Una raza aterradora

—¿Pueden tener vida estos huesos?
¿Hay acaso algo más muerto, mudo e inexpresivo para el ojo inexperto que los fragmentos de hueso amarillentos y los trozos de pedernal que constituyen los restos humanos más antiguos? Los vemos en las vitrinas de los museos, clasificados de acuerdo con unos principios que no conocemos y designados con nombres extraños: Chelense, Musteriense, Solutrense, etc… tomados, por regla general, de los lugares donde se encontraron: Chelles, Le Moustier, Solutré y otros. La mayoría de nosotros los miramos a través de un cristal, preguntándonos vaga y fugazmente por el pasado, medio salvaje, medio animal de nuestra raza. «El hombre primitivo —decimos—. Herramientas de piedra, el mamut que solía cazar…» Pocos de nosotros nos damos cuenta de hasta qué punto el trabajo sutil e infatigable del científico que los estudia a fondo consigue obtener información de esos testigos obstinados de aquellos tiempos remotos.
Uno de los resultados mas sorprendentes de los últimos trabajos es la gradual evidencia de que gran cantidad de estos utensilios de piedra, y algunos de los fragmentos de hueso más antiguos atribuidos al hombre, corresponden a criaturas que en muchos aspectos se le parecen, pero que, en rigor, no pertenecen a la especie humana. Los científicos llaman a estas razas extinguidas hombres (Homo), de la misma manera que llaman a los leones y tigres felinos (Felis), pero existen fundadas razones para creer que esos hombres primitivos no fueron nuestros antepasados ni llevaron nuestra misma sangre. Se trataría de un extraño animal extinguido, semejante y emparentado con nosotros pero distinto, de la misma forma que el mamut difiere del elefante aunque esté emparentado con él y se le parezca. Los utensilios de hueso y piedra se encuentran en depósitos de considerable antigüedad: algunos de los exhibidos en nuestros museos pueden tener hasta un millón de años o incluso mas, pero los restos de criaturas humanas, mental y anatómicamente parecidas a nosotros, sólo se remontan a poco más de veinte mil o treinta mil años. Fue en aquella época cuando en Europa apareció el verdadero hombre y no sabemos de dónde vino Aquellos animales capaces de utilizar herramientas y encender fuego, que se piensa eran como el hombre pero no verdaderamente humanos, desaparecieron cuando ya existía el hombre verdadero
Las autoridades científicas distinguen cuatro especies en dichos seudohombres. y es probable que vayan descubriéndose otras. Una raza singular construyó los utensilios que llamamos chelenses. La mayoría de ellos son cuchillos de piedra, de forma amigdaloide, encontrados en depósitos de unos 300.000 ó 400 000 años de antigüedad aproximadamente En cualquier museo de importancia, pueden verse utensilios de la época chelense. Son gigantescos, cuatro o cinco veces mayores que los construidos por cualquier raza de hombres verdaderos, y están bastante perfeccionados Desde luego, los manufacturó una criatura inteligente, y unas manos grandes y toscas aferraron y utilizaron esos fragmentos de piedra Pero hasta ahora, sólo se ha encontrado una pequeña parte de esqueleto perteneciente a esta época, una maciza mandíbula inferior, sin barbilla, con unos dientes bastante más especializados que los del hombre actual. Sólo podemos conjeturar cómo era la singular figura de forma humana que comió con esa mandíbula y golpeó a sus enemigos con esos enormes y útiles cuchillos de piedra. Debe corresponder a un tipo formidable, con un cuerpo probablemente mucho mayor que el del hombre, capaz sin duda de agarrar a los osos y a los feroces leones por el cuello. No lo sabemos. Sólo disponemos de esos grandes cuchillos de piedra, de esa mandíbula maciza y… de libertad para imaginar.
