Sonidos

Fue necesario cerrar la ventana: la lluvia golpeteaba contra el alféizar y salpicaba el parquet y los sillones. Con un sonido escurridizo y fresco, unos enormes espectros de plata corrían veloces por el jardín, a través del follaje y a lo largo de la arena anaranjada. Los desagües chasqueaban metálicos y se atascaban. Tú tocabas a Bach. Habían levantado la cola laqueada del piano y bajo el ala descansaba una lira y unos pequeños martillos desgranaban un chapoteo de oleaje sobre las cuerdas. El tapiz de brocado, arrugado en toscos pliegues, se había deslizado en parte de la cola del piano, dejando caer una partitura abierta sobre el suelo. De tanto en tanto, a través del frenesí de la fuga, tu anillo tintineaba contra las teclas, mientras, incesante, magnífica, la lluvia de junio insistía en salpicar los paños de la ventana. Y tú, sin dejar de tocar y ladeando ligeramente la cabeza, exclamabas al ritmo de tus dedos: «Esta lluvia, esta lluvia… voy a anegar la lluvia hasta negarla»,
Pero no pudiste.
Abandoné los álbumes que descansaban sobre la mesa, ataúdes de terciopelo, y me puse a observarte y a escuchar la fuga, la lluvia. Un sentimiento de frescura fluyó en mí, como aroma de claveles húmedos que gotearan de todas partes, de las estanterías, de la cola del piano, de los diamantes rectangulares de la araña de cristal.
Tuve una aguda sensación de equilibrio embelesado al percibir la relación musical existente entre los espectros de plata de la lluvia y tu espalda inclinada, que se estremecía cuando apretabas los dedos contra el oleaje brillante de las teclas. Y cuando luego me encerré en mí mismo, el mundo todo parecía así —homogéneo, congruente, limitado por las leyes de la armonía. Yo mismo, tú, los claveles, en ese momento todo ello se convirtió en unas cuerdas verticales sobre un pentagrama musical. Me di cuenta de que todo en el mundo era un juego recíproco de partículas idénticas que albergaban diferentes tipos de consonancia: los árboles, el agua, tú… Todo estaba unificado, todo era equivalente, divino. Te levantaste. La lluvia seguía segando la luz del sol. Los charcos parecían agujeros en la arena oscura, rendijas que nos introdujeran en otros cielos que resplandecían en su camino subterráneo. En un banco, brillante como porcelana danesa, estaba tu raqueta olvidada; las cuerdas se habían vuelto pardas con la lluvia y su moldura se había combado hasta adoptar la forma del número ocho.
Cuando arribamos al camino, me sentí algo mareado con el abigarramiento de las sombras y el aroma de los hongos que empezaban a pudrirse.
Te recuerdo dentro de un fortuito retazo de sol. Tenías la espalda erguida y tus ojos pálidos miraban cenicientos. Cuando hablabas, cortabas el aire con el filo acerado de tu mano menuda y con el destello de la pulsera que anudaba tu muñeca. Tu pelo se desvanecía al enredarse en los rayos de sol que temblaban en el aire y en tu entorno. Fumabas mucho y con nervios. Echabas el humo por la nariz y te desprendías de la ceniza con un golpecillo desdeñoso. Tu casa de campo gris de paloma estaba a cinco verstas de la nuestra. Su interior era frío, suntuoso, una pura reverberación. Había aparecido fotografiada en una elegante revista de la ciudad. Casi todas las mañanas me encaramaba al cuero del sillín de mi bicicleta y tomaba el camino que crujía a mi paso y atravesaba el bosque y luego tomaba la carretera y atravesaba el pueblo y volvía a tomar otro camino que llevaba hasta ti. Tú contabas con que tu marido no iba a venir en septiembre. Y no temíamos nada, tú y yo, ni las murmuraciones de tus criados, ni las sospechas de mi familia. Cada uno de nosotros, a su manera y de forma diversa, confiaba en el destino.

