Un príncipe del Chaparral

A Chaparral Prince
Por fin eran las nueve y se acababa la esclavizante faena de la jornada. Lena subió a su habitación del tercer piso del hotel Quarryman’s. Desde el amanecer había sido prisionera de las labores, realizando el trabajo de una mujer madura, fregando los suelos, lavando la pesada vajilla, haciendo las camas y satisfaciendo las demandas de leña y de agua que se sucedían en aquella residencia turbulenta y deprimente.
El estruendo del trabajo en la cantera también había cesado: el estallido de los barrenos, el chirriar de las grandes grúas, los gritos de los capataces, el estrépito de las carretillas que transportaban los pesados bloques de piedra caliza. Abajo, en el vestíbulo, tres o cuatro trabajadores gruñían y se injuriaban en el curso de una interminable partida de damas. En toda la casa, como una bruma lúgubre, flotaba un olor de carne cocida, grasa caliente y café barato.
Lena encendió un cabo de vela y, rendida, se sentó en su silla de madera. Tenía once años; era delgada y estaba desnutrida. Le dolían la espalda y las extremidades, pero lo más difícil de soportar era la pena. Una última gota había desbordado el vaso de sus pesares. Se le habían llevado a Grimm. Todas las noches, por más cansada que estuviera, Lena se había sumergido en Grimm en busca de aliento y esperanza. Y todas las noches Grimm le había susurrado que el príncipe del país de las hadas llegaría tarde o temprano a librarla del malvado hechizo. Noche tras noche, Grimm le había contagiado fuerza y coraje renovados.
En cualquiera de los cuentos que leyera, encontraba analogías con su propia situación. La hija extraviada del leñador, la desdichada cuidadora de gansos: la hijastra maltratada, la doncella presa en la choza de la bruja no eran, para Lena, la agobiada pinche de cocina del hotel Quarryman’s, sino transparentes disfraces. Y siempre que los abusos alcanzaban el colmo, el hada buena o el príncipe galante llegaban en su socorro.
Así Lena, encerrada en el castillo del ogro, esclava de un pérfido embrujo, había esperado, los ojos puestos en Grimm, que las fuerzas del bien se impusieran al fin. Pero el día anterior mistress Maloney había encontrado el libro en el cuarto y se lo había llevado, afirmando tajantemente que las sirvientas no debían leer por la noche; perdían horas de sueño y al día siguiente trabajaban como atontadas. Pero ¿puede una niña de sólo once años que vive lejos de su madre y nunca tiene tiempo para jugar, vivir sin que le dejen leer a Grimm? Pruébenlo ustedes y verán lo difícil que es.
El hogar de Lena estaba en Texas, camino arriba entre las montañas bajas del río Pedernales, en un pueblecito llamado Fredericksburg. En Fredericksburg todos son alemanes. Por las noches colocan mesitas a lo largo de la acera y allí se sientan a beber cerveza y jugar a las cartas. Hay gente muy ahorrativa.
El más ahorrativo de todos era Peter Hildesmuller, el padre de Lena. Y ésta es la razón de que a Lena la hubiesen enviado a trabajar a la pensión de la cantera, a cincuenta kilómetros de allí. Ganaba tres dólares a la semana, y Peter añadía ese salario a sus bien guardados ahorros. Peter ambicionaba hacerse tan rico como su vecino, Hugo Heffelbauer, que fumaba en una pipa de espuma de mar de un metro de largo y casi todos los días comía wiener schnitzel y hassenpfeffer Y ahora Lena era lo bastante mayor para trabajar y contribuir a la acumulación de tanta riqueza. Pero imaginen ustedes, si les es posible, lo que significa abandonar a los once años el hogar, en una agradable población igual a las del Rin, para trabajar duramente en el castillo de un ogro, donde hay que afanarse para servir volando a señores que, gruñendo ferozmente, devoran ovejas y corderos mientras de sus zapatos cae blanco polvo calizo que uno debe barrer y limpiar con los débiles dedos doloridos, y entonces vienen y se llevan a Grimm.
Lena abrió la tapa de una caja vacía, que en otra época había contenido maíz, y sacó un lápiz y una hoja de papel. Iba a escribir a su madre. Tommy Ryan despacharía la carta en la fonda de Ballinger. Tommy tenía diecisiete años, trabajaba en la cantera, regresaba todas las noches a la fonda de Ballinger y ahora, oculto en la sombra, esperaba bajo la ventana de Lena que ella dejara caer el sobre. Era la única manera de enviar las cartas a Fredericksburg. A mistress Maloney no le gustaba que escribiera.