El misterio más fascinante relativo a aquellas épocas de frío y escasez, anteriores a la llegada del hombre verdadero, es el enigma del hombre musteriense, que seguramente aún poblaba el mundo cuando .el hombre verdadero penetró en Europa. Vivió hasta épocas muy posteriores a la de aquellos gigantes chelenses; hace treinta mil o cuarenta mil años: ayer, en comparación con los tiempos chelenses. A estos musterienses también se les llama neandertalenses. Hasta tiempos muy recientes, se les creía hombres verdaderos como nosotros, pero estamos empezando a darnos cuenta de que eran muy distintos; tanto, que resulta imposible considerarlos parientes próximos nuestros. Andaban o se arrastraban adoptando una inclinación peculiar, no podían levantar la cabeza, y su dentadura se asemejaba muy poco a la del hombre verdadero. Curiosamente, en uno o dos aspectos tenían menos en común con los monos que nosotros. El diente canino, el tercero a partir del centro, tan desarrollado en el gorila, y que en el hombre es puntiagudo y completamente distinto de los demás, no lo es en el hombre de Neanderthal. Éste tiene una hilera de dientes igualada; sus muelas difieren mucho de las nuestras y se parecen menos a las del mono. Tenía la cara más ancha y la frente mas estrecha que el hombre verdadero, pero no porque su cerebro ‘fuese más pequeño: por el contrario, era tan grande como el del hombre actual, aunque tenía otra forma: más voluminoso en su parte posterior y menos en la anterior, lo cual nos induce a suponer que actuó y pensó de manera distinta a nosotros. Quizá tenía más memoria y menos poder de raciocinio que el hombre verdadero, o acaso mas energía y menos inteligencia. Carecía de barbilla, y la manera como encajan sus mandíbulas hace muy improbable que utilizara los mismos sonidos que nosotros para hablar; cabe incluso que no hablara en absoluto. No podía sostener un objeto entre el índice y el pulgar. Cuanto más sabemos acerca de este hombre-bestia, más extraño lo encontramos y menos parecido al salvaje australoide que se ha supuesto que fue.
Cuando intentamos encontrar cualquier tipo de parentesco próximo entre este animal, feo, fuerte, bravo y torpe y la humanidad, disminuyen las probabilidades de que tuviera la piel y el cabello como los nuestros, y aumentan las de que fuera distinto: de cabellos hirsutos y peludo, con un extraño aspecto inhumano y más parecido al elefante o al rinoceronte, también peludos, contemporáneos suyos. Lo mismo que ellos, vivió en las frías tierras que bordeaban las nieves y los glaciares y que, por aquel entonces, retrocedían hacia el norte. Peludo y temblé, con la cara grande como una máscara, grandes cejas protuberantes y desprovisto de frente, empuñando un enorme pedernal y corriendo como un mono con la cabeza inclinada hacia delante, y no erguida como en el hombre, debió resultar una espantosa criatura para nuestros antepasados.
Es casi seguro que estos hombres peludos y los verdaderos se encontraron. Estos últimos debieron penetrar en el hábitat de los neandertalenses y debieron enfrentarse y pelear. Quizá algún día hallemos las pruebas de esta lucha.
Europa occidental, que es tan sólo una parte del mundo, pero que ha sido completamente explorada en busca de restos del hombre primitivo, se fue calentando poco a poco. Los glaciares, que una vez cubrieron la mitad del continente, estaban en retroceso, y grandes trechos de pastos estivales y unos pocos bosques de pinos y abedules se iban extendiendo lentamente por aquellas tierras antes heladas. Por entonces, el sur de Europa era semejante a la actual península del Labrador. Unos pocos animales resistentes al frío subsistían entre las nieves, y los osos invernaban. Con la primavera, los pastos y bosques se llenaron de renos, caballos salvajes, mamuts, elefantes y rinocerontes procedentes de los declives de aquel gran valle templado, hoy colmado de agua: el Mediterráneo. Antes de que éste fuera invadido por el océano, las golondrinas y muchas otras aves adquirieron el hábito de migrar hacia el norte, que todavía las empuja a desafiar el paso a través de los mares peligrosos que inundan y ocultan los recónditos secretos de los antiguos valles mediterráneos. El hombre peludo se alegró del regreso de la vida, salió de las cuevas en que se había refugiado durante el invierno, y empezó a dar buena cuenta de las fieras.
