Un error técnico

A Technical Error
Nunca me han interesado especialmente las rencillas entre clanes, tal vez porque creo que en nuestro país son productos aún más sobrevalorados que el pomelo, las riñas callejeras y las lunas de miel. A pesar de ello, si ustedes me lo permiten, pasaré a relatarles una disputa ocurrida en el territorio indio, en la cual actué como agente de prensa, corresponsal y jurado.
Me hallaba de visita en el rancho de Sam Durkee, donde lo pasaba muy bien cayéndome de los ponis y saludando con la mano a las fauces de lobos que estaban a tres kilómetros de distancia. Sam era un individuo endurecido, de unos veinticinco años de edad, con fama de regresar siempre a su hogar bien entrada la noche y en total equilibrio, si bien a menudo con cierta desgana.
Allá, en Creek Nation, había una familia que llevaba el apellido de Tatum. Me contaron un día que los Durkee y los Tatum eran antiguos rivales. Varios miembros de ambas familias habían mordido el polvo y no se descartaba la posibilidad de que otros corrieran la misma suerte. En una y otra familia iban creciendo nuevas generaciones, y al mismo ritmo aumentaba el polvo. Pero, por lo que deduje, jamás habían jugado sucio: a nadie se le había ocurrido ocultarse en un maizal para apuntar por la espalda a los calzoncillos del enemigo, en parte, tal vez, porque por allí no había campos de maíz y nadie tenía más que un par de calzoncillos. Tampoco se había herido nunca a las mujeres ni a los niños. En aquellos tiempos —y la costumbre sigue vigente— las mujeres estaban a salvo.
Sam Durkee tenía una chica. (Si yo escribiese esta historia con el objeto de venderla a una revista de folletines sentimentales, diría: «Mister Durkee gozaba de los favores de una novia».) Se llamaba Ella Baynes. Daba la impresión de que se querían mucho y se tenían una confianza absoluta, como suele suceder con todas las parejas, o como no siempre suele suceder. Ella era bastante bonita, a lo cual contribuía su espesa melena de color castaño. El hecho de que Sam me la presentara no pareció deteriorar el afecto que ella sentía por él; razoné, por tanto, que en verdad eran almas gemelas.
Miss Baynes vivía en Kingfisher, a treinta kilómetros del rancho. Sam vivía encima de un caballo que pasaba todo el tiempo galopando entre ambos lugares.
Un día llegó a Kingfisher un joven valiente y algo bajito, de rostro suave y correctas facciones. Hizo muchas preguntas sobre los negocios del pueblo y, en especial, sobre los apodos de sus habitantes. Dijo que era de Muscogee, cosa que tanto sus zapatos amarillos como su berlina de cuatro caballos con adornos de ganchillo parecían corroborar. Me lo encontré cierta vez que iba yo a buscar el correo. Aseguró llamarse Beverly Travers, lo cual resultaba bastante improbable.
Por entonces se desarrollaba en el rancho una gran actividad y Sam estaba demasiado ocupado para ir al pueblo a menudo. En mi calidad de huésped incompetente y deleznable, se me encargó la misión de acudir en busca de postales, toneles de harina, levadura, tabaco y… cartas de Ella.
Un día, mientras me dirigía a comprar media gruesa de libritos de papel de fumar y un par de neumáticos para carreta, vi que el presunto Beverly Travers paseaba con Ella Baynes en una calesa de ruedas amarillas, con toda la ostentación que el negro y ceroso barro del pueblo permitía. Yo sabía que la noticia no obraría precisamente como un bálsamo en el alma de Sam razón por la cual me abstuve de incluirla en el resumen de noticias que referí a mi regreso. Pero a la tarde siguiente, un alargado vaquero llamado Simmons, viejo compinche de Sam, que poseía una tienda de ultramarinos en Kingfisher, se presentó en el rancho y sólo se decidió a hablar después de haber liado consumido varios cigarrillos. Cuando por fin articuló un discurso, sus palabras fueron las que siguen:
—Sabes, Sam, desde hace dos semanas hay por ahí un tipo que se hace llamar Beverly Travers, contaminando el ambiente de Kingfisher. ¿Y sabes quién es? No es otro que Ben Tatum, de Creek Nation, hijo de aquel viejo Gopher Tatum que tu tío Newt mató en febrero. ¿Y sabes qué ha hecho esta mañana? Ha matado a tu hermano Lester… Le disparó en el patio del juzgado
Me pregunté si Sam habría oído. Arrancó tina vaina de mezquita, la mordisqueó meditabundo y dijo:
—Así que ha hecho eso, ¿eh? Ha matado a Lester.
—Al mismo —dijo Simmons—. Y peor aún. Se ha escapado con tu chica, es decir con Ella Baynes. Me pareció que te interesaría saberlo, por eso he venido a darte la información.
—Te lo agradezco mucho, Jim —dijo Sam sacándose de la boca la vaina mordisqueada—. Sí, me alegro de que hayas venido. Estoy muy contento.