El cabo de vela se estaba consumiendo, de modo que Lena se apresuró a sacar punta al lápiz y empezó. He aquí la carta que escribió:
Querida mamá:
Tengo muchas ganas de verte. ¿Y Gretel, y Claus, y Heinrich, y el pequeño Adolf? Estoy muy cansada. Quiero verte. Hoy mistress Maloney me ha castigado y me ha dejado sin cena. No he podido traer bastante leña porque me había hecho daño en la mano. Ayer se llevó mi libro. Eran los Cuentos de hadas de Grimm que me había regalado tío Leo. No le hace daño a nadie que yo lea. Intento trabajar lo mejor que puedo, pero hay mucho que hacer. Sólo leo un poco por las noches. Querida mamá, te diré lo que voy a hacer Si mañana no me mandas a buscar para que me lleven a casa, iré a un lugar que conozco, donde el río es muy profundo, y me ahogaré. Ya sé que ahogarse es pecado, pero quiero verte a ti y a nadie más. Estoy muy cansada y Tommy espera que le dé la carta. Si lo hago, mamá, perdóname.
Tu hija que te respeta y te quiere mucho,
Lena
Cuando la carta quedó concluida, Tommy aún esperaba fielmente y, tras dejarla caer, Lena le vio recogerla y trepar después por la colina. Apagó la vela y, sin desvestirse, se acurrucó en el jergón que había en el suelo.
A las diez y media el viejo Ballinger se asomó a la puerta en calcetines, a fumar su pipa. Recorrió con la mirada el ancho camino, blanco a la luz de la luna, y se rascó un tobillo con el dedo gordo del otro pie. El correo de Fredericksburg no tardaría en aparecer.
Sólo había estado unos minutos esperando, cuando oyó los cascos briosos de las pequeñas mulas negras de Fritz; poco después, la carreta cubierta frenaba delante de la puerta. Las grandes gafas de Fritz relampaguearon a la luz de la luna y su tremenda voz saludó al encargado de correos. El cartero echó pie a tierra y soltó las riendas de las mulas, pues siempre les daba pienso en la fonda de Ballinger.
Mientras las mulas comían de los morrales, Ballinger llevó el saco de las cartas y lo arrojó al interior de la carreta.
Fritz Bergmann era un hombre que sólo tenía tres amores —o, para ser más precisos, cuatro, ya que cada una de las mulas era objeto de devoción individual—. Las mulas eran la alegría y la pasión primera de su vida. Las otras dos eran el emperador de Alemania y Lena Hildesmuller.
—Dígame —preguntó Fritz cuando se aprestaba a partir—, ¿hay en el saco alguna carta de la pequeña Lena para frau Hildesmuller? En el último envío iba una que decía que se encontraba algo enferma. Su madre está ansiosa por recibir más noticias.
—Sí —dijo el viejo Ballinger—. Hay una carta para mistress Guindasmay, o como diablos se llame. La trajo Tommy Ryan al volver a casa. ¿Dice que la hijita de esa mujer trabaja allí?
—En el hotel —gritó Fritz recogiendo las bridas—; tiene once años y no es mayor que una salchicha. ¡Ese tacaño de Peter Hildesmuller! Algún día le sacudiré la cabeza de un garrotazo y lo arrastraré por todo el pueblo. Quizá en esta carta Lena diga que se encuentra mejor. Si es así, su madre se alegrará. Auf wiedersehen, herr Ballinger. Con este aire helado se le enfriarán los pies.
—Hasta la vista, Fritzy —dijo el viejo Ballinger—. Bonita noche te ha tocado para pasear.
Con un trote sostenido las pequeñas mulas negras se alejaron por el camino, mientras de vez en cuando Fritz les gritaba palabras de estímulo y aliento.
Esos pensamientos ocuparon la mente del cartero hasta que llegó al gran robledal distante doce kilómetros de la parada de postas de Ballinger. Allí sus meditaciones se vieron interrumpidas por una mezcla de fogonazos, tronar de pistolas y alaridos, como si una tribu entera de indios estuviese a punto de atacarle. Una banda de centauros galopantes rodeó la carreta. Uno de ellos se encaramó en la rueda delantera, apuntó al conductor con el revólver y le ordenó que parase. Otros se hicieron cargo de las bridas de Doder y Blitzen.
