Un discreto milagro

La familia Boulton provenía de un comerciante de Liverpool, que emigró a mediados del siglo diecinueve con su tremenda ambición como única fortuna, y se hizo rico con una flotilla de barcos de carga en el país más austral y lejano del mundo. Los Boulton eran miembros prominentes de la colonia británica, y como tantos ingleses fuera de su isla preservaron sus tradiciones y su lengua con una tenacidad absurda, hasta que la mezcla con sangre criolla les tumbó la arrogancia y les cambió los nombres anglosajones por otros más castizos.
Gilberto, Filomena y Miguel nacieron en el apogeo de la fortuna de los Boulton, pero a lo largo de sus vidas vieron declinar el tráfico marítimo y esfumarse una parte sustancial de sus ingresos. Aunque dejaron de ser ricos, pudieron mantener su estilo de vida. Era difícil encontrar tres personas de aspecto y carácter más diferentes que estos tres hermanos. En la vejez se acentuaron los rasgos de cada cual, pero a pesar de sus aparentes disparidades sus almas coincidían en lo fundamental.
Gilberto era un poeta de setenta y tantos años, de facciones delicadas y porte de bailarín, cuya existencia había transcurrido ajena a las necesidades materiales, entre libros de arte y antigüedades. Era el único de sus hermanos que se educó en Inglaterra, experiencia que lo marcó profundamente. Le quedó para siempre el vicio del té. Nunca se casó, en parte porque no encontró a tiempo a la joven pálida que tantas veces surgía en sus versos de juventud, y cuando renunció a esa ilusión ya era demasiado tarde, porque sus hábitos de solterón estaban muy arraigados. Se burlaba de sus ojos azules, su pelo amarillo y su ancestro, diciendo que casi todos los Boulton eran unos comerciantes vulgares, quienes de tanto fingirse aristócratas habían terminado convencidos de que lo eran. Sin embargo, usaba chaquetas de tweed con parches de cuero en los codos, jugaba bridge, leía el Times con tres semanas de atraso y cultivaba la ironía y la flema atribuidas a los intelectuales británicos.
Filomena, rotunda y simple como una campesina, era víuda y abuela de varios nietos. Estaba dotada de una gran tolerancia, que le permitía aceptar tanto las veleidades anglófilas de Gilberto como el hecho de que Miguel anduviera con huecos en los zapatos y el cuello de la camisa en hilachas. Nunca le faltaba ánimo para atender los achaques de Gilberto o escucharlo recitar sus extraños versos, ni para colaborar en los innumerables proyectos de Miguel. Tejía incansablemente chalecos para su hermano menor, que éste se ponía un par de veces y luego regalaba a otro más necesitado. Los palillos eran una prolongación de sus manos, se movían con un ritmo travieso, un tictac continuo que anunciaba su presencia y la acompañaba siempre, como el aroma de su colonia de jazmín.
Miguel Boulton era sacerdote. A diferencia de sus hermanos, él resultó moreno, de baja estatura, casi enteramente cubierto por un vello negro que le habría dado un aspecto bestial si su rostro no hubiera sido tan bondadoso. Abandonó las ventajas de la residencia familiar a los diecisiete años y sólo regresaba a ella para participar en los almuerzos dominicales con sus parientes, o para que Filomena lo cuidara en las raras ocasiones en que se enfermaba de gravedad. No sentía ni la menor nostalgia por las comodidades de su juventud y a pesar de sus arrebatos de mal humor, se consideraba un hombre afortunado y estaba contento con su existencia. Vivía junto al Basurero Municipal, en una población m’serable de los extramuros de la capital, donde las calles no tenían pavimento, acerancho estaba construido con tablas y ras, ni árboles. Su planchas de cinc. A veces en verano surgian del suelo fumarolas fétidas de los gases que se filtraban bajo tierra desde los depósitos de basura. Su mobiliario consistía en un camastro, una mesa, dos sillas y repisas para libros, y las paredes lucían afiches revolucionarios, cruces de latón fabricadas por los presos políticos, modestas