Seguramente estas criaturas fueron seres casi solitarios.
En invierno, la comida escaseaba demasiado para alimentar comunidades. Cuando un macho y una hembra se juntaban, sin duda se separaban durante el invierno para volverse a reunir en el verano; cuando sus hijos crecieron lo suficiente para molestarle, el hombre peludo los mató o expulsó. Si los mató, posiblemente se los comiera. Si lograron escapar, cabe que regresaran para matarle a él. Los hombres peludos tal vez tuvieron buena memoria, poca inteligencia y un carácter obstinado.
El hombre verdadero penetró en Europa procedente del sur, pero no sabemos de dónde. Cuando apareció, sus manos eran tan hábiles como las nuestras. Podía realizar dibujos, que aún hoy admiramos, y sabía pintar y esculpir. Los utensilios hechos por él eran más pequeños que los musterienses y mucho mas que los chelenses, pero mejores y más variados. No se vestían, pero fueron capaces de pintarse y probablemente hablaban. Llegaron en pequeños grupos. Eran más sociales que el hombre de Neanderthal, tenían leyes y se sometían a autocontrol; sus mentes habían recorrido un largo camino de adaptación y represión, lo que ha llevado a la intrincada mentalidad del hombre actual, con sus deseos ocultos, sus confusiones, su risa, sus fantasías y sueños. Esos hombres se mantenían unidos y se regían por las extrañas ¡imitaciones del tabú.
Eran aún seres salvajes, muy proclives a la violencia y vehementes en su lujuria y deseos; pero hasta donde eran capaces, obedecían unas leyes y costumbres, que ya eran antiguas, y temían el castigo si obraban mal. Entenderemos mejor cuanto ocurría en sus mentes si recordamos los temores, deseos, fantasías y supersticiones de nuestra niñez. Sus problemas morales eran iguales a los nuestros, sólo que… mas superficiales. Pertenecen a nuestra misma clase, pero no podemos entender m remotamente a aquella raza terrible, ni concebir con nuestras mentes actuales las extrañas ideas que pasaban por aquellos cerebros de forma rara. Nos sería más fácil intentar soñar y sentir cómo sueña y siente un gorila.
Podemos imaginar como el hombre verdadero, procedente de las desaparecidas tierras del valle mediterráneo, se extendió hacia el norte ocupando los valles hispánicos más altos, el sur y centro de Francia y todavía más arriba, la actual Inglaterra —pues no existía el canal entre Inglaterra y Francia—; las regiones forestales al este de! Rin, el amplio desierto que ahora constituye el mar del Norte, y la llanura alemana. Debieron abandonar los desiertos nevados de los Alpes, bastante más altos entonces y cubiertos de glaciares, dirigiéndose hacia el este. La migración septentrional obedeció a una razón evidente: la raza se multiplicaba y la comida escaseaba. Estarían agobiados por luchas y guerras. Carecían de morada estable, estaban acostumbrados a emigrar según las estaciones, y de vez en cuando, alguno de los grupos, empujado por el hambre y el miedo, se aventuraba mas al norte, hacia ¡o desconocido
Podemos imaginar a un pequeño grupo de estos nómadas, antepasados nuestros, llegando a una cumbre cubierta de pastos en esas tierras del norte. Debió ocurrir a finales de la primavera o a principios del verano, mientras seguían algunos animales herbívoros: una manada de renos o caballos.
Sirviéndose de diferentes medios, nuestros antropólogos han sido capaces de reconstruir diversos aspectos de la apariencia y costumbres de esos padres itinerantes de la humanidad.