Tu amor era un punto sordo, como lo era tu voz. Casi se podría decir que amabas de soslayo, y nunca hablabas de amor. Eras una de esas mujeres habitualmente poco habladoras, a cuyo silencio uno se acostumbra inmediatamente. Pero, de vez en cuando, algo en ti explotaba. Y entonces tu Bechstein gigante atronaba el espacio, o si no, mirando al infinito vagamente, me contabas hilarantes anécdotas que le habías oído a tu marido o a sus compañeros de regimiento. Recuerdo tus manos, manos pálidas, alargadas y sus venillas azules.

En aquel día feliz, cuando la lluvia azotaba y tú tocabas tan inesperadamente bien, se resolvió aquel algo nebuloso que se había alzado imperceptiblemente entre nosotros tras nuestras primeras semanas de amor. Me di cuenta de que no tenías poder alguno sobre mí, que no eras mi única amante, sino que toda la tierra lo era. Era como si mi alma hubiera desplegado infinitas antenas sensibles y yo viviera como dentro de todas las cosas, percibiendo simultáneamente las cataratas del Niágara atronando al otro lado del océano y también y a la vez el goteo dorado y monótono que tamborileaba mecánicamente en el camino. Me quedé mirando la corteza reluciente de un abedul y de repente sentí que, en lugar de brazos, poseía ramas inclinadas cubiertas con hojas menudas y mojadas y, en lugar de piernas, miles de finas raíces, trenzadas en la tierra, empapándose de ella. Quería transfundirme así en la naturaleza toda, experimentar el ser de un viejo boletus, con su esponja amarilla en el envés, o una libélula, o incluso la esfera solar. Me sentía tan feliz que de pronto rompí a reír y te besé en el hombro y en la nuca. Te hubiera incluso recitado un poema, pero detestabas la poesía.
Sonreíste una sonrisa leve y dijiste:
—¡Qué bien se está después de la lluvia! —y luego te quedaste pensativa unos momentos y añadiste—: Sabes, acabo de acordarme. Me han invitado hoy a tomar el té… cómo se llama… Pal Palych. Es muy aburrido. Pero tengo que ir.
Pal Palych era un antiguo conocido mío. Solíamos ir a pescar juntos y en plena pesca, de repente, se ponía a cantar con su débil voz de tenor Campanadas nocturnas. Yo lo apreciaba mucho. Una gota ardiente se desprendió de una hoja y me cayó directamente en los labios. Me ofrecí a acompañarte.
Te estremeciste como en un escalofrío.
—-Nos aburriremos mortalmente allí. Es horrible —miraste el reloj y suspiraste—. Hora de irse. Me tengo que cambiar de zapatos.
En tu dormitorio embrumado, la luz del sol, que se filtraba por las persianas venecianas, formaba dos escaleras doradas en el suelo. Dijiste algo con tu voz sorda. Al otro lado de la ventana, los árboles respiraban y goteaban en un crujido de contento. Y yo, sonriendo con el crujir de la lluvia, te abracé, levemente y sin avidez.

Ocurrió así. A una orilla del río estaba tu parque, y también tus prados, y al otro, el pueblo. La carretera tenía baches profundos en algunos tramos. El barro era de un color violeta exuberante, y las rodadas se llenaban de un agua color café con leche y se cubrían de espuma. Las sombras oblicuas de las isbas de madera negra se extendían con inusitada claridad.
Caminamos en la sombra por un sendero muy trillado y dejamos atrás una tienda de ultramarinos, una taberna con su cartel esmeralda, unos patios llenos de sol que emanaban aromas de estiércol y de heno fresco.
La escuela era nueva, de piedra, rodeada de arces. En el umbral relucían las pantorrillas blancas de una campesina que se inclinaba a escurrir un trapo en un cubo.