tapicerías bordadas por las madres de los desaparecidos, y banderines de su equipo de fútbol f ayorito. Junto al crucifijo, donde cada mañana comulgaba a solas y cada noche le agradecía a Dios la suerte de estar aún vivo, colgaba una bandera roja. El Padre Miguel era uno de esos seres marcados por la terrible pasión de la justicia. En su larga vida había acumulado tanto sufrimiento ajeno, que era incapaz de pensar en el dolor propio, lo cual, sumado a la certeza de actuar en nombre de Dios, lo hacía temerario. Cada vez que los militares allanaban su casa y se lo llevaban acusándolo de subversivo debían arnordazarlo, porque ni a palos lograban evitar que los agobiara de insultos intercalados de citas de los evangelios. Había sido detenido tan a menudo, hecho tantas huelgas de hambre en solidaridad con los presos, y amparado a tantos perseguidos, que de acuerdo a la ley de probabilidades debió haber muerto varias veces. Su fotografía, sentado ante un local de la policía política con un letrero anunciando que allí torturaban gente, fue difundida por todo el mundo. No había castigo capaz de amilanarlo, pero no se atrevieron a hacerlo desaparecer, como a tantos otros, porque ya era demasiado conocido. En las noches, cuando se instalaba ante su pequeño altar doméstico a conversar con Dios, dudaba azorado si sus únicos impulsos serían el amor al prójimo y el ansia de justicia, o si en sus acciones no habría también una soberbía satánica. Ese hombre, capaz de adormecer a un niño con boleros y de pasar noches en vela cuidando enfermos, no confiaba en la gentileza de su propio corazón. Había luchado toda su vida contra la cólera, que le espesaba la sangre y lo hacía estallar en arranques incontenibles. En secreto se preguntaba qué sería de él si las circunstancias no le ofrecieran tan buenos pretextos para desahogarse. Filomena vivía pendiente de él, pero Gilberto opinaba que si nada demasiado grave le había ocurrido en casi setenta años de equilibrarse en la cuerda floja, no había razón para preocuparse, puesto que el ángel de la guarda de su hermano había demostrado ser muy eficiente.
–Los ángeles no existen. Son errores semánticos –replicaba Miguel.
–No seas hereje, hombre. –Eran simples mensajeros hasta que Santo Tomás de Aquino inventó toda esa patraña.
–¿Me vas a decir que la pluma del Arcángel San Gabriel, que se venera en Roma, proviene de la cola de un buitre? –se reía Gilberto.
–Si no crees en los ángeles no crees en nada. ¿Por qué sigues de cura? Debieras cambiar de oficio –terciaba Filomena.
–Ya se perdieron varios siglos discutiendo cuántas criaturas de ésas caben en la punta de un alfiler. ¿Qué más da? ¡No gasten energía en ángeles, sino en ayudar a la gente! Miguel había perdido la vista paulatinamente y ya estaba casi ciego. Del ojo derecho no veía nada y del izquierdo bastante poco, no podía leer y le resultaba muy difícil salir de su vecindario, porque se perdía en las calles. Cada vez dependía más de Filomena para movilizarse. Ella lo acompañaba o le mandaba el automóvil con el chófer, Sebastián Canuto, alias El Cuchillo, un ex convicto a quien Miguel había sacado de la cárcel y regenerado, y que trabajaba con la familia desde hacía dos décadas. Con la turbulencia política de los últimos años, El Cuchillo se convirtió en el discreto guardaespaldas del cura. Cuando corría el rumor de una marcha de protesta, Filomena le daba el día libre y él partía a la población de Miguel, provisto de una cachiporra y un par de manoplas escondidas en los bolsillos. Se apostaba en la calle a esperar que el sacerdote saliera y luego lo seguía a cierta distancia, listo para defenderlo a golpes o para arrastrarlo a lugar seguro si la situación lo exigía. La nebulosa en que vivía Miguel le impedía darse mucha cuenta de estas maniobras de salvataje, que lo habrían enfurecido, porque consideraría injusto disponer de tal protección mientras el resto de los manifestantes soportaba los golpes, los chorros de agua y los gases.