No debieron ser grupos numerosos, pues en caso contrario no se les hubiera podido desalojar de sus anteriores territorios. Dos o tres hombres mayores de treinta años, ocho o diez mujeres y muchachas con unos cuantos niños, y algunos jóvenes de catorce a veinte años debieron constituir la comunidad. Gente de ojos marrones y cabellos ondulados oscuros; el color rubio de los europeos y el negro azulado de los chinos aún no habían aparecido en el mundo. Probablemente, el hombre más anciano gobernaba el grupo. Las mujeres y los niños se mantenían apartados de los hombres y los jóvenes, distantes de cualquier relación íntima por complejos y estrictos tabúes. Los jefes debían ser los encargados de rastrear la manada a la cual seguían. El rastreo era por aquel entonces el summum de la virilidad. Mediante señales y huellas que escaparían a un ojo civilizado, debieron ser capaces de interpretar los movimientos efectuados el día antes por la manada de vigorosos y pequeños caballos que les precedía. Debieron ser tan expertos, que por ligeros indicios fueron capaces de seguir el rastro como el perro sigue un olor,
Los caballos a los que perseguían les llevaban poca ventaja —según descubrían los rastreadores—, eran numerosos y nada los alarmaba. Pastaban y avanzaban muy despacio. No había señales de perros salvajes o de cualquier otro enemigo que pudiera provocar una estampida. Algunos elefantes también viajaban hacia el norte, y un par de veces nuestra tribu se cruzó con el rastro de unos rinocerontes que marchaban hacia el oeste
La tribu se movía con ligereza. Sus individuos iban desnudos, pero pintados de blanco y negro, rojo y amarillo. Es tanto el tiempo que nos separa de ellos, que resulta difícil saber si se tatuaban. Probablemente, no. Los recién nacidos y los niños más pequeños eran llevados por las mujeres a sus espaldas, sujetos con bandas o en bolsas hechas con pieles de animales, y acaso algunos, o todos, vestían mantos o fajas de piel de león y ceñían bolsas o cinturones de cuero. Los hombres empuñaban lanzas de punta afilada y llevaban fragmentos de pedernal en las manos.
Unas semanas antes, el anciano, el patriarca, señor, dueño y padre del grupo, había sido pisoteado y destrozado por un enorme toro en una ciénaga lejana. Después dos de las muchachas fueron raptadas por los jóvenes de otra tribu mas numerosa. A causa de estas pérdidas, el resto de la tribu buscaba nuevas tierras para cazar.
El paisaje que pudo contemplar el reducido grupo al llegar a la cima de la colma, era una versión mas sombría, desolada e inhóspita que el de la Europa occidental que hoy conocemos. En derredor, se extendía un declive cubierto de pastos, a través del cual voló una avefría emitiendo su melancólico grito. Más allá, un gran valle flanqueado por colmas purpúreas, por encima de las cuales se perseguían las sombras de las nubes de abril. Donde las colmas se volvían arenosas, surgían bosques de pinos y abedules, pequeños valles aparecían llenos de matorrales y en sus laderas húmedas se encontraba una serie de pantanos de un color verde brillante y extensos charcos de agua sucia. En la espesura de los valles, acechaban muchos animales, y donde los riachuelos serpentinos habían erosionado el suelo, aparecían riscos y cuevas. A lo lejos, mas al norte, en los declives de unas colinas que ahora descubrían, podían verse poneys pastando. A una señal de los dos jefes, el pequeño grupo se detuvo, y una de las mujeres que hablaba en voz baja con una niña pequeña, calló. Los hermanos observaban gravemente la vasta perspectiva.
—¡Uf! —exclamó uno bruscamente, señalando con el dedo.
—¡Uf! —gritó su hermano.
Los ojos de toda la tribu miraron en la dirección apuntada por el dedo.
Todos quedaron con la mirada fija.
Todos permanecieron inmóviles; la sorpresa los había dejado paralizados.
A lo lejos, en la falda de una colina, con el cuerpo de perfil y la cabeza vuelta hacia ellos, también paralizada por la sorpresa, se divisaba una figura gris y encorvada, más corpulenta pero mas baja que un hombre. Había trepado por detrás de un repliegue del terreno con el fin de escudriñar a los poneys, y de pronto volvió sus ojos y vio a la tribu. Su cabeza se proyectaba hacia delante como la de un babuino. En su mano aferraba algo que al grupo le pareció una gran piedra.
Durante algún tiempo, la mutua curiosidad animal mantuvo inmóviles al descubierto y a los descubridores. Luego, algunas mujeres y niños empezaron a moverse y avanzaron para ver mejor a la extraña criatura.