—Donnerwetter! —clamó Fritz con toda la fuerza de su vozarrón—. Wass ist? Quitad las manos de esas mulas. Ve vas der correo de Estados Unidos!
—¡Deprisa, alemán! —se derramó una voz melancólica—. ¿No te enteras de que estás en un aprieto? Para las mulas y apéate.
En honor a la magnitud de la canallada de Hondo Bill y la magnitud de sus hazañas hay que manifestar que el asalto al correo de Fredericksburg no fue perpetrado con ánimo de proezas. Así como el león que persigue una presa acorde a sus facultades puede aplastar con frívola zarpa al conejo que por casualidad le sale al paso, así Hondo Billy y sus bandidos habían interceptado, por mera diversión, el pacífico transporte de herr Fritz.
El verdadero trabajo de aquella noche siniestra ya estaba consumado. Fritz, su saco de cartas y sus mulas representaban apenas una fuente de sano esparcimiento, reconfortante después de las arduas tareas que su profesión les deparaba. Treinta kilómetros al sudeste quedaba un tren con la locomotora estropeada, los pasajeros histéricos y el furgón del correo saqueado. Esa era la parte seria de la labor de Hondo Billy y su pandilla. Con un considerable botín en plata y billetes, los salteadores se replegaban hacia el oeste dando un amplio rodeo por las zonas menos pobladas de la región; la intención era llegar a México atravesando el Río Grande por algún vado. La ganancia obtenida en el tren había ablandado a los violentos malhechores hasta convertirlos en alegres alondras.
Temblando de dignidad herida, y sin el menor recelo, Fritz bajó del pescante después de volverse a calar las gafas. Los bandidos habían desmontado y se dedicaban a cantar, dar cabriolas y aullar, expresando así su alborozada satisfacción por la vida del proscrito con suerte. Cascabel Rogers, que se ocupaba de las mulas, tiró con demasiado vigor del freno que mordía la tierna boca de Donder, y ésta retrocedió lanzando un bufido de dolor. Al instante Fritz se abalanzó sobre el rechoncho Rogers con un grito furioso y golpeó una y otra vez al atónito asaltante con los puños.
—¡Canalla! —gritaba Fritz—. ¡Perro, cobarde! Esa mula tiene la boca dolorida. Os hundiré la cabeza entre los hombros, ¡ladrones!
—¡Ju, ju! —aulló Cascabel soltando una carcajada y echando atrás la cabeza—. A ver si me quitáis de encima esta pasta de chucrut.
Uno de los bandidos hizo retroceder a Fritz agarrándole por los faldones de la chaqueta y en los bosques resonaron los estruendosos comentarios de Cascabel.
—¡Endiablado perrito caliente! —exclamó con amabilidad—. Para ser alemán no es ninguna basura. ¡Habéis visto qué rápido salió en defensa de la bestia! Me gusta que la gente saque la cara por sus amigos, aunque sean mulas. ¡Y el maldito limburgués me quería partir la jeta! Ea, mula, tranquila; no volveré a hacerte daño.
Posiblemente el correo no habría sido registrado a no ser porque Ben Moody, el lugarteniente, entrevió en su sabiduría una promesa de nuevos trofeos.
—Oye, jefe —le dijo a Hondo Bill—, puede que en esos sacos haya algo interesante. He comerciado con caballos con los alemanes de Fredericksburg y conozco bien el paño. Por el correo de ese pueblo viaja mucho dinero. Los boches prefieren arriesgarse a enviar mil dólares dentro de un sobre antes de confiárselos al banquero.
Hondo Bill, de un metro noventa de altura, voz educada y actos impulsivos, comenzó a vaciar la carreta antes de que Moody acabara de hablar. En su mano brilló un cuchillo y todos oyeron el sonido de la lona desgarrada. Los delincuentes se reunieron en torno a él y empezaron a abrir cartas y paquetes, aliviando el ajetreo mediante el sistema de maldecir afablemente a los autores de las cartas, que parecían haberse confabulado para desmentir la predicción de Ben Moody. En todo el correo de Fredericksburg no iba un solo dólar.
—Deberías avergonzarte —dijo con solemnidad Hondo Bill al cartero—. ¿Qué es eso de transportar un montón de papeles inservibles? ¿Qué significa esto? ¿Dónde guardáis el dinero los alemanes?