Al acercarse la fecha en que Miguel cumplía setenta años su ojo izquierdo sufrió un derrame y en pocos minutos se quedó en la más completa oscuridad. Se encontraba en la iglesia en una reunión nocturna con los pobladores, hablando sobre la necesidad de organizarse para enfrentar al Basurero Municipal, porque ya no se podía seguir viviendo entre tanta mosca y tanto olor de podredumbre. Muchos vecinos estaban en el bando opuesto de la religión católica, en verdad para ellos no habían pruebas de la existencia de Dios, por el contrario, los padecimientos de sus vidas eran una demostración irrefutable de que el universo era una pura pelotera, pero también ellos consideraban el local de la parroquia como el centro natural de la población. La cruz que Miguel llevaba colgando al pecho les parecía sólo un inconveniente menor, una especie de extravagancia de viejo. El sacerdote estaba paseando mientras hablaba, como era su costumbre, cuando sintió que las sienes y el corazón se le disparaban al galope y todo el cuerpo se le humedecía en un sudor pegajoso. Lo atribuyó al calor de la discusión, se pasó la manga por la frente y por un momento cerró los párpados. Al abrirlos creyó estar hundido en un torbellino al fondo del mar, sólo percibía oleajes profundos, manchas, negro sobre negro. Estiró un brazo en busca de apoyo.
–Se cortó la luz –dijo, pensando en otro sabotaje. Sus amigos lo rodearon asustados. El Padre Boulton era un compañero formidable, que había vivido entre ellos desde que podían recordar. Hasta entonces lo creyeron invencible, un hombronazo fuerte y musculoso, con un vozarrón de sargento y unas manos de albañil que se juntaban en la plegaria, pero que en verdad parecían hechas para la pelea. De pronto comprendieron cuán gastado estaba, lo vieronencogido y pequeño, un niño lleno de arrugas. Un coro de mujeres improvisó los primeros remedios, lo obligaron a tenderse en el suelo, le pusieron paños mojados en la cabeza, le dieron a beber vino caliente, le hicieron masajes en los pies; pero nada surtió efecto, por el contrario, con tanto manoseo el enfermo estaba perdiendo la respiración. Por fin Miguel logró quitarse a la gente de encima y ponerse de pie, dispuesto a enfrentar esa nueva desgracia cara a cara.
–Estoy fregado –dijo sin perder la calma–. Por favor, llamen a mi hermana y díganle que estoy en un apuro, pero no le den detalles para que no se preocupe.
A la hora apareció Sebastián Canuto, huraño y silencioso como siempre, anunciando que la señora Filomena no podía perderse el capítulo de la telenovela y que aquí le mandaba algo de plata y un canasto con provisiones para su gente.
–Esta vez no se trata de eso, Cuchillo, parece que me he quedado ciego.
El hombre lo subió al automóvil y sin hacer preguntas se lo llevó a través de toda la ciudad hasta la mansión de los Boulton, que se alzaba plena de elegancia en medio de un parque algo abandonado, pero todavía señorial. Convocó a todos los habitantes de la casa a bocinazos, ayudó a bajar al enfermo y lo transportó casi en andas, conmovido al verlo tan liviano y tan dócil. Su tosca cara de perdulario estaba mojada de lágrimas cuando les dio la noticia a Gilberto y a Filomena.
–Por la pelandusca que me parió, don Miguelito se ha que– dado sin ojos. Esto es lo único que nos faltaba –lloró el chófer sin poder contenerse.
–No digas groserías delante del poeta –dijo el sacerdote. –Ponlo en la cama, Cuchillo –ordenó Filomena–. Esto no es grave, debe ser algún resfrío. ¡Eso te pasa por andar sin chaleco! –Se ha detenido el tiempo: noche y día es siempre invierno y hay un puro silencio de antenas por lo negro … * –comenzó a improvisar Gilberto.
–Dile a la cocínera que prepare un caldo de pollo –lo hizo callar su hermana.
El médico de la familia determinó que no se trataba de un resfrío y recomendó que a Miguel lo viera un oftalmólogo. Al día siguiente, después de una apasionada exposición sobre la salud, don de Dios y derecho del pueblo, que el infame sistema imperante había convertido en privilegio de una casta, el enfermo aceptó ir donde un especialista. Sebastián Canuto condujo a los tres hermanos al Hospital del Área Sur, único sitio aprobado por Miguel, porque allí se atendían los más pobres entre los pobres. Esa súbita ceguera había puesto al cura de pésimo talante, no podía comprender el designio divino que lo convertía en un inválido justamente cuando sus servicios más se necesitaban. De la resignación cristiana ni se acordó. Desde el comienzo se negó a aceptar que lo guiaran o lo sostuvieran, prefería avanzar a tropezones, aun a riesgo de parAunque es de noche, del poeta chileno Carlos Bolton.