Tú preguntaste: «¿Está Pal Palych?». La mujer, toda trenzas y pecas, entrecerró los ojos para protegerse del sol. «Sí, sí que está.» El cubo tintineó con el puntapié que le dio la vieja para moverlo. «Entre, señora. Estará en el taller.»
Nuestras pisadas crujieron al atravesar un vestíbulo oscuro y luego una clase espaciosa.
Miré al pasar un mapa azul y pensé: así es toda Rusia —luz de sol y un gran vacío… En un rincón brillaba un trozo de tiza triturada.
Más allá, en el pequeño taller, había un agradable olor a cola de carpintero y a serrín de pino. Sin chaqueta, sudoroso y jadeante, con la pierna izquierda extendida, Pal Palych se divertía haciendo una serie de planos en su tablero de dibujo de quejosa madera blanca. Su coronilla, calva y sudorosa, oscilaba dentro de un rayo de sol. En el suelo, bajo el banco del carpintero, se enroscaban unas virutas como frágiles mechones de cabello.
Yo dije a voz en grito:
—¡Pal Palych, tienes invitados!
El dio un respingo, se azoró, tomó educadamente la mano que tú le ofreciste con un gesto tan conocido, tan indiferente, y luego tomó mi mano en sus húmedos dedos y la estrechó un segundo. Parecía que tuviera el rostro moldeado en arcilla, con bigote fláccido e inesperados surcos.
—Lo siento, estoy sin vestir, ya lo veis —dijo con una sonrisa culpable. Agarró un par de puños de camisa, que aguardaban tiesos como cilindros en el alféizar de la ventana, y se los puso apresuradamente.
—¿En qué estás trabajando? —le preguntaste con un destello de tu pulsera. Pal Palych se esforzaba en embutirse la chaqueta con movimientos violentos.
—Nada, estoy enredando un poco —escupió como atragantándose al hablar—. Es una especie de estantería sin importancia. No la he acabado todavía. Aún tengo que lijarla y darle el barniz. Pero mirad esto, lo llamo La Mosca… —y con un movimiento vibratorio de sus manos unidas, lanzó al aire una especie de helicóptero de madera en miniatura, que se elevó a las alturas con un zumbido, dio un golpe seco en el techo y cayó al suelo.
La sombra de una sonrisa pasó cortés por tu rostro.
—¡Pero qué tonto soy! —Pal Palych comenzó de nuevo—. Os esperaba arriba, amigos… Esta puerta rechina. Lo siento. Permitidme que vaya delante. Me temo que la casa está desordenada.
—Creo que se había olvidado de que me había invitado —dijiste en inglés mientras subíamos las escaleras que crujían a cada peldaño.
Yo contemplaba tu espalda, los cuadros de seda de tu blusa. Desde algún lugar en el piso de abajo, probablemente el patio, nos llegó la poderosa voz de la campesina, «¡Gerosim! ¡Gerosim!». Y de repente se me hizo prístinamente claro que, durante siglos, el mundo no había dejado de florecer, de dar vueltas, de cambiar sólo para que, ahora, en este preciso instante, pudieran combinarse y fundirse en un acorde vertical aquella voz cuya resonancia nos llegaba desde abajo, el movimiento de tus hombros de seda, y el aroma de las tablas de pino.

La habitación de Pal Palych era soleada y algo abigarrada. Una estera roja con un león bordado en el centro estaba clavada en la pared encima de la cama. En otra pared colgaba un capítulo de Anna Karenina, enmarcado y dispuesto de tal forma que el juego de claroscuro de los tipos y la inteligente disposición de las líneas lograban conformar el rostro de Tolstoi.
