, Víctor?», aun sabiendo perfectamente que yo no podía ir); con el barniz de su élitro sumergido en un gouache de cielo y ramas; quedamos un momento reflejados en el metal de una de sus lámparas en forma de bomba, delgados paseantes de la tierra reflejada por la superficie convexa. Dimos unos pasos más y miré hacia atrás; vislumbré en un sentido casi óptico lo que realmente sucedió una hora o dos más tarde: los tres, usando sus cascos de motociclista, acercándose y haciéndome señas, transparentes para mí como fantasmas, con el color del mundo brillando a través de sus cuerpos, pero entonces se movían, retrocedían, disminuían (los diez dedos de Nina diciendo adiós por última vez); pero en aquel momento el automóvil estaba quieto, suave e intacto como un huevo y Nina, bajo mi brazo extendido, entraba por una puerta enmarcada de laureles. Al sentarnos pudimos ver a través de la ventana a Ferdinand y a Segur, que habían seguido otro camino, acercándose lentamente.
No había nadie en la terraza donde comimos, excepto el inglés que había visto antes. Tenía frente a sí un gran vaso que contenía una bebida roja brillante y producía una sombra ovalada sobre el mantel. En sus ojos vi el mismo deseo inyectado de sangre, pero ahora no estaba en ningún sentido relacionada con Nina, aquella mirada ávida no iba dirigida a ella, se fijaba en el rincón superior de la derecha de la amplia ventana cerca de la cual estaba sentado.
Habiéndose quitado los guantes dejando al descubierto sus pequeñas y delgadas manos, Nina, por última vez, comía los mariscos que tanto le gustaban. Ferdinand también estaba ocupado con la comida y me aproveché de su hambre para empezar una conversación que me dio una cierta ilusión de poder sobre él; para ser específico, mencioné su fracaso reciente. Después de un breve período de piadosa conversión religiosa muy de moda, durante la cual la gracia planeó sobre él y emprendió algunas dudosas peregrinaciones que terminaron con una aventura decididamente escandalosa, había dirigido su apagada mirada hacia el bárbaro Moscú. Ahora bien, hablando francamente, siempre me ha molestado la complaciente convicción de que un murmullo de corriente de conciencia, algunas sanas obscenidades y un chapoteo de comunismo en cada viejo cubo de agua sucia produzcan alquímica y automáticamente literatura ultramoderna, y sostendré, aunque me maten, que el arte tan pronto como se pone en contacto con la política se hunde inevitablemente hasta el nivel de cualquier desecho ideológico. En el caso de Ferdinand, es cierto, todo esto era de difícil aplicación: los músculos de su musa eran extraordinariamente fuertes, por no mencionar el hecho de que los apuros de los desvalidos le importaban un comino; pero debido a ciertas corrientes subterráneas de este tipo, oscuramente malignas, su arte se había vuelto aún más repulsivo. Excepto algunos snobs, nadie había entendido la obra; yo no lo había visto, pero podía imaginar la elaborada noche kremlinesca a lo largo de las imposibles espirales en las que entretejió diversos giros de símbolos desmembrados; y ahora, no sin placer, le pregunté si había leído una pequeña crítica acerca de su obra.
—¡Críticos! —exclamó—. ¡A eso lo llaman hacer crítica! Un aceitoso mequetrefe se cree con derecho a darme lecciones. La ignorancia de mi trabajo es su mayor gloria. Mis libros se tocan con repugnancia, como alguien toca algo que puede explotar, ¡Críticos! Examinan desde todos los puntos de vista menos del esencial. Es como si un naturalista, al describir el género equino, empezase a dar la lata acerca de las sillas de montar o acerca de madame de V. (mencionó a una muy conocida anfitriona literaria, que en realidad se parecía a un caballo sonriente). Quisiera también un poco de esta sangre de paloma —continuó con la misma voz fuerte y desagradable dirigiéndose al camarero que comprendió su deseo al seguir la dirección del dedo de larga uña, que, sin educación, señalaba el vaso del inglés. Por una u otra razón, Segur mencionó a Ruby Rose, la mujer que se pintaba flores en el pecho y la conversación adquirió un tono menos insultante. Mientras tanto, el inmenso inglés se decidió y de pronto se subió en una silla y de allí pasó al antepecho de la ventana, se estiró hasta alcanzar aquella codiciada esquina del marco en la que descansaba una compacta y peluda mariposa nocturna que ágilmente metió en una caja de píldoras—. Igual que el caballo blanco de Napoleón —dijo Ferdinand, refiriéndose a algo que discutía con Segur.
—Tu es trés hippique ce matin —le observó este último.
Pronto salieron ambos para hablar por teléfono. A Ferdinand le entusiasmaban las conferencias y era particularmente eficaz en su obtención, sin importar cual fuese la distancia, empleando cuando era necesario una amistosa cordialidad, como por ejemplo en aquel momento, para asegurarse de que había habitaciones libres.