tirse un hueso, no tanto por orgullo como para acostumbrarse lo antes posible a esa nueva limitación. Filomena le dio secretas instrucciones al chófer para que desviara el rumbo y los llevara a la Clínica Alemana, pero su hermano, que conocía demasiado bien el olor de la miseria, entró en sospechas apenas cruzaron el umbral del edificio y las confirmó cuando escuchó música en el ascensor, Debieron sacarlo de allí a toda prisa, antes que se desencadenara una trifulca. En el hospital esperaron durante cuatro horas, tiempo que Miguel aprovechó para indagar las desgracias de los demás pacientes de la sala, Filomena para iniciar otro chaleco y Gilberto para componer el poema sobre las antenas por lo negro que había surgido en su corazón el día anterior.
–El ojo derecho no tiene remedio y para devolver algo de visión al izquierdo habría que operarlo de nuevo –dijo el médico que por fin los atendió–. Ya ha tenido tres operaciones y los tejidos están muy debilitados, esto requiere técnicas e instrumentos especiales. Creo que el único lugar donde pueden intentarlo es en el Hospital Militar…
–¡Jamás! –lo interrumpió Miguel–. ¡No pondré nunca mis pies en ese antro de desalmados! Sobresaltado, el médico le hizo un guiño de disculpa a la enfermera, quien se lo devolvió con una sonrisa cómplice.
–No seas mañoso, Miguel. Será sólo por un par de días, no creo que eso sea una traición a tus principios. ¡Nadie se va al infierno por eso! –apuntó Filomena, pero su hermano replicó que prefería quedarse ciego para el resto de sus días, que darles a los militares el gusto de devolverle la vista. En la puerta el médico lo retuvo un instante por el brazo. _Mire, Padre…. ¿ Ha oído hablar de la clínica del Opus De¡? Allí también tienen recursos muy modernos.
–¿Opus De¡? –exclamó el cura–. ¿Dijo Opus De¡? Filomena trató de conducirlo fuera del consultorio, pero él se trancó en el umbral para informar al doctor que a esa gente tampoco iría a pedirles un favor.
–Pero cómo…, ¿no son católicos? –Son unos fariseos reaccionarios. –Disculpe –balbuceó el médico. Una vez en el coche Miguel le zampó a sus hermanos y al chófer que el Opus De¡ era una organización fatídica, más ocupada en tranquilizar la conciencia de las clases altas que en alimentar a los que se mueren de hambre, y que más fácilmente entra un camello por el ojo de una aguja que un rico al Reino de los cielos, o algo por el estilo. Agregó que lo sucedido era una prueba más de lo mal que estaban las cosas en el país, donde sólo los privilegiados podían curarse con dignidad y los demás se debían conformar con yerbas de misericordia y cataplasmas de humillación. Por último pidió que lo llevaran directo a su casa porque debía regar los geranios y preparar el sermón del domingo.
–Estoy de acuerdo –comentó Gilberto, deprimido por las horas de espera y por la visión de tanta desgracia y tanta fealdad en el hospital. No estaba acostumbrado a esas diligencias.
–¿De acuerdo con qué? –preguntó Filomena. –Que no podemos ir al Hospital Militar, sería una barrabasada. Pero podríamos darle una oportunidad al Opus De¡, ¿no les parece? –¡Pero de qué estás hablando! –replicó su hermano–. Ya te dije lo que pienso de ellos.
–¡Cualquiera diría que no podemos pagar! –agregó Filomena, a punto de perder la paciencia.
–No se pierde nada con preguntar –sugirió Gilberto pasándose su pañuelo perfumado por el cuello.
–Esa gente está tan ocupada moviendo fortunas en los bancos y bordando casullas de cura con hilos de oro, que no les queda ánimo para ver las necesidades ajenas. El cielo no se gana con genuflexiones, sino con…
–Pero usted no es pobre, don Miguelito –interrumpió Sebastián Canuto aferrado al volante.
–No me insultes, Cuchillo. Soy tan pobre como tú. Da media vuelta y llévanos a la clínica esa, para probarle al poeta que, como siempre, anda en la luna.