—¡Hombre! —dijo una vieja de cuarenta años—. ¡Hombre!
Al advertir el movimiento de las mujeres, aquel hombre terrible se volvió y corrió toscamente una veintena de metros hacia el bosque de abedules y malezas. Después, se paró otra vez para mirar un momento a los recién llegados, agitó el brazo de una forma extraña y penetró entre la vegetación.
Las sombras de la maleza lo engulleron, y en el momento de ocultarlo le confirieron un aspecto colosal. Confundido con ella, les observó. Las ramas de los árboles se convirtieron en largas extremidades plateadas, y un tronco crujió al caer.
Eran las primeras horas de la mañana y a lo largo del día, los jefes de la tribu esperaban llegar hasta donde estaban los poneys, aislar a uno allá abajo, entre las malezas y lugares pantanosos, herirlo, seguirlo y matarlo. Entonces celebrarían una fiesta, y en algún lugar del valle encontrarían agua y madera seca para encender fuego antes de que se hiciera de noche. Hasta el momento, la mañana les había parecido agradable y esperanzadora. Pero ahora se hallaban desconcertados. La aparición de aquella figura gris era como una repentina, horrible e inexplicable mueca que les hubiera dedicado la soleada mañana.
La expedición permaneció un rato mirando atentamente, y a continuación los dos jefes intercambiaron unas pocas palabras. Waugh, el mayor, señaló el lugar con el dedo. Click, su hermano, asintió con la cabeza. Irían, pero en lugar de bajar por el declive hacia la maleza, rodearían la colma
—Venid —dijo Waugh, y el pequeño grupo se puso otra vez en movimiento.
Pero ahora marchaba en silencio. Cuando uno de los niños pequeños quiso preguntar algo a su madre, ésta lo redujo al silencio con una amenaza. Todos miraban fijamente hacia la maleza.
De pronto, una muchacha chilló y señaló con el dedo. Los demás se sobresaltaron y detuvieron la marcha.
Aquella cosa terrible estaba nuevamente allí. Corría por el terreno despejado, brincando casi a gatas. Tenía la espalda curvada y era bajo pero muy grande; era un monstruo semejante a un lobo de pelo gris. Algunas veces, sus largos brazos casi tocaban el suelo Estaba más cerca que antes, pero desapareció otra vez entre las ramas. Parecía introducirse entre unos helechos rojos marchitos…
Waugh y Click se consultaron mutuamente.
A un kilómetro y medio de allí comenzaba el valle cubierto de maleza. Más allá, se extendían unas colmas onduladas y sin vegetación. Los caballos seguían pastando en la dirección del sol, y ahora, hacia el norte, en lo alto de una colma, podía verse una manada de rinocerontes alejándose, cuyos redondos traseros parecían una sarta de cuentas negras.
Si la tribu avanzaba a través de los pastos, aquel ser que les acechaba tendría que permanecer oculto o salir al descubierto. Si salía, los doce hombres y jóvenes de la tribu ya sabían cómo tratarle.
Así pues, empezaron a caminar a través de los pastos. El pequeño grupo dio un rodeo hasta el principio del valle y, una vez allí, los hombres se quedaron en la cima mientras las mujeres y los niños avanzaban por campo abierto.
Durante un rato, los observadores permanecieron inmóviles, y a continuación Waugh empezó a hacer ademanes de desafío. Click no iba a quedarse atrás. Se lanzaron gritos hacia el espía escondido, y uno de los muchachos, que tenía algo de payaso, después de ejecutar ciertas muecas y gestos desagradables, acabó haciendo una excelente imitación de aquella cosa gris corriendo a saltos. Al ver esto, el miedo dio paso a la hilaridad.
En aquella época, la risa era un don social. Los hombres podían reír, pero no aquel horrible prehumano que observaba y se sorprendía en la sombra. Se maravilló. Los hombres se movían, reían y se pegaban mutuamente en los muslos mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas.
Ninguna señal salió de la maleza.