De lejos llegaba el sonido de la música, una trompeta, una cítara. Nina y yo salimos de nuevo a pasear. El circo, en su camino a Fialta, había enviado una embajada y un desfile anunciador estaba pasando. No pudimos ver la cabeza, pues había dado la vuelta en la colina por una avenida lateral, pero vimos alejarse la adornada parte trasera de un carruaje, un hombre que cubierto con un albornoz conducía un camello, una hilera de cuatro mediocres indios llevando pancartas, y detrás de ellos, con permiso especial, el pequeño hijo de un turista, ataviado con sus galas de marinero se sentaba reverentemente sobre un delgado pony.
Pasamos ante un café donde las mesas ya estaban casi secas, pero vacías; el camarero examinaba (supongo que después la adoptó) un hallazgo horrible, el absurdo tintero, dejado por Ferdinand sobre la balaustrada al pasar. En la siguiente esquina nos llamó la atención una vieja escalera de piedra y empezamos a trepar por ella; yo me quedé mirando el ángulo afilado de los pasos de Nina al subir, levantando su falda, cuya estrechez requería el mismo gesto que habría requerido de tener el antiguo largo; difundía un calor que me era familiar y al ir a su lado, recordé la última vez que estuvimos juntos. Había sido en París, con mucha gente a nuestro alrededor y mi querido amigo Jules Dar-boux, deseando hacerme un favor refinado y estético, me había tocado al hombro diciendo:
—Quiero que conozcas…
Y me condujo hacia Nina, que estaba sentada en el borde de un canapé, su cuerpo doblado en forma de Z, con un cenicero junto a su talón y que, quitándose de los labios la boquilla turquesa, alegre, y lentamente exclamó:
—De toda la gente…
Y durante toda la velada, mi corazón pareció romperse, cuando pasaba de grupo en grupo con un vaso pegajoso en la mano, mirándola una y otra vez desde lejos (ella no miró), oyendo fragmentos de conversación y escuchar a un hombre decir:
—Es curioso cómo huelen igual, hojas quemadas a través de cualquier perfume que empleen, esas muchachas angulares de cabello oscuro.
Y como sucede a menudo, una observación trivial, relacionada con algún tema que nos era desconocido, se enroscaba y aferraba a nuestra propia e íntima reminiscencia, un parásito de su tristeza.
En lo alto de la escalera, nos encontramos con una especie de tosca terraza. De allí podíamos ver el delicado contorno del blanco monte San Jorge, con un racimo de manchas marfileñas (algún caserío) en una de sus laderas; el humo de un tren invisible ondulando a lo largo de su redondeada base y pronto desaparecido; más abajo, sobre la confusión de techumbres, se discernía un ciprés solitario, parecido a la húmeda y retorcida punta negra de un pincel para acuarela; a la derecha, asomaba una punta de mar gris con arrugas plateadas. A nuestros pies había una vieja llave mohosa y en la pared de la casa medio derruida situada junto a la terraza aún colgaban las puntas de un alambre…, me hice la reflexión de que allí había existido vida con anterioridad, una familia había gozado de la frescura del anochecer, niños desmañados habían coloreado dibujos a la luz de una lámpara… Nos quedamos allí como escuchando algo; Nina, que estaba en un escalón más alto, me puso una mano en el hombro, sonrió y cuidadosamente, como para no ajar su sonrisa, me besó. Con una fuerza insoportable reviví (o por lo menos me lo parece) todo lo que había ocurrido entre los dos empezando por un beso similar y dije:
—Dime, ¿y si yo te amase?
Nina me miró, repetí las mismas palabras, quise añadir…, pero algo como el ala de un murciélago pasó velozmente por su rostro, una expresión rápida, extraña, casi malévola, y ella, que decía palabras fuertes con perfecta simplicidad, se turbó y yo también me sentí torpe…
—No te preocupes, estaba bromeando —me apresuré a decir, asiéndola ligeramente por la cintura.
De algún sitio apareció en sus manos un pequeño ramo de oscuras violetas generosamente perfumadas. Antes de reunirse con su esposo y el coche nos quedamos un rato junto al parapeto de piedra y nuestro romance era más desesperanzado que nunca. Pero la piedra tenia la tibieza de la carne y de pronto comprendí algo que había estado viendo sin comprenderlo… por qué un pedazo de hoja de lata había brillado tanto sobre el suelo, por qué el reflejo de un vaso había temblado sobre el mantel, por qué el mar era ceniciento: de algún modo, imperceptiblemente, el cielo blanco sobre Fialta se había saturado con la luz del sol y aquella total radiación blanca fue creciendo y creciendo, disolviéndose todo en ella, desvaneciéndose todo. Todo ya en el pasado y yo, en el andén de la estación de Mlech, con un diario acabado de comprar en la mano, diciéndome que el coche amarillo que vi bajo los plátanos había sufrido un accidente cerca de Fialta; se había estrellado a toda velocidad contra el vagón de un circo que entraba en la ciudad, un accidente del que Ferdinand y su amigo, aquellos bribones invulnerables, aquellas salamandras del destino, aquellos basiliscos de buena suerte, habían escapado con balance de heridas locales y temporales, mientras que Nina, a pesar de la prolongada y leal imitación que había hecho de ellos, había resultado, después de todo, ser mortal.

Sobre el autor.
Vladímir Nabókov (San Petersburgo, 22 de abril de 1899 (10 de abril del calendario juliano) — Montreux, Suiza, 2 de julio de 1977), fue un escritor de origen ruso, nacionalizado estadounidense.