Fueron recibidos por una señora amable, que los hizo llenar un formulario y les ofreció café. Quince minutos después pasaban los tres al consultorio.
–Antes que nada, doctor, quiero saber si usted también es del Opus De¡ o si sólo trabaja aquí –dijo el sacerdote.
–Pertenezco a la Obra –sonrió blandamente el médico. –¿Cuánto cuesta la consulta? –El tono del cura no disimulaba el sarcasmo.
–tiene problemas financieros, Padre? –Dígame cuánto. –Nada, si no puede pagar. Las donaciones son voluntarias. Por un breve instante el Padre Boulton perdió el aplomo, pero el desconcierto no le duró mucho.
–Esto no parece una obra de beneficencia. –Es una clínica privada. –Ajá… Aquí vienen sólo los que pueden hacer donaciones. –Mire, Padre, si no le gusta le sugiero que se vaya –replicó el doctor–. Pero no se irá sin que yo lo examine. Si quiere me trae a todos sus protegidos, que aquí se los atenderemos lo mejor posible, para eso pagan los que tienen. Y ahora no se mueva y abra bien los ojos.
Después de una meticulosa revisión el médico confirmó el diagnóstico previo, pero no se mostró optimista.
–Aquí contamos con un equipo excelente, pero se trata de una operación muy delicada. No puedo engañarlo, Padre, sólo un milagro puede devolverle la vista –concluyó.
Miguel estaba tan apabullado que apenas lo escuchó, pero Filomena se aferró a esa esperanza.
–¿Un milagro, dijo? –Bueno, es una manera de hablar, señora. La verdad es que nadie puede garantizarle que volverá a ver.
–Si lo que usted quiere es un milagro, yo sé dónde conseguirlo –dijo Filomena colocando el tejido en su bolsa–. Muchas gracias, doctor. Vaya preparando todo para la operación, pronto estaremos de vuelta.
De nuevo en el coche, con Miguel mudo por primera vez en mucho tiempo y Gilberto extenuado por los sobresaltos del día, Filomena le ordenó a Sebastián Canuto que enfilara hacia la montaña. El hombre le lanzó una mirada de reojo y sonrió entusiasmado. Había conducido otras veces a su patrona por esos rumbos y nunca lo hacía de buen grado, porque el camino era una serpiente retorcída, pero esta vez lo animaba la idea de ayudar al hombre que más apreciaba en este mundo. _¿Dónde vamos ahora? –murmuró Gilberto echando mano de su educación británica para no desplomarse de cansancio.
–Es mejor que te duermas, el viaje es largo. Vamos a la gruta de Juana de los Lirios –le explicó su hermana.
– ¡Debes estar loca! –exclamó el cura sorprendido.
–Es santa. –Ésos son puros disparates. La Iglesia no se ha pronunciado sobre ella.
–El Vaticano se demora como cien años en reconocer un santo. No podemos esperar tanto –concluyó Filomena.
–Si Miguel no cree en ángeles, menos creerá en beatas criollas, sobre todo si esa Juana proviene de una familia de terratenientes –suspiró Gilberto.
–Eso no tiene nada que ver, ella vivió en la pobreza. No le metas ideas en la cabeza a Miguel –dijo Filomena.
–Si no fuera porque su familia está dispuesta a gastar una fortuna para tener un santo propio, nadie sabría de su existencia –interrumpió el cura.
–Es más milagrosa que cualquiera de tus santos extranjeros.
–En todo caso, me parece mucha petulancia esto de pedir un trato especial. Mal que mal, yo no soy nadie y no tengo derecho a movilizar al cielo con demandas personales –refunfuñó el ciego.