—Bien, creo que ahora debo regresar. Ese muchacho que he dejado en la tienda no distingue la avena del centeno. El tipo mató a Lester por la espalda.
—¿Por la espalda?
—Si, mientras él enganchaba su caballo.
—Muchas gracias, Jim.
—No sé por qué, me pareció que querrías saberlo cuanto antes.
—¿Por qué no entras y tomas una taza de café antes de marcharte, Jim?
—Oh, no. Mejor no; debo volver a la tienda.
—Y has dicho que…
—Así es, Sam. Todo el mundo los vio alejarse en una carreta, con un bulto enorme, como si fuera ropa, atado detrás. Los caballos eran los mismos cuatro que había traído de Muscogee. Será difícil alcanzarlos.
—¿Y por dónde…?
—Estaba por decírtelo. Se marcharon por el camino de Guthrie; pero no se sabe qué bifurcaciones seguirían después, ya te imaginas.
—Bien, Jim. Muchas gracias.
—De nada, Sam.
Simmons lió un cigarrillo y azuzó su poni con ambas espuelas. Veinte metros más allá tiró de las riendas y gritó:
—¿Necesitas, digamos… ayuda?
—Para nada, gracias.
—Me lo suponía. Bien, ¡hasta la vista!
* * *
Sam sacó del bolsillo una navaja con mango de hueso, la abrió y se rascó el barro seco de la bota izquierda. Al principio creí que iba a jurar vendetta o a recitar una maldición gitana sobre la hoja de acero. Las pocas peleas entre familias que yo conocía directamente o por los libros, empezaban, por lo general, de ese modo. Esta, sin embargo, parecía obedecer a un tratamiento nuevo. En caso de haber sido puesta en escena, el público la habría abucheado, exigiendo en su lugar algún conmovedor melodrama de Belasco.
—Me pregunto —dijo Sam con una expresión hondamente reflexiva— si aún quedarán habichuelas frías.
Cuando Wash, el cocinero negro, le respondió que, en efecto, quedaban, le ordenó que pusiese el cazo a calentar y preparase un café fuerte. Luego nos trasladamos los dos al cuarto privado de Sam, donde él dormía y guardaba sus armas, sus perros y las sillas de montar de sus caballos preferidos. Tomó de una caja tres o cuatro revólveres y, absorto, los contempló silbando «El lamento del vaquero». Después mandó ensillar y atar al poste los dos mejores caballos del rancho.
Ahora bien, en diversas zonas del país he observado que, en este asunto de las disputas familiares, existe un detalle sobre el cual debe mantenerse una estricta etiqueta. Jamás hay que mencionar el tema en presencia de uno de los contendientes. Este hecho sería más reprensible que referirse a la verruga que una tía rica tiene en la barbilla. Más tarde descubrí una segunda regla tácita, si bien ésta sólo se cumple en el Oeste.
Faltaban aún dos horas para la cena, pero apenas veinte minutos más tarde, Sam y yo devorábamos las judías recalentadas, el café y unas rodajas de ternera fría.
—No hay nada como una buena comida antes de una larga marcha a caballo —dijo Sam—. ¿Estás satisfecho?
Me asaltó una sospecha.
¿Por qué has hecho ensillar dos caballos? —pregunté.
Uno y uno, dos —dijo Sam—. ¿O es que no sabes contar?
Su aritmética me procuró un breve vahído y una lección. No le había pasado por la cabeza la idea de que tal vez yo no quisiera transitar a su lado por el rojo sendero de la venganza y la justicia. El cálculo era arriesgado. Se me había reservado un pasaje. Empecé a comer más judías.
Una hora después, poníamos rumbo al este con un galope sostenido. Montábamos caballos criados en Kentucky y fortalecidos por la hierba de mezquite que crece en el Oeste. Los corceles de Ben Tatum podían ser más veloces, y llevaba buena ventaja, pero si hubiese oído el puntual golpeteo de los cascos de nuestros animales, nacidos en el corazón de la tierra de las rencillas, habría pensado que era el espectro del desquite el que avanzaba sobre las huellas de sus pulcros rocines.
Yo sabía que la carta que debía jugar Ben Tatum era la de la huida; huiría a toda carrera hasta ganar el seguro territorio de sus partidarios y seguidores. No desconocía que el hombre que le iba persiguiendo le seguiría el rastro hasta cualquier confín.
Durante la marcha Sam habló de las perspectivas de lluvia, del precio de la carne y de la música del cristal. Nadie habría pensado que hubiese tenido nunca un hermano, una amada o un enemigo en este mundo. Hay temas demasiado importantes para encontrar definición incluso en las mayores enciclopedias. Conociendo esa faceta del código de las disputas, pero no habiéndolo practicado lo bastante, intenté regatearla contando unas cuantas anécdotas divertidas. Sam se reía cuando la cortesía lo indicaba. Se reía… con la boca; cuando de reojo miré esa boca, deseé que me hubiesen bendecido con un sentido del humor capaz de evitar las anécdotas.