—¡Yajah! —exclamaron los hombres—, ¡Yajah! Bzzzzz. ¡Yajah! ¡Yah!
Olvidaron por completo lo asustados que habían estado.
Y cuando Waugh pensó que las mujeres y los niños ya estaban a suficiente distancia, ordenó a los hombres que le siguieran.
De una manera parecida a ésta, aquellos hombres, antepasados nuestros, vieron por primera vez a los pre humanos en las soledades de Europa occidental…
Ambas razas no tardarían en mantener una vecindad más estrecha.
Los recién llegados fueron introduciéndose paulatinamente en las tierras de aquellos hombres aterradores. Al poco tiempo, empezaron a verse otros ejemplares de formas semihumanas que se ocultaban y figuras grises que corrían entre las sombras del anochecer. Una mañana, Click encontró unas huellas estrechas y largas alrededor del campamento…
Días mas tarde, mientras comía una baya espinosa, una de las niñas se alejó demasiado del grupo. Se oyó un chillido, un forcejeo y un ruido sordo, y una cosa gris y peluda se abrió paso entre los matorrales llevándose a su víctima. Waugh y tres de los hombres más jóvenes le persiguieron. Alcanzaron a su enemigo en una hondonada oscura y muy espesa. Esta vez no se las tuvieron que ver con un neandertalense solitario. Saliendo de entre las ramas, se les acercó un gran macho con el fin de proteger la retirada de su compañera, y alcanzó con una roca a un joven, al que dejó cojo. Pero Waugh arrojó su lanza, que hirió en e! hombro al monstruo, el cual se detuvo gruñendo.
No escucharon ningún otro sonido procedente de la niña robada. La hembra apareció durante un momento por encima de la hondonada, gruñendo, manchada de sangre y con un aspecto horripilante, y los hombres se detuvieron, temerosos de continuar su persecución y sin importarles desistir. Uno de ellos ya se alejaba cojeando y tocándose la rodilla con la mano.
¿Cuál fue el resultado de esta primera batalla?
Quizá fue contrario a los hombres de nuestra raza. Quizá el gran macho neandertalense con los pelos y barba horriblemente erizados, cayó a la hondonada con un rugido atronador y una gran piedra en cada mano. No sabemos si lanzaba aquellos grandes discos de pedernal o golpeaba con ellos. Quizá Waugh murió en el momento de huir. Acaso para la pequeña tribu el episodio significó un tremendo desastre. Sin detenerse, dos de sus miembros huyeron hacia las colmas tan aprisa como pudieron, manteniéndose juntos para protegerse y dejando atrás al joven herido, que cojeaba solo y aterrado.
Supongamos que al fin consiguió regresar a su tribu… después de vanas horas de pesadilla.
Ahora que Waugh había desaparecido, Click se convirtió en el patriarca. A él correspondió disponer el campamento de la tribu aquella noche y encender el fuego en lo alto de las colinas, entre los brezos lejos de los matorrales donde podía esconderse el hombre aterrador.
Lo que aquél pensaba de ¡os hombres lo ignoramos, pero lo que éstos pensaban de él sí podemos imaginarlo: consideraban los diversos modos en que podía actuar el enemigo e idearon la manera de engañarlo. Tal vez fue Click el primero en tener la idea de acercarse por arriba al barranco, donde tenían sus guaridas los hombres de Neanderthal, porque, como ya hemos dicho, los neandertalenses no podían levantar la cabeza. Una vez allí, deslizarían una piedra sobre ellos o bien les arrojarían teas ardiendo a fin de incendiar los helechos secos.
Es agradable pensar en una victoria de los hombres. Ese Click que hemos conjurado huyó presa del pánico al producirse el primer ataque del terrible macho, pero aquella noche, mientras meditaba al lado del fuego, creyó oír el grito de la ruña raptada y le invadió la rabia. Luego, soñó que aquel ser aterrador le atacaba. Click luchó con él y acabó despertándose completamente furioso La hondonada donde había perecido Waugh le fascinaba. Se sintió impelido a volver allí para ver otra vez a aquellas bestias horribles acecharlas siguiendo sus huellas y, emboscado, observarles otra vez. Se dio cuenta de que los neandertalenses no podían trepar con ¡a misma facilidad del hombre, oír tan bien, ni huir con la misma rapidez. Aquellos hombres horribles debían ser tratados como los osos, animales cuya lentitud permite echarse a correr, dispersarse y luego acercárseles por detrás.