Nuestro anfitrión, frotándose las manos, te ofreció un asiento. Al hacerlo, un movimiento de las gateras de su chaqueta derribó un álbum de la mesa. Lo recogió. Trajeron té, yogur y unas insípidas galletas. Pal Palych sacó de un aparador una lata de flores con caramelos duros de Landrin. Al agacharse, su camisa dejaba ver todo un paño de piel lleno de granos. Un abejorro amarillo muerto había quedado apresado en la pelusa de una araña posada en el alféizar de la ventana. «¿Dónde está Sarajevo?», preguntaste de repente, haciendo crujir una página que con indiferencia habías cogido del suelo. Pal Palych, ocupado en servir el té, contestó: «En Serbia».
Y, con mano temblorosa, te ofreció con sumo cuidado el humeante vaso de cristal en su soporte de plata.
—Aquí tienes. ¿Puedo ofrecerte unas galletas?… ¿Y por qué están tirando bombas? —se dirigió a mí con un brusco movimiento de hombros.
Yo examinaba, por centésima vez, un enorme pisapapeles de cristal. El cristal encerraba en su interior un azul rosado y la Catedral de San Isaac salpicada de dorados granos de arena. Tú te reías y leías en voz alta: «Ayer, un comerciante del Segundo Gremio llamado Yeroshin fue arrestado en el restaurante Quisisana. Resultó que el tal Yeroshin, con el pretexto de…». Y te volviste a reír. «No, el resto es indecente.»
Pal Palych se puso nervioso, se ruborizó con un leve tono pardo rojizo y dejó caer su cuchara. Las hojas de arce brillaron con inmediatez junto a las ventanas. Un carro traqueteó por delante. Desde algún lugar nos llegaba un grito tierno y lastimero: «¡Helados!».

Empezó a hablar del colegio, de las borracheras, y también de la trucha que había aparecido en el río. Yo me dispuse a examinarle a fondo, y tuve la sensación de que realmente lo estaba viendo por primera vez, aunque fuéramos viejos conocidos. Una imagen suya de nuestro primer encuentro debía de habérseme quedado impresa en el cerebro, como una foto fija inasequible al cambio, un hecho ya definitivo, cerrado y aceptado como cualquier costumbre. Cuando por alguna razón me había venido al recuerdo la imagen de Pal Palych, su rostro no sólo tenía un bigote rubio pálido, sino también una pequeña barba que hacía juego con aquél. Una barba imaginaria es una característica de muchos rostros rusos. Pero ahora, después de haberle concedido un aspecto concreto, por así decir, con mi mirada interna, vi que en realidad tenía la barbilla redonda, lampiña e indecisa, ligeramente partida. Tenía también una nariz carnosa, y me di cuenta de que, en su párpado izquierdo, tenía un lunar que le hubiera arrancado con muchísimo gusto, pero cortarlo hubiera significado matarlo. Aquel pequeño bulto le contenía, total y exclusivamente. Cuando me hube dado cuenta de todo esto, y una vez que lo hube examinado en profundidad, hice el más imperceptible de los movimientos, como si quisiera empujar a mi alma a que se deslizara pendiente abajo, y me deslicé dentro de Pal Palych, me puse cómodo en su interior, y desde ese lugar, sentí, por así decir, aquel lunar de su párpado arrugado, y también las alas almidonadas de su cuello, y la mosca que se arrastraba por su calva. Le examiné con ojos límpidos y móviles. El león amarillo de encima de la cama me parecía ahora un viejo amigo, como si llevara allí encima de la cama desde mi infancia. La posta de colores, encerrada en su cristal convexo, se convirtió en algo extraordinario, lleno de gracia, alegre. Y no eras tú la que estabas sentada frente a mí, en una silla baja de mimbre a la que mi espalda se había acostumbrado, sino la benefactora de la escuela, una dama taciturna a la que apenas conocía. Y sin solución de continuidad, con la misma ligereza de movimientos, me deslicé dentro de ti, percibí la cinta de tu liga encima de la rodilla, y un poco más arriba, el cosquilleo de la batista, y pensé, poniéndome en tu lugar, que era todo muy aburrido, que hacía calor, que querías fumar. En ese preciso momento sacaste del bolso una pitillera de oro e insertaste un cigarrillo en tu boquilla. Y yo estaba dentro de todo y de todas las cosas —de ti, del cigarrillo, de la boquilla, de Pal Palych enredándose torpe con sus cerillas, del pisapapeles de cristal, del abejorro muerto en el alféizar de la ventana.