El saco recogido en la fonda de Ballinger se abrió como una crisálida bajo el cuchillo de Hondo. Apenas contenía un puñado de cartas. Hasta el momento de llegar a ese saco, Fritz había estado consumiéndose de terror e impotencia. Entonces recordó la carta de Lena. Se dirigió al jefe de la banda para pedirle que no destruyera esa misiva en particular.
—Muchísimas gracias, alemán —respondió Hondo al atribulado cochero—. Supongo que ésa será la carta que buscamos.
Allí va la pasta, ¿verdad? Aquí está. Haced una fogata, muchachos.
Hondo halló la carta dirigida a mistress Hildesmuller y la abrió. Los otros lo rodearon sin dejar de quemar papeles. Hondo observó con muda decepción la única hoja cubierta de angulosa escritura germánica.
—¿Querías darnos gato por liebre, alemancete? ¿Y esto es para ti una carta valiosa? No se debe engañar así a un grupo de amigos que viene a ayudarte a repartir el correo.
—Eso está escrito en chino —opinó Sandy Grudy espiando por encima del hombro de Hondo Billy.
—Estás mal de la cabeza —declaró otro de la banda, un muchacho resuelto y cubierto de pañuelos de seda y adornos de níquel—. Eso es taquigrafía. Una vez lo vi en un tribunal.
—Ach, no, no. Es alemán. Es alemán —dijo Fritz—. No es más que una niñita que le escribe a su madre. Una pobre niñita enferma que trabaja duramente lejos de su hogar. ¡Ach, qué vergüenza! Sea bueno, señor ladrón, ¿no me dejaría conservar esa carta?
—¿Por quién demonios nos has tomado, viejo alcachofen? —dijo Hondo con súbita y sorprendente severidad—. No estarás insinuando que nos falta la educación suficiente para interesarnos por la salud de la señorita, ¿eh? Anda, empieza ahora mismo a leer esos garabatos con voz clara y en el idioma de Estados Unidos, para que este grupo selecto de caballeros se entere.
Hondo le quitó el seguro al revólver y, alto como una torre, se mantuvo junto al diminuto alemán, que de inmediato empezó a traducir al inglés las simples palabras. La pandilla de asaltantes guardaba absoluto silencio y escuchaba con atención.
—¿Qué edad tiene esa niña? —preguntó Hondo cuando Fritz hubo acabado.
—Once años —replicó Fritz.
—¿Y dónde está?
—Cerca de la cantera, trabajando. Ach, mein Gott, ¡la pequeña Lena dice que se va a ahogar! No sé si será capaz, pero si lo hace juro que atravesaré a Peter Hildesmuller de un tiro.
—Vosotros los alemanes me tenéis harto —dijo Hondo Billy, la voz vibrante de desprecio sutil—. ¿Cómo es posible que mandéis a las niñas a trabajar cuando deberían estar jugando con muñecas? Maldita secta. Te juro que os pararé el reloj durante un rato para que veáis qué pensamos de vuestro podrido país. ¡Venid, muchachos!
Hondo Bill cabildeó brevemente con sus hombres; después arrastraron a Fritz a un lado del camino y le ataron a un árbol con un par de lazos. A las mulas las amarraron a otro árbol cercano.
—No te haremos nada —dijo Hondo tranquilizador—. Demasiado daño no te hará quedarte aquí por unas horas. Y ahora te daremos las buenas noches, porque ha llegado el momento de marcharnos. Ausgespielt, espíritu alemán. No te impacientes.
Fritz oyó un largo crujir de sillas mientras los hombres montaban sus caballos. Luego, un fuerte alarido y un trepidar de cascos que se alejaban galopando por el camino de Fredericksburg.
Más de dos horas pasó Fritz sentado contra el árbol, atado firme pero no dolorosamente. Luego, la excitación de la aventura se resolvió en sueño. No llegó a saber cuánto tiempo durmió, pero al fin le despertaron de una violenta sacudida. Adormilado, con la mente confusa y el cuerpo entumecido, le hicieron ponerse de pie. Se frotó los ojos. Sólo para comprobar que volvía a estar en medio del grupo de terribles bandidos. Le empujaron hasta el pescante de la carreta y le pusieron las riendas en la mano.