Pero dudamos de que el primer grupo humano llegado a la tierra de los hombres aterradores fuera tan inteligente como para solucionar los problemas presentados por este nuevo tipo de guerra. Quizá regresaron al sur, a las regiones mas propicias de las cuales procedían, y fueron absorbidos o eliminados por los de su propia estirpe. Acaso perecieron todos en aquella nueva tierra donde eran unos intrusos. Pero tal vez permanecieron allí y mantuvieron su presencia y aumentaron su número. Si, en efecto, sucedió de este modo, otros de su propia clase les siguieron y conquistaron un futuro mejor.
Aquél fue el principio de una era de pesadilla para los niños de la tribu humana. Sabían que les vigilaban.
Les seguían las huellas. Las leyendas acerca de ogros y gigantes que comen carne humana y cazan a los niños pueden provenir de esos lejanos días de terror. En cuanto a los neandertalenses, éste fue para ellos el principio de una guerra incesante, que sólo terminaría con su exterminio.
Aunque no fuesen tan altos ni anduviesen tan erectos como el hombre, los neandertalenses eran mas pesados y fuertes, pero también más estúpidos, y vivían aislados en grupos de dos o tres; en cambio, los hombres eran más rápidos, inteligentes y sociales: cuando luchaban lo hacían unidos. Acecharon, rodearon, incomodaron y atacaron a sus enemigos por todos lados. Lucharon con aquella horrible raza como los perros con un oso. Se gritaban unos a otros lo que debían hacer, mientras los neandertalenses, que no solían hablar, no les entendían. Se movían demasiado aprisa y luchaban con demasiada astucia.
Fueron muchos y encarnizados los duelos y batallas que sostuvieron por la posesión del mundo estas dos estirpes de hombres en las estepas ventosas y en aquella sombría época. Las dos razas eran incompatibles. Ambas ambicionaban las mismas cavernas y pedregales cercanos a los ríos, donde podían obtenerse los pedernales de mayor tamaño. Ambas luchaban por los mamuts muertos, encenagados en los pantanos, y por los renos que sucumbían en la época de celo. Cuando una tribu humana encontraba señales de los hombres neandertalenses cerca de su cueva o lugares de acecho, se veía forzada a perseguirlos y matarlos; su segundad y la de sus hijos únicamente podía asegurarse mediante estas matanzas. Por su parte, los neandertalenses pensaban que los niños humanos eran buenos para jugar y para devorarlos.
Ignoramos cuánto tiempo logró sobrevivir el hombre aterrador en aquel frío mundo de pinos y abedules plateados, entre las estepas y los glaciares, después de la llegada del hombre. Puede haber subsistido durante muchísimo tiempo, volviéndose más astuto y peligroso a medida que disminuía su número. El hombre lo cazó rastreando sus huellas, observando el humo de sus fuegos y quitándole la comida.