El prestigio de Juana había comenzado después de su muerte a una edad prematura, porque los campesinos de la región, impresionados por su vida piadosa y sus obras de caridad, le rezaban pidiendo favores. Pronto se corrió la voz de que la difunta era capaz de realizar prodigios y el asunto fue subiendo de tono hasta culmínar en el Milagro del Explorador, como lo llamaron. El hombre estuvo perdido en la cordillera durante dos semanas, y cuando ya los equípos de rescate habían abandonado la búsqueda y estaban a punto de declararlo muerto, apareció agotado y hambriento, pero intacto. En sus declaraciones a la prensa contó que en un sueño había visto la imagen de una muchacha vestida de largo con un ramo de flores en los brazos. Al despertar sintió un fuerte aroma de lirios y supo sin lugar a dudas que se trataba de un mensaje celestial. Siguiendo el penetrante perfume de las flores logró salir de aquel laberinto de desfiladeros y abismos y llegar por fin a las cercanías de un camino. Al comparar su visión con un retrato de Juana, atestiguó que eran idénticas. La familia de la joven se encargó de divulgar la historia, de construir una gruta en el sitio donde apareció el explorador y de movilizar todos los recursos a su alcance para llevar el caso al Vaticano. Hasta ese momento, sin embargo, no había respuesta del jurado cardenalicio. La Santa Sede no creía en resoluciones precipitadas, llevaba muchos siglos de parsimonioso ejercicio del poder y esperaba disponer de muchos más en el futuro, de modo que no se daba prisa para nada y mucho menos para las beatificaciones. Recibía numerosos testimonios provenientes del continente sudamericano, donde cada tanto aparecían profetas, santones, predicadores, estilitas, mártires, vírgenes, anacoretas y otros originales personajes a quienes la gente veneraba, pero no era cosa de entusiasmarse con cada uno. Se requería una gran cautela en estos asuntos, porque cualquier traspié podía conducir al ridículo, sobre todo en estos tiempos de pragmatismo, cuando la incredulidad prevalecía sobre la fe. Sin embargo, los devotos de Juana no aguardaron el veredicto de Roma para darle trato de santa. Se vendían estampitas y medallas con su retrato y todos los días se publicaban avisos en los periódicos agradeciéndole algún favor concedido. En la gruta plantaron tantos lirios que el olor aturdía a los peregrinos y volvía estériles a los animales domésticos de los alrededores. Las lámparas de aceite, los cirios y las antorchas llenaron el aire de una humareda contumaz y el eco de los cánticos y las oraciones robotaban entre los cerros confundiendo a los cóndores en vuelo. En poco tiempo el lugar se llenó de placas recordatorias, toda clase de aparatos ortopédicos y réplicas de órganos humanos en miniatura, que los creyentes dejaban como prueba de alguna curación sobrenatural. Mediante una colecta pública se juntó dinero para pavimentar la ruta y en un par de años había un camino lleno de curvas, pero transitable, que unía la capital con la capilla.
Los hermanos Boulton llegaron a su destino al anochecer. Sebastián Canuto ayudó a los tres ancianos a recorrer el sendero que conducía hasta la gruta. A pesar de la hora tardía, no faltaban devotos, unos se arrastraban de rodillas sobre las piedras, sostenidos por algún pariente solícito, otros rezaban en alta voz o encendían velas ante una estatua de yeso de la beata. Filomena y El Cuchillo se hincaron a formular su petición. Gilberto se sentó en un banco a pensar en las vueltas que da la vida, y Miguel se quedó de pie mascullando que si se trataba de solicitar milagros por qué no pedían mejor que cayera el tirano y volviera la democracia de una vez por todas.
Pocos días después los médicos de la clínica del Opus De¡ le operaron el ojo izquierdo sin costo alguno, después de advertir a los hermanos que no debían hacerse demasiadas ilusiones. El sacerdote les rogó a Filomena y Gilberto que no hicieran ni el menor comentario sobre Juana de los Lirios, bastante tenía con la humillación de ser socorrido por sus rivales ideológicos. Apenas lo dieron de alta Filomena se lo llevó a su casa, haciendo caso omiso de sus protestas. Miguel lucía un enorme parche cubriéndole media cara y estaba debilitado por todo ese asunto, pero su vocación de modestia permanecía intacta. Declaró que no deseaba ser atendido por manos mercenarias, de modo que debieron despedir a la enfermera contratada para la ocasión. Filomena y el fiel Sebastián Canuto se encargaron de cuidarlo, tarea nada liviana, porque el enfermo estaba de pésimo humor, no soportaba la cama y no quería comer.