Han pasado muchos años, y no sé dónde estará ahora, el tímido y abotargado Pal Palych. A veces, sin embargo, cuando mis pensamientos vuelan por territorios que le son ajenos, lo veo como en un sueño, transportado al escenario de mi existencia ordinaria. Entra en una habitación con su porte sonriente y remilgado, con su panamá viejo en la mano; inclina la cabeza al andar, se limpia la calva y el rubicundo cuello con un enorme pañuelo. Y cuando sueño con él, tú apareces invariablemente atravesando mi sueño, con aspecto perezoso y con una blusa de seda escotada.
*
* *
Aquel maravilloso y feliz día yo no estaba especialmente locuaz. Engullí los resbaladizos trozos de requesón y me esforcé por percibir hasta el más mínimo ruido. Cuando Pal Palych se callaba, yo oía cómo murmuraba su estómago —un chirrido delicado, seguido de un mínimo borboteo. Después de lo cual se limpiaba la garganta sin ningún rubor y empezaba a hablar de cualquier cosa a toda prisa. Balbuceando, sin lograr encontrar la palabra justa, fruncía el ceño y empezaba a tamborilear con los dedos en la mesa. Tú estabas reclinada en el sofá bajo, impasible y en silencio. Girando la cabeza a un lado y alzando tu anguloso hombro, me lanzabas miradas desde el fondo de tus pupilas mientras te ajustabas las horquillas del pelo anudado detrás de tu cabeza. Tú creías que yo me sentía molesto delante de Pal Palych porque habíamos llegado juntos y él hubiera podido imaginarse nuestra relación. Y a mí me divertía que tú pensaras eso, y me divertía la forma melancólica y sorda en la que Pal Palych se ruborizó cuando deliberadamente tú mencionaste a tu marido y su trabajo.

Delante de la escuela, el ocre caliente del sol chapoteaba detrás de los arces. Desde el umbral, Pal Palych nos saludó y nos dio las gracias por acercarnos, y luego volvió a saludar desde el pasillo, y un termómetro brillaba, blanco cristalino, en el muro exterior.
Cuando dejamos atrás el pueblo, cruzamos el puente y nos disponíamos ya a subir por el sendero que conduce a tu casa, yo te abracé y tú me lanzaste destellos de esa mirada especial y de través tan especial y tuya que me dijo que eras feliz. De repente tuve el deseo de contarte las pequeñas arrugas de Pal Palych y el San Isaac con lentejuelas, pero, tan pronto como empecé a hacerlo, tuve la sensación de que me venían a la boca las palabras equivocadas, palabras extravagantes, y cuando tú con toda ternura dijiste «decadente», yo cambié de tema. Sabía lo que necesitabas: sentimientos sencillos, palabras sencillas. Tu silencio era un silencio fácil y sin viento, como el silencio de las nubes o de las plantas. Todo silencio es el reconocimiento de un misterio. Muchas cosas en ti parecían misteriosas.

Un trabajador con una blusa hinchada por el viento afilaba con fuerza y con ruido su guadaña. Unas mariposas flotaban por encima de las flores escabiosas que no habían caído con la siega. Por el camino venía hacia nosotros una joven con una pañoleta verde claro en sus hombros y margaritas en el pelo. Yo ya la había visto unas dos o tres veces, y su cuello esbelto y moreno se me había quedado fijado en la memoria. Al pasar, sus ojos un punto achinados te tocaron atentos. Y luego, saltando con cuidado la zanja, desapareció detrás de los alisos. Un temblor de plata atravesó la maraña de matorrales. Tú dijiste: «Apuesto a que se estaba dando un buen paseo en mi parque. Cómo detesto a estos veraneantes…». Un fox-terrier, una perra ya vieja, trotaba por el camino junto a su amo. Tú adorabas los perros. El animalillo trepó hasta nosotros, apoyándose en la tripa y con las orejas enhiestas. Se llegó hasta tu mano extendida, y empezó a dar vueltas mostrándonos sus partes, que parecían un mapa de manchas. «Cariño», le dijiste con esa voz tuya tan especial, cariñosa y medio enfadada a un tiempo.