—Vete a casa, alemán —dijo la voz imperiosa de Hondo Billy—. Nos has traído un montón de problemas y es una suerte que nos des la espalda. Spiel! Zwei bier! ¡Vamos!
Hondo se apartó y arreó a Blitzen con un suave fustazo.
Las mulas se pusieron en marcha, contentas de reanudar el camino. Fritz las azuzó, todavía mareado y atónito por la tremenda aventura.
En circunstancias normales debería haber llegado a Fredericksburg al amanecer. En realidad, no entró en la larga calle principal del pueblo hasta las once. En su ruta hacia la oficina de correos tenía que pasar por la casa de Peter Hildesmuller. Se detuvo frente a la puerta y llamó. Pero frau Hildesmuller le estaba esperando. La familia entera salió corriendo de la casa.
Frau Hildesmuller, gorda y sonrosada, le preguntó si traía carta de Lena, y entonces Fritz, en voz alta, relató toda la aventura. Cuando acabó de reproducir el contenido de la carta que el ladrón le había obligado a leer, frau Hildesmuller rompió en un llanto incontenible. ¡Su pequeña Lena ahogada! ¿Por qué la habrían enviado lejos del hogar? ¿Qué se podía hacer? Tal vez fuese ya demasiado tarde. Peter Hildesmuller dejó caer su pipa de espuma de mar, que se hizo añicos sobre la vereda.
—¡Mujer! —rugió a su esposa—. ¿Por qué permitiste que la niña se marchara? Si no regresa nunca, la culpa será tuya.
Todo el mundo sabía que la culpa era de Peter Hildesmuller, de modo que no le hicieron caso.
Un momento después se oyó una voz tenue y extraña que llamaba:
—¡Mamá!
Al principio frau Hildesmuller pensó que era el espíritu de Lena, pero enseguida se precipitó hacia la caja de la carreta de Fritz y, con un agudo chillido de alegría, sacó de ella a la mismísima Lena cubriéndole de besos la blanca carita y estrujándola en sus brazos. Lena tenía los ojos hinchados de sueño y fatiga, pero sonreía y no se apartaba de quien tanto había añorado. Allí, entre los sacos de correo, arropada en un nido de raras mantas y abrigos, había dormido hasta que las voces la despertaron.
Los ojos de Fritz parecían querer traspasar los lentes.
—Got in Himmel! —exclamó—. ¿Cómo te metiste en esa carreta? ¿O es que además de que me roben y me cuelguen, hoy me toca volverme loco?
—Usted nos la ha devuelto, Fritz —lloró frau Hildesmuller—. ¿Cómo podremos pagárselo? —Luego se volvió hacia Lena—: Cuéntale a tu madre cómo has llegado en la carreta de Fritz.
—No lo sé —dijo Lena—. Lo único que sé es cómo escapé del hotel. El príncipe me rescató.
—¡Por la corona del emperador! —tronó Fritz—. Acabaremos por volvernos locos todos.
—Estaba segura de que iría a salvarme —dijo Lena sentada en la acera sobre el montón de frazadas—. Y anoche fue con sus caballeros armados a asaltar el castillo del ogro. Rompieron los platos y echaron las puertas abajo. A mistress Maloney la metieron en un barril de agua de lluvia y después la embadurnaron de harina. Cuando los caballeros se pusieron a disparar sus armas, los trabajadores que viven en la pensión saltaron por las ventanas y se escondieron en el bosque. Los tiros me despertaron y me asomé a la escalera. Entonces subió el príncipe y me envolvió en las frazadas y me sacó de allí. Era alto, fuerte y cortés. Tenía la cara tan áspera como un estropajo, hablaba con suavidad y educación y olía a aguardiente. Me colocó delante de él, en la silla de montar, y cabalgamos entre los otros jinetes. Me sostenía firmemente, y yo me quedé dormida y no desperté hasta llegar a casa.
—¡Tonterías! —se quejó Fritz Bergmann—. ¡Cuentos de hadas! ¿Cómo pudiste llegar desde la cantera hasta mi carreta?
—Me llevó el príncipe —respondió Lena con naturalidad. Y desde aquel día las buenas gentes de Fredericksburg no han sido capaces de obtener de ella otra explicación.

Acerca del autor.
O. Henry era el seudónimo del escritor, periodista, farmacéutico y cuentista estadounidense William Sydney Porter (11 de septiembre de 1862 – 5 de junio de 1910).