La presencia del sacerdote alteró en su esencia las rutinas de la casa. Las radios de oposición y la Voz de Moscú por onda corta atronaban a todas horas y había un desfile perpetuo de compungidos pobladores del barrio de Miguel, que llegaban a visitar al enfermo. Su habitación se llenó de humildes regalos: dibujos de los niños de la escuela, galletas, matas de yerbas y de flores criadas en latas de conserva, una gallina para la sopa y hasta un cachorro de dos meses, que se orinaba sobre las alfombras persas y roía las patas de los muebles, y que alguien le llevó con la idea de adiestrarlo como perro de ciego. Sin embargo, la convalecencia fue rápida y cincuenta horas después de la operación Filomena llamó al médico para comunicarle que su hermano veía bastante bien.
–¡Pero no le dije que no se tocara el vendaje! –exclamó el doctor.
–El parche todavía lo tiene. Ahora ve por el otro ojo –explicó la señora.
–¿Cuál otro ojo –El del lado, pues doctor, el que tenía muerto. –No puede ser. Voy para allá. ¡No lo muevan por ningún motivo! –ordenó el cirujano.
En la casona de los Boulton encontró a su paciente muy animoso, comiendo papas fritas y mirando la telenovela con el perro en las rodillas. Incrédulo, comprobó que el sacerdote veía sin dificultad por el ojo que había estado ciego desde hacía ocho años, y al quitarle el vendaje fue evidente que también veía por el ojo operado.
El Padre Miguel celebró sus setenta años en la parroquia de su barrio. Su hermana Filomena y sus amigas formaron una caravana de coches atiborrados de tortas, pasteles, bocaditos, canastos con fruta y jarras de chocolate, encabezada por El Cuchillo, quien llevaba litros de vino y de aguardiente disimulados en botellas de horchata. El cura dibujó en grandes papeles la historia de su azarosa vida, y los puso en las paredes de la iglesia. En ellos contaba con un dejo de ironía los altibajos de su vocación, desde el instante en que el llamado de Dios lo golpeó como un mazazo en la nuca a los quince años, y su lucha contra los pecados capitales, primero los de la gula y la lujuria, y más tarde el de la ira, hasta sus aventuras recientes en los cuarteles de la Policía, a una edad en que otros vejetes se columpian en una mecedora contando estrellas. Había colgado un retrato de Juana, coronado por una guirnalda de flores, junto a las infaltables banderas rojas. La reunión comenzó con una misa animada por cuatro guitarras, a la cual asistieron todos los vecinos. Pusieron altoparlantes para que la multitud desbordada en la calle pudiera seguir la ceremonia. Después de la bendición algunas personas se adelantaron para dar testimonio de un nuevo caso de abuso de la autoridad, hasta que Filomena avanzó a grandes trancos para anunciar que ya estaba bueno de lamentaciones y que era hora de divertirse. Salieron todos al patio, alguien puso la música y empezó de inmediato el baile y la comilona. Las señoras del barrio alto sirvieron las viandas, mientras El Cuchillo encendía fuegos de artificio y el cura bailaba un charlestón, rodeado por todos sus feligreses y amigos, para demostrar que no sólo podía ver como un águila, sino que además no había quien lo igualara en una parranda.
–Estas fiestas populares no tienen nada de poesía –observó Gilberto después del tercer vaso de falsa horchata, pero sus respingos de lord inglés no lograron disimular que se estaba divirtiendo.
–¡A ver curita, cuéntanos el milagro! –gritó alguien, y el resto del público se unió en la petición.
El sacerdote hizo callar la música, se acomodó el desorden de la ropa, de un manotazo se aplastó los pocos pelos que le coronaban la cabeza y con la voz quebrada por el agradecimiento se refirió a Juana de los Lirios, sin cuya intervención todos los artificios de la ciencia y de la técnica habrían resultado infructuosos.
–Si al menos fuera una beata proletaria sería más fácil tenerle confianza –apuntó un atrevido y una carcajada general coreó el comentario.
–¡No me jodan con el milagro, miren que se me enoja la santa y me quedo otra vez ciego de perinola! –rugió el Padre Miguel indignado–. ¡Y ahora pónganse todos en fila, porque me van a firmar una carta para el Papa! Y así, en medio de risotadas y tragos de vino, todos los pobladores firmaron la solicitud de beatificación de Juana de los Lirios.

Acerca del autor.
Isabel Allende Llona (Lima, Perú, 2 de agosto de 1942) es una escritora chilena, premio nacional de literatura 2010.