En ese mundo olvidado, aparecieron grandes paladines, hombres que se enfrentaban con el hombre-bestia gris, lo derrotaban y mataban. Confeccionaron largas espadas de madera, con las puntas endurecidas por el fuego, y construyeron escudos de piel para protegerse de sus poderosos golpes. Los atacaron con piedras atadas a cuerdas o lanzadas con hondas. Pero no fueron sólo los hombres quienes lucharon contra la bestia horrible; también se enfrentaron a ellos las mujeres. Éstas protegieron a sus hijos y estuvieron al lado de sus hombres para luchar contra el ser espantoso que parecía y no parecía humano. A menos que los sabios interpreten erróneamente los signos, fueron las mujeres quienes engrandecieron las tribus en que se fueron convirtiendo las familias de aquellos tiempos remotos. El ingenio sutil y amoroso de las mujeres protegió a sus hijos de la cólera feroz del patriarca, enseñó a esquivar sus celos y furores, y lo persuadió para que los tolerara, obteniendo así su ayuda contra el terrible enemigo. Fue la mujer, dice Atkinson, quien en los principios de la raza humana enseñó los primeros tabúes: que un hijo debe apartarse del camino de su madrastra y buscar esposa en otra tribu, para así mantener la paz en la familia; quien se interpuso entre los fratricidas y quien primero trataba de pacificar los ánimos. Las primitivas sociedades humanas fueron fruto de su trabajo. Supo enfrentarse a la sociedad y a la fiereza distante del macho adulto A través de ella los hombres aprendieron a colaborar como hijos y hermanos. El neandertalense no aprendió ni el más mínimo rudimento de colaboración, en cambio, el hombre ya había ideado un alfabeto que algún día se difundiría por toda la Tierra. Los hombres formaban grupos que oscilaban de doce a veinte individuos aproximadamente. En cambio, los grupos de neandertalenses no pasaban de dos o tres, por lo que fueron perseguidos y eliminados hasta su total extinción.
Generación tras generación, época tras época, se desarrolló esa larga lucha entre los hombres que no eran completamente humanos y el hombre verdadero, antepasado nuestro, que llegó a Europa occidental procedente del sur. Miles de combates y muertes, matanzas inesperadas y huidas temerarias tuvieron lugar entre las cuevas y las malezas de aquel ventoso y frío mundo de la época que va desde la última glaciación a los tiempos actuales. Al fin, el último de aquellos hombres horribles se vio obligado a enfrentarse con las espadas de sus perseguidores en medio de la ira y el desespero.
¡Cuántos sobresaltos durante esa larga lucha! ¡Cuántos momentos de terror y de triunfo! ¡Cuántos actos de fidelidad y valentía desesperada! Y los esfuerzos de los vencedores eran nuestro esfuerzo; en líneas generales, nosotros somos idénticos a aquellos seres morenos y pintarrajeados que corrían, luchaban y se ayudaban unos a otros. La sangre de nuestras venas ya ardía en aquellas batallas y se helaba en aquellos terrores de un pasado olvidado. Porque se ha olvidado. Excepto, quizá, en algunos vagos terrores de nuestros sueños y en algunos elementos subyacentes en las leyendas y cuentos infantiles, ha desaparecido por completo de la memoria de nuestra estirpe. Pero nunca se pierde todo sin dejar rastro. Hace setenta u ochenta años, unos sabios curiosos empezaron a sospechar que en ciertos fragmentos de pedernal y restos de huesos hallados en depósitos antiguos, se ocultaban recuerdos de aquellas épocas primitivas. Mucho más recientemente, otros han empezado a encontrar indicios de extrañas experiencias remotas en los sueños y fantasías de las mentes modernas. De manera gradual, estos huesos resecos empiezan a revivir.
La reconstrucción del pasado es una de las aventuras mas sorprendentes de la humanidad. Ésta, al seguir las investigaciones de los estudiosos de estos antiguos restos, se siente como un hombre que hojea las páginas amarillentas de un viejo y olvidado diario, un libro que habla de su adolescencia. Su pasada juventud revive, una vez más le aguijonean los antiguos estímulos y recobra la felicidad de antaño. Pero las antiguas pasiones que una vez ardieron, ahora sólo le producen un poco de calor, y los viejos temores y angustias ya no significan nada.
Puede que un día, estas memorias recuperadas se vuelvan tan vividas como si nosotros mismos hubiéramos estado allí compartiendo la emoción y el miedo de aquellos primeros tiempos; puede llegar un día en que las bestias del pasado cobren vida en nuestra imaginación, recorramos una vez más escenarios ya desvanecidos, movamos unos miembros pintados que creíamos convertidos en polvo, y sintamos de nuevo el calor del sol de un millón de años atrás.

Sobre el autor.
Herbert George Wells, más conocido como H. G. Wells (21 de septiembre de 1866 en Bromley, Kent — 13 de agosto de 1946 en Londres),1 fue un escritor, novelista, historiador y filósofo británico.