El fox-terrier, después de revolcarse unas cuantas veces, dio un exquisito chillido y se fue trotando, y de un salto atravesó la zanja.
Cuando ya nos acercábamos a la verja del parque, tú decidiste que querías fumar, pero, después de revolver en tu bolso, cloqueaste dulcemente: «Qué tonta soy. Me dejé la boquilla en su casa». Me rozaste la espalda. «Querido, corre y vete a buscarla. Si no, no puedo fumar.» Me reí mientras besaba tus párpados palpitantes y tu estrecha sonrisa.
Me gritabas mientras corría: «¡Date prisa!». Me puse a correr, no porque tuviera una gran prisa, sino porque todo en mi entorno corría al unísono —la iridiscencia de los matorrales, las sombras de las nubes sobre la hierba húmeda, las flores moradas apresurándose a encerrar sus vidas en hondonadas y barrancos antes de que llegara el relámpago del segador.

Diez minutos más tarde, jadeando y acalorado, me encontré subiendo las escaleras de la escuela. Golpeé con el puño la puerta parda. El muelle de un colchón gimió en el interior. Giré la manivela, pero la puerta estaba cerrada con llave.
—¿Quién anda ahí? —preguntó la voz sofocada de Pal Palych.
Yo grité:
—¡Vamos ya! ¡Déjame entrar! —el colchón chirrió de nuevo y se oyeron las pisadas de unos pies descalzos—. ¿Quieres decirme para qué te encierras, Pal Palych? —me di cuenta al momento de que tenía los ojos rojos.
—Entra, entra… Me alegro de verte. Ya ves, estaba dormido. Entra.
—Nos olvidamos una boquilla aquí —dije, tratando de no mirarle.
Por fin encontramos la boquilla de esmalte verde bajo el sillón. Me la metí en el bolsillo. Pal Palych se sonaba estruendosamente con un pañuelo.
—Es una persona maravillosa —dijo inoportuno, dejándose caer pesadamente en la cama. Suspiró y miró de soslayo—. Hay algo en las mujeres rusas, un cierto… —se levantó todo arrugado y se pasó la mano por la frente—. Un cierto… —emitió un gruñido suave—, espíritu de sacrificio. No hay nada más sublime en este mundo. Ese espíritu de sacrificio extraordinariamente sutil, extraordinariamente sublime —juntó las manos detrás de la cabeza y mudó su rostro en una sonrisa lírica—. Extraordinario… —se quedó callado, y luego preguntó, ya con un tono diferente, uno que utilizaba a menudo cuando quería hacerme reír—. ¿Y qué más tienes que decirme, amigo mío? —sentí ganas de darle un abrazo, de decirle algo cariñoso, algo que le aliviara en su necesidad.
—Deberías ir a dar un paseo, Pal Palych. ¿Por qué encerrarte a languidecer en un cuarto cerrado?
Hizo un ademán como para despachar aquel asunto.
—Ya he visto todo lo que hay que ver. Ahí afuera todo lo que uno hace es sofocarse… —con un movimiento descendente de la mano se frotó sus ojos abotargados y también el bigote—. Quizá esta noche vaya a pescar un rato —el lunar que se incrustaba en su párpado arrugado se movió.