La primera vez que los vimos fue en Guthrie. Cansados y hambrientos, entramos tambaleándonos, polvorientos, en un pequeño hotel y nos sentamos a una mesa. En el otro extremo del salón se encontraban los fugitivos. Estaban inclinados sobre la comida, pero a ratos miraban inquietos a su alrededor.
La muchacha llevaba un vestido castaño, una de esas prendas suaves, semibrillantes, como de seda, con cuello y puños de encaje, y con falda de las que, creo, llaman plisadas. Un tupido velo también castaño le cubría el rostro hasta la nariz, y llevaba un sombrero de paja, de ala ancha, adornado con varias plumas. El hombre vestía sobriamente de oscuro y llevaba el pelo muy corto. Era de esos que se ven en cualquier sitio.
Allí estaban: el asesino y la mujer robada. Allí estábamos nosotros: el vengador justiciero, que se comportaba según el código, y el supernumerario que escribe estas líneas.
Por una vez, al fin, en el corazón del supernumerario se despertó el instinto asesino. Por un instante se unió a los combatientes. Verbalmente.
—¿Qué esperas, Sam? —susurré—. ¡Liquídalo ahora! Sam emitió un suspiro melancólico.
—Tú no comprendes, pero él sí —dijo—. Él sabe. Mister Tenderfoot, existe entre los blancos del territorio indio una regla según la cual no se puede matar a un hombre cuando está con una mujer. Hasta ahora no conozco a nadie que la haya violado. No se puede. Hay que sorprenderlo entre hombres, o solo. Así que ya ves. El lo sabe. Todos lo sabemos. ¡De modo que ése es mister Ben Tatum! ¡Uno de los «guapos»! ¡Lo separaré del rebaño antes de que salgan del hotel y le ajustaré las cuentas!
Después de la cena los fugitivos desaparecieron enseguida. A pesar de que Sam vigiló vestíbulo, escalera y corredores durante la mitad de la noche, de alguna forma misteriosa le burlaron; y por la mañana la velada dama de blusa castaño y falda plisada y el atildado caballero de pelo corto, así como la carreta de los briosos caballos, se habían marchado.
La de la persecución a caballo es una historia monótona; por lo tanto, seré breve. Volvimos a darles alcance por el camino. Íbamos a unos cincuenta metros detrás de ellos. Se volvieron y nos miraron; luego siguieron adelante sin castigar a los caballos. Su suerte ya no dependía de la rapidez. Ben Tatum lo sabía. Sabía que la única tabla de salvación que le quedaba era el código. De haber estado solo, sin duda Sam Durkee habría liquidado el asunto de la forma acostumbrada. Pero a su lado iba alguien que no permitía apretar los gatillos. No era probable que Tatum fuese cobarde.
Pueden ustedes observar, pues, que a veces la mujer es capaz de diferir un conflicto entre hombres en lugar de precipitarlo. Lo cual no significa que lo haga voluntaria o conscientemente. A ella no le interesan los códigos.
Ocho kilómetros más adelante, entramos en la futura gran ciudad occidental de Chandler. Los caballos de perseguidos y perseguidores estaban exhaustos y famélicos. Había un hotel que ofrecía peligro a los hombres y diversión a las bestias; de nuevo, pues, nos reunimos los cuatro en el comedor al tañido de una campana tan enorme y sonora, que había acabado por agrietar la bóveda celeste. El comedor no era tan amplio como el de Guthrie.
Estábamos comiendo tarta de manzana —¡y cuán relacionadas se hallan las manzanas y la tragedia!— cuando noté que Sam observaba con intensidad a nuestro perseguido, sentado al otro lado del salón. La muchacha aún tenía puesto el vestido castaño con cuello y puños de encaje, y el velo caído hasta la nariz. El hombre se inclinaba sobre su plato, la cabeza, de cortísimos cabellos, gacha.
—Según las reglas —oí que decía Sam, no sé si a mí o a sí mismo—, no se puede disparar a un hombre que está en compañía de una mujer. Pero ¡demonios!, nada prohíbe matar a una mujer acompañada de un hombre.
Y, sin darme tiempo a cavilar sobre el razonamiento, sacó un Colt automático de la cartuchera izquierda y descargó seis balas en el cuerpo cubierto por el vestido castaño; el vestido castaño de puños y cuello de encaje y falda plisada.
La joven persona del traje oscuro, de cuya cabeza había sido recortada la gloria femenina tanto como de su vida, se dejó caer sobre la mesa con los brazos estirados; mientras la gente corría a levantar del suelo a Ben Tatum, envuelto en el disfraz de mujer que había permitido a Sam salvar técnicamente las obligaciones del código.

Acerca del autor.
O. Henry era el seudónimo del escritor, periodista, farmacéutico y cuentista estadounidense William Sydney Porter (11 de septiembre de 1862 – 5 de junio de 1910).