Tenía que haberle preguntado: «Querido Pal Palych, ¿qué hacías hace un minuto tumbado en la cama y con el rostro escondido en la almohada? ¿Es que tienes la fiebre del heno, o alguna pena profunda? ¿Has amado a una mujer alguna vez? ¿Y por qué llorar en un día como éste, con este sol radiante y los charcos ahí afuera?».
—Bueno, Pal Palych, tengo que irme corriendo —dije echando una mirada a las gafas abandonadas, al Tolstoi recreado tipográficamente y a las botas con sus lazadas como orejas debajo de la mesa.
Dos moscas se posaron en el suelo rojo. Una se subió encima de la otra. Dieron un zumbido y se separaron volando.
—No te lo tomo en cuenta —dijo Pal Palych respirando suavemente. Ladeó la cabeza—. Sonreiré y lo soportaré, vete, no te entretengas conmigo.

Y de nuevo me encontré corriendo por el camino, junto a los alisos. Sentí que me había bañado en la pena de otro, que estaba radiante con sus lágrimas. Mi sentimiento era de felicidad, una felicidad que desde entonces sólo he experimentado en raras ocasiones: al ver un árbol que se inclina, un guante agujereado, la mirada de un caballo. Era un sentimiento feliz porque fluía armoniosamente. Era la felicidad de un movimiento o de un fulgor feliz. En una ocasión me desgarré en un millón de astillas de seres y de objetos. Hoy soy uno; mañana volveré a desgarrarme en mil astillas. Y así todo en este mundo se decanta y se modula. Aquel día yo estaba en la cresta de una ola. Sabía que todo a mi alrededor eran notas procedentes de una sola armonía siempre la misma, conocía, secretamente, su fuente y la inevitable resolución de aquellos sonidos que se habían reunido por un instante, y conocía también el nuevo acorde que engendraría cada una de las notas al dispersarse. El oído musical de mi alma lo sabía y lo abarcaba todo.

Te encontré en la sección pavimentada de tu jardín, junto a los escalones que llevan a la terraza y tus primeras palabras fueron: «Mi marido ha llamado desde la ciudad mientras yo estaba fuera. Viene en el tren de las diez. Debe haber ocurrido algo. Quizá lo hayan trasladado».
Un aguzanieves como un viento azul gris pasó ligero por la arena. Una pausa, dos o tres escaleras, otra pausa, más escaleras. El aguzanieves, la boquilla que yo tenía en mis manos, tus palabras, las manchas de sol en tu vestido… No podía ser de otra manera.
—Sé lo que estás pensando —dijiste, frunciendo el ceño—. Piensas que habrá alguien que se lo diga y todo eso. Pero no importa… Sabes lo que yo…
Te miré de frente a la cara. Miré con toda mi alma, directamente. Choqué contigo. Tenías los ojos límpidos, como si una película de papel de seda acabara de desprenderse de los mismos —esa que protege las ilustraciones de los libros preciosos. Y, por vez primera, tu voz era también límpida.
—¿Sabes lo que he decidido? Escucha. No puedo vivir sin ti. Eso es lo que le voy a decir exactamente. Me concederá el divorcio inmediatamente. Y luego, hacia el otoño, podríamos…
Te interrumpí con mi silencio. Una mancha de sol se deslizó desde tu falda hasta la arena al moverte ligeramente.
¿Qué podía decirte? ¿Podía invocar la libertad, el cautiverio, decir que no te amaba lo suficiente? No, todo eso era mentira.
Transcurrió un instante. En ese instante, muchas cosas ocurrieron en el mundo: en algún lugar un vapor gigante se hundió en el fondo del mar, se declaró una guerra, nació un genio. El instante pasó.
—Aquí tienes tu boquilla —dije—. Estaba debajo del sillón. Sabes, cuando entré, Pal Palych parecía como si hubiera estado…
Tú dijiste:
—Está bien. Puedes irte —te diste la vuelta y corriste escaleras arriba. Agarraste el pomo de cristal de la puerta, y no conseguiste abrirla. Debió de ser pura tortura para ti.

Me quedé de pie en el jardín durante un rato entre la humedad dulce. Luego, con las manos metidas en los bolsillos, caminé por la arena moteada en torno a la casa. En el porche de entrada encontré mi bicicleta. Apoyándome en el manillar, me deslicé por el camino del parque. Había sapos aquí y allá. Sin darme cuenta pasé por encima de uno de ellos. Al final del camino había un banco. Apoyé la bicicleta contra el tronco de un árbol y cedí a la tentación de sentarme en la madera blanca. Pensé en que dentro de dos días tendría una carta tuya y en cómo me llamarías y yo no volvería. Tu casa se deslizaba en una melancólica distancia con su piano de cola, los volúmenes polvorientos de La Revista de Arte, las siluetas en sus marcos redondos. Era delicioso perderte. Desapareciste, sacudiendo angularmente la puerta de cristal. Pero otra tú se marchó de manera distinta, abriendo tus ojos pálidos bajo mis besos de alegría.

Me quedé así sentado hasta que llegó la noche. Había unos enanos, que, como movidos por hilos invisibles, no dejaban de caminar por todos lados. De repente, en algún lugar cercano, percibí un brillo abigarrado —era tu vestido, y tú estabas…
¿No habían muerto ya las últimas vibraciones? Por eso, me sentí incómodo ante el hecho de que tú estuvieras allí, en algún punto a mi lado, fuera de mi campo de visión, ante el hecho de que estuvieras caminando, de que te estuvieras acercando. Con esfuerzo, volví el rostro. No eras tú sino aquella muchacha con la bufanda verdosa, ¿te acuerdas, aquella con la que nos tropezamos? ¿Y su foxterrier con aquella panza tan cómica?…
Ella pasó de largo, se perdió entre los huecos del follaje y luego cruzó el puentecillo que llevaba a un quiosco pequeño con ventanas de cristal emplomado. La chica está aburrida, está caminando por tu parque; probablemente la conoceré algún día.
Me levanté despacio, despacio salí en bicicleta del parque inmóvil hasta la carretera principal, derecho hacía una enorme puesta de sol, y, al otro lado de una curva, adelanté a un carruaje. Era tu cochero, Semyon, que se dirigía a paso lento hacia la estación. Cuando me vio, se quitó lentamente la gorra, se alisó los rizos brillantes de su nuca, y se la volvió a poner. Una manta de cuadros estaba doblada en el asiento. Un reflejo misterioso brilló en la mirada del jamelgo negro. Y cuando, con mis pedales inmóviles, volé colina abajo hacia el río, vi desde el puente el panamá y la espalda doblada de Pal Palych, sentado debajo, en un poste junto al lugar reservado al baño, con una caña de pescar en el puño.
Frené y me detuve con la mano en la barandilla.
—¡Pal, Palych! ¿Pican? —levantó los ojos, y me saludó con un gesto amable y tierno.
Un murciélago se lanzó volando por encima de la superficie del espejo rosa. El reflejo de las hojas parecía encaje negro. Pal Palych, desde lejos, gritaba algo, y me llamaba con la mano. Otro Pal Palych parpadeaba entre las olas negras. Riéndome con fuerza me separé de la barandilla.
Pasé por delante de las isbas en un único impulso silencioso y seguí por la tierra firme del camino. Unos mugidos flotaron en el aire sin brillo; unas alondras volaron de golpe y con estrépito. Y luego, un poco más lejos, en la inmensidad de la puesta de sol, entre los campos vagamente vaporosos, no había otro habitante que el silencio.

Sobre el autor.
Vladímir Nabókov (San Petersburgo, 22 de abril de 1899 (10 de abril del calendario juliano) — Montreux, Suiza, 2 de julio de 1977), fue un escritor de origen ruso, nacionalizado